H.P. Lovecraft Narrativa completa 2 (2024)

TerrorHoward PhillipsLovecraftNarrativa completa tomo 2 (NO Valdemar) [11715]2007

Howard Phillips Lovecraft (Providence, Estados Unidos, 20 de agosto de 1890 – ibídem, 15 de marzo de 1937) fue un escritor estadounidense, autor de novelas y relatos de terror y ciencia ficción. Se lo considera un gran innovador del cuento de terror, al que aportó una mitología propia (los mitos de Cthulhu), desarrollada en colaboración con otros autores y aún vigente. Su obra constituye un clásico del terror cósmico materialista, una corriente que se aparta de la temática tradicional del terror sobrenatural (satanismo, fantasmas), incorporando elementos de ciencia ficción (razas alienígenas, viajes en el tiempo, existencia de otras dimensiones). Cultivó también la poesía, el ensayo y la literatura epistolar.

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<p>H.P. Lovecraft</p><empty-line></empty-line><p>Narrativa completa 2</p>
<p>El Caso De Charles Dexter Ward</p>
<p><cite></cite>Un Resultado Y Un Prólogo</p>
<p>1</p>

De una clínica particular para enfermos mentales situada cerca de Providence, Rhode Island, desapareció recientemente una persona de características muy notables. Respondía al nombre de Charles Dexter Ward y había sido recluida allí a regañadientes por su apenado padre, testigo del desarrollo de una aberración que, si en un principio no pasó de simple excentricidad, con el tiempo se había trasformado en manía peligrosa que implicaba la posible existencia de tendencias homicidas y un cambio peculiar en los contenidos manifiestos de la mente. Los médicos confiesan el desconcierto que les produjo aquel caso, dado que presentaba al mismo tiempo anomalías de carácter fisiológico y sicológico.

En primer lugar, el paciente, que contaba veintiséis años, aparentaba mucha más edad de la que tenía. Es cierto que los trastornos mentales provocan un envejecimiento prematuro, pero el rostro de aquel joven había adquirido la expresión que en circunstancias normales sólo poseen las personas de edad muy avanzada. En segundo lugar, sus procesos orgánicos mostraban un extraño desequilibrio, sin paralelo en la historia de la medicina. El sistema respiratorio y el corazón actuaban con desconcertante falta de simetría, la voz era un susurro apenas audible, la digestión era increíblemente prolongada, y las reacciones nerviosas a los estímulos normales no guardaban la menor relación con nada de lo registrado hasta entonces, ni normal ni patológico. La piel tenía una frialdad morbosa y la estructura celular de los tejidos era exageradamente tosca y poco coherente. Incluso un gran lunar de color oliváceo que tenía desde su nacimiento en la cadera había desaparecido mientras se formaba en su pecho una extraña verruga o mancha negruzca. En general, todos los médicos coinciden en afirmar que los procesos del metabolismo habían sufrido en Ward un receso sin precedentes.

También sicológicamente era Charles Ward un caso único. Su locura no guardaba la menor semejanza con ninguna de las manifestaciones de la alienación registradas en los tratados más recientes y exhaustivos sobre el tema, y acabó creando en él una energía mental que le habría convertido en un genio o un caudillo de no haber asumido aquella forma extraña y grotesca. El doctor Willett, médico de la familia, afirma que la capacidad mental del paciente, a juzgar por sus respuestas a temas ajenos a la esfera de su demencia, había aumentado desde su reclusión. Ward, es cierto, fue siempre un erudito entregado al estudio de tiempos pasados, pero ni el más brillante de los trabajos que había llevado a cabo hasta entonces revelaba la prodigiosa inteligencia que desplegó durante el curso de los interrogatorios a que le sometieron los alienistas. De hecho, la mente del joven parecía tan lúcida que fue en extremo difícil conseguir un mandamiento legal para su reclusión, y únicamente el testimonio de varias personas relacionadas con el caso y la existencia de lagunas anormales en el acervo de sus conocimientos, permitieron su internamiento. Hasta el momento de su desaparición fue un voraz lector y un gran conversador en la medida en que se lo permitía la debilidad de su voz, y perspicaces observadores, sin prever la posibilidad de su fuga, predecían que no tardaría en salir de la clínica, curado.

<p>2</p>

Unicamente el doctor Willett, que había asistido a la madre de Ward cuando éste vino al mundo y le había visto crecer física y espiritualmente desde entonces, parecía asustado ante la idea de su futura libertad. Había pasado por una terrible experiencia y había hecho un terrible descubrimiento que no se atrevía a revelar a sus escépticos colegas. En realidad, Willett representa por sí solo un misterio de menor entidad en lo que concierne a su relación con el caso. Fue el último en ver al paciente antes de su huida y salió de aquella conversación final con una expresión, mezcla de horror y de alivio, que más de uno recordó tres horas después, cuando se conoció la noticia de la fuga.

Es este uno de los enigmas sin resolver de la clínica del doctor Waite. Una ventana abierta a una altura de sesenta pies del suelo no parece obstáculo fácil de salvar, pero lo cierto es que después de aquella conversación con Willett el joven había desaparecido. El propio médico no sabe que explicación ofrecer, aunque, por raro que parezca, está ahora mucho más tranquilo que antes de la huida. Algunos, bien es cierto, tienen la impresión de que a Willett le gustaría hablar, pero que no lo hace por temor a no ser creído. El vio a Ward en su habitación, pero poco después de su partida los enfermeros llamaron a la puerta en vano. Cuando la abrieron, el paciente había desaparecido y lo único que encontraron fue la ventana abierta y una fría brisa abrileña que arrastraba una nube de polvo gris-azulado que casi les asfixió. Sí, los perros habían aullado poco antes, pero eso ocurrió mientras Willett se hallaba todavía presente. Más tarde no habían mostrado la menor inquietud. El padre de Ward fue informado inmediatamente por teléfono de lo sucedido, pero demostró más tristeza que asombro. Cuando el doctor Waite le llamó personalmente, Willett había hablado ya con él y ambos negaron ser cómplices de la fuga o tener incluso conocimiento de ella. Los únicos datos que se han podido recoger sobre lo ocurrido, proceden de amigos muy íntimos de Willett y del padre de Ward, pero son demasiado descabellados y fantásticos para que nadie pueda darles crédito. El único dato positivo, es que hasta el momento presente no se ha encontrado rastro del loco desaparecido.

Charles Ward se aficionó al pasado ya en su infancia. Sin duda el gusto le venía de la venerable ciudad que le rodeaba y de las reliquias de tiempos pretéritos que llenaban todos los rincones de la mansión de sus padres situada en Prospect Street, en la cresta de la colina. Con los años, aumentó su devoción a las cosas antiguas hasta el punto de que la historia, la genealogía y el estudio de la arquitectura colonial acabaron excluyendo todo lo demás de la esfera de sus intereses. Conviene tener en cuenta esas aficiones al considerar su locura ya que, si bien no forman el núcleo absoluto de ésta, representan un importante papel en su forma superficial. Las lagunas mentales que los alienistas observaron en Ward estaban relacionadas todas con materias modernas y quedaban contrapesadas por un conocimiento del pasado que parecía excesivo, puesto que en algunos momentos se hubiera dicho que el paciente se trasladaba literalmente a una época anterior a través de una especie de autohipnosis. Lo más raro era que Ward últimamente no parecía interesado en las antigüedades que tan bien conocía, como si su prolongada familiaridad con ellas las hubiera despojado de todo su atractivo, y que sus esfuerzos finales tendieron indudablemente a trabar conocimiento con aquellos hechos del mundo moderno que de un modo tan absoluto e indiscutible había desterrado de su cerebro. Procuraba ocultarlo, pero todos los que le observaron pudieron darse cuenta de que su programa de lecturas y conversaciones estaba presidido por el frenético deseo de empaparse del conocimiento de su propio tiempo y de las perspectivas culturales del siglo veinte, perspectivas que debían haber sido las suyas puesto que había nacido en 1902 y se había educado en escuelas de nuestra época. Los alienistas se preguntan ahora cómo se las arreglará el paciente para moverse en el complicado mundo actual teniendo en cuenta su desfase de información. La opinión que prevalece es que permanecerá en una situación humilde y oscura hasta que haya conseguido poner al día su reserva de conocimientos.

Los comienzos de la locura de Ward son objeto de discusión entre los alienistas. El doctor Lyman, eminente autoridad de Boston, los sitúa entre 1919 y 1920, años que corresponden al último curso que siguió el joven Ward en la Moses Brown School. Fue entonces cuando abandonó repentinamente el estudio del pasado para dedicarse a las ciencias ocultas y cuando se negó a prepararse para el ingreso en la universidad pretextando que tenía que llevar a cabo investigaciones privadas mucho más importantes. Sus costumbres sufrieron por entonces un cambio radical, pues pasó a dedicar todo su tiempo a revisar los archivos de la ciudad y a visitar antiguos cementerios en busca de una tumba abierta en 1771, la de su antepasado Joseph Curwen, algunos de cuyos documentos decía haber encontrado tras el revestimiento de madera de las paredes de una casa muy antigua situada en Olney Court, casa que Curwen había habitado en vida.

Es innegable que durante el invierno de 1919-20 se operó una gran transformación en él. A partir de entonces interrumpió bruscamente sus estudios y se lanzó de lleno a un desesperado bucear en temas de ocultismo, locales y generales, sin renunciar a la persistente búsqueda de la tumba de su antepasado.

Sin embargo, el doctor Willett disiente substancialmente de esa opinión basando su veredicto en el íntimo y continuo contacto que mantuvo con el paciente y en ciertas investigaciones y descubrimientos que llevó a cabo en los últimos días de su relación con él. Aquellas investigaciones y aquellos descubrimientos han dejado en el médico una huella tan profunda que su voz tiembla cuando habla de ellos y su mano vacila cuando trata de describirlos por escrito. Willett admite que, en circunstancias normales, el cambio de 1919-1920 habría señalado el principio de la decadencia progresiva que había de culminar en la triste locura de 1928, pero, basándose en observaciones personales, cree que en este caso debe hacerse una distinción más sutil. Reconoce que el muchacho era por temperamento desequilibrado, en extremo susceptible y anormalmente entusiasta en sus respuestas a los fenómenos que le rodeaban, pero se niega a admitir que aquella primera alteración señalara el verdadero paso de la cordura a la demencia. Por el contrario, da crédito a la afirmación del propio Ward de que había descubierto o redescubierto algo cuyo efecto sobre el pensamiento humano habría de ser, probablemente, maravilloso y profundo.

Willett estaba convencido de que la verdadera locura llegó con un cambio posterior, después de que descubriera el retrato de Curwen y los documentos antiguos, después de que hiciese aquel largo viaje a extraños lugares del extranjero y de que recitara unas terribles invocaciones en circunstancias inusitadas y secretas, después de que recibiera ciertas respuestas a aquellas invocaciones y de que escribiera una carta desesperada en circunstancias angustiosas e inexplicables, después de la oleada de varnpirismo y de las ominosas habladurías de Pawtuxet, y después de que el paciente comenzara a desterrar de su memoria las imágenes contemporáneas al tiempo que su voz decaía y su aspecto físico experimentaba las sutiles modificaciones que tantos observaron posteriormente.

Sólo en aquella última época, afirma Willett con gran agudeza, el estado mental de Ward adquirió caracteres de pesadilla. Dice también el doctor estar totalmente seguro de que existen pruebas suficientes que validan la pretensión del joven en lo que concierne a su crucial descubrimiento. En primer lugar, dos obreros de notable inteligencia fueron testigos del hallazgo de los antiguos documentos de Curwen. En segundo lugar, el joven le había enseñado en una ocasión aquellos documentos, además de una página del diario de su antepasado, y todo ello parecía auténtico. El hueco donde Ward decía haberlos encontrado es una realidad visible y Willett había tenido ocasión de echarles una rápida ojeada final en parajes cuya existencia resulta difícil de creer y quizá nunca pueda demostrarse. Luego estaban los misterios y coincidencias de las cartas de Orne y Hutchison, el problema de la caligrafía de Curwen, y lo que los detectives descubrieron acerca del doctor Allen, todo esto más el terrible mensaje en caracteres medievales que Willett se encontró en el bolsillo cuando recobró el conocimiento después de su asombrosa experiencia.

Y aún había algo más, la prueba más concluyente de todas. Existían dos espantosos resultados que el. Doctor había obtenido de cierto par de fórmulas durante sus investigaciones finales, resultados que probaban virtualmente la autenticidad de los documentos y sus monstruosas implicaciones, al mismo tiempo que los negaba para siempre al conocimiento humano.

<p>3</p>

La infancia y juventud de Charles Ward pertenecen al pasado tanto como las antigüedades que tan profundamente amara. En el otoño de 1918 y demostrando un considerable gusto por el adiestramiento militar de ese período, Ward se matriculó en la Moses Brown School, que estaba muy cerca de su casa. El antiguo edificio central de la academia, erigido en 1819, le había atraído siempre, y el espacioso parque en el cual se asentaba satisfacía por completo su afición a los paisajes. Sus actividades sociales eran escasas. Pasaba la mayor parte de las horas en casa, paseando, asistiendo a clases y ejercicios de entrenamiento, y buscando datos arqueológicos y genealógicos en el Ayuntamiento, la Biblioteca pública, el Ateneo, los locales de la Sociedad Histórica, las bibliotecas John Carter Brown y John Hay de la Universidad de Brown, y en la Biblioteca Shepley, recientemente inaugurada en Benefit Street. Podemos imaginárnoslo tal como era en esa época: alto, delgado y rubio, ligeramente encorvado, y de mirada pensativa. Vestía con cierto desaliño y producía una impresión más de inofensiva torpeza que de falta de atractivo.

Sus paseos eran siempre aventuras en el campo de la antigüedad y en el curso de ellas conseguía extraer de las miríadas de reliquias de la espléndida ciudad antigua un cuadro vívido y coherente de los siglos precedentes. Su hogar era una gran mansión de estilo georgiano edificada en la cumbre de la colina que se alza al este del río y desde cuyas ventanas traseras se divisan los chapiteles, las cúpulas, los tejados y los rascacielos de la parte baja de la ciudad, al igual que las colinas purpúreas que se yerguen a lo lejos, en la campiña. En esa casa nació y a través del bello pórtico clásico de su fachada de ladrillo rojo, le sacaba la niñera de paseo en su cochecillo. Pasaban junto a la pequeña alquería blanca construida doscientos años antes y englobada hacía tiempo en la ciudad; pasaban, siempre a lo largo de aquella calle suntuosa, junto a mansiones de ladrillo y casas de madera adornadas con porches de pesadas columnas dóricas que dormían, seguras y lujosas, entre generosos patios y jardines, y continuaban en dirección a los imponentes edificios de la universidad.

Le habían paseado también a lo largo de la soñolienta Congdon Street, situada algo más abajo en la falda de la colina y flanqueada de edificios orientados a levante y asentados sobre altas terrazas. Las casas de madera eran allí más antiguas, ya que la ciudad había ido extendiéndose poco a poco desde la llanura hasta las alturas, y en aquellos paseos Ward se había ido empapando del colorido de una fantástica ciudad colonial. La niñera solía detenerse y sentarse en los bancos de Prospect Terrace a charlar con los guardias, y uno de los primeros recuerdos del niño era la visión de un gran mar que se extendía hacia occidente, un mar de tejados y cúpulas y colinas lejanas que una tarde de invierno contemplara desde aquella terraza y que se destacaba, violento y místico, contra una puesta de sol febril y apocalíptica llena de rojos, de dorados, de púrpuras y de extrañas tonalidades de verde. Una silueta masiva resaltaba entre aquel océano, la vasta cúpula marmórea del edificio de la Cámara Legislativa con la estatua que la coronaba rodeada de un halo fantástico formado por un pequeño claro abierto entre las nubes multicolores que surcaban el cielo llameante del crepúsculo.

Cuando creció empezaron sus famosos paseos, primero con su niñera, impacientemente arrastrada, y luego solo, hundido en soñadora meditación. Cada vez se aventuraba un poco más allá por aquella colina casi perpendicular y cada vez alcanzaba niveles más antiguos y fantásticos de la vieja ciudad. Bajaba por Jenckes Street, bordeada de paredes negras y frontispicios coloniales, hasta el rincón de la umbría Benefit Street donde se detenía frente a un edificio de madera centenario, con sus dos puertas flanqueadas por pilastras jónicas. A un lado se alzaba una casita campestre de enorme antigüedad, tejadillo estilo holandés y jardín que no era sino los restos de un primitivo huerto, y al otro la mansión del juez Durfee, con sus derruidos vestigios de grandeza georgiana. Aquellos barrios iban convirtiéndose lentamente en suburbios, pero los olmos gigantescos proyectaban sobre ellos una sombra rejuvenecedora y así el muchacho gustaba de callejear, en dirección al sur, entre las largas hileras de mansiones anteriores a la Independencia, con sus grandes chimeneas centrales y sus portales clásicos. Charles podía imaginar aquellos edificios tales como cuando la calle fue nueva, coloreados los frontones cuya ruina era ahora evidente.

Hacia el oeste el descenso era tan abrupto como hacia el sur. Por allí bajaba Ward hacia la antigua Town Street que los fundadores de la ciudad abrieran a lo largo de la orilla del río en 1636. Había en aquella zona innumerables callejuelas donde se apiñaban las casas de inmensa antigüedad, pero, a pesar de la fascinación que sobre él ejercían, hubo de pasar mucho tiempo antes de que se atreviera a recorrer su arcaica verticalidad por miedo a que resultaran ser un sueño o la puerta de entrada a terrores desconocidos. Le parecía mucho menos arriesgado continuar a lo largo de Benefit Street y pasar junto a la verja de hierro de la oculta iglesia de San Juan, la parte trasera del Ayuntamiento edificado en 1761, y la ruinosa posada de la Bola de Oro, donde un día se alojara Washington. En Meeting Street —la famosa Gaol Lane y King Street de épocas posteriores—, se detenía y volvía la mirada al este para ver el arqueado vuelo de escalones de piedra a que había tenido que recurrir el camino para trepar por la ladera, y luego hacia el oeste, para contemplar la antigua escuela colonial de ladrillo que sonríe a través de la calzada al busto de Shakespeare que adorna la fachada del edificio donde se imprimió, en días anteriores a la Independencia, la Providence Gazette and Country Journal. Luego llegaba a la exquisita Primera Iglesia Baptista, construida en 1775, con su inigualable chapitel, obra de Gibbs, rodeado de tejados georgianos y cúpulas que parecían flotar en el aire. Desde aquel lugar, en dirección al sur, las calles iban mejorando de aspecto hasta florecer, al fin, en un maravilloso grupo de mansiones antiguas, pero hacia el oeste, las viejas callejuelas seguían despeñándose ladera abajo, espectrales en su arcaísmo, hasta hundirse en un caos de ruinas iridiscentes allí donde el barrio del antiguo puerto recordaba su orgulloso pasado de intermediario con las Indias Orientales, entre miseria y vicios políglotas, entre barracones decrépitos y almacenes mugrientos, entre innumerables callejones que han sobrevivido a los embates del tiempo y que aún llevan los nombres de Correo, Lingote, Oro, Plata, Moneda, Doblón, Soberano, Libra, Dólar y Centavo.

Mas tarde, una vez que creció y se hizo más aventurero, el joven Ward comenzó a adentrarse en aquel laberinto de casas semiderruidas, dinteles rotos, peldaños carcomidos, balaustradas retorcidas, rostros aceitunados y olores sin nombre. Recorría las callejuelas serpenteantes que conducían de South Main a South Water, escudriñando los muelles donde aún tocaban los vapores que cruzaban la bahía, y volvía hacia el norte dejando atrás los almacenes construidos en 1816 con sus tejados puntiagudos y llegando a la amplia plaza del Puente Grande donde continúa firme sobre sus viejos arcos el mercado edificado en 1773. En aquella plaza se detenía extasiado ante la asombrosa belleza de la parte oriental de la ciudad antigua que corona la vasta cúpula de la nueva iglesia de la Christian Science igual que corona Londres la cúpula de San Pablo. Le gustaba llegar allí al atardecer cuando los rayos del sol poniente tocan los muros del mercado y los tejados centenarios, envolviendo en oro y magia los muelles soñadores donde antaño fondeaban las naves de los indios de Providence. Tras una prolongada contemplación se embriagaba con amor de poeta ante el espectáculo, y en aquel estado emprendía el camino de regreso a la luz incierta del atardecer subiendo lentamente la colina, pasando junto a la vieja iglesita blanca y recorriendo callejas empinadas donde los últimos reflejos del sol atisbaban desde los cristales de las ventanas y las primeras luces de los faroles arrojaban su resplandor sobre dobles tramos de peldaños y extrañas balaustradas de hierro forjado.

Otras veces, sobre todo en años posteriores, prefería buscar contrastes más vivos. Dedicaba la mitad de su paseo a los barrios coloniales semiderruidos situados al noroeste de su casa, allí donde la colina desciende hasta la pequeña meseta de Stampers Hill, con su ghetto y su barrio negro arracimados en torno a la plaza de donde partía la diligencia de Boston antes de la Independencia, y la otra mitad al bello reino meridional de las calles George, Benevolent, Power y Williams, donde permanecen incólumes las antiguas propiedades rodeadas de jardincillos cercados y praderas empinadas en que reposan tantos y tantos recuerdos fragantes. Aquellos paseos, y los diligentes estudios que los acompañaban, contribuyeron a fomentar una pasión por lo antiguo que terminó expulsando al mundo moderno de la mente de Ward. Sólo ellos nos proporcionan una idea de las características del terreno mental en el que fue a caer, aquel fatídico invierno de 1919-1920, la semilla que produjo tantos y tan extraños frutos.

El doctor Willett está convencido de que, hasta el primer cambio que se produjo en su mente aquel invierno, la afición de Charles Ward por las cosas antiguas estuvo desprovista de toda inclinación morbosa. Los cementerios sólo le atraían por su posible interés histórico, y su temperamento era pacífico y tranquilo. Luego, paulatinamente, pareció desarrollarse en él la extraña secuela de uno de sus triunfos genealógicos del año anterior: el descubrimiento, entre sus antepasados por línea materna, de un hombre llamado Joseph Curwen que había llegado de Salem en 1692 y acerca del cual se susurraban inquietantes historias.

El tatarabuelo de Ward, Welcome Potter, se había casado en 1785 con una tal «Ann Tillinghast, hija de Mrs. Eliza, hija a su vez del capitán James Tillinghast». De quién fuera el padre de aquella joven, la familia no tenía la menor idea. En 1918, mientras examinaba un volumen manuscrito de los archivos de la ciudad, nuestro genealogista encontró un asiento según el cual, en 1772, una tal Eliza Curwen, viuda de Joseph Curwen, volvía a adoptar, juntamente con su hija Ann, de siete años de edad, su apellido de soltera, Tillinghast, alegando que «el nombre de su marido había quedado desprestigiado públicamente en virtud de lo que se había sabido después de su fallecimiento, lo cual venía a confirmar un antiguo rumor al que una esposa fiel no podía dar crédito hasta que se comprobara por encima de toda duda». Aquel asiento se descubrió gracias a la separación accidental de dos páginas que habían sido cuidadosamente pegadas y que se habían tenido por una sola desde el momento en que se llevara a cabo una lenta revisión de la paginación del libro.

Charles Ward comprendió inmediatamente que acababa de descubrir un retatarabuelo suyo desconocido hasta entonces. El hecho le excitó tanto más porque había oído ya vagas alusiones a aquella persona de la cual no existían apenas datos concretos, como si alguien hubiese tenido interés especial en borrar su recuerdo. Lo poco que de él se sabía era de una naturaleza tan singular que no se podía por menos de sentir curiosidad por averiguar lo que los archiveros de la época colonial se mostraron tan ansiosos de ocultar y de olvidar y por descubrir cuáles fueron los motivos que habían despertado en ellos tan extraño deseo.

Hasta aquel momento, Ward se había limitado a dejar que su imaginación divagara acerca del viejo Curwen, pero habiendo descubierto el parentesco que le unía a aquel personaje aparentemente «silenciado», se dedicó a la búsqueda sistemática de todo lo que pudiera tener alguna relación con él. Sus pesquisas resultaron más fructíferas de lo que esperaba, pues en cartas antiguas, diarios y memorias sin publicar hallados en buhardillas de Providence, entre polvo y telarañas, encontró párrafos reveladores que sus autores no se habían tomado la molestia de borrar. Un documento muy importante a este respecto apareció en un lugar tan lejano como Nueva York, donde se conservaban, concretamente en el museo de la Taberna de Fraunces, cartas de la época colonial procedentes de Rhode Island. Sin embargo, el hecho realmente crucial y que a juicio del doctor Willett constituyó el origen del desequilibrio mental del joven, fue el hallazgo efectuado en agosto de 1919 en la vetusta casa de Olney Court. Aquello fue, indudablemente, lo que abrió una sima insondable en la mente de Charles Ward.

<p><cite></cite>Un Antecedente Y Un Horror</p>
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Joseph Curwen, tal como le retrataban las leyendas que Ward había oído y los documentos que había desenterrado, era un individuo sorprendente, enigmático, oscuramente horrible. Había huido de Salem, trasladándose a Providence —aquel paraíso universal para personas raras, librepensadoras o disidentes—, al comienzo del gran pánico provocado por la caza de brujas, temiendo verse acusado a causa de la vida solitaria que llevaba y de sus raros experimentos químicos o alquimistas. Era un hombre incoloro de unos treinta años de edad. Su primer acto en cuanto ciudadano libre de Providence consistió en adquirir unos terrenos al pie de Olney Street. En ese lugar, que más tarde se llamaría Olney Court, edificó una casa que sustituyó después por otra mayor que se alzó en el mismo emplazamiento y que aún hoy día continúa en pie.

El primer detalle curioso acerca de Joseph Curwen es que no parecía envejecer con el paso del tiempo. Montó un negocio de transportes marítimos y fluviales, construyó un embarcadero cerca de Mile-End Cove, ayudó a reconstruir el Puente Grande en 1713 y la iglesia Congregacionista en 1723, y siempre conservó el aspecto de un hombre de treinta o treinta y cinco años. A medida que transcurría el tiempo, aquel hecho empezó a llamar la atención de la gente, pero Curwen lo explicaba diciendo que el mantenerse joven era una característica de su familia y que él contribuía a conservarla llevando una vida sumamente sencilla. Desde luego, nadie sabía cómo conciliar aquella pretendida sencillez con las inexplicables idas y venidas del reservado comerciante ni con el hecho de que las ventanas de su casa estuvieran iluminadas a todas las horas de la noche, y se empezó a atribuir a otros motivos su prolongada juventud y su longevidad. La mayoría opinaba que los incesantes cocimientos y mezclas de productos químicos que efectuaba Curwen tenían mucho que ver con su conservación. Se hablaba de extrañas sustancias que sus barcos traían de Londres o la India, o que él mismo compraba en Newport, Boston y Nueva York, y cuando el anciano doctor Jabez Bowen llegó de Rehoboth y abrió su farmacia en la plaza del Puente Grande, se habló de las drogas, ácidos y metales que el taciturno solitario adquiría incesantemente en aquella botica. Dando por sentado que Curwen poseía una maravillosa y secreta habilidad médica, muchos enfermos acudieron a él en busca de ayuda, pero, a pesar de que procuró alentar sin comprometerse aquella creencia, y siempre dio alguna pócima de extraño colorido en respuesta a las peticiones, se observó que lo que recetaba a los demás rara vez producía efectos beneficiosos. Cuando habían transcurrido más de cincuenta años desde su llegada a Providence sin que en su rostro ni en su porte se hubiera producido cambio apreciable, las habladurías se hicieron más suspicaces y la gente comenzó a compartir con respecto a su persona ese deseo de aislamiento que él había demostrado siempre.

Cartas particulares y diarios íntimos de aquella época revelan también que existían muchos otros motivos por los cuales Joseph Curwen fue objeto primero de admiración, luego de temor, y, finalmente de repulsión por parte de sus conciudadanos. Su pasión por los cementerios, en los cuales podía vérsele a todas horas y bajo todas circunstancias, era notoria, aunque nadie había presenciado ningún hecho que pudiera relacionarle con vampiros. En Pawtuxet Road tenía una granja, en la cual solía pasar el verano, y con frecuencia se le veía cabalgando hacia ella a diversas horas del día y de la noche. Sus únicos criados eran allí una adusta pareja de indios Narragansett, el marido mudo y con el rostro lleno de extrañas cicatrices, y la esposa con un semblante achatado y repulsivo, probablemente debido a un mezcla de sangre negra. En la parte trasera de aquella casa se encontraba el laboratorio donde se llevaban a cabo la mayoría de los experimentos químicos. Los que habían tenido acceso a él para entregar botellas, sacos o cajas, se hacían lenguas de los fantásticos alambiques, crisoles y hornos que habían entrevisto en la estancia y profetizaban en voz baja que el misántropo «químico» —vocablo que en boca de ellos significaba alquimista— no tardaría en descubrir la Piedra Filosofal. Los vecinos más próximos de aquella granja —los Fenner, que vivían a un cuarto de milla de distancia— tenían cosas más raras que contar acerca de ciertos ruidos que, según ellos, surgían de la casa de Curwen durante la noche. Se oían gritos, decían, y aullidos prolongados, y no les gustaba el gran número de reses que pacían alrededor de la granja, excesivas para proveer de carne, leche y lana a un hombre solitario y a un par de sirvientes. Cada semana, Curwen compraba nuevas reses a los granjeros de Kingstown para sustituir a las que desaparecían. Les preocupaba también un edificio de piedra que había junto a la casa y que tenía una especie de angostas troneras en vez de ventanas.

Los ociosos del Puente Grande tenían mucho que decir, por su parte, de la casa de Curwen en Olney Court, no tanto de la que levantó en 1761, cuando debía contar ya más de un siglo de existencia, como de la primera, una construcción con una buhardilla sin ventanas y paredes de madera que tuvo buen cuidado de quemar después de su demolición. Había en aquella casa ciudadana menos misterios que en la del campo, es cierto, pero las horas a que se veían iluminadas las ventanas, el sigilo de los dos criados extranjeros, el horrible y confuso farfullar de un ama de llaves francesa increíblemente vieja, la enorme cantidad de provisiones que se veían entrar por aquella puerta destinadas a alimentar solamente a cuatro personas, y las características de ciertas voces que se oían conversar ahogadamente a las horas más intempestivas, todo ello unido a lo que se sabía de la granja, contribuyó a dar mala fama a la morada.

En círculos mas escogidos se hablaba igualmente del hogar de Joseph Curwen, ya que a medida que el recién llegado se había ido introduciendo en la vida religiosa y comercial de la ciudad, había ido entablando relación con sus vecinos, de cuya compañía y conversación podía, con todo derecho, disfrutar. Se sabía que era de buena cuna, ya que los Curwen o Carwen de Salem no necesitaban carta de presentación en Nueva Inglaterra. Se sabia también que había viajado mucho desde joven, que había vivido una temporada en Inglaterra y efectuado dos viajes a Oriente, y su léxico, en las raras ocasiones en que se decidía a hablar, era el de un inglés instruido y culto. Pero, por algún motivo ignorado, le tenía sin cuidado la sociedad. Aunque nunca rechazaba de plano a un visitante, siempre se parapetaba tras el muro de reserva que a pocos se les ocurría nada en esos casos que al decirlo no sonara totalmente vacuo.

En su comportamiento había una especie de arrogancia sardónica y críptica, como si después de haber alternado con seres extraños y más poderosos, juzgara estúpidos a todos los seres humanos. Cuando el doctor Checkley, famoso por su talento, llegó de Boston en 1783 para hacerse cargo del rectorado de King’s Church, no olvidó visitar a un hombre del que tanto había oído hablar, pero su visita fue muy breve debido a una siniestra corriente oculta que creyó adivinar bajo las palabras de su anfitrión. Charles Ward le dijo a su padre una noche de invierno en que hablaban de Curwen , que daría cualquier cosa por enterarse de lo que el misterioso anciano había dicho al clérigo, pero que todos los diarios íntimos que había podido consultar coincidían en señalar la aversión del doctor Checkley a repetir lo que había oído. El buen hombre había quedado muy impresionado y nunca volvió a mencionar el nombre de Joseph Curwen sin perder visiblemente la calma alegre y cultivada que le caracterizaba.

Más concreto era el motivo que indujo a otro hombre de buena cuna y gran inteligencia a evitar el trato del misterioso ermitaño. En 1746, John Merritt, caballero inglés muy versado en literatura y ciencias, llegó a Providence procedente de Newport y construyó una hermosa casa en el istmo, en lo que es hoy el centro del mejor barrio residencial. Fue el primer ciudadano de Providence que vistió a sus criados de librea, y se mostraba muy orgulloso de su telescopio, su microscopio y su escogida biblioteca de obras inglesas y latinas. Al enterarse de que Curwen era el mayor bibliófilo de Providence, Merritt no tardó en ir a visitarle, siendo acogido con una cordialidad mayor de la habitual en aquella casa. La admiración que demostró por las repletas estanterías de su anfitrión, en las cuales se alineaban, además de los clásicos griegos, latinos e ingleses, una serie de obras filosóficas, matemáticas y científicas, entre ellas las de autores tales como Paracelso, Agrícola, Van Helmont, Silvyus, Glauber, Boyle, Boerhaave, Becher y Stahl, impulsaron a Curwen a invitarle a inspeccionar el laboratorio que hasta entonces no había abierto para nadie, y los dos partieron inmediatamente hacia la granja en la calesa del visitante.

El señor Merritt dijo siempre que no había visto nada realmente horrible en la granja, pero que los títulos de los libros relativos a temas taumatúrgicos, alquimistas y teológicos que Curwen guardaba en la estantería de una de las salas habían bastado para inspirarle un temor imperecedero. Tal vez la expresión de su propietario mientras se los enseñaba había contribuido a despertar en Merritt aquella sensación. En la extraña colección, además de un puñado de obras conocidas, figuraban casi todos los cabalistas, demonólogos y magos del mundo entero. Era un verdadero tesoro en el dudoso campo de la alquimia y la astrología. La Turba Philosopharum, de Hermes Trismegistus en la edición de Mesnard, el Liber Investigationis, de Geber, La Clave de la sabiduría, de Artephous, el cabalístico Zohar, el Ars Magna et Ultima de Raimundo Lulio en la edición de Zetsner, el Thesaurus Chemicus de Roger Bacon, la Clavis Alchimiae de Fludd y el De Lapide Philosophico, de Trithemius, se hallaban allí alineados, uno junto a otro. Judíos y árabes de la Edad Media estaban representados con profusión, y el señor Merritt palideció cuando al coger un volumen en cuya portada se leía el título de Qanoon-é-Islam, descubrió que se trataba en realidad de un libro prohibido, el Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred, del cual había oído decir cosas monstruosas a raíz del descubrimiento de ciertos ritos indescriptibles en la extraña aldea de pescadores de Kingsport, en la provincia de la Bahía de Massachusetts.

Pero, por extraño que parezca, lo que más inquietó al caballero fue un detalle sin importancia aparente. Sobre la enorme mesa de caoba había un volumen muy estropeado de Borellus, con numerosas anotaciones marginales escritas por Curwen. El libro estaba abierto por la mitad aproximadamente y un párrafo aparecía subrayado con unos trazos tan gruesos y temblorosos que el visitante no pudo resistir la tentación de echarle una ojeada. Aquellas líneas le afectaron profundamente y quedaron grabadas en su memoria hasta el fin de sus días. Las reprodujo en su diario y trató en cierta ocasión de recitarlas a su íntimo amigo, el doctor Checkley, hasta que notó lo mucho que aquellas palabras trastornaban al rector. Decían:

«Las Sales de los Animales pueden ser preparadas y conservadas de modo que un hombre hábil puede tener toda el Arca de Noé en su propio estudio y reproducir la forma de un animal a voluntad partiendo de sus cenizas, y por el mismo método, partiendo de las Sales esenciales del Polvo humano, un filósofo puede, sin que sea nigromancia delictiva, evocar la forma de cualquier Antepasado muerto cuyo cuerpo haya sido incinerado.»

Sin embargo, las peores cosas acerca de Joseph Curwen se murmuraban en torno a los muelles de la parte sur de Town Street. Los marineros son gente supersticiosa y aquellos curtidos lobos de mar que transportaban ron, esclavos y especias, se santiguaban furtivamente cuando veían la figura esbelta y engañosamente juvenil de su patrón, con su pelo amarillento y sus hombros ligeramente encorvados, entrando en el almacén de Doublon Street, o hablando con capitanes y contramaestres en el muelle donde atracaban sus barcos. Sus empleados le odiaban y temían, y sus marineros eran la escoria de la Martinica, la Habana o Port Royal. Hasta cierto punto, la parte más intensa y tangible del temor que inspiraba el anciano se debía a la frecuencia con que había de reemplazar a sus marineros. Una tripulación cualquiera bajaba a tierra con permiso, varios de sus miembros recibían la orden de hacer algún que otro encargo, y cuando se reunían para volver a bordo, casi indefectiblemente faltaban uno o más hombres. Como la mayoría de los encargos estaban relacionados con la granja de Pawtuxet Road y muy pocos eran los que habían regresado de aquel lugar, con el tiempo Curwen se encontró con muchas dificultades para reclutar sus tripulaciones. Muchos de los marineros desertaban después de oír las habladurías de los muelles de Providence, y sustituirles en las Indias Occidentales llegó a convertirse en un serio problema para el comerciante. En 1760, Joseph Curwen era virtualmente un proscrito sospechoso de vagos horrores y demoníacas alianzas, mucho más amenazadoras por el hecho de que nadie podía precisarlas, ni entenderlas, ni mucho menos demostrar su existencia. La gota que vino a desbordar el vaso pudo ser muy bien el caso de los soldados desaparecidos en 1758. En marzo y abril de aquel año, dos regimientos reales de paso para Nueva Francia fueron acuartelados en Providence produciéndose en su seno una serie de inexplicables desapariciones que superaban con mucho el número habitual de deserciones. Se comentaba en voz baja la frecuencia con que se veía a Curwen hablando con los forasteros de guerrera roja, y cuando varios de ellos desaparecieron, la gente recordó lo que sucedía habitualmente con los marineros de sus tripulaciones. Nadie puede decir qué habría sucedido si los regimientos no hubieran recibido al poco tiempo la orden de marcha.

Entretanto los negocios del comerciante prosperaban. Tenía un virtual monopolio del comercio de la ciudad respecto al salitre, la pimienta negra y la canela, y superaba a todos los demás traficantes, excepto a los Brown, en la importación de añil, algodón, lana, sal, hierro, papel, objetos de latón y productos manufacturados ingleses de todas clases. Almacenistas tales como James Green, dueño del establecimiento El Elefante de Cheapside, los Russell de El Aguila Dorada, comercio situado al otro lado del puente, o Clark y Nightingale, propietarios de El Pescado y la Sartén, dependían casi enteramente de él para aprovisionarse, mientras que sus acuerdos con las destilerías locales, queseros y criadores de caballos Narragansett y fabricantes de velas de Newport, le convertían en uno de los primeros exportadores de la Colonia.

Decidido a luchar contra el ostracismo a que le habían condenado, comenzó a demostrar, al menos en apariencia, un gran espíritu cívico. Cuando el Ayuntamiento se incendió, contribuyó generosamente a las rifas que se organizaron con el fin de recaudar fondos para la construcción del nuevo edificio que aún hoy se alza en la antigua calle mayor. Aquel mismo ano 1761 ayudó a reconstruir el Puente Grande después de la riada de octubre. Repuso muchos de los libros devorados por las llamas en el incendio del Ayuntamiento y participó generosamente en las loterías gracias a las cuales pudo dotarse a los alrededores del mercado y a Town Street de una calzada empedrada con su andén para peatones en el centro. Por aquellas fechas edificó la casa nueva, sencilla pero de excelente construcción, cuya portada constituye un triunfo de los cinceles. Al separarse en 1743 los seguidores de Whitefield de la congregación del Dr. Cotton y fundar la iglesia del Diácono Snow al otro lado del puente, Curwen les había seguido, pero su celo se había ido apagando al mismo tiempo que iba menguando su asistencia a las ceremonias. Ahora, sin embargo, volvía a dar muestras de piedad como si con ello quisiera disipar la sombra que le había arrojado al ostracismo y que, si no se andaba con sumo cuidado, acabaría también con la buena estrella que hasta entonces había presidido su vida de comerciante.

El espectáculo que ofrecía aquel hombre extraño y pálido, aparentemente de mediana edad pero en realidad con más de un siglo de vida, tratando de emerger al fin de una nube de miedo y aversión demasiado vaga para ser analizada, era a la vez patético, dramático y ridículo. Sin embargo, tal es el poder de la riqueza y de los gestos superficiales, que se produjo cierta remisión en la visible antipatía que sus vecinos le prodigaban, especialmente una vez que cesaron bruscamente las desapariciones de los marineros. Posiblemente rodeó también de mayor cuidado y sigilo sus expediciones a los cementerios, ya que no volvió a ser sorprendido nunca en tales andanzas, y lo cierto es que los rumores acerca de sonidos y movimientos misteriosos en relación con la granja de Pawtuxet disminuyeron también notablemente. Su nivel de consumo de alimentos y de sustitución de reses siguió siendo anormalmente elevado, pero hasta fecha más moderna, cuando Charles Ward examinó sus libros de cuentas en la Biblioteca Shepley, no se le ocurrió a nadie comparar el gran número de negros que Curwen importó de Guinea hasta 1766 con la cifra asombrosamente reducida de los que pasaron de sus manos a las de los tratantes de esclavos del Puente Grande o de los plantadores del condado de Narragansett. Ciertamente aquel aborrecido personaje había demostrado una astucia y un ingenio inconcebibles en cuanto se había dado cuenta de que le era necesario ejercitar tanto la una como el otro.

Pero, como es natural, el efecto de aquel cambio de actitud fue necesariamente reducido. Curwen siguió siendo detestado y evitado, probablemente a causa de la juventud que aparentaba a pesar de sus muchos años, y al final se dio cuenta de que su fortuna llegaría a resentirse de la generosidad con que trataba de granjearse el afecto de sus conciudadanos. Sin embargo, sus complicados estudios y experimentos, cualesquiera que fuesen, exigían al parecer grandes sumas de dinero, y, dado que un cambio de ambiente le habría privado de las ventajas comerciales que había alcanzado en aquella ciudad no podía trasladarse a otra para empezar de nuevo. El buen juicio señalaba la conveniencia de mejorar sus relaciones con los habitantes de Providence, de modo que su presencia no diera lugar a que se interrumpieran las conversaciones y se creara una atmósfera de tensión e intranquilidad. Sus empleados, reclutados ahora entre los parados e indigentes a quienes nadie quería dar empleo, le causaban muchas preocupaciones, y si lograba mantener a su servicio a capitanes y marineros era sólo porque había tenido la astucia de adquirir ascendiente sobre ellos por medio de una hipoteca, una nota comprometedora o alguna información de tipo muy íntimo. En muchas ocasiones, y como observaban espantados los autores de algunos diarios privados, Curwen demostró poseer facultades de brujo al descubrir secretos familiares para utilizarlos en beneficio suyo. Durante los últimos cinco años de su vida, se llegó a pensar que esos datos que manejaba de un modo tan cruel sólo podía haberlos reunido gracias a conversaciones directas con los muertos.

Así fue como por aquella época llevó a cabo un último y desesperado esfuerzo por ganarse las simpatías de la comunidad. Misógino hasta entonces, decidió contraer un ventajoso matrimonio tomando por esposa a alguna dama cuya posición hiciera imposible la continuación de su ostracismo, aunque es probable que tuviera motivos más profundos para desear dicha alianza, motivos tan ajenos a la esfera cósmica conocida que sólo los documentos hallados ciento cincuenta años después de su muerte hicieron sospechar de su existencia.

Naturalmente Curwen se daba cuenta de que cualquier cortejo por su parte sería recibido con horror e indignación, y, en consecuencia, buscó una candidata sobre cuyos padres pudiera él ejercer la necesaria presión. Mujeres adecuadas no eran fáciles de encontrar puesto que Curwen exigía para la que habría de ser su esposa unas condiciones especiales de belleza, prendas personales y posición social. Al final sus miradas se posaron en el hogar de uno de sus mejores y más antiguos capitanes, un viudo de muy buena familia llamado Dutie Tillinghast, cuya única hija, Eliza, parecía reunir todas las cualidades deseadas. El capitán Tillinghast estaba completamente dominado por Curwen y, después de una terrible entrevista en su casa de la colina de Power Lane, consintió en aprobar la monstruosa alianza.

Eliza Tillinghast tenía en aquellos días dieciocho anos y había sido educada todo lo bien que la reducida fortuna de su padre permitiera. Había asistido a la escuela de Stephen Jackson y había sido también diligentemente instruida por su madre en las artes y refinamientos de la vida doméstica. Un ejemplo de su habilidad para las labores puede admirarse todavía en una de las salas de la Sociedad Histórica de Rhode Island. Desde el fallecimiento de la señora Tillinghast, ocurrido en 1757 a causa de la viruela, Eliza se había hecho cargo del gobierno de la casa ayudada únicamente por una anciana negra. Sus discusiones con su padre a propósito de la petición de Curwen debieron ser muy penosas, aunque no queda constancia de ellas en los documentos de la época. Lo cierto es que rompió su compromiso con el joven Ezra Weeden, segundo oficial del carguero Enterprise de Crawford, y que su unión con Joseph Curwen tuvo lugar el 7 de marzo de 1763 en la iglesia Baptista y en presencia de la mejor sociedad de la ciudad. La ceremonia fue oficiada por el vicario Samuel Winson y la Gazette se hizo eco del acontecimiento con una breve reseña que, en la mayoría de los ejemplares del periódico correspondientes a aquella fecha, y archivados en distintos lugares, parecía haber sido cortada o arrancada. Ward encontró un ejemplar intacto después de mucho rebuscar en los archivos de un coleccionista particular y observó entonces con regocijo la vaguedad de los términos con que estaba redactada la nota.

«El pasado lunes por la tarde, el señor Joseph Curwen, vecino de esta villa, comerciante, contrajo matrimonio con la señorita Eliza Tillinghast, hija del capitán Dutie Tillinghast, joven de muchas virtudes dotada además de gran belleza. Hacemos votos por su perpetua felicidad.»

La correspondencia Durfee-Arnold, descubierta por Charles Ward poco antes de que presentara los primeros síntomas de locura, en el museo particular de Melville L. Peters en Georgia Street, y que cubre aquel período y otro ligeramente anterior, arroja vívida luz sobre la ofensa al sentimiento público que causó aquella disparatada unión. Sin embargo, la influencia social de los Tillinghast era innegable, y así una vez más Joseph Curwen vio frecuentado su hogar por personas a las cuales nunca hubiera podido inducir, de otro modo, a que cruzasen el umbral de la casa. No se le aceptó totalmente, ni mucho menos, pero sí se levantó la condena al ostracismo a que se le había sometido. En el trato de que hizo objeto a su esposa, el extraño novio asombró a la comunidad y a ella misma portándose con el mayor miramiento y obsequiándola con toda clase de consideraciones. La nueva mansión de Olney Court estaba ahora completamente libre de manifestaciones inquietantes y aunque Curwen acudía con mucha frecuencia a la granja de Pawtuxet, que dicho sea de paso su esposa no visitó jamás, parecía un ciudadano mucho más normal que en cualquier otra época de su residencia en Providence. Sólo una persona seguía abrigando hacia él abierta hostilidad: el joven que había visto roto tan bruscamente su compromiso con Eliza Tillinghast. Ezra Weeden había jurado vengarse y, a pesar de su temperamento normalmente apacible, alimentaba un odio en su corazón que no presagiaba nada bueno para el hombre que le había robado la novia.

El siete de mayo de 1765 nació la que había de ser única hija de Curwen, Ann, que fue bautizada por el Reverendo John Graves de King’s Church, iglesia que frecuentaban los dos esposos desde su matrimonio como fórmula de compromiso entre sus respectivas afiliaciones Congregacionista y Baptista. El certificado de aquel nacimiento, así como el de la boda celebrada dos años antes, había desaparecido de los archivos eclesiásticos y municipales. Ward consiguió localizarlos, tras grandes dificultades, una vez que hubo descubierto el cambio de apellido de la viuda y una vez que se despertó en él aquel febril interés que culminó en su locura. El de nacimiento apareció por una feliz coincidencia como resultado de la correspondencia que mantuvo con los herederos del Dr. Graves, quien se había llevado un duplicado de los archivos de su iglesia al abandonar la ciudad a comienzos de la guerra de la Independencia, Ward había recurrido a ellos porque sabía que su tatarabuela, Ann Tillinghast, había sido episcopalista.

Poco después del nacimiento de su hija, acontecimiento que pareció recibir con un entusiasmo que contrastaba con su habitual frialdad, Curwen decidió posar para un retrato. Lo pintó un escocés de gran talento llamado Cosmo Alexandre, residente en Newport en aquella época y que adquirió fama después por haber sido el primer maestro de Gilbert Stuart. Decíase que el retrato había sido pintado sobre uno de los paneles de la biblioteca de la casa de Olney Court, pero ninguno de los dos diarios en que se mencionaba proporcionaba ninguna pista acerca de su posterior destino. En aquel período, Curwen dio muestras de una desacostumbrada abstracción y pasaba todo el tiempo que podía en su granja de Pawtuxet Road. Se hallaba continuamente, al parecer, en un estado de excitación o ansiedad reprimidas, como si esperase que fuera a ocurrir en cualquier momento algún acontecimiento de fenomenal importancia o como si estuviese a punto de hacer algún extraño descubrimiento. La química o la alquimia debían tener que ver mucho con ello, ya que se llevó a la granja numerosos volúmenes de la biblioteca de su casa que versaban sobre esos temas.

No disminuyó su pretendido interés por el bien de la ciudad y en consecuencia no desperdició la oportunidad de ayudar a hombres como Stephen Hopkins, Joseph Brown y Benjamin West en sus esfuerzos por elevar el nivel cultural de Providence que en aquel entonces se hallaba muy por debajo de Newport en lo referente al patronazgo de las artes liberales. Había ayudado a Daniel Jenkins en 1763 a abrir una librería de la cual fue desde entonces el mejor cliente, y proporcionó también ayuda a la combativa Gazette que se imprimía cada miércoles en el edificio decorado con el busto de Shakespeare. En política apoyó ardientemente al gobernador Hopkins contra el partido de Ward, cuyo núcleo más fuerte se encontraba en Newport, y el elocuente discurso que pronunció en 1765 en el Hacher’s Hall en contra de la proclamación de North Providence como ciudad independiente, contribuyó más que ninguna otra cosa a disipar los prejuicios existentes contra él. Pero Ezra Weeden, que le vigilaba muy de cerca, sonreía cínicamente ante aquella actitud, que él juzgaba insincera, y no se recataba en afirmar que no era más que una máscara destinada a encubrir un horrendo comercio con las más negras fuerzas del Averno. El vengativo joven inició un estudio sistemático del extraño personaje y de sus andanzas, pasando noches enteras en los muelles cuando veía luz en sus almacenes y siguiendo a sus barcos, que a veces zarpaban silenciosamente en dirección a la bahía. Sometió también a estrecha vigilancia la granja de Pawtuxet y en cierta ocasión fue mordido salvajemente por los perros que en su persecución soltaron los criados indios.

<p>2</p>

En 1766 se produjo el cambio final en Joseph Curwen. Fue muy repentino y pudo ser observado por toda la población porque el aire de ansiedad y expectación que le envolvía cayó como una capa vieja para dar paso inmediato a una mal disimulada expresión de completo triunfo. Daba la impresión de que a Curwen le resultaba difícil contener el deseo de proclamar públicamente lo que había hecho o averiguado, pero, al parecer, la necesidad de guardar el secreto era mayor que el afán de compartir su regocijo, ya que no dio a nadie ninguna explicación. Después de aquella transformación que tuvo lugar a primeros de julio, el siniestro erudito empezó a asombrar a todos demostrando poseer cierto tipo de información que solo podían haberle facilitado antepasados suyos fallecidos muchos años antes.

Pero las actividades secretas de Curwen no cesaron, ni mucho menos, con aquel cambio. Por el contrario, tendieron a aumentar, con lo cual fue dejando más y más sus negocios en manos de capitanes unidos a él por lazos de temor tan poderosos como habían sido anteriormente los de la miseria. Abandonó el comercio de esclavos alegando que los beneficios que le reportaba eran cada vez menores. Pasaba casi todo el tiempo en su granja de Pawtuxet, aunque de vez en cuando alguien decía haberle visto en lugares muy cercanos a cementerios, con lo que las gentes se preguntaron hasta qué punto habrían cambiado realmente las antiguas costumbres del comerciante. Ezra Weeden, a pesar de que sus períodos de espionaje eran necesariamente breves e intermitentes debido a los viajes que le imponía su profesión, poseía una vengativa persistencia de que carecían ciudadanos y campesinos, y sometía las idas y venidas de Curwen a una vigilancia mayor de la que nunca conocieran.

Muchas de las extrañas maniobras de los barcos del comerciante habían sido atribuidas a lo inestable de aquella época en que los colonos parecían decididos a eludir como fuera las estipulaciones del Acta del Azúcar. El contrabando era cosa habitual en la Bahía de Narragansett y los desembarcos nocturnos de importaciones ilícitas estaban a la orden del día. Pero Weeden, que seguía noche tras noche a las embarcaciones que zarpaban de los muelles de Curwen, no tardó en convencerse de que no eran únicamente los barcos de la armada de Su Majestad lo que el siniestro traficante deseaba evitar. Con anterioridad al cambio de 1766, aquellas embarcaciones habían transportado principalmente negros encadenados, que eran desembarcados en un punto de la costa situado al norte de Pawtuxet, y conducidos posteriormente campo a traviesa hasta la granja de Curwen, donde se les encerraba en aquel enorme edificio de piedra que tenía estrechas troneras en vez de ventanas. Pero a partir de 1766 todo cambió. La importación de esclavos cesó repentinamente y durante una temporada Curwen interrumpió las navegaciones nocturnas. Luego, en la primavera de 1767, las embarcaciones volvieron a zarpar de los muelles oscuros y silenciosos para cruzar la bahía y llegar a Nanquit Point, donde se encontraban con barcos de tamaño considerable y aspecto muy diverso de los que recibían cargamento. Los marineros de Curwen desembarcaban luego la mercancía en un punto determinado de la costa y desde allí la transportaban a la granja, dejándola en el mismo edificio de piedra que había dado alojamiento a los negros. El cargamento consistía casi enteramente en cajones, de los cuales gran número tenía una forma oblonga, forma que recordaba ominosamente la de los ataúdes.

Weeden vigilaba la granja con incansable asiduidad, visitándola noche tras noche durante largas temporadas. Raramente dejaba pasar una semana sin acercarse a ella excepto cuando el terreno estaba cubierto de nieve, en la que habría dejado impresas sus huellas, y aun en esos días se aproximaba lo más posible cuidando de no salirse de la vereda o de caminar sobre el hielo del río vecino a la granja, con el fin de poder ver si había rastros de pisadas en torno a la casa. Para no interrumpir la vigilancia durante las ausencias que le imponía su trabajo, se puso de acuerdo con un amigo que solía beber con él en la taberna, un tal Eleazar Smith, que desde entonces le sustituyó en su tarea. Entre los dos pudieron haber hecho circular rumores extraordinarios, y si no lo hicieron, fue solamente porque sabían que publicar ciertas cosas habría tenido el efecto de alertar a Curwen haciéndoles imposible toda investigación posterior, cuando lo que ellos querían era enterarse de algo concreto antes de pasar a la acción. De todos modos lo que averiguaron debió ser realmente sorprendente. En más de una ocasión dijo Charles Ward a sus padres cuánto lamentaba que Weeden hubiese quemado su cuaderno de notas. Lo único que se sabe de sus descubrimientos es lo que Eleazar Smith anotó en un diario, no muy coherente por cierto, y lo que otros autores de diarios íntimos y cartas repitieron después tímidamente, es decir, que la propiedad campestre era solamente tapadera de una peligrosa amenaza cuya profundidad escapaba a toda comprensión.

Se cree que Weeden y Smith quedaron convencidos al poco tiempo de comenzar sus investigaciones de que por debajo de la granja se extendía una red de catacumbas y túneles habitados por numerosas personas además del viejo indio y su esposa. La casa era una antigua reliquia del siglo XVII, con una enorme chimenea central y ventanas romboides y enrejadas, y el laboratorio se hallaba en la parte norte, donde el tejado llegaba casi hasta el suelo. El edificio estaba completamente aislado, pero, a juzgar por las distintas voces que se oían en su interior a las horas más inusitadas, debía llegarse a él a través de secretos pasadizos subterráneos. Aquellas voces, hasta 1766, consistían en murmullos y susurros de negros mezclados con gritos espantosos y extraños cánticos o invocaciones. A partir de aquella fecha, se convirtieron en explosiones de furor frenético, ávidos jadeos y gritos de protesta proferidos en diversos idiomas, todos ellos conocidos por Curwen, que provocaban réplicas teñidas en muchos casos de un acento de reproche o de amenaza.

A veces parecía que había varias personas en la casa: Curwen, varios prisioneros y los guardianes de estos. Había acentos que ni Weeden ni Smith habían oído jamás, a pesar de su extenso conocimiento de puertos extranjeros, y otros que identificaban como pertenecientes a una u otra nacionalidad. Sonaba aquello como una especie de catequesis o como si Curwen estuviera arrancando cierta información a unos prisioneros aterrorizados o rebeldes.

Había recogido Weeden en su cuaderno al pie de la letra fragmentos de conversaciones en inglés, francés y español, las lenguas que él conocía y que con más frecuencia utilizaba Curwen, pero ninguna de aquellas notas se habían conservado. Afirmaba el mismo Weeden que aparte de algunos diálogos relativos al pasado de varias familias de Providence, la mayoría de las preguntas y respuestas que pudo entender se referían a cuestiones históricas o científicas a veces pertenecientes a épocas y lugares muy remotos. En cierta ocasión, por ejemplo, un personaje que se mostraba a ratos enfurecido y a ratos adusto, fue interrogado acerca de la matanza que llevó a cabo el Príncipe Negro en Limoges en 1370 como si la masacre hubiera obedecido a un motivo secreto que él debiera conocer. Curwen le preguntó al prisionero —si es que era prisionero— si el motivo había sido el hallazgo del Signo de la Cabra en el altar de la vieja Cripta romana sita bajo la catedral, o el hecho de que el Hombre Oscuro del Alto Aquelarre de Viena hubiera pronunciado las Tres Palabras. Al no obtener respuesta a sus preguntas, el inquisidor recurrió, al parecer, a medidas extremas, ya que se oyó un terrible alarido seguido de un extraño silencio y el ruido de un cuerpo que caía.

Ninguno de aquellos coloquios tuvo testigos oculares, ya que las ventanas estaban siempre cerradas y veladas por cortinas. Sin embargo, en cierta ocasión, durante un diálogo mantenido en un idioma desconocido, Weeden vio una sombra a través de una cortina que le dejó asombrado y que le recordó a uno de los muñecos de un espectáculo que había presenciado en el Hatcher’s Hall en el otoño de 1764, cuando un hombre de Germantown, Pensilvania, había dado una representación anunciada como «Vista de la Famosa Ciudad de Jerusalén, en la cual están representadas Jerusalén, el Templo de Salomón, su Trono Real, las Famosas Torres y Colinas, así como los sufrimientos de Nuestro Salvador desde el Huerto de Getsemaní hasta la Cruz del Gólgota, una valiosa obra de imaginería digna de verse». Fue en aquella ocasión cuando el oyente, que se había acercado más de la cuenta a la ventana de la sala donde tenía lugar la conversación, dio un respingo que alertó a la pareja de indios, los cuales le soltaron los perros. Desde aquella noche no volvieron a oírse más conversaciones en la casa, y Weeden y Smith llegaron a la conclusión de que Curwen había trasladado su campo de acción a las regiones inferiores.

Que tales regiones existían, parecía un hecho cierto. Débiles gritos y gemidos surgían de la tierra de vez en cuando en lugares muy apartados de la vivienda, y cerca de la orilla del río, a espaldas de la granja y allí donde el terreno descendía suavemente hasta el valle del Pawtuxet, se encontró, oculta entre arbustos, una puerta de roble en forma de arco y encajada en un marco de pesada mampostería que constituía evidentemente la entrada a unas cavernas abiertas bajo la colina. Weeden no podía decir cuándo ni cómo habían sido construidas aquellas catacumbas, pero sí se refería con frecuencia a la facilidad con que por el río podían haber llegado hasta aquel lugar grupos de trabajadores. Era evidente que Joseph Curwen encomendaba a sus marineros las más variadas tareas. Durante las intensas lluvias de la primavera de 1769, los dos jóvenes vigilaron atentamente las empinadas márgenes del río para comprobar si las aguas ponían al descubierto algún secreto soterrado, y su paciencia se vio recompensada con el espectáculo de una profusión de huesos humanos y de animales en aquellos lugares donde el agua había excavado unas profundas depresiones. Naturalmente, el hallazgo podía tener diversas explicaciones dado que en la granja cercana se criaba ganado y que por aquellos parajes abundaban los cementerios indios, pero Weeden y Smith prefirieron sacar del descubrimiento sus propias conclusiones.

En enero de 1770, mientras Weeden y Smith se devanaban inútilmente los sesos tratando de encontrar una explicación a aquellos desconcertantes sucesos, ocurrió el incidente del Fortaleza. Exasperado por la quema del buque aduanero Liberty ocurrida en Newport el verano anterior, el almirante Wallace, que mandaba la flota encargada de la vigilancia de aquellas costas, ordenó que se extremara el control de los barcos extranjeros, a raíz de lo cual el cañonero de Su Majestad Cygnet capturó tras corta persecución a la chalana Fortaleza, de Barcelona, España, al mando del capitán Manuel Arruda. La chalana había zarpado, según el diario de navegación, de El Cairo, Egipto, con destino a Providence. Cuidadosamente registrada en busca de material de contrabando, la chalana reveló el hecho asombroso de que su cargamento consistía exclusivamente en momias egipcias consignadas a nombre de «Marinero A. B. C.», quien debía acudir a recoger la mercancía a la altura de Nanquit Point y cuya identidad el capitán Arruda se negó a revelar. El vicealmirante Court, de Newport, no sabiendo qué hacer ante la naturaleza de aquel cargamento, que, si bien no podía ser calificado de contrabando, tampoco se atenía, por el secreto con que era transportado, a las normas legales, dejó a la chalana en libertad prohibiéndola atracar en las aguas de Rhode Island. Más tarde circuló el rumor de que había sido vista a la altura de Boston, aunque nunca llegó a entrar en aquel puerto.

El extraño incidente fue muy comentado en Providence y pocos fueron los que dudaron que existiera alguna relación entre el extraño cargamento de momias y el siniestro Joseph Curwen. Nadie que supiera de sus exóticos estudios y extrañas importaciones de productos químicos, a más de la afición que sentía por los cementerios, necesitó mucha imaginación para conectar su nombre con un cargamento que no podía ir destinado a ningún otro habitante de Providence.

Probablemente apercibido de aquella lógica sospecha, Curwen procuró dejar caer en varias ocasiones ciertas observaciones acerca del valor químico de los bálsamos contenidos en las momias pensando, quizá, revestir así al asunto de cierta normalidad, pero sin admitir jamás que tuviera participación alguna en él. Weeden y Smith no tuvieron por su parte ninguna duda acerca del significado del incidente y continuaron elaborando las más descabelladas teorías respecto a Curwen y sus monstruosos trabajos.

Durante la primavera siguiente, al igual que había sucedido el año anterior, llovió mucho, y con tal motivo los dos jóvenes sometieron a estrecha vigilancia la orilla del río situada a espaldas de la granja de Curwen. Las aguas arrastraron gran cantidad de tierra y dejaron al descubierto cierto número de huesos, pero no quedó a la vista ningún camino subterráneo. Sin embargo, algo se rumoreó por aquel entonces en la aldea de Pawtuxet, situada a una milla de distancia y junto a la cual el río se despeña sobre una serie de desniveles rocosos formando pequeñas cascadas. Allí donde dispersos caserones antiguos trepan por la colina desde el rústico puente y las lanchas pesqueras se mecen ancladas a los soñolientos muelles, se habló de cosas misteriosas que arrastraban las aguas y que permanecían flotando unos segundos antes de precipitarse, corriente abajo, entre la espuma de las cascadas. Cierto que el Pawtuxet es un río muy largo que pasa a través de regiones habitadas en las que abundan los cementerios, y cierto que las lluvias primaverales habían sido muy intensas, pero a los pescadores de los alrededores del puente no les gustó la horrible mirada que les dirigió uno de aquellos objetos ni el modo en que gritaron otros que habían perdido toda semejanza con las cosas que habitualmente gritan. Weeden estaba ausente por entonces, pero los rumores llegaron a oídos de Smith, que se apresuró a dirigirse a la orilla del río, donde halló evidentes vestigios de amplias excavaciones. No había quedado al descubierto, sin embargo, la entrada a ningún túnel, sino muy al contrario, una pared sólida mezcla de tierra y ramas recogidas más arriba. Smith empezó a cavar en algunos lugares, pero se dio por vencido al ver que sus intentos eran vanos, o, quizá, al temer que pudieran dejar de serlo. Habría sido interesante ver lo que habría hecho el obstinado y vengativo Weeden de haberse encontrado allí en esos momentos.

<p>3</p>

En el otoño de 1770, Weeden decidió que había llegado el momento de hablar a otros de sus descubrimientos, ya que poseía un gran número de datos, y disponía de un testigo ocular para desvirtuar la posible acusación de que los celos y el afán de venganza le habían hecho imaginar cosas que no existían. Como primer confidente escogió al capitán James Mathewson, del Enterprise, que por una parte le conocía lo suficiente para no dudar de su veracidad, y, por otra, tenía la suficiente influencia en la ciudad para hacerse escuchar a su vez con respeto. La conversación tuvo lugar cerca del puerto, en una habitación de la parte alta de la Taberna de Sabin, y en presencia de Smith, que podía corroborar cada una de las afirmaciones de Weeden. El capitán Mathewson quedó sumamente impresionado. Como casi todo el mundo en la ciudad, albergaba sus sospechas acerca del siniestro Joseph Curwen, de modo que aquella confirmación y ampliación de datos le bastó para convencerse totalmente.

Al final de la conferencia estaba muy serio y requirió a los dos jóvenes para que guardaran absoluto silencio. Dijo que él se encargaría de transmitir separadamente la información a los ciudadanos más cultos e influyentes de Providence, de recabar su opinión, y de seguir el consejo que pudieran ofrecerle. En cualquier caso, era esencial la mayor discreción, ya que el asunto no podía ser confiado a las autoridades de la ciudad y convenía que no llegara a oídos de la excitable multitud para evitar que se repitiera aquel espantoso pánico de Salem, ocurrido hacía menos de un siglo y que había provocado la huida de Curwen de aquella ciudad.

Las personas más indicadas para conocer el caso eran, en su opinión, el doctor Benjamin West, cuyo estudio sobre el último tránsito de Venus demostraba que era un auténtico erudito así como un agudo pensador; el reverendo James Manning, rector de la universidad, que había llegado hacía poco de Warren y se hospedaba provisionalmente en la nueva escuela de King Street en espera de que terminaran su propia vivienda en la colina que se elevaba sobre la Presbyterian Lane; el exgobernador Stephen Hopkins, que había sido miembro de la Sociedad Filosófica de Newport y era hombre de amplias miras; John Carter, editor de la Gazette; los cuatro hermanos Brown, John, Joseph, Nicholas y Moses, magnates de la localidad; el anciano doctor Jabez Bowen, cuya erudición era considerable y tenía información de primera mano acerca de las extrañas adquisiciones de Curwen; y el capitán Abraham Whipple, un hombre de fenomenal energía con el cual podía contarse si había que tomar alguna medida «activa». Aquellos hombres, si todo iba bien, podían reunirse finalmente para llevar a cabo una deliberación colectiva y en ellos recaería la responsabilidad de decidir si había que informar o no al gobernador de la Colonia, Joseph Wanton, residente en Newport, antes de adoptar ninguna medida.

La misión del capitán Mathewson tuvo más éxito del que esperaban, ya que, si bien un par de aquellos confidentes se mostró algo escéptico en lo concerniente al posible aspecto fantástico del relato de Weeden, todos coincidieron en la necesidad de adoptar medidas secretas y coordinadas. Era evidente que Curwen constituía una amenaza en potencia para el bienestar de la ciudad y de la Colonia, amenaza que había que eliminar a cualquier precio. A finales de diciembre de 1770, un grupo de eminentes ciudadanos se reunieron en casa de Stephen Hopkins y discutieron las medidas que podían adoptarse. Se leyeron con todo cuidado las notas que Weeden había entregado al Capitán Mathewson y tanto Weeden como Smith fueron llamados a presencia de la asamblea para que las confirmaran y añadieran algunos detalles. Algo parecido al miedo se apoderó de todos los allí presentes antes de que terminara la conferencia, pero a él se sobrepuso una implacable decisión que el Capitán Whipple se encargó de expresar verbalmente con su pintoresco léxico. No informarían al gobernador, porque era evidente la necesidad de una acción extraoficial. Si Curwen poseía efectivamente poderes ocultos, no podía invitársele por las buenas a que abandonara la ciudad, pues tal invitación podía acarrear terribles represalias. Por otra parte y en el mejor de los casos, la expulsión del siniestro individuo solo significaría el traslado a otro lugar de la amenaza que representaba. La ley era por entonces letra muerta, y aquellos hombres que durante tantos años habían burlado a las fuerzas reales no eran de los que se amilanaban fácilmente cuando el deber requería su intervención en cuestiones más difíciles y delicadas. Decidieron que lo mejor sería que una cuadrilla de soldados avezados sorprendiera a Curwen en su granja de Pawtuxet y le dieran ocasión para que se explicara. Si quedaba demostrado que era un loco que se divertía imitando voces distintas, le encerrarían en un manicomio. Si se descubría algo más grave y los secretos soterrados resultaban ser realidad, le matarían a él y a todos los que le rodeaban. El asunto debía llevarse con la mayor discreción y en caso de que Curwen muriera no se informaría de lo sucedido ni a la viuda ni al padre de ésta.

Mientras se discutían aquellas graves medidas, ocurrió en la ciudad un incidente tan terrible e inexplicable que durante algún tiempo no se habló de otra cosa en varias millas a la redonda. Una noche del mes de enero resonaron por los alrededores nevados del río, colina arriba, una serie de gritos que atrajeron multitud de cabezas somnolientas a todas las ventanas. Los que vivían en las inmediaciones de Weybosset Point vieron entonces una forma blanca que se lanzaba frenéticamente al agua en el claro que se abre delante de la Cabeza del Turco. Unos perros aullaron a lo lejos, pero sus aullidos se apagaron en cuanto se hizo audible el clamor de la ciudad despierta. Grupos de hombres con linternas y mosquetones salieron para ver que había ocurrido, pero su búsqueda resultó infructuosa. Sin embargo, a la mañana siguiente, un cuerpo gigantesco y musculoso fue hallado, completamente desnudo, en las inmediaciones de los muelles meridionales del Puente Grande, entre los hielos acumulados junto a la destilería de Abbott. La identidad del cadáver se convirtió en tema de interminables especulaciones y habladurías. Los más viejos intercambiaban furtivos murmullos de asombro y de temor, ya que aquel rostro rígido, con los ojos desorbitados por el terror, despertaba en ellos un recuerdo: el de un hombre muerto hacía ya más de cincuenta años.

Ezra Weeden presenció el hallazgo y, recordando los ladridos de la noche anterior, se adentró por Weybosset Street y por el puente de Muddy Dock, en dirección al lugar de donde procedía el sonido. Cuando llegó al límite del barrio habitado, al lugar donde se iniciaba la carretera de Pawtuxet, no le sorprendió hallar huellas muy extrañas en la nieve. El gigante desnudo había sido perseguido por perros y por muchos hombres que calzaban pesadas botas, y el rastro de los canes y sus dueños podía seguirse fácilmente. Habían interrumpido la persecución temiendo acercarse demasiado a la ciudad. Weeden sonrió torvamente y decidió seguir las huellas hasta sus orígenes. Partían, como había supuesto, de la granja de Joseph Curwen, y habría seguido su investigación de no haber visto tantos rastros de pisadas en la nieve. Dadas las circunstancias, no se atrevió a mostrarse demasiado interesado a plena luz del día. El doctor Bowen, a quien Weeden informó inmediatamente de su descubrimiento, llevó a cabo la autopsia del extraño cadáver y descubrió unas peculiaridades que le desconcertaron profundamente. El tubo digestivo no parecía haber sido utilizado nunca, en tanto que la piel mostraba una tosquedad y una falta de trabazón que el galeno no supo a qué atribuir. Impresionado por lo que los ancianos susurraban acerca del parecido de aquel cadáver con el herrero Daniel Green, fallecido hacía ya diez lustros, y cuyo nieto, Aaron Moppin, era sobrecargo al servicio de Curwen, Weeden procuró averiguar dónde habían enterrado a Green. Aquella noche, un grupo de diez hombres visitó el antiguo Cementerio del Norte y excavó la fosa. Tal como Weeden había supuesto, la encontraron vacía.

Mientras tanto, se había dado aviso a los portadores del correo para que interceptaran la correspondencia del misterioso personaje, y poco después del hallazgo de aquel cuerpo desnudo, fue a parar a manos de la junta de ciudadanos interesados en el caso una carta escrita por un tal Jedediah Orne, vecino de Salem, que les dio mucho que pensar. Charles Ward encontró un fragmento de dicha misiva reproducida en el archivo privado de cierta familia. Decía lo siguiente:

«Satisfáceme en extremo que continúe su merced el estudio de las Viejas Materias a su modo y manera, y mucho dudo que el señor Hutchinson de Salem obtuviera mejores resultados. Ciertamente fue muy grande el espanto que provocó en él la Forma que evocara, a partir de aquello de lo que pudo conseguir sólo una parte. No tuvo los efectos deseados lo que su merced nos envió, ya fuera porque faltaba algo, o porque las palabras no eran las justas y adecuadas, bien porque me equivocara yo al decirlas, bien porque se confundiera su merced al copiarlas. Tal cual estoy, solo, no hallo qué hacer. Carezco de los conocimientos de química necesarios para seguir a Borellus y no acierto a descifrar el Libro VII del Necronomicon que me recomendó. Quiero encomendarle que observe en todo momento lo que su merced nos encareció, a saber, que ejercite gran cautela respecto a quién evoca y tenga siempre presente lo que el señor Mather escribió en sus acotaciones al... en que representa verazmente tan terrible cosa. Encarézcole no llame a su presencia a nadie que no pueda dominar, es decir, a nadie que pueda conjurar a su vez algún poder contra el cual resulten ineficaces sus más poderosos recursos. Es menester que llame a las Potencias Menores no sea que las Mayores no quieran responderle o le excedan en poder. Me espanta saber que conoce su merced cuál es el contenido de la Caja de Ebano de Ben Zarisnatnik, porque de la noticia deduzco quién le reveló el secreto. Ruégole otra vez que se dirija a mí utilizando el nombre de Jedediah y no el de Simon. Peligrosa es esta ciudad para el hombre que quiere sobrevivir y ya tiene conocimiento su merced de mi plan por medio del cual volví al mundo bajo la forma de mi hijo. Ardo en deseos de que me comunique lo que Sylvanus Codicus reveló al Hombre Negro en su cripta, bajo el muro romano, y le agradeceré me envíe el manuscrito de que me habla.»

Otra misiva, ésta procedente de Filadelfia y carente de firma, provocó igual preocupación, especialmente el siguiente pasaje:

«Tal como me encarece su merced, le enviaré las cuentas sólo por medio de sus naves, aunque nunca sé con certeza cuándo esperar su llegada. Del asunto de que hablamos necesito únicamente una cosa más, pero quiero estar seguro de haber entendido exactamente todas sus recomendaciones. Díceme que para conseguir el efecto deseado no debe faltar parte alguna, pero bien sabe su merced cuán difícil es proveerse de todo lo necesario. Juzgo tan trabajoso como peligroso sustraer la Caja entera, y en las iglesias de la villa (ya sea la de San Pedro, la de San Pablo, la de Santa María o la del Santo Cristo), es de todo punto imposible llevarlo a cabo, pero sé bien que lo que lograra evocar el octubre pasado tenía muchas imperfecciones y que hubo de utilizar innumerables especímenes hasta dar en 1766 con la Forma adecuada. Por todo ello reitero que me dejaré guiar en todo momento por las instrucciones que tenga a bien darme su merced. Espero impaciente la llegada de su bergantín y pregunto todos los días en el muelle del señor Biddle.»

Una tercera carta, igualmente sospechosa, estaba escrita en idioma extranjero y con alfabeto desconocido. En el diario que luego hallara Charles Ward, Smith había reproducido torpemente una determinada combinación de caracteres que vio repetida en ella varias veces. Los especialistas de la Universidad de Brown determinaron que tales caracteres correspondían al alfabeto amhárico o abisinio, pero no lograron identificar la palabra en cuestión. Ninguna de las tres cartas llegó jamás a manos de Curwen, aunque el hecho de que Jedediah Orne desapareciera al poco tiempo de Salem, demuestra que los conjurados de Providence habían tomado ciertas medidas con toda discreción. La Sociedad Histórica de Pensilvania posee también una curiosa carta escrita por un tal doctor Shippen en que se menciona la llegada a Filadelfia por aquel entonces de un extraño personaje. Pero, mientras, algo más importante se tramaba. Los principales frutos de los descubrimientos de Weeden resultaron de las reuniones secretas de marineros y mercenarios juramentados que tenían lugar durante la noche en los almacenes de Brown. Lenta, pero seguramente, se iba elaborando un plan de campaña destinado a eliminar, sin dejar rastro, los siniestros misterios de Joseph Curwen.

A pesar de todas las precauciones adoptadas para que no reparara en la vigilancia de que era objeto, el siniestro personaje debió observar que algo anormal ocurría, ya que a partir de entonces pareció siempre muy preocupado. Su calesa era vista a todas horas en la ciudad y en la carretera de Pawtuxet, y poco a poco fue abandonando el aire de forzada amabilidad con que últimamente había tratado de combatir los prejuicios de la ciudad.

Los vecinos más próximos a su granja, los Fenner, vieron una noche un gran chorro de luz que brotaba de alguna abertura del techo de aquel edificio de piedra que tenía troneras en vez de ventanas, acontecimiento que comunicaron rápidamente a John Brown. Se había convertido éste en jefe del grupo decidido a terminar con Curwen, y con tal fin había informado a los Fenner de sus propósitos, lo cual consideró necesario debido a que los granjeros habían de ser testigos forzosamente del ataque final. Justificó el asalto diciendo que Curwen era un espía de los oficiales de aduanas de Newport, en contra de los cuales se alzaba en aquellos días todo fletador, comerciante o granjero de Providence, abierta o clandestinamente. Si los vecinos de Curwen creyeron o no el embuste, es cosa que no se sabe con certeza, pero lo cierto es que se mostraron más que dispuestos a relacionar cualquier manifestación del mal con un hombre que tan extrañas costumbres demostraba. El señor Brown les había encargado que vigilaran la granja de Curwen y, en consecuencia, le informaban puntualmente de todo incidente que tuviera lugar en la propiedad en cuestión.

<p>4</p>

La probabilidad de que Curwen estuviera en guardia y proyectara algo anormal, como sugería aquel chorro de luz, precipitó finalmente la acción tan cuidadosamente planeada por el grupo de ciudadanos. Según el diario de Smith, casi un centenar de hombres se reunieron a las diez de la noche del 12 de abril de 1771 en la gran sala de la Taberna Thurston, al otro lado del puente de Weybosset Point. Entre los cabecillas, además de John Brown, figuraban el doctor Bowen, con su maletín de instrumental quirúrgico; el presidente Manning sin su peluca (que se tenía por la mayor en las Colonias); el gobernador Hopkins, envuelto en su capa negra y acompañado de su hermano Eseh, al cual había iniciado en el último momento con el consentimiento de sus compañeros; John Carter; el capitán Mathewson y el capitán Whipple, encargado de dirigir la expedición. Los jefes conferenciaron aparte en una habitación trasera, después de lo cual el capitán Whipple se presentó en la sala y dio a los hombres allí reunidos las últimas instrucciones. Eleazar Smith se encontraba con los jefes de la expedición esperando la llegada de Ezra Weeden, que había sido encargado de no perder de vista a Curwen y de informar de la marcha de su calesa hacia la granja.

Alrededor de las diez y media se oyó el ruido de unas ruedas que pasaban sobre el Puente Grande y no hubo necesidad de esperar a Weeden para saber que Curwen había salido en dirección a la siniestra granja. Poco después, mientras la calesa se alejaba en dirección al puente de Muddy Dock, apareció Weeden. Los hombres se alinearon silenciosamente en la calle empuñando los fusiles de chispa, las escopetas y los arpones balleneros que llevaban consigo. Weeden y Smith formaban parte del grupo, y, de los ciudadanos deliberantes, se encontraban allí dispuestos al servicio activo el capitán Whipple, en calidad de jefe de la expedición, el capitán Eseh Hopkins, John Carter, el presidente Manning, el capitán Mathewson y el doctor Bowen, junto con Moses Brown, que había llegado a las once y estuvo ausente, por lo tanto, de la sesión preliminar en la taberna. El grupo emprendió la marcha sin dilación, encaminándose hacia la carretera de Pawtuxet. Poco más allá de la iglesia de Elder Snow, algunos de los hombres se volvieron a mirar la ciudad dormida bajo las estrellas primaverales. Torres y chapiteles elevaban sus formas oscuras mientras que del norte llegaba una suave brisa con regusto a sal. La estrella Vega se elevaba al otro lado del agua, sobre la alta colina coronada de una arboleda interrumpida sólo por los tejados del edificio de la universidad, aún en construcción. Al pie de la colina y en torno a las callejuelas que descendían ladera abajo, dormía la ciudad, la vieja Providence, por cuyo bien y seguridad estaban a punto de aplastar blasfemia tan colosal.

Una hora y cuarto después los expedicionarios llegaban, tal como estaba previsto, a la granja de los Fenner, donde oyeron el informe final acerca de las actividades de Curwen. Había llegado a la granja media hora antes e inmediatamente después había surgido una extraña luz a través del techo del edificio de piedra, aunque las troneras que hacían las veces de ventanas seguían tan oscuras como solían estarlo últimamente. Mientras los recién llegados escuchaban esta noticia se vio otro resplandor elevarse en dirección al sur, con lo cual los expedicionarios supieron sin la menor duda que habían llegado a un escenario donde iban a presenciar maravillas asombrosas y sobrenaturales. El capitán Whipple ordenó que sus fuerzas se dividieran en tres grupos: uno de veinte hombres al mando de Eleazar Smith, que hasta que su presencia fuera necesaria en la granja habría de apostarse en el embarcadero e impedir la intervención de posibles refuerzos enviados por Curwen; un segundo grupo de otros tantos hombres dirigidos por el capitán Eseh Hopkins que se encargaría de penetrar por el valle del río situado a espaldas de la granja y de derribar con hachas, o pólvora en caso necesario, la puerta de roble descubierta por Weeden; y un tercer grupo que atacaría de frente la granja y el edificio contiguo. De este último grupo, una tercera parte, al mando del capitán Mathewson, iría directamente al edificio de piedra, otra tercera parte seguiría al capitán Whipple hasta el edificio principal de la granja, y el resto formaría un círculo alrededor de los dos edificios para acudir al oír una señal de emergencia adonde su presencia se hiciera más necesaria.

El grupo que había de penetrar por el valle derribaría la puerta al oír una única señal de silbato y capturaría todo aquello que surgiera de las regiones inferiores. Al oír dos veces seguidas el sonido del silbato, avanzaría por el pasadizo para enfrentarse al enemigo o unirse al resto del contingente. El grupo encargado de atacar el edificio de piedra interpretaría los sonidos del silbato de manera análoga; al oír el primero derribarían la puerta, y al oír los segundos examinarían cualquier pasadizo o subterráneo que pudieran encontrar y ayudarían a sus compañeros en el combate que suponían habría de tener lugar en esas cavernas. Una tercera señal constituiría la llamada de emergencia al grupo de reserva; sus veinte hombres se dividirían en dos equipos que se internarían respectivamente por la puerta de roble y en el edificio de piedra. La certeza del capitán Whipple acerca de existencia de catacumbas en la propiedad era tan absoluta, que no dudó ni por un momento en tenerla en cuenta al elaborar sus planes. Llevaba con él un silbato de sonido muy agudo para que nadie confundiera las señales. El grupo apostado junto al embarcadero naturalmente no podría oírlo. De requerirse su ayuda, se haría necesario el envío de un mensajero. Moses Brown y John Carter fueron con el capitán Hopkins a la orilla del río mientras que el presidente Manning acompañaba al capitán Mathewson y al grupo destinado a asaltar el edificio de piedra. El doctor Bowen y Ezra Weeden se unieron al destacamento de Whipple que tenía a su cargo el ataque al edificio central de la granja. La operación comenzaría tan pronto como un mensajero del capitán Hopkins hubiera notificado al capitán Whipple que el grupo del río estaba en su puesto. Whipple haría sonar entonces el silbato y los grupos atacarían simultáneamente los tres puntos convenidos. Poco antes de la una de la madrugada, los tres destacamentos salieron de la granja de Fenner, uno en dirección al embarcadero, otro en dirección a la puerta de la colina, y el tercero, tras subdividirse, en dirección a los edificios de la granja de Curwen.

Eleazar Smith, que acompañaba al grupo que se dirigía al embarcadero, registra en su diario una marcha silenciosa y una larga espera en el arrecife que se yergue sobre la bahía. Luego se oyó la señal de ataque, seguida de una explosión de aullidos y de gritos. Un hombre creyó oír algunos disparos, y el propio Smith captó acentos de una voz atronadora que resonaba en el aire. Poco antes del amanecer, un aterrorizado mensajero con los ojos desorbitados y las ropas impregnadas de un hedor espantoso y desconocido se presentó ante el grupo y dijo a los hombres que regresaran silenciosamente a sus hogares y no volvieran a pensar jamás en lo que había sucedido aquella noche ni en la persona de Joseph Curwen. El aspecto del mensajero produjo en aquellos seres una impresión que sus palabras no habrían podido causar por sí solas; a pesar de ser un marinero conocido por la mayoría de ellos, algo oscuro había perdido o ganado su alma, algo que le situaba en un mundo aparte. Y lo mismo ocurrió más tarde cuando encontraron a otros antiguos compañeros que se habían adentrado en las regiones del horror. La mayoría de ellos habían adquirido o perdido algo misterioso o indescriptible. Habían visto, oído o captado algo que no estaba destinado al entendimiento humano y no podían olvidarlo. Jamás hablaron entre ellos de lo sucedido, porque hasta para el más común de los instintos mortales existen fronteras insalvables. En cuanto al grupo del embarcadero, el espanto indecible que les transmitió aquel único mensajero selló también sus labios. Pocos son los rumores que de ellos proceden y el diario de Eleazar Smith es el único testimonio escrito que dejó todo aquel cuerpo de expedicionarios.

Charles Ward, sin embargo, descubrió otra vaga fuente de información en algunas cartas de los Fenner que encontró en New London, donde sabía que había vivido otra rama de la familia. Parece ser que los vecinos de Curwen, desde cuya casa era visible la granja condenada, habían presenciado la partida de las columnas expedicionarias y habían oído claramente los furiosos ladridos de los perros sucedidos por la explosión que precipitó el ataque. A aquella primera explosión habían seguido la elevación de un gran chorro de luz procedente del edificio de piedra, y, poco después, el resonar de disparos de mosquetón y de escopeta acompañados de unos horribles gritos que el autor de la carta, Luke Fenner, había reproducido por escrito del siguiente modo: «Whaaaaarrr... Rwhaaarrr». Eran aquellos gritos, sin embargo, de una calidad que la simple escritura no podía reproducir, y el corresponsal mencionaba el hecho de que su madre se había desmayado al oírlos. Más tarde se repitieron con menos fuerza, mezclados esta vez con otros disparos y una sorda explosión que tuvo lugar al otro lado del río, Alrededor de una hora después todos los perros empezaron a ladrar espantosamente y la tierra pareció estremecerse hasta el punto de que los candelabros oscilaron sobre la repisa de la chimenea. Se percibió un intenso olor a azufre y, según el padre de Luke Fenner, fue entonces cuando se oyó la tercera señal, es decir, la de emergencia, aunque el resto de la familia no llegó a percibirla. Volvieron a sonar disparos sucedidos ahora por un grito menos agudo pero mucho más horrible de los que le habían precedido, una especie de tos gutural, de gorgoteo indescriptible que si se juzgó grito, fue más por su continuidad y por el impacto sicológico que causara, que por su valor acústico real.

Luego se vio una forma envuelta en llamas en los alrededores de la granja de Curwen y se oyeron gritos de hombres aterrorizados. Los mosquetones volvieron a disparar y la forma flamígera cayó al suelo. Apareció después una segunda forma envuelta en fuego, y se oyó claramente un débil grito humano. Fenner, según dice en su carta, pudo murmurar, entre el horror que sentía, unas cuantas palabras: «Señor Todopoderoso, protege a tu cordero». Siguieron más disparos y la segunda forma se desplomó. Se hizo entonces un silencio que duró casi tres cuartos de hora. Al cabo de este tiempo el pequeño Arthur Fenner, hermano de Luke, dijo ver «una niebla roja» que ascendía hacia las estrellas desde la granja maldita. Nadie más que el chiquillo fue testigo del hecho, pero Luke admitía que en aquel mismo instante se arquearon los lomos y se erizaron los cabellos de los tres gatos que se encontraban en la habitación.

Cinco minutos después sopló un viento helado y el aire se llenó de un hedor tan insoportable que sólo la fuerte brisa del mar pudo impedir que fuera captado por el grupo apostado junto al embarcadero o por cualquier ser humano despierto en la aldea de Pawtuxet. El hedor no se parecía a ninguno de los que Fenner hubiera conocido basta entonces y producía una especie de miedo amorfo, penetrante, mucho más intenso que el que puede causar una tumba o un osario. Casi inmediatamente resonó aquella espantosa voz que ninguno de los que la oyeron pudieron olvidar jamás. Atronó el aire e hizo rechinar los cristales de las ventanas mientras sus ecos se apagaban. Era profunda y musical, poderosa como un órgano, pero maldita como los libros prohibidos de los árabes. Ningún hombre pudo interpretar lo que dijo porque habló en un idioma desconocido, pero Luke Fenner trató de reproducirlo así: «DESMES... JESHET... BONEDOSEFEDUVEMA... ENTTEMOSS». Hasta el año 1919 nadie relacionó aquella burda transcripción con ninguna fórmula conocida, pero Ward palideció al reconocer en ella lo que Mirándola había denunciado, con un estremecimiento, como la más terrorífica de las invocaciones de la magia negra.

Un coro de gritos inconfundiblemente humanos pareció responder a aquella maligna invocación desde la granja de Curwen, después de lo cual el misterioso hedor se mezcló con otro igualmente insoportable. Un aullido distinto del griterío anterior se dejo oír entonces, subiendo y bajando de tono en indescriptibles paroxismos. A veces se hacía casi articulado, aunque ninguno de los que lo oían pudieron captar ni una sola palabra conocida, y en un momento determinado pareció acercarse a los límites de una risa histérica y diabólica. Luego, un alarido aterrorizado y demente surgió de numerosas gargantas humanas, un alarido que se oyó fuerte y claro a pesar de que evidentemente surgía de enormes profundidades. A continuación, la oscuridad y el silencio lo envolvieron todo. Unas espirales de humo acre ascendieron hasta las estrellas aunque no se vio rastros de fuego, ni se observó al día siguiente que ningún edificio hubiera desaparecido o resultado dañado en su estructura.

Hacia el amanecer, dos asustados mensajeros con las ropas impregnadas de un hedor monstruoso e inclasificable, llamaron a la puerta de los Fenner y pidieron un barrilillo de ron que pagaron a muy buen precio, por cierto. Uno de ellos le dijo a la familia que el caso de Joseph Curwen estaba resuelto y que los acontecimientos de aquella noche no volverían a mencionarse nunca. En definitiva, el único testimonio que queda de lo que se vio y oyó en aquella noche son las furtivas cartas de Luke Fenner, quien por cierto, daba en ellas instrucciones a su pariente para que las destruyera no bien las hubiera leído. El hecho de que éste no obedeciera su orden impidió que el asunto cayera en un total y misericordioso olvido. Tras interrogar detenidamente a los habitantes de Pawtuxet guiado del deseo de descubrir tradiciones ancestrales, Charles Ward añadió un detalle más a lo que había averiguado por medio de estas cartas. Un anciano llamado Charles Slocum le confió que su abuelo le había hablado de un rumor que corrió por entonces por el pueblo y según el cual, una semana después de que se anunciara la muerte de Joseph Curwen, fue hallado en medio del campo un cadáver desfigurado por las llamas. Lo sorprendente de este rumor era que ese cuerpo, en la medida que podía deducirse del estado en que se hallaba, no era ni enteramente humano ni semejante a ningún animal de que vecino alguno de Pawtuxet tuviera la menor noticia.

<p>5</p>

Ninguno de los hombres que participaron en aquella terrible expedición volvió a decir jamás una sola palabra acerca de ella, y los vagos datos que se conocen hoy proceden de personas ajenas al grupo de conjurados. Hay algo estremecedor en el cuidado con que los expedicionarios destruyeron todo lo que aludía, de cerca o de lejos, al asunto.

Ocho marineros resultaron muertos, pero aunque los cuerpos no fueron entregados nunca a sus familiares, estos quedaron satisfechos con la explicación de que había tenido lugar un enfrentamiento con los aduaneros. La misma explicación justificó los numerosos casos de heridas, todas ellas atendidas y vendadas por el doctor Jabez Bowen, que había acompañado a la expedición. Más difícil de explicar resultó aquel hedor indecible adherido al cuerpo de todos los expedicionarios, cosa que se comentó durante semanas enteras. De los cabecillas de aquella partida, el capitán Whipple y Moses Brown resultaron gravemente heridos. Varias cartas escritas por sus esposas atestiguan el desconcierto que produjo en ellas la reticencia de sus maridos respecto a sus venda]es. Lo cierto es que todos los participantes recibieron una fuerte impresión. Por suerte eran hombres de acción y de convicciones religiosas simples y ortodoxas, pues de haber sido más introspectivos y dados a las complicaciones mentales, sin duda habrían caído enfermos. El más afectado fue el presidente Manning, pero incluso él llegó, según parece, a superar aquellos negros recuerdos a base de plegarias. Todos los jefes de aquella expedición intervinieron más tarde en hechos decisivos y es probablemente muy afortunado que así fuera. Poco más de un año después de aquel asalto, el capitán Whipple encabezó el grupo que incendió la nave aduanera Gaspee, hazaña que sin duda contribuyó a borrar el recuerdo de las terribles imágenes que pudieran sobrevivir en su memoria.

A la viuda de Joseph Curwen le fue entregado un ataúd sellado, de plomo y de raro diseño, que había sido hallado en la granja y que contenía, según dijeron, el cadáver de su marido. Le explicaron que había muerto en lucha con los aduaneros y que no convenía dar más detalles acerca del acontecimiento. Nadie se atrevió a hablar del fin de Joseph Curwen, y Charles Ward contó con un solo indicio para elaborar su teoría. Ese indicio era vago en extremo y consistía en un pasaje subrayado de aquella carta que Jedediah Orne había enviado a Curwen, carta que había sido confiscada y que Ezra Weeden había copiado en parte. Dicha copia se hallaba ahora en posesión de los descendientes de Smith y a nosotros nos toca decidir si Weeden se la entregó a su compañero después del ataque a la granja, como testimonio de la anormalidad de lo que había ocurrido, o si, como es más probable, Smith la tenía ya en su poder anteriormente y la había subrayado después de sonsacar a su amigo interrogándole sabiamente. El pasaje subrayado decía:

«Encarézcole no llame a su presencia a nadie que no pueda dominar, es decir, a nadie que pueda conjurar a su vez algún poder contra el cual resulten ineficaces sus más poderosos recursos.»

A la luz de este pasaje y pensando en los enemigos innombrables que un hombre acosado podía invocar en su ayuda, Charles Ward pudo muy bien preguntarse si fue en verdad algún ciudadano de Providence quien mató a Joseph Curwen.

La eliminación deliberada de todo lo que en los anales de Providence pudiera recordar al muerto, quedó grandemente facilitada por la influencia de los cabecillas de la expedición, si bien estos no se propusieron en un primer momento ser tan exhaustivos. Ocultaron a la viuda, al padre y a la hija de ésta, la verdad de lo ocurrido, pero el capitán Tillinghast era hombre astuto y no tardaron en llegar a sus oídos rumores que le llenaron de horror y le impulsaron a solicitar el cambio de nombre para su hija y para su nieta. Quemó además la biblioteca de su yerno y todos los documentos y borró la inscripción que figuraba en la lápida de su tumba. Conocía perfectamente al capitán Whipple y probablemente logró extraer de aquel rudo marino más información que ninguna otra persona acerca del misterioso fin del siniestro brujo.

A partir de entonces, se trató por todos los medios de borrar la memoria de Curwen, tarea que llegó a alcanzar, por común acuerdo, a los archivos oficiales de la ciudad y a los de la Gazette. Sólo puede compararse aquel afán, en espíritu, al baldón que recayó sobre el nombre de Oscar Wilde durante la década siguiente a su desgracia, y, en extensión, a la suerte de aquel pecador Rey de Runagur del cuento de Lord Dunsany, al cual los dioses condenaron no solamente a dejar de ser sino también a dejar de haber sido.

La señora Tillinghast, nombre con que se conoció a la viuda a partir de 1772, vendió la casa de Olney Court y vivió con su padre en Powers Lane hasta su fallecimiento, ocurrido en 1817. La granja de Pawtuxet, rehuida por todos, permaneció solitaria a lo largo de los años y empezó a desmoronarse con increíble rapidez. En 1780 sólo quedaban en pie las paredes de piedra y de mampostería, y en 1800 el lugar era un montón de ruinas. Nadie osaba traspasar la barrera de arbustos que se alzaba en la ladera donde se había descubierto la puerta de roble, ni nadie trató en mucho tiempo de hacerse una idea definitiva del escenario que vio a Joseph Curwen partir de los horrores que él mismo había provocado.

Sólo se oyó en cierta ocasión al capitán Whipple murmurar para su capote: «¡Maldito sea ese...! No tenía derecho a reír mientras gritaba. Era como si el muy... tuviera algún secreto. No quemé su... casa por un pelo.»

<p><cite></cite>Una Búsqueda Y Una Invocación</p>
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Charles Ward, como hemos visto, averiguó en 1918 que descendía de Joseph Curwen. No es de extrañar que inmediatamente brotara en él un profundo interés por todo lo relacionado con ese misterio, ya que los vagos rumores que había oído acerca de aquel personaje habían adquirido para él una importancia vital desde el momento en que supo que por las venas de ambos corría la misma sangre. Ningún genealogista que se preciara podía por menos de iniciar una búsqueda ávida y sistemática de todo lo relativo a Curwen.

En sus primeras investigaciones no manifestó la menor tentativa de guardar el secreto, de modo que incluso el doctor Lyman vacila en fechar los comienzos de la locura del joven en un período anterior a 1919. Hablaba libremente con su familia —aunque a su madre no le complacía demasiado tener un antepasado como Curwen— y con los funcionarios de los diversos museos y bibliotecas que frecuentaba. Al acudir a los particulares en demanda de datos o documentos, no ocultaba el objeto de sus pesquisas y compartía el divertido escepticismo con que eran considerados los relatos de los autores de diarios y cartas. Pero sí solía expresar una seria curiosidad por lo que realmente había ocurrido hacía siglo y medio en la granja de Pawtuxet, cuyo emplazamiento trató inútilmente de localizar, y por averiguar qué clase de individuo había sido Joseph Curwen.

Cuando dio con el diario y los archivos de Smith y encontró la carta de Jedediah Orne, decidió visitar Salem e investigar cuáles habían sido las actividades desarrolladas allí por Curwen, cosa que llevó a cabo durante las vacaciones de Pascua de 1919.

En el Instituto Essex, que conocía de anteriores estancias en la antigua ciudad puritana de chapiteles ruinosos y tejados arracimados, fue recibido muy amablemente. Allí tuvo ocasión de descubrir una gran cantidad de datos acerca de su antepasado. Descubrió que había nacido el 18 de febrero de 1662 en Salem-Village, pueblo que actualmente lleva el nombre de Danvers y que está situado a unas siete millas de la ciudad, y que se había embarcado a la edad de quince años para regresar con el habla, el vestir y los modales de un inglés en 1686, fecha en que se estableció en Salem. En aquella época apenas se relacionaba con su familia y pasaba la mayor parte del tiempo enfrascado en la lectura de libros que había traído de Europa y experimentando con extraños productos químicos que le llegaban en barcos procedentes de Inglaterra, Francia y Holanda. Ciertos viajes suyos por la región fueron objeto de muchos comentarios y se asociaban con vagos rumores que hablaban de fogatas que ardían por la noche en las colinas.

Los únicos amigos íntimos de Curwen habían sido un tal Edward Hutchinson, de Salem-Village, y un tal Simon Orne, de Salem. Se les veía a menudo conferenciando por los alrededores del parque y las visitas entre ellos no eran menos frecuentes. Hutchinson poseía una casa en las cercanías del bosque y se decía que por la noche se oían en ella ruidos muy extraños. Se comentaba también que recibía muchos visitantes de apariencia rara en extremo y que las luces de sus ventanas no eran siempre del mismo color. Los conocimientos que revelaba acerca de personas que habían muerto hacía mucho tiempo y de acontecimientos pretéritos, se consideraban claramente sospechosos. Hutchinson desapareció en la época del gran pánico de Salem y nunca volvió a saberse de él. También Joseph Curwen se marchó en esa misma época, pero al poco se supo que se había establecido en Providence. Simon Orne vivió en Salem hasta 1720, cuando empezó a llamar la atención el hecho de que no envejeciera. En aquella fecha desapareció, pero treinta años después se presentó un hijo suyo a reclamar sus propiedades. La reclamación prosperó debido a que los documentos, de puño y letra de Simon Orne, no dejaban lugar a dudas respecto a su autenticidad. Jedediah Orne vivió en Salem hasta 1771, cuando ciertas cartas de un grupo de ciudadanos de Providence destinadas al Reverendo Thomas Barnard y a otros hombres de influencia provocaron su salida de la ciudad con rumbo desconocido.

En el Instituto Essex, el Ayuntamiento y la Oficina del Registro de la Propiedad había ciertos documentos relativos a estos extraños sucesos, algunos de ellos tan inofensivos como pueden ser un título de propiedad o una factura de venta, y otros de naturaleza más misteriosa. En los archivos en que se guardaba toda la documentación relativa a los procesos por brujería, había cuatro o cinco alusiones inconfundibles. Por ejemplo, el testimonio que prestó un tal Hepzibah Lawson el día 10 de julio de 1692 ante el Tribunal de Oyer y Terminen presidido por el Juez Hawthorne y según el cual «cuarenta brujas y el Hombre Negro se reunieron en los bosques situados detrás de la casa del señor Hutchinson». Un hombre llamado Amity How declaró por su parte en la sesión del 8 de agosto ante el juez Gedney que «El señor G. B. (George Burroughs) fue marcado por el diablo la misma noche que lo fueron Bridget S., Jonathan A., Simon O., Deliverance W., Joseph C., Susan P., Mehitable C., y Deborah B.». Existía también un catálogo de la biblioteca de Hutchinson tal como se había encontrado ésta después de la desaparición de su dueño, y un manuscrito sin terminar, escrito por el propio Hutchinson en una clave que nadie pudo descifrar. Ward hizo sacar una copia del manuscrito y empezó a trabajar en la clave. A partir del mes de agosto su tarea fue cada vez más intensa y febril, y, a juzgar por su conducta y sus palabras, puede suponerse que logró descifrarla en octubre o noviembre de aquel mismo año. Sin embargo, Ward no dijo nunca nada concreto al respecto.

Pero el material de mayor y más inmediato interés era el relativo a Orne. Ward no tuvo gran dificultad en demostrar por medio de la caligrafía una cosa que ya había dado por supuesta después de leer la carta dirigida a Curwen, es decir, que Simon Orne y su pretendido hijo eran la misma persona. Tal como le decía Orne a su amigo en la misiva, consideraba peligroso seguir viviendo en Salem, y, en consecuencia, decidió pasar treinta años en el extranjero y volver a reclamar sus propiedades como representante de una nueva generación de la familia. Orne se había tomado el trabajo de destruir la mayor parte de su correspondencia, pero los ciudadanos que decidieron pasar a la acción en 1771 encontraron y conservaron unas cuantas cartas y documentos que despertaron su curiosidad.

Eran fórmulas crípticas y diagramas escritos por diferente mano, fórmulas y diagramas que Ward hizo copiar o fotografiar cuidadosamente. Halló también una carta sumamente misteriosa que reconoció inmediatamente como de puño y letra de Joseph Curwen.

Esta carta de Curwen, aunque sin constancia del año en que fue escrita, no podía ser evidentemente la que dio lugar a la respuesta de Orne que había ido a caer en manos de Ezra Weeden. Tras estudiarla cuidadosamente, Ward la fechó alrededor de 1750. No estará de más reproducir aquí el texto completo como muestra del estilo de un hombre de tan terrible y misteriosa historia. El destinatario era un tal «Simon», pero el nombre aparece siempre tachado (Ward no podía decir si por obra de su antepasado o del mismo Orne).

Providence, 1 mayo

Hermano:

A mi honorable y viejo amigo y con el debido respeto hacia Aquel que servimos para su eterno Poder. Diríjome a su merced para informarle de lo que debe saber en lo tocante al Ultimo Extremo y qué hacer llegado el momento. No está en mi ánimo abandonar esta ciudad ya que Providence no juzga con la dureza de otras partes las materias que se salen de lo común. Encuéntrome atado por naves y mercancías y no puedo obrar por ello como hizo su merced, a más de lo que mi granja de Pawtuxet esconde en sus entrañas y que no esperaría mi vuelta bajo la forma de Otro.

Pero estoy igualmente prevenido para el día en que la suerte me abandone y heme afanado largo tiempo por hallar la manera de regresar luego del Trance. Topéme anoche con las palabras que traen la presencia de YOGGESOTHOTHE y vi por primera vez aquel rostro de que habla Ibn Schacabac en el... Y dijo que el Salmo III del Liber Damnatus encierra la Clave. Con el Sol en la V Casa y Saturno en la III es menester dibujar el Pentágono de fuego y recitar tres veces el Versículo Noveno. Y de las semillas de lo Viejo nacerá lo Nuevo que mirará hacia atrás sin saber qué buscar.

Nada de esto ocurrirá si no tengo Heredero y si las Sales o el método para fabricarlas no están dispuestos para él. Y llegado a este punto, confieso a su merced no haber dado todos los pasos necesarios ni hallado lo suficiente. Prolóngase el proceso de fabricación y hácese de día en día más difícil reunir y almacenar los especímenes necesarios para ello, a pesar de lo mucho que me hago traer de las Indias.

Muestran curiosidad mis vecinos, aunque hasta el momento he conseguido contenerla. Son en esto los caballeros peores que los plebeyos por ser aquéllos más sosegados en sus juicios y más dignos de crédito. Mucho me temo que hayan hablado ya Parson y Merritt, empero hasta el momento me considero a salvo. Las sustancias químicas necesarias son fáciles de obtener por haber en la ciudad dos buenas boticas, la del doctor Bowen y la de Sam Carew. Guíome siempre por lo que aconseja Borellus y recurro con frecuencia al Libro VII de Abdul Al-Hazred. Lo que descubra se lo comunicaré a su merced. Encarézcole se sirva mientras tanto de las Invocaciones que le envío. Si desea verle a El, utilice su merced la fórmula que le envío junto con esta carta. Recite sus versos cada Noche de Difuntos y cada Noche de Viernes Santo y si los lee como es menester, Uno vendrá en años futuros que mirara hacia atrás y que se valdrá de las Sales que su merced haya dejado, Job XIV, XIV.

Mucho me alegra saber que se halla su merced otra vez en Salem y espero tener muy pronto el placer de verle. Tengo un buen caballo de tiro y es muy probable que compre pronto un coche. Hay uno ya en Providence (el del señor Merritt) aunque los caminos son muy malos. Si se determina a venir, tome su merced la diligencia de Boston que pasa por Dedham, Wrentham y Attleborough. En todas estas villas hay buenas Posadas. Recomiéndole que duerma en Wrentham en la Posada del señor Bolcom; las camas son mejores que en la Posada del señor Hatch. Coma empero en esta Ultima porque la cocina es mejor. Si entra en Providence cruzando las cascadas de Patucket y por el camino donde se halla la Taberna del señor Sayles, hallará mi casa fácilmente. Se encuentra frente a la Posada del señor Epenetus Olney, en Town Street y en la acera norte de Olney’s Court. La distancia desde Boston es de unas XLIV millas.

Su sincero amigo y Servidor en Almonsin-Metraton,

JOSEPHUS C.

Simon Orne

William’s Lane

Salem

Aquella carta permitió a Ward localizar exactamente el hogar de Curwen en Providence, ya que ninguno de los documentos que había encontrado hasta entonces daba datos tan concretos. El hallazgo resultó aún más sorprendente porque aquella casa, que había construido su antepasado en 1761 en el solar de otra más antigua, seguía aún en pie en Olney Court y ya la conocía gracias a sus frecuentes paseos por Stampers Hill.

De hecho se encontraba a muy poca distancia de su hogar y estaba habitada por una familia negra muy apreciada para trabajos domésticos tales como lavar la ropa, limpiar o atender a los servicios de calefacción. El hecho de encontrar en la lejana Salem datos sobre aquella casa que tanto había significado en la historia de su propia familia, impresionó profundamente a Ward, quien decidió explorarla inmediatamente después de su regreso a Providence. Los párrafos más misteriosos de la carta, que interpretó como simbólicos, le desconcertaron totalmente aunque cayó en la cuenta con un estremecimiento de curiosidad de que el pasaje de la Biblia que en ella se citaba —Job, 14, 14— era el versículo que dice: «Si muere un varón, ¿revivirá? Todos los días de mi servicio esperaría hasta que llegase mi relevo.»

<p>2</p>

El joven Ward llegó pues a Providence en un estado de agradable excitación y pasó el sábado siguiente en prolongado y exhaustivo estudio de la casa de Olney Court. El edificio, ahora en muy mal estado, no había sido nunca una mansión. Era sencillamente un caserón de madera de dos pisos y de estilo colonial con tejado puntiagudo, amplia chimenea central y porche adornado con columnas dóricas. Externamente había sufrido muy pocas alteraciones, y Ward, al mirarlo, tuvo plena conciencia de que contemplaba algo relacionado muy de cerca con el siniestro objetivo de su investigación.

Conocía a la familia negra que habitaba la casa y fue cortésmente invitado a visitar el interior por el viejo Asa y su fornida esposa, Hannah. Había dentro más cambios de los que hacía sospechar el exterior y Ward vio con decepción que los frisos de volutas y las alacenas y armarios empotrados habían desaparecido, mientras que el revestimiento de madera de las paredes estaba marcado, arañado, mellado, o sencillamente cubierto por papel pintado de la más baja calidad. En general la visita no resultó tan productiva como Ward había esperado, pero al menos sintió una gran emoción al hallarse entre aquellos muros ancestrales que habían alojado a Joseph Curwen, hombre que tanto horror despertara entre sus conciudadanos. Comprobó con un sobresalto de emoción que alguien había borrado cuidadosamente las iniciales del antiguo llamador de bronce.

A partir de aquel momento y hasta que terminó el curso, Ward se dedicó al estudio de la copia del manuscrito de Hutchinson y de los datos relativos a Curwen. La clave del manuscrito se le resistía, pero logró encontrar tantas referencias y tantos indicios acerca de dónde continuar buscando, que decidió efectuar un viaje a New London y a Nueva York para consultar documentos antiguos que se conservaban en esas dos ciudades.

Dicho viaje fue muy fructífero pues le permitió localizar las cartas de los Fenner, con su terrible descripción del asalto a la granja de Pawtuxet, y la correspondencia Nightingale-Talbot por la cual se enteró de la existencia del retrato pintado en un panel de la biblioteca de Curwen. El asunto del retrato le interesó de modo especial pues deseaba saber cómo había sido físicamente su antepasado. Decidió efectuar, pues, una segunda visita a la casa de Olney Court, por si le era posible descubrir algo que le hubiera pasado inadvertido en la primera.

Aquella segunda visita tuvo lugar a primeros de agosto. Ward revisó en aquella ocasión con sumo cuidado las paredes de todas las habitaciones que por su tamaño hubiesen podido albergar la biblioteca de Curwen. Prestó especial atención a los paneles de madera que quedaban, en su mayor parte cubiertos por sucesivas capas de pintura, y al cabo de una hora sus esfuerzos se vieron recompensados al descubrir en una de las habitaciones más espaciosas una zona de pared más oscura que las otras y, precisamente, situada encima de la chimenea. Al rasparla cuidadosamente con un cuchillo, descubrió que había dado con un retrato al óleo de gran tamaño. No se atrevió el joven a seguir raspando por miedo a dañar el cuadro, y decidió pedir ayuda a un experto. Al cabo de tres días regresó con un artista muy ducho en esas artes, un tal Walter Dwight cuyo estudio se encuentra muy cerca del College Hill, e inmediatamente dio comienzo el restaurador a su tarea con las sustancias químicas y los métodos apropiados. El viejo Asa y su esposa estaban muy excitados con todas aquellas idas y venidas, y fueron adecuadamente recompensados por la invasión que había sufrido su hogar.

A medida que los trabajos de restauración progresaban, Charles Ward fue contemplando con creciente interés las líneas y las sombras paulatinamente desveladas tras el largo olvido en que habían estado sumidas. Dwitght había empezado por la parte inferior y, dado el tamaño del cuadro, el rostro no apareció hasta transcurrido algún tiempo. Entretanto, podía verse que el retratado era un hombre enjuto y bien formado, vestido con casaca azul marino, chaleco bordado y medias de seda blanca. Estaba sentado en un sillón de madera tallada y tras él se abría una ventana hacia un fondo de muelles y de naves. Cuando salió a la luz la cabeza, constataron que llevaba una peluca cuidadosamente peinada.

El rostro, delgado y de expresión tranquila, les pareció vagamente familiar, pero hubieron de pasar muchos días antes de que el restaurador y su cliente quedaran atónitos ante los detalles de aquella cara enjuta y pálida y reconocieran, no sin un toque de espanto, la dramática broma que las leyes de la herencia habían gastado al joven Ward. Porque con el postrer baño de aceite y el último raspado, salió a la luz finalmente la expresión por tantos años oculta, y el joven Charles Dexter Ward, habitante del pasado, reconoció sus propios rasgos en el semblante de su horrible antepasado.

Llevó a sus padres a ver la maravilla que había descubierto y, nada más verlo, decidió el señor Ward adquirir el retrato a pesar de estar éste pintado sobre un panel de madera que habría que arrancar. El parecido con el muchacho, aunque los rasgos estaban más formados por la edad, era asombroso. Después de siglo y medio, una jugarreta de las leyes genéticas había producido un doble exacto de Joseph Curwen en la persona de Ward. La madre de éste, sin embargo, no se parecía a su antepasado aunque sí recordaba a algunos parientes que guardaban una gran semejanza tanto con su hijo como con el malhadado Curwen. No le gustó a ella aquel descubrimiento y trató de convencer a su marido de que sería mejor quemar el cuadro. Veía en él algo maligno, no sólo intrínsecamente, sino también en el parecido que mostraba con el hijo. Pero el señor Ward —un fabricante de tejidos de algodón que poseía varios talleres de hilados en Riverpoint, en el valle de Pawtuxet— era hombre práctico poco dado a prestar oídos a escrúpulos de mujeres. El cuadro le había impresionado profundamente por el parecido con su hijo y pensó que el muchacho lo merecía como regalo. Resulta innecesario decir que Charles compartía la opinión de su padre, y unos días después, el señor Ward localizaba al propietario de la casa, un hombre de facciones ratoniles y acento gutural, y se hacía con el panel en cuestión a cambio de una cantidad que él mismo fijó para cortar un torrente de untuoso regateo.

Quedaba ahora la tarea de arrancar el panel y trasladarlo a la casa familiar, donde quedaría instalado en el estudio biblioteca de Charles, situado en el tercer piso. El propio joven quedó encargado de supervisar el traslado y con tal fin el 28 de agosto acompañó a dos empleados de la firma Crooker, expertos en decoración, a la casa de Olney Court.

El panel fue arrancado cuidadosamente para ser transportado por el camión de la compañía. Detrás quedó al descubierto un saliente de mampostería que señalaba el curso que seguía la campana de la chimenea, y en él descubrió el joven Ward una pequeña cavidad situada inmediatamente detrás del lugar que había ocupado la cabeza del retratado. La examinó impulsado por la curiosidad y al mirar en su interior halló bajo una gruesa capa de polvo unos cuantos papeles amarillentos, un grueso libro de notas y unos jirones de seda que debían haber servido para atar unos y otros. Tras limpiarlos de polvo y de cenizas, leyó la inscripción que figuraba en las tapas del libro. En caligrafía que había aprendido a reconocer en el Instituto Essex, decía: Diario y notas de Joseph Curwen, Caballero de Providence, natural de Salem.

Profundamente excitado por su descubrimiento, Ward mostró el libro a los dos empleados que se hallaban a su lado. El testimonio de éstos acerca de la naturaleza y la autenticidad del hallazgo es decisivo, y el doctor Willett se apoya en él para construir su teoría según la cual el joven no estaba loco cuando empezó a demostrar su condición de excéntrico. El resto de los documentos eran asimismo de puño y letra de Curwen. Uno de ellos parecía especialmente portentoso debido a la inscripción que lo encabezaba y que decía así: «Al que Vendrá Después. Cómo podrá trasladarse a través del tiempo y de las esferas». Otro de los documentos estaba escrito en clave y Ward deseó interiormente que fuera la misma del manuscrito de Hutchinson que tantos quebraderos de cabeza le estaba proporcionando. Un tercer documento, constató el joven con júbilo, parecía contener la explicación de la clave, en tanto que el cuarto y quinto iban dirigidos respectivamente a «Edw. Hutchinson, Hidalgo» y «Jedediah Orne, Cab», «o a sus herederos o herederas o a aquellos que les representen». El sexto y último llevaba la inscripción, «Joseph Curwen. Su Vida y Sus Viajes Entre 1678 y 1687. De los Lugares que Visitó, de lo que Vio, y de lo que Aprendió.»

<p>3</p>

Hemos llegado al momento a partir da cual la escuela más conservadora de médicos alienistas fecha la locura de Charles Ward. Al efectuar su descubrimiento, el joven hojeó inmediatamente las páginas del libro y de los manuscritos y, evidentemente, vio algo que le produjo una tremenda impresión. De hecho, al mostrar los títulos a los empleados pareció cuidarse mucho de que no vieran el texto del interior, manifestando un profundo desasosiego que la importancia del hallazgo desde el punto de vista de la genealogía o la historia no bastaba para explicar. Al regresar a su casa, dio cuenta de la noticia con cierta turbación, como si quisiera dar a entender la importancia del descubrimiento sin tener que verse obligado a demostrarla. Ni siquiera mostró los títulos a sus padres. Se limitó a decirles que había encontrado algunos documentos de puño y letra de Joseph Curwen, «la mayoría de ellos en clave», los cuales tendría que estudiar minuciosamente antes de pronunciarse acerca de su verdadero significado. Es muy probable que tampoco hubiera mostrado su hallazgo a los obreros que levantaban el cuadro de no ser por la excitación que le embargó en ese preciso momento. Una vez hecho, es indudable que trató por todos los medios de ocultar una curiosidad que pudiera contribuir a que el asunto se comentara.

Aquella noche Charles Ward no se acostó. Pasó hora tras hora leyendo los documentos y el libro recién descubiertos, y cuando se hizo de día, continuó leyendo. Por petición suya se le enviaron las comidas a su habitación y sólo salió de ésta por unos momentos cuando llegaron los obreros encargados de instalar en su estudio el panel con el retrato. A la noche siguiente durmió vestido y sólo unas pocas horas, en las que interrumpió su enfebrecido descifrar del manuscrito. Por la mañana su madre le vio trabajando en la copia del documento de Hutchinson, el cual le había mostrado su hijo con frecuencia, pero en respuesta a sus preguntas, éste se limitó a decir que la clave de Curwen no servía para descifrarlo. Esa tarde abandonó su tarea para contemplar fascinado a los obreros que habían venido a instalar el cuadro. Habían colocado estos el panel sobre una chimenea falsa dotada de un fuego eléctrico que daba la impresión de ser real, encajándolo en un marco que hacía luego con el revestimiento de madera de la habitación. Lo habían serrado y sujetado a la pared por medio de bisagras dejando un espacio vacío detrás a modo de alacena. Cuando, una vez terminada su tarea se marcharon los obreros, el joven se sentó delante del retrato con la mitad de su atención concentrada en el manuscrito y la otra mitad en el cuadro que parecía devolverle su propia imagen como si de un espejo se tratara. Sus padres, al recordar su conducta durante aquel período, proporcionan muchos detalles interesantes acerca del secreto con que Charles envolvía a sus estudios. Delante de los criados raramente escondía el manuscrito que estuviera estudiando ya que presumía que la intrincada y arcaica caligrafía de Curwen no podía estar a su alcance. Con sus padres, sin embargo, era más circunspecto y a menos que el manuscrito en cuestión estuviese en clave o fuera sencillamente una masa de jeroglíficos desconocidos (como el titulado «Al que Vendrá Después...».) lo tapaba con un papel hasta que el visitante se había marchado. Por la noche cerraba bajo llave los documentos en cuestión, que guardaba en el cajón de una antigua consola, y lo mismo hacía cada vez que abandonaba su estudio. No tardó en volver a su horario y hábitos normales, pero sus largos paseos quedaron interrumpidos. La reanudación de las clases no pareció ser de su agrado y frecuentemente declaraba su intención de no volver a asistir a ellas. Tenía, según afirmaba, que llevar a cabo importantes investigaciones, las cuales le proporcionarían más conocimientos que los que pudiera darle cualquier universidad del mundo.

Naturalmente, sólo alguien que había sido siempre más o menos estudioso, excéntrico y solitario podía seguir aquel rumbo durante muchos días sin llamar la atención. Ward era por naturaleza investigador y eremita, de ahí que sus padres quedaran más apenados que sorprendidos por el sigilo y la reclusión en que ahora vivía. Al mismo tiempo, encontraban muy raro que su hijo no les hubiera enseñado los tesoros que había descubierto, ni les hablara de los datos que había descifrado. El joven justificaba su silencio diciendo que deseaba esperar hasta poder anunciarles algo concreto, pero a medida que transcurrían las semanas fue creándose una especie de tirantez entre los miembros de la familia, tirantez intensificada, en el caso de la madre, por una manifiesta aversión a todo lo relacionado con Curwen.

En el mes de octubre, Ward empezó a visitar de nuevo bibliotecas, pero ya no buscaba en ellas las mismas cosas que en épocas anteriores. Lo que ahora parecía interesarle era la brujería y la magia, el ocultismo y la demonología, y cuando las fuentes de Providence resultaban infructuosas, tomaba el tren de Boston y revolvía entre los tesoros de la gran Biblioteca de Copley Square, de la Biblioteca Wiedeher de Harvard, o del Centro de Investigaciones de Brookline, donde pueden consultarse obras muy raras sobre temas bíblicos. Compraba muchos libros y tuvo que instalar en su estudio nuevas estanterías donde acomodar las obras recién adquiridas. Durante las vacaciones de Navidad, efectuó varios viajes a ciudades de los alrededores, entre ellos uno a Salem con el fin de consultar los archivos del Instituto Essex.

A mediados de enero de 1920, Ward empezó a mostrar una expresión de triunfo, al mismo tiempo que dejaba de trabajar en el manuscrito cifrado de Hutchinson para dedicarse a una doble actividad de investigaciones químicas y búsqueda en archivos, instalando para las primeras un laboratorio en el ático de su casa y acudiendo para la segunda a todas las fuentes de estadísticas vitales de Providence. Los comerciantes locales especializados en drogas y suministros de tipo científico, posteriormente interrogados, dieron unas listas asombrosamente raras y variadas de las sustancias e instrumentos que compraba, pero los empleados del Ayuntamiento y de diversas bibliotecas coincidieron en lo concerniente al objetivo concreto de su segundo interés, objetivo que consistía en la búsqueda apasionada y febril de la tumba de Joseph Curwen de cuya lápida se había borrado prudentemente el nombre.

Poco a poco, la Familia de Ward fue convenciéndose de que algo anormal ocurría. No era la primera vez que Charles se mostraba caprichoso y extravagante, pero sus actuales rarezas resultaban inconcebibles, incluso tratándose de él. Las tareas universitarias habían dejado de interesarle y, a pesar de que no le suspendieron en ninguna asignatura, era evidente que su antigua aplicación se había evaporado totalmente. Ahora tenía otras preocupaciones y cuando no se encontraba en su laboratorio con un montón de libros antiguos, principalmente de alquimia, era porque estaba rebuscando en antiguos y polvorientos archivos, o bien enfrascado en la lectura de volúmenes de ciencias ocultas, en su estudio, donde el rostro de John Curwen, portentosamente similar al suyo, le contemplaba desde una de las paredes.

A últimos de marzo, Ward añadió a su búsqueda en los archivos una fantástica serie de paseos por los diversos cementerios antiguos de la ciudad. La causa apareció más tarde, cuando se supo a través de los empleados del Ayuntamiento que probablemente había encontrado una pista importante. Sus pesquisas le habían permitido averiguar por una coincidencia que la tumba de Joseph Curwen estaba muy próxima a la de un tal Naphtali Field. En efecto, al examinar posteriormente los archivos que Ward había estado consultando, los investigadores encontraron algo que había escapado al deseo de borrar todo recuerdo de Curwen: una anotación fragmentaria en la cual se afirmaba que el ataúd de plomo había sido enterrado «10 pies al sur y 5 pies al oeste de la tumba de Naphtali Field en el...». El hecho de que no se especificara el nombre del cementerio dificultaba grandemente la búsqueda, y, por otra parte, la tumba de Naphtali Field parecía tan esquiva como la de Curwen, pero en el caso de Field no había existido ninguna eliminación sistemática de datos, por lo que era presumible que su sepultura pudiera ser localizada. Y prueba de que Ward lo creía así son las frecuentes visitas que efectuaba a cementerios, excluidos los congregacionistas, ya que había averiguado que el único Naphtali Field a que podía referirse la anotación (un hombre fallecido en 1729), había sido baptista.

<p>4</p>

Hacia el mes de mayo, a petición del señor Ward y provisto de todos los datos relacionados con Curwen que Charles había proporcionado a su familia en su época «normal», el doctor Willett se entrevistó con el joven. Aquella conversación no le permitió al doctor llegar a ninguna conclusión definitiva, ya que se dio cuenta inmediatamente de que Charles disfrutaba de una perfecta salud mental y se ocupaba de asuntos de verdadera importancia, pero al menos obligó al reservado joven a ofrecer una explicación racional de su reciente conducta. Parecía dispuesto a hablar de sus actividades, aunque no a revelar cuál fuera el objetivo de ellas. Afirmó que los documentos de su antepasado contenían algunos notables secretos de carácter científico, la mayoría de ellos en clave, y de un alcance sólo comparable, al parecer, a los descubrimientos de Bacon y quizá aun mayor. Sin embargo, carecían de significado a menos que se relacionaran con un sistema de conocimientos ya obsoleto, de modo que su inmediata presentación a un mundo equipado únicamente con los conocimientos de la ciencia moderna los desposeería de toda espectacularidad y no pondría de manifiesto su dramático significado. Para que ocuparan el lugar que les correspondía en la historia del pensamiento humano, tenían que ser correlacionados primero con la época a que pertenecían, y él se dedicaba ahora a aquella tarea. Estaba estudiando para adquirir lo más rápidamente posible el conocimiento de las artes antiguas que un verdadero intérprete de los datos de Curwen debía poseer, y esperaba a su debido tiempo informar cumplidamente al género humano y al mundo del pensamiento. Ni siquiera Einstein, declaró, podía revolucionar de un modo más radical las teorías científicas en boga.

En cuanto a la búsqueda por los cementerios, aunque sin dar detalles de los progresos realizados, dijo que tenía motivos para creer que la mutilada lápida de la tumba de Curwen tenía ciertos símbolos místicos grabados a indicación suya y que habían dejado por ignorancia los que tan cuidadosamente habían borrado el nombre. Consideraba esos símbolos absolutamente esenciales para la solución final del sistema cifrado. En su opinión, Curwen había deseado guardar celosamente su secreto y, en consecuencia, había distribuido de forma extremadamente curiosa los datos que pudieran llevar a la solución de éste. Cuando el doctor Willett quiso ver los documentos que con tanto sigilo guardaba, Ward se mostró muy misterioso y trató de salir al paso enseñándole la copia del manuscrito de Hutchinson y las fórmulas y diagramas de Orne, pero finalmente le permitió hojear algunos de los documentos de Curwen, el Diario y Notas, y el mensaje encabezado por las palabras, Al que Vendrá Después...

Abrió el Diario por una página cuidadosamente elegida en razón a su inocuidad, para que Willett pudiera observar la escritura de Curwen. El doctor la examinó con mucha atención y de la caligrafía y del estilo, que por cierto parecían responder más por su arcaísmo al siglo XVII que al XVIII en que estaba fechada, dedujo que el manuscrito era auténtico. El texto en sí era relativamente anodino y Willett sólo recordaba de él un fragmento:

Miércoles, 16 de octubre, 1754. Arribó a puerto en el día de hoy mi corbeta Wahefal. Trajo XX hombres nuevos reclutados en las Yndias, españoles de Martinica y holandeses de Surinam. Oído han los holandeses ciertos malhadados rumores por cuya causa se muestran determinados a desertar. Paréceme, empero, que podré disuadirles. Trajo asimismo la corbeta por encargo de Su Merced el señor Dexter, 120 piezas de camelote, 100 piezas de camelotine, 20 piezas de silveriana azul, 100 piezas de chalon, 50 piezas de percal y 300 piezas de sarga. Para el señor Green, propietario de El Elefante, 50 galones de cerveza y diez docenas de lenguas ahumadas. Para el señor Perrigot, un juego de punzones. Para el señor Nightingale, 50 resmas de papel de oficio de la mejor calidad. Recité yo cumplidamente el SABAOTH por tres veces sin que Ninguno apareciere. Escribir he al señor H. de Transilvania, pues paréceme raro en extremo que no me sirva a mi lo que durante tantos años le sirviere a él. Paréceme raro asimismo no recibir noticias de Simon como de ordinario. Forzoso es que me escriba durante las próximas semanas.

Al llegar a este punto el señor Willett volvió la hoja, pero Ward intervino rápidamente arrancándole casi el libro de las manos. Lo único que pudo ver el doctor de la página siguiente, fueron un par de frases, las cuales se grabaron absurdamente y de un modo obsesivo en su mente. Eran las siguientes: «Repetido he el verso del Libber Damnatus V noches de Viernes Santo y IV Noches de Difuntos. Paréceme que habrán de atraer a Aquel que ha de llegar para volver sus ojos al pasado, por todo lo cual debo tener dispuestas las Sales o Aquello con que prepararlas».

Willett no vio nada más, pero aquellas líneas bastaron para inspirarle un nuevo y vago terror relacionado con el hombre que le contemplaba desde el cuadro colgado de una de las paredes del estudio. A partir de entonces, tuvo la extraña fantasía —su profesión le impedía que pasara de ser tal— de que los ojos del retrato revelaban una especie de deseo, si no tendencia concreta, a seguir al joven Ward mientras éste se movía por la habitación. Antes de marcharse se acercó a examinar el cuadro y se maravilló del parecido que las facciones de Curwen tenían con las de Charles. Grabó en su memoria los menores detalles del pálido rostro, especialmente una leve cicatriz en la ceja derecha y decidió que Cosmo Alexander fue un pintor digno de la Escocia que sirviera de patria a Raeburn y un profesor digno de un maestro como Gilbert Stuart.

Tranquilizados por el doctor en el sentido de que la salud mental de Charles no corría peligro y de que, por otra parte, se ocupaba de unas investigaciones que podían resultar de suma importancia, los Ward se mostraron más tolerantes que de ordinario cuando en el mes de junio el joven se negó rotundamente a volver a la Universidad, alegando que debía llevar a cabo estudios mucho más importantes y expresando el deseo de hacer un viaje al extranjero a fin de obtener ciertos datos que no podía conseguir en América. El señor Ward, aunque se opuso al viaje por encontrarlo absurdo en el caso de un muchacho que contaba solamente dieciocho años de edad, transigió en lo concerniente a sus estudios universitarios. De modo que después de graduarse, no muy brillantemente por cierto, en la Moses Brown School, pasó Charles tres años dedicado a absorbentes estudios de ocultismo y a visitar diversos cementerios. Adquirió fama de excéntrico y fue dejando poco a poco de relacionarse con amigos de la familia. Vivía pendiente de su trabajo, y sólo de cuando en cuando se permitía hacer un viaje a otras ciudades para consultar antiguos archivos. En cierta ocasión hizo una visita al sur para hablar con un viejo y extraño mulato que vivía en un marjal y acerca del cual un periódico había publicado un curioso artículo. Fue también a una pequeña aldea de las Airondack para averiguar qué había de cierto en los relatos acerca de las extrañas ceremonias rituales que allí se practicaban. Pero sus padres continuaron prohibiéndole el ansiado viaje a Europa.

En abril de 1923, al alcanzar la mayoría de edad y habiendo heredado previamente cierta suma de su abuelo materno, decidió satisfacer el deseo que hasta entonces no había podido ver cumplido. No habló del itinerario; se limitó a decir que las exigencias de sus estudios habrían de llevarle a muchos lugares y prometió escribir a sus padres de un modo regular. Al ver que no podían disuadirle, los Ward dejaron de oponerse al viaje y le ayudaron en todo lo que pudieron, de modo que en el mes de junio el joven embarcó para Liverpool con la bendición de sus padres, los cuales le acompañaron hasta Boston. A partir de su llegada a Inglaterra escribió acerca del viaje, de su feliz estancia y del excelente alojamiento que había conseguido en la Great Russell Street de Londres, donde se proponía permanecer hasta agotar los recursos que ofrecía el Museo Británico en un determinado aspecto. De su vida cotidiana escribía muy poco, ya que tenía muy poco que decir. Los estudios y los experimentos acaparaban todo su tiempo y en sus cartas mencionaba un laboratorio que había montado en una de sus habitaciones. El hecho de que no hablara de sus paseos por la antigua ciudad, tan rica en espectáculos atractivos para un aficionado a las cosas del pasado, acabó de convencer a sus padres de que los nuevos estudios de Charles absorbían por entero su atención.

En junio de 1924 les informó el joven, por medio de una breve nota, de su salida para París, ciudad a la que había hecho ya un par de viajes rápidos con el fin de reunir determinados materiales en la Biblioteca Nacional. Durante los tres meses siguientes, sólo envió tarjetas postales en las que daba una dirección de la rue Saint-Jacques y hablaba de una investigación que llevaba a cabo entre los manuscritos de un anónimo coleccionista particular. Rehuía a todos sus conocidos y ningún turista pudo decir que le había visto en Francia. Luego se produjo un repentino silencio hasta que en octubre recibieron los Ward una tarjeta postal fechada en Praga y en la cual Charles les informaba de que se encontraba en un antiguo pueblo donde había ido a entrevistarse con un hombre muy viejo que era al parecer el último ser viviente poseedor de cierta información medieval muy curiosa. Daba una dirección en el Neustadt y desde entonces no volvió a escribir hasta el mes de enero siguiente, en que envió varias postales desde Viena hablando de su paso por aquella ciudad camino a una región más oriental, invitado por un amigo con el que había mantenido correspondencia y que era también aficionado a las ciencias ocultas.

La siguiente tarjeta procedía de Klausenburg, Transilvania, y en ella hablaba Ward del viaje que en esos días había emprendido. Iba a visitar a un tal barón Ferenczy, cuyas posesiones se encontraban en las montañas situadas al este de Rakus. A esta ciudad y a nombre de aquel noble debían dirigirle la correspondencia. Una semana más tarde llegó otra tarjeta procedente de Rakus en la que decía que el carruaje de su anfitrión había ido a recogerle y que partía en dirección a las montañas. Aquellas fueron las únicas noticias que los Ward recibieron de su hijo durante largo tiempo. No contestó éste a sus frecuentes cartas hasta el mes de mayo, fecha en que escribió para oponerse al plan de sus padres que deseaban reunirse con él en Londres, París o Roma durante el verano, en el curso de un viaje que pensaban efectuar a Europa. Decía en su carta que sus investigaciones no le permitían abandonar su actual residencia y que la situación del castillo del barón de Ferenczy no favorecía mucho las visitas. Se encontraba en plena zona montañosa y la gente de aquellos contornos temía tanto a aquellas posesiones que los pocos que llegaban a visitarlas se encontraban allí muy a disgusto. Por otra parte, el barón no era persona cuyo trato pudiera ser del agrado de un matrimonio correcto y conservador de la buena sociedad de Nueva Inglaterra. Lo mejor, decía Charles, era que sus padres aguardaran hasta su regreso a Providence, el cual no tardaría en producirse.

Tal regreso no tuvo lugar, sin embargo, hasta el mes de mayo de 1925, cuando, tras una serie de tarjetas con membrete heráldico en que lo anunciaba, el joven llegó a Nueva York en el Homeric y recorrió en autobús la distancia que le separaba de Providence. Absorbió en aquel recorrido ansiosamente con la mirada la belleza de las colinas verdes y onduladas, de los huertos fragantes en flor y de los pueblos de blancas torres de la antigua Connecticut. Era su primer contacto con Nueva Inglaterra después de una ausencia de casi cuatro años. Cuando el autobús cruzó el Pawcatuck y se adentró en Rhode Island entre la magia de la luz dorada de aquella tarde primaveral, su corazón rompió a latir con rapidez desusada. La entrada en Providence por las amplias avenidas de Reservoir y Elmwood le dejó sin respiración a pesar de que para entonces se hallaba ya hundido en las profundidades de una erudición prohibida. En la plaza donde confluyen las calles Broad, Weybosset y Empire vio extenderse ante él a la luz del crepúsculo las casas y las cúpulas, las agujas y los chapiteles del barrio antiguo, ese paisaje tan bello y que tanto recordaba. Sintió también una extraña sensación mientras el vehículo avanzaba hacia la terminal situada detrás del Biltmore revelando a su paso la gran cúpula y la verdura suave, salpicada de tejados, de la vieja colina situada más allá del río y la esbelta torre colonial de la Iglesia Baptista cuya silueta rosada destacaba a la mágica luz del atardecer sobre el verde fresco y primaveral del escarpado fondo.

¡La vieja Providence! Aquella ciudad y las misteriosas fuerzas de su prolongada historia le habían impulsado a vivir y le habían arrastrado hacia el pasado, hacia maravillas y secretos cuyas fronteras no podía fijar ningún profeta. Allí esperaba lo arcano, lo maravilloso o lo aterrador, aquello para lo cual se había preparado durante años de viajes y de estudio. Un taxi le condujo hasta su casa pasando por la Plaza del Correo, desde donde pudo vislumbrar el río, el mercado viejo y el comienzo de la bahía, y siguió colina arriba por Waterman Street hasta llegar a Prospect, donde la cúpula resplandeciente y las columnas jónicas del templo de la Christian Science, iluminadas por el sol poniente, despedían destellos roji*zos hacia el norte. Vio luego las mansiones que habían admirado sus ojos de niño y las pulcras aceras de ladrillo tantas veces recorridas por sus pies infantiles. Y al fin el edificio blanco de la granja a la derecha, y a la izquierda el porche clásico y los miradores de la casa donde había nacido. Oscurecía y Charles Dexter Ward había llegado a casa.

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Una escuela de alienistas algo menos conservadora que la del doctor Lyman, afirma que el origen de la locura de Ward coincide con su viaje a Europa. Creen que si bien estaba sano cuando partió, la conducta que manifestó a su regreso implicaba un cambio desastroso. Pero el doctor Willett se niega a compartir incluso este punto de vista, insistiendo en que sobrevino algo más tarde y atribuyendo las rarezas del joven durante aquel período a la práctica de unos rituales aprendidos en el extranjero, rituales que eran raros en extremo, cierto, pero que no tenían por qué responder necesariamente a una aberración mental por parte del celebrante. El propio Charles, aunque visiblemente envejecido y más duro de carácter, seguía mostrándose cuerdo en sus reacciones, y en las varias conversaciones que mantuvo con Willett mostró siempre un equilibrio que ningún loco —ni siquiera en los primeros estadios de su enfermedad— podía ser capaz de fingir de un modo continua do. Lo que en aquel período dio origen a la idea de la anormalidad de Ward fueron los sonidos que a todas horas se oían en su laboratorio del desván, en el cual permanecía encerrado la mayor parte del tiempo. Eran cánticos, letanías y estruendosos recitados, y aunque los sonidos procedían siempre del propio Ward, había algo en la calidad de su voz y en el acento con que pronunciaba las palabras de aquellas fórmulas que no podía por menos de helar la sangre en las venas de todos los que le escuchaban. Se observó también que Nig, el mimado y venerable gato de la casa, arqueaba el lomo con los pelos erizados cuando se oían ciertas palabras.

Los olores que surgían a veces del laboratorio eran también muy raros. En ocasiones ofendían al olfato, pero con más frecuencia eran aromáticos y estaban dotados de un encanto esquivo que parecía tener la virtud de inspirar imágenes fantásticas. Todo el que los percibía mostraba una tendencia inmediata a vislumbrar por un segundo espejismos momentáneos, escenas imaginadas enmarcadas por extrañas colinas o interminables avenidas de esfinges o hipogrifos que se extendían hasta el infinito. Ward no volvió más a sus paseos de otras épocas. Se dedicaba exclusivamente al estudio de los misteriosos libros que había traído de Europa y a llevar a cabo experimentos igualmente curiosos en su laboratorio, explicando que el material que había encontrado en las bibliotecas europeas había ampliado considerablemente las posibilidades de su investigación y prometía grandes revelaciones en años venideros. Su envejecimiento prematuro aumentó, hasta el limite de lo inverosímil, su parecido con el retrato de Curwen que colgaba de la pared de su estudio, y el doctor Willett se detenía a menudo ante el cuadro después de cada visita maravillándose de la casi perfecta similitud y diciéndose internamente que lo único que diferenciaba ahora a Charles de Joseph Curwen era la pequeña cicatriz de la ceja derecha. Aquellas visitas de Willett, hechas a petición de los padres del joven, eran algo muy curioso. Ward no se negaba nunca a responder a las preguntas del doctor, pero éste se dio cuenta pronto de que nunca podría penetrar en la intimidad del joven. Con frecuencia observaba cosas muy raras a su alrededor: pequeñas imágenes de cera o de grotesco diseño en las estanterías o en las mesas y restos semiborrados de círculos, triángulos y pentágonos dibujados con tiza o carbón en el centro de la amplia estancia. Cada noche resonaban asimismo aquellos ritos e invocaciones, hasta que se hizo muy difícil retener en la casa a los criados o evitar que la gente comentara furtivamente la locura de Charles.

En enero de 1927 ocurrió un raro incidente. Una noche, alrededor de las doce, mientras Charles entonaba un cántico cuya extraña cadencia resonó desagradablemente en los pisos inferiores, sopló súbitamente una ráfa*ga de viento helado procedente de la bahía al tiempo que se producía un misterioso y leve temblor de tierra que no pasó desapercibido a ningún habitante de la vecindad. El gato dio muestras en aquel momento de un terror espantoso y los perros ladraron en una milla a la redonda. Aquello no fue sino el preludio de una brusca tormenta totalmente anormal en aquella época del año. Con ella se produjo tal estruendo en los altos de la casa, que los padres de Charles creyeron que un rayo había alcanzado al edificio. Corrieron escaleras arriba para ver si el desván había sufrido algún desperfecto, y se encontraron a Charles que les salió al paso en el rellano del desván, pálido, decidido y portentoso, con una temible expresión de triunfo y seriedad en el semblante. Les aseguró que no había caído rayo alguno y que la tormenta no tardaría en amainar. El señor Ward miró a través de una ventana y pudo comprobar que su hijo estaba en lo cierto: los relámpagos centelleaban cada vez más lejos en tanto que los árboles volvían a inmovilizarse tras haberse visto sacudidos por la helada ráfa*ga de viento. El retumbar del trueno se convirtió en un murmullo lejano y finalmente se apagó. Salieron las estrellas y el sello de triunfo en el rostro de Charles Ward cristalizó en una expresión muy singular.

Durante un par de meses a partir de aquel incidente, Ward se recluyó en su laboratorio menos de lo acostumbrado. Mostraba, sin embargo, un curioso interés por el tiempo y continuamente hacía extrañas preguntas acerca de la época de los deshielos primaverales. Una noche de finales de marzo salió de casa después de las doce y no regresó hasta el amanecer. Su madre, que estaba despierta, oyó el ruido del motor de un coche. Distinguió también el sonido de juramentos ahogados, y cuando se levantó y se acercó a la ventana, distinguió cuatro borrosas figuras que sacaban un cajón alargado de una camioneta y, siguiendo las instrucciones de Charles, lo introducían en la casa por una puerta lateral. La señora Ward oyó claramente el sonido de la agitada respiración de los hombres mientras subían la escalera y finalmente el ruido seco de un pesado objeto al ser depositado en el suelo del desván. Luego, los pasos descendieron y los cuatro hombres reaparecieron en el exterior y partieron en la camioneta.

Al día siguiente, Charles volvió a su estricta reclusión en el desván, corriendo previamente las oscuras cortinillas de las ventanas de su laboratorio. Estaba trabajando, al parecer, con una sustancia metálica. No abrió la puerta a nadie y se negó incluso a que le subieran la comida. Alrededor del mediodía se oyó un grito espantoso y el ruido de una caída, pero cuando la señora Ward corrió alarmada a la puerta del laboratorio, su hijo la tranquilizó desde el interior débilmente diciendo que no pasaba nada, que el espantoso e indescriptible olor que llenaba la casa era completamente inofensivo y desdichadamente necesario, que era absolutamente imprescindible que le dejaran solo, y que luego bajaría a cenar.

Por la tarde, después de que resonaran en la casa unos sonidos sibilantes que procedían del laboratorio, Charles apareció ante sus padres con el rostro blanco como la cera. Lo primero que dijo en aquella ocasión fue que nadie debía entrar en su laboratorio bajo ningún pretexto. Aquello representó el comienzo de otro largo período de impenetrable sigilo, ya que a partir de ese día nadie cruzó el umbral ni del misterioso cuarto de trabajo, ni de la buhardilla adyacente, que Charles había limpiado, amueblado parcamente y añadido, en calidad de dormitorio, a sus dominios privados e inviolables. Allí vivió, rodeado de los libros que hizo subir de la biblioteca del piso inferior, hasta el día en que compró la casita de Pawtuxet y se trasladó a ella con todo su material científico.

Aquella misma noche, Charles cogió el periódico antes que ningún otro miembro de la familia y mutiló una página, al parecer accidentalmente. Más tarde el doctor Willett, tras fijar la fecha de aquel sucedido por medio de varias conversaciones que mantuvo con los padres de Ward y la servidumbre, consultó un ejemplar del periódico de ese día en los archivos del Journal y descubrió que en la página mutilada se había impreso la siguiente noticia:

MERODEADORES NOCTURNOS SORPRENDIDOS EN UN CEMENTERIO

Robert Hart, vigilante nocturno del Cementerio del Norte, sorprendió esta madrugada a un grupo de varios hombres con una camioneta en la parte más antigua del recinto, pero, al parecer, su presencia asustó a los merodeadores provocando su huida antes de que pudieran llevar a cabo ninguna fechoría. El suceso tuvo lugar hacia las cuatro de la madrugada, hora en que Hart oyó el ruido del motor de un vehículo. Cuando el vigilante se acercó a investigar el origen de aquel sonido, sus pisadas alertaron a los desconocidos, que se dieron a la fuga tras introducir un cajón alargado en la camioneta que esperaba en las cercanías. Dado que no se ha hallado removida ninguna de las rumbas. se cree que los individuos en cuestión se proponían enterrar dicho cajón.

Al parecer llevaban largo rato trabajando antes de ser descubiertos, ya que el vigilante encontró posteriormente una fosa abierta junto al camino de Amosa Field, donde hace ya mucho tiempo que ha desaparecido la mayoría de las lápidas del cementerio antiguo. La fosa estaba vacía y su situación no responde a ninguna inhumación de las registradas en los archivos del cementerio.

El sargento Riley, de la policía local, tras visitar el lugar del suceso, ha manifestado que en su opinión la fosa fue excavada por contrabandistas de bebidas alcohólicas que se proponían ocultar en ella su alijo. Hart declaró más tarde que creía que el vehículo se había alejado en dirección a la Avenida Rochambeau, pero que no podía afirmarlo con seguridad.

Durante los días siguientes a estos sucesos, Charles apenas fue visto por su familia. Dormía en la buhardilla y permanecía encerrado en su laboratorio, todas las horas del día. Ordenó que se le dejaran las comidas junto a la puerta y no salía a recogerlas hasta que la doncella había desaparecido. Resonaban a intervalos en la casa el zumbido monótono de fórmulas recitadas incansablemente y cánticos de ritmo extravagante mezclados con el entrechocar de cristales, el gorgoteo que producían al hervir los productos químicos, el rumor del agua corriente o el rugir de las llamas del gas. Hedores incalificables, distintos de todos los olores conocidos, flotaban frecuentemente en las cercanías de la puerta del laboratorio y el aire de extrema tensión que rodeaba al joven recluso siempre que se aventuraba a salir de su reducto por breves instantes, provocaba las suposiciones más descabelladas. En cierta ocasión hizo un apresurado viaje al Ateneo en busca de un libro que necesitaba, y otro día contrató a un mensajero para que fuera a buscar en Boston un volumen muy raro. La angustia que provocó tal situación se hizo insoportable y ni el doctor Willett ni los padres de Charles supieron qué hacer ni qué pensar acerca de ella.

6

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El día 15 de abril ocurrió un suceso muy extraño. A pesar de que la situación seguía manteniéndose aparentemente estacionaria, era innegable que había tenido lugar un cambio de grado al cual atribuye el doctor Willett una gran importancia. Era el día de Viernes Santo, circunstancia que los criados no dejaron de comentar y que otras personas consideraron mera coincidencia. A última hora de la tarde, el joven Ward comenzó a repetir una fórmula en voz más alta que de costumbre al tiempo que quemaba alguna sustancia cuyo olor extrañamente acre se difundió por toda la casa. La fórmula era hasta tal punto audible en el pasillo, que la señora Ward acabó por aprendérsela de memoria mientras escuchaba detrás de la puerta, y más tarde pudo reproducirla por escrito a petición de Willett. Varios expertos en la materia le han dicho después al médico que existe otra de características muy semejantes en los escritos místicos de «Eliphas Levi», aquel ser misterioso que se deslizó a través de una rendija por la puerta prohibida y pudo atisbar el espantoso panorama que ofrece el vacío del más allá. Dice así.

Per Adonai Eloim, Adonai Jehova

Adonai Sabaoth, Metraton Ou Agla Methon

verbum pythonicum, mysterium salamandrae

cenventus silvorum, antra gnomorum,

daemonia Coeli God Almonsin, Gibor,

Jehosua, Evam Zariathnatmik, Veni, veni, veni.

Dos horas recitó Charles esta fórmula, monótonamente y sin respiro, hasta que, de pronto, todos los perros de los alrededores iniciaron un espantoso concierto de aullidos. Simultáneamente un horrible hedor se expandió por toda la casa, un hedor que ninguno de sus moradores había percibido nunca ni volvería a percibir. En medio de aquella pestilencia, se produjo un centelleo como el de un relámpago, que hubiese resultado cegador de no haber surgido en plena luz del día. Luego se oyó aquella voz que ninguno de los que la oyeron pudieron olvidar ya nunca a causa de su atronadora lejanía, su increíble profundidad y la fantástica semejanza que revestía con respecto a la voz de Charles Ward. Estremeció toda la casa y fue oída perfectamente por dos vecinos por lo menos, a pesar del continuo aullar de los perros. La señora Ward, que había seguido a la escucha delante de la puerta cerrada del laboratorio de su hijo, se estremeció al reconocer en ella rasgos infernales porque Charles le había hablado de la fama diabólica de que disfrutaba en todos los libros negros y le había explicado cómo resonó, según las cartas de Fenner, sobre la granja maldita de Pawtuxet la noche del aniquilamiento de Joseph Curwen. No podía equivocarse al juzgarla, pues su hijo se la había descrito vívidamente en la época en que aún hablaba sin reservas acerca de sus investigaciones. La voz clamó en una lengua arcaica y desconocida:

«DIES MIES JESCHET BOENE

DOESEF DOUVEMA ENITEMAUS»

Inmediatamente después de que estas palabras resonaran atronadoras en toda la casa, se produjo un momentáneo oscurecimiento de la luz del día, a pesar de que aún faltaba una hora para la puesta de sol. Luego, una nueva vaharada pestilente vino a unirse a la anterior, distinta en calidad, pero igualmente desconocida e insoportable. Charles empezó a recitar de nuevo y su madre distinguió entre las palabras que pronunciaba varias sílabas que sonaban algo así como «Yinash-Yog-Sothot-he-Iglfi-throdag», finalizando en un «¡Yah!» cuya fuerza maníaca aumentaba en un crescendo ensordecedor. Segundos después vino a anular el impacto de todo lo anterior un estremecedor alarido que estalló con repentino frenesí y se fue transformando gradualmente en un paroxismo de risa diabólica. La señora Ward, mortalmente asustada pero llena del ciego valor que infunde la maternidad, se acercó a la puerta del laboratorio y llamó en ella repetidamente sin recibir respuesta. Insistió en sus llamadas, pero se interrumpió nerviosamente al oír un segundo grito, este inconfundiblemente de su hijo, superpuesto a las desenfrenadas carcajadas de otra voz. De repente la señora Ward se desmayó sin que pueda recordar ahora la causa concreta e inmediata de su desvanecimiento. En ocasiones la memoria tiene olvidos misericordiosos.

A las seis y cuarto, el señor Ward volvió de la oficina y al no encontrar a su esposa en la planta baja preguntó a los atemorizados sirvientes, quienes le informaron de que probablemente se hallaba en el desván, atenta a los extraños acontecimientos que allí se desarrollaban. Subió apresuradamente el señor Ward y la encontró caída en el suelo del pasillo que conducía al laboratorio de Charles. Al comprobar que se había desmayado, fue en busca de un vaso de agua a una alcoba cercana y roció con ella el rostro cubierto de una enorme palidez. Mientras contemplaba con alivio cómo abría los ojos espantados, un escalofrío recorrió su cuerpo amenazando con reducirle al mismo estado del que estaba saliendo su esposa, ya que en el laboratorio, aparentemente silencioso, oyó el murmullo de una conversación tensa y apagada, una conversación mantenida en tono apenas audible pero provista de unas características profundamente inquietantes para el alma.

El hecho de que Charles murmurara alguna fórmula no era nuevo, pero aquel murmullo era decididamente distinto. Se trataba sin duda alguna de un diálogo o, al menos, de una imitación de diálogo. Las inflexiones de las dos distintas voces sugerían preguntas y respuestas, afirmaciones y réplicas. Una de las voces era indiscutiblemente la de Charles, pero la otra se caracterizaba por una profundidad y una resonancia que el joven Ward, a pesar de sus buenas dotes de imitador, no habría podido conseguir jamás. Había algo espantoso, sacrílego y anormal en todo aquello y, de no haber sido por un grito de su esposa que aclaró su mente al despertar con él su instinto de protección, no es muy probable que Theodore Howland Ward hubiera podido seguir alardeando ni un día más de que nunca se había desmayado. Reaccionando ante aquel grito, cogió a su esposa en brazos y la transportó a la planta baja para que no pudiera oír las voces que tanto les habían afectado. No escapó, sin embargo, con la suficiente presteza como para no oír algo que le hizo tambalearse peligrosamente con su carga. Al parecer, el grito de la señora Ward había sido escuchado también por otros oídos y, en respuesta a él, habían llegado desde detrás de la puerta las primeras palabras comprensibles del terrible coloquio. Fueron sencillamente una nerviosa advertencia articulada por Ward pero que llenó de espanto a su padre por lo que ese aviso implicaba. Su hijo se había limitado a decir: «¡Chist! ¡Escríbalo!»

El señor y la señora Ward conferenciaron largamente después de cenar, y, como consecuencia de aquella conversación, el primero decidió hablar seriamente con Charles aquella misma noche. Por importantes que fueran sus investigaciones no podían tolerarle semejante conducta por más tiempo, ya que los últimos acontecimientos trascendían los límites de la cordura y representaban una amenaza para el orden y para el sistema nervioso de todos los que moraban en aquella casa. El joven tenía que haber perdido la razón, pues sólo un demente podía proferir aquellos alaridos y fingir que estaba hablando con otra persona imitando la voz de un interlocutor. Todo aquello tenía que terminar de una vez, pues, de no ser así, la señora Ward acabaría cayendo enferma. Por otra parte cada vez se hacía más difícil conservar a la servidumbre.

El señor Ward subió al laboratorio de su hijo, pero al llegar al tercer piso se detuvo intrigado por los sonidos que surgían de la biblioteca de Charles, ahora en desuso. Al parecer alguien revolvía frenéticamente entre libros y papeles. Se asomó a la puerta entornada y vio al joven que sacaba de los estantes libros de todas las formas y tamaños. El aspecto que ofrecía era el de un joven lleno de excitación. Al oír la voz de su padre dio un respingo y dejó caer toda su carga. Se sentó, obedeciendo la orden paterna, y escuchó en silencio una larga sarta de reconvenciones. No se defendió. Al final de la reprimenda admitió que su padre tenía razón y que sus voces, invocaciones y experimentos químicos representaban una imperdonable molestia para los demás habitantes de la casa. Prometió comportarse con más discreción, aunque insistió en prolongar su confinamiento. La mayor parte de su trabajo en el futuro, dijo, consistiría en la consulta de libros, y en cuanto a los rituales que tendría que llevar a cabo en fechas posteriores, podría celebrarlos en un lugar apartado que buscaría a tal efecto. Manifestó su pesar por el desmayo de su madre y explicó que la conversación que había oído formaba parte de un complicado simbolismo destinado a crear una atmósfera mental determinada. Utilizó ciertos términos químicos casi ininteligibles que desconcertaron al señor Ward, pero la impresión general que produjo a éste la entrevista fue que su hijo estaba indiscutiblemente cuerdo, a pesar de que era víctima de una misteriosa tensión de suma gravedad. La conversación, por otra parte, no le reveló nada nuevo y, mientras su hijo recogía los libros y abandonaba la habitación, el señor Ward se dijo interiormente que continuaba sin saber qué pensar de todo aquello. Era algo tan misterioso como la muerte del pobre Nig, cuyo cadáver había sido hallado una hora antes en el sótano, rígido, con los ojos desorbitados y la boca torcida por el terror.

Impulsado por un vago instinto detectivesco, el desconcertado padre examinó con curiosidad los estantes vacíos para averiguar qué se había llevado su hijo a la buhardilla. La biblioteca del joven estaba rigurosamente clasificada por materias, de modo que no resultaba difícil saber qué libros, o al menos qué clase de libros, eran los que faltaban. El señor Ward se quedó asombrado al descubrir que los huecos no correspondían a obras relacionadas con las ciencias ocultas ni con antiguos sucedidos, sino a tratados modernos de historia y geografía, manuales de literatura, obras filosóficas y periódicos y revistas contemporáneos. Aquello representaba un giro muy curioso en las aficiones de Charles y su padre se quedó perplejo al comprobarlo. Una clara sensación de extrañeza se apoderó de él, le atenazó el pecho y le obligó a mirar en torno suyo para descubrir a qué respondía. Algo había ocurrido, ciertamente, algo de trascendencia tanto material como espiritual.

Desde que había entrado en aquella estancia había notado un cambio, y al fin sabía en qué consistía. En la pared norte de la habitación seguía incólume, sobre la chimenea, el antiguo panel de madera procedente de la casa de Olney Court, pero el retrato de Curwen, precariamente restaurado, había sido víctima de un terrible desastre. El tiempo y la calefacción habían ido deteriorándolo y desde la última limpieza de aquel cuarto había sucedido lo peor. La pintura se había ido desprendiendo y enroscándose poco a poco para caer finalmente de pronto con una rapidez maligna y silenciosa. El retrato de Joseph Curwen había dejado para siempre de vigilar al joven a quien tan extrañamente se asemejaba y yacía ahora en el suelo formando una fina capa de polvo gris azulado.

<p><cite></cite>Una Mutación Y Una Locura</p>
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Durante la semana que sucedió a aquel memorable Viernes Santo, Charles Ward fue visto más a menudo que de costumbre. Continuamente transportaba gran cantidad de libros de su biblioteca al laboratorio del desván. Sus actos eran tranquilos y racionales, pero el aire furtivo que le rodeaba y la mirada extraña que se reflejaba en sus ojos inquietaron a su madre. Por otra parte, y a juzgar por los continuos recados que hacía llegar a la cocinera, se había despertado en él un apetito voraz.

El doctor Willett había sido informado acerca de los ruidos y acontecimientos de aquel memorable viernes, y al martes siguiente sostuvo una larga conversación con el joven en aquella biblioteca donde ya no vigilaban los ojos del retrato de Curwen. La entrevista, como de costumbre, no dio ningún resultado positivo, pero aun así Willett jura y perjura que Charles seguía, incluso en aquellos momentos, perfectamente cuerdo. Prometió revelar muy pronto el resultado de sus investigaciones y habló de montar su laboratorio en otra parte. Concedió muy poca importancia a la pérdida del retrato, hecho que al doctor no dejó de extrañarle dado el entusiasmo que le había producido su descubrimiento. Por el contrario, parecía hallar algo humorístico en aquel súbito desastre.

A la semana siguiente Charles comenzó a ausentarse de la casa durante largos períodos de tiempo y un día en que la vieja Hannah acudió a casa de los Ward para ayudar en la limpieza de primavera, habló de las frecuentes visitas que hacía el joven a la antigua mansión de Olney Court, donde se presentaba con una gran maleta y en cuya bodega efectuaba extrañas excavaciones. Siempre se mostraba muy generoso con ella v con el viejo Asa, pero parecía más preocupado que de costumbre, cosa que apesadumbraba a la anciana, que le conocía desde el día en que nació.

Otros informes acerca de sus andanzas llegaron de Pawtuxet, donde varios amigos de la familia le veían rondando con frecuencia desacostumbrada el embarcadero de Rhodes-on-the-Pawtuxet. El doctor Willett investigó la cuestión posteriormente y descubrió que la intención del joven había sido la de hallar una abertura en la cerca, abertura que le permitiera continuar hacia el norte por la ribera del río. Solía desaparecer en esa dirección y no volver hasta transcurridas muchas horas.

Un día del mes de mayo volvieron a producirse en el desván sonidos que respondían a la celebración de nuevos rituales, lo cual provocó un severo reproche por parte del señor Ward y vagas promesas de enmienda por parte de Charles. El incidente tuvo lugar una mañana y, al parecer, constituyó una repetición del imaginario coloquio que había tenido lugar aquel turbulento Viernes Santo. El joven discutía acaloradamente consigo mismo, como parecía indicar el hecho de que de pronto estallaran gritos en tonos diversos que sugerían una sucesión de preguntas y respuestas negativas, todo lo cual impulsó a la señora Ward a subir al tercer piso y aplicar la oreja a la puerta. Sólo pudo oír, sin embargo, unas cuantas palabras: «Debe permanecer rojo tres meses». Cuando llamó con los nudillos en la hoja de madera, los sonidos cesaron inmediatamente. Más tarde, al ser interrogado por su padre, Charles respondió que existían ciertos conflictos entre diversas esferas de la conciencia, conflictos que sólo podían subsanarse con una gran habilidad y que él trataría de trasladar a otro terreno.

A mediados de junio ocurrió un extraño incidente nocturno. Al atardecer se produjo una serie de ruidos en el laboratorio de la buhardilla, y a punto estaba el señor Ward de subir a investigar qué sucedía, cuando se restableció súbitamente el silencio. A medianoche, cuando la familia se había retirado ya a descansar y el mayordomo se disponía a cerrar la puerta de la calle, apareció Charles cargado con una voluminosa maleta e hizo señas al sirviente de que deseaba salir. El joven no pronunció una sola palabra, pero el mayordomo vio la expresión febril que reflejaban sus ojos y quedó profundamente impresionado. Abrió la puerta para que saliera el joven Ward, pero a la mañana siguiente presentó su renuncia a la señora. Dijo que había visto un brillo diabólico en los ojos del señorito Charles, que aquella no era forma de mirar a una persona honrada, y que no estaba dispuesto a pasar ni una sola noche más en aquella casa. La señora Ward le dejó marchar pero no concedió crédito a sus afirmaciones. Imaginar a Charles fuera de control aquella noche le era totalmente imposible, pues mientras había permanecido despierta había oído ruidos continuos en el laboratorio, sonidos como si alguien sollozara y paseara de un lado a otro, y suspiros que sólo hablaban de una gran desesperación. La señora Ward se había acostumbrado a auscultar los sonidos nocturnos, pues el profundo misterio que envolvía la vida de su hijo no la permitía ya pensar en nada más.

A la noche siguiente, y tal como había ocurrido en otra ocasión hacía ya tres meses, Charles se apresuró a coger el periódico y arrancó un trozo de una página, aparentemente de modo accidental. El hecho no se recordó hasta más tarde, cuando el doctor Willett empezó a atar cabos sueltos y a buscar los eslabones que faltaban aquí y allá. En los archivos del Journal encontró el fragmento que faltaba y marcó dos noticias que podían estar relacionadas con el caso. Eran las siguientes:

MÁS MERODEADORES EN EL CEMENTERIO

Esta mañana, Robert Hart, vigilante nocturno del Cementerio del Norte, ha descubierto una nueva profanación en la parte antigua del camposanto. La tumba de Ezra Weeden. nacido en 1740 y fallecido en 1824, según se lee en la lápida salvajemente mutilada por los responsables del hecho. aparece excavada y saqueada. Los profanadores utilizaron, según se cree, una azada que sustrajeron de un cobertizo cercano, donde se guardan toda clase de herramientas.

Cualquiera que fuera el contenido de la tumba después de transcurrido un siglo desde la exhumación. ha desaparecido. Sólo se han encontrado trozos de madera podrida. No se han hallado huellas de vehículos, pero sí rastros de pisadas que corresponden a un solo individuo, hombre de buena posición a juzgar por las botas que calzaba. Hart se muestra muy inclinado a relacionar este incidente con el ocurrido el pasado mes de marzo cuando él mismo descubrió y provocó la fuga de un grupo de hombres que hablan llegado en una camioneta y habían excavado una fosa, pero el sargento Riley no comparte esa teoría y afirma que existen diferencias esenciales entre los dos sucesos. En marzo, la excavación tuvo lugar en un paraje en el cual no se ha señalado la existencia de ninguna tumba, mientras que en esta ocasión se ha saqueado un enterramiento perfectamente señalado y mantenido, con un propósito deliberado y un ensañamiento que delata el destrozo de la lápida, que hasta el día anterior había permanecido intacta.

Los miembros de la familia Weeden, informados de lo sucedido, han expresado su asombro y su pesar, y no aciertan a explicarse qué motivos puede tener nadie para profanar de tal modo la tumba de su antepasado. Hazard Weeden, domiciliado en el 598 de Angel Street, recuerda una leyenda familiar según la cual Ezra Weeden se habría visto complicado poco antes de la Revolución en unos extraños sucesos que para nada afectan al honor de la familia, pero no ve qué relación puede existir entre aquellos hechos y la presente violación de la tumba. El caso está siendo investigado por el inspector Cunningham, quien espera resolverlo en un plazo muy breve.

ALBOROTO NOCTURNO EN PAWTUXET

Hacia las tres de la madrugada de hoy, los habitantes de Pawtuxet han visto interrumpido su sueño por un alboroto producido por el aullar ensordecedor de unos perros, alboroto localizado, al parecer, en la orilla del río, concretamente en un punto situado no muy lejos de Rhodes-on-the-Pawtuxet. Según la mayoría de los vecinos de aquella localidad, dichos aullidos eran de un volumen y una intensidad inusitados. Fred Lemdin, vigilante nocturno de Rhodes, ha declarado por su parte que iban mezclados con algo que parecían los alaridos de un hombre presa de un terror y una agonía indescriptibles. Una repentina tormenta, de breve duración, dio fin a la anomalía. Los habitantes de la región relacionan este suceso con extraños y desagradables olores probablemente procedentes de los tanques de petróleo que se encuentran en la bahía y que seguramente han contribuido a excitar a los perros de los alrededores.

Charles se mostró a partir de aquel día más demacrado y sombrío que nunca. Recordando aquel período, todos coinciden en que el joven debió sentir por entonces un fuerte deseo por confesar a alguna persona el terror que le poseía. La morbosa escucha nocturna de su madre reveló que Charles efectuaba frecuentes salidas al amparo de la oscuridad, y la mayoría de los alienistas de la escuela conservadora coinciden en atribuirle los repugnantes casos de vampirismo que la prensa divulgó con todo sensacionalismo por esos días sin que nunca llegara a descubrirse el verdadero autor. Aquellos casos, demasiado recientes y comentados para que tengamos que recordarlos aquí con detalle, tuvieron por víctimas a personas de todas las edades y características y ocurrieron en los alrededores de dos lugares distintos: la colina residencial del North End, en las proximidades de la casa de lo Ward, y los distritos suburbanos del otro lado de la línea férrea de Cranston, cerca de Pawtuxet. Varias personas que regresaban tarde a sus hogares o dormían con las ventanas abiertas fueron atacadas por una extraña criatura que las que han sobrevivido describen como un monstruo alto, delgado, de ojos ardientes, que clavaba sus dientes en la garganta o en el hombro de su víctima y chupaba vorazmente su sangre.

El doctor Willett, que se niega a fijar el origen de la locura de Ward en fecha tan temprana, se muestra muy cauteloso al explicar aquellos horrores. Tiene, según dice, sus propias teorías sobre la cuestión y sus afirmaciones no son en la mayoría de los casos más que negaciones solapadas. «Me resisto a decir», manifiesta, «quién, en mi opinión, perpetró aquellos ataques y asesinatos, pero declaro que Charles Ward es inocente. Tengo motivos para afirmar rotundamente que nunca probó el sabor de la sangre, y su anemia y extrema palidez son prueba contundente de que estoy en lo cierto. Ward estuvo en contacto con cosas terribles, pero lo pagó muy caro y nunca fue un monstruo ni un malvado. En cuanto al presente, prefiero no opinar. Se produjo un cambio, evidentemente, y me contento con creer que Charles Ward murió con él, o al menos murió su espíritu, porque esa carne demente que desapareció del hospital de Waite tenía un alma distinta.»

Willett habla con autoridad, ya que a menudo acudía a casa de los Ward a atender a la dueña de la casa, cuyos nervios habían empezado a flaquear a causa de los continuos disgustos. La continua vigilia había producido en ella alucinaciones morbosas que comunicó al doctor. Willett las ridiculizaba al hablar con su paciente, pero meditaba mucho sobre ellas cuando se hallaba a solas. Estaban siempre relacionadas con los leves sonidos que la madre de Charles creía oír en el laboratorio y en la buhardilla en que dormía su hijo, sonidos que consistían en suspiros apagados y sollozos que surgían en los momentos más inverosímiles. A principios de julio el doctor Willett prescribió a su paciente un viaje a Atlantic City donde debía permanecer por tiempo indefinido, y advirtió al señor Ward y al elusivo Charles que se limitaran a escribirle cartas cariñosas y alentadoras. Es muy probable que la señora Ward deba su vida y su salud mental a aquel viaje forzado que con tan mala gana hubo de emprender.

<p>2</p>

Poco después de la partida de su madre, Charles Ward inició las gestiones para adquirir el bungalow de Pawtuxet. Se trataba de un pequeño edificio de madera provisto de un garaje de hormigón y situado en la falda de la colina, cerca del río y poco más arriba de Rhodes. Por algún motivo de él sólo conocido, el joven se había empeñado en adquirirlo a toda costa. No dejó en paz a los corredores de fincas hasta que uno de ellos consiguió realizar la compra, por cierto a un precio exorbitante dado que el propietario se negaba a venderlo. En cuanto quedó vacío, Charles se trasladó a él al amparo de la oscuridad, transportando en un camión cerrado todo el contenido del laboratorio, incluidos los libros antiguos y modernos que había sacado de su biblioteca. Hizo cargar el vehículo entre las sombras de las primeras horas de la madrugada y su padre aún recuerda vagamente los juramentos ahogados y el ruido de las pisadas de los hombres que participaron en la mudanza. Desde aquella fecha, el joven volvió a ocupar sus habitaciones del tercer piso y abandonó definitivamente su reducto del desván.

Charles trasladó a la casita de Pawtuxet el sigilo que había envuelto a su anterior laboratorio. Aunque ahora había dos personas que compartían sus misterios, un mestizo portugués de aspecto siniestro que hacía las veces de criado, y un desconocido delgado, de aspecto de intelectual, gafas oscuras y barba muy poblada probablemente teñida, a quien Ward, al parecer, consideraba colega y que como tal era tratado. Los vecinos intentaron inútilmente de trabar conversación con aquellos dos extraños personajes. El mulato Gomes hablaba muy poco por no saber inglés y el barbudo, que decía ser doctor y apellidarse Allen, seguía su ejemplo por propia elección. Ward por su parte trató de mostrarse amable con sus vecinos pero solo consiguió despertar una gran curiosidad entre ellos con sus continuas referencias a experimentos químicos. No tardaron en circular extraños rumores acerca de las luces que a todas horas permanecían encendidas en el bungalow de la colina, y más tarde, cuando cesó repentinamente la iluminación nocturna, acerca de los pedidos de carne que recibía el carnicero, a todas luces desproporcionados, y acerca de los gritos, declamaciones y cánticos que surgían de algún lugar subterráneo situado debajo de la construcción. Toda la burguesía honrada de aquellos alrededores miraba con manifiesto recelo la propiedad de Ward, que más de uno relacionaba con el misterioso vampiro que por aquellos días había vuelto a reanudar su actividad y, precisamente, en torno a Pawtuxet y a las contiguas calles de Edgewood.

Ward pasaba la mayor parte del tiempo en la nueva casa, aunque de vez en cuando dormía en la de sus padres, que continuaba considerando su hogar. En dos ocasiones se ausentó de la ciudad por espacio de una semana sin que haya podido descubrirse todavía el objeto de aquellos viajes. Su rostro ofrecía un aspecto más pálido y macilento que nunca, y ahora, cuando repetía al doctor Willett sus afirmaciones de siempre acerca de la importancia de sus investigaciones y de la inminencia de las revelaciones, parecía mucho menos seguro de sí mismo. Willett le interpelaba a menudo en casa de su padre, pues el señor Ward estaba profundamente preocupado y perplejo ante el estado de su hijo y deseaba que le vigilara en lo posible. Insiste el buen médico en que aún en aquellos días Charles Ward estaba totalmente cuerdo, y aduce como prueba de esta afirmación referencias a diversas conversaciones que sostuvo con él por entonces.

Hacia septiembre, los casos de vampirismo disminuyeron, pero al mes de enero siguiente, Ward estuvo a punto de verse seriamente comprometido. Desde hacía algún tiempo se comentaba el tránsito nocturno de camiones que iban a descargar en la casita de Pawtuxet y en cierta ocasión. por pura coincidencia, se descubrió cuál era la mercancía que transportaba uno de aquellos vehículos. En un paraje solitario, cercano a Hope Valley, unos ladrones asaltaron un camión suponiendo que llevaba bebidas alcohólicas de contrabando. Lo que no se imaginaban era que iban a resultar ellos los perjudicados, pues los cajones sustraídos contenían una mercancía horrenda, tan horrenda que el incidente fue comentado entre toda el hampa. Los ladrones se precipitaron a enterrar los cajones robados, pero cuando la policía del Estado tuvo noticia de lo ocurrido, llevó a cabo una minuciosa investigación. Uno de los autores del hecho, tras asegurarse de que no se tomarían medidas punitivas contra él, consintió en guiar a un grupo de agentes al lugar donde habían enterrado la «mercancía». Resultó ésta ser de naturaleza tan espantosa que se juzgó un atentado al decoro —tanto nacional como internacional— informar al público de lo que había descubierto aquel horrorizado grupo de representantes del orden, y en consecuencia, se mantuvo el secreto acerca del caso. Sin embargo, dado que ni a aquellos policías que estaban muy lejos de ser cultos se les escapó el significado del hallazgo, se enviaron inmediatamente varios telegramas a Washington.

Los cajones iban dirigidos a Charles Ward, al bungalow de Pawtuxet, y muy pronto se personaron en ese lugar varios representantes del gobierno federal y del Estado. Le encontraron pálido y preocupado, rodeado de sus extraños compañeros, pero recibieron de él una explicación válida y pruebas de inocencia que juzgaron concluyentes. Ward declaró que había necesitado ciertos ejemplares anatómicos para llevar a cabo un proyecto de investigación de cuya profundidad y autenticidad podían responder los que le habían conocido en la última década, y que, en consecuencia, había hecho el oportuno pedido a las agencias que podían proporcionárselos, a su entender legalmente. Acerca de la identidad de aquellos ejemplares no sabía absolutamente nada y se mostró muy sorprendido cuando aquellos inspectores se refirieron al efecto monstruoso que el conocimiento del asunto podía producir entre el público, con el consiguiente deterioro de la dignidad nacional. Todas las afirmaciones del joven fueron firmemente apoyadas por su barbudo colega, el doctor Allen, cuya voz extrañamente profunda revelaba una convicción mucho mayor que la que transparentaban los tartamudeos nerviosos de Ward. En resumen, que los inspectores decidieron no tomar ninguna medida y se limitaron a enviar a Nueva York los nombres y las direcciones que Ward les facilitó como base para una investigación que no condujo a nada. Hay que añadir que los ejemplares fueron devueltos rápidamente y con gran discreción a sus lugares de procedencia y que el público no llegó a tener conocimiento nunca de los pormenores del caso.

El 9 de febrero de 1928, el doctor Willett recibió una carta de Charles Ward a la cual atribuye una importancia extraordinaria y que le ha valido más de una discusión con el doctor Lyman. Considera éste último que dicha carta constituye prueba decisiva de que el del joven Ward es un caso de dementia praecox, mientras que su colega la juzga última manifestación de la cordura de su paciente. Aduce como argumento a su favor la normalidad de la caligrafía, que si bien revela el nerviosismo de la mano del autor, es indudablemente la de Ward. El texto es el siguiente:

100 Prospect Street

Providence, Rhode lsland

8 marzo, 1928

Apreciado doctor Willett:

Comprendo que al fin ha llegado el momento de hacerle las revelaciones que hace tanto tiempo le anuncié y que usted tantas veces me ha exigido. La paciencia con que ha sabido esperar y la confianza que ha demostrado en mi cordura e integridad, son cosas que no olvidaré nunca.

Y ahora que estoy dispuesto a hablar, debo confesar con auténtica humillación que el triunfo con que soñaba ya nunca podrá ser mío. En lugar de ese triunfo he descubierto el terror, y mi conversación con usted no será un alarde de victoria, sino una petición de ayuda y de consejo para salvarme de mi mismo y salvar al mundo de un horror que sobrepasa todo lo que pueda imaginar o prever la mente humana. Recordará usted lo que las cartas de Fenner decían acerca de la expedición que se llevó a cabo contra la granja de Pawtuxet. Hay que repetirla ahora, y a la mayor brevedad.

De nosotros depende más de lo que nunca lograré expresar con palabras: la civilización, las leyes naturales, quizá incluso la suerte del sistema solar y del universo. He sacado a la luz una anormalidad monstruosa, pero lo he hecho en favor del conocimiento humano. Ahora, por el bien de la vida y de la naturaleza. tiene usted que ayudarme a devolverla a la oscuridad.

He abandonado para siempre el bungalow de Pawtuxet y debemos destruir todo lo allí presente, vivo o muerto. No volveré a pisar ese lugar y si alguien le dice a usted que estoy allí, no lo crea. Le explicaré la razón de estas palabras cuando le vea. Estoy en mi casa y deseo que venga usted a visitarme en cuanto pueda disponer de cinco o seis horas para escuchar lo que tengo que decirle. Será necesario todo ese tiempo y créame si le digo que cumplirá con ello un deber profesional. Mi vida y mi razón son las cosas menos importantes que están en juego en este caso.

No me he atrevido a hablar con mi padre porque sé que no me entendería, pero si le he dicho que estoy en peligro y ha contratado a cuatro detectives para que vigilen la casa. No sé hasta qué punto será eficaz su vigilancia, puesto que tienen contra ellos unas fuerzas cuyo poder es imposible imaginar. Venga enseguida si quiere encontrarme vivo y saber cómo puede ayudarme a salvar al cosmos del desastre total. Venga en cualquier momento puesto que yo no saldré de casa. No llame por teléfono, ya que no se sabe quién o qué puede interceptar su llamada. Y roguemos a los dioses que puedan existir para que nada impida este encuentro.

Con la mayor solemnidad y desesperación,

CHARLES DEXTER WARD

P. D. Disparen sobre el doctor Allen en cuanto le vean y disuelvan su cadáver en ácido. No lo quemen.

El doctor Willett recibió la carta alrededor de las diez y media de la mañana, e inmediatamente se las arregló para quedar libre a primera hora de la tarde. Quería llegar a casa de los Ward alrededor de las cuatro, y durante toda la mañana estuvo sumido en especulaciones tan descabelladas que la mayor parte de sus tareas las realizó maquinalmente. La carta de Charles Ward parecía a primera vista producto de la mente de un maníaco, pero Willett conocía al joven demasiado bien para rechazarla como mera fantasía. Estaba completamente convencido de que algo muy sutil, antiguo y horrible se cernía sobre ellos, y la referencia al doctor Allen casi parecía razonable en vista de los rumores que corrían por Pawtuxet acerca del extraño colega de Charles Ward. Willett no le había visto nunca, pero sí había oído hablar de su aspecto y porte, y se preguntaba qué clase de ojos se ocultarían tras aquellas comentadísimas gafas ahumadas.

A las cuatro en punto, el doctor Willett se presentó en la residencia de los Ward, pero descubrió con gran disgusto que Charles no había permanecido fiel a su decisión de quedarse en casa. Los detectives sí estaban allí y, por ellos supo que el joven había perdido al parecer parte de su desánimo anterior. Uno de ellos le dijo que había pasado la mañana hablando por teléfono, discutiendo, protestando airadamente, y contestando a una voz desconocida frases como «Estoy muy fatigado y tengo que descansar una temporada», «No puedo recibir a nadie durante algún tiempo, tendrá usted que disculparme», «Le ruego que aplace toda decisión definitiva hasta que podamos llegar a un compromiso», «Lo siento mucho, pero tengo que tomarme unas vacaciones y no puedo ocuparme de nada, ya hablaré con usted más adelante.» Luego, como si hubiera estado meditando y la reflexión le hubiera infundido valentía, había logrado salir de la casa tan sigilosamente que nadie se había dado cuenta del hecho ni había reparado en su ausencia hasta su regreso, ocurrido alrededor de la una de la tarde. Entró a esa hora en la casa sin decir una palabra, subió al tercer piso y allí evidentemente volvieron a reproducirse sus temores, porque se le ovó gritar aterrorizado al poco de entrar en su biblioteca. Sin embargo, cuando el mayordomo subió a investigar la causa de aquel alarido, Charles se asomó a la puerta con aire decidido y con un gesto despidió al sirviente, que quedó profundamente impresionado. Poco después volvió a salir de la casa. Willett preguntó si había dejado algún recado, pero la respuesta fue negativa. El mayordomo parecía muy afectado por algo que había visto en los modales y el aspecto de Charles, y preguntó al doctor solícitamente si había alguna esperanza de curación para aquellos nervios desequilibrados.

Durante casi dos horas, Willett esperó inútilmente en la biblioteca de Ward contemplando las estanterías polvorientas con los espacios vacíos que ocuparan los libros que el joven se había llevado y mirando con una mueca sombría el panel donde un año antes estuviera el retrato de Joseph Curwen.

Poco a poco las sombras fueron cerrando filas en torno suyo preludiando la oscuridad de la noche. Al fin llegó el señor Ward, quien se mostró furioso y sorprendido ante la ausencia de su hijo después de todas las molestias que se había tomado para velar por su seguridad. Ignoraba que Charles hubiera concertado una cita con el doctor y prometió avisar a Willett en cuanto el joven regresara. Al despedirse de él le hizo participe de la preocupación que sentía por el estado del joven y le suplicó que hiciera lo posible por devolver su mente a la normalidad.

Willett se alegró de huir de aquella biblioteca sobre la que se cernía algo maléfico y horrible, como si el cuadro desaparecido hubiera dejado tras él una herencia de perversidad. Nunca le había gustado aquel retrato e incluso ahora que éste había desaparecido, y a pesar de lo bien templados que tenia los nervios, experimentaba la urgente necesidad de salir al aire libre lo antes posible.

<p>3</p>

A la mañana siguiente, el señor Ward envió al doctor Willett una nota en que le comunicaba que su hijo no había regresado. Decía en ella asimismo que el doctor Allen le había telefoneado para decirle que Charles permanecería durante algún tiempo en Pawtuxet donde nadie debía molestarle ya que, por tener que ausentarse el propio Allen durante un periodo de tiempo indefinido, quedaba él solo a cargo de la investigación en curso, y que Charles le enviaba sus mejores deseos y lamentaba cualquier molestia que pudiera producir aquel repentino cambio de planes. La voz del doctor Allen había despertado en el señor Ward un recuerdo vago y elusivo que no pudo identificar exactamente y que le produjo sin embargo una evidente inquietud.

Desconcertado por aquellas noticias contradictorias, el doctor Willett no supo qué hacer. No podía negarse que en la carta de Charles había una ansiedad frenética, pero ¿cómo interpretar la actitud de un joven que tan pronto violaba sus propias decisiones? En su carta aseguraba que sus investigaciones eran una amenaza y un sacrilegio, que ellas y su colega debían ser eliminados a cualquier precio, y que él no volvería a pisar nunca el bungalow de Pawtuxet, pero según las últimas noticias se había olvidado de todo y había regresado al centro del misterio. El sentido común le aconsejaba dejar en paz al joven con sus caprichos, pero un instinto más profundo le impedía olvidar la impresión que dejara en él aquella angustiada carta. Willett la leyó otra vez y, a pesar de su lenguaje algo altisonante y de la carencia de datos concretos, no pudo juzgarla ni absurda ni demente. El terror de Charles era demasiado intenso, demasiado real, y unido a lo que el doctor sabía ya del caso, evocaba monstruosidades tales de allende del tiempo y el espacio, que ninguna justificación cínica bastaba para explicarlas. Lo cierto es que existían horrores sin nombre en aquel bungalow y, aún a riesgo de que su intervención resultara inútil, tenia que estar preparado para pasar a la acción en cualquier momento.

Durante más de una semana, el doctor Willett reflexionó sobre el dilema que tenía planteado, sintiéndose cada vez más inclinado a visitar a Charles en el bungalow de Pawtuxet. Nadie se había aventurado nunca a invadir aquel refugio e incluso su padre conocía la casa solamente por las descripciones que el propio Charles le había hecho. Pero en este caso el doctor Willett consideró necesario tener una entrevista directa con su paciente. El señor Ward había estado recibiendo de su hijo durante esos días noticias muy vagas en breves notas mecanografiadas, semejantes a las que recibía su mujer en su retiro de Atlantic City y, en vista de ello, el doctor se decidió a actuar. A pesar de la curiosa sensación que despertaban en él las antiguas leyendas relativas a Joseph Curwen y las más recientes revelaciones y advertencias de Charles Ward, se dirigió osadamente al bungalow, que se levantaba sobre un risco muy cerca del río. Aunque nunca había entrado en la casa, había visitado anteriormente los alrededores por pura curiosidad y, en consecuencia, sabía perfectamente qué camino tomar. Aquella tarde de finales de febrero, mientras conducía su pequeño automóvil por la Broad Street, pensó en el grupo de hombres que había seguido aquella misma ruta ciento cincuenta años antes, en una terrible expedición que había quedado sumida en el más impenetrable misterio.

El recorrido a través de los arrabales de Providence fue muy corto y pronto se extendieron ante su vista los ordenados barrios de Edgewood y la dormida aldea de Pawtuxet. Al llegar a Lockwood Street dobló a la derecha y siguió el camino vecinal hasta donde le fue posible llegar. Luego se bajó del vehículo y echó a andar en dirección al norte. Las casas estaban allí muy dispersas y el bungalow, con su garaje de hormigón, se divisaba claramente aislado sobre una pequeña elevación del terreno. Recorrió a buen paso el descuidado camino de grava, llamó a la puerta con mano firme y habló en tono decidido al mulato portugués que la entreabrió con muchas precauciones.

Tenía que ver a Charles Ward inmediatamente dijo, para un asunto de vital importancia. No aceptaría ninguna excusa y una negativa a su petición serviría únicamente para impulsarle a presentar un informe completo de la situación al señor Ward. El mulato dudó y se apoyó en la puerta para impedirle el paso, pero el doctor se limitó a elevar la voz y a repetir su demanda. Fue entonces cuando de la oscuridad del interior surgió un ronco susurro que inexplicablemente heló la sangre en las venas al visitante.

—Déjale entrar, Tony —dijo la voz . Si hemos de hablar, tan bueno es este momento como cualquier otro.

Pero por inquietante que resultara aquel susurro, peor fue lo que siguió. La madera del suelo crujió y el hombre que acababa de hablar se hizo visible. El dueño de aquella voz extraña y resonante no era otro que Charles Dexter Ward.

La minuciosidad con que el doctor Willett grabó en su memoria la conversación de aquella tarde, se debe a la importancia que él atribuye a este período en particular, pues en su opinión se había efectuado un cambio vital en la mente del joven Ward que, según él, hablaba ahora a través de un cerebro muy distinto de aquél que había visto desarrollarse a lo largo de veintiséis años. La controversia con el doctor Lyman le había obligado a ser muy especifico y fijaba el comienzo de la enfermedad mental de Charles precisamente en la época en que sus padres habían comenzado a recibir aquellas notas mecanografiadas. Lo cierto es que éstas no correspondían al estilo habitual del joven, ni siquiera al de aquella desesperada misiva que escribiera al doctor Willett. Respondían a un estilo raro y arcaico, como si el desquiciamiento mental del autor hubiera dado rienda suelta a una serie de tendencias e impresiones adquiridas inconscientemente durante el período juvenil de afición a las antigüedades. Se evidenciaba en ellas un fuerte deseo de modernidad, pero el espíritu, y a veces hasta el lenguaje, pertenecen indiscutiblemente al pasado, ese pasado que se hizo también evidente en la actitud y los gestos de Ward cuando recibió al doctor en aquel sombrío bungalow. Se inclinó, señaló un asiento a Willett y empezó a hablar bruscamente en aquel extraño susurro en que, al parecer, se sintió obligado a explicar.

—Me está afectando mucho a los pulmones —comenzó—, este relente del río. Tendrá que disculpar usted mi ronquera. Supongo que le ha enviado mi señor padre con el fin de que averigüe qué me ocurre, y espero que no le dirá nada que pueda alarmarle.

Willett estudió aquel tono enronquecido con sumo interés, pero aún prestó mayor atención al rostro de su interlocutor. Experimentaba la sensación de que en aquella escena había algo de anormal y recordó lo que la familia de Charles le había contado acerca de la impresión que había recibido una noche el mayordomo de la casa. Hubiera preferido que reinara un poco más de luz en la sala, pero no pidió que se descorrieran las cortinas. Se limitó a preguntar a su interlocutor qué le había impulsado a enviarle aquella angustiada carta hacia poco más de una semana.

—Precisamente iba a hablarle de eso —replicó Ward—. Como usted bien sabe tengo los nervios muy alterados y hago y digo cosas que no se me deben tener en cuenta. Más de una vez le he confiado que me hallo enfrascado en investigaciones de gran trascendencia y la importancia de tales menesteres ha llegado a trastornarme en más de una ocasión. Cualquier hombre se hubiera asustado de lo que he descubierto, pero yo pienso seguir adelante y pronto lograré lo que me proponía. Fui un necio al volver a mi casa y someterme a la vigilancia de esos guardianes. He llegado muy lejos y tengo que seguir adelante. Mi lugar está aquí. Sé que no disfruto de buena reputación entre mis vecinos y, por una debilidad, casi llegué a creer lo que dicen de mí. En lo que hago, mientras lo haga bien, no hay nada de perverso. Tenga usted la bondad de esperar seis meses y le mostraré algo que recompensará sobradamente su paciencia.

»Puedo, sí, decirle que cuento con un medio de adquirir conocimientos mucho más seguro que el que representan los libros, y dejaré que juzgue por sí mismo la importancia de lo que puedo aportar a la historia, a la filosofía y a las artes en virtud de las puertas que ante mí se han abierto. Mi antepasado había logrado traspasarlas cuando aquellos estúpidos entrometidos vinieron a asesinarle. Pero esta vez no ocurrirá nada semejante. Le ruego que olvide todo lo que le escribí y que no tema este lugar ni nada de lo que encierra. El doctor Allen es un hombre excelente y le debo una disculpa por todo lo que le dije acerca de él. Ojalá estuviera aquí, pero su presencia era indispensable en otra parte. Su celo es igual al mío en todo lo que a nuestra investigación concierne, y su ayuda me resulta inapreciable.

Ward hizo una pausa y el doctor apenas supo que decir ni qué pensar. Sintió un profundo desconcierto al oír a su interlocutor repudiar con tanta calma la carta que le había dirigido y, sin embargo, en su fuero interno, estaba convencido de que si bien las palabras que acababa de escuchar eran extrañas, ajenas a quien las pronunciaba e indudablemente producto de una mente desquiciada, la misiva en cambio era trágica por su autenticidad y la semejanza que guardaba con el Charles Ward que él conocía. Trató de desviar la conversación hacia otros derroteros recordando al joven algunos acontecimientos pasados que pudieran restablecer la atmósfera de familiaridad en que transcurrían siempre sus encuentros, pero sus intentos obtuvieron unos resultados realmente grotescos. Lo mismo les ocurrió posteriormente a todos los alienistas. Una parte importante de las imágenes mentales de Ward, principalmente las relacionadas con los tiempos modernos y su propia vida, se había borrado totalmente de su cerebro, en tanto que el conocimiento del pasado que acumulara durante su juventud había surgido de lo más profundo de su subconsciente para devorar todo lo contemporáneo y personal. La información que demostraba poseer el joven acerca del pretérito era de naturaleza anormal y francamente estremecedora y, en consecuencia, hacía lo posible por ocultarla. Pero cada vez que Willett mencionaba algún tema favorito de su época de estudiante de tiempos pasados, aclaraba el joven la cuestión con un lujo de detalles inconcebible en ningún mortal y que hacía al doctor estremecerse.

No era normal saber cómo se le había caído exactamente la peluca al inclinarse hacia delante al actor que hacía el papel de juez en la representación que ofrecieron los alumnos de la Academia de Arte Dramático del señor Douglas, situada en King Street, el 11 de febrero de 1762, jueves por cierto, ni que los actores cortaron de tal modo el texto de la obra de Steele, El Amante consciente, que el público casi se alegró cuando las autoridades, impulsadas por sus creencias baptistas, cerraron el teatro dos semanas más tarde. El hecho de que la diligencia de Thomas Sabin, que hacía la ruta de Boston, fuera «incómoda hasta la exageración», podían mencionarlo cartas de la época, pero, ¿qué erudito en su sano juicio podía afirmar que el chirrido que producía la muestra de la taberna de Epenetus Olney (la corona de colores chillones que había colgado cuando decidió dar al local el nombre de Café Real) sonaba exactamente igual a las primeras notas de esa pieza de jazz que transmitían ahora todas las radios de Pawtuxet?

Ward, sin embargo, no se dejó llevar demasiado por aquel camino. Los temas modernos y personales los rechazaba de raíz, en tanto que los referentes al pasado, aun siendo más de su agrado, parecían aburrirle. Evidentemente, lo único que deseaba era que su visitante quedara lo bastante satisfecho como para que se fuera sin intención de regresar . A este fin se ofreció a enseñarle a Willett la casa, e inmediatamente le acompañó en un recorrido de todas las habitaciones, desde la bodega hasta el desván. Willett, que examinaba todo atentamente, observó que los libros eran demasiado pocos y demasiado vulgares para haber llenado los amplios espacios vacíos de la biblioteca de la casa de Ward, y que el llamado «laboratorio» no era más que una especie de decorado. Evidentemente, había otra biblioteca y otro laboratorio en otra parte, aunque era imposible decir dónde. Esencialmente derrotado en la búsqueda de algo que no podía precisar, Willett regresó a la ciudad antes del anochecer y contó al señor Ward todo lo sucedido. Convinieron ambos en que el joven había perdido la razón, pero decidieron no tomar por el momento ninguna medida drástica. Por encima de todo, convenía que la señora Ward ignorara aquellas tristes circunstancias, aunque algo debían hacerle sospechar las extrañas notas mecanografiadas que recibía de su hijo.

El señor Ward decidió visitar en persona al joven presentándose de improviso en el bungalow. Una noche, el doctor Willett le acompañó en automóvil hasta las inmediaciones de la casa y esperó pacientemente su regreso. La sesión fue larga, y el padre volvió de ella entristecido y perplejo. La recepción de que fue objeto fue muy semejante a la que había hallado Willett, con la diferencia de que esta vez Charles tardó un tiempo considerable en aparecer desde que el visitante se hubo abierto paso hasta el vestíbulo y despedido al portugués con su imperiosa exigencia. En el comportamiento de su hijo no hubo el menor rasgo de amor filial. No había apenas luz en la estancia en que se celebró la entrevista, pero el joven se quejó de que la claridad le molestaba enormemente. No habló en voz alta en ningún momento pretextando que le dolía mucho la garganta, pero en su ronco susurro había algo tan inquietante que el señor Ward no logró sobreponerse a la impresión que le causara.

Definitivamente unidos para hacer todo lo posible por devolver al joven Charles la salud mental, Ward y el doctor Willett comenzaron a reunir datos sobre el caso. Lo primero que estudiaron fueron las habladurías que corrían por Pawtuxet, cosa que resultó bastante fácil ya que ambos tenían buenos amigos por aquellos contornos. El doctor Willett recogió la mayor parte de los rumores, ya que la gente hablaba más francamente con él que con el padre del personaje en cuestión, y de todo lo que oyó pudo colegir que la vida del sucesor de Ward era realmente extraña. Casi todos los habitantes de Pawtuxet relacionaban el bungalow con la oleada de vampirismo del año anterior, y las idas y venidas nocturnas de los camiones que a él se dirigían, eran objeto de suspicaces comentarios. Los comerciantes locales hablaban con extrañeza de los pedidos que hacía el criado mulato, y en especial de las grandes cantidades de carne y de sangre fresca que encargaba a dos carniceros de las inmediaciones. Para una casa en la que sólo vivían tres personas, aquellos pedidos resultaban completamente desproporcionados.

Luego estaba el asunto de los ruidos subterráneos. Los informes acerca de ellos fueron más difíciles de recoger, pero una vez reunidos se vio que todos coincidían en ciertos detalles básicos. Eran, sin duda alguna, de naturaleza ritual, sobre todo cuando el bungalow estaba a oscuras. Desde luego, podían proceder de la bodega, pero los rumores insistían en que había criptas más profundas y más amplias. Recordando las antiguas habladurías acerca de las catacumbas de Joseph Curwen y dando por sentado que el joven, guiándose por alguno de los documentos encontrados junto con el cuadro había elegido el bungalow por hallarse éste emplazado exactamente en el lugar donde se alzara la granja de su antepasado, buscaron afanosamente la puerta que se mencionaba en los viejos manuscritos y que, según éstos, debía hallarse muy próxima a la orilla del río. En cuanto a la opinión general sobre los habitantes del bungalow, no cabía duda de que el mulato portugués era sencillamente detestado, el barbudo doctor temido, y el joven erudito profundamente aborrecido. Durante las últimas dos semanas, Charles había cambiado mucho, decían. Había renunciado a sus intentos por mostrarse agradable y en las pocas ocasiones en que se aventuraba a salir al exterior, hablaba únicamente con un susurro ronco y extrañamente repelente.

Tales fueron los cabos y fragmentos de información que lograron reunir por aquí y por allá el señor Ward y el doctor Willett. Basándose en ellos mantuvieron serias y prolongadas conferencias en que se esforzaron ambos por ejercitar al máximo sus dotes de deducción, inducción e inventiva y trataron de relacionar todos los hechos conocidos de la vida del joven, incluida la angustiosa carta que el médico se había decidido a mostrar al fin, con la escasa documentación de que disponían acerca de Joseph Curwen. Habrían dado cualquier cosa por poder echar una ojeada a los documentos que Charles había encontrado, pues era evidente que la clave de la locura del joven radicaba en lo que éste había descubierto acerca del siniestro mago y sus actividades.

<p>4</p>

Y, sin embargo, el siguiente acontecimiento decisivo en aquel caso tan singular no sobrevino como consecuencia de ninguna medida adoptada ni por el señor Ward ni por el médico. Uno y otro, desconcertados y confundidos por una sombra demasiado informe e intangible para poder combatirla, habían permanecido con los brazos cruzados, como quien dice, mientras las notas mecanografiadas que el joven Ward seguía dirigiendo a sus padres, se hacían cada vez más espaciadas. Pero llegó el día primero de mes, con sus acostumbrados ajustes financieros, y los empleados de ciertos bancos comenzaron a menear la cabeza extrañados y a telefonearse unos a otros. Varios de ellos, que conocían a Charles Ward sólo de vista, se presentaron en el bungalow para preguntarle por qué todos los cheques que habían recibido de él recientemente presentaban una burda falsificación de su firma, a lo que Ward respondió que durante las últimas semanas su mano se había visto tan afectada por un shock nervioso que le resultaba imposible seguir escribiendo normalmente, argumento que no logró tranquilizar a sus interlocutores tanto como él hubiera deseado. Dijo también poder demostrar la verdad de su afirmación por el hecho de que se había visto obligado a mecanografiar todas las cartas, incluso las que dirigía a sus padres, como estos podrían confirmar.

Lo que sorprendió e intrigó a los visitantes no fue aquella explicación, que ni carecía de precedente ni resultaba especialmente sospechosa, ni tampoco las habladurías que corrían por Pawtuxet y cuyos ecos habían llegado a sus oídos. Lo que llamó su atención fue que el confuso razonamiento del joven revelaba un olvido total de importantes transacciones financieras de las que se había ocupado en persona hacía sólo un par de meses. Algo muy raro había en todo aquello, ya que a pesar de la aparente coherencia de sus palabras existía un mal disfrazado desconocimiento de detalles de vital importancia. Por otra parte, aunque ninguno de aquellos hombres conocía a Ward íntimamente, no pudieron dejar de observar el cambio que se había operado en su lenguaje y en sus modales. Habían oído comentar su afición a la historia, pero jamás habían visto a un erudito de esa clase utilizar el habla y los gestos correspondientes a una época pretérita. Aquella combinación de ronquera, parálisis parcial de las manos, pérdida de memoria y alteración de la conducta y del habla, sólo podía significar que el joven estaba enfermo de gravedad y, en consecuencia, decidieron que se imponía conferenciar urgentemente con el padre del infortunado joven.

El 6 de marzo de 1928 se celebró una seria y prolongada reunión en la oficina del señor Ward, después de la cual éste acudió desolado a consultar al doctor Willett. Examinó el médico las extrañas firmas de los cheques y las comparó mentalmente con la caligrafía de la última carta que había recibido de Charles. Desde luego el cambio era radical y profundo aunque en la nueva escritura no dejaba de haber algo siniestramente familiar. Los rasgos tenían una clara tendencia arcaizante y eran completamente distintos a los que el joven había utilizado siempre. Pero lo más curioso del caso era que el doctor Willett tenía la sensación de haberlos visto anteriormente. En conjunto, era evidente que Charles estaba loco y, puesto que no se hallaba en condiciones ni de administrar su fortuna ni de mantener un trato normal con el resto de la sociedad, debía tomarse rápidamente alguna medida para su internamiento y posible curación. Fue entonces cuando se llamó a consulta a los alienistas Peck y Waite, de Providence, y Lyman, de Boston. El señor Ward y el doctor Willett les informaron exhaustivamente del caso y juntos examinaron todos los libros y documentos que el joven había dejado en su biblioteca a fin de averiguar cuáles eran los que se había llevado y deducir de ello cómo había evolucionado su pensamiento. Después de revisarlo todo cuidadosamente y de analizar la carta que el joven había escrito al doctor Willett, convinieron los alienistas en que los estudios de Charles Ward habían sido de una naturaleza capaz de trastornar a cualquier intelecto normal. Habrían querido examinar los volúmenes y documentos que tenía entonces el joven en su posesión, pero sabían que eso sólo podrían conseguirlo tras una terrible escena y ni así estaban seguros de poder lograrlo. Willett se entregó al estudio del caso con febril energía. Fue entonces cuando obtuvo la declaración de los obreros que habían presenciado el hallazgo de los documentos tras el retrato de Curwen y cuando averiguó el verdadero significado de la mutilación de los periódicos llevada a cabo por el joven, pues acudió a los archivos del Journal y allí pudo averiguar cuál era el contenido de los artículos en cuestión.

El jueves ocho de marzo, los doctores Willett, Peck, Lyman y Waite acompañados por el señor Ward, visitaron al joven sin ocultarle el propósito de su visita y sometieron al que ya consideraban su paciente a un minucioso interrogatorio. Charles, a pesar de que tardó bastante tiempo en acudir a su presencia y cuando lo hizo llegó con las ropas impregnadas por los fétidos olores de su laboratorio, no se mostró recalcitrante en modo alguno. Admitió sin reservas que su memoria y su equilibrio nervioso se habían visto afectados por su apasionada dedicación a estudios muy complejos. No ofreció resistencia cuando los visitantes insistieron en que debía cambiar de alojamiento y, aparte de la pérdida de la memoria, manifestó un alto grado de inteligencia. Su comportamiento hubiera engañado por completo a los alienistas de no haber sido por la tendencia arcaizante de su lenguaje y por el hecho de que las ideas antiguas habían sustituido en su cerebro a las modernas, lo cual indicaba sin lugar a dudas una flagrante anormalidad mental. De su trabajo no dijo más que lo que había dicho anteriormente a su familia y al doctor Willett, y en cuanto a la extraña carta que había escrito hacía un mes, la atribuyó a los nervios y a la histeria. Insistió en que no había en su sombrío bungalow más laboratorio ni biblioteca que los visibles y se negó a explicar la ausencia en la casa de los olores que permeaban su ropa. Las murmuraciones del vecindario las atribuyó a la imaginación colectiva impulsada por una curiosidad frustrada. En cuanto al paradero del doctor Allen, dijo no tener libertad para afirmar nada concreto, pero aseguró a sus visitantes que el barbudo extranjero de gafas oscuras regresaría cuando fuera necesario. Al despedir al estólido mulato, el cual resistió sin parpadear el interrogatorio a que le sometieron los visitantes, y al cerrar el bungalow que parecía albergar oscuros secretos, Ward no manifestó el menor nerviosismo aparte de una tendencia apenas perceptible a detenerse a escuchar, como si tratara de percibir algún sonido muy débil. Le animaba al parecer una tranquila resignación filosófica, como si juzgara aquel traslado un incidente sin importancia decisiva. Era evidente que confiaba en salir con bien de la prueba a que iba a ser sometido. Se decidió no informar a su madre de lo ocurrido; el señor Ward seguiría enviándole notas mecanografiadas en nombre de su hijo. Ward ingresó en la apacible clínica particular del doctor Waite, situada en un pintoresco lugar de la isla de Conanicut, en plena bahía, donde fue sometido a rigurosa observación y fue interrogado por todos los médicos relacionados con el caso. Fue entonces cuando se descubrieron las anomalías físicas que presentaba: la lentitud de su metabolismo, la curiosa estructura molecular de su epidermis y la desproporción de sus reacciones nerviosas. El doctor Willett fue el más desconcertado de todos los que le examinaron, ya que por haber asistido a Ward desde que éste viniera al mundo podía apreciar mejor que sus colegas el alcance de aquel proceso de alteración física. Incluso la marca de nacimiento que tuviera siempre en la cadera había desaparecido, al mismo tiempo que se había formado en su pecho una especie de verruga o mancha alargada negra que llevó a Willett a preguntarse si habría asistido el joven a alguna de aquellas ceremonias que, según se decía, celebraban las brujas en parajes agrestes y solitarios y en las cuales se marcaba a los asistentes. A la mente del doctor acudió inevitablemente el recuerdo de cierto fragmento de la transcripción de un juicio celebrado en Salem, fragmento que Charles le había mostrado en la época anterior a su demencia y que decía: «El señor G. B. impuso aquella noche la Marca del Diablo a Bridget S., Jonathan A., Simon O., Deliverance W., Joseph C., Susan P., Mehitable C. y Deborah B.» También el rostro de Charles le inquietaba horriblemente hasta que por fin descubrió la causa de aquella impresión. Sobre el ojo derecho del joven había una marca que hasta entonces nunca había visto allí: una pequeña cicatriz exactamente igual a la que viera un día en el retrato de Joseph Curwen y que quizá fuera resultado de alguna espantosa inoculación ritualista a la cual se hubieran sometido ambos en una etapa determinada de sus investigaciones en el campo del ocultismo.

Mientras Willett intrigaba de esta forma a todos los médicos del hospital, se seguía manteniendo una estrecha vigilancia sobre la correspondencia dirigida al paciente o al doctor Allen, correspondencia que se entregaba religiosamente al señor Ward. Willett había predicho que aquella vigilancia resultaría inútil, porque lo más probable era que cualquier información vital que alguien quisiera transmitir a cualquiera de los dos habría de llegar por medio de un mensajero, pero lo cierto es que a finales de marzo llegó una carta de Praga dirigida al doctor Allen que dio mucho que pensar al doctor y al padre de Charles. La caligrafía era muy arcaica, y aunque evidentemente la misiva no había sido escrita por un extranjero, no estaba tampoco redactada en inglés moderno. Decía:

Kleinstrasse, 11

Alstadt, Praga

11, febrero de 1928

Hermano en Almousin-Metraron:

En este día recibo noticia de lo que se elevó de las Sales que envié a su merced. No era ése el resultado que esperaba. de lo cual se deduce que las lápidas habían sido cambiadas cuando Barnabus envió el Espécimen. Ocurre esto a menudo, como sabrá su merced por lo ocurrido con lo hallado en la Capilla Real en 1769 y en el Cementerio Viejo en 1690. Cosa muy semejante ocurrióme en Egipto 75 años ha, de lo cual me vino la cicatriz que viera el Muchacho en 1924. Encarezco de nuevo a su merced lo que le aconsejé tiempo ha, que ejercite gran cautela y no llame a su presencia, ni a partir de las Sales ni de más allá de las Esferas, a nadie que no pueda hacer desaparecer. Tenga siempre su merced preparada la Invocación necesaria para ello y nunca confíe hasta estar bien seguro de Quién ha requerido a su presencia. Cambiadas suelen estar las lápidas en nueve de cada diez tumbas y conveniente es desconfiar hasta que se ha empezado a interrogar. Igualmente en el día de hoy recibí noticia de H. quien se ha visto en grandes dificultades con los soldados. Laméntase de que Transilvania haya pasado a manos de Rumania y trasladaríase a otro lugar si no abundara tanto su Castillo en lo que ya sabemos. No tardará en recibir noticias suyas. Envío a su merced algo encontrado en una Tumba de Oriente y que habrá de complacerle en gran manera, y reitero mi deseo de disponer de B. F. si puede procurármelo. Conoce a G. en Filadelfia mejor que yo. Utilícelo primero si así lo desea, pero no hasta tal punto que provoque su enojo, pues finalmente, habré de interrogarle yo también.

Yog-Sothoth Neblod Zin

Simon O.

J. C.

Providence

El señor Ward y el doctor Willett quedaron profundamente desconcertados ante la increíble muestra de locura que constituía aquella carta. Sólo por grados consiguieron asimilar su posible significado. ¿De modo que había sido el doctor Allen y no Charles el cerebro dominante en Pawtuxet? Eso podría explicar la angustiada referencia a Allen en la última carta que escribiera el joven. Pero, ¿qué pensar en cuanto al hecho de que la carta fuera dirigida a J. C.? Sólo cabía hacer una deducción, pero hasta las monstruosidades tienen un límite. ¿Quién sería Simon O.? ¿El anciano a quien Charles había visitado en Praga cuatro años antes? Tal vez, pero evidentemente había existido siglos antes otro Simon O., Simon Orne, por otro nombre Jedediah de Salem, desaparecido en 1771 y cuya peculiar caligrafía acababa de reconocer en la misiva el doctor Willett gracias a las copias de las fórmulas de Orne que Charles le había mostrado en cierta ocasión. ¿Qué horrores y misterios, qué contradicciones y violaciones de las leyes de la naturaleza habían vuelto después de siglo y medio a turbar la paz de la antigua Providence dormida entre torres y chapiteles?

El padre y el anciano médico, sin saber qué hacer ni qué pensar, fueron a visitar a Charles al hospital y le interrogaron con la mayor delicadeza posible acerca del doctor Allen, de su viaje a Praga y de lo que sabía sobre Simon o Jedediah Orne, de Salem. El joven respondió cortésmente a todas sus preguntas sin comprometerse, limitándose a decir con un ronco susurro que había descubierto que el doctor Allen poseía extraordinarias dotes para ponerse en contacto con los espíritus del pasado y que suponía que quienquiera que fuese su corresponsal de Praga debía poseer las mismas dotes. Al salir de la clínica, el doctor Willett y el señor Ward cayeron en la cuenta de que los interrogados había sido ellos en realidad, ya que sin revelar nada especial acerca de sí mismo, el joven les había sonsacado hábilmente acerca del contenido de la carta procedente de Praga.

Los doctores Peck, Waite y Lyman por su parte se mostraron muy poco inclinados a conceder importancia a la extraña correspondencia que mantenía el compañero del joven Ward. Sabían de la tendencia propia de excéntricos y monomaníacos a relacionarse entre sí y creyeron sencillamente que Charles o Allen habían trabado amistad con algún loco expatriado, un individuo que probablemente había tenido ocasión de ver la caligrafía de Orne y la imitaba con el fin de hacerse pasar por reencarnación de aquel misterioso personaje. Quizá el doctor Allen fuera un caso similar y hubiera logrado convencer al joven de que se había reencarnado en él el espíritu de su antepasado Joseph Curwen. No era la primera vez que ocurrían cosas semejantes y, basándose en esos antecedentes, descartaron los testarudos doctores la creciente inquietud del doctor Willett con respecto a la escritura de su paciente, pues creía el buen médico haber hallado al fin la explicación de la extraña familiaridad que encontraba en aquella escritura y que no se debía a otra cosa que a la semejanza que guardaba con la caligrafía del propio Curwen. Consideraron los alienistas aquella semejanza como propia de una fase imitativa característica del tipo de manía que padecía el joven, y se negaron a concederle importancia, ni en sentido positivo ni afirmativo. Ante la prosaica actitud de sus colegas, Willett aconsejó al señor Ward que no les mostrara la carta que llegó de Rakus, Transilvania, el día 2 de abril, dirigida al doctor Allen, y que mostraba una caligrafía tan semejante a la del volumen en clave de Hutchinson que el padre y el médico se detuvieron unos instantes, espantados, antes de abrir el sobre. Decía la carta:

Castillo de Ferenczy

7 de marzo de 1928

Querido C.:

Subido ha en el día de hoy un escuadrón de 20 soldados con el fin de interrogarme acerca de lo que sobre mí se murmura en el lugar. Debo pues excavar más y obrar con mayor sigilo. Son estos rumanos gente difícil, muy otra de aquellos húngaros a quienes se podía comprar con alimentos y buen vino. Envióme M. hará un mes el sarcófa*go de las Cinco Esfinges de la Acrópolis y por tres veces he hablado con Lo Que en él estaba inhumado. Tan luego como acabe, lo enviaré a Praga, a S. O., quien lo remitirá a su merced. Mostróse testarudo, pero ya sabemos cómo tratar a los que tal naturaleza manifiestan. Juzgo prudente en extremo su decisión de no conservar tantos Custodios que puedan ser hallados en caso de Dificultad, como bien recordará su merced por propia experiencia. Podrá así trasladarse a otro emplazamiento con más facilidad, aunque hago votos por que no se vea en tal necesidad. Mucho me alegra que no trafique tanto su merced con Los del Exterior, pues hay en ello Peligro de Muerte y no hemos olvidado lo que ocurrió cuando pidió protección a quien no quiso dársela. Mucho me felicito asimismo de que haya perfeccionado la fórmula hasta el punto de que Otro pueda recitarla con los debidos resultados. Ya Borellus anunciaba que así había de ocurrir si se pronunciaban las palabras exactas y adecuadas. ¿Usa a menudo de ellas el Muchacho? Mucho lamento que manifieste tantos escrúpulos, como ya me temí cuando le tuve aquí en mi compañía, pero confío en que su merced sabrá aplacarle, si no con Invocaciones, que sólo sirven para reducir a Aquellos que de las Sales se elevan, sí con mano fuerte, cuchillo y pistola. No son difíciles de cavar las tumbas, ni de preparar los ácidos apropiados. Informado estoy de que O. le ha prometido el envío de B. F. y mucho le encarezco me lo envíe a mi después. B. le visitará pronto y es posible que le proporcione el Objeto Oscuro hallado bajo la ciudad de Memphis. Le recomiendo que ponga el mayor cuidado en sus Invocaciones y desconfíe del Muchacho. No pasará un año antes de que podamos convocar a las Legiones Inferiores y entonces nuestro poder no tendrá límite. Ruégole que deposite en mí su confianza y recuerde que O. y yo hemos dispuesto de 150 años más que su merced para estudiar estas materias.

Nephreu-Ka nai Hadoth

E. H

J. Curwen.

Providence.

Pero si Willett y Ward se abstuvieron de mostrar aquella carta a los alienistas, no por ello dejaron de actuar por su cuenta. Ni el más sabio y erudito de los mortales podía negar que el barbudo doctor Allen, el cual había descrito Charles en su frenética carta como una monstruosa amenaza, se hallaba en estrecho contacto con dos seres inexplicables a los cuales había visitado Ward en el curso de sus viajes y que decían ser antiguos colegas de Curwen en Salem o reencarnaciones de ellos, que el doctor Allen se consideraba reencarnación del propio Joseph Curwen, y que albergaba siniestros propósitos con respecto a un «muchacho» que no podía ser otro que Charles Ward. Aquello era una pesadilla cuidadosamente planeada y, al margen de quién fuera responsable de ella, lo cierto es que Allen llevaba ahora la batuta. En consecuencia, y tras dar gracias al Cielo por el hecho de que Charles se hallara a salvo en la clínica, el señor Ward se apresuró a contratar a unos nuevos detectives para que averiguara n todo lo que pudieran acerca del barbudo doctor, en especial cuál era su procedencia, qué se sabía de él en Pawtuxet, y, a ser posible, su actual paradero. Les entregó la llave del bungalow que Charles le había dado al ingresar en la clínica y les encargó que registraran minuciosamente la habitación de Allen, la cual le había señalado su hijo cuando fueron a recoger sus objetos personales. Fue en la antigua biblioteca de Charles donde habló el señor Ward con los detectives contratados, quienes experimentaron una extraña sensación de alivio al salir de la habitación, pues parecía flotar en ella una vaga aura diabólica. Tal vez su impresión se debiera a lo que habían oído decir acerca del maligno personaje cuyo retrato colgara en una de las paredes de la biblioteca, tal vez a otra razón distinta e infundada, pero el caso es que todos creyeron detectar una especie de miasma intangible que a veces alcanzaba la intensidad de una emanación material.

<p><cite></cite>Una Pesadilla Y Un Cataclismo</p>
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Muy poco tiempo después de ocurrir los hechos mencionados, sobrevino la espantosa experiencia que dejó una huella indeleble en el alma de Marinus Bicknell Willett y que añadió una década a la edad que aparentaba aquel hombre cuya juventud había quedado ya muy atrás. Willett había conferenciado largamente con Ward y ambos habían llegado a un acuerdo sobre diversos puntos que sin duda los alienistas juzgarían ridículos. Admitieron que existía en el mundo una asociación terrible, cuya conexión directa con una nigromancia más antigua incluso que la brujería de Salem no podía ponerse en duda. Que por lo menos dos hombres —y otro en el cual ni se atrevían a pensar— estaban en absoluta posesión de mentes o personas que existían ya en 1690 ó incluso antes, era algo asimismo indiscutiblemente demostrado, a pesar de todas las leyes naturales conocidas. Lo que aquellas espantosas criaturas —además de Charles Ward— estaban haciendo o se proponían hacer quedaba bastante claro a juzgar por sus cartas y por todos los datos, relativos al pasado y al presente, que se conocían sobre el caso. Estaban saqueando tumbas de todas las épocas, incluidas las de los hombres más sabios y eminentes de la historia, con la esperanza de extraer de sus cenizas vestigios de la conciencia y erudición que un día les animara e informara.

Un espantoso comercio tenía lugar entre aquellos seres de pesadilla que adquirían huesos ilustres con el frío cálculo del estudiante que compra un libro de texto y que creían que aquel polvo centenario había de proporcionarles un poder y una sabiduría muy superiores a las que el mundo había visto nunca concretadas en un hombre o en un grupo. Habían descubierto medios sacrílegos para mantener vivos sus cerebros, bien en sus mismos cadáveres o en cadáveres distintos, y era evidente que habían descubierto el método de reavivar y absorber la conciencia de los muertos. Por lo visto había algo de cierto en lo que escribió aquel mítico Borellus acerca de la preparación, incluso a base de restos muy antiguos, de ciertas «Sales Esenciales» capaces de reavivar la sombra de seres muertos hacía mucho tiempo. Existía una fórmula para evocar la sombra en cuestión y otra para hacerla desaparecer de nuevo, y ambas las habían perfeccionado de tal modo que ahora podían enseñar a otros a recitarlas con éxito. Pero, al parecer, era menester andarse con cuidado en las evocaciones, pues las lápidas estaban en muchos casos cambiadas.

Willett y el señor Ward se estremecían al pasar de conclusión en conclusión. Había métodos también, al parecer, para atraer presencias y voces de lugares desconocidos lo mismo que de las tumbas, proceso sobre el que había que ejercer también mucha cautela. Joseph Curwen había evocado sin duda muchas cosas prohibidas, y en cuanto a Charles... ¿qué podían pensar de él? ¿Qué fuerzas procedentes de la época de Curwen o de «más allá de las esferas» le habían alcanzado para trastornar su mente? Estaba claro que había sido impulsado a hallar ciertas instrucciones que luego había utilizado. Había hablado con cierto hombre en Praga y permanecido largo tiempo con él en las montañas de Transilvania. Y, finalmente, debía haber encontrado la tumba de Joseph Curwen. Aquel artículo del periódico y los ruidos que su madre había oído durante la noche, eran demasiado significativos para pasarlos por alto. Charles había invocado la presencia de alguien, y ese alguien había atendido a su llamada. Aquella poderosa voz que resonó en la casa el Viernes Santo y aquellos tonos distintos que se oyeron en el cerrado laboratorio del desván... ¿no constituían acaso una espantosa prefiguración del temido doctor Allen y su susurro espectral? Sí, aquello era justamente lo que el señor Ward había intuido con vago horror en la conversación que había mantenido con aquel hombre —si era tal— por teléfono.

¿Qué diabólica voz o conciencia, qué morbosa presencia o sombra espectral había acudido en respuesta a los ritos secretos que ejecutaba Charles Ward tras esa puerta cerrada? Aquella discusión en que se distinguieron claramente las palabras «debe permanecer rojo tres meses». ¡Santo Cielo: ¿No había sido por entonces cuando había estallado la ola de vampirismo, cuando se había profanado la tumba de Ezra Weeden, cuando se habían oído gritos terribles en Pawtuxet? ¿Qué mente había planeado la venganza y había vuelto a descubrir la sede abandonada de antiguas blasfemias? Y luego el bungalow, y el forastero barbudo, y las murmuraciones y el miedo. Ni el señor Ward ni Willett podían explicarse la locura final de Charles, pero estaban convencidos de que la mente de Joseph Curwen había regresado a la tierra y continuaba su siniestra labor. ¿Era realmente una posibilidad la posesión demoníaca? Allen indudablemente tenía que ver con todo aquel asunto y los detectives tenían que averiguar algo más acerca de aquel hombre cuya existencia amenazaba la vida del joven. Entretanto, puesto que la existencia de una vasta cripta bajo el bungalow estaba virtualmente demostrada, habían de procurar encontrarla, y con tal fin Willett y el doctor Ward, conscientes de la actitud escéptica de los alienistas, decidieron llevar a cabo una exploración minuciosa y sin precedentes del bungalow, para lo cual acordaron encontrarse allí a la mañana siguiente provistos de herramientas y accesorios apropiados para la tarea que pensaban llevar a cabo.

La mañana del 6 de abril amaneció clara y los dos exploradores se encontraron a las diez en punto en el lugar acordado Abrieron con la llave del señor Ward y efectuaron un registro superficial del edificio. Del desorden que reinaba en la habitación del doctor Allen, dedujeron que los detectives ya habían hecho acto de presencia allí, y el señor Ward manifestó su esperanza de que hubieran encontrado alguna pista valiosa, Desde luego, lo más interesante era la bodega, de modo que los exploradores descendieron a ella sin mas dilación, recorriendo el mismo camino que cada uno de ellos había seguido por separado en compañía de Charles.

El suelo de tierra y las paredes de piedra de la bodega tenían un aspecto tan macizo e inocente, que la idea de que allí pudiera haber una abertura resultaba casi absurda. Willett reflexionó sobre el hecho de que la bodega actual había sido excavada en la ignorancia de que por debajo de ella existieran unas catacumbas, y que, por lo tanto, el pasadizo que comunicara con ellas, si es que lo había, tenía que ser obra del joven Ward y sus compañeros.

El doctor trató de ponerse en el lugar de Charles con el fin de averiguar cuál podría haber juzgado éste el lugar más propicio para dar comienzo a las excavaciones, pero el método no aportó ninguna inspiración. Se decidió después por el sistema de eliminación y examinó detenidamente toda la superficie del subterráneo en sentido vertical y horizontal, pulgada a pulgada. Las posibilidades quedaron así reducidas a una pequeña plataforma que había delante de los lavaderos, la cual ya había tratado de levantar anteriormente. Ahora, probando en todos los sentidos y ejerciendo doble presión, acabó por descubrir que la plataforma giraba y se deslizaba horizontalmente sobre un eje situado en una esquina. Debajo de la plataforma apareció una superficie de hormigón y lo que parecía ser una boca de acceso a niveles inferiores cubierta por una trampa de hierro hacia la cual se lanzó inmediatamente el señor Ward con excitado celo. No le costó mucho alzarla, y apenas lo había hecho cuando el doctor Willett reparó en el extraño aspecto que mostraba su acompañante. Oscilaba y cabeceaba como presa de un fuerte mareo provocado, como pronto descubrió el doctor, por la corriente de aire fétido que surgía de aquel agujero, Un momento después había caído al suelo desvanecido y el doctor Willett trataba de reanimarle rociándole el rostro con agua fría. El señor Ward reaccionó débilmente, pero era indudable que el aire pestilente de la cripta le había afectado seriamente. Willett, que no deseaba correr ningún riesgo inútil, se dirigió apresuradamente a Broad Street en busca de un taxi, en el cual envió a casa a su compañero sin prestar oídos a sus débiles protestas. Luego, sacó una linterna eléctrica, se tapó la boca y la nariz con una venda de gasa esterilizada y se dispuso a bajar a las profundidades recién descubiertas. La fetidez que emanaba de aquel agujero parecía haber amainado un poco, y así pudo arrojar el haz de luz de la linterna al interior. Se trataba, vio, de un pozo cilíndrico de paredes de cemento y escalerilla de hierro que iba a terminar en un tramo de viejos escalones de piedra, los cuales debieron emerger originalmente a la superficie un poco más al sur del actual edificio.

Willett admite francamente que, durante unos momentos, el recuerdo de lo que había oído acerca de Curwen le impidió descender a aquel maldito agujero. No pudo evitar pensar por unos segundos en lo que Luke Fenner había escrito sobre aquella monstruosa noche postrera. Luego, el sentido del deber se impuso a su miedo, y bajó llevando una gran maleta en la que pensaba guardar los papeles que pudiera encontrar. Lentamente, como correspondía a un hombre de su edad, bajó las escalerillas de hierro y llegó a los resbaladizos peldaños del fondo. La linterna le reveló que la mampostería era muy antigua, y sobre las paredes rezumantes de humedad vio el insalubre musgo acumulado durante siglos. Los peldaños profundizaban en las entrañas de la tierra, no en espiral, sino en tres bruscos giros, y entre tales angosturas que apenas había espacio en aquel pasadizo para dos hombres. Llevaba contados unos treinta escalones, cuando llegó a sus oídos un leve sonido. A partir de ese momento, ya no pudo contar más.

Era un sonido impío, uno de esos insidiosos ultrajes de la naturaleza que no tienen razón de ser. Calificarlo de lamento opaco, de gemido de un condenado, o de aullido desesperanzado en que se aunaban la angustia y el dolor de una carne sin mente, no habría bastado para describir su calidad esencial de repugnante ni para explicar el espanto que despertaba en el espíritu. ¿Era aquello lo que Ward se había detenido a escuchar el día que se lo llevaron del bungalow? Era el sonido más impresionante que Willett había oído en su vida. Procedía de algún lugar indeterminado y siguió oyéndolo mientras llegaba al pie de la escalera y proyectaba la luz de su linterna sobre las paredes de un pasadizo cubierto de cúpulas ciclópeas y taladrado por numerosos arcos negros. El vestíbulo en el cual se hallaba ahora tenía unos catorce pies de altura y unos diez o doce de anchura. El pavimento era de losas toscamente talladas y las paredes y el techo de mampostería revocada. Era imposible calcular su longitud, pues se prolongaba hacia delante hundiéndose en la oscuridad. Algunos de los arcos tenían una puerta de tipo colonial mientras que otros carecían de ella.

Sobreponiéndose al miedo que despertaban en él la fetidez y los extraños gemidos, Willett comenzó a explorar aquellos arcos uno por uno, hallando tras ellos sendas estancias de regulares dimensiones y bóveda de piedra, estancias aparentemente dedicadas a los más extraños usos. La mayoría de ellas tenían chimeneas cuyo diseño habría podido ser objeto de un interesante estudio de ingeniería. Willett no había visto nunca instrumentos, o atisbos de instrumentos, como los que allí surgían a cada paso entre el polvo y las telarañas acumulados durante siglo y medio, en muchos casos evidentemente destrozados por los antiguos asaltantes de la granja. La mayoría de las estancias no parecían haber sido holladas por pies modernos y debían corresponder a las fases más primitivas de los experimentos de Joseph Curwen. Finalmente, llegó a una habitación más moderna, o al menos de reciente ocupación. Había en ella estufas de petróleo, estanterías de libros, mesas, sillas, armarios y un escritorio en el cual se amontonaban revistas y libros, tanto viejos como nuevos. Había en varios lugares candelabros y lámparas de aceite, y Willett, tras encontrar una caja de fósforos, encendió las que estaban preparadas para su uso.

La luz reveló, sin lugar a dudas, que aquella estancia era nada menos que el estudio o biblioteca de Charles Ward. Buena parte de los libros y muebles que encontró allí el doctor procedían de la mansión de Prospect Street. La sensación de familiaridad que recibió fue tan intensa que casi olvidó el hedor y los extraños sonidos, los cuales eran allí más intensos de lo que habían sido al pie de la escalera. Su primera tarea, tal como había proyectado, consistió en buscar y recoger todos los documentos que parecieran de vital importancia y de un modo especial los que Charles había descubierto detrás del retrato de Joseph Curwen en la casa de Olney Court. Mientras rebuscaba entre papeles y documentos, alcanzó a vislumbrar las proporciones de la tarea que iba a representar el clasificar y descifrar todo aquel material, pues archivo tras archivo estaban todos atestados de papeles que mostraban curiosos dibujos y caligrafías cuyo estudio exigiría meses, si no años, de trabajo. En un momento dado encontró varios paquetes de cartas con matasellos de Praga y de Rakus y que mostraban la escritura característica de Orne y de Hutchinson, todo lo cual dejó a un lado para llevárselo con él después en la maleta.

Al fin, en un secreter de caoba que en otros tiempos había adornado el hogar de los Ward, descubrió Willett los documentos de Curwen, los cuales reconoció por habérselos mostrado Charles en una ocasión muy brevemente. El joven los había conservado juntos tal y como estaban cuando los encontró, pues allí estaban todos los títulos que recordaban los obreros que habían presenciado el hallazgo, exceptuando los documentos dirigidos a Orne y a Hutchinson y la clave para descifrarlos. Willett lo metió todo en la maleta y continuó la búsqueda. Dado que lo más importante era el estado actual del joven Ward, centró su investigación en el material más nuevo y fue entonces cuando descubrió un hecho curioso: que los manuscritos más recientes de puño y letra de Charles se remontaban a dos meses antes. Había, en cambio, resmas y resmas de hojas cubiertas de símbolos y fórmulas, notas históricas y comentarios filosóficos escritos con una caligrafía absolutamente idéntica a la que mostraban los antiguos escritos de Joseph Curwen, aunque eran evidentemente modernas. Estaba claro que en fechas recientes Charles se había dedicado a imitar la caligrafía de su antepasado alcanzando en ello una maravillosa perfección. De una tercera mano, que podía haber sido la de Allen, no había el menor rastro. Si es que era el cerebro rector, debió obligar al joven a que actuara como amanuense suyo.

Entre aquel material nuevo, una fórmula mística o, mejor dicho, un par de fórmulas, aparecían con tanta frecuencia que Willett se las sabía de memoria antes de dar por terminada su búsqueda. Consistían en dos columnas paralelas, la de la izquierda encabezada por el símbolo arcaico conocido con el nombre de «Cabeza de Dragón» y utilizado en almanaques para señalar el nodo ascendente, y precedida la de la derecha por el signo correspondiente a la «Cola de Dragón» o nodo descendente. De forma casi inconsciente cayó en la cuenta el doctor de que los símbolos de la segunda columna eran los de la primera pero escritos al revés, exceptuando los monosílabos finales y el extraño nombre de Yog-Sothoth, el cual había aprendido a distinguir del resto de las fórmulas relacionadas con aquel horrible asunto. De que eran éstas exactamente las que aquí se reproducen, responde el doctor Willett, en cuya memoria despertó la primera un eco extrañamente desagradable que identificó después cuando recordó los acontecimientos del horrible Viernes Santo del año anterior.

Y’AI’NG’NGAH

YOG-SOTHOTH

H’EE — L’GEB

F’AI THRODOG

UAAAH

OGTHROD AI’F

GEB’L —EE’H

YOG-SOTHOTH

‘NGAH’NG AI’Y

ZHRO

Con tanta frecuencia se repetían las fórmulas que sin darse cuenta el doctor comenzó a recitarlas en voz baja. Al fin creyó haber encontrado todos los documentos que por el momento necesitaba y decidió no examinar ninguno más hasta que pudiera traer a todos los escépticos alienistas en masa y llevar a cabo con ellos una investigación más amplia y sistemática. Tenía que encontrar aún el laboratorio oculto, de modo que, dejando su maleta en la estancia iluminada, volvió a internarse en el oscuro pasadizo en cuyas bóvedas seguían resonando sin cesar aquellos apagados y espantosos lamentos.

Las estancias contiguas estaban abandonadas o llenas de cajones rotos y ataúdes de plomo de aspecto ominoso, pero no pudo por menos de impresionarle la magnitud de la tarea que allí había llevado a cabo Curwen. Pensó en los esclavos y marineros que habían desaparecido, en las tumbas profanadas en todas partes del mundo, y en lo que debió ser aquella expedición final contra la granja, y decidió que era mejor no recordar más aquello. De pronto se encontró ante una gran escalera de piedra que, según dedujo, debía conducir a uno de los edificios contiguos a la granja, tal vez a aquel famoso edificio de piedra dotado de estrechas troneras en vez de ventanas. La fetidez y los extraños lamentos aumentaron de intensidad. Willett comprobó que había llegado a un amplio espacio abierto, tan grande que la luz de su linterna no bastaba para iluminarlo, y mientras avanzaba tropezó con unas recias columnas que sostenían los arcos del techo.

Poco después llegó a un círculo de columnas agrupadas como los monolitos de Stonehenge, con un gran altar colocado en el centro sobre una base de tres peldaños. Las figuras talladas en aquel altar eran tan curiosas que Willett se acercó a estudiarlas con su linterna, pero cuando vio lo que eran, retrocedió estremeciéndose y no quiso detenerse a investigar las manchas oscuras que salpicaban la superficie superior y caían por los lados a guisa de regueros. Siguió adelante y encontró la pared opuesta perforada por unos cuantos arcos y horadada por una miríada de pequeñas celdas con verjas de hierro, en el interior de las cuales colgaban de los muros cadenas de hierro rematadas por argollas de diversos tamaños. Aquellas celdas estaban vacías, y, sin embargo, la horrible fetidez y los lúgubres lamentos continuaban asediando al doctor con más insistencia que nunca.

<p>2</p>

No pudo Willett apartar su atención por más tiempo de aquel espantoso hedor y de aquellos pavorosos sonidos que llegaban a aquel gran vestíbulo de columnas más claros y horribles que a cualquier otro lugar del subterráneo, y que parecían proceder de regiones aún más profundas. Antes de inspeccionar uno por uno todos los arcos en busca de una escalera que pudiera conducir hasta ellas, el doctor recorrió con el haz de luz de su linterna el enlosado suelo. A intervalos regulares, había losas taladradas por pequeños agujeros distribuidos caprichosamente, mientras que en un rincón halló una escalera de mano de la cual parecía desprenderse gran parte de aquel olor nauseabundo que lo llenaba todo. Mientras avanzaba lentamente, Willett creyó observar que los sonidos y la fetidez eran mucho más intensos encima de las losas perforadas, como si estas últimas fueran burdas trampillas que condujeran a una región del horror hundida en las entrañas de la tierra. Se arrodilló junto a una de ellas y trato de levantarla. Apenas había comenzado a intentarlo cuando los lamentos subieron de tono, y sólo sobreponiéndose a sus temblores logró el doctor Willett perseverar en su intento. Un hedor insoportable se filtraba a través de aquellos agujeros, y la cabeza comenzó a darle vueltas cuando al fin, tras apartar la losa, proyectó la luz de su linterna hacia la oscura oquedad que había quedado al descubierto.

Si esperaba encontrar un tramo de peldaños que descendieran hacia una sima de abominación, Willett quedó decepcionado, ya que lo único que pudo ver fue la pared de ladrillos de un pozo cilíndrico de una yarda y media, aproximadamente, de diámetro y desprovisto de todo medio de descenso. Mientras la luz buscaba en el fondo de aquel pozo, los lamentos se transformaron en horribles aullidos. Willett tembló, incapaz por un momento de enfrentarse con el espanto que podía acechar en aquel abismo, pero inmediatamente reaccionó, y sacando fuerzas de flaqueza reunió el valor necesario para asomarse al pozo e introducir la linterna en el interior, hasta donde le alcanzaba el brazo, para ver lo que había en el fondo. Durante unos segundos no pudo distinguir más que la viscosa pared de ladrillo cubierta de musgo que se hundía indefinidamente en aquella miasma semitangible de lobreguez, hedor y angustiado frenesí. Luego vio que algo saltaba torpe y furiosamente en el fondo del angosto foso de unos veinte o veinticinco pies de profundidad. La linterna tembló en su mano, pero miró de nuevo para ver qué clase de ser viviente podía morar en la oscuridad de aquel pozo artificial, una criatura viva abandonada allí por el joven Ward cuando los médicos se lo llevaron al hospital y, evidentemente, una de las muchas aprisionadas en los numerosos fosos excavados en la amplia caverna abovedada. Fueran lo que fuesen, no podían tenderse en tan reducido espacio. Aquellas espantosas semanas desde que su dueño les abandonara, debían haberlas pasado agazapados, saltando, gimiendo y esperando.

Pero Marinus Bicknell Willett lamentó toda su vida haber mirado de nuevo, porque a pesar de su larga experiencia como cirujano y de su veteranía en las salas de disección, desde entonces no ha vuelto a ser el mismo. Resulta difícil explicar cómo la visión de un objeto tangible y de dimensiones mensurables pudo cambiar a un hombre hasta tal punto. Lo único que podemos decir es que en torno a ciertos perfiles y entidades flota un poder de simbolismo y sugestión que actúa sobre las perspectivas de un pensador sensible y susurra terribles alusiones a oscuras relaciones cósmicas y a realidades indescriptibles que existen más allá de la ilusión protectora que supone la visión normal. Y fue uno de aquellos perfiles o entidades lo que vio Willett al mirar por segunda vez, y por unos instantes perdió la razón tanto como cualquiera de los pacientes del hospital del doctor Waite. Su mano, desprovista de pronto de fuerza muscular y coordinación nerviosa, dejó caer la linterna, pero sus oídos no llegaron a percibir el espantoso sonido de un masticar de muelas que delataba el destino que ésta había encontrado en el fondo del pozo. Gritó y gritó, y el pánico transformó su tono habitual en una voz de falsete que ni sus amigos más íntimos habrían reconocido. Al ver que no podía ponerse en pie, rodó desesperadamente sobre el húmedo pavimento al que se abrían docenas de pozos tartáreos que arrojaban a la superficie, en respuesta a sus gritos demenciales, exhaustos lamentos y horribles aullidos. Se desolló las manos sobre las ásperas losas y se golpeó la cabeza contra las numerosas columnas, pero siguió avanzando. Lentamente fue recobrando el dominio de sí mismo. Estaba empapado en sudor, sumido en un abismo de negrura y de horror, sin nada con que iluminarse y atormentado por una imagen que ya nunca podría desterrar de su memoria. Bajo sus pies, docenas de aquellos seres continuaban vivos y ahora uno de los fosos estaba abierto. Sabía que lo que había visto no podía trepar por aquellos muros resbaladizos, pero se estremecía ante la posibilidad de que existiera alguna escalerilla que le hubiera ocultado la oscuridad.

No sabría decir qué era aquel ser. Se asemejaba a las figuras talladas en el diabólico altar, pero estaba vivo. La Naturaleza no había podido darle aquella forma, pues se trataba, sin duda, de una criatura inacabada. Las deficiencias eran del tipo más sorprendente y las anormalidades de proporción hacían imposible toda descripción. Willett sólo se atreve a decir que debía representar a las identidades que Ward había invocado a partir de sales imperfectas y que mantenía para fines serviles o ritualistas. De no haber tenido un significado concreto, su imagen no habría aparecido tallada en aquel altar maldito. Cierto que no era aquello lo peor que se representaba en el ara, pero tampoco Willett había abierto el resto de los fosos. En aquel momento, la primera idea que le vino a la cabeza fue un párrafo de uno de los documentos relativos a Curwen y que había digerido hacía ya tiempo, una frase de aquella portentosa carta escrita por Simon o Jedediah Orne, confiscada por los ciudadanos de Providence, y dirigida al desaparecido brujo. Decían aquellas líneas: «Ciertamente fue muy grande el espanto que provocara en él la forma que evocara a partir de aquello de lo que pudo conseguir sólo una parte.»

Luego, sin desplazar esta imagen, sino más bien superponiéndose a ella, acudió a su memoria el recuerdo de los rumores que corrieron acerca de aquel ser quemado y retorcido hallado en pleno campo una semana después de la expedición contra la granja de Curwen. Charles Ward le había dicho en cierta ocasión que según el testimonio del viejo Slocum, aquella criatura no era ni completamente humana ni semejante a ningún animal conocido por los habitantes de Pawtuxet.

Aquellas palabras zumbaron en la mente del doctor mientras se arrastraba por el húmedo suelo de piedra. Trató de rechazarlas y con tal fin musitó un Padrenuestro en voz baja, oración que degeneró en un batiburrillo semejante a la poesía moderna de La tierra baldía de Eliot y acabó con la continua repetición de la doble fórmula que había encontrado en la biblioteca subterránea de Ward: «Y’ai’ng’ngah, Yog-Sothoth» hasta el «Zhro» final. Aquello pareció tranquilizarle y al cabo de unos instantes se puso en pie tambaleándose, lamentando amargamente la pérdida de la linterna y mirando desesperado a su alrededor en busca de un rayo de luz que abriera la impenetrable negrura que le rodeaba. Había decidido no pensar, pero aguzaba la vista mirando en todas direcciones, tratando de localizar algún tenue destello de la brillante iluminación que había dejado en la biblioteca. Al cabo de un rato, creyó percibir una tenue claridad infinitamente lejos, y hacia ella se arrastró de rodillas en medio de la espantosa fetidez y los horribles lamentos, tropezando a cada instante con alguna columna y temiendo caer en el abominable pozo que había dejado descubierto.

En un momento determinado, sus dedos temblorosos toparon con lo que imaginó debía ser uno de los peldaños que conducían al diabólico altar, y retrocedió con espanto. Más tarde tropezó con la losa que había levantado y su horror no fue para ser descrito. Pero lo que había en el pozo ni se movió ni emitió el menor sonido. Por lo visto la linterna no le había sentado muy bien. Cada vez que Willett tocaba una de las losas perforadas, se estremecía. Su paso por encima de ellas provocaba en ocasiones un aumento en la intensidad de los lamentos que resonaban debajo, pero por lo general no producían ningún efecto, pues se movía con el mayor sigilo.

En varias ocasiones, durante su avance, reparó en que la leve claridad hacia la cual se dirigía disminuía perceptiblemente y comprendió que las velas y lámparas que había dejado encendidas debían estar expirando una por una. La idea de encontrarse perdido en medio de la más completa oscuridad, sin un solo fósforo y en aquel mundo subterráneo de laberintos de pesadilla le impulsó a ponerse en pie y echar a correr, lo cual podía hacer impunemente ahora que había pasado ya junto al pozo abierto. Sabía que si todas las luces llegaban a apagarse, su única esperanza de supervivencia residía en la expedición que el señor Ward pudiera enviar para rescatarle al ver que transcurría el tiempo sin tener noticias suyas.

Súbitamente se encontró el doctor de nuevo en el angosto pasadizo que iba a desembocar en la amplia caverna y pudo constatar que la claridad procedía de una puerta que se encontraba a su derecha. Al cabo de unos instantes traspasaba el umbral de aquella puerta y, temblando de alivio, entraba una vez más en la biblioteca secreta del joven Ward y contemplaba el chisporroteo de la lámpara que le había guiado hasta el puerto de salvación.

<p>3</p>

Momentos después, llenó apresuradamente de petróleo las lámparas apagadas y, apenas volvió a estar la habitación brillantemente iluminada, miró a su alrededor buscando una linterna con la cual continuar sus exploraciones. A pesar de la impresión de horror que le sobrecogía, estaba firmemente decidido a no dejar piedra sin remover en su investigación de los espantosos hechos que habían provocado la locura de Ward. Al no encontrar una linterna, escogió la más pequeña de las lámparas, se llenó los bolsillos de velas y fósforos, y cogió también una lata de petróleo para utilizarla si llegaba a encontrar el laboratorio oculto más allá del terrible vestíbulo con su blasfemo altar y sus horribles pozos. Cruzar de nuevo aquel espacio exigía una gran fortaleza de ánimo, pero Willett sabía que tenía que hacerlo. Afortunadamente, ni el ara diabólica ni el foso abierto se hallaban cerca de la pared horadada con celdas que rodeaba la caverna y cuyos negros y misteriosos arcos habían de constituir el primer objetivo de una investigación lógica.

De modo que Willett regresó a aquel vestíbulo inundado de fetidez y de angustiados lamentos y bajó la mecha de la lámpara para evitar ver siquiera a distancia el diabólico altar o el pozo descubierto. La mayoría de los arcos conducían a cámaras pequeñas, unas completamente vacías y otras que evidentemente se utilizaban como almacén. En varias de estas últimas vio una acumulación muy curiosa de los más diversos objetos. Una estaba llena de prendas de vestir semipodridas y cubiertas de polvo, y no fue pequeño el horror del doctor Willett cuando comprobó que aquellas prendas habían sido utilizadas hacía siglo y medio. En otra habitación halló ropas de época más reciente que parecían haber sido almacenadas allí para equipar a un gran número de hombres. Pero lo que más le repugnó fueron unas enormes cubas de cobre con siniestras incrustaciones que encontró diseminadas por varias de las cámaras. Le inquietaron aún más que los cuencos de plomo llenos de extraños residuos y que despedían un hedor repugnante, perceptible incluso en medio de la fetidez general de la cripta. Cuando hubo registrado casi palmo a palmo la mitad de aquel muro circular, Willett descubrió otro pasadizo semejante al que daba entrada a la cripta y al cual se abrían numerosas puertas.

Después de penetrar en tres estancias de tamaño mediano y variado contenido, llegó a una habitación amplia y de forma oblonga, llena de cubetas, crisoles, instrumental químico moderno y numerosos libros. Los muros estaban forrados de estanterías ocupadas por recipientes y botellas de todos los tamaños. Aquél era, sin lugar a dudas, el laboratorio de Charles Ward y el que habla utilizado asimismo Curwen hacía siglo y medio.

Luego de encender las tres lámparas que encontró llenas y preparadas, el doctor Willett examinó el lugar y todo lo que contenía con el mayor interés, observando que, a juzgar por los numerosos reactivos que figuraban en las estanterías, las investigaciones del joven Ward habían estado relacionadas con alguna rama de la química orgánica. Muy poco era lo que podía deducirse de los aparatos que allí se encontraban y entre los cuales se hallaba una mesa de disección que ocupaba el centro de la estancia, de modo que en este sentido el laboratorio constituyó para el doctor Willett una gran decepción. Encontró entre los libros un manoseado ejemplar de la obra de Borellus, y no fue pequeña la sorpresa del médico al observar que Ward había subrayado precisamente aquel mismo párrafo que tanto impresionara ciento cincuenta años antes al bueno del señor Merritt en la granja de Pawtuxet. No era aquél, sin embargo, el ejemplar antiguo, pues éste había sido destruido durante el asalto al laboratorio de Curwen. En las paredes de la estancia se abrían tres arcos que el doctor examinó sucesivamente. Dos de ellos conducían a sendos almacenes repletos de ataúdes en diversos estados de conservación, provistos todos ellos de placas de identificación, dos o tres de las cuales se detuvo Willett a descifrar experimentando un estremecimiento ante el significado de aquellas inscripciones. Había también varios cajones nuevos y cuidadosamente clavados que no se detuvo a examinar. Quizá lo más interesante fueran algunas piezas sueltas, muy estropeadas y que a juzgar de Willett debieron formar parte de los aparatos del antiguo laboratorio de Curwen. A pesar de los daños que habían sufrido durante el asalto a la granja, aún podía reconocerse en ellos los trebejos químicos del período georgiano.

El tercer arco conducía a una estancia algo mayor cuyas paredes estaban llenas de estanterías y en cuyo centro había una mesa sobre la que reposaban dos lámparas. Willett las encendió y a su luz estudió los interminables estantes que le rodeaban. Algunos de ellos estaban completa mente vacíos, pero la mayoría aparecían ocupados por pequeños recipientes de plomo de dos formas distintas: unos altos y sin asas, semejantes a un lekythos griego, y otro con una sola asa, del tipo phaleron. Todos estaban provistos de tapas de metal y cubiertos por extraños símbolos grabados en bajorrelieve. Al cabo de unos instantes el médico cayó en la cuenta de que aquellos recipientes estaban clasificados cuidadosamente. Todos los lekythos estaban a un lado de la habitación bajo un gran cartel de madera en que se leía la palabra «Custodios», y todos los phaleron al otro, bajo un rótulo similar que decía «Materia». Cada uno de los recipientes llevaba una etiqueta con un número que, al parecer, hacía referencia a un catálogo, en vista de lo cual Willett se propuso emprender la búsqueda de aquel inventario. De momento, sin embargo, le interesaba más averiguar cuál era el contenido de aquellos recipientes. Abrió varios de ellos elegidos al azar con resultado invariable. Todos contenían una pequeña cantidad de una sola clase de sustancia: un polvo finísimo de muy leve peso y de color neutro aunque con diversos matices. Era evidente que la ordenación de los recipientes no respondía a esta tenue variación de tono, pues un polvo gris azulado podía estar al lado de otro rosado, y el polvo contenido en un phaleron podía tener un duplicado exacto en un lekythos. La característica más marcada de aquel polvo, era su total falta de adherencia. Willett podía verterlo en la palma de la mano, y devolverlo después al recipiente sin que quedara entre sus dedos el menor residuo.

El significado de los dos letreros le intrigó y se preguntó por qué motivo estarían aquellas sustancias químicas tan radicalmente separadas de las que había visto en otros recipientes en el laboratorio propiamente dicho, y de pronto le vino a la memoria dónde había visto la palabra «custodios» en relación con este espantoso misterio. Había sido, naturalmente, en la carta dirigida recientemente al doctor Allen y que parecía ser de puño y letra de Edward Hutchinson, y las líneas en cuestión decían: «Juzgo prudente en extremo su decisión de no conservar tantos Custodios que puedan ser hallados en caso de Dificultad, como bien recordará su merced por propia experiencia.» ¿Qué significarían estas palabras? Pero, cuidado, ¿no había oído alguna vez una palabra semejante en relación con todo aquel asunto? ¿Cómo no le había venido a la memoria a1 leer la carta de Hutchinson? En los días en que Ward aún le hablaba de sus investigaciones, le había dicho que en el diario de Eleazar Smith se mencionaban fragmentos de conversaciones que habían tenido lugar en el interior de la granja, diálogos terribles en los que intervenían Curwen, varios cautivos, y los guardianes de aquellos cautivos.

De modo que aquello era lo que contenían los lekythos: el fruto monstruoso de sacrílegos ritos, las «sales» a que aludía Borellus. Willett se estremeció al pensar en lo que había tenido entre sus manos y por un momento le acometió la tentación de huir de aquella caverna repleta de estanterías en cuyos anaqueles yacían innumerables centinelas silenciosos y quizá vigilantes. Luego pensó en la «Materia», en el infinito número de recipientes del tipo phaleron que había al otro lado de la estancia. Sales, también... pero si no eran sales de «custodios», ¿qué otra clase de sales podían ser? ¡Santo Cielo! ¿Sería posible que se hallaran allí las reliquias mortales de la mitad de los grandes pensadores de todas las épocas, arrancadas por manos impías de las tumbas donde el mundo las creía seguras, y sujetas a la llamada y el interrogatorio de unos locos que pretendían asimilar sus conocimientos guiados por algún propósito que, como decía el pobre Charles en su carta, podía afectar a «la civilización, las leyes naturales, quizá incluso a la suerte del sistema solar y todo el universo»? ¡Y él, Marinus Bicknell Willett, había tenido aquel polvo entre sus manos!

Reparó después en una pequeña puerta que había al fondo de la habitación y se tranquilizó lo suficiente como para acercarse a ella y examinar la burda figura grabada sobre el dintel. Era sólo un símbolo, pero al verlo el doctor se estremeció recordando el día en que un amigo suyo le había dibujado aquella misma figura en un papel y le había explicado lo que significaba en los oscuros abismos del sueño. Era el signo de Koth, aquel que ven los soñadores sobre el arco de entrada de cierta torre negra que se yergue solitaria en medio de la penumbra... y a Willett no le había gustado lo que su amigo Randolph Carter le había dicho acerca de sus poderes. Pero pronto se olvidó de aquel símbolo al percibir un nuevo hedor en el aire. Se trataba de un olor de origen químico y no animal y procedía de la habitación situada al otro lado de la puerta. Aquella era sin duda la fetidez que empapaba las ropas de Charles Ward el día en que se lo llevaron los médicos. ¿De modo que era allí donde se hallaba cuando recibió la visita de los alienistas? Se había mostrado mucho más prudente que Joseph Curwen, ya que no había ofrecido la menor resistencia. Willett, decidido a investigar todos los horrores y pesadillas que el siniestro subterráneo pudiera depararle, empuñó la pequeña lámpara y cruzó el umbral. Una ola de indescriptible terror le rodeó, pero luchó denodadamente por no gritar y sobreponerse a ella. Al fin y al cabo allí no había nada vivo que pudiera causarle daño, y, por otra parte, estaba dispuesto a lo que fuera con tal de descifrar el misterio que envolvía a su paciente.

La habitación en la cual acababa de entrar era de tamaño mediano y carecía de muebles, a excepción de una mesa, una silla y dos grupos de extrañas máquinas con abrazaderas y ruedas que Willett reconoció como instrumentos medievales de tortura. A un lado de la puerta había un montón de látigos y junto a ellos unos estantes en los que se alineaban varios recipientes de plomo semejantes a los i lekythos griegos. Al otro, había una mesa, y sobre ella una potente lámpara de Argand, un bloc de notas, un lápiz y dos de los lekythos de la estantería de la otra habitación. Willett encendió la lámpara y examinó minuciosamente el bloc para ver qué notas estaba tomando Charles cuando fue interrumpido por los alienistas, pero no pudo entender más que unas cuantas palabras escritas con la extraña caligrafía de Curwen y que no arrojaban ninguna luz sobre el caso en conjunto. Decían lo siguiente:

«B. no habló. Escapar pudo a través de los muros y halló el lugar profundo.»

«Vi al viejo V. recitar el Sabaoth y aprendí la Manera.»

«Invocado he por tres veces la presencia de Yog-Sothoth y al tercer día cedió.»

«Necesario es que F. confiese lo que sabe acerca del modo de invocar a Los del Exterior.»

La potente lámpara de Argand iluminaba toda la habitación y así fue como el doctor pudo ver en la pared situada frente a la puerta, en el espacio que quedaba entre los dos grupos de instrumentos de tortura, una serie de colgadores de los que pendían túnicas de un blanco amarillento. Pero mucho más interesantes le resultaron las dos paredes laterales, las cuales estaban cubiertas de símbolos místicos y de fórmulas burdamente talladas en la piedra. Había también símbolos grabados en el suelo, entre los cuales destacaba un enorme pentágono que ocupaba el centro exacto de la habitación, y sendos círculos de unos tres pies de diámetro situados en un punto equidistante de cada una de las cuatro esquinas del cuarto y el pentágono central. En uno de aquellos cuatro círculos, muy cerca del lugar donde vio Willett caída en el suelo una túnica amarillenta, había un recipiente kylyk como los que se alineaban en la estantería colocada junto a los látigos, y fuera del círculo, aunque muy próximo a él, uno de los recipientes phaleron de la habitación contigua con una etiqueta que llevaba el número 118. Este último recipiente estaba destapado y Willett comprobó que no contenía nada en su interior. Pero comprobó también con un estremecimiento que el otro no estaba vacío, sino que contenía una pequeña cantidad de polvos de un color verdoso. Un escalofrío recorrió el cuerpo del médico mientras relacionaba mentalmente los elementos y antecedentes relacionados con aquella escena. Los látigos y los instrumentos de tortura, las sales de los recipientes que correspondían a «materia», los dos lekythos de las estanterías alineadas bajo la palabra «Custodios», las túnicas, las fórmulas grabadas en las paredes, las notas del bloc, las sospechas que habían despertado las cartas y leyendas, y los millares de dudas y suposiciones que habían atormentado a los amigos y a los padres de Charles Ward... todo aquello envolvió al doctor como una ola de horror mientras contemplaba el polvo verdoso contenido en el recipiente de plomo.

Sin embargo, y gracias a un esfuerzo sobrehumano, consiguió dominarse y empezó a estudiar las fórmulas grabadas en las paredes. Era evidente que habían sido talladas en la época de Joseph Curwen, y el texto no podía por menos que resultar familiar a un hombre que tanto había leído sobre tal personaje y que estuviera familiarizado con la historia de la magia. En una de ellas reconoció el doctor inmediatamente la que la señora Ward oyera canturrear a su hijo aquel malhadado Viernes Santo del año anterior y que una autoridad en la materia le había descrito como terrible invocación dirigida a los dioses secretos que moran más allá de la esfera de la normalidad. No figuraba allí exactamente tal y como la señora Ward la había repetido, ni siquiera como aparecía en la versión que aquel experto en la materia le mostrara en las páginas prohibidas de «Eliphas Levi», pero era indiscutiblemente la misma, y Willett se estremeció de horror al reconocer en ella palabras tales como Sabaoth, Metraton, Almonsin y Zariatnamik.

La fórmula en cuestión estaba grabada en el muro situado a la izquierda de la entrada. El de la derecha estaba igualmente cubierto de invocaciones que Willett reconoció gracias a las notas que había encontrado en la biblioteca. Eran de hecho casi idénticas a éstas e iban igualmente encabezadas por los antiguos símbolos de «Cabeza de dragón» y « Cola de dragón», como en las notas de Ward, pero la ortografía variaba mucho de la versión moderna, como si el viejo Curwen hubiera tenido un modo distinto de representar los sonidos o como si estudios posteriores hubieran dado como resultado variantes más perfectas y eficaces. El doctor trató de reconciliar la fórmula tallada en la piedra con la que resonaba persistentemente en su cabeza, y tras grandes trabajos logró conseguirlo. La que él sabía ya de memoria comenzaba «Y’ai’ng’ngah, Yog-Sothoth», mientras que la que se leía en el muro empezaba: «Aye, cngengah, Yogge-Sothotha» lo cual significaba una marcada alteración de la segunda palabra.

Aquella discrepancia le desconcertó y al poco comenzaba a recitar en voz alta la primera de las fórmulas tratando de reconciliar los sonidos que él recordaba con las letras que veía esculpidas en la piedra. Su voz se alzó extrañada y amenazadora en aquel abismo de misterios como siniestro contrapunto a los inhumanos lamentos que llegaban hasta él a través de la fetidez del aire y de la oscuridad.

Y’AI’NG’NGAH

YOG-SOTHOTH

H’EE-L’GEB F’AI

THRODOG UAAAH

Pero, ¿qué era aquel viento frío que se había levantado al son de su invocación? Las lámparas chisporrotearon como si fueran a apagarse y por unos instantes la oscuridad se hizo tan densa que las palabras esculpidas en la piedra de los muros casi se borraron de su vista. La habitación se llenó de humo y de un olor acre que ahogó por completo el hedor procedente de los fosos. Era un olor parecido al que Willett había percibido anteriormente, pero mucho más intenso y penetrante. Se volvió de espaldas a las inscripciones para enfrentarse con la estancia y su extraño contenido, y descubrió entonces que del recipiente que estaba en el suelo y que contenía el ominoso polvo de color verdoso, surgía una nube de vapor compacto, entre verde y negro, y de una opacidad y una densidad asombrosas.

¡Santo Cielo! ¡Aquel polvo correspondía a los anaqueles dedicados a «Materia»! ¿Qué estaba ocurriendo y qué había provocado aquel suceso? La fórmula que había estado recitando, la primera de las dos, la que correspondía a la Cabeza de Dragón, al nodo ascendente... ¡Dios bendito! ¿Podría ser...?

La cabeza le dio vueltas y por su cerebro cruzaron en vertiginosa sucesión las imágenes dispersas de todo lo que había visto, oído y leído en relación con el espantoso caso de Joseph Curwen y Charles Dexter Ward. «Encarézcole no llame a su presencia a nadie que no pueda hacer desaparecer... Tenga siempre su merced preparada la Invocación necesaria para ello y nunca confíe hasta estar bien seguro de Quién ha requerido a su presencia... Por tres veces he hablado con lo que en él estaba inhumado...» ¡Dios del Cielo! ¿Qué era aquella forma que se elevaba entre el humo?

<p>4</p>

Marinus Bicknell Willett no espera que crean su historia sino unos cuantos de sus amigos íntimos y, en consecuencia, sólo a ellos ha tratado de contarla. Las pocas personas ajenas a ese círculo que la han escuchado de sus labios, se han limitado a sonreír y a comentar que el doctor empieza a hacerse viejo. Le han aconsejado que se tome unas largas vacaciones y que en el futuro no vuelva a intervenir en casos de desequilibrio mental. Pero el señor Ward sabe que lo que dice el médico no es más que la terrible verdad. ¿Acaso no vio él con sus propios ojos la fétida abertura practicada en el suelo de la bodega del bungalow?. ¿Acaso el doctor Willett no le envió a su casa, trastornado y enfermo, hacia las once de aquella ominosa mañana? ¿Acaso no telefoneó al doctor inútilmente aquella noche y no se dirigió al bungalow a la mañana siguiente, encontrando a su amigo inconsciente, aunque ileso, tendido en la cama de uno de los dormitorios? Respiraba trabajosamente y cuando el señor Ward le hizo beber un poco de coñac, entreabrió lentamente los párpados, se estremeció y gritó: «¡Esa barba! ¡Esos ojos! ¡Dios mío! ¿Quién es usted?» palabras bastante extrañas teniendo en cuenta que las dirigía a un hombre perfectamente rasurado y de ojos azules, un hombre que conocía desde su infancia.

A la brillante claridad del mediodía, el bungalow no había cambiado en lo más mínimo desde la mañana anterior. Las ropas de Willett parecían en perfecto estado aparte de unas leves rozaduras en los codos y en las rodillas, y sólo un leve olor acre le recordó al señor Ward el hedor que despedía el traje de su hijo el día que le trasladaron al hospital. Faltaba la linterna del médico, pero su maleta seguía allí tan vacía como la había traído. Antes de dar ninguna explicación y haciendo, evidentemente, un gran esfuerzo moral, Willett descendió tambaleándose a la bodega y trató de correr la plataforma situada ante los lavaderos. No se movió. Acercándose al lugar donde el día anterior había dejado su saquito de herramientas, Willett cogió un escoplo y trató de hacer palanca. Se adivinaba bajo ella la capa de hormigón, pero nada indicaba que hubiera habido allí jamás una abertura. Esta vez el asombrado padre de Charles Ward que había seguido a su amigo, no tuvo ocasión de enfermar con las emanaciones del horrible agujero: ni pozo fétido, ni mundo de horrores subterráneos, ni biblioteca secreta, ni documentos de Curwen, ni laboratorio, ni estantes, ni fórmulas grabadas. Nada. El doctor Willett palideció y se apoyó en el brazo de su compañero.

—Ayer —murmuró— usted lo vio y lo olió, ¿verdad?

Y cuando el señor Ward, asombrado y aturdido, reunió las fuerzas suficientes para asentir con un gesto, el médico suspiró y asintió a su vez.

—Entonces voy a contárselo todo —dijo.

Por espacio de una hora y en la habitación más soleada que pudieron encontrar, el médico susurró su fantástica historia a aquel asombrado padre. No supo continuar una vez que hubo narrado la aparición de aquella extraña forma y hubo descrito cómo del recipiente de plomo se elevaba un vapor verde negruzco, y, por otra parte, estaba demasiado cansado para preguntarse qué había ocurrido.

Cuando acabó su relato, el señor Ward sugirió tímidamente:

—¿Cree que una excavación serviría de algo?

El doctor guardó silencio. No le parecía propio responder a esa pregunta cuando unas fuerzas procedentes de esferas desconocidas habían invadido esta orilla del Gran Abismo. Los dos hombres menearon la cabeza y el señor Ward preguntó:

—Pero, ¿dónde puede haberse metido? Es indudable que alguien le trajo aquí y que luego, de algún modo, selló la abertura...

Willett dejó de nuevo que el silencio respondiera por él.

Pero no fue aquello todo. Antes de abandonar el bungalow, al introducir el doctor una mano en el bolsillo para sacar el pañuelo, sus dedos tropezaron con un papel que no estaba allí antes de la expedición al subterráneo y que acompañaba a los fósforos y a las velas que había cogido en la desaparecida biblioteca. Era una hoja corriente, arrancada sin duda del bloc de notas que Willett había visto en aquella estancia, y los rasgos habían sido trazados con lápiz, probablemente el mismo que había visto junto al bloc. El texto les resultó incomprensible a los dos hombres a pesar de que reconocieron en él ciertos símbolos que les parecieron vagamente familiares.

Aquel breve mensaje y el misterio que entrañaba intrigó sobremanera a los dos amigos, quienes inmediatamente subieron al coche de Ward y dieron instrucciones al chófer para que les condujera primero a cenar a un sitio tranquilo y luego a la Biblioteca John Hay situada en la colina. No les fue difícil hallar allí buenos manuales de paleografía, que estudiaron detenidamente hasta que las luces brillaron en la gran araña. Al fin encontraron lo que buscaban. Aquella caligrafía no constituía una invención fantástica, sino que había sido la normal en un período muy oscuro. Correspondía a las minúsculas sajonas del siglo VIII y IX y traía con ella recuerdos de un tiempo inculto en que bajo la fresca corriente del cristianismo rebullían aún furtivamente creencias antiguas y viejos ritos, un tiempo en que la pálida luna de Britania era testigo a veces de extraños ritos celebrados entre las ruinas romanas de Caerleon y Hexhaus y junto a las torres desmoronadas del muro de Adriano. La lengua era el latín de aquellas edades bárbaras y el texto era el siguiente: «Corwinus mecandus est. Cadaver aqua forti dissolvendum, nec aliquid retinendum. Tace ut potes», lo que, traducido, significaba: «Curwen debe morir. El cadáver debe ser disuelto en agua fuerte sin que quede residuo alguno. Guarda el mayor silencio posible.»

Willett y el señor Ward quedaron mudos y desconcertados. Se habían enfrentado con lo desconocido y ahora descubrían que carecían de las emociones que a su juicio debían experimentar. En Willett especialmente, la capacidad de recibir nuevas impresiones parecía totalmente agotada, y así los dos hombres permanecieron sentados en silencio hasta que llegó la hora en que se cerró la biblioteca. Desde allí se dirigieron a la mansión de Prospect Street. El doctor se quedó en ella a pasar la noche y allí seguía el domingo cuando llamaron por teléfono los detectives encargados de la vigilancia del doctor Allen.

El señor Ward, que en ese momento paseaba nerviosamente por la habitación vestido con un batín, respondió personalmente a la llamada y, al saber que el informe que había solicitado estaba casi listo, citó a los detectives para primera hora de la mañana del día siguiente. Tanto Willett como él estaban deseosos de que el asunto llegara a su término, ya que cualquiera que fuese el origen del extraño mensaje que el doctor había encontrado en su bolsillo, una cosa parecía cierta: el Curwen que debía ser destruido no podía ser otro que el barbudo desconocido de gafas oscuras. Charles temía a aquel hombre y en la carta que había dirigido al médico había pedido que le matara y disolviera su cadáver en ácido. Además, Allen había estado carteándose con extraños personajes de Europa bajo el nombre de Curwen y era evidente que se consideraba una reencarnación del desaparecido nigromante. Ahora, de fuente nueva y desconocida, llegaba un mensaje en que se afirmaba que Curwen debía morir y que había que disolver su cuerpo en ácido. La relación entre todos aquellos sucesos era demasiado evidente y no podía ser ignorada. Por otra parte, ¿acaso Allen no planeaba asesinar al joven Ward siguiendo el consejo de ese individuo llamado Hutchinson? Desde luego que la carta que ellos habían visto no había llegado jamás a manos del barbudo colega de Charles, pero de su texto se deducía que Allen había trazado ya planes para deshacerse del joven en el momento en que éste mostrara demasiados «escrúpulos». En consecuencia había que detener a Allen y, aún en el caso de que no se adoptaran contra él medidas más drásticas, habría que encerrarle en un lugar desde el cual no pudiera infligir ningún daño al joven Ward.

Aquella tarde, con la infundada esperanza de extraer alguna información acerca de aquel misterio de la única persona capaz de proporcionarla, el señor Ward y el doctor Willett fueron a visitar a Charles a la clínica. El doctor informó al joven de todo lo que había descubierto y observó la palidez que iba cubriendo su rostro a medida que sus descripciones garantizaban la verdad de sus descubrimientos. El médico utilizó en grado máximo los efectos dramáticos y espió el rostro de su paciente con la esperanza de sorprender en él aunque fuera un parpadeo cuando se refirió a los pozos y a los indescriptibles híbridos que vivían en su interior. Pero Charles no parpadeó. Willett hizo una pausa, y cuando volvió a hablar su voz adquirió un tono de indignación al referirse a aquellos seres que se morían de hambre. Acuso al joven de crueldad y se estremeció al oír las irónicas carcajadas con que éste respondió a sus palabras. Parecía haber renunciado a seguir sosteniendo que la cripta no existía, pero ahora veía algo siniestramente cómico en todo aquel asunto y se reía con carcajadas roncas de algo que, evidentemente, le divertía mucho. Luego susurró con acento doblemente terrible a causa de lo cascado de la voz:

—¡Malditos sean! ¡Comen, pero no deberían comer! Eso es lo más extraño del caso. ¿Un mes sin comer dice usted? Se queda usted muy corto, señor mío. ¡Buen chasco se habría llevado de saberlo el viejo Whippe con su mojigatería! ¡Matarlo todo quería! Pero estaba tan ensordecido por el ruido de fuera que no llegó a oír el que salía de la tierra. ¡Ni soñó que pudiera haber allí seres vivientes! ¿Y si yo le dijera que esas malditas criaturas están aullando en esos pozos desde que Curwen desapareció hace ya ciento cincuenta años?

Pero aquello fue lo único que Willett pudo sonsacarle. Horrorizado, aunque casi convencido contra su voluntad, continuó su historia con la esperanza de que algún incidente pudiera sobresaltar a su interlocutor y sacarle de la demencial compostura que mantenía. Al contemplar el rostro del joven, no pudo evitar que un estremecimiento de horror le sacudiera ante los cambios que se habían producido en él durante los últimos meses. Cuando mencionó la habitación de las fórmulas y el polvo verdoso, Charles comenzó a demostrar cierta curiosidad. Una mirada de desprecio asomó a sus ojos al oír lo que Willett había leído en el bloc, y aventuró la explicación de que aquellas anotaciones eran muy antiguas y tenían que escapar forzosamente al entendimiento de todos aquellos que no estuvieran muy versados en la historia de la magia.

—Si hubiera sabido usted —añadió—, la fórmula para dar vida a las sales que había en el recipiente, no estaría aquí para contarlo. Era el número 118. ¡Qué sorpresa se hubiera llevado de haber llegado a consultar el catálogo que guardo en la otra habitación! Me proponía llamarle a mi presencia el día en que me sacaron de allí.

Luego, Willett le habló de la fórmula que había recitado y del humo verde negruzco que se había levantado. Y mientras lo hacía observó que el terror desfiguraba por vez primera el rostro de Charles Ward.

—¡Se presentó y está usted vivo!

Mientras Ward mascullaba estas palabras, su voz pareció liberarse de ciertas trabas misteriosas y hundirse en un abismo cavernoso de extrañas resonancias. Willett, asaltado por una repentina inspiración, replicó recordando una carta que había leído:

—¿El número 118, dices? Pero no olvides que nueve de cada diez lápidas de los cementerios están cambiadas...

Y luego, sin previo aviso, colocó ante los ojos de su paciente el misterioso mensaje. La reacción del joven superó todas sus esperanzas, pues cayó al suelo desvanecido.

Toda aquella conversación se llevó a cabo, naturalmente, en el más absoluto secreto con el fin de que los alienistas de la clínica no pudieran acusar ni al padre ni al médico de alentar a un loco en sus fantasías. Sin pedir ayuda a nadie, el doctor Willett y el señor Ward cogieron en brazos al joven y le tendieron en la cama. Al volver en sí, el paciente murmuró repetidas veces que debía escribir inmediatamente a Orne y a Hutchinson para que le informaran acerca de cierta invocación, y en consecuencia, una vez que hubo recuperado totalmente el sentido, el doctor le comunicó que al menos uno de aquellos extraños personajes era enemigo suyo mortal y había aconsejado al doctor Allen que le asesinara. Aquella revelación no produjo ningún efecto visible, pero, antes de que se formulara, en el rostro del joven había aparecido ya la expresión de un hombre acosado. A partir de aquel momento no quiso hablar más, y el señor Ward y su acompañante no tardaron en abandonar la habitación, no sin antes prevenir al paciente contra el barbudo doctor Allen, a lo cual se limitó a responder el joven que aquel individuo no estaba ya en condiciones de hacer daño a nadie. Acompañó a aquellas palabras una risa diabólica que causó una dolorosa impresión en los visitantes. En cuanto a la comunicación que Charles pudiera tratar de establecer con sus dos monstruosos corresponsales de Europa, ni al doctor ni al señor Ward les preocupaba tal cuestión, pues sabían que el director del hospital censuraba minuciosamente toda la correspondencia y no permitiría que llegara a manos del paciente ninguna misiva cuyo contenido le pareciera anormal.

El caso de Orne y Hutchinson, si es que eran ellos los misteriosos exiliados, tuvo una misteriosa secuela. Impulsado por un vago presentimiento que le asaltó en medio de los horrores de aquel período, Willett acudió a una agencia internacional de información para que le facilitaran la mayor cantidad de datos posibles acerca de los sucesos más notables ocurridos en Praga y Transilvania oriental, y después de seis meses de investigación creyó haber encontrado entre los numerosos artículos que había recibido y traducido dos datos significativos. Uno de los artículos en cuestión se refería a la completa destrucción durante la noche de una casa del barrio más antiguo de Praga, y a la desaparición de un anciano de muy mala fama llamado Joseph Nadeh, el cual había vivido allí solo desde tiempos inmemoriales. El otro hablaba de una tremenda explosión ocurrida en las montañas de Transilvania, al este de Rakus, que había tenido como consecuencia la desaparición del castillo de Ferenczy con todos sus moradores. El castillo tenía pésima reputación en la comarca y su propietario era temido y odiado por los campesinos de los alrededores. Precisamente por aquellas fechas tenía que presentarse ante las autoridades de Bucarest, que querían someterle a un serio interrogatorio, pero la explosión habla venido a cortar lo que, al decir de las gentes, había sido una vida dedicada al mal y que se remontaba a épocas muy remotas.

Willett sostiene que la mano que escribió aquel mensaje en caligrafía sajona era capaz de empuñar armas más fuertes que la pluma y que había asumido la responsabilidad de acabar con Hutchinson y Orne, dejándole a él la tarea de terminar con Curwen. El doctor se niega a pensar siquiera cuál pudo ser el destino final de aquellos dos extraños personajes.

<p>5</p>

A la mañana siguiente, el doctor Willett acudió muy temprano a la mansión de los Ward, a fin de estar presente cuando llegaran los detectives. Consideraba que la destrucción o reclusión de Allen —o de Curwen si se daba como válida la posibilidad de una reencarnación— era una necesidad imperiosa que había que satisfacer a cualquier precio, y así se lo manifestó al señor Ward mientras esperaban la llegada de los visitantes. Se encontraban en la planta baja, ya que los pisos superiores de la casa empezaban a ser aborrecidos a causa de la fetidez que se respiraba en ellos, fetidez que los criados más antiguos relacionaban con alguna maldición relacionada con el desaparecido retrato de Joseph Curwen.

A las nueve se presentaron los tres detectives, que inmediatamente dieron comienzo a la lectura del informe. Por desgracia no habían podido localizar al mulato Tony Gomes, ni podían dar noticia de cuál fuera el lugar de procedencia del doctor Allen ni de su actual paradero. Pero habían reunido un considerable número de datos y de información general acerca del silencioso personaje. Los vecinos de Pawtuxet le consideraban un ser vagamente sobrenatural y creían que su barba era teñida o postiza, creencia que resultó ser cierta, pues se había hallado en el bungalow, junto a un par de gafas ahumadas, una barba postiza. Un tendero había declarado que su caligrafía era muy extraña y enmarañada, dato que confirmaron las notas escritas a lápiz encontradas en su habitación e identificadas por el comerciante.

En relación con el vampirismo del verano anterior, la mayoría creía que el verdadero vampiro era Allen y no Ward. También figuraban en el informe las declaraciones de los oficiales que habían visitado el bungalow a raíz del incidente del asalto al camión. No vieron nada particularmente siniestro en el doctor Allen, pero le juzgaban la figura dominante en la sombría vivienda. La estancia en que había tenido lugar la entrevista se hallaba en la penumbra, pero estaban seguros de poder identificarle si volvían a verle. Habían notado algo extraño en su barba y les pareció ver que tenía una pequeña cicatriz encima del ojo derecho, En cuanto al registro de la habitación de Allen, no había aportado ningún dato concreto a la investigación, exceptuando el hallazgo de la barba y las gafas y de varias notas escritas descuidadamente y cuya caligrafía era idéntica a la de los antiguos manuscritos de Curwen y a las recientes anotaciones del joven Ward halladas en la desaparecida cripta.

El doctor Willett y el señor Ward se sintieron invadidos por un profundo terror cósmico, sutil e insidioso. al oír la relación de aquellos hallazgos, y casi temblaron cuando una idea vaga y descabellada les asaltó a los dos al mismo tiempo. La barba postiza, las gafas, la enmarañada caligrafía de Curwen, el antiguo retrato y la diminuta cicatriz, el joven transformado y con una cicatriz semejante, la voz profunda y cavernosa que había sonado al otro lado del hilo telefónico... ¿No era esa voz la que le recordaba ahora al señor Ward la de su hijo? ¿Quién había visto a Charles y a Allen juntos? Sí, los policías les habían visto juntos en el bungalow, pero, ¿y después? ¿No había coincidido la desaparición de Allen con los temores de Charles y su definitiva instalación en el bungalow? Curwen, Allen, Ward... ¿En qué sacrílega y abominable fusión habían caído dos épocas y dos personas? Aquella detestable semejanza entre el personaje del cuadro y el joven Ward, aquellos ojos del lienzo que parecían seguir a Charles por toda la habitación... ¿Por qué Allen y Charles imitaban la caligrafía de Joseph Curwen incluso cuando estaban solos? Y luego la espantosa tarea que habían llevado a cabo aquellos hombres, la desaparecida cripta llena de horrores que había envejecido al médico en una noche, los monstruos hambrientos encerrados en los fosos fétidos, aquella terrible fórmula que tan indescriptibles resultados había producido, el mensaje que Willett había encontrado en su bolsillo, los documentos, las cartas, todas las alusiones a tumbas, a misteriosas «sales», a descubrimientos... ¿Adónde conducía todo aquello?

Finalmente, el señor Ward tomó la decisión más prudente. Evitando pensar en lo que hacía, entregó a los detectives una fotografía para que la mostraran a todos los comerciantes de Pawtuxet que hubieran visto al misterioso doctor Allen. Era una instantánea de su hijo con el aditamento de una barba y unas gafas oscuras, como las que había utilizado el doctor Allen, dibujadas a pluma.

Durante dos horas, el señor Ward esperó en compañía del médico en aquella casa opresiva. Los detectives regresaron. Sí, la fotografía retocada guardaba una notable semejanza con el doctor Allen. El señor Ward palideció y Willett se secó la húmeda frente con el pañuelo. Allen, Ward, Curwen... ¿Qué presencia había invocado el muchacho y con qué resultados para él? ¿Qué había ocurrido del principio al fin? ¿Quién era aquel Allen que proyectaba asesinar a Charles y por qué había escrito su víctima en la postdata de aquella angustiada carta que su cadáver debía ser disuelto en ácido? ¿Por qué el mensaje que Willett se había encontrado en el bolsillo decía exactamente lo mismo? ¿Qué proceso de transformación había tenido lugar y en qué momento se había producido la fase final? El día en que el doctor había recibido su carta, Charles había estado muy nervioso todo la mañana. Luego había ocurrido algún cambio. Charles había salido de la casa sin ser visto escapando a la vigilancia de los hombres encargados de protegerle. Fue entonces cuando debió suceder el cambio, mientras estuvo fuera. Pero no... ¿Acaso no había gritado de terror al volver a entrar en su biblioteca?. ¿Qué había encontrado allí? O, ¿qué le había encontrado a él? Esa figura que tan osadamente había entrado en la casa sin que se le hubiera visto abandonar la mansión, ¿no habría sido una sombra extraña, un horror dispuesto a lanzarse sobre un hombre tembloroso que no había salido de la habitación? ¿No había oído el mayordomo unos extraños ruidos?

Willett se fue en busca del sirviente y le hizo unas cuantas preguntas en voz baja. Desde luego, había sido un asunto muy desagradable. Sí, había oído unos ruidos: un grito, un jadeo y una serie de extraños crujidos. Y el señorito Charles no había vuelto a ser el mismo desde el momento en que salió aquel día de la biblioteca sin decir una sola palabra. El mayordomo se estremecía al hablar y olfateó el aire que llegaba desde el piso de arriba, arrastrado por una corriente creada por alguna ventana abierta. El terror se había instalado definitivamente en la mansión. Incluso los detectives estaban inquietos, ya que el caso presentaba algunos aspectos que no les gustaban en lo más mínimo. El doctor Willett pensaba, y sus pensamientos eran terribles. De vez en cuando casi rompía en un murmullo mientras estudiaba mentalmente esta nueva cadena de acontecimientos de pesadilla.

El señor Ward dio por terminada la conferencia y los detectives se fueron. El doctor y el dueño de la casa quedaron solos en la habitación. Era ya mediodía, pero la mansión parecía envuelta en sombras, como si se acercara la noche. Willett comenzó a hablar muy seriamente con su anfitrión, insistiendo para que dejara en sus manos las futuras averiguaciones. Aún habían de descubrirse, predijo, ciertos hechos que un amigo podría soportar con mayor facilidad que el padre del principal protagonista del caso. En su calidad de médico de la familia debía disponer de una absoluta libertad de movimientos, y lo primero que exigía era encerrarse en la abandonada biblioteca donde, en torno al panel de madera que había albergado el cuadro, se respiraba ahora un aura de terror mucho más intensa que cuando estuviera allí el retrato de Curwen. Sólo pedía que no se le molestara.

El señor Ward, aturdido por la creciente complejidad del caso, asintió de buena gana y media hora después el doctor estaba encerrado en la antigua biblioteca de Charles. El padre de éste, que escuchaba desde fuera, oyó unos raros sonidos en el interior de la estancia, seguidos de un chirrido, como si acabara de abrirse la puerta mal engrasada de una alacena. A continuación resonó un grito apagado y la puerta que acababa de abrirse se cerró rápidamente. Poco después apareció Willett en el pasillo, pálido y descompuesto. Quería, dijo, un poco de leña para encender un fuego, pues el de la estufa no le bastaba y el aparato eléctrico que había en la chimenea no tenía ningún uso práctico. Sin atreverse a formular ninguna pregunta, el señor Ward dio las oportunas órdenes a un criado, que subió al poco tiempo con unas ramas de pino, estremeciéndose al entrar en la habitación y sustituir por las ramas el aparato eléctrico. Entretanto, Willett había subido al laboratorio, de donde bajó al poco rato cargado con una cesta cubierta por un lienzo y en la que había colocado una serie de aparatos y objetos diversos abandonados allí en la mudanza del mes de julio de aquel mismo año.

Volvió a encerrarse el médico en la biblioteca y por las nubes de humo que empezaron a elevarse de la chimenea, se supo que había encendido el fuego. Más tarde, se oyó un crujir de papeles de periódico y otro chirrido de la misteriosa puerta, seguido de un baquetazo que dio mucho que pensar a los que en el pasillo escuchaban. Willett profirió de pronto un par de gritos ahogados, y a continuación se produjo un chisporroteo que resonó siniestramente en medio del profundo silencio que llenaba la mansión. Finalmente comenzó a salir por la chimenea un humo espeso y muy acre. Los criados se reunieron en un rincón, aterrorizados ante aquellas nocivas emanaciones, mientras que el señor Ward temblaba como un azogado.

Tras una larguísima espera, los vapores parecieron aclararse y detrás de la puerta cerrada volvieron a oírse extraños sonidos, como si el doctor rascara algo y luego barriera el hogar. Por fin, después de cerrar de nuevo la puerta del interior, fuera cual fuese, Willett hizo su aparición, grave, pálido y entristecido, llevando la cesta que había bajado del laboratorio todavía cubierta con un paño.

Había dejado la ventana abierta, y en la siniestra habitación entraba ahora a raudales el aire puro que se mezclaba con un curioso olor a desinfectante. El antiguo panel de madera seguía allí, pero parecía haber perdido su aire de malignidad y se mostraba sereno y majestuoso como si nunca hubiera albergado el retrato de Joseph Curwen. Caían las primeras sombras de la noche, pero esta vez no las acompañaba un terror latente. Más bien traían con ellas una suave melancolía. El doctor no habló de lo que había hecho. Se limitó a decir al señor Ward:

—No puedo contestar a ninguna pregunta. Sólo diré que existen distintos tipos de magia. He llevado a cabo una gran purificación. A partir de ahora, los moradores de esta casa podrán dormir mucho mejor.

<p>6</p>

La «purificación» debió constituir para el doctor Willett una prueba tan espantosa como su recorrido nocturno de la espantosa cripta, a juzgar por el abatimiento que provocó en el anciano médico. Por espacio de tres días no salió de su habitación, aunque según dijeron luego los criados, la noche del miércoles, poco después de las doce, se oyó abrirse sigilosamente la puerta de la calle, que volvió a cerrarse después con el mismo secreto. Por fortuna, la imaginación de los criados suele ser limitada, pues de otro modo podrían haber relacionado el hecho con una noticia que apareció en el Evening Bulletin del jueves y que decía así:

LOS PROFANADORES DE TUMBAS RENUEVAN SU ACTIVIDAD

Tras un periodo de diez meses a partir del último acto de vandalismo registrado en el Cementerio del Norte, del que fuera objeto la tumba de Weeden, el vigilante nocturno de ese mismo cementerio, Robert Hart, ha sorprendido a otro merodeador. Hacia las dos de la madrugada, vio brillar una linterna en la parte norte del camposanto, y al acercarse al lugar en cuestión, vio destacarse claramente contra la luz de una farola cercana la figura de un hombre que empuñaba una pala. Se lanzó en su persecución. pero antes de que pudiera darle alcance, el intruso había corrido hacia la entrada principal perdiéndose entre las sombras.

Al igual que el primero de los profanadores de tumbas sorprendido el año pasado, éste no ha llegado a causar, al parecer, ningún daño. En un lugar determinado del terreno que posee allí la familia Ward, la tierra aparecía removida, pero no puede asegurarse que el desconocido hubiera tratado de excavar una fosa.

Todo lo que puede decir Hart acerca del intruso, es que se trataba de un hombre de baja estatura y probablemente barbudo. En opinión del vigilante los tres actos se deben a una misma persona. No opina del mismo modo la policía, basándose en el salvajismo del segundo incidente, en el curso del cual fue robado un antiguo ataúd y destrozada la lápida correspondiente.

El primero de los incidentes, al parecer una tentativa frustrada de enterrar alguna cosa, ocurrió en el mes de marzo del año pasado y se atribuyó entonces a contrabandistas de bebidas alcohólicas en busca de un escondite para su alijo. Es muy posible, afirma el Sargento Riley, que este tercer caso sea de naturaleza similar. La policía está desplegando una gran actividad con vistas a identificar a los responsables de estos sucesos.

Durante todo el jueves, el doctor Willett descansó como si se recobrara de un esfuerzo agotador o se preparase para una gran prueba. Por la noche escribió una carta al señor Ward, que llegó a manos de éste a la mañana siguiente sumiéndole en profundas meditaciones. No había podido Ward sobreponerse a la impresión que le causara el informe de los detectives y a la siniestra «purificación» de la biblioteca, pero aquella misiva, a pesar de la desgracia que anunciaba y del misterio que la rodeaba, le trajo algo de la calma que tanto necesitaba.

10 Barnes St.

Providence, R.I.

12 abril, 1928

Querido Theodore:

Me considero obligado a avisarte antes de llevar a cabo lo que voy a hacer mañana, que pondrá punto final al terrible asunto de que nos venimos ocupando, pues tengo la impresión de que ninguna azada podrá llegar jamás a ese monstruoso lugar que los dos conocemos. Sé que tu mente no hallará reposo a menos que te asegure que lo que me propongo hacer representará el final definitivo de todo este misterio.

Me conoces desde que eras niño, de modo que me creerás si te digo que hay cosas que es mejor no investigar a fondo. Es preferible que no vuelvas a pensar en el caso de Charles e indispensable que no le digas a su madre más de lo que ella sospecha. Cuando yo vaya a visitarte mañana, Charles se habrá fugado de la clínica. Eso es lo que todos deben creer. Estaba loco y escapó. Y eso es lo que debes decir poco a poco a su madre cuando dejes de mandarle las notas mecanografiadas que escribías en nombre de Charles. Te aconsejo que vayas a reunirte con ella en Atlantic City y te tomes unas vacaciones. Dios sabe cuánto las necesitas después de las impresiones recibidas, y cuánto las necesito yo también. Por mi parte me propongo pasar en el Sur una temporada para tranquilizarme y reponer fuerzas.

De modo que no me hagas ninguna pregunta cuando vaya a visitarte. Es posible que algo salga mal, pero si es así no dejaré de avisarte. Espero que no tenga que hacerlo. A partir de mañana no habrá ya motivo de preocupación, pues Charles estará perfectamente a salvo. Ya lo está, más de lo que te imaginas. No debes temer nada con respecto a Allen o quienquiera que sea. Pertenece al pasado, como el retrato de Joseph Curwen, y cuando mañana llame a tu puerta puedes tener la completa seguridad de que ya no existirá tal persona. El que escribió la misteriosa nota tampoco volverá a molestarte.

Pero debes prepararte para algo muy triste y preparar también a tu esposa. La fuga de Charles no significa que vayáis a recuperarle.

Se ha visto afectado por una terrible enfermedad, como has tenido ocasión de apreciar por los cambios físicos y mentales que ha experimentado, y tienes que resignarte a no volver a verle. Te queda el consuelo de saber que no fue ni un malvado ni un loco, sino únicamente un muchacho aficionado al estudio y excesivamente curioso respecto a materias que encerraban un gran peligro. Descubrió cosas que ningún mortal debe saber, y ésa fue su desgracia.

Y ahora debo hablarte del asunto más difícil y que exige que deposites en mi toda tu confianza. Dentro de un año, si así lo deseas, puedes dar a todos la versión que prefieras de cómo murió Charles, porque él no volverá. Puedes también hacer colocar una lápida en e! Cementerio del Norte, a diez pies de distancia, en dirección oeste, de la de tu padre, para señalar el lugar en que descansan los restos de tu hijo. Las cenizas allí enterradas serán las de Charles Dexter Ward, el que viste crecer, el verdadero Charles con la marca olivácea en la cadera y sin el lunar negro en el pecho ni la cicatriz en la ceja derecha. El Charles que nunca hizo ningún daño y que habrá pagado con su vida una curiosidad morbosa.

Esto es todo. Charles se fugará de la clínica y dentro de un año podrás colocar una lápida sobre el lugar donde reposan sus cenizas. No me hagas ninguna pregunta. Y ten la seguridad de que el honor de tu familia sigue incólume.

Te acompaño en tu sentimiento y te deseo que encuentres la fortaleza, la calma y la resignación necesarias para sobrellevar esta desgracia. Tu sincero amigo,

Marinus B. Willett

El viernes 13 de abril de 1928, Marinus Bicknell Willett visitó a Charles Dexter Ward en su habitación de la clínica del doctor Waite situada en la isla de Conanicut. El joven, aunque no trató de rehuir al visitante, estaba de un humor sombrío y no se mostró dispuesto a hablar del tema que Willett deseaba tratar. El descubrimiento de la cripta hacía imposible la normalidad de su relación y ambos callaron un buen rato después de intercambiar los saludos habituales. La tensión aumentó al descubrir el joven Ward tras el rostro impasible del doctor una firmeza nueva en él. El paciente se amedrentó, consciente de que desde su último encuentro el que fuera médico solícito se había transformado en implacable vengador. Finalmente Willett se decidió a romper el fuego:

—He descubierto algo más, Charles —dijo—. Algo muy grave.

—¿Otros animalitos medio muertos de hambre? —fue la irónica respuesta. Era evidente que el joven quería mostrarse insolente hasta el final.

—No —replicó Willett lentamente—. Esta vez se trata de algo distinto. Encargamos a unos detectives que hicieran averiguaciones acerca del doctor Allen, y han encontrado en el bungalow una barba postiza y unas gafas ahumadas.

—Estupendo —dijo su interlocutor haciendo un esfuerzo por mostrarse ingenioso—. Espero que fueran más favorecedoras que las de usted.

—A ti te sentarían muy bien —replicó el doctor—. Mejor dicho, todo parece indicar que te sentaban muy bien.

Mientras Willett decía estas palabras, y aunque no hubo cambio alguno en la luz que se reflejaba en el suelo, una nube pareció ocultar momentáneamente el sol. Luego Charles habló.

—¿Y por qué da usted tanta importancia a eso? ¿Es que no puede un hombre disfrazarse si le resulta útil?

—Desde luego que puede hacerlo —asintió el doctor— siempre que tenga derecho a existir y siempre que no destruya a quien le hizo venir desde más allá de las esferas.

Ward se sobresaltó violentamente.

—Bueno, ¿qué es lo que ha encontrado y qué quiere de mí?

El doctor dejó que transcurrieran unos segundos antes de contestar, como si eligiera mentalmente las palabras que pudieran constituir una respuesta más eficaz.

—He encontrado —dijo finalmente—, algo oculto tras un panel antiguo que servía de marco a un retrato. Lo he quemado y he enterrado las cenizas en el lugar donde estará la tumba de Charles Dexter Ward.

El loco se levantó de un salto del sillón en que estaba sentado.

—¡No es posible! —exclamó— ¡No es posible! ¿Quién se lo dijo? ¿Y quién cree que va a creerle a usted si me han estado viendo durante estos dos meses?

El doctor Willett, aunque de baja estatura, adquirió el porte majestuoso del magistrado al calmar a su paciente con un gesto.

—No se lo he dicho a nadie. No es éste un caso corriente. Es de una locura tan inconcebible y de un horror tan ajeno a nuestra realidad que ningún alienista ni juez de la tierra podría creerlo. Gracias a Dios aún me queda una chispa de imaginación que me ha permitido adivinar la verdad de lo sucedido. ¡A mi no puede engañarme, Joseph Curwen, porque sé que su magia es auténtica! Sé cómo preparó el hechizo que perduró a través de los años y fue a actuar sobre su doble y descendiente. Sé cómo le arrastró usted al pasado y consiguió que le sacara de su abominable tumba. Sé cómo permaneció oculto en su laboratorio mientras se dedicaba al estudio del saber contemporáneo y salía por las noches a escondidas. Sé que es usted el vampiro de que tanto se habló. Sé que más tarde utilizó la barba y las gafas para que nadie se asombrara del sorprendente parecido que guardaba con su descendiente. Sé lo que decidió hacer cuando Charles comenzó a reprocharle su monstruoso saqueo de tumbas de todo el mundo, sé qué fue lo que planeó y sé cómo llevó a cabo sus planes.

»Se despojó de la barba y de las gafas y engañó a los detectives que vigilaban la casa. Creyeron que el que salía y entraba era él cuando en realidad usted le había estrangulado y ocultado tras el panel de madera de la biblioteca. Pero no se dio cuenta de que no hay dos mentes iguales. Fue un estúpido, Curwen, al imaginar que un simple parecido físico sería suficiente. ¿Por qué no pensó usted en la forma de hablar, y en la voz y en la caligrafía? Al final ha fracasado. Usted sabe mejor que yo quién escribió el mensaje que me encontré en el bolsillo, pero debo advertirle que no fue escrito en vano. Hay sacrilegios y abominaciones que no pueden ser tolerados, y creo que quien escribió aquellas palabras acabará con Orne y Hutchinson. Uno de los dos le escribió a usted en cierta ocasión: «No llame a su presencia a nadie a quien no pueda dominar». Tenia mucha razón, Curwen. No se puede jugar con la naturaleza a partir de ciertos límites. Todos los horrores que ha invocado se volverán contra usted...

El doctor se interrumpió ante el grito que profirió el ser que tenía delante. Indefenso, sin armas, y consciente de que cualquier acto de violencia atraería a un ejército de enfermeros, Joseph Curwen había decidido recurrir a su viejo aliado. Inició una serie de movimientos cabalísticos con los dedos, mientras aullaba con voz cavernosa las palabras de una terrible invocación:

—PER ADONAI ELOIM, ADONAI JEHOVA, ADONAI SABAOTH, METRATON...

Pero Willett fue más rápido que él. Al tiempo que los perros de la vecindad comenzaban a aullar y un viento helado se desataba de pronto sobre la bahía, empezó a recitar la invocación que desde un principio se había propuesto utilizar. Ojo por ojo, magia por magia. ¡Que el resultado de ella demostrara si había aprendido las lecciones del abismo! Así fue como Marinus Bicknell Willett comenzó a recitar la segunda de las dos fórmulas, la opuesta a aquella que había atraído a su presencia la figura del autor de la misteriosa nota, la críptica invocación encabezada por la Cola de Dragón, signo del nodo descendente:

OGTHROD AI’F

GEB’L-EE’H

YOG-SOTHOTH

‘NGAH’NG AI’Y

ZHRO

No bien surgió la primera palabra de la boca de Willett, cuando su paciente se interrumpió en seco. Incapaz de hablar, agitó salvajemente los brazos hasta que le abandonaron las fuerzas. Pero cuando comenzó el espantoso cambio, fue cuando resonó en el cuarto la palabra Yog-Sothoth. No fue simplemente una disolución, sino más bien una transformación, una recapitulación, y el doctor tuvo que cerrar los ojos para no desmayarse antes de dar fin a la invocación.

Pero Willett no se desmayó y aquel hombre de pasado impío y poseedor de secretos prohibidos no volvió jamás a turbar al mundo. Aquella locura surgida de un tiempo pretérito había terminado. El caso de Charles Dexter Ward se había cerrado. Abrió los ojos Willett antes de abandonar tambaleándose aquella habitación y pudo ver que la memoria no le había traicionado. Tal como había predicho, no había sido necesario ningún ácido. Porque al igual que su abominable retrato un año antes, Joseph Curwen yacía ahora en el suelo bajo la forma de una delgada capa de polvo gris azulado.

<p>El Color Del Espacio Exterior</p>

Al Oeste de Arkham, las colinas se yerguen selváticas, y hay valles con profundos bosques en los cuales no ha resonado nunca el ruido de un hacha. Hay angostas y oscuras cañadas donde los árboles se inclinan fantásticamente, y donde discurren estrechos arroyuelos que nunca han captado el reflejo de la luz del sol. En las laderas menos agrestes hay casas de labor, antiguas y rocosas, con edificaciones cubiertas de musgo, rumiando eternamente en los misterios de la Nueva Inglaterra; pero todas ellas están ahora vacías, con las amplias chimeneas desmoronándose y las paredes pandeándose debajo de los techos a la holandesa.

Sus antiguos moradores se marcharon, y a los extranjeros no les gusta vivir allí. Los francocanadienses lo han intentado, los italianos lo han intentado, y los polacos llegaron y se marcharon. Y ello no es debido a nada que pueda ser oído, o visto, o tocado, sino a causa de algo puramente imaginario. El lugar no es bueno para la imaginación, y no aporta sueños tranquilizadores por la noche. Esto debe ser lo que mantiene a los extranjeros lejos del lugar, ya que el viejo Ammi Pierce no les ha contado nunca lo que él recuerda de los extraños días. Ammi, cuya cabeza ha estado un poco desequilibrada durante años, es el único que sigue allí, y el único que habla de los extraños días; y se atreve a hacerlo, porque su casa está muy próxima al campo abierto y a los caminos que rodean a Arkham.

En otra época había un camino sobre las colinas y a través de los valles, que corría en vía recta donde ahora hay un marchito erial; pero la gente dejó de utilizarlo y se abrió un nuevo camino que daba un rodeo hacia el sur. Entre la selvatiquez del erial pueden encontrarse aún huellas del antiguo camino, a pesar de que la maleza lo ha invadido todo. Luego, los oscuros bosques se aclaran y el erial muere a orillas de unas aguas azules cuya superficie refleja el cielo y reluce al sol. Y los secretos de los extraños días se funden con los secretos de las profundidades; se funden con la oculta erudición del viejo océano, y con todo el misterio de la primitiva tierra.

Cuando llegué a las colinas y valles para acotar los terrenos destinados a la nueva alberca, me dijeron que el lugar estaba embrujado. Esto me dijeron en Arkham, y como se trata de un pueblo muy antiguo lleno de leyendas de brujas, pensé que lo de embrujado debía ser algo que las abuelas habían susurrado a los chiquillos a través de los siglos. El nombre de “marchito erial” me pareció muy raro y teatral, y me pregunté cómo habría llegado a formar parte de las tradiciones de un pueblo puritano. Luego vi con mis propios ojos aquellas cañadas y laderas, y ya no me extrañó que estuvieran rodeadas de una leyenda de misterio. Las vi por la mañana, pero a pesar de ello estaban sumidas en la sombra. Los árboles crecían demasiado juntos, y sus troncos eran demasiado grandes tratándose de árboles de Nueva Inglaterra. En las oscuras avenidas del bosque había demasiado silencio, y el suelo estaba demasiado blando con el húmedo musgo y los restos de infinitos años de descomposición.

En los espacios abiertos, principalmente a lo largo de la línea del antiguo camino, había pequeñas casas de labor; a veces, con todas sus edificaciones en pie, y a veces con sólo un par de ellas, y a veces con una solitaria chimenea o una derruida bodega. La maleza reinaba por todas partes, y seres furtivos susurraban en el subsuelo. Sobre todas las cosas pesaba una rara opresión; un toque grotesco de irrealidad, como si fallara algún elemento vital de perspectiva o de claroscuro. No me extrañó que los extranjeros no quisieran permanecer allí, ya que aquélla no era una región que invitara a dormir en ella. Su aspecto recordaba demasiado el de una región extraída de un cuento de terror.

Pero nada de lo que había visto podía compararse, en lo que a desolación respecta, con el marchito erial. Se encontraba en el fondo de un espacioso valle; Ningún otro nombre hubiera podido aplicársele con más propiedad, ni ninguna otra cosa se adaptaba tan perfectamente a un nombre. Era como si un poeta hubiese acuñado la frase después de haber visto aquella región. Mientras la contemplaba, pensé que era la consecuencia de un incendio; pero, ¿por qué no había crecido nunca nada sobre aquellos cinco acres de gris desolación, que se extendía bajo el cielo como una gran mancha corroída por el ácido entre bosques y campos? Discurre en gran parte hacia el norte de la línea del antiguo camino, pero invade un poco el otro lado. Mientras me acercaba experimenté una extraña sensación de repugnancia, y sólo me decidí a hacerlo porque mi tarea me obligaba a ello. En aquella amplia extensión no había vegetación de ninguna clase; no había más que una capa de fino polvo o ceniza gris, que ningún viento parecía ser capaz de arrastrar. Los árboles más cercanos tenían un aspecto raquítico y enfermizo, y muchos de ellos aparecían agotados o con los troncos podridos. Mientras andaba apresuradamente vi a mi derecha los derruidos restos de una casa de labor, y la negra boca de un pozo abandonado cuyos estancados vapores adquirían un extraño matiz al ser bañados por la luz del sol. El desolado espectáculo hizo que no me maravillara ya de los asustados susurros de los moradores de Arkham. En los alrededores no había edificaciones ni ruinas de ninguna clase; incluso en los antiguos tiempos, el lugar dejó de ser solitario y apartado. Y a la hora del crepúsculo, temeroso de pasar de nuevo por aquel ominoso lugar, tomé el camino del sur, a pesar de que significaba dar un gran rodeo.

Por la noche interrogué a algunos habitantes de Arkham acerca del marchito erial, y pregunté qué significado tenía la frase “los extraños días” que había oído murmurar evasivamente. Sin embargo, no pude obtener ninguna respuesta concreta, y lo único que saqué en claro era que el misterio se remontaba a una fecha mucho más reciente de lo que había imaginado. No se trataba de una vieja leyenda, ni mucho menos, sino de algo que había ocurrido en vida de los que hablaban conmigo. Había sucedido en los años ochenta, y una familia desapareció o fue asesinada. Los detalles eran algo confusos; y como todos aquellos con quienes hablé me dijeron que no prestara crédito a las fantásticas historias del viejo Ammi Pierce, decidí ir a visitarle a la mañana siguiente, después de enterarme de que vivía solo en una ruinosa casa que se alzaba en el lugar donde los árboles empiezan a espesarse. Era un lugar muy viejo, y había empezado a exudar el leve olor miásmico que se desprende de las casas que han permanecido en pie demasiado tiempo. Tuve que llamar insistentemente para que el anciano se levantara, y cuando se asomó tímidamente a la puerta me di cuenta de que no se alegraba de verme. No estaba tan débil como yo había esperado; sin embargo sus ojos parecían desprovistos de vida, y sus andrajosas ropas y su barba blanca le daban un aspecto gastado y decaído.

No sabiendo cómo enfocar la conversación para que me hablara de sus “fantásticas historias”, fingí que me había llevado hasta allí la tarea a que estaba entregado; le hablé de ella al viejo Ammi, formulándole algunas vagas preguntas acerca del distrito. Ammi Pierce era un hombre más culto y más educado de lo que me habían dado a entender, y se mostró más comprensivo que cualquiera de los hombres con los cuales había hablado en Arkham. No era como otros rústicos que había conocido en las zonas donde iban a construirse las albercas. Ni protestó por las millas de antiguo bosque y de tierras de labor que iban a desaparecer bajo las aguas, aunque quizá su actitud hubiera sido distinta de no haber tenido su hogar fuera de los límites del futuro lago. Lo único que mostró fue alivio; alivio ante la idea de que los valles por los cuales había vagabundeado toda su vida iban a desaparecer. Estarían mejor debajo del agua..., mejor debajo del agua desde los extraños días. Y, al decir esto, su ronca voz se hizo más apagada, mientras su cuerpo se inclinaba hacia delante y el dedo índice de su mano derecha empezaba a señalar de un modo tembloroso e impresionante.

Fue entonces cuando oí la historia, y mientras la ronca voz avanzaba en su relato, en una especie de misterioso susurro, me estremecí una y otra vez a pesar de que estábamos en pleno verano. Tuve que interrumpir al narrador con frecuencia, para poner en claro puntos científicos que él sólo conocía a través de lo que habla dicho un profesor, cuyas palabras repetía como un papagayo, aunque su memoria había empezado ya a flaquear; o para tender un puente entre dato y dato, cuando fallaba su sentido de la lógica y de la continuidad. Cuando hubo terminado, no me extrañó que su mente estuviera algo desequilibrada, ni que a la gente de Arkham no le gustara hablar del marchito erial. Me apresuré a regresar a mi hotel antes de la puesta del sol, ya que no quería tener las estrellas sobre mi cabeza encontrándome al aire libre. Al día siguiente regresé a Boston para dar mi informe. No podía ir de nuevo a aquel oscuro caos de antiguos bosques y laderas, ni enfrentarme otra vez con aquel gris erial donde el negro pozo abría sus fauces al lado de los derruidos restos de una casa de labor. La alberca iba a ser construida inmediatamente, y todos aquellos antiguos secretos quedarían enterrados para siempre bajo las profundas aguas. Pero creo que ni cuando esto sea una realidad, me gustará visitar aquella región por la noche..., al menos, no cuando brillan en el cielo las siniestras estrellas.

Todo empezó, dijo el viejo Ammi, con el meteorito. Antes no se habían oído leyendas de ninguna clase, e incluso en la remota época de las brujas aquellos bosques occidentales no fueron ni la mitad de temidos que la pequeña isla del Miskatonic, donde el diablo concedía audiencias al lado de un extraño altar de piedra, más antiguo que los indios. Aquellos no eran bosques hechizados, y su fantástica oscuridad no fue nunca terrible hasta los extraños días. Luego había llegado aquella blanca nube meridional, se había producido aquella cadena de explosiones en el aire, y aquella columna de humo en el valle. Y, por la noche, todo Arkham se había enterado de que una gran piedra había caído del cielo y se había incrustado en la tierra, junto al pozo de la casa de Nahum Gardner. La casa que se había alzado en el lugar que ahora ocupaba el marchito erial.

Nahum había ido al pueblo para contar lo de la piedra, y al pasar ante la casa de Ammi Pierce se lo había contado también. En aquella época. Ammi tenía cuarenta años, y todos los extraños acontecimientos estaban profundamente grabados en su cerebro. Ammi y su esposa habían acompañado a los tres profesores de la Universidad de Miskatonic que se presentaron a la mañana siguiente para ver al fantástico visitante que procedía del desconocido espacio estelar, y habían preguntado cómo era que Nahum había dicho, el día antes, que era muy grande. Nahum, señalando la pardusca mole que estaba junto a su pozo, dijo que se había encogido. Pero los sabios replicaron que las piedras no encogen. Su calor irradiaba persistentemente, y Nahum declaró que había brillado débilmente toda la noche. Los profesores golpearon la piedra con un martillo de geólogo y descubrieron que era sorprendentemente blanda. En realidad, era tan blanda como si fuera artificial, y arrancaron, más bien que escoplearon, una muestra para llevársela a la Universidad a fin de comprobar su naturaleza. Tuvieron que meterla en un cubo que le pidieron prestado a Nahum, ya que el pequeño fragmento no perdía calor. En su viaje de regreso se detuvieron a descansar en la casa de Ammi, y parecieron quedarse pensativos cuando Mrs. Pierce observó que el fragmento estaba haciéndose más pequeño y había empezado a quemar el fondo del cubo. Realmente, no era muy grande, pero quizás habían cogido un trozo menor de lo que habían supuesto.

Al día siguiente —todo esto ocurría en el mes de junio de 1882—, los profesores se presentaron de nuevo, muy excitados. Al pasar por la casa de Ammi le contaron lo que había sucedido con la muestra, diciendo que había desaparecido por completo cuando la introdujeron en un recipiente de cristal. El recipiente también había desaparecido, y los profesores hablaron de la extraña afinidad de la piedra con el silicón. Había reaccionado de un modo increíble en aquel laboratorio perfectamente ordenado; sin sufrir ninguna modificación ni expeler ningún gas al ser calentada al carbón mostrándose completamente negativa al ser tratada con bórax y revelándose absolutamente no-volátil a cualquier temperatura incluyendo la del soplete de oxihidrogeno. En el yunque apareció como muy maleable, y en la oscuridad su luminosidad era muy notable. Negándose obstinadamente a enfriarse, provocó una gran excitación entre los profesores; y cuando al ser calentada ante el espectroscopio mostró unas brillantes bandas distintas a las de cualquier color conocido del espectro normal, se habló de nuevos elementos, de raras propiedades ópticas, y de todas aquellas cosas que los intrigados hombres de ciencia suelen decir cuando se enfrentan con lo desconocido.

Caliente como estaba, fue comprobada en un crisol con todos los reactivos adecuados. El agua no hizo nada. Ni el ácido clorhídrico. El ácido nítrico e incluso el agua regia se limitaron a resbalar sobre su tórrida invulnerabilidad. Ammi se encontró con algunas dificultades para recordar todas aquellas cosas, pero reconoció algunos disolventes a medida que se los mencionaba en el habitual orden de utilización: amoniaco y soda cáustica, alcohol y éter, bisulfito de carbono y una docena más; pero, a pesar de que el peso iba disminuyendo con el paso del tiempo, y de que el fragmento parecía enfriarse ligeramente, los disolventes no experimentaron ningún cambio que demostrara que habían atacado a la sustancia. Desde luego, se trataba de un metal. Era magnético, en grado extremo; y después de su inmersión en los disolventes ácidos parecían existir leves huellas de la presencia de hierro meteórico, de acuerdo con los datos de Widmanstalten. Cuando el enfriamiento era ya considerable colocaron el fragmento en un recipiente de cristal para continuar las pruebas Y a la mañana siguiente, fragmento y recipiente habían desaparecido sin dejar rastro, y únicamente una chamuscada señal en el estante de madera donde los habían dejado probaba que había estado realmente allí.

Esto fue lo que los profesores le contaron a Ammi mientras descansaban en su casa, y una vez más fue con ellos a ver el pétreo mensajero de las estrellas, aunque en esta ocasión su esposa no le acompañó. Comprobaron que la piedra habla encogido realmente, y ni siquiera los más escépticos de los profesores pudieron dudar de lo que estaban viendo. Alrededor de la masa pardusca situada junto al pozo había un espacio vacío, un espacio que eran dos pies menos que el día anterior. Estaba aún caliente, y los sabios estudiaron su superficie con curiosidad mientras separaban otro fragmento mucho mayor que el que se habían llevado. Esta vez ahondaron más en la masa de piedra, y de este modo pudieron darse cuenta de que el núcleo central no era completamente hom*ogéneo.

Habían dejado al descubierto lo que parecía ser la cara exterior de un glóbulo empotrado en la sustancia. El color, parecido al de las bandas del extraño espectro del meteoro, era casi imposible de describir; y sólo por analogía se atrevieron a llamarlo color. Su contextura era lustrosa, y parecía quebradiza y hueca. Uno de los profesores golpeó ligeramente el glóbulo con un martillo, y estalló con un leve chasquido. De su interior no salió nada, y el glóbulo se desvaneció como por arte de magia, dejando un espacio esférico de unas tres pulgadas de diámetro, Los profesores pensaron que era probable que encontraran otros glóbulos a medida que la sustancia envolvente se fuera fundiendo.

La conjetura era equivocada, ya que los investigadores no consiguieron encontrar otro glóbulo, a pesar de que taladraron la masa por diversos lugares. En consecuencia, decidieron llevarse la nueva muestra que habían recogido... y cuya conducta en el laboratorio fue tan desconcertante como la de su predecesora. Aparte de ser casi plástica, de tener calor, magnetismo y ligera luminosidad, de enfriarse levemente en poderosos ácidos, de perder peso y volumen en el aire y de atacar a los compuestos de silicón con el resultado de una mutua destrucción. La piedra no presentaba características de identificación; y al fin de las pruebas, los científicos de la Universidad se vieron obligados a reconocer que no podían clasificarla. No era nada de este planeta, sino un trozo del espacio exterior; y, como tal, estaba dotado de propiedades exteriores y desconocidas y obedecía a leyes exteriores y desconocidas.

Aquella noche hubo una tormenta, y cuando los profesores acudieron a casa de Nahum al día siguiente, se encontraron con una desagradable sorpresa. La piedra, magnética como era, debió poseer alguna peculiar propiedad eléctrica; ya que había “atraído al rayo”, como dijo Nahum, con una singular persistencia. En el espacio de una hora, el granjero vio cómo el rayo hería seis veces la masa que se encontraba junto al pozo, y al cesar la tormenta descubrió que la piedra había desaparecido. Los científicos, profundamente decepcionados, tras comprobar el hecho de la total desaparición, decidieron que lo único que podían hacer era regresar al laboratorio y continuar analizando el fragmento que se habían llevado el día anterior y que como medida de precaución habían encerrado en una caja de plomo. El fragmento duró una semana transcurrida la cual no se había llegado a ningún resultado positivo. La piedra desapareció, sin dejar ningún residuo, y con el tiempo los profesores apenas creían que habían visto realmente aquel misterioso vestigio de los insondables abismos exteriores; aquel único, fantástico mensaje de otros universos y otros reinos de materia, energía, y entidad.

Como era lógico, los periódicos de Arkham hablaron mucho del incidente y enviaron a sus reporteros a entrevistar a Nahum y a su familia. Un rotativo de Boston envío también un periodista, y Nahum se convirtió rápidamente en una especie de celebridad local. Era un hombre delgado, de unos cincuenta años, que vivía con su esposa y sus tres hijos del producto de lo que cultivaba en el valle. Él y Ammi se hacían frecuentes visitas, lo mismo que sus esposas; y Ammi solo tenía frases de elogio para él después de todos aquellos años. Parecía estar orgulloso de la atención que había despertado el lugar, y en las semanas que siguieron a su aparición y desaparición habló con frecuencia del meteorito. Los meses de julio y agosto fueron cálidos; y Nahum trabajó de firme en sus campos, y las faenas agrícolas le cansaron más de lo que le habían cansado otros años, por lo que llegó a la conclusión de que los años habían empezado a pesarle.

Luego llegó la época de la recolección. Las peras y manzanas maduraban lentamente, y Nahum aseguraba que sus huertas tenían un aspecto más floreciente que nunca. La fruta crecía hasta alcanzar un tamaño fenomenal y un brillo musitado, y su abundancia era tal que Nahum tuvo que comprar unos cuantos barriles más a fin de poder embalar la futura cosecha. Pero con la maduración llegó una desagradable sorpresa, ya que toda aquella fruta de opulenta presencia resultó incomible. En vez del delicado sabor de las peras y manzanas, la fruta tenía un amargor insoportable. Lo mismo ocurrió con los melones y los tomates, y Nahum vio con tristeza cómo se perdía toda su cosecha. Buscando una explicación a aquel hecho, no tardó en declarar que el meteorito había envenenado el suelo, y dio gracias al cielo porque la mayor parte de las otras cosechas se encontraban en las tierras altas a lo largo del camino.

El invierno se presentó muy pronto, y fue muy frío. Ammi veía a Nahum con menos frecuencia que de costumbre, y observó que empezaba a tener un aspecto preocupado. También el resto de la familia había asumido un aire taciturno; y fueron espaciando sus visitas a la iglesia y su asistencia a los diversos acontecimientos sociales de la comarca. No pudo encontrarse ningún motivo para aquella reserva o melancolía, aunque todos los habitantes de la casa daban muestras de cuando en cuando de un empeoramiento en su estado de salud física y mental. Esto se hizo más evidente cuando el propio Nahum declaró que estaba preocupado por ciertas huellas de pasos que había visto en la nieve. Se trataba de las habituales huellas invernales de las ardillas rojas, de los conejos blancos y de los zorros, pero el caviloso granjero afirmó que encontraba algo raro en la naturaleza y disposición de aquellas huellas. No fue más explícito, pero parecía creer que no era característica de la anatomía y las costumbres de ardillas y conejos y zorros. Ammi no hizo mucho caso de todo aquello hasta una noche que pasó por delante de la casa de Nahum en su trineo, en su camino de regreso de Clark's Corners. En el cielo brillaba la luna, y un conejo cruzó corriendo el camino, y los saltos de aquel conejo eran más largos de lo que les hubiera gustado a Ammi y a su caballo. Este último, en realidad, se hubiera desbocado si su dueño no hubiera empuñado las riendas con mano firme. A partir de entonces, Ammi mostró un mayor respeto por las historias que contaba Nahum, y se preguntó por qué los perros de Gardner parecían estar tan asustados y temblorosos cada mañana. Incluso habían perdido el ánimo para ladrar.

En el mes de febrero, los chicos de McGregor, de Meadow Hill, salieron a cazar marmotas, y no lejos de las tierras de Gardner capturaron un ejemplar muy especial. Las proporciones de su cuerpo parecían ligeramente alteradas de un modo muy raro, imposible de describir, en tanto que su rostro tenía una expresión que hasta entonces nadie había visto en el rostro de una marmota. Los chicos quedaron francamente asustados y tiraron inmediatamente el animal, de modo que por la comarca sólo circulo la grotesca historia que los mismos chicos contaron. Pero esto, unido a la historia del conejo que asustaba a los caballos en las inmediaciones de la casa de Nahum, dio pie a que empezara a tomar cuerpo una leyenda, susurrada en voz baja.

La gente aseguraba que la nieve se había fundido mucho mas rápidamente en los alrededores de la casa de Nahum que en otras partes, y a principios de marzo se produjo una agitada discusión en la tienda de Potter, de Clark's Corners. Stephen Rice había pasado por las tierras de Gardner a primera hora de la mañana, y se había dado cuenta de que la hierba fétida empezaba a crecer en todo el fangoso suelo. Hasta entonces no se había visto hierba fétida de aquel tamaño, y su color era tan raro que no podía ser descrito con palabras. Sus formas eran monstruosas, y el caballo había relinchado lastimeramente ante la presencia de un hedor que hirió también desagradablemente el olfato de Stephen. Aquella misma tarde, varias personas fueron a ver con sus propios ojos aquella anomalía, y todas estuvieron de acuerdo en que las plantas de aquella clase no podían brotar en un mundo saludable. Se mencionaron de nuevo los frutos amargos del otoño anterior, y corrió de boca en boca que las tierras de Nahum estaban emponzoñadas. Desde luego, se trataba del meteorito; y recordando lo extraño que les había parecido a los hombres de la Universidad, varios granjeros hablaron del asunto con ellos.

Un día, hicieron una visita a Nahum; pero como se trataba de unos hombres que no prestaban crédito con facilidad a las leyendas, sus conclusiones fueron muy conservadoras. Las plantas eran raras, desde luego, pero toda la hierba fétida es más o menos rara en su forma y en su color. Quizás algún elemento mineral del meteorito había penetrado en la tierra, pero no tardaría en desaparecer. Y en cuanto a las huellas en la nieve y a los caballos asustados... se trataba únicamente de habladurías sin fundamento, que habían nacido a consecuencia de la caída del meteorito. Pero unos hombres serios no podían tener en cuenta las habladurías de los campesinos, ya que los supersticiosos labradores dicen y creen cualquier cosa. Ese fue el veredicto de los profesores acerca de los extraños días. Sólo uno de ellos, encargado de analizar dos redomas de polvo en el curso de una investigación policíaca, año y medio más tarde, recordó que el extraño color de la hierba fétida era muy parecida al de las insólitas bandas de luz que reveló el fragmento del meteoro en el espectroscopio de la Universidad, y al del glóbulo que encontraran en el interior de la piedra. En el análisis que el mencionado profesor llevó a cabo, las muestras revelaron al principio las mismas insólitas bandas, aunque más tarde perdieran la propiedad.

Los árboles florecieron prematuramente alrededor de la casa de Nahum, y por la noche se mecían ominosamente al viento. El segundo hijo de Nahum, Thaddeus, un muchacho de quince años, juraba que los árboles se mecían también cuando no hacía viento; pero ni siquiera los más charlatanes prestaron crédito a esto. Desde luego, en el ambiente había algo raro. Toda la familia Gardner desarrolló la costumbre de quedarse escuchando, aunque no esperaban oír ningún sonido al cual pudieran dar nombre. La escucha era en realidad resultado de momentos en que la conciencia parecía haberse desvanecido en ellos. Desgraciadamente, esos momentos eran más frecuentes a medida que pasaban las semanas, hasta que la gente empezó a murmurar que toda la familia Nahum estaba mal de la cabeza. Cuando salió la primera saxífraga[1], su color era también muy extraño; no completamente igual al de la hierba fétida, pero indudablemente afín a él e igualmente desconocido para cualquiera que lo viera. Nahum cogió algunos capullos y se los llevó a Arkham para enseñarlos al editor de la Gazette, pero aquel dignatario se limitó a escribir un artículo humorístico acerca de ellos, ridiculizando los temores y las supersticiones de los campesinos. Fue un error de Nahum contarle a un estólido ciudadano la conducta que observaban las mariposas —también de gran tamaño— en relación con aquellas saxífragas.

Abril aportó una especie de locura a las gentes de la comarca y empezaron a dejar de utilizar el camino que pasaba por los terrenos de Nahum, hasta abandonarlo por completo. Era la vegetación. Los renuevos de los árboles tenían unos extraños colores, y a través del suelo de piedra del patio y en los prados contiguos crecían unas plantas que solamente un botánico podía relacionar con la flora de la región. Pero lo más raro de todo era el colorido, que no correspondía a ninguno de los matices que el ojo humano había visto hasta entonces. Plantas y arbustos se convirtieron en una siniestra amenaza, creciendo insolentemente en su cromática perversión. Ammi y los Gardner opinaron que los colores tenían para ellos una especie de inquietante familiaridad, y llegaron a la conclusión de que les recordaban el glóbulo que había sido descubierto dentro del meteoro. Nahum labró y sembró los diez acres de terreno que poseía en la parte alta, sin tocar los terrenos que rodeaban su casa. Sabía que sería trabajo perdido y tenía la esperanza de que aquellas extrañas hierbas que estaban creciendo arrancarían toda la ponzoña del suelo. Ahora estaba preparado para cualquier cosa, por inesperada que pudiera parecer, y se había acostumbrado a la sensación de que cerca de él había algo que esperaba ser oído. El ver que los vecinos no se acercaban por su casa le molestó, desde luego; pero afectó todavía más a su esposa. Los chicos no lo notaron tanto porque iban a la escuela todos los días; pero no pudieron evitar el enterarse de las habladurías, las cuales les asustaron un poco, especialmente a Thaddeus, que era un muchacho muy sensible.

En mayo llegaron los insectos, y la hacienda de Gardner se convirtió en un lugar de pesadilla, lleno de zumbidos y de serpenteos. La mayoría de aquellos animales tenían un aspecto insólito y se movían de un modo muy raro, y sus costumbres nocturnas contradecían todas las anteriores experiencias. Los Gardner adquirieron el hábito de mantenerse vigilantes durante la noche. Miraban en todas direcciones en busca de algo..., aunque no podían decir de qué. Fue entonces cuando comprobaron que Thaddeus había estado en lo cierto al hablar de lo que ocurría con los árboles. Mistress Gardner fue la primera en comprobarlo una noche que se encontraba en la ventana del cuarto contemplando la silueta de un arce que se recortaba contra un cielo iluminado por la luna. Las ramas del arce se estaban moviendo y no corría el menor soplo de viento. Cosa de la savia, seguramente. Las cosas más extrañas resultaban ahora normales. Sin embargo, el siguiente descubrimiento no fue obra de ningún miembro de la familia Gardner. Se habían familiarizado con lo anormal hasta el punto de no darse cuenta de muchos detalles. Y lo que ellos no fueron capaces de ver fue observado por un viajante de comercio de Boston, que pasó por allí una noche, ignorante de las leyendas que corrían por la región. Lo que contó en Arkham apareció en un breve artículo publicado por la Gazette; y aquel articulo fue lo que todos los granjeros, incluido Nahum, se echaron primero a los ojos. La noche había sido oscura, pero alrededor de una granja del valle —que todo el mundo supo que se trataba de la granja de Nahum— la oscuridad había sido menos intensa. Una leve, aunque visible, fosforescencia parecía surgir de toda la vegetación, y en un momento determinado un trozo de aquella fosforescencia se deslizó furtivamente por el patio que había cerca del granero.

Los pastos no parecían haber sufrido los efectos de aquella insólita situación, y las vacas pacían libremente cerca de la casa, pero hacia finales de mayo la leche empezó a ser mala. Entonces Nahum llevó a las vacas a pacer a las tierras altas y la leche volvió a ser buena. Poco después el cambio en la hierba y en las hojas, que hasta entonces se habían mantenido normalmente verdes, pudo apreciarse a simple vista. Todas las hortalizas adquirieron un color grisáceo y un aspecto quebradizo. Ammi era ahora la única persona que visitaba a los Gardner, y sus visitas fueron espaciándose más y más. Cuando cerraron la escuela, por ser época de vacaciones, los Gardner quedaron virtualmente aislados del mundo, y a veces encargaban a Ammi que les hiciera sus compras en el pueblo. Continuaban desmejorando física y mentalmente, y nadie quedó sorprendido cuando circuló la noticia de que Mrs. Gardner se había vuelto loca.

Esto ocurrió en junio, alrededor del aniversario de la caída del meteoro, y la pobre mujer empezó a gritar que veía cosas en el aire, cosas que no podía describir. En su desvarío no pronunciaba ningún nombre propio, sino solamente verbos y pronombres. Las cosas se movían, y cambiaban, y revoloteaban, y los oídos reaccionaban a impulsos que no eran del todo sonidos. Nahum no la envió al manicomio del condado, sino que dejó que vagabundeara por la casa mientras fuera inofensiva para sí misma y para los demás. Cuando su estado empeoró no hizo nada. Pero cuando los chicos empezaron a asustarse y Thaddeus casi se desmayó al ver la expresión del rostro de su madre al mirarle, Nahum decidió encerrarla en el ático. En julio, Mrs. Gardner dejó de hablar y empezó a arrastrarse a cuatro patas, y antes de terminar el mes, Nahum se dio cuenta de que su esposa era ligeramente luminosa en la oscuridad, tal como ocurría con la vegetación de los alrededores de la casa.

Esto sucedió un poco antes de que los caballos se dieran a la fuga. Algo les había despertado durante la noche, y sus relinchos y su cocear habían sido algo terrible. A la mañana siguiente, cuando Nahum abrió la puerta del establo, los animales salieron disparados como alma que lleva el diablo. Nahum tardó una semana en localizar a los cuatro, y cuando los encontró se vio obligado a matarlos porque se hablan vuelto locos y no había quien los manejara. Nahum le pidió prestado un caballo a Ammi para acarrear el heno, pero el animal no quiso acercarse al granero. Respingó, se encabritó y relinchó, y al final tuvieron que dejarlo en el patio, mientras los hombres arrastraban el carro hasta situarlo junto al granero. Entretanto, la vegetación iba tomándose gris y quebradiza. Incluso las flores, cuyos colores habían sido tan extraños, se volvían grises ahora, y la fruta era gris y enana e insípida. Las jarillas y el trébol dorado dieron flores grises y deformes, y las rosas, las rascamoños y las malvarrosas del patio delantero tenían un aspecto tan horrendo, que Zenas, el mayor de los hijos de Nahum, las cortó todas. Al mismo tiempo fueron muriéndose todos los insectos, incluso las abejas que habían abandonado sus colmenas.

En septiembre toda la vegetación se había desmenuzado, convirtiéndose en un polvillo grisáceo, y Nahum temió que los árboles murieran antes de que la ponzoña se hubiera desvanecido del suelo. Su esposa tenía ahora accesos de furia, durante los cuales profería unos gritos terribles, y Nahum y sus hijos vivían en un estado de perpetua tensión nerviosa. No se trataban ya con nadie, y cuando la escuela volvió a abrir sus puertas los chicos no acudieron a ella. Fue Ammi, en una de sus raras visitas, quien descubrió que el agua del pozo ya no era buena. Tenía un gusto endiablado, que no era exactamente fétido ni exactamente salobre, y Ammi aconsejó a su amigo que excavara otro pozo en las tierras altas para utilizarlo hasta que el suelo volviera a ser bueno. Sin embargo, Nahum no hizo el menor caso de aquel consejo, ya que había llegado a impermeabilizarse contra las cosas raras y desagradables. Él y sus hijos siguieron utilizando la teñida agua del pozo, bebiéndola con la misma indiferencia con que comían sus escasos y mal cocidos alimentos y conque realizaban sus improductivas y monótonas tareas a través de unos días sin objetivo. Había algo de estólida resignación en todos ellos, como si anduvieran en otro mundo entre hileras de anónimos guardianes hacia un lugar familiar y seguro.

Thaddeus se volvió loco en septiembre, después de una visita al pozo. Había ido allí con un cubo y había regresado con las manos vacías, encogiendo y agitando los brazos y murmurando algo acerca de “los colores movibles que había allí abajo”. Dos locos en una familia representaban un grave problema, pero Nahum se portó valientemente. Dejó que el muchacho se moviera a su antojo durante una semana, hasta que empezó a portarse peligrosamente, y entonces lo encerró en el ático, enfrente de la habitación ocupada por su madre. El modo como se gritaban el uno al otro desde detrás de sus cerradas puertas era algo terrible, especialmente para el pequeño Merwin, que imaginaba que su madre y su hermano hablaban en algún terrible lenguaje que no era de este mundo. Merwin se estaba convirtiendo en un chiquillo peligrosamente imaginativo, y su estado empeoró desde que encerraron al hermano que había sido su mejor compañero de juegos.

Casi al mismo tiempo empezó la mortalidad entre el ganado. Las aves de corral adquirieron un color gris y murieron rápidamente. Los cerdos engordaron desordenadamente y luego empezaron a experimentar repugnantes cambios que nadie podía explicar. Su carne era desaprovechable, desde luego, y Nahum no sabía qué pensar ni qué hacer. Ningún veterinario rural quiso acercarse a su casa, y el veterinario de Arkham quedó francamente desconcertado. La cosa resultaba tanto más inexplicable por cuanto aquellos animales no habían sido alimentados con la vegetación emponzoñada. Luego les llegó el turno a las vacas. Ciertas zonas, y a veces el cuerpo entero, aparecieron anormalmente hinchadas o comprimidas, y aquellos síntomas fueron seguidos de atroces colapsos o desintegraciones. En las últimas fases —que terminaban siempre con la muerte— adquirían un color grisáceo y un aspecto quebradizo, tal como había ocurrido con los cerdos. En el caso de las vacas no podía hablarse de veneno, ya que estaban encerradas en mi establo. Ninguna mordedura de un animal salvaje podía haber inoculado el virus, ya que no hay ningún animal terrestre que pueda pasar a través de unos obstáculos sólidos. Debía tratarse de una enfermedad natural..., aunque resultaba imposible conjeturar qué clase de enfermedad producía aquellos terribles resultados. En la época de la cosecha no quedaba ningún animal vivo en la casa, ya que el ganado y las aves de corral habían muerto y los perros habían huido. Los perros, en número de tres, habían desaparecido una noche y no volvieron a aparecer. Los cinco gatos se habían marchado un poco antes, pero su desaparición apenas fue notada, ya que en la casa no había ahora ratones y únicamente Mrs. Gardner sentía cierto afecto por los graciosos felinos.

El 19 de octubre, Nahum se presentó en casa de Ammi con espantosas noticias. La muerte había sorprendido al pobre Thaddeus en su habitación del ático, y le habla sorprendido de un modo que no podía ser contado. Nahum había excavado una tumba en la parte trasera de la granja y había metido allí lo que encontró en la habitación. En la habitación no podía haber entrado nadie, ya que la pequeña ventana enrejada y la cerradura de la puerta estaban intactas; pero lo sucedido tenía muchos puntos de contacto con lo ocurrido en el establo. Ammi y su esposa consolaron al atribulado granjero lo mejor que pudieron, aunque no consiguieron evitar un estremecimiento. El horror parecía rondar alrededor de los Gardner y de todo lo que tocaban, y la sola presencia de uno de ellos en la casa era como un soplo de regiones innominadas e innominables. Ammi acompañó a Nahum a su hogar de muy mala gana e hizo lo que pudo para calmar los histéricos sollozos del pequeño Merwín. Zenas no necesitaba ser calmado. Se encontraba en un estado de completo atontamiento y se limitaba a mirar fijamente un punto indeterminado del espacio y a obedecer lo que su padre le ordenaba. Y Ammi pensó que ese estado de abulia era lo mejor que podía ocurrirle. De cuando en cuando los gritos de Merwin eran contestados desde el ático, y en respuesta a una mirada interrogadora Nahum dijo que su esposa estaba muy débil. Cuando se acercaba la noche, Ammi se las arregló para marcharse, ya que ningún sentimiento de amistad podía hacerle permanecer en aquel lugar cuando la vegetación empezaba a brillar débilmente y los árboles podían o no moverse sin que soplara el viento. Era una verdadera suerte para Ammi el hecho de que no fuese una persona imaginativa. De haberlo sido, de haber podido relacionar y reflexionar en todos los portentos que le rodeaban, no cabe duda de que hubiese perdido la chaveta. A la hora del crepúsculo regresó apresuradamente a su casa, sintiendo resonar terriblemente en sus oídos los gritos de la loca y del pequeño Merwin.

Tres días más tarde Nahum se presentó en casa de Ammi muy de mañana, y en ausencia de su huésped le contó a Mrs. Pierce una horrible historia que ella escuchó temblando de miedo. Esta vez se trataba del pequeño Mervin. Había desaparecido. Había salido de la casa cuando ya era de noche con un farol y un cubo para traer agua, y no había regresado. Hacia días que su estado no era normal y se asustaba de todo. El padre oyó un frenético grito en el patio, pero cuando abrió la puerta y se asomó, el muchacho había desaparecido. No se veía ni rastro de él, y en ninguna parte brillaba el farol que se había llevado. En aquel momento, Nahum creyó que el farol y el cubo habían desaparecido también; pero al hacerse de día, y al regreso de su búsqueda de toda la noche por campos y bosques, Nahum había descubierto unas cosas muy raras cerca del pozo: una retorcida y semifundida masa de hierro, que había sido indudablemente el farol; y junto a ella un asa doblada junto a otra masa de hierro, asimismo retorcida y semifundida, que correspondía al cubo. Eso fue todo. Nahum imaginaba lo inimaginable. Mrs. Pierce estaba como atontada, y Ammi, cuando llegó a casa y oyó la historia, no pudo dar ninguna opinión. Merwin había desaparecido, y sería inútil decírselo a la gente que vivía en aquellos alrededores y que huían de los Gardner como de la peste. Tan inútil como decírselo a los ciudadanos de Arkham, que se reían de todo. Thad había desaparecido, y ahora había desaparecido Merwin. Algo estaba arrastrándose y arrastrándose, esperando ser visto y oído. Nahum no tardaría en morirse, y deseaba que Ammi velara por su esposa y por Zenas, si es que le sobrevivían. Todo aquello era un castigo de alguna clase, aunque Nahum no podía adivinar a qué se debía, ya que siempre había vivido en el santo temor de Dios.

Durante más de dos semanas, Ammi no tuvo ninguna noticia de Nahum; y entonces, preocupado por lo que pudiera haber ocurrido, dominó sus temores y efectuó una visita a la casa de los Gardner. De la chimenea no salía humo y por unos instantes el visitante temió lo peor. El aspecto de la granja era impresionante: hierba y hojas grisáceas en el suelo, parras cayéndose a pedazos de arcaicas paredes y aleros, y enormes árboles desnudos silueteándose malignamente contra el gris cielo de noviembre. Ammi no pudo dejar de notar que se habla producido un sutil cambio en la inclinación de las ramas. Pero Nahum estaba vivo, después de todo. Estaba muy débil y reposaba en un catre en la cocina de techo bajo, pero conservaba la lucidez y seguía dando órdenes a Zenas. La estancia estaba mortalmente fría; y al ver que Ammi se estremecía, Nahum le gritó a Zenas que trajera más leña. La leña, en realidad, era muy necesaria, ya que el cavernoso hogar estaba apagado y vacío, y el viento que se filtraba chimenea abajo era helado. De pronto, Nahum le preguntó si la leña que habla traído su hijo le hacía sentirse más cómodo, y entonces Ammi se dio cuenta de lo que había ocurrido. Finalmente, la mente del granjero había dejado de resistir a la intensa presión de los acontecimientos.

Interrogando discretamente a su vecino, Ammi no consiguió poner en claro lo que le había sucedido a Zenas. “En el pozo... vive en el pozo...”, fue todo lo que su padre dijo.

Luego el visitante recordó súbitamente a la esposa loca y cambió de tema. “¿Nabby? Está aquí, desde luego...”, fue la sorprendida respuesta del pobre Nahum, y Ammi no tardó en darse cuenta de que tendría que investigar por sí mismo. Dejando al inofensivo granjero en su catre, cogió las llaves que estaban colgadas detrás de la puerta y subió los chirriantes escalones que conducían al ático. La parte alta de la casa estaba completamente silenciosa y no se oía el menor ruido en ninguna dirección. De las cuatro puertas a la vista, sólo una estaba cerrada, y en ella probó Ammi varias llaves del manojo que había cogido. A la tercera tentativa la cerradura giró, y Ammi empujó la puerta pintada de blanco.

El interior de la habitación estaba completamente a oscuras, ya que la ventana era muy pequeña y estaba medio tapada por las rejas de hierro; y Ammi no pudo ver absolutamente nada. El aire estaba muy viciado, y antes de seguir adelante tuvo que entrar en otra habitación y llenarse los pulmones de aire respirable. Cuando volvió a entrar vio algo oscuro en un rincón, y al acercarse no pudo evitar un grito de espanto. Mientras gritaba creyó que una nube momentánea había tapado la escasa claridad que penetraba por la ventana, y un segundo después se sintió rozado por una espantosa corriente de vapor. Unos extraños colores danzaron ante sus ojos; y si el horror que experimentaba en aquellos momentos no le hubiera impedido coordinar sus ideas hubiera recordado el glóbulo que el martillo de geólogo había aplastado en el interior del meteorito, y la malsana vegetación que había crecido durante la primavera. Pero, en el estado en que se hallaba, sólo pudo pensar en la horrible monstruosidad que tenía enfrente, y que sin duda alguna había compartido la desconocida suerte del joven Thaddeus y del ganado. Pero lo más terrible de todo era que aquel horror se movía lenta y visiblemente mientras continuaba desmenuzándose.

Ammi no me dio más detalles de aquella escena, pero la forma del rincón no reapareció en su relato como un objeto movible. Hay cosas que no pueden ser mencionadas, y lo que se hace por humanidad es a veces cruelmente juzgado por la ley. Comprendí que en aquella habitación del ático no quedó nada que se moviera, y que no dejar allí nada capaz de moverse debió de ser algo horripilante y capaz de acarrear un tormento eterno. Cualquiera, no tratándose de un estólido granjero, se hubiera desmayado o enloquecido, pero Ammi volvió a cruzar el umbral de la puerta pintada de blanco y encerró el espantoso secreto detrás de él. Ahora debía ocuparse de Nahum; éste tenía que ser alimentado y atendido, y trasladado a algún lugar donde pudieran cuidarle.

Cuando empezaba a bajar la oscura escalera, Ammi oyó un estrépito debajo de él. Incluso le pareció haber oído un grito, y recordó nerviosamente la corriente de vapor que le había rozado mientras se hallaba en la habitación del ático. Oprimido por un vago temor, oyó más ruidos debajo suyo. Indudablemente estaban arrastrando algo pesado, y al mismo tiempo se oía un sonido todavía más desagradable, como el que produciría una fuerte succión. Sintiendo aumentar su terror, pensó en lo que había visto en el ático. ¡Santo cielo! ¿En qué fantástico mundo de pesadilla había penetrado? No se atrevió a avanzar ni a retroceder, y permaneció inmóvil, temblando, en la negra curva del rellano de la escalera. Cada detalle de la escena estallaba de nuevo en su cerebro.

De repente se oyó un frenético relincho proferido por el caballo de Ammi, seguido inmediatamente por un ruido de cascos que hablaba de una precipitada fuga. Al cabo de un instante, caballo y calesa estaban fuera del alcance del oído, dejando al asustado Ammi, inmóvil en la oscura escalera, la tarea de conjeturar qué podía haberles impulsado a desaparecer tan repentinamente. Pero aquello no fue todo. Se produjo otro ruido fuera de la casa. Una especie de chapoteo en el agua..., debió de haber sido en el pozo. Ammi había dejado a Hero desatado cerca del pozo, y algún animalito debió meterse entre sus patas, asustándolo, y dejándose caer después en el pozo. Y la casa seguía brillando con una pálida fosforescencia. ¡Dios mío! ¡Qué antigua era la casa! La mayor parte de ella edificada antes de 1670, y el tejado holandés más tarde de 1730.

En aquel momento se oyó el ruido de algo que se arrastraba por el suelo de la planta baja, y Ammi aferró con fuerza el palo que había cogido en el ático sin ningún propósito determinado. Procurando dominar sus nervios, terminó su descenso y se dirigió a la cocina. Pero no llegó a ella, ya que lo que buscaba no estaba ya allí. Había salido a su encuentro, y hasta cierto punto estaba aún vivo. Si se había arrastrado o si había sido arrastrado por fuerzas externas, es cosa que Ammi no hubiera podido decir; pero la muerte había tomado parte en ello. Todo había ocurrido durante la última media hora, pero el proceso de desintegración estaba ya muy avanzado. Había allí una horrible fragilidad, debida a lo quebradizo de la materia, y del cuerpo se desprendían fragmentos secos. Ammi no pudo tocarlo, limitándose a contemplar horrorizado la retorcida caricatura de lo que había sido un rostro. “¿Qué ha pasado, Nahum..., qué ha pasado?”, Susurró, y los agrietados y tumefactos labios apenas pudieron murmurar una respuesta final.

“Nada..., nada...; el color... quema...; frío y húmedo, pero quema...; vive en el pozo..., lo he visto..., una especie de humo... igual que las flores de la pasada primavera...; el pozo brilla por la noche... Se llevó a Thad, y a Merwín, y a Zenas..., todas las cosas vivas...; sorbe la vida de todas las cosas...; en aquella piedra tuvo que llegar en aquella piedra...; la aplastaron...; era el mismo color..., el mismo, como las flores y las plantas...; tiene que haber más...; crecieron..., lo he visto esta semana...; tuvo que darle fuerte a Zenas...; era un chico fuerte, lleno de vida...; le golpea a uno la mente y luego se apodera de él...; quema mucho...; en el agua del pozo...; no pueden sacarle de allí..., ahogarle... Se ha llevado también a Zenas...; tenias razón...; el agua está embrujada... ¿Cómo está Nabby, Ammi?... Mi cabeza no funciona...; no sé cuánto hace que no le he subido comida...; la cosa la atacó también a ella...; el color...; su rostro tiene el mismo color por las noches..., y el color quema y sorbe; procede de algún lugar donde las cosas no son como aquí...; uno de los profesores lo dijo...; tenía razón mira, Ammi, está sorbiendo más..., sorbiendo la vida...”

Pero eso fue todo. La cosa que había hablado no podía hablar más porque se había encogido completamente. Ammi lo cubrió con un mantel a cuadros blancos y rojos y salió de la casa por la puerta trasera. Trepó por la ladera que conduce a las tierras altas y regresó a su hogar por el camino del Norte y los bosques. No pudo pasar junto al pozo desde el cual había huido su caballo. Miró hacia el pozo a través de una ventana y recordó el chapoteo que había oído..., el chapoteo de algo que se había sumergido en el pozo después de lo que había hecho con el desdichado Nahum...

Cuando Ammi llegó a su casa se encontró con que el caballo y la calesa le habían precedido; su esposa le aguardaba llena de ansiedad. Después de tranquilizarla, sin darle ninguna explicación, se dirigió a Arkham y notificó a las autoridades que la familia Gardner ya no existía. No entró en detalles, limitándose a hablar de las muertes de Nahum y de Nabby; la de Thaddeus era ya conocida, y dijo que la causa de la muerte parecía ser la misma extraña dolencia que había atacado al ganado. También dijo que Merwin y Zenas habían desaparecido. En la jefatura de policía le interrogaron ampliamente, y al final se vio obligado a acompañar a tres agentes a la granja de Gardner, juntamente con el coroner, el médico forense y el veterinario que había atendido a los animales enfermos. Ammi fue con ellos de muy mala gana, ya que la tarde estaba muy avanzada y temía que la noche le cogiera en aquel lugar maldito, aunque era un consuelo saber que iba a estar acompañado de tantos hombres.

Los seis hombres montaron en un carro, siguiendo a la calesa de Ammi, y llegaron a la granja alrededor de las cuatro. A pesar de que los agentes estaban acostumbrados a presenciar espectáculos horripilantes, todos se estremecieron a la vista de lo que fue encontrado debajo del mantel a cuadros rojos y blancos, y en la habitación del ático. El aspecto de la granja, con su desolación gris, era ya bastante terrible, pero aquellos dos retorcidos objetos sobrepasaban toda medida de horror. Nadie pudo contemplarlos más allá de un par de segundos, e incluso el médico forense admitió que allí había muy poco que examinar. Podían analizarse unas muestras, desde luego, de modo que él mismo se encargó de agenciárselas..., y al parecer aquellas muestras provocaron el más inextricable rompecabezas con que se enfrentara nunca el laboratorio de la Universidad. Bajo el espectroscopio, las muestras revelaron un espectro desconocido, muchas de cuyas bandas eran iguales que las que había revelado el extraño meteoro al ser analizado. La propiedad de emitir aquel espectro se desvaneció en un mes, y el polvo consistía principalmente en fosfatos y carbonatos alcalinos.

Ammi no les hubiera hablado del pozo, de haber sabido que iban a actuar inmediatamente. Se acercaba la puesta de sol y estaba ansioso por marcharse de allí. Pero no pudo evitar el dirigir miradas nerviosas al pozo, cosa que fue observada por uno de los policías, el cual le interrogó Ammi admitió que Nahum había temido a algo que estaba escondido en el pozo... hasta el punto de que no se había atrevido a comprobar si Merwin o Zenas se hablan caído dentro. La policía decidió vaciar el pozo y explorarlo inmediatamente, de modo que Ammi tuvo que esperar, temblando, mientras el pozo era vaciado cubo a cubo. El agua hedía de un modo insoportable, y los hombres tuvieron que taparse las narices con sus pañuelos para poder terminar la tarea. Menos mal que el trabajo no fue tan largo como habían creído, ya que el nivel del agua era sorprendentemente bajo. No es necesario hablar con demasiados detalles de lo que encontraron. Merwin y Zenas estaban allí los dos, aunque sus restos eran principalmente esqueléticos. Había también un pequeño cordero y un perro grande en el mismo estado de descomposición, aproximadamente, y cierta cantidad de huesos de animales más pequeños. El limo del fondo parecía inexplicablemente poroso y burbujeante, y un hombre que bajó atado a una cuerda y provisto de una larga pértiga se encontró con que podía hundir la pértiga en el fango en toda su longitud sin encontrar ningún obstáculo.

La noche se estaba echando encima y entraron en la casa en busca de faroles. Luego, cuando vieron que no podían sacar nada más del pozo, volvieron a entrar en la casa y conferenciaron en la antigua sala de estar mientras la intermitente claridad de una espectral media luna iluminaba a intervalos la gris desolación del exterior. Los hombres estaban francamente perplejos ante aquel caso y no podían encontrar ningún elemento convincente que relacionara las extrañas condiciones de los vegetales, la desconocida enfermedad del ganado y de las personas, y las inexplicables muertes de Merwin y Zenas en el pozo. Habían oído los comentarios y las habladurías de la gente, desde luego; pero no podían creer que hubiese ocurrido algo contrario a las leyes naturales. Era evidente que el meteoro había emponzoñado el suelo pero la enfermedad de personas y animales que no habían comido nada crecido en aquel suelo era harina de otro costal. ¿Se trataba del agua del pozo? Posiblemente. No sería mala idea analizarla. Pero ¿por qué singular locura se habían arrojado los dos muchachos al pozo? Habían actuado de un modo muy similar... y sus restos demostraban que los dos habían padecido a causa de la muerte quebradiza y gris. ¿Por qué todas las cosas se volvían grises y quebradizas?

El coroner, sentado junto a una ventana que daba al patio, fue el primero en darse cuenta de la fosforescencia que había alrededor del pozo. La noche había caído del todo, y los terrenos que rodeaban la granja parecían brillar débilmente con una luminosidad que no era la de los rayos de la luna; pero aquella nueva fosforescencia era algo definido y distinto, y parecía surgir del negro agujero como la claridad apagada de un faro, reflejándose amortiguadamente en las pequeñas charcas que el agua vaciada del pozo había formado en el suelo. La fosforescencia tenía un color muy raro, y mientras todos los hombres se acercaban a la ventana para contemplar el fenómeno, Ammi lanzó una violenta exclamación. El color de aquella fantasmal fosforescencia le resultaba familiar. Lo había visto antes, y se sintió lleno de temor ante lo que podía significar. Lo había visto en aquel horrendo glóbulo quebradizo hacía dos veranos, lo había visto en la vegetación durante la primavera, y había creído verlo por un instante aquella misma mañana contra la pequeña ventana enrejada de la horrible habitación del ático donde habían ocurrido cosas que no tenían explicación. Había brillado allí por espacio de un segundo, y una espantosa corriente de vapor le había rozado..., y luego el pobre Nahum había sido arrastrado por algo de aquel color. Nahum lo había dicho al final..., había dicho que era como el glóbulo y las plantas. Después se había producido la fuga en el patio y el chapoteo en el pozo..., y ahora aquel pozo estaba proyectando a la noche un pálido e insidioso reflejo del mismo diabólico color.

Una prueba fehaciente de la viveza mental de Ammi es que en aquel momento de suprema tensión se sintió intrigado por algo que era fundamentalmente científico. Se preguntó cómo era posible recibir la misma impresión de una corriente de vapor deslizándose en pleno día por una ventana abierta al cielo matinal, y de una fosforescencia nocturna proyectándose contra el negro y desolado paisaje. No era lógico..., resultaba antinatural... Y entonces recordó las últimas palabras pronunciadas por su desdichado amigo “rocede de algún lugar donde las cosas no son como aquí..., uno de los profesores lo dijo...”

Los tres caballos que se encontraban en el exterior de la casa, atados a unos árboles junto al camino, estaban ahora relinchando y coceando frenéticamente. El conductor del carro se dirigió hacia la puerta para ver qué sucedía, pero Ammi apoyó una mano en su hombro. “No salga usted —susurró—. No sabemos lo que sucede ahí afuera. Nahum dijo que en el pozo vivía algo que sorbía la vida. Dijo que era algo que había surgido de una bola redonda como la que vimos dentro del meteorito que cayó aquí hace más de un año. Dijo que quemaba y sorbía, y que era una nube de color como la fosforescencia que ahora sale del pozo, y que nadie puede saber lo que es. Nahum creía que se alimentaba de todo lo viviente y afirmó que lo había visto la pasada semana. Tiene que ser algo caído del cielo, igual que el meteorito, tal como dijeron los profesores de la Universidad. Su forma y sus actos no tienen nada que ver con el mundo de Dios. Es algo que procede del más allá.”

De modo que el hombre se detuvo, indeciso, mientras la fosforescencia que salía del pozo se hacía más intensa y los caballos coceaban y relinchaban con creciente frenesí. Fue realmente un espantoso momento; con los restos monstruosos de cuatro personas —dos en la misma casa y dos en el pozo—, y aquella desconocida iridiscencia que surgía de las fangosas profundidades. Ammi había cerrado el paso al conductor del carro llevado por un repentino impulso, olvidando que a él mismo no le había sucedido nada después de ser rozado por aquella horrible columna de vapor en la habitación del ático, pero no se arrepentía de haberlo hecho. Nadie podía saber lo que había aquella noche en el exterior; nadie podía conocer la índole de los peligros que podían acechar a un hombre enfrentado con una amenaza completamente desconocida.

De repente, uno de los policías que estaba en la ventana profirió una exclamación. Los demás se le quedaron mirando, y luego siguieron la dirección de los ojos de su compañero. No había necesidad de palabras. Lo que había de discutible en las habladurías de los campesinos ya no podría ser discutido en adelante porque allí había seis testigos de excepción, media docena de hombres que, por la índole de sus profesiones, no creían más que lo que veían con sus propios ojos. Ante todo es necesario dejar sentado que a aquella hora de la noche no soplaba ningún viento. Poco después empezó a soplar, pero en aquel momento el aire estaba completamente inmóvil. Y, sin embargo, en medio de aquella tensa y absoluta calma, los árboles del patio estaban moviéndose. Se movían morbosa y espasmódicamente, agitando sus desnudas ramas, en convulsivas y epilépticas sacudidas, hacia las nubes bañadas por la luz de la luna; arañando con impotencia el aire inmóvil, como empujados por una misteriosa fuerza subterránea que ascendiera desde debajo de las negras raíces.

Por espacio de unos segundos todos los hombres reunidos en la granja de Gardner contuvieron el aliento. Luego, una nube más oscura que las demás veló la luna, y la silueta de las agitadas ramas se disipó momentáneamente. En aquel instante un grito de espanto se escapó de todas las gargantas, ya que el horror no se había desvanecido con la silueta, y en un pavoroso momento de oscuridad más profunda los hombres vieron retorcerse en la copa del más alto de los árboles un millar de diminutos puntos fosforescentes, brillando como el fuego de San Telmo o como las lenguas de fuego que descendieron sobre las cabezas de los Apóstoles el día de Pentecostés. Era una monstruosa constelación de luces sobrenaturales, como un enjambre de luciérnagas necrófa*gas bailando una infernal zarabanda sobre una ciénaga maldita; y su color era el mismo que Ammi había llegado a reconocer y a temer. Entretanto, la fosforescencia del pozo se hacía cada vez más brillante, infundiendo en los hombres reunidos en la granja una sensación de anormalidad que anulaba cualquier imagen que sus mentes conscientes pudieran formar. Ya no brillaba: estaba vertiéndose hacia afuera. Y mientras la informe corriente de indescriptible color abandonaba el pozo, parecía flotar directamente hacia el cielo.

El veterinario se estremeció y se acercó a la puerta para echar la doble barra. Ammi estaba también muy impresionado y tuvo que limitarse a señalar con la mano, por falta de voz, cuando quiso llamar la atención de los demás sobre la creciente luminosidad de los árboles. Los relinchos de los caballos se habían convertido en algo espantoso, pero ni uno solo de aquellos hombres se hubiese aventurado a salir por nada del mundo. El brillo de los árboles fue en aumento, mientras sus inquietas ramas parecían extenderse más y más hacia la verticalidad. De pronto se produjo una intensa conmoción en el camino, y cuando Ammi alzó la lámpara para que proyectara un poco más de claridad al exterior, comprobaron que los frenéticos caballos habían roto sus ataduras y huían enloquecidos con el carro.

La impresión sirvió para soltar varias lenguas y se intercambiaron inquietos susurros. “Se extiende sobre todas las cosas orgánicas que hay por aquí”, murmuró el médico forense. Nadie contestó, pero el hombre que había bajado al pozo aventuró la opinión de que su pértiga debió de haber removido algo intangible. “Fue algo terrible —añadió—. No había fondo de ninguna clase. Únicamente fango, y burbujas, y la sensación de algo oculto debajo...”

El caballo de Ammi seguía coceando y relinchando desesperadamente en el camino exterior y casi ahogó el débil sonido de la voz de su dueño mientras éste murmuraba sus deshilvanadas reflexiones. “Salió de aquella piedra..., fue creciendo y alimentándose de todas las cosas vivas...; se alimentaba de ellas, alma y cuerpo... Thad y Merwin, Zenas y Nabby... Nahum fue el último... Todos bebieron agua del... Se apoderó de ellos... Llegó del más allá, donde las cosas no son como aquí..., y ahora regresa al lugar de donde procede...”

En aquel momento, mientras la columna de desconocido color brillaba con repentina intensidad y empezaba a entrelazase, con fantásticas sugerencias de forma que cada uno de los espectadores describió más tarde de un modo distinto, el desdichado Hero profirió un aullido que ningún hombre había oído nunca salir de la garganta de un caballo. Todos los que estaban en la casa se taparon los oídos, y Ammi se apartó de la ventana horrorizado. Cuando miró de nuevo hacia el exterior, el pobre animal yacía inerte en el suelo bañado por la luz de la luna entre las astilladas varas de la calesa. Y allí se quedó hasta que lo enterraron al día siguiente. Pero el momento presente no permitía entregarse a lamentaciones, ya que casi en el mismo instante uno de los policías les llamó silenciosamente la atención sobre algo terrible que estaba sucediendo en el interior de la habitación donde se encontraban. Donde no alcanzaba la claridad de la lámpara podía verse una débil fosforescencia que había empezado a invadir toda la estancia. Brillaba en el suelo de tablas y en la raída alfombra, y resplandecía débilmente en los marcos de las pequeñas ventanas. Corría de un lado para otro, llenando puertas y muebles. A cada momento se hacia más intensa, y al final se hizo evidente que las cosas vivientes debían abandonar enseguida aquella casa.

Ammi les mostró la puerta trasera y el camino que conducía a las tierras altas. Avanzaron con paso inseguro, como sonámbulos, y no se atrevieron a mirar atrás hasta que llegaron al camino del Norte. Ninguno de ellos hubiera osado pasar por el camino que discurría junto al pozo... Cuando miraron atrás, hacia el valle y la distante granja de Gardner, contemplaron un horrible espectáculo. Toda la granja brillaba con el espantoso y desconocido color; árboles, edificaciones e incluso la hierba que no había sido transformada aún en quebradiza y gris. Las ramas estaban todas extendidas hacia el cielo, coronadas con lenguas de fuego, y radiantes goterones del mismo monstruoso fuego ardían encima de la casa, del granero y de los cobertizos. Era una escena de una visión de Fusell, y sobre todo el resto reinaba aquella borrachera de luminoso amorfismo, aquel extraño arco iris de misterioso veneno del pozo..., hirviendo, saltando, centelleando y burbujeando malignamente en su cósmico e irreconocible cromatismo.

Luego, súbitamente, la horrible cosa salió disparada verticalmente hacia el cielo, como un cohete o un meteoro, sin dejar ningún rastro detrás de ella y desapareciendo a través de un redondo y curiosamente simétrico agujero abierto en las nubes, antes de que ninguno de los hombres pudiera expresar su asombro. Ningún espectador podría olvidar nunca aquel espectáculo, y Ammi se quedó mirando estúpidamente el camino que había seguido el color hasta mezclarse con las estrellas de la Vía Láctea. Pero su mirada fue atraída inmediatamente hacia la tierra por el estrépito que acababa de producirse en el valle. Había sido un estrépito, y no una explosión, como afirmaron algunos de los componentes del grupo. Pero el resultado fue el mismo, ya que en un caleidoscópico instante la granja y sus alrededores parecieron estallar, enviando hacia el cenit una nube de coloreados y fantásticos fragmentos. Los fragmentos se desvanecieron en el aire, dejando una nube de vapor que al cabo de un segundo se había desvanecido también. Los asombrados espectadores decidieron que no valía la pena esperar a que volviera a salir la luna para comprobar los efectos de aquel cataclismo en la granja de Nahum.

Demasiado asustados incluso para aventurar alguna teoría, los siete hombres regresaron a Arkham por el camino del Norte. Ammi estaba peor que sus compañeros y les suplicó que le acompañaran hasta su casa en vez de dirigirse directamente al pueblo. Por nada del mundo hubiera cruzado el bosque solo a aquella hora de la noche. Estaba más asustado que los demás porque había sufrido una impresión que los otros se habían ahorrado, y se sentía oprimido por un temor que por espacio de muchos años no se atrevió a mencionar. Mientras el resto de los espectadores en aquella tempestuosa colina había vuelto estólidamente sus rostros al camino, Ammi había mirado hacia atrás por un instante para contemplar el sombrío valle de desolación al que tantas veces había acudido. Y había visto algo que se alzaba débilmente para hundirse de nuevo en el lugar desde el cual el informe horror había salido disparado hacia el cielo. Era solamente un color..., aunque no era ningún color de nuestra tierra ni de los cielos. Y porque Ammi reconoció aquel color, y supo que sus últimos y débiles restos debían seguir ocultos en el pozo, nunca ha estado completamente cuerdo desde entonces.

Ammi no se acercaría a aquel lugar por nada del mundo. Hace cuarenta y cuatro años que sucedieron los hechos que acabo de narrar, pero Ammi no ha vuelto a pisar aquellas tierras y le alegra saber que pronto quedarán enterradas debajo de las aguas. También a mí me alegra la idea, ya que no me gustó nada ver cómo cambiaba de color la luz del sol al reflejarse en aquel abandonado pozo. Espero que el agua será siempre muy profunda, pero aunque así sea nunca la beberé. No creo que regrese a la región de Arkham. Tres de los hombres que habían estado con Ammi volvieron al día siguiente para ver las ruinas a la luz del día, pero en realidad no había ruinas. Únicamente los ladrillos de la chimenea, las piedras de la bodega, algunos restos minerales y metálicos, y el brocal de aquel nefasto pozo. A excepción del caballo de Ammi, que enterraron aquella misma mañana, y de la calesa, que no tardaron en devolver a su dueño, todas las cosas que habían tenido vida habían desaparecido. Sólo quedaban cinco acres de desierto polvoriento y grisáceo, y desde entonces no ha crecido en aquellos terrenos ni una brizna de hierba. En la actualidad aparece como una gran mancha comida por el ácido en medio de los bosques y campos, y los pocos que se han atrevido a acercarse por allí a pesar de las leyendas campesinas le han dado el nombre de “erial maldito”.

Las leyendas campesinas son muy extrañas. Y podrían ser incluso más extrañas si los hombres de la ciudad y los químicos universitarios tuvieran el interés suficiente para analizar el agua de aquel pozo olvidado, o el polvo gris que ningún viento parece dispersar. Los botánicos podrían estudiar también la sorprendente flora que crece en los límites de aquellos terrenos, ya que de este modo podrían confirmar o refutar lo que dice la gente: que la zona emponzoñada está extendiéndose poco a poco, quizás una pulgada al año... La gente dice que el color de la hierba que crece en aquellos alrededores no es el que le corresponde y que los animales salvajes dejan extrañas huellas en la nieve cuando llega el invierno. La nieve no parece cuajar tanto en el erial maldito como en otros lugares. Los caballos —los pocos que quedan en esta época motorizada— se ponen nerviosos en el silencioso valle; y los cazadores no pueden acercarse con sus perros a las inmediaciones del erial maldito.

Dicen también que las influencias mentales son muy malas; y que todos los que han tratado de establecerse allí, extranjeros en su inmensa mayoría, han tenido que marcharse acosados por extrañas fantasías y sueños. Ningún viajero ha dejado de experimentar una sensación de extrañeza en aquellas profundas hondonadas, y los artistas tiemblan mientras pintan unos bosques cuyo misterio es tanto de la mente como de la vista. Y yo mismo estoy sorprendido de la sensación que me produjo mi único paseo solitario por aquellos lugares antes de que Ammi me contara su historia.

No me pregunten mi opinión. No sé: esto es todo. La única persona que podía ser interrogada acerca de los extraños días es Ammi, ya que la gente de Arkham no quiere hablar de este asunto, y los tres profesores que vieron el meteorito y su coloreado glóbulo están muertos. ¿Había otros glóbulos? Probablemente. Uno de ellos consiguió alimentarse y escapar, en tanto que otro no había podido alimentarse suficientemente y continuaba en el pozo... Los campesinos dicen que la zona emponzoñada se ensancha una pulgada cada año, de modo que tal vez existe algún tipo de crecimiento o de alimentación incluso ahora. Pero, sea lo que sea lo que haya allí, tiene que verse trabado por algo, ya que de no ser así se extendería rápidamente. ¿Está atado a las raíces de aquellos árboles que arañan el aire?

Lo que es, sólo Dios lo sabe. En términos de materia, supongo que la cosa que Ammi describió puede ser llamada un gas, pero aquel gas obedecía a unas leyes que no son de nuestro cosmos. No era fruto de los planetas y soles que brillan en los telescopios y en las placas fotográficas de nuestros observatorios. No era ningún soplo de los cielos cuyos movimientos y dimensiones miden nuestros astrónomos o consideran demasiado vastos para ser medidos. No era más que un color surgido del espacio..., un pavoroso mensajero de unos reinos del infinito situados más allá de la Naturaleza que nosotros conocemos; de unos reinos cuya simple existencia aturde el cerebro con las inmensas posibilidades extracósmicas que ofrece a nuestra imaginación.

Dudo mucho de que Ammi me mintiera de un modo consciente, y no creo que su historia sea el relato de una mente desquiciada, como supone la gente de la ciudad. Algo terrible llegó a las colinas y valles con aquel meteoro, y algo terrible —aunque ignoro en qué medida— sigue estando allí. Me alegra pensar que todos aquellos terrenos quedarán inundados por las aguas. Entretanto, espero que no le suceda nada a Ammi. Vio tanto de la cosa..., y su influencia era tan insidiosa... ¿Por qué no ha sido capaz de marcharse a vivir a otra parte? Ammi es un anciano muy simpático y muy buena persona, y cuando la brigada de trabajadores empiece su tarea tengo que escribir al ingeniero jefe para que no le pierda de vista. Me disgustaría recordarle como una gris, retorcida y quebradiza monstruosidad de las que turban cada día más mi sueño.

<p>Gente Muy Antigua<a l:href="#n2" target="_blank">[2]</a></p>

Providence, 2 de noviembre de 1927

Querido Melmoth:

... ¿Así que estás terriblemente ocupado tratando de descubrir el sombrío pasado de aquel insufrible joven asiático llamado Varius Avitus Bassianus? ¡Pufí ¡Hay pocas personas que aborrezca más que a esa maldita ratita siria!

Yo mismo he sido transportado hace poco a los negros tiempos romanos a causa de mi reciente lectura del Aenied, de James Rhoades, en una traducción que no había leído nunca, más fehaciente para P. Maro que cualquier otra versión, incluyendo la de mi tío, el doctor Clark, que aún no ha sido publicada. Esta diversión virgiliana, unida a los espectrales incidentes y acontecimientos de la fiesta de Difuntos con sus ceremonias brujeriles en las colinas, me provocaron la noche del lunes pasado un sueño muy vivido y claro desarrollado en los tiempos de los romanos, con tales connotaciones terroríficas que estoy seguro algún día plasmaré en papel. Los sueños sobre los romanos no eran infrecuentes durante mi infancia —generalmente seguía al divino Julio arrasando las Galias, convertido en un Tribunus Militum—, pero hacía tanto tiempo que no tenía uno que éste me ha impresionado mucho.

Atardecía en un crepúsculo roji*zo en la ciudad provinciana de Pómpelo, a los pies de los Pirineos en la Hispania Citerior. El año que trascurría era uno de los del final de la República, ya que la provincia aún estaba gobernada por un procónsul senatorial en vez del legado de Augusto, y el día era el primero de noviembre. Las colinas se erguían roji*zas y doradas al norte de la pequeña ciudad, y el sol lucía oblicuo sobre las piedras recién colocadas de los edificios enormes del foro y las paredes de madera del circo, hacia el este. Grupos de ciudadanos —colonos de Roma y nativos romanizados de negros cabellos, junto con gentes mestizas por las uniones entre ellos, vestidos con suaves túnicas— y legionarios armados y hombres de negras barbas llegados de las cercanas tribus de los vascones, caminaban por las calles y el foro con una especie de pasividad vaga e indefinida. Yo mismo acababa de bajarme de una litera que los portadores ilirios habían traído, a través de Iberia, desde Calagurria. Creo que yo era un cuestor provincial llamado L. Caelius Rufús, y que había sido llamado por el procónsul, P. Scribonius Libo, cohorte de la XII legión, bajo la tribuna militar de Sex. Asellius; el legado de toda la región, Cr. Balbutius, también había venido desde Calagurria, donde se hallaba permanentemente.

La causa de la reunión era un horror que pululaba en las colinas. Los ciudadanos estaban aterrorizados, y habían solicitado la presencia de una cohorte de Calagurria. Estábamos en la terrible estación del otoño, y la gente salvaje de las montañas se preparaba para las aterradoras ceremonias de las que sólo llegaban rumores a la ciudad. Ellos eran la antigua raza que habitaba en lo más alto de las colinas y que hablaban un cortante lenguaje que los vascones no podían entender. Rara vez se los veía; pero algunas veces al año enviaban mensajeros de ojos pequeños y amarillentos (que parecían escitas) para traficar con los mercaderes por medio de señas; y todos los otoños y primaveras realizaban sus ritos ancestrales en los picos de las montañas, y con sus gritos y fogatas aterrorizaban a los ciudadanos de las villas. Siempre era igual; la noche anterior al inicio de mayo y la noche anterior al inicio de noviembre. Mucha gente podía desaparecer antes de esas fechas para no ser vista nunca más. Y había ciertos rumores acerca de que los pastores y agricultores nativos no estaban mal dispuestos con aquella antigua raza, y que más de una cabaña de campesinos se hallaba vacía aquellas noches sabáticas.

Aquel año el horror fue grande, pues la gente sabía que las miras de la antigua raza apuntaban a Pómpelo. Tres meses antes, cinco de aquellos hombres de mirada furtiva habían llegado de las colinas, y tres de ellos habían sido asesinados en el mercado. Los dos restantes habían vuelto a sus colinas sin decir una palabra; y aquel otoño ni un solo lugareño había desaparecido. No era lógico. No era corriente que la antigua raza perdonara a sus víctimas para el Sabbath. Era demasiado bueno para ser normal, y los habitantes estaban asustados.

Durante muchas noches hubo batir de tambores en las colinas, y finalmente el edil Tib. Annaeaus Stilpo (de sangre nativa) había llamado una cohorte de Balbutius, en Calagurria, para acabar con el Sabbath de aquella horrible noche. Balbutius había rechazado de plano los temores de los ciudadanos, y aseguraba que los terribles ritos de la gente de las colinas no tenían nada que ver con los ciudadanos romanos. Yo, sin embargo, que debía ser un amigo cercano de Balbutius, estaba en desacuerdo con él; argumenté que había estudiado detenidamente la negra, prohibida ciencia, y que creía que la antigua gente sería capaz de lanzar alguna maldición impronunciable sobre la ciudad, que ante todo era un asentamiento romano y cobijaba gran cantidad de ciudadanos nuestros. La comprensiva madre del edil, Helvia, era romana pura, hija de M. Helvius Cinna, que había llegado con la armada de Escipión. De forma que envié un esclavo —un pequeño griego llamado Antípater— al procónsul con una serie de cartas; y Escribonius atendió mis ruegos y ordenó a Balbutius que enviase la quinta cohorte, bajo el mando de Asellius, a Pómpelo; aconsejando que recorriese las colinas la primera noche de noviembre y cogiese todos los prisioneros que interviniesen en esas orgías sin nombre, trayéndolos a Tarraco. Balbutius, sin embargo, había protestado, por lo cual hubo más intercambio de correspondencia.

Yo había escrito tantas veces al procónsul que éste llegó a interesarse profundamente en el tema, y decidió intervenir personalmente en el horrible asunto. Finalmente se dirigió a Pómpelo con su consejero y asistentes personales; allí escuchó los suficientes rumores como para preocuparse, y decidió acabar con aquellos ritos. Deseoso de ser acompañado por alguien que hubiese estudiado el tema, me ordenó que acompañase a la cohorte de Asellius; Balbutius también vino con nosotros para insistir en sus creencias, pues él pensaba sinceramente que las acciones militares drásticas podrían desarrollar un resentimiento peligroso en contra de los vascones. De esta forma nos hallábamos en el místico crepúsculo de las colinas otoñales: el viejo Escribonius Libo con su toga de mando, los rayos dorados reflejándose en su cabeza lisa y en su rostro de halcón; Balbutius con su casco resplandeciente, con los labios contraídos en una mueca de oposición; el joven Asellius con sus maneras graves y su aire de superioridad, y la curiosa mezcolanza de gentes, legionarios, aldeanos, paseantes, esclavos y criados. Yo mismo llevaba una simple toga, sin ningún distintivo especial.

Y por todos sitios se hacía patente el horror. Las gentes de la ciudad no se atrevían a hablar en voz alta, y los hombres del cortejo de Libo, que llevaban aquí una semana, parecían haber adquirido algo de esas tétricas maneras. Incluso el viejo Escribonius parecía muy serio, y las fuertes voces de los que habíamos llegado después sonaban inapropiadas, como si estuviéramos en un lugar de muerte o en el templo de algún dios mítico. Entramos en el praetorium y nos entregamos a una grave conversación. Balbutius presentó sus objeciones, y fue apoyado por Asellius, que parecía ser muy contemplativo con los nativos a la vez que creía inoportuno excitarlos. Ambos soldados mantenían que era mejor afrontar los miedos de los pocos nativos colonizados no haciendo nada que levantara las iras de los muchos pobladores y lugareños de las colinas acabando con sus ritos ancestrales. Yo, en cambio, mantenía que debíamos entrar en acción, y me ofrecí voluntario para una posible expedición. Apunté que los salvajes vascones eran como poco turbulentos e inciertos, de tal forma que un encuentro armado con ellos era inevitable más pronto o más tarde, fuesen cuales fuesen los cuidados que dispusiéramos; que en el pasado no habían demostrado ser serios adversarios a las legiones romanas, y que podría ser peligroso que los mandos de la Roma imperial no tomasen medidas para proteger a sus ciudadanos. También dije que el éxito de la administración de una provincia dependía en primer lugar de la seguridad de los elementos civilizados en cuyas manos descansaban los resortes del comercio y la prosperidad, y por cuyas venas circulaba la sangre del pueblo romano. Estos elementos, aunque eran minoría, daban estabilidad al conjunto, y su cooperación mantenía firme el poder en la provincia del Imperio, del Senado y la gente de Roma. Era materia primordial proteger a los ciudadanos romanos; incluso (y aquí lancé una mirada sarcástica a Balbutius y Aselius) aunque fuese necesario algo de actividad y se interrumpiesen las fiestas y banquetes en el campamento de Calagurria.

De acuerdo a mis estudios, no tenía ninguna duda de que el peligro sobre la ciudad y habitantes de Pómpelo era algo real. Había leído muchos manuscritos sirios, egipcios y de las crípticas ciudades de Etruria, y había hablado frecuentemente con los sacerdotes de Diana Aricina en su templo en los bosques que bordean el lago Nemorensis. Había ciertas maldiciones horripilantes que podían ser invocadas en las colinas la noche del Sabbath; maldiciones que no debían existir dentro de los límites de la nación romana; y no era menester permitir la realización de orgías que ya habían sido condenadas por A. Postumius que, cuando era cónsul, había ejecutado a muchos ciudadanos romanos por la práctica de bacanales; estos acontecimientos fueron recogidos por el senador consular de Bacanalia, que mandó esculpirlos en bronce y mostrarlos a las gentes.

Además, antes de que el poder de las invocaciones pudiesen traer algo material, el hierro de la pilum romana podría acabar con ellos, esta festividad no podía significar mucho para la fuerza de una simple cohorte. Sólo se necesitaría apresar a los participantes, y la liberación de los simples espectadores reduciría el resentimiento que pudieran haber adquirido los simpatizantes de los ritos de la antigua raza. Resumiendo, los principios políticos requerían acciones drásticas; y yo no albergaba ninguna duda de que Publius Escribonius, con su sentimiento de dignidad y sus obligaciones para con las gentes romanas, ordenaría avanzar a la cohorte, y a mí con ella, a pesar de las objeciones de Balbutius y Asellius; que, en verdad, hablaban más como provincianos que como ciudadanos romanos.

El sol se hallaba muy bajo ahora, y toda la ciudad parecía sumida en un fulgor irreal y maligno. Entonces el procónsul P. Escribonius dijo que estaba de acuerdo con mis consejos, y me emplazó en una de las cohortes con el rango provisional de centurio prímipilus; Balbutius y Asellius accedieron, el primero con mejor ánimo que el segundo.

Mientras el crepúsculo caía sobre los precipicios otoñales, un extraño, horrible batir de tambores se diseminó en la distacia con monótono ritmo. Algunos de los legionarios se estremecieron, pero las fuertes voces de mando les hicieron ponerse firmes; y pronto toda la cohorte fue conducida hacia el este desde el circo. Libo, al igual que Balbutius, insistió en acompañar a la cohorte; pero tuvimos gran dificultad para encontrar un nativo que nos mostrase las escabrosas sendas de las montanas. Por fin, un joven llamado Varcellius, hijo de romanos de sangre pura, accedió a llevarnos al inicio de las colinas. Comenzamos a caminar bajo la oscuridad creciente, con los rayos de una plateada luna luciendo sobre los bosques que se extendían a nuestra izquierda.

Lo que más nos inquietaba era el hecho de que el Sabath fuera celebrado de cualquier forma. Las nuevas de que una cohorte se hallaba en camino deberían haber llegado a las colinas, incluso aunque la decisión hubiese sido otra que la tomada, el rumor debería haber sido igual de alarmante; sin embargo, los horribles tambores continuaban batiendo, como si los participantes tuvieran alguna razón peculiar para mostrarse totalmente indiferentes marcharan o no contra ellos las legiones romanas.

El sonido creció en intensidad según nos adentrábamos en las primeras cuestas de las colinas, con tupidos bosques rodeándonos por todos sitios, cuyos troncos adoptaban fantasmagóricas formas a la luz de nuestras antorchas. Todos iban a pie excepto Libo, Balbutius, Asellius, dos o tres centuriones y yo mismo; y poco a poco el camino se fue haciendo tan abrupto y estrecho que aquellos que teníamos caballos nos vimos forzados a dejarlos; dejamos una guardia de diez hombres para guardarlos, aunque las bandas de ladrones difícilmente se atreverían a actuar en semejante noche de horror. Después de media hora de marcha, escalando por escarpes y riscos, el avance llegó a hacerse muy diflcultuoso para una fuerza tan grande de hombres —unos trescientos— que se veían obligados continuamente a atravesar dificultades rocosas.

Y entonces, con una claridad horrible, escuchamos un sonido helador que provenía de abajo de nosotros. Llegaba del lugar donde habíamos dejado a los caballos; gritaban... no relinchaban, sino que gritaban... y no se veía ninguna luz, no se oía el sonido de voces humanas, que pudiesen indicar qué estaba sucediendo. En el mismo momento, cientos de fuegos se encendieron en los picachos que estaban sobre nuestras cabezas, de tal forma que el horror parecía venirnos tanto de arriba como de abajo. Dirigimos la vista hacia nuestro joven guía Varcellius y sólo pudimos contemplar una cabeza cortada en mitad de un charco de sangre. En su mano lucía una corta espada que había cogido del cinturón de D. Vinulanus, un subcenturio, y su rostro mostraba tal expresión de horror que incluso los más agerridos veteranos se pusieron lívidos con su sola contemplación. Se había matado a sí mismo al escuchar los gritos de los caballos... él, que había nacido y vivido toda su vida en la región, y conocía qué clase de hombres murmuraba acerca de las colinas.

Las antorchas empezaron a apagarse, y los gritos de los espantados legionarios se mezclaron con los de los caballos. El aire se tornó perceptiblemente más frío, más de lo normal para los primeros días de noviembre, y parecía batir con terribles vibraciones que yo no me atrevía a conexionar con el zumbido de los tambores. Toda la cohorte permaneció quieta, y, cuando las antorchas terminaron de apagarse, contemplé unas sombras fantásticas que se dibujaban en el cielo sobre la luminosidad de la Vía Láctea, como si proviniesen de Perseus, Casiopea, Cefeus y Cygnus.

De pronto, todas las estrellas se esfumaron del cielo, incluso las brillantes Vega y Deben, así como la solitaria Altair y Fomalhaut. Las antorchas se apagaron completamente, todas a la vez, y sobre la cohorte aterrada y aullante sólo quedó el desconcierto y la luminosidad de los horribles fuegos que ardían en las cumbres; un infierno rojo, y la silueta de las formas imposibles y colosales de bestias tan innombrables que ni los sacerdotes prigios ni los hechiceros se han atrevido a murmurar en su más alocadas historias.

Y por encima del clamor de los gritos de hombres y caballos el demoniaco batir de los tambores se incrementó, mientras que un viento salvaje y helado barría las cumbres llevando consigo el terror, sacudiendo a cada hombre por separado hasta que la cohorte se dispersó gritando en la oscuridad, como si se enfrentasen a los designios de Laocoon y sus hijos. Sólo el viejo Escribonius parecía resignado. Pronunció unas quedas palabras que pude escuchar claramente entre aquel clamor, y aún resuena su eco en mi cerebro. “Malibia vetus; malihia vetus est... venit... tándem venit...”[3]

Y entonces desperté. Fue el sueño más vivido que he tenido desde hace años, superpuesto en mi subconsciente sobre lugares y cosas olvidadas. No existe ninguna crónica del destino de aquella cohorte, pero la ciudad, al menos, fue salvada; las enciclopedias hablan de la existencia de Pómpelo en nuestros días, cuyo nombre español contemporáneo es Pompelona...[4]

Siempre tuyo por la Supremacía del Godo:

G. Iulius Verus Maximinus.

<p>Historia Del Necronomicon</p>

Breve, pero completo, resumen de la historia de este libro, de su autor, de diversas traducciones y ediciones desde su redacción (en el 730) hasta nuestros días.

Edición conmemorativa y limitada a cargo de Wilson H.

Shepherd, The Rebel Press, Oakman, Alabama

El título original era Al-Azif, Azif era el término utilizado por los árabes para designar el ruido nocturno (producido por los insectos) que, se suponía, era el murmullo de los demonios. Escrito por Abdul Al Hazred, un poeta loco huido de Sanaa al Yemen, en la época de los califas Omeyas hacia el año 700. Visita las ruinas de Babilonia y los subterráneos secretos de Menfis, y pasa diez años en la soledad del gran desierto que se extiende al sur de Arabia, el Roba el-Khaliyeh, o “Espacio vital” de los antiguos, y el Dahna, o “Desierto Escarlata” de los árabes modernos. Se dice que este desierto está habitado por espíritus malignos y monstruos tenebrosos. Todos aquellos que aseguran haber penetrado en sus regiones cuentan cosas extrañas y sobrenaturales. Durante los últimos años de su vida, Al Hazred vivió en Damasco, donde escribió el Necronomicón (Al-Azif) y por donde circulan terribles y contradictorios rumores sobre su muerte o desaparición en el 738. Su biógrafo del siglo XII, Ibn-Khallikan, cuenta que fue asesinado por un monstruo invisible en pleno día y devorado horriblemente en presencia de un gran número de aterrorizados testigos. Se cuentan, además, muchas cosas sobre su locura. Pretendía haber visto la famosa Ilrem, la Ciudad de los Pilares, y haber encontrado bajo las ruinas de una inencontrable ciudad del desierto los anales secretos de una raza más antigua que la humanidad. No participaba de la fe musulmana, adoraba a unas desconocidas entidades a las que llamaba Yog-Sothoth y Cthulhu.

En el año 950, el Azif, que había circulado en secreto entre los filósofos de la época, fue traducido ocultamente al griego por Theodorus Philetas de Constantinopla, bajo el título de Necronomicón. Durante un sigo, y debido a su influencia, tuvieron lugar ciertos hechos horribles, por lo que el libro fue prohibido y quemado por el patriarca Michael. Desde entonces no tenemos más que vagas referencias del libro, pero en el 1228, Olaus Wormius encuentra una traducción al latín que fue impresa dos veces, una en el siglo XV, en letras negras (con toda seguridad en Alemania), y otra en el siglo XVII (probablemente en España). Ninguna de las dos ediciones lleva ningún tipo de aclaración, de tal forma que es sólo por su tipografía que se supone la fecha y el lugar de impresión. La obra, tanto en su versión griega como en la latina, fue prohibida por el Papa Gregorio IX, en el 1232, poco después de que su traducción al latín fuese un poderoso foco de atención. La edición árabe original se perdió en los tiempos de Wormius, tal y como se dijo en el prefacio (hay vagas alusiones sobre la existencia de una copia secreta encontrada en San Francisco a principios de siglo, pero que desapareció en el gran incendio). No hay ningún rastro de la versión griega, impresa en Italia, entre el 1500 y el 1550, después del incendio que tuvo lugar en la biblioteca de cierto personaje de Salem, en 1692. Igualmente, existía una traducción del doctor Dee, jamás impresa, basada en el manuscrito original. Los textos latinos que aún subsisten, uno (del siglo XV) está guardado en el Museo Británico y el otro (del sigo XV) se halla en la Biblioteca Nacional de París. Una edición del siglo XVII se encuentra en la Biblioteca de Wiedener de Harvard y otra en la biblioteca de la Universidad de Miskatonic, en Arkham; mientras que hay una más en la biblioteca de la Universidad de Buenos Aires. Probablemente existían más copias secretas, y se rumoreaba persistentemente que una copia del siglo XV fue a parar a la colección de un célebre millonario norteamericano. Existe otro rumor que asegura que una copia del texto griego del siglo XVI es propiedad de la familia Pickman de Salem; pero es casi seguro que esta copia desapareció, al mismo tiempo que el artista R.U. Pickman, en 1926. La obra está severamente prohibida por las autoridades y por todas las organizaciones legales inglesas. Su lectura puede traer consecuencias nefastas. Se cree que R.W. Chambers se basó en este libro para su obra El rey en amarillo.

CRONOLOGÍA

Al-Azif se escribe en Damasco en el 730, por Abdul Al-Hazred.

• Traducción al griego con el título de Necronomicón, a cargo de Theodorus Philetas, en el 950.

• El patriarca Michael lo prohíbe en el 1050 (el texto griego). El árabe se ha perdido.

• En 1228, Olaus traduce el texto griego al latín.

• Las ediciones latina y griega son destruidas por Gregorio IX en 1232.

• En 14... (?) aparece una edición en letras góticas en Alemania.

• En 15... (?) el texto griego es impreso en Italia.

• En 16... (?) aparece la traducción al castellano del texto latino.

Ibid

(“...como Ibid dice en su famosa Vidas de poetas”.

De un estudio erudito)

La errónea idea de que Ibid es el autor de las Vidas es algo tan extendido, incluso entre gentes que pretenden disfrutar de cierto grado de cultura, que hace preciso corregirla. Hay que hacer saber a todo el mundo que es Cf. el responsable de ese trabajo. La obra maestra de Ibid, por otra parte, es el famoso Op.

Cit., donde todas las claves culturales grecorromanas se encuentran plasmadas con enorme perfección... y una agudeza suprema, habida cuenta la fecha, sorprendentemente tardía, en la que Ibid la escribió. Existe la falsa idea —habitualmente reproducida en libros modernos, previos a la monumental obra de Von Schweinkopf, Gestichte der Ostrogothen in Italien— de que Ibid era un visigodo romanizado, perteneciente a la horda de Ataúlfo que se asentó en Plasencia sobre el 410 d. de C. Nunca se insistirá lo suficiente en lo contrario, ya Von Schweinkopf, y después de él Littlewit[5] y Vêtenoir[6], han demostrado con pruebas irrefutables que esta figura, llamativamente solitaria, era un romano de pura cepa —o al menos de tan pura cepa como esa era degenerada y bastarda podía producir—, y de él podría decirse lo que afirmaba Gibbon de Boecio: “Que era el último de aquellos a los que Catón o Tulio podrían haber reconocido como compatriotas”. Era, como Boecio y casi todos los hombres eminentes de esa era, de la gran familia Anicia, y trazaba su genealogía con gran exactitud y orgullo, hasta todos los héroes de la república. Su nombre completo —largo y pomposo, según la costumbre de una era que había perdido la trinómica simplicidad de la nomenclatura clásica— era, según Von Schweinkopf[7], Cayo Anicio Magno Furio Camilo Emiliano Cornelio Valerio Pompeyo Julio Ibid, aunque Littlewit[8] rechaza Emiliano y añade Claudio Decio Juniano, mientras que Bêtenoir[9] discrepa radicalmente, dando el nombre completo de Magno Furio Camilo Aurelio Antonino Flavio Anicio Petronio Valentiniano Egido Ibid.

El eminente crítico y biógrafo nació en el año 486, poco después de que los romanos perdieran la Galia a manos de Clovis. Roma y Ravena rivalizan en lo tocante al honor de su nacimiento, aunque está probado que estudió retórica y filosofía en las escuelas de Atenas... ya que la gravedad del cierre de las mismas, decretado por Teodosio un siglo antes, ha sido exagerado con gran ligereza.

En 512, bajo el benigno reinado del ostrogodo Teodorico, lo encontramos como profesor de retórica en Roma, y en el 516 detentó el consulado Pompilio Numancio Bombastes Marcelino Deodanato. A la muerte de Teodorico, en 526, Ibidus se retiró de la vida pública para componer su celebrado trabajo (cuyo puro estilo ciceroniano es tan destacable, en cuanto a atavismo clasicista, como los versos de Claudio Claudiano, que escribió su obra un siglo antes que Ibidus); pero más tarde recibió nuevos honores, siendo nombrado retórico cortesano por Teodato, sobrino de Teodorico.

Con la usurpación de Litigio, Ibidus cayó en desgracia y estuvo preso durante algún tiempo; pero la llegada del ejército bizantino de Belisario le devolvió pronto la libertad y los honores. Durante todo el sitio de Roma sirvió con bravura en el campo de los defensores, y luego siguió a las águilas de Belisario por Alba, Porto y Centumcellae. Tras el sitio franco de Milán, Ibidus fue designado para acompañar al erudito obispo Dacio a Grecia, y con él vivió en Corinto, en el año 539. Hacia 541 se trasladó a Constantinopla, donde recibió todos los honores imperiales posibles, tanto por parte de Justiniano como de Justino II. Los emperadores

Tiberio y Mauricio también lo honraron en la vejez y contribuyeron en gran medida a su inmortalidad, sobre todo Mauricio, aficionado a trazar su genealogía hasta la vieja Roma, pese a haber nacido en Arabiscus, Capadocia.

Fue Mauricio quien, teniendo el poeta 101 años, ordenó que su trabajo fuese libro de texto en las escuelas del Imperio, algo que pasó factura fatal a las emociones del anciano retórico, ya que éste murió pacíficamente en su casa, cerca de la iglesia de Santa Sofía, en el sexto día antes de las calendas de septiembre, en el 587 d. de C., a los 102 años de edad.

Sus restos, a pesar del turbulento estado de Italia, fueron enviados a Ravena para su inhumación, pero acabó siendo enterrado en el suburbio de Classe, de donde fue exhumado y escarnecido por el duque lombardo de Espoleto, que envió su cráneo al rey Autharis para que lo usase como copa ceremonial. El cráneo de Ibid fue pasando orgullosamente de rey a rey e la dinastía lombarda.

Tras la captur de Pavía por Carlomagno, en 774, el cráneo fue arrebatado al poco sólido Desiderio y llevado entre el botín del conquistador franco. Fue de esa copa, de hecho, de donde el Papa León administró la real unción que convirtió al caudillo bárbaro en emperador romano. Carlomagno se llevó el cráneo de Ibid a su capital de Aix y no tardó en enviárselo a su maestro sajón Alcuino y, tras la muerte de este, fue remitido a su gente, en Inglaterra.

Guillermo el Conquistador, cuando se topó con él en un nicho de la abadía, en donde lo había depositado la pía familia de Alcuino (creyendo que era el cráneo de un santo[10] que había derrotado milagrosamente a los lombardos con sus plegarias), rindió reverencia a su ósea antigüedad, e incluso los toscos soldados de Cromwell, al destruir la abadía de Ballylough en Irlanda, en 1650 (adonde había sido transportada secretamente por un católico devoto en 1539, cuando el rey Enrique VIII ordenó la disolución de los monasterios ingleses), no osaron dañar una reliquia tan venerable.

Pasó a manos del soldado Read’em-and-Weep Hopkins, que no tardó mucho en vendérselo a Rest-in-Jehovah Stubbs a cambio de una pieza de tabaco de Virginia. Stubbs, al enviar a su hijo Zerubabbel a buscar foruna a Nueva Inglaterra en 1661 (ya que consideraba nociva la atmósfera de la Restauración para un joven pío), le dio el cráneo de San Ibid —o mejor dicho, del Hermano Ibid, puesto que sentía horror ante todo cuanto sonase a papista— a modo de talismán. Tras desembarcar en Salem, Zerubabbel lo colocó en la repisa adjunta a la chimenea, ya que se construyó una casa modesta junto al pozo de la ciudad; y habiéndose convertido en jugador empedernido, perdió la calavera a manos de un tal Epenetus Dexter, un forastero de Providence.

El cráneo se hallaba en la casa de Dexter, en la parte norte de la ciudad, cerca de la actual intersección entre las calles North Main y Olney, durante la razzia de Canochet del 30 de marzo de 1676, en tiempos de la guerra del rey Felipe; y el astuto sakem, reconociéndolo al punto como algo singularmente venerable y digno, lo envió como símbolo de alianza a una facción de los pequots de Connecticut, con los que estaba en negociaciones. El 4 de abril fue capturado por los colonos y ejecutado sin dilación; sin embrago, la austera cabeza de Ibid prosiguió sus vagabundeos.

Los pequots, debilitados por una guerra anterior, no pudieron enviar a los ahora amenazados narragansetts ayuda, y en 1680 un comerciante de pieles holandés de Albano, Petrus van Schaack, compró el distinguido cráneo por la modesta suma de dos guilders, ya que había reconocido su valor gracias a la inscripción, medio borrado, tallada en minúsculas lombardas (hay que destacar aquí que la paleografía era una de las disciplinas más extendidas entre los tratantes de pieles de Nueva Holanda en el siglo XVII).

Hay que decir que a Van Schaack le robó la reliquia, en 1683, un comerciante francés, Jean Grenier, cuyo celo católico le permitió reconocer las formas de alguien al que, gracias a las enseñanzas de su madre, había aprendido a reverenciar con el nombre de San Ibide. Grenier, encendido de virtuosa rabia al descubrir que ese símbolo sagrado estaba en manos de un protestante, hundió una noche la cabeza de Van Schaack con un hacha y huyó al Norte con su botín; pero pronto fue, no obstante, robado y muerto por el vagabundo mestizo Michel Savard, que se apoderó del cráneo —a pesar de que su analfabetismo lo preservó de reconocerlo— para añadirlo a una colección de piezas semejantes, aunque mucho más recientes.

A su muerte en 1701, su hijo mestizo Pierre la envió junto con otros objetos a los emisarios de los sacs y foxes, y fue descubierta en el tipi del jefe, una generación más tarde, por Charles de Langlade, fundador del puesto comercial de Green Bay, Wisconsin. De Langlade trató a ese objeto sagrado con la adecuada veneración y lo engalanó con multitud de cuentas de cristal; pero después de eso acabó en otras manos, habiendo sido vendido, en los asentamientos en la cabecera del lago Winnebago, atribus situadas en el lago Mendota y, por último, a principios del siglo XIX, a un tal Solomon Juneau, un francés, en el nuevo puesto comercial de Milwaukee, en el río Menominee y en las orillas del lago Michigan.

Vendido más tarde a Jacques Caboche, otro colono, éste la perdió en 1850 en una partida de ajedrez o póquer con un inmigrante llamado Hans Zimmerman, que lo usó como jarra de cerveza, hasta que un día, bajo el influjo de los contenidos, cayó rodando desde el porche al camino herboso situado junto a su casa, y allí cayó en la madriguera de un perro de la pradera, donde su dueño, al despertar, no pudo ni encontrarla ni recobrarla.

Así que, durante generaciones, el santificado cráneo de Cayo Anicio Magno Furio Camilo Emiliano Cornelio Valerio Pompeyo Julio Ibidus, cónsul de Roma, favorito de emperadores y santo de la iglesia romana, yació oculto bajo el suelo de una ciudad en crecimiento. Al principio fue adorado, mediante ritos oscuros, por los perros de la pradera, que vieron en él una deidad enviada desde el mundo superior, pero luego cayó en el más profundo olvido, al tiempo que los simples y desangelados habitantes de las madrigueras sucumbían ante las embestidas de los conquistadores arios. Se abrieron alcantarillas, pero no llegaron hasta él. Se levantaron casas —2.303 o más—, y al cabo, una noche espantosa, tuvo lugar un suceso titánico. La mística naturaleza, convulsa por un éxtasis espiritual, como la espuma de esas primitivas bebidas de la región, abatió lo elevado, elevó lo abatido y... ¡alejop! Cuando llegó el alba rosada, los burgueses de Milwaukee se levantaron para encontrar ¡una primitiva pradera convertida en tierras altas! Inmensa, hasta más allá de la vista, había resultado la zona tocada por el gran alzamiento. Los arcanos subterráneos, ocultos durante años, habían salido por fin a la luz. Y allí, intacto en mitad del quebrado camino, ¡descansaba blanqueada y tranquilamente con santificada y consular pompa el redondeado cráneo de Ibid!

<p>El Horror De Dunwich</p>
<p>I</p>

Cuando el que viaja por el norte de la región central de Massachusetts se equivoca de dirección al llegar al cruce de la carretera de Aylesbury nada más pasar Dean’s Corners, verá que se adentra en una extraña y apenas poblada comarca. El terreno se hace más escarpado y las paredes de piedra cubiertas de maleza van encajonando cada vez más el sinuoso camino de tierra. Los árboles de los bosques son allí de unas dimensiones excesivamente grandes, y la maleza, las zarzas y la hierba alcanzan una frondosidad rara vez vista en las regiones habitadas. Por el contrario, los campos cultivados son muy escasos y áridos, mientras que las pocas casas diseminadas a lo largo del camino presentan un sorprendente aspecto uniforme de decrepitud, suciedad y ruina. Sin saber exactamente por qué, uno no se atreve a preguntar nada a las arrugadas y solitarias figuras que, de cuando en cuando, se ve escrutar desde puertas medio derruidas o desde pendientes y rocosos prados. Esas gentes son tan silenciosas y hurañas que uno tiene la impresión de verse frente a un recóndito enigma del que más vale no intentar averiguar nada. Y ese sentimiento de extraño desasosiego se recrudece cuando, desde un alto del camino, se divisan las montañas que se alzan por encima de los tupidos bosques que cubren la comarca. Las cumbres tienen una forma demasiado ovalada y simétrica como para pensar en una naturaleza apacible y normal, y a veces pueden verse recortados con singular nitidez contra el cielo unos extraños círculos formados por altas columnas de piedra que coronan la mayoría de las cimas montañosas.

El camino se halla cortado por barrancos y gargantas de una profundidad incierta, y los toscos puentes de madera que los salvan no ofrecen excesivas garantías al viajero. Cuando el camino inicia el descenso, se atraviesan terrenos pantanosos que despiertan instintivamente una honda repulsión, y hasta llega a invadirle al viajero una sensación de miedo cuando, al ponerse el sol, invisibles chotacabras comienzan a lanzar estridentes chillidos, y las luciérnagas, en anormal profusión, se aprestan a danzar al ritmo bronco y atrozmente monótono del horrísono croar de los sapos. Las angostas y resplandecientes aguas del curso superior del Miskatonic adquieren una extraña forma serpenteante mientras discurren al pie de las abovedadas cumbres montañosas entre las que nace.

A medida que el viajero va acercándose a las montañas, repara más en sus frondosas vertientes que en sus cumbres coronadas por altas piedras. Las vertientes de aquellas montañas son tan escarpadas y sombrías que uno desearía que se mantuviesen a distancia, pero tiene que seguir adelante pues no hay camino que permita eludirlas. P asado un puente cubierto puede verse un pueblecito que se encuentra agazapado entre el curso del río y la ladera cortada a pico de Round Mountain, y el viajero se maravilla ante aquel puñado de techumbres de estilo holandés en ruinoso estado, que hacen pensar en un período arquitectónico anterior al de la comarca circundante. Y cuando se acerca más no resulta nada tranquilizador comprobar que la mayoría de las casas están desiertas y medio derruidas y que la iglesia —con el chapitel quebrado— alberga ahora el único y destartalado establecimiento mercantil de toda la aldea. El simple paso del tenebroso túnel del puente infunde ya cierto temor, pero tampoco hay manera de evitarlo. Una vez atravesado el túnel, es difícil que a uno no le asalte la sensación de un ligero hedor al pasar por la calle principal y ver la descomposición y la mugre acumuladas a lo largo de siglos. Siempre resulta reconfortante salir de aquel lugar y, siguiendo el angosto camino que discurre al pie de las montañas, cruzar la llanura que se extiende una vez traspuestas las cumbres montañosas hasta volver a desembocar en la carretera de Aylesbury

Una vez allí, es posible que el viajero se entere de que ha pasado por Dunwich.

Apenas se ven forasteros en Dunwich, y tras los horrores padecidos en el pueblo todas las señales que indicaban cómo llegar hasta él han desaparecido del camino. No obstante ser una región de singular belleza, según los cánones estéticos en boga, no atrae para nada a artistas ni a veraneantes. Hace dos siglos, cuando a la gente no se le pasaba por la cabeza reírse de brujerías, cultos satánicos o siniestros seres que poblaban los bosques, daban muy buenas razones para evitar el paso por la localidad. Pero en los racionales tiempos que corren —silenciado el horror que se desató sobre Dunwich en 1928 por quienes procuran por encima de todo el bienestar del pueblo y del mundo— la gente elude el pueblo sin saber exactamente por qué razón. Quizá el motivo de ello radique —aunque no puede aplicarse a los forasteros desinformados— en que los naturales de Dunwich se han degradado de forma harto repulsiva, habiendo rebasado con mucho esa senda de regresión tan común a muchos apartados rincones de Nueva Inglaterra. Los vecinos de Dunwich han llegado a constituir un tipo racial propio, con estigmas físicos y mentales de degeneración y endogamia bien definidos. Su nivel medio de inteligencia es increíblemente bajo, mientras que sus anales despiden un apestoso tufo a perversidad y a asesinatos semiencubiertos, a incestos y a infinidad de actos de indecible violencia y maldad. La aristocracia local, representada por los dos o tres linajes familiares que vinieron procedentes de Salem en 1692, ha logrado mantenerse algo por encima del nivel general de degeneración, aunque numerosas ramas de tales linajes acabaron por sumirse tanto entre la sórdida plebe que sólo restan sus apellidos como recordatorio del origen de su desgracia. Algunos de los Whateley y de los Bishop siguen aún enviando a sus primogénitos a Harvard y Miskatonic, pero los jóvenes que se van rara vez regresan a las semiderruidas techumbres de estilo holandés bajo las que tanto ellos como sus antepasados nacieron y crecieron.

Nadie, ni siquiera quienes conocen los motivos por los que se desató el reciente horror, puede decir qué le ocurre a Dunwich, aunque las viejas leyendas aluden a idolátricos ritos y cónclaves de los indios en los que invocaban misteriosas figuras provenientes de las grandes montañas rematadas en forma de bóveda, al tiempo que oficiaban salvajes rituales orgiásticos contestados por estridentes crujidos y fragores salidos del interior de las montañas. En 1747, el reverendo Abijah Hoadley, recién incorporado a su ministerio en la iglesia congregacional de Dunwich, predicó un memorable sermón sobre la amenaza de Satanás y sus demonios que se cernía sobre la aldea en el que, entre otras cosas, dijo:

No puede negarse que semejantes monstruosidades integrantes de un infernal cortejo de demonios son fenómenos harto conocidos como para intentar negarlos. Las impías voces de Azazel y de Buzrael, de Belcebú y de Belial, las oyen hoy saliendo de la tierra más de una veintena de testigos de toda confianza. Y hasta yo mismo, no hará más de dos semanas, pude escuchar toda una alocución de las potencias infernales detrás de mi casa. Los chirridos, redobles, quejidos, gritos y silbidos que allí se oían no podían proceder de nadie de este mundo, eran de esos sonidos que sólo pueden salir de recónditas simas que únicamente a la magia negra le es dado descubrir y al diablo penetrar.

No había pasado mucho tiempo desde la lectura de este sermón cuando el reverendo Hoadley desapareció sin que se supiera más de él, si bien sigue conservándose el texto del sermón, impreso en Springfield. No había año en que no se oyese y diese cuenta de estrepitosos fragores en el interior de las montañas, y aún hoy tales ruidos siguen sumiendo en la mayor perplejidad a geólogos y fisiógrafos.

Otras tradiciones hacen referencia a fétidos olores en las inmediaciones de los círculos de rocosas columnas que coronan las cumbres montañosas y a entes etéreos cuya presencia puede detectarse difusamente a ciertas horas en el fondo de los grandes barrancos, mientras otras leyendas tratan de explicarlo todo en función del Devil’s Hop Yard, una ladera totalmente baldía en la que no crecen ni árboles, ni matorrales ni hierba alguna. Por si fuera poco, los naturales del lugar tienen un miedo cerval a la algarabía que arma en las cálidas noches la legión de chotacabras que puebla la comarca. Afirman que tales pájaros son psicopompos[11] que están al acecho de las almas de los muertos y que sincronizan al unísono sus pavorosos chirridos con la jadeante respiración del moribundo. Si consiguen atrapar el alma fugitiva en el momento en que abandona el cuerpo se ponen a revolotear al instante y prorrumpen en diabólicas risotadas, pero si ven frustradas sus intenciones se sumen poco a poco en el silencio.

Claro está que dichas historias ya no se oyen y no hay quien crea en ellas, pues datan de tiempos muy antiguos. Dunwich es un pueblo increíblemente viejo, mucho más que cualquier otro en treinta millas a la redonda. Al sur aún pueden verse las paredes del sótano y la chimenea de la antiquísima casa de los Bishop, construida con anterioridad a 1700, en tanto que las ruinas del molino que hay en la cascada, construido en 1806, constituyen la pieza arquitectónica más reciente de la localidad. La industria no arraigó en Dunwich y el movimiento fabril del siglo XIX resultó ser de corta duración en la localidad. Con todo, lo más antiguo son las grandes circunferencias de columnas de piedra toscamente labradas que hay en las cumbres montañosas, pero esta obra se atribuye por lo general más a los indios que a los colonos. Restos de cráneos y huesos humanos, hallados en el interior de dichos círculos y en tomo a la gran roca en forma de mesa de Sentinel Hill, apoyan la creencia de que tales lugares fueron en otras épocas enterramientos de los indios pocumtuk, aun cuando numerosos etnólogos, obviando la práctica imposibilidad de tan disparatada teoría, siguen empeñados en creer que se trata de restos caucásicos.

<p>II</p>

Fue en el término municipal de Dunwich, en una granja grande y parcialmente deshabitada levantada sobre una ladera a cuatro millas del pueblo y a una media de la casa más cercana, donde el domingo 2 de febrero de 1913, a las 5 de la mañana, nació Wilbur Whateley. La fecha se recuerda porque era el día de la Candelaria, que los vecinos de Dunwich curiosamente observan bajo otro nombre, y, además, por el fragor de los ruidos que se oyeron en la montaña y por el alboroto de los perros de la comarca que no cesaron de ladrar en toda la noche. También cabe hacer notar, aunque ello tenga menos importancia, que la madre de Wilbur pertenecía a la rama degradada de los Whateley. Era una albina de treinta y cinco años de edad, un tanto deforme y sin el menor atractivo, que vivía en compañía de su anciano y medio enloquecido padre, de quien durante su juventud corrieron los más espantosos rumores sobre actos de brujería. Lavinia Whateley no tenía marido conocido, pero siguiendo la costumbre de la comarca no hizo nada por repudiar al niño, y en cuanto a la paternidad del recién nacido la gente pudo —y así lo hizo— especular a su gusto. La madre estaba extrañamente orgullosa de aquella criatura de tez morena y facciones de chivo que tanto contrastaba con su enfermizo semblante y sus rosáceos ojos de albina, y cuentan que se la oyó susurrar multitud de extrañas profecías sobre las extraordinarias facultades de que estaba dotado el niño y el impresionante futuro que le aguardaba.

Lavinia era muy capaz de decir tales cosas, pues de siempre había sido una criatura solitaria a quien encantaba correr por las montañas cuando se desataban atronadoras tormentas y que gustaba de leer los voluminosos y añejos libros que su padre había heredado tras dos siglos de existencia de los Whateley, libros que empezaban a caerse a pedazos de puro viejos y apolillados. En su vida había ido a la escuela, pero sabía de memoria multitud de fragmentos inconexos de antiguas leyendas populares que el viejo Whateley le había enseñado.

De siempre habían temido los vecinos de la localidad la solitaria granja a causa de la fama de brujo del viejo Whateley, y la inexplicable muerte violenta que sufrió su mujer cuando Lavinia apenas contaba doce años no contribuyó en nada a hacer popular el lugar. Siempre solitaria y aislada en medio de extrañas influencias, Lavinia gustaba de entregarse a visiones alucinantes y grandiosas, a la vez que a singulares ocupaciones. Su tiempo libre apenas se veía reducido por los cuidados domésticos en una casa en que ni los menores principios de orden y limpieza se observaban desde hacía tiempo.

La noche en que Wilbur nació pudo oírse un grito espantoso, que retumbó incluso por encima de los ruidos de la montaña y de los ladridos de los perros, pero, que se sepa, ni médico ni comadrona alguna estuvieron presentes en su llegada al mundo. Los vecinos no supieron nada del parto hasta pasada una semana, en que el viejo Whateley recorrió en su trineo el nevado camino que separaba su casa de Dunwich y se puso a hablar de forma incoherente al grupo de aldeanos reunidos en la tienda de Osborn. Parecía como si se hubiera producido un cambio en el anciano, como si un elemento subrepticio nuevo se hubiese introducido en su obnubilado cerebro transformándole de objeto en sujeto de temor, aunque, a decir verdad, no era persona que se preocupase especialmente por las cuestiones familiares. Con todo, mostraba algo de orgullo que últimamente había podido advertirse en su hija, y lo que dijo acerca de la paternidad del recién nacido sería recordado años después por quienes entonces escucharon sus palabras.

—Me trae sin cuidado lo que piense la gente. Si el hijo de Lavinia se parece a su padre, será bien distinto de cuanto puede esperarse. No hay razones para creer que no hay otra gente que la que se ve por estos aledaños. Lavinia ha leído y ha visto cosas que la mayoría de vosotros ni siquiera sois capaces de imaginar. Espero que su hombre sea tan buen marido como el mejor que pueda encontrarse por esta parte de Aylesbury, y si supierais la mitad de cosas que yo sé no desearíais mejor casamiento por la iglesia ni aquí ni en ninguna otra parte. Escuchad bien esto que os digo: algún día oiréis todos al hijo de Lavinia pronunciar el nombre de su padre en la cumbre de Sentinel Hill.

Las únicas personas que vieron a Wilbur durante el primer mes de su vida fueron el viejo Zechariah Whateley, de la rama aún no degenerada de los Whateley, y Mamie Bishop, la mujer con quien vivía desde hacía años Earl Sawyer. La visita de Mamie obedeció a la pura curiosidad y las historias que contó confirmaron sus observaciones, en tanto que Zechariah fue por allí a llevar un par de vacas de raza Alderney que el viejo Whateley le había comprado a su hijo Curtis. Dicha adquisición marcó el comienzo de una larga serie de compras de ganado vacuno por parte de la familia del pequeño Wilbur que no finalizaría hasta 1928 —es decir, el año en que el horror se abatió sobre Dunwich—, pero en ningún momento dio la impresión de que el destartalado establo de Whateley estuviese lleno hasta rebosar de ganado. A ello siguió un período en que la curiosidad de ciertos vecinos de Dunwich les llevó a subir a escondidas hasta los pastos y contar las cabezas de ganado que pacían precariamente en la empinada ladera justo por encima de la vieja granja, y jamás pudieron contar más de diez o doce anémicos y casi exangües ejemplares. Debía ser una plaga o enfermedad, originada quizá en los insalubres pastos o transmitida por algún hongo o madera contaminados del inmundo establo, lo que producía tan crecida mortalidad entre el ganado de Whateley. Extrañas heridas o llagas, semejantes a incisiones, parecían cebarse en las vacas que podían verse paciendo por aquellos contornos y una o dos veces en el curso de los primeros meses de la vida de Wilbur algunas personas que fueron a visitar a los Whateley creyeron ver llagas similares en la garganta del anciano canoso y sin afeitar y en la de su desaliñada y desgreñada hija albina.

En la primavera que siguió al nacimiento de Wilbur, Lavinia reanudó sus habituales correrías por las montañas, llevando en sus desproporcionados brazos a su criatura de tez oscura. La curiosidad de los aldeanos hacia los Whateley remitió tras ver al retoño, y a nadie se le ocurrió hacer el menor comentario sobre el portentoso desarrollo del recién nacido, visible de un día para otro. La realidad es que Wilbur crecía a un ritmo impresionante, pues a los tres meses había alcanzado ya una talla y fuerza muscular que raramente se observa en niños menores de un año. Sus movimientos y hasta sus sonidos vocales mostraban una contención y una ponderación harto singulares en una criatura de su edad, y prácticamente nadie se asombró cuando, a los siete meses, comenzó a andar sin ayuda alguna, con pequeñas vacilaciones que al cabo de un mes habían desaparecido por completo.

Al poco tiempo, exactamente la Víspera de Todos los Santos, pudo divisarse una gran hoguera a medianoche en la cima de Sentinel Hill, allí donde se levantaba la antigua piedra con forma de mesa en medio de un túmulo de antiguas osamentas. Por el pueblo corrieron toda clase de rumores a raíz de que Silas Bishop —de la rama no degradada de los Bishop— dijese haber visto al chico de los Whateley subiendo a toda prisa la montaña delante de su madre, justo una hora antes de advertirse las llamas. Silas andaba buscando un ternero extraviado, pero casi olvidó la misión que le había llevado allá al divisar fugazmente, a la luz del farol que portaba, a las dos figuras que corrían montaña arriba. Madre e hijo se deslizaban sigilosamente por entre la maleza, y Silas, que no salía de su asombro, creyó ver que iban enteramente desnudos. Al recordarlo posteriormente, no estaba del todo seguro por cuanto al niño respecta, y cree que es posible que llevase una especie de cinturón con flecos y un par de calzones o pantalones de color oscuro. Lo cierto es que a Wilbur nunca volvió a vérsele, al menos vivo y en estado consciente, sin toda su ropa encima y ceñidamente abotonado, y cualquier desarreglo, real o supuesto, en su indumentaria parecía irritarle muchísimo. Su contraste con el escuálido aspecto de su madre y de su abuelo era tremendamente marcado, algo que no se explicaría del todo hasta 1928, año en que el horror se abatió sobre Dunwich.

Por el mes de enero, entre los rumores que corrían por el pueblo se hacía mención de que el «rapaz negro de Lavinia» había comenzado a hablar, cuando apenas contaba once meses. Su lenguaje era impresionante, tanto porque se diferenciaba de los acentos normales que se oían en la región como por la ausencia del balbuceo infantil apreciable en muchos niños de tres y cuatro años. No era una criatura parlanchina, pero cuando se ponía a hablar parecía expresar algo inaprensible y totalmente desconocido para los vecinos de Dunwich. La extrañeza no radicaba en cuanto decía ni en las sencillas expresiones a que recurría, sino que parecía guardar una vaga relación con el tono o con los órganos vocales productores de los sonidos silábicos. Sus facciones se caracterizaban, asimismo, por una nota de madurez, pues si bien tenía en común con su madre y abuelo la falta de mentón, la nariz, firme y precozmente perfilada, junto con la expresión de los ojos —grandes, oscuros y de rasgos latinos—, hacían que pareciese casi adulto y dotado de una inteligencia fuera de lo común. Pese a su aparente brillantez era, empero, rematadamente feo. Desde luego, algo de chotuno o animal había en sus carnosos labios, en su tez amarillenta y porosa, en su áspero y desgreñado pelo y en sus orejas increíblemente alargadas. Pronto la gente empezó a sentir aversión hacia él, de forma incluso más marcada que hacia su madre y abuelo, y todo cuanto sobre él se aventuraban a decir se hallaba salpicado de referencias al pasado de brujo del viejo Whateley y a cómo retumbaron las montañas cuando profirió a pleno pulmón el espantoso nombre de Yog-Sothoth, en medio de un círculo de piedras y con un gran libro abierto entre sus manos.

Los perros se enfurecían ante la sola presencia del niño, hasta el punto de que continuamente se veía obligado a defenderse de sus amenazadores ladridos.

<p>III</p>

Entre tanto, el viejo Whateley siguió comprando ganado sin que se viera incrementar el número de su cabaña. Asimismo, taló madera y se puso a restaurar las partes hasta entonces sin utilizar de la casa, un espacioso edificio con el tejado rematado en pico y la fachada posterior totalmente empotrada en la rocosa ladera de la montaña. Hasta entonces, las tres habitaciones en estado menos ruinoso de la planta baja habían bastado para albergar a su hija y a él. El anciano debía conservar aún una fuerza prodigiosa para poder realizar por sí solo tan ardua tarea, y aunque a veces murmuraba cosas que se salían de lo normal su trabajo de carpintería demostraba que conservaba el sano juicio. Empezó las obras nada más nacer Wilbur, tras poner un día en orden uno de los numerosos cobertizos donde se guardaban los aperos, entablarlo y colocar una nueva y resistente cerradura. Ahora, al emprender las obras de reparación del abandonado piso superior, demostró seguir estando en posesión de excelentes facultades manuales. Su manía se reflejaba tan sólo en un afán por tapar herméticamente con tablones todas las ventanas del ala restaurada, aunque a juicio de muchos el mero hecho de intentar repararla ya era una locura. Y a se explicaba mejor que quisiese acondicionar otra habitación en la planta baja para el nieto recién nacido, habitación ésta que varios visitantes pudieron ver, si bien nadie logró jamás acceder a la planta superior herméticamente cerrada por gruesos tablones de madera. Revistió toda la habitación del nieto con sólidas estanterías hasta el techo, sobre las cuales fue colocando, poco a poco y en orden aparentemente cuidadoso, los antiguos volúmenes apolillados y los fragmentos sueltos de libros que hasta entonces habían estado amontonados de mala manera en los más insólitos rincones de la casa.

—Me han sido muy útiles —decía Whateley mientras trataba de pegar una página suelta de caracteres góticos con una cola preparada en el herrumbroso horno de la cocina, pero estoy seguro de que el chico sabrá sacar mejor provecho de ellos. Quiero que estén en las mejores condiciones posibles, pues todos van a servirle para su educación.

Cuando Wilbur contaba un año y siete meses —esto es, en septiembre de 1914— su estatura y, en general, las cosas que hacía se salían por completo de lo normal. Tenía ya la altura de un niño de cuatro años, hablaba con fluidez y demostraba hallarse dotado de una inteligencia bien despierta. Andaba solo por los campos y empinadas laderas, y acompañaba a su madre en sus correrías por la montaña. Cuando estaba en casa, no cesaba de escudriñar los extraños grabados y cuadros que encerraban los libros de su abuelo, mientras el viejo Whateley le instruía y catequizaba en medio del silencio reinante de muchas largas e interminables tardes. Para entonces ya habían concluido las obras de la casa, y quienes tuvieron ocasión de verlas se preguntaban por qué habría transformado el viejo Whateley una de las ventanas del piso superior en una maciza puerta entablada. Se trataba de la última ventana abuhardillada en la fachada posterior orientada a poniente, pegada a la ladera montañosa, y nadie se hacía la menor idea de por qué habría construido una sólida rampa de madera para subir hasta ella. Para cuando las obras estaban a punto de concluir la gente advirtió que el viejo cobertizo de los aperos, herméticamente cerrado y con las ventanas cubiertas por tablones desde el nacimiento de Wilbur, volvió a quedar abandonado. La puerta estaba siempre abierta de par en par, y cuando Earl Sawyer un día se adentró en su interior, con ocasión de una visita al viejo Whateley relacionada con la venta de ganado, se extrañó enormemente del apestoso olor que se respiraba en el cobertizo; un hedor —según diría posteriormente— que no guardaba parecido con nada conocido salvo con el olor que se percibía en las inmediaciones de los círculos indios de la montaña, y que no podía provenir de nada sano ni de esta tierra. Pero también es cierto que las casas y cobertizos de los vecinos de Dunwich nunca se caracterizaron precisamente por sus buenos olores.

No hay nada digno de destacar en los meses que siguieron, salvo que todo el mundo juraba percibir un ligero pero constante aumento de los misteriosos ruidos que salían de la montaña. La víspera del primero de mayo de 1915 se dejaron sentir tales temblores de tierra que hasta los vecinos de Aylesbury pudieron percibirlos, y unos meses después, en la Víspera de Todos los Santos, se produjo un fragor subterráneo asombrosamente sincronizado con una serie de llamaradas —«ya están otra vez los Whateley con sus brujerías», decían los vecinos de Dunwich— en la cima de Sentinel Hill. Wilbur seguía creciendo a un ritmo prodigioso, hasta el punto de que al cumplir cuatro años parecía como si tuviera ya diez. Leía ávidamente, sin a yuda alguna, pero se había vuelto mucho más reservado. Su semblante denotaba un natural taciturno, y por vez primera la gente empezó a hablar del incipiente aspecto demoníaco de sus facciones de chivo. A veces se ponía a musitar en una jerga totalmente desconocida y a cantar extrañas melodías que hacían estremecer a quienes las escuchaban invadiéndoles un indecible terror. La aversión que mostraban hacia él los perros era objeto de frecuentes comentarios, hasta el punto de verse obligado a llevar siempre una pistola encima para evitar ser atacado en sus correrías a través del campo. y, claro está, su utilización del arma en diversas ocasiones no contribuyó en absoluto a granjearle la simpatía de los dueños de perros guardianes.

Las pocas visitas que acudían a la casa de los Whateley encontraban con harta frecuencia a Lavinia sola en la planta baja, mientras se oían extraños gritos y pisadas en el entablado piso superior. Jamás dijo Lavinia qué podrían estar haciendo su padre y el muchacho allá arriba, aunque en cierta ocasión en que un jovial pescadero intentó abrir la atrancada puerta que daba a la escalera empalideció y un pánico cerval se dibujó en su rostro. El pescadero contó luego en la tienda de Dunwich que le pareció oír el pataleo de un caballo en el piso superior. Los clientes que en aquel momento se encontraban en la tienda pensaron al instante en la puerta, en la rampa y en el ganado que con tal celeridad desaparecía, estremeciéndose al recordar las historias de los años mozos del viejo Whateley y las extrañas cosas que profiere la tierra cuando se sacrifica un ternero en un momento propicio a ciertos dioses paganos. Desde hacía tiempo podía advertirse que los perros temían y detestaban la finca de los Whateley con igual furia que anteriormente habían demostrado hacia la persona de Wilbur.

En 1917 estalló la guerra, y el juez de paz Sawyer Whateley, en su condición de presidente de la junta de reclutamiento local, tuvo grandes dificultades para lograr constituir el contingente de jóvenes físicamente aptos de Dunwich que habían de acudir al campamento de instrucción. El gobierno, alarmado ante los síntomas de degradación de los habitantes de la comarca, envió varios funcionarios y especialistas médicos para que investigaran las causas, los cuales llevaron a cabo una encuesta que aún recuerdan los lectores de diarios de Nueva Inglaterra. La publicidad que se dio en torno a la investigación puso a algunos periodistas sobre la pista de los Whateley, y llevó a las ediciones dominicales del Boston Globe y del Arkham Advertiser a publicar artículos sensacionalistas sobre la precocidad de Wilbur, la magia negra del viejo Whateley, las estanterías repletas de extraños volúmenes, el segundo piso herméticamente cerrado de la antigua granja, el misterio que rodeaba a la comarca entera y los ruidos que se oían en la montaña. Wilbur contaba por entonces cuatro años y medio, pero tenía todo el aspecto de un muchacho de quince. Su labio superior y mejillas estaban cubiertos de un vello áspero y oscuro, y su voz había comenzado ya a enronquecer.

Un día Earl Sawyer se dirigió a la finca de los Whateley acompañado de un grupo de periodistas y fotógrafos, llamándoles su atención hacia la extraña fetidez que salía de la planta superior. Según dijo, era exactamente igual que el olor reinante en el abandonado cobertizo donde se guardaban los aperos una vez finalizadas las obras de reconstrucción, y muy semejante a los débiles olores que creyó percibir a veces en las proximidades del círculo de piedra de la montaña. Los vecinos de Dunwich leyeron las historias sobre los Whateley al verlas publicadas en los periódicos, y no pudieron menos de sonreírse ante los crasos errores que contenían.

Se preguntaban, asimismo, por qué los periodistas atribuirían tanta importancia al hecho de que el viejo Whateley pagase siempre al comprar el ganado en antiquísimas monedas de oro. Los Whateley recibieron a sus visitantes con mal disimulado disgusto, si bien no se atrevieron a ofrecer violenta resistencia o a negarse a contestar sus preguntas por miedo a que dieran mayor publicidad al caso.

<p>IV</p>

Durante toda una década la historia de los Whateley se mezcló inextricablemente con la existencia general de una comunidad patológicamente enfermiza que se hallaba acostumbrada a su extraña conducta y se había vuelto insensible a sus orgiásticas celebraciones de la Víspera de Mayo y de Todos los Santos. Dos veces al año los Whateley encendían hogueras en la cima de Sentinel Hill, y en tales fechas el fragor de la montaña se reproducía con violencia cada vez más inusitada; y tampoco era raro que tuviesen lugar acontecimientos extraños y portentosos en su solitaria granja en cualquier otra fecha del año. Con el tiempo, los visitantes afirmaron oír ruidos en la cerrada planta alta, incluso en momentos en que todos los miembros de la familia estaban abajo, y se preguntaron a qué ritmo solían sacrificar los Whateley una vaca o un ternero. Se hablaba incluso de denunciar el caso a la Sociedad Protectora de Animales, pero al final no se hizo nada pues los vecinos de Dunwich no tenían ninguna gana de que el mundo exterior reparase en ellos.

Hacia 1923, siendo Wilbur un muchacho de diez años y con una inteligencia, voz, estatura y barba que le daban todo el aspecto de una persona ya madura, se inició una segunda etapa de obras de carpintería en la vieja finca de los Whateley. Las obras tenían lugar en la cerrada planta superior, y por los trozos de madera sobrante que se veían por el suelo la gente dedujo que el joven y el abuelo habían tirado todos los tabiques y hasta levantado la tarima del piso, dejando sólo un gran espacio abierto entre la planta baja y el tejado rematado en pico. Asimismo habían demolido la gran chimenea central e instalado en el herrumboso espacio que quedó al descubierto una endeble cañería de hojalata con salida al exterior.

En la primavera que siguió a las obras el viejo Whateley advirtió el crecido número de chotacabras que, procedentes del barranco de Cold Spring, acudían por las noches a chillar bajo su ventana. Whateley atribuyó a la presencia de tales pájaros un significado especial y un día dijo en la tienda de Osborn que creía cercano su fin.

—Ahora chirrían al ritmo de mi respiración —dijo—, así que deben estar ya al acecho para lanzarse sobre mi alma. Saben que pronto va a abandonarme y no quieren dejarla escapar. Cuando haya muerto sabréis si lo consiguieron o no. Caso de conseguirlo, no cesarían de chirriar y proferir risotadas hasta el amanecer; de lo contrario se callarán. Los espero a ellos y a las almas que atrapan pues si quieren mi alma les va a costar lo suyo.

En la noche de la fiesta de la Recolección de la cosecha[12] de 1924, el doctor Houghton, de Aylesbury, recibió una llamada urgente de Wilbur Whateley, que se había lanzado a todo galope en medio de la oscuridad reinante, en el único caballo que aún restaba a los Whateley, con el fin de llegar lo antes posible al pueblo y telefonear desde la tienda de Osborn. El doctor Houghton encontró al viejo Whateley en estado agonizante, con un ritmo cardíaco y una respiración estertórea que presagiaban un final inminente. La deforme hija albina y el nieto adolescente, pero ya barbudo, permanecían junto al lecho mortuorio, mientras que del tenebroso espacio que se abría por encima de sus cabezas llegaba la desagradable sensación de una especie de chapoteo u oleaje rítmico, algo así como el ruido de las olas en una playa de aguas remansadas. Con todo, lo que más le molestaba al médico era el ensordecedor griterío que armaban las aves nocturnas que revoloteaban en torno a la casa: una verdadera legión de chotacabras que chirriaba su monótono mensaje diabólicamente sincronizado con los entrecortados estertores del agonizante anciano.

Aquello sobrepasaba decididamente lo siniestro y lo monstruoso, pensó el doctor Houghton, que al igual que el resto de los vecinos de la comarca había acudido de muy mala gana a la casa de los Whateley en respuesta a la llamada urgente que se le había hecho.

Hacia la una de la noche el viejo Whateley recobró la conciencia y, al tiempo que cesaban sus estertores, balbuceó algunas entrecortadas palabras a su nieto.

—Más espacio, Willy, necesita más espacio y cuanto antes. Tú creces, pero eso aún crece más deprisa. Pronto te servirá, hijo. Abre las puertas de par en par a Yog-Sothoth salmodiando el largo canto que encontrarás en la página 751 de la edición completa, y luego préndele fuego a la prisión. El fuego de la tierra no puede quemarlo.

No cabía duda, el viejo Whateley estaba loco de remate. Tras una pausa durante la cual la bandada de chotacabras que había fuera sincronizó sus chirridos al nuevo ritmo jadeante de la respiración del anciano y pudieron oírse extraños ruidos que venían de algún remoto lugar en las montañas, aún tuvo fuerzas para pronunciar una o dos frases más.

—No dejes de alimentarlo, Willy, y ten presente la cantidad en todo momento. Pero no dejes que crezca demasiado deprisa para el lugar, pues si revienta en pedazos o sale antes de que abras a Yog-Sothoth, no habrán servido de nada todos los esfuerzos. Sólo los que vienen del más allá pueden hacer que se reproduzca y surta efecto... Sólo ellos, los ancianos que quieren volver...

Pero tras las últimas palabras volvieron a reproducirse los estertores del viejo Whateley, y Lavinia lanzó un pavoroso grito al ver cómo el griterío que armaban los chotacabras cambiaba para adaptarse al nuevo ritmo de la respiración. No hubo ningún cambio durante una hora, al cabo de la cual la garganta del moribundo emitió el postrer vagido. El doctor Houghton cerró los arrugados párpados sobre los resplandecientes ojos grises del anciano, mientras la barahúnda que armaban los pájaros remitía por momentos hasta acabar cayendo en el más absoluto silencio. Lavinia no cesaba de sollozar, en tanto que Wilbur se echó a reír sofocadamente y hasta ellos llegó el débil fragor de la montaña.

—No han conseguido atrapar su alma —susurró Wilbur con su potente voz de bajo.

Por entonces, Wilbur era ya un estudioso de impresionante erudición —si bien a su parcial manera—, y empezaba a ser conocido por la correspondencia que mantenía con numerosos bibliotecarios de remotos lugares en donde se guardaban libros raros y misteriosos de épocas pasadas. Al mismo tiempo, cada vez se le detestaba y temía más en la comarca de Dunwich por la desaparición de ciertos jóvenes que todas las sospechas hacían confluir, difusamente, en el umbral de su casa. Pero siempre se las arregló para silenciar las investigaciones ya fuese mediante el recurso a la intimidación o echando mano del caudal de antiguas monedas de oro que, al igual que en tiempos de su abuelo, salían de forma periódica y en cantidades crecientes para la compra de cabezas de ganado. Daba toda la impresión de ser una persona madura, y su estatura, una vez alcanzado el límite normal de la edad adulta, parecía que fuese a seguir aumentando sin límite. En 1925, con ocasión de una visita que le hizo un corresponsal suyo de la Universidad de Miskatonic, que salió de la reunión que sostuvieron lívido y desconcertado, medía ya sus buenos seis pies y tres cuartos.

Con el paso de los años, Wilbur fue tratando a su semideforme y albina madre con un desprecio cada vez mayor, hasta llegar a prohibirle que le acompañase a las montañas en las fechas de la Víspera de Mayo y de Todos los Santos. En 1926, la infortunada madre le dijo a Mamie Bishop que su hijo le inspiraba miedo.

—Sé multitud de cosas acerca de él que me gustaría poder contarte, Mamie —le dijo un día—, pero últimamente pasan muchas cosas que incluso yo ignoro. Juro por Dios que ni sé lo que quiere mi hijo ni lo que trata de hacer.

En la Víspera de Todos los Santos de aquel año, los ruidos de la montaña resonaron con un inusitado furor, y al igual que todos los años pudo verse el resplandor de las llamaradas en la cima de Sentinel Hill. Pero la gente prestó más atención a los rítmicos chirridos de enormes bandadas de chotacabras —extrañamente retrasados para la época del año en que se encontraban— que parecían congregarse en las inmediaciones de la granja de los Whateley. Pasada la medianoche sus estridentes notas estallaron en una especie de infernal barahúnda que pudo oírse por toda la comarca, y hasta el amanecer no cesaron en su ensordecedor griterío. Seguidamente, desaparecieron, dirigiéndose apresuradamente hacia el sur, adonde llegaron con un mes de retraso sobre la fecha normal. Lo que significaba tamaño estruendo nadie lo sabría con certeza hasta pasado mucho tiempo. En cualquier caso, aquella noche no murió nadie en toda la comarca, pero jamás volvió a verse a la infortunada Lavinia Whateley, la deforme y albina madre de Wilbur.

En el verano de 1917 Wilbur reparó dos cobertizos que había en el corral y comenzó a trasladar a ellos sus libros y efectos personales. Al poco tiempo, Earl Sawyer dijo en la tienda de Osborn que en la granja de los Whateley habían vuelto a emprenderse obras de carpintería. Wilbur se aprestaba a tapar todas las puertas y ventanas de la planta baja, y daba la impresión de que estuviese tirando todos los tabiques, tal como su abuelo y él hicieran en la planta superior cuatro años atrás. Se había instalado en uno de los cobertizos, y según Sawyer tenía un aspecto un tanto preocupado y temeroso. La gente de la localidad sospechaba que sabía algo acerca de la desaparición de su madre, y eran muy pocos los que se atrevían a rondar por las inmediaciones de la granja de los Whateley. Por aquel entonces, Wilbur sobrepasaba ya los siete pies de altura y nada indicaba que fuese a dejar de crecer.

<p>V</p>

Aquel invierno trajo consigo el nada desdeñable acontecimiento del primer viaje de Wilbur fuera de la comarca de Dunwich. Pese a la correspondencia que venía manteniendo con la Biblioteca de Widener de Harvard, la Biblioteca Nacional de París, el Museo Británico, la Universidad de Buenos Aires y la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic, en Arkham, todos sus intentos por hacerse con un libro que precisaba desesperadamente habían resultado fallidos. En vista de lo cual, a la postre, acabó por desplazarse en persona —andrajoso, mugriento, con la barba sin cuidar y aquel nada pulido dialecto que hablaba— a consultar el ejemplar que se conservaba en Miskatonic, la biblioteca más próxima a Dunwich. Con casi ocho pies de altura y portando una maleta de ocasión recién comprada en la tienda de Osborn, aquel espantajo de tez trigueña y rostro de chivo se presentó un día en Arkham en busca del temible volumen guardado bajo siete llaves en la biblioteca de la Universidad de Miskatonic: el pavoroso Necronomicón, del enloquecido árabe Abdul Alhazred, en versión latina de Olaus Wormius, impreso en España en el siglo XVII. Jamás hasta entonces había visto Wilbur una ciudad, pero su único interés al llegar a Arkham se redujo a encontrar el camino que llevaba al recinto universitario. Una vez allí, pasó sin inmutarse por delante del gran perro guardián de la entrada que se echó a ladrar, mostrándole sus blancos colmillos, con inusitado furor al tiempo que tiraba con violencia de la gruesa cadena a la que estaba atado.

Wilbur llevaba consigo el inapreciable, pero incompleto, ejemplar de la versión inglesa del Necronomicón del Dr. Dee que su abuelo le había legado, y nada más le permitieron acceder al ejemplar en latín se puso a cotejar los dos textos con el propósito de descubrir cierto pasaje que, de no hallarse en condiciones defectuosas, habría debido encontrarse en la página 751 del volumen de su propiedad. Por más que intentó refrenarse, no pudo dejar de decírselo con buenos modales al bibliotecario —Henry Armitage, hombre de gran erudición y licenciado en Miskatonic, doctor por la Universidad de Princeton y por la Universidad de John Hopkins—, que en cierta ocasión había acudido a visitarle a la granja de Dunwich y que ahora, en buen tono, le acribillaba a preguntas. Wilbur acabó por decirle que buscaba una especie de conjuro o fórmula mágica que contuviese el espantoso nombre de Yog-Sothoth, pero las discrepancias, repeticiones y ambigüedades existentes complicaban la tarea de su localización, sumiéndole en un mar de dudas. Mientras copiaba la fórmula por la que finalmente se decidió, el Dr. Armitage miró involuntariamente por encima del hombro de Wilbur a las páginas por las que estaba abierto el libro; la que se veía a la izquierda, en la versión latina del Necronomicón, contenía toda una retahíla de estremecedoras amenazas contra la paz y el bienestar del mundo:

«Tampoco debe pensarse —rezaba el texto que Armitage fue traduciendo mentalmente— que el hombre es el más antiguo o el último de los dueños de la tierra, ni que semejante combinación de cuerpo y alma se pasea sola por el universo. Los Ancianos eran, los Ancianos son y los Ancianos serán. No en los espacios que conocemos, sino entre ellos. Se pasean serenos y primigenios en esencia, sin dimensiones e invisibles a nuestra vista. Yog-Sothoth conoce la puerta. Yog-Sothoth es la puerta. Yog-Sothoth es la llave y el guardián de la puerta. Pasado, presente y futuro, todo es uno en Yog-Sothoth. Él sabe por dónde entraron los Ancianos en el pasado y por dónde volverán a hacerlo cuando llegue la ocasión. Él sabe qué regiones de la tierra hollaron, dónde siguen hoy hollando y por qué nadie puede verlos en Su avance. Los hombres perciben a veces Su presencia por el olor que despiden, pero ningún ser humano puede ver Su semblante, salvo únicamente a través de las facciones de los hombres engendrados por Ellos, y son de las más diversas especies, difiriendo en apariencia desde la mismísima imagen del hombre hasta esas figuras invisibles o sin sustancia que son Ellos. Se pasean inadvertidos y pestilentes por los solitarios lugares donde se pronunciaron las Palabras y se profirieron los Rituales en su debido momento. Sus voces hacen tremolar el viento y Sus conciencias trepidar la tierra. Doblegan bosques enteros y aplastan ciudades, pero jamás bosque o ciudad alguna ha visto la mano destructora. Kadath los ha conocido en los páramos helados, pero ¿quién conoce a Kadath? En el glacial desierto del Sur y en las sumergidas islas del Océano se levantan piedras en las que se ve grabado Su sello, pero ¿quién ha visto la helada ciudad hundida o la torre secularmente cerrada y recubierta de algas y moluscos? El Gran Cthulhu es Su primo, pero sólo difusamente puede reconocerlos. ¡Iä! ¡Shub-Niggurath! Por su insano olor Los conoceréis. Su mano os aprieta las gargantas pero ni aun así Los veis, y Su morada es una misma con el umbral que guardáis. Yog-Sothoth es la llave que abre la puerta, por donde las esferas se encuentran. El hombre rige ahora donde antes regían Ellos, pero pronto regirán Ellos donde ahora rige el hombre. Tras el verano el invierno, y tras el invierno el verano. Aguardan, pacientes y confiados, pues saben que volverán a reinar sobre la tierra.»

Al asociar el Dr. Armitage lo que leía con lo que había oído hablar de Dunwich y de sus misteriosas apariciones, y de la lúgubre y horrible aureola que rodeaba a Wilbur Whateley y que iba desde un nacimiento en circunstancias más que extrañas hasta una fundada sospecha de matricidio, sintió como si le sacudiera una oleada de temor tan tangible como pudiera serlo cualquier corriente de aire frío y pegajoso emanada de una tumba. Parecía como si el gigante de cara de chivo enfrascado en la lectura de aquel libro hubiese sido engendrado en otro planeta o dimensión, como si sólo parcialmente fuese humano y procediese de los tenebrosos abismos de una esencia y una entidad que se extendía, cual titánico fantasma, allende las esferas de la fuerza y la materia, del espacio y el tiempo. De pronto, Wilbur levantó la cabeza y se puso a hablar con una voz extraña y resonante que hacía pensar en unos órganos vocales distintos a los del común de los mortales.

—Mr. Armitage —dijo—, me temo que voy a tener que llevarme el libro a casa. En él se habla de cosas que tengo que experimentar bajo ciertas condiciones que no reúno aquí, y sería una verdadera tropelía no dejármelo sacar alegando cualquier absurda norma burocrática. Se lo ruego, señor, déjeme llevármelo a casa y le juro que nadie advertirá su falta. Ni que decirle tengo que lo trataré con el mejor cuidado. Lo necesito para poner mi versión de Dee en la forma en que...

Se interrumpió al ver la resuelta expresión negativa dibujada en la cara del bibliotecario, y al punto sus facciones de chivo adquirieron un aire de astucia. Armitage, cuando estaba ya a punto de decirle que podía sacar copia de cuanto precisara, pensó de repente en las consecuencias que podrían originarse de semejante contravención y se echó atrás. Era una responsabilidad demasiado grande entregar a aquella monstruosa criatura la llave de acceso a tan tenebrosas esferas de lo exterior. Whateley, al ver el cariz que tomaban las cosas, trató de poner la mejor cara posible.

—¡Bueno! ¡Qué le vamos a hacer si se pone así! A ver si en Harvard no son tan picajosos y hay más suerte.

Y sin decir una sola palabra más se levantó y salió de la biblioteca, debiendo agachar la cabeza por cada puerta que pasaba.

Armitage pudo oír el tremendo aullido del gran perro que había en la entrada y, a través de la ventana, observó las zancadas de gorila de Whateley mientras cruzaba el pequeño trozo de campus que podía divisarse desde la biblioteca. Le vinieron a la memoria las espantosas historias que habían llegado a sus oídos y recordó lo que se decía en las ediciones dominicales del Advertiser, así como las impresiones que pudo recoger entre los campesinos y vecinos de Dunwich durante su visita a la localidad. Horribles y malolientes seres invisibles que no eran de la tierra —o, al menos, no de la tierra tridimensional que conocemos— corrían por los barrancos de Nueva Inglaterra y acechaban impúdicamente desde las montañosas cumbres. Hacía tiempo que estaba convencido de ello, pero ahora creía experimentar la inminente y terrible presencia del horror extraterrestre y vislumbrar un prodigioso avance en los tenebrosos dominios de tan antigua y hasta entonces aletargada, pesadilla. Estremecido y con una honda sensación de repugnancia, encerró el Necronomicón en su sitio, pero un atroz e inidentificable hedor seguía impregnado aún toda la estancia. «Por su insano olor los conoceréis», citó. Sí, no cabía duda, aquel fétido olor era el mismo que hacía menos de tres años le provocó náuseas en la granja de Whateley. Pensó en Wilbur, en sus siniestras facciones de chivo, y soltó una irónica risotada al recordar los rumores que corrían por el pueblo sobre su paternidad.

—¿Incestuoso vástago? —Armitage murmuró casi en voz alta para sus adentros—. ¡Dios mío, pero serán simplones! ¡Dales a leer El Gran Dios Pan, de Arthur Machen, y creerán que se trata de un escándalo normal y corriente como los de Dunwich!

Pero ¿qué informe y maldita criatura, salida o no de esta tierra tridimensional, era el padre de Wilbur Whateley? Nacido el día de la Candelaria, a los nueve meses de la Víspera del uno de mayo de 1912, fecha en que los rumores sobre extraños ruidos en el interior de la tierra llegaron hasta Arkham. ¿Qué pasaba en las montañas aquella noche de mayo? ¿Qué horror engendrado el día de la Invención de la Cruz[13] se había abatido sobre el mundo en forma de carne y hueso semihumanos?

Durante las semanas que siguieron, Armitage estuvo recogiendo toda la información que pudo encontrar sobre Wilbur Whateley y aquellos misteriosos seres que poblaban la comarca de Dunwich.

Se puso en contacto con el doctor Houghton, de Aylesbury, que había asistido al viejo Whateley en su postrer agonía, y estuvo meditando detenidamente sobre las últimas palabras que pronunció, tal como las recordaba el médico. Una nueva visita a Dunwich apenas reportó fruto alguno. No obstante, un detenido examen del Necronomicón —en concreto, de las páginas que con tanta avidez había buscado Wilbur— pareció aportar nuevas y terribles pistas sobre la naturaleza, métodos y apetitos del extraño y maligno ser cuya amenaza se cernía difusamente sobre la tierra. Las conversaciones sostenidas en Boston con varios estudiosos de saberes arcanos y la correspondencia mantenida con muchos otros eruditos de los más diversos lugares, no hicieron sino incrementar la perplejidad de Armitage, quien, tras pasar gradualmente por varias fases de alarma, acabó sumido en un auténtico estado de intenso temor espiritual. A medida que se acercaba el verano creía cada vez más que debía hacerse algo para interrumpir la escalada de terror que asolaba los valles regados por el curso superior del Miskatonic e indagar quién era el monstruoso ser conocido entre los humanos por el nombre de Wilbur Whateley.

<p>VI</p>

El verdadero horror de Dunwich tuvo lugar entre la fiesta de la Recolección de la cosecha y el equinoccio de 1928, siendo el Dr. Armitage uno de los testigos presenciales de su abominable prólogo. Había oído hablar del esperpéntico viaje que Whateley había hecho a Cambridge y de sus desesperados intentos por sacar el ejemplar del Necronomicón que se conservaba en la biblioteca Widener, de la Universidad de Harvard. Pero todos sus esfuerzos fueron vanos, pues Armitage había puesto en estado de alerta a todos los bibliotecarios que tenían a su cargo la custodia de un ejemplar del arcano volumen. Wilbur se había mostrado asombrosamente nervioso en Cambridge; estaba ansioso por conseguir el libro y no menos por regresar a casa, como si temiera las consecuencias de una larga ausencia.

A primeros de agosto se produjo el cuasi esperado acontecimiento. En la madrugada del tercer día de dicho mes el Dr. Armitage fue despertado bruscamente por los desgarradores y feroces ladridos del imponente perro guardián que había a la entrada del recinto universitario. Los estridentes y terribles gruñidos alternaban con desgarradores aullidos y ladridos, como si el perro se hubiese vuelto rabioso; los ruidos iban en continuo aumento, pero entrecortados, dejando entre sí pausas terriblemente significativas. Al poco, se oyó un pavoroso grito de una garganta totalmente desconocida, un grito que despertó a no menos de la mitad de cuantos dormían a aquellas horas en Arkham y que en lo sucesivo les asaltaría continuamente en sus sueños, un grito que no podía proceder de ningún ser nacido en la tierra o morador de ella.

Armitage se puso rápidamente algo de ropa por encima y echó a correr por los paseos y jardines hasta llegar a los edificios universitarios, donde pudo ver que otros se le habían adelantado. Aún se oían los retumbantes ecos de la alarma antirrobo de la biblioteca. A la luz de la luna se divisaba una ventana abierta de par en par mostrando las abismales tinieblas que encerraba. Quienquiera que hubiese intentado entrar había logrado su propósito, pues los ladridos y gritos —que pronto acabarían confundiéndose en una sorda profusión de aullidos y gemidos— procedían indudablemente del interior del edificio. Un sexto sentido le hizo entrever a Armitage que cuanto allí sucedía no era algo que pudieran contemplar ojos sensibles y, con gesto autoritario, mandó retroceder a la muchedumbre allí congregada al tiempo que abría la puerta del vestíbulo. Entre los allí reunidos vio al profesor Warren Rice y al Dr. Francis Morgan, a quienes tiempo atrás había hecho partícipes de algunas de sus conjeturas y temores, y con la mano les hizo una señal para que le siguiesen al interior. Los sonidos que de allí salían habían remitido casi por completo, salvo los monótonos gruñidos del perro; pero Armitage dio un brusco respingo al advertir entre la maleza un ruidoso coro de chotacabras que había comenzado a entonar sus endiabladamente rítmicos chirridos, como si marchasen al unísono con los últimos estertores de un ser agonizante.

En el edificio entero reinaba un insoportable hedor que le resultaba harto familiar a Armitage, quien, en compañía de los dos profesores, se lanzó corriendo por el vestíbulo hasta llegar a la salita de lectura de temas genealógicos de donde salían los sordos gemidos. Por espacio de unos segundos, nadie se atrevió a encender la luz, hasta que Armitage, armándose de valor, dio al interruptor. Uno de los tres hombres —cuál, no se sabe— profirió un estridente alarido ante lo que se veía tendido en el suelo entre un revoltijo de mesas y sillas volcadas. El profesor Rice afirma que durante unos instantes perdió el sentido, si bien sus piernas no flaquearon ni llegó a caerse al suelo.

En el suelo, encima de un fétido charco de líquido purulento entre amarillento y verdoso y de una viscosidad bituminosa, yacía medio recostado un ser de casi nueve pies de estatura, al que el perro había desgarrado toda la ropa y algunos trozos de la piel. Aún no había muerto. Se retorcía en medio de silenciosos espasmos, al tiempo que su pecho jadeaba al abominable compás de los estridentes chirridos de las chotacabras que, expectantes, oteaban desde fuera de la sala. Esparcidos por toda la estancia podían verse trozos de piel de zapato y jirones de ropa, y junto a la ventana se veía una mochila de lona vacía que debió arrojar allí aquel gigantesco ser. Junto al pupitre central había un revólver en el suelo, con un cartucho percutado pero sin pólvora que posteriormente serviría para explicar por qué no había sido disparado. No obstante, aquel ser que yacía en el suelo eclipsó un momento cualquier otra imagen que pudiera haber en la estancia. Sería harto trillado y no del todo cierto decir que ninguna pluma humana podría describirlo, pero ya sería menos erróneo decir que no podría visualizarse gráficamente por nadie cuyas ideas acerca de la fisonomía y el perfil en general estuviesen demasiado apegadas a las formas de vida existentes en nuestro planeta y a las tres dimensiones conocidas. No cabía duda de que en parte se trataba de una criatura humana, con manos y cabeza de hombre, en tanto su rostro chotuno y sin mentón llevaba el inconfundible sello de los Whateley. Pero el torso y las extremidades inferiores tenían una forma teratológicamente monstruosa. Sólo gracias a una holgada indumentaria pudo aquel ser andar sobre la tierra sin ser molestado o erradicado de su superficie.

Por encima de la cintura era un ser cuasiantropomórfico, aunque el pecho, sobre el que aún se hallaban posadas las desgarradoras patas del perro, tenía el correoso y reticulado pellejo de un cocodrilo o un lagarto. La espalda tenía un color moteado, entre amarillo y negro, y recordaba vagamente la escamosa piel de ciertas especies de serpientes. Pero, con diferencia, lo más monstruoso de todo el cuerpo era la parte inferior. A partir de la cintura desaparecía toda semejanza con el cuerpo humano y comenzaba la más desenfrenada fantasía que cabe imaginarse. La piel estaba recubierta de un frondoso y áspero pelaje negro, y del abdomen brotaban un montón de largos tentáculos, entre grises y verdosos, de los que sobresalían fláccidamente unas ventosas rojas que hacían las veces de boca. Su disposición era de lo más extraño y parecía seguir las simetrías de alguna geometría cósmica desconocida en la tierra e incluso en el sistema solar. En cada cadera, hundido en una especie de rosácea y ciliada órbita, se alojaba lo que parecía ser un rudimentario ojo, mientras que en el lugar donde suele estar el rabo le colgaba algo que tenía todo el aspecto de una trompa o tentáculo, con marcas anulares violetas, y múltiples muestras de tratarse de una boca o garganta sin desarrollar. Las piernas, salvo por el pelaje negro que las cubría, guardaban cierto parecido con las extremidades de los gigantescos saurios que poblaban la tierra en los tiempos prehistóricos, y terminaban en unas carnosidades surcadas de venas que ni eran pezuñas ni garras. Cuando respiraba, el rabo y los tentáculos mudaban rítmicamente de color, como si obedecieran a alguna causa circulatoria característica de su verdoso tinte no humano, mientras que el rabo tenía un color amarillento que alternaba con otro blanco grisáceo, de repugnante aspecto, en los espacios que quedaban entre los anillos de color violeta. De sangre no había ni rastro, sólo el fétido y purulento líquido verdoso amarillento que corría por el piso más allá del pringoso círculo, dejando tras de sí una curiosa y descolorida mancha.

La presencia de los tres hombres debió despertar al moribundo ser allí postrado, que se puso a balbucir sin siquiera volver ni levantar la cabeza. Armitage no recogió por escrito los sonidos que profería, pero afirma categóricamente que no pronunció ni uno solo en inglés. Al principio las sílabas desafiaban toda posible comparación con ningún lenguaje conocido de la tierra, pero ya hacia el final articuló unos incoherentes fragmentos que, evidentemente, procedían del Necronomicón, el abominable libro cuya búsqueda iba a costarle la muerte. Los fragmentos, tal como los recuerda Armitage, rezaban así poco más o menos: «N’gai, n’gha’ ghaa, bugg-shoggog, y’hah; Yog-Sothoth, Yog-Sothoth...», desvaneciéndose su voz en el aire mientras las chotacabras chirriaban en crescendo rítmico de malsana expectación.

Luego, se interrumpieron los jadeos y el perro alzó la cabeza, emitiendo un prolongado y lúgubre aullido. Un cambio se produjo en la faz amarillenta y chotuna de aquel ser postrado en el suelo al tiempo que sus grandes ojos negros se hundían pasmosamente en sus cavidades. Al otro lado de la ventana, cesó de repente el griterío que armaban los chotacabras, y por encima de los murmullos de la muchedumbre allí congregada se oyó un frenético zumbido y revoloteo. Recortadas contra el trasfondo de la luna podían verse grandes nubes de alados vigías expectantes que alzaban el vuelo y huían de la vista, espantados sólo de ver la presa sobre la que se disponían a lanzarse.

De pronto, el perro dio un brusco respingo, lanzó un aterrador ladrido y se arrojó precipitadamente por la ventana por la que había entrado. Un alarido salió de la expectante multitud, mientras Armitage decía a gritos a los hombres que aguardaban afuera que en tanto llegase la policía o el forense no podrían entrar en la sala. Afortunadamente, las ventanas eran lo suficientemente altas como para que nadie pudiera asomarse; para mayor seguridad, echó las oscuras cortinas con sumo cuidado. Entre tanto, llegaron dos policías, y el Dr. Morgan, que salió a su encuentro al vestíbulo, les instó a que, por su propio bien, aguardasen a entrar en la hedionda sala de lecturas hasta que llegara el forense y pudiera cubrirse el cuerpo del ser allí postrado.

Mientras esto ocurría, unos cambios realmente espantosos tenían lugar en aquella gigantesca criatura. No se precisa describir la clase y proporción de encogimiento y desintegración que se desarrollaba ante los ojos de Armitage y Rice, pero puede decirse que, aparte la apariencia externa de cara y manos, el elemento auténticamente humano de Wilbur Whateley era mínimo. Cuando llegó el forense, sólo quedaba una masa blancuzca y viscosa sobre el entarimado suelo, en tanto que el fétido olor casi había desaparecido por completo. Por lo visto, Whateley no tenía cráneo ni esqueleto óseo, al menos tal como los entendemos. En algo había de parecerse a su desconocido progenitor.

<p>VII</p>

Pero esto no fue sino simplemente el prólogo del verdadero horror de Dunwich. Las autoridades oficiales, desconcertadas, llevaron a cabo todas las formalidades debidas, silenciando acertadamente los detalles más alarmantes para que no llegasen a oídos de la prensa y el público en general. Mientras, unos funcionarios se personaron en Dunwich y Aylesbury para levantar acta de las propiedades del difunto Wilbur Whateley y notificar, en consecuencia, a quienes pudieran ser sus legítimos herederos. A su llegada, encontraron a la gente de la comarca presa de una gran agitación, tanto por el fragor creciente que se oía en las abovedadas montañas como por el insoportable olor y sonidos —semejantes a un oleaje o chapoteo— que salían cada vez con mayor intensidad de aquella especie de gran estructura vacía que era la granja herméticamente entablada de los Whateley. Earl Sawyer, que cuidaba del caballo y del ganado desde el fallecimiento de Wilbur, había sufrido una aguda crisis de nervios. Los funcionarios hallaron enseguida una disculpa para que nadie entrase en el hediondo y cerrado edificio, limitándose a girar una rápida inspección a los aposentos que habitaba el difunto, es decir, a los cobertizos que Wilbur había acondicionado en fecha reciente. Redactaron un voluminoso informe que elevaron al juzgado de Aylesbury y, según parece, los pleitos sobre el destino de la herencia siguen aún sin resolverse entre los innumerables Whateley, tanto de la rama degenerada como de la sin degenerar, que viven en el valle regado por el curso superior del Miskatonic.

Un casi interminable manuscrito redactado en extraños caracteres en un gran libro mayor, y que daba toda la impresión de una especie de diario por las separaciones existentes y las variaciones de tinta y caligrafía, desconcertó por completo a quienes lo encontraron en el viejo escritorio que hacía las veces de mesa de trabajo de Wilbur. Tras una semana de debates se decidió enviarlo a la Universidad de Miskatonic, junto con la colección de libros sobre saberes arcanos del difunto, para su estudio y eventual traducción. Pero al poco tiempo hasta los mejores lingüistas comprendieron que no iba a ser tarea fácil descifrarlo. No se encontró, en cambio, la menor huella del antiguo oro con el que Wilbur y el viejo Whateley solían pagar sus deudas.

El horror se desató en el transcurso de la noche del 9 de septiembre. Los ruidos de la montaña habían sido muy intensos aquella tarde y los perros ladraron con fenomenal estrépito durante toda la noche. Quienes madrugaron el día 10 advirtieron un peculiar hedor en la atmósfera. Hacia las siete de la mañana Luther Brown, el mozo de la granja de George Corey, situada entre el barranco de Cold Spring y el pueblo, bajó corriendo, presa de una gran agitación, del pastizal de diez acres a donde había llevado a pacer las vacas. Estaba aterrado de espanto cuando entró a trompicones en la cocina de la granja, mientras las no menos despavoridas vacas se ponían a patalear y mugir en tono lastimero en el corral, tras seguir al chico todo el camino de vuelta tan atemorizadas como él. Sin cesar de jadear, Luther trató de balbucir lo que había visto a Mrs. Corey.

—Arriba, en el camino que hay por encima del barranco, Mrs. Corey... ¡algo pasa allí! Es como si hubiese caído un rayo. Todos los matorrales y arbolillos del camino han sido segados como si toda una casa les hubiera pasado por encima. Y eso no es lo peor, ¡quia! Hay huellas en el camino, Mrs. Corey... tremendas huellas circulares tan grandes como la tapa de un tonel, y muy hundidas en la tierra, como si hubiese pasado un elefante por allí, ¡sólo que las huellas tendrán más de cuatro pies! Miré de cerca una o dos antes de salir corriendo y pude ver que todas estaban cubiertas por unas líneas que salían del mismo lugar, en abanico, como si fuesen grandes hojas de palmera —sólo que dos o tres veces más grandes— incrustadas en el camino. Y el olor era irresistible, igual que el que se respira cerca de la vieja casa de Whateley...

Al llegar aquí el muchacho titubeó y parecía como si el miedo que le había hecho venir corriendo todo el camino se apoderase de él de nuevo. Mrs. Corey, a la vista de que no podía sonsacarle más detalles, se puso a telefonear a los vecinos, con lo que empezó a cundir el pánico, anticipo de nuevos y mayores horrores, por toda la comarca. Cuando llamó a Sally Sawyer —ama de llaves en la granja de Seth Bishop, la finca más próxima a la de los Whateley—, le tocó escuchar en lugar de hablar, pues el hijo de Sally, Chauncey, que no podía dormir, había subido por la ladera en dirección a la casa de los Whateley y bajó corriendo a toda prisa aterrado de espanto, tras echar una mirada a la granja y al pastizal donde habían pasado la noche las vacas de los Bishop.

—Sí, Mrs. Corey —dijo Sally con voz trémula desde el otro lado del hilo telefónico—. Chauncey acaba de regresar despavorido, y casi no podía ni hablar del miedo que traía. Dice que la casa entera del viejo Whateley ha volado por los aires y que hay un montón de restos de madera desperdigados por el suelo, como si hubiese estallado una carga de dinamita en su interior. Apenas queda otra cosa que el suelo de la planta baja, pero está enteramente cubierto por una especie de sustancia viscosa que huele horriblemente y corre por el suelo hasta donde están los trozos de madera desparramados. Y en el corral hay unas huellas espantosas, unas tremendas huellas de forma circular, más grandes que la tapa de un tonel, y todo está lleno de esa sustancia pegajosa que se ve en la casa destruida. Chauncey dice que el reguero llega hasta el pastizal, donde hay una franja de tierra mucho más grande que un establo totalmente aplastada y que por todos los sitios se ven vallas de piedra caídas por el suelo.

«Chauncey dice, Mrs. Corey, que se quedó aterrado a la vista de las vacas de Seth. Las encontró en los pastizales altos, muy cerca de Devil’s Hop Yard, pero daba pena verlas. La mitad estaban muertas y a casi el resto de las que quedaban les habían chupado la sangre, y tenían unas llagas igualitas que las que le salieron al ganado de Whateley a partir del día en que nació el rapaz negro de Lavinia. Seth ha salido a ver cómo están las vacas, aunque dudo mucho que se acerque a la granja del brujo Whateley. Chauncey no se paró a mirar qué dirección seguía el gran sendero aplastado una vez pasado el pastizal, pero cree que se dirigía hacia el camino del barranco que lleva al pueblo.

«Créame lo que le digo, Mrs. Corey, hay algo suelto por ahí que no me sugiere nada bueno, y pienso que ese negro de Wilbur Whateley —que tuvo el horrendo fin que merecía— está detrás de todo esto. No era un ser enteramente humano, y conste que no es la primera vez que lo digo. El viejo Whateley debía estar criando algo aún menos humano que él en esa casa toda tapiada con clavos. Siempre ha habido seres invisibles merodeando en tomo a Dunwich, seres invisibles que no tienen nada de humano ni presagian nada bueno.

«La tierra estuvo hablando anoche, y hacia el amanecer Chauncey oyó a las chotacabras armar tal griterío en el barranco de Cold Spring que no le dejaron dormir nada. Luego le pareció oír otro ruido débil hacia donde está la granja del brujo Whateley, una especie de rotura o crujido de madera, como si alguien abriese a lo lejos una gran caja o embalaje de madera. Entre unas cosas y otras no logró dormir lo más mínimo hasta bien entrado el día, y no mucho antes se levantó esta mañana. Hoy se propone volver a la finca de los Whateley a ver qué sucede por allí. Pero ya ha visto más que suficiente, se lo digo yo, Mrs. Corey. No sé qué pasara, aunque no presagia nada bueno. Los hombres deberían organizarse e intentar hacer algo. Todo esto es verdaderamente espantoso, y creo que se acerca mi turno. Sólo Dios sabe qué va a pasar.

«¿Le ha dicho algo Luther de la dirección que seguían las gigantescas huellas? ¿No? Pues bien, Mrs. Corey, si estaban en este lado del camino del barranco y todavía no se han dejado ver por su casa, supongo que deben haber descendido al fondo del barranco, ¿dónde si no podrían estar? De siempre he dicho que el barranco de Cold Spring no es un lugar saludable y no me inspira la menor confianza. Las chotacabras y las luciérnagas que hay en sus entrañas no parecen criaturas de Dios, y hay quienes dicen que pueden oírse extraños ruidos y murmullos allá abajo si uno se pone a escuchar en el lugar apropiado, entre la cascada y la Guarida del Oso.

A eso del mediodía, las tres cuartas partes de los hombres y jóvenes de Dunwich salieron a dar una batida por los caminos y prados que había entre las recientes ruinas de lo que fuera la finca de los Whateley y el barranco de Cold Spring, comprobando aterrados con sus propios ojos las grandes y monstruosas huellas, las agonizantes vacas de Bishop, toda la misteriosa y apestosa desolación que reinaba sobre el lugar y la vegetación aplastada y pulverizada por los campos y a orillas de la carretera. Fuese cual fuese el mal que se había desatado sobre la comarca era seguro que se encontraba en el fondo de aquel enorme y tenebroso barranco, pues todos los árboles de las laderas estaban doblados o tronchados, y una gran avenida se había abierto por entre la maleza que crecía en el precipicio. Daba la impresión de que una avalancha hubiese arrastrado toda una casa entera, precipitándola por la enmarañada floresta de la vertiente casi cortada a pico. Ningún ruido llegaba del fondo del barranco, tan sólo se percibía un lejano e indefinible hedor. No tiene nada de extraño, pues, que los hombres prefieran quedarse al borde del precipicio y ponerse a discutir, en lugar de bajar y meterse de lleno en el cubil de aquel desconocido horror ciclópeo. Tres perros que acompañaban al grupo se lanzaron a ladrar furiosamente en un primer momento, pero una vez al borde del barranco cesaron de ladrar y parecían amedrentados e intranquilos. Alguien llamó por teléfono al Aylesbury Chronicle para comunicar la noticia, pero el director, acostumbrado a oír las más increíbles historias procedentes de Dunwich, se limitó a redactar un artículo humorístico sobre el tema, artículo que posteriormente sería reproducido por la Associated Press.

Aquella noche todos los vecinos de Dunwich y su comarca se recogieron en casa, y no hubo granja o establo en que no se obstruyera la puerta lo más sólidamente posible. Huelga decir que ni una sola cabeza de ganado pasó la noche en los pastizales. Hacia las dos de la mañana un irrespirable hedor y los furiosos ladridos de los perros despertaron a la familia de Elmer Frye, cuya granja se hallaba situada al extremo este del barranco de Cold Spring, y todos coincidieron en decir haber oído afuera una especie de chapoteo o golpe seco. Mrs. Frye propuso telefonear inmediatamente a los vecinos, pero cuando su marido estaba a punto de decirle que lo hiciese se oyó un crujido de madera que vino a interrumpir sus deliberaciones. Al parecer, el ruido procedía del establo, y fue seguido al punto por escalofriantes mugidos y pataleos de las vacas. Los perros se pusieron a echar espumarajos por la boca y se acurrucaron a los pies de los miembros de la familia Frye, despavoridos de terror. El dueño de la casa, movido por la fuerza de la costumbre, encendió un farol, pero sabía bien que salir fuera al oscuro corral significaba la muerte. Los niños y las mujeres lloriqueaban, pero evitaban hacer todo ruido obedeciendo a algún oscuro y atávico sentido de conservación que les decía que sus vidas dependían de que guardasen absoluto silencio. Finalmente, el ruido del ganado remitió hasta no pasar de lastimeros mugidos, seguido de una serie de chasquidos, crujidos y fragores impresionantes. Los Frye, apiñados en el salón, no se atrevieron a moverse para nada hasta que no se desvanecieron los últimos ecos ya muy en el interior del barranco de Cold Spring. Luego, entre los débiles mugidos que seguían saliendo del establo y los endiablados chirridos de las últimas chotacabras aún despiertas en el fondo del barranco, Selina Frye se acercó, tambaleándose, al teléfono y difundió a los cuatro vientos cuanto sabía sobre la segunda fase del horror.

Al día siguiente, la comarca entera era presa de un pánico atroz, y podía verse un continuo trasiego de atemorizados y silenciosos grupos de gente que se acercaban al lugar donde se había producido el horripilante acontecimiento nocturno. Dos impresionantes franjas de destrucción se extendían desde el barranco hasta la granja de Frye, en tanto unas monstruosas huellas cubrían la tierra desprovista de toda vegetación y una fachada del viejo establo pintado de rojo se hallaba tirada por el suelo. De los animales, sólo se logró encontrar e identificar a la cuarta parte. Algunas de las vacas estaban pulverizadas en pequeños fragmentos y a las que sobrevivieron no hubo más remedio que sacrificarlas. Earl Sawyer propuso ir en busca de ayuda a Arkham o Aylesbury, pero muchos rechazaron su propuesta por estimarla inútil. El anciano Zebulón Whateley, de una rama de la familia a caballo entre el sano juicio y la degradación, aventuró, de forma harto increíble, que lo mejor sería celebrar rituales en las cumbres montañosas. De siempre se habían observado escrupulosamente en su familia las tradiciones y sus recuerdos de cantos en los grandes círculos de piedra no tenían nada que ver con lo que pudieran haber hecho Wilbur y su abuelo.

La noche se hizo sobre la consternada comarca de Dunwich, demasiado pasiva para lograr poner en marcha una eficaz defensa contra la amenaza que se cernía sobre ella. En algunos casos, las familias con estrechos vínculos se cobijaron bajo un mismo techo para estar ojo avizor en medio de la cerrada oscuridad nocturna, pero, por lo general, volvieron a repetirse las escenas de levantamiento de barricadas de la noche precedente y los fútiles e ineficaces gestos de cargar los herrumbrosos mosquetes y colocar las horcas al alcance de la mano. Sin embargo, aquella noche no aconteció nada nuevo salvo algún que otro ruido intermitente en la montaña, y al despuntar el día muchos confiaban que el nuevo horror hubiese desaparecido con igual presteza con que se presentó. Incluso había algunos espíritus temerarios que proponían lanzar una expedición de castigo al fondo del barranco, si bien no se aventuraron a predicar con el ejemplo a una mayoría que, en principio, no parecía dispuesta a seguirles.

Al caer de nuevo la noche volvieron a repetirse las escenas de las barricadas, aunque esta vez fueron menos las familias que se agruparon bajo un mismo techo. A la mañana siguiente, tanto en la granja de Frye como en la de Bishop pudo advertirse cierta agitación entre los perros e indefinidos sonidos y fétidos olores en la lejanía, mientras que los expedicionarios más madrugadores se horrorizaron al ver de nuevo, y recientes, las monstruosas huellas en el camino que orillaba Sentinel Hill. Al igual que en ocasiones anteriores, los bordes del camino estaban aplastados, indicio de que por allí había pasado el imponente y monstruoso horror infernal que asolaba la comarca. Esta vez la conformación de las huellas parecía sugerir que había marchado en ambas direcciones, como si una montaña movediza hubiese salido del barranco de Cold Spring para regresar posteriormente por la misma senda. Al pie de la montaña podía verse por lo más abrupto una franja de unos treinta pies de anchura, de matorrales y arbolillos aplastados, y quienes aquello veían no salían de su asombro al comprobar que ni siquiera las más empinadas pendientes hacían torcer la trayectoria del inexorable sendero. Fuese lo que fuese, aquel horror podía escalar paredes de roca desnuda y cortadas a pico. Como los expedicionarios optasen por subir a la cima por una ruta más segura, se encontraron con que una vez arriba terminaban las huellas... o, mejor dicho, daban la vuelta.

Era precisamente allí, en la cumbre de Sentinel Hill, donde los Whateley solían celebrar sus diabólicas hogueras y entonar sus no menos infernales rituales ante la piedra con forma de mesa en las fechas de la Víspera de Mayo y de Todos los Santos. Ahora, la piedra constituía el centro de una amplia extensión de terreno arrasado por el horror de la montaña, mientras que encima de su superficie ligeramente cóncava podía verse una masa espesa y fétida de la misma sustancia bituminosa que había en el piso de la derruida granja de los Whateley cuando el horror se alejó de allí. Los hombres se miraron unos a otros y se susurraron algo al oído. Luego, dirigieron la mirada hacia abajo. Al parecer, el horror había descendido prácticamente por el mismo sendero por el que había ascendido. Toda especulación holgaba. La razón, la lógica y las ideas normales que pudieran ocurrírseles se hallaban sumidas en el más completo marasmo. Sólo el anciano Zebulón, que no iba acompañando al grupo, habría sabido apreciar en su justo término la situación o hallar una posible explicación a todo ello.

La noche del jueves comenzó igual que casi todas las precedentes, pero acabó bastante peor. Las chotacabras del barranco no pararon de chirriar ni un momento armando tal estrépito que fueron muchos los vecinos de Dunwich que no lograron conciliar el sueño, y a eso de las tres de la madrugada todos los teléfonos de la localidad se pusieron a sonar trémulamente. Quienes descolgaron el auricular oyeron a una aterrada voz proferir en tono desgarrador «¡Socorro! ¡Dios mío!...», y algunos creyeron escuchar un estruendoso ruido, tras lo cual la voz se cortó. No se oyó ni un sonido más. Pero nadie se atrevió a salir y hasta la mañana siguiente no se supo de dónde procedía la llamada. Todos cuantos la escucharon se llamaron por teléfono entre sí, advirtiendo que únicamente no contestaban en casa de los Frye. La verdad se descubrió al cabo de una hora cuando, tras juntarse a toda prisa, un grupo de hombres armados se dirigió a la finca de los Frye que estaba en la boca misma del barranco. Lo que allí se veía era espantoso, pero en modo alguno constituía una sorpresa. Había nuevas franjas aplastadas y monstruosas huellas. La casa de los Frye se había hundido como si del cascarón de un huevo se tratase, y entre las ruinas no pudo encontrarse resto alguno vivo o muerto. Sólo un insoportable hedor y una viscosidad bituminosa. La familia Frye había sido por completo borrada de la faz de Dunwich.

<p>VIII</p>

Entre tanto, en Arkham, tras la puerta cerrada de una estancia con las paredes repletas de estanterías, se desarrollaba otra fase del horror, algo más apacible pero no menos estimulante desde una perspectiva espiritual. El extraño manuscrito o diario de Wilbur Whateley, entregado a la Universidad de Miskatonic para su oportuna traducción, había sido la causa de muchos quebraderos de cabeza y no pocas muestras de desconcierto entre los especialistas en lenguas antiguas y modernas del claustro. Su mismo alfabeto, no obstante la similitud que a primera vista guardaba con la variante del árabe hablado en Mesopotamia, resultaba totalmente desconocido a las autoridades en la materia. La conclusión final de los lingüistas fue que el texto representaba un alfabeto artificial, debiendo tratarse de criptogramas, aunque ninguno de los métodos criptográficos normalmente utilizados pudo aportar la menor pista para su desciframiento, no obstante aplicarse en función de las lenguas que se suponía conocía el autor de aquellas páginas. En cuanto a los antiguos libros encontrados en el domicilio de los Whateley, si bien presentaban un gran interés y en varios casos prometían abrir nuevas y tenebrosas vías de investigación entre los filósofos y hombres de ciencia, no contribuyeron para nada a dilucidar el enigma. Uno de ellos, un pesado volumen con un cierre metálico, estaba escrito en otro alfabeto igualmente desconocido, si bien sus caracteres eran muy diferentes y guardaba cierta semejanza con el sánscrito. Finalmente, el viejo libro mayor cayó en manos del Dr. Armitage, y ello tanto en atención al especial interés que había demostrado en el caso Whateley como por sus vastos conocimientos lingüísticos y experiencia en las fórmulas místicas de la antigüedad y del medioevo.

Armitage sabía que el alfabeto era utilizado con fines esotéricos por ciertos cultos arcanos procedentes de épocas pasadas y que habían adoptado numerosos rituales y tradiciones de los zahoríes del mundo sarraceno. Ahora bien, aquello no pasaba de tener una importancia secundaria, pues no era necesario conocer el origen de los símbolos si, como sospechaba, eran utilizados a modo de criptogramas dentro de una lengua moderna. Estaba persuadido de que, habida cuenta de la voluminosa cantidad de texto que contenía, el autor difícilmente se habría tomado la molestia de utilizar otra lengua que la suya, salvo quizá a la hora de expresar ciertas fórmulas mágicas o conjuros especiales. En consecuencia, se dispuso a atacar el manuscrito partiendo de la hipótesis de que el grueso del mismo se hallaba en inglés.

Armitage sabía muy bien, tras los repetidos fracasos de sus colegas, que el enigma que encerraba aquel texto resultaría difícil de desentrañar y sería tarea harto dificultosa, por lo que había que desechar cualquier intento de aplicar métodos sencillos de investigación. La última decena de agosto la dedicó a recopilar todos los tratados de criptografía que pudo encontrar, echando mano de la copiosa bibliografía con que contaba la biblioteca y descifrando noche tras noche los saberes arcanos que se ocultaban en textos como la Poligraphia de Tritomio, el De furtivis literarum notis de Giambattista Porta, el Traité des chiffres de De Vigenere, el Cryptomenysis patefacta de Falconer, los tratados del siglo XVIII de Davys y Thicknesse y otros de autoridades en la materia tan recientes como Blair, Von Marten, amén de los escritos de Klüber. Con el tiempo acabó por convencerse de que se enfrentaba a uno de esos criptogramas especialmente sutiles e ingeniosos en los que muchas listas de letras separadas y que se corresponden entre sí se hallan dispuestas como si se tratara de una tabla de multiplicar, construyéndose el mensaje a partir de palabras clave arbitrarias sólo conocidas por los iniciados. Las autoridades de mayor antigüedad parecían ser de ayuda bastante más valiosa que las de épocas más recientes, de lo que Armitage dedujo que el código del manuscrito debía tener una gran antigüedad, transmitido sin duda a través de toda una larga cadena de ensayistas místicos. Varias veces pareció estar a punto de ver la luz esclarecedora, pero, de repente, algún obstáculo imprevisto le hacía retroceder en la marcha de la investigación. Hasta que, prácticamente ya encima septiembre, las nubes empezaron a clarear. Ciertas letras, tal como estaban utilizadas en determinados pasajes del manuscrito, fueron identificadas definitiva e inequívocamente, poniéndose de manifiesto que el texto se hallaba escrito en inglés.

En la tarde del 2 de septiembre cayó, por fin, la última barrera importante que se interponía a la inteligibilidad del texto, y Armitage vio coronados sus esfuerzos al leer por vez primera un pasaje entero de los anales de Wilbur Whateley. En realidad se trataba de un diario, como todo hacía suponer, y estaba redactado en un estilo que mostraba claramente una mezcolanza de profunda erudición en el campo de las ciencias ocultas y de incultura general por parte del extraño ser que lo escribió.

Ya el primer pasaje extenso que logró descifrar Armitage —una anotación fechada el 26 de noviembre de 1916— resultó harto asombroso e intranquilizador. Recordó que el autor de aquellas líneas era un niño de tres años y medio por entonces, si bien aparentaba ser un adolescente de doce o trece.

Hoy aprendí el Aklo para el Sabaoth (sic), pero no me gustó pues podía responderse desde la montaña y no desde el aire. Lo del piso de arriba me aventaja más de lo que pensaba y no parece que tenga mucho cerebro terrestre. Al ir a morderme maté de un tiro a Jack, el perro pastor de Elam Hutchins, y Elam dijo que si llegaba a morderme me mataría. Confío en que no lo haga. Anoche el abuelo me hizo pronunciar la fórmula mágica Dho y me pareció ver la ciudad secreta en los dos polos magnéticos. Una vez arrasada la tierra iré a esos polos, si es que no logro comprender la fórmula Dho-Hna cuando la aprenda. Los del aire me dijeron en el Sabat que la tarea de arrasar la tierra me llevará muchos años; para entonces supongo que ya habrá muerto el abuelo, así que voy a tener que aprender la posición de todos los ángulos de las superficies planas y todas las fórmulas mágicas que hay entre Yr y Nhhngr. Los del exterior me ayudarán, pero para cobrar forma corpórea requieren sangre humana. Parece que lo de arriba tendrá buen aspecto. Puedo vislumbrarlo cuando hago la señal Voorish o soplo los polvos de Ibu Ghazi, y se parece mucho a ellos el día de la Víspera de Mayo en la Montaña. La otra cara la encuentro algo borrosa. Me pregunto cómo seré cuando la tierra haya sido arrasada y no quede ni un solo ser sobre ella. El que vino con el Aklo Sabaoth dijo que podría transfigurarme para parecer menos del exterior y seguir haciendo cosas.

El amanecer encontró al Dr. Armitage sudoroso y despavorido de terror, totalmente enfrascado en su lectura. No había levantado los ojos del manuscrito en toda la noche. Sentado en su escritorio, a la luz de una lámpara eléctrica, fue pasando página tras página con temblorosa mano a medida que descifraba el críptico texto. En medio de semejante estado de agitación había telefoneado a su mujer para decirle que no iría a dormir aquella noche, y cuando a la mañana siguiente le llevó el desayuno a la biblioteca apenas probó bocado. No paró de leer ni un instante durante todo el día, deteniéndose con gran desesperación una que otra vez siempre que se hacía necesario volver a aplicar la intrincada clave para desentrañar el texto. Le llevaron la comida y la cena a su despacho, pero apenas tomó una pizca. Al día siguiente, ya bien entrada la noche, se quedó adormecido sobre la silla, pero no tardaría en despertarse tras asaltarle unas pesadillas casi tan horribles como la amenaza que se cernía sobre la humanidad entera y que acababa de descubrir.

La mañana del 4 de septiembre el profesor Rice y el Dr. Morgan insistieron en ver a Armitage siquiera un momento, saliendo de la entrevista temblorosos y con el semblante demudado. Al anochecer Armitage se fue a la cama, pero sólo esporádicamente pudo conciliar el sueño. Al día siguiente, miércoles, volvió a enfrascarse en la lectura del manuscrito y tomó infinidad de notas, tanto de los pasajes que iba leyendo como de los ya descifrados. En la madrugada se quedó dormido unos momentos en un sillón del despacho, pero antes de que amaneciese ya estaba de nuevo con la vista sobre el manuscrito. Aún no habían dado las doce cuando su médico, el doctor Hartwell, fue a verle e insistió, por su propio bien, en la necesidad de que dejase de trabajar. Pero Armitage se negó a seguir los consejos del médico, alegando que para él era de vital importancia acabar de leer el diario, al tiempo que le prometía una explicación más detallada en su debido momento. Aquella tarde, justo en el momento en que empezaba a oscurecer, acabó su alucinante y agotadora lectura y se dejó caer sobre la silla totalmente exhausto. Su mujer, que acudió a llevarle la cena, le encontró postrado en un estado casi comatoso, pero Armitage aún conservaba la conciencia suficiente como para proferir un fenomenal grito, que la hizo retroceder, al advertir que sus ojos se posaban en las notas que había tomado. Levántandose a duras penas de la silla, recogió las hojas garrapateadas que había sobre la mesa y las metió en un gran sobre que guardó en el bolsillo interior del abrigo. Aún le quedaban fuerzas para regresar a casa por su propio pie, pero era tan evidente que precisaba de auxilios médicos que hubo que llamar urgentemente al doctor Hartwell. Al irse a la cama, siguiendo las indicaciones del médico, no cesaba de repetir una y otra vez «Pero ¿qué hacer, Dios mío?, ¿qué hacer?»

Armitage durmió toda aquella noche, pero al día siguiente estuvo delirando a intervalos. No dio ninguna explicación al doctor Hartwell, pero en sus momentos de lucidez hablaba de la imperiosa necesidad de mantener una larga reunión con Rice y Morgan. No había quien entendiera sus desvaríos, en los que hacía desesperados llamamientos para que se destruyera algo que decía se encontraba en una casa herméticamente cerrada con tablones, al tiempo que hacía increíbles alusiones a un plan para eliminar de la faz de la tierra a toda la especie humana, y a toda la vida vegetal y animal, que se proponía llevar a cabo una terrible y antiquísima raza de seres procedentes de otras dimensiones siderales. En sus gritos decía cosas tales como el mundo estaba en peligro, pues los Seres Ancianos se habían propuesto desmantelarlo y barrerlo del sistema solar y del cosmos de la materia para sumirlo en otro nivel, o fase incorpórea, del que había salido hacía billones y billones de milenios. En otros momentos pedía que le trajera el temible Necronomicón y el Daemonolatreia de Remigio, volúmenes ambos en los que estaba persuadido de encontrar la fórmula mágica con la que conjurar tan aterrador peligro.

—¡Hay que detenerlos, hay que detenerlos como sea! —se lanzaba a gritar desesperadamente—. Los Whateley se proponen abrirles el camino, y lo peor de todo aún está por llegar. Digan a Rice y Morgan que hay que hacer algo. Es una operación que entraña un gran peligro, pero yo sé cómo fabricar los polvos... No ha recibido ningún alimento desde el 2 de agosto, el día en que Wilbur vino a morir aquí, y a estas alturas...

Pero Armitage, pese a sus setenta y tres años, tenía aún una naturaleza resistente y el trastorno se le pasó en el curso de la noche, y no vino acompañado de fiebres. El viernes se levantó ya avanzado el día, con la cabeza despejada, aunque con el semblante adusto por el miedo que le roía las entrañas y por la tremenda responsabilidad que ahora pesaba sobre él. El sábado por la tarde se sintió con fuerzas para ir a la biblioteca y mantener una reunión con Rice y Morgan; los tres hombres estuvieron devanándose los sesos el resto del día con las más increíbles especulaciones y los más alucinantes debates. Sacaron montones de terribles libros sobre saberes arcanos de las estanterías y de los lugares donde estaban encerrados a buen recaudo, y estuvieron copiando esquemas y fórmulas mágicas con febril premura y en cantidades ingentes. No cabía la menor duda al respecto. Los tres habían visto el agonizante cuerpo de Wilbur Whateley postrado en una estancia de aquel mismo edificio, por lo que a ninguno de ellos se le pasó siquiera por la cabeza considerar el diario como los delirios de un loco.

Las opiniones sobre la conveniencia de dar cuenta a la policía de Masachusetts estaban encontradas, imponiéndose la negativa en última instancia. Había cosas en todo aquello que resultaban muy difíciles, por no decir imposibles, de creer por quienes no estaban al tanto de todo lo que allí sucedía, como muy bien se vería tras varias investigaciones realizadas con posterioridad a los hechos. Ya entrada la noche la sesión se levantó sin que hubieran trazado un plan definitivo, pero durante todo el domingo Armitage estuvo ocupado cotejando fórmulas mágicas y haciendo combinaciones de productos químicos sacados del laboratorio de la universidad. Cuanto más pensaba en el infernal diario, más dudas le asaltaban sobre la eficacia de cualquier agente material para destruir al ser que Wilbur Whateley había dejado tras de sí... el amenazador ser, desconocido para él, que unas horas después habría de abatirse sobre la localidad y acabaría siendo trágicamente conocido por el horror de Dunwich.

El lunes apenas difirió de la víspera para Armitage, pues la tarea en que estaba embarcado requería continuas búsquedas y experimentos. Nuevas consultas del diario de aquel monstruoso ser trajeron como consecuencia una serie de cambios en el plan originalmente trazado, y, con todo, sabía que al final seguiría adoleciendo de grandes fallas y riesgos. Para el martes ya había esbozado una línea precisa de actuación y creía que en menos de una semana estaría en condiciones de trasladarse a Dunwich. Pero con el miércoles vino la gran conmoción. Casi inadvertido, en una esquina del Arkham Advertiser, podía verse un pequeño despacho de la agencia Associated Press en el que se comentaba en tono jocoso que el whisky introducido de contrabando en Dunwich había producido un monstruo que batía todos los récords. Armitage, sobrecogido ante la noticia, telefoneó al instante a Rice y a Morgan. Hasta bien entrada la noche estuvieron debatiendo los planes a seguir, y al día siguiente se lanzaron apresuradamente a hacer los preparativos para el viaje. Armitage sabía muy bien que iban a tener que habérselas con pavorosas fuerzas, pero también veía claramente que era el único medio de acabar con aquel maléfico embrollo que otros antes que él habían venido a complicar y agravar.

<p>IX</p>

El viernes por la mañana Armitage, Rice y Morgan salieron en automóvil hacia Dunwich, llegando al pueblo sobre la una de la tarde. Hacía un día espléndido, pero hasta en el fuerte sol reinante parecía presagiarse una inquietante calma, como si algo espantoso se cerniese sobre aquellas montañas extrañamente rematadas en forma de bóveda y sobre los profundos y sombríos barrancos de la asolada región. De vez en cuando podía divisarse recortado contra el cielo un lúgubre círculo de piedras en las cumbres montañosas. Por la atmósfera de silenciosa tensión que se respiraba en la tienda de Osborn, los tres investigadores comprendieron que algo horrible había sucedido, y pronto se enteraron de la desaparición de la casa y de la familia entera de Elmer Frye. Durante toda la tarde estuvieron recorriendo los alrededores de Dunwich, preguntando a la gente qué había sucedido y viendo con sus propios ojos, en medio de un creciente horror, las pavorosas ruinas de la casa de los Frye con sus persistentes restos de aquella sustancia bituminosa, las espantosas huellas dejadas en el corral, el ganado malherido de Seth Bishop y las impresionantes franjas de vegetación arrasada que había por doquier. El sendero dejado a todo lo largo de Sentinel Hill le pareció a Armitage de una significación casi devastadora, y durante un buen rato se quedó mirando la siniestra piedra en forma de altar que se divisaba en la cima.

Finalmente, los investigadores de Arkham, enterados de que aquella misma mañana habían llegado unos policías de Aylesbury en respuesta a las primeras llamadas telefónicas dando cuenta de la tragedia acaecida a los Frye, resolvieron ir en busca de los agentes y contrastar con ellos sus impresiones sobre la situación. Pero una cosa fue decirlo y otra hacerlo, pues no se veía a los policías por ninguna parte. Habían venido en total cinco en un coche, que se encontró abandonado en un lugar próximo a las ruinas del corral de Elmer Frye. Las gentes de la localidad, que hacía tan sólo un rato habían estado hablando con los policías, se hallaban tan perplejas como Armitage y sus compañeros. Fue entonces cuando al viejo Sam Hutchins se le vino a la cabeza una idea y, lívido, dio un codazo a Fred Farr al tiempo que apuntaba hacia el profundo y rezumante abismo que se abría frente a ellos.

—¡Dios mío! —dijo jadeando—. ¡Mira que les advertí que no bajasen al barranco! Jamás se me ocurrió que fuera a meterse nadie ahí con esas huellas y ese olor y con las chotacabras armando tal griterío a plena luz del día...

Un escalofrío se apoderó de todos los allí congregados —granjeros e investigadores— al oír las palabras del viejo Hutchins, y todos aguzaron instintivamente el oído. Armitage, ahora que se encontraba por vez primera frente al horror y su destructiva labor, no pudo evitar temblar ante la responsabilidad que se le venía encima. Pronto caería la noche sobre la comarca, las horas en que la gigantesca monstruosidad salía de su cubil para proseguir sus pavorosas incursiones. Negotium perambulans in tenebris... El anciano bibliotecario se puso a recitar la fórmula mágica que había aprendido de memoria, al tiempo que estrujaba con la mano el papel en que se contenía la otra fórmula alternativa que no había memorizado. Seguidamente, comprobó que su linterna se encontraba en perfecto estado. Rice, que estaba a su lado, sacó de un maletín un pulverizador de esos que se utilizan para combatir los insectos, mientras Morgan desenfundaba el rifle de caza en el que seguía confiando pese a las advertencias de sus compañeros de que las armas no valdrían de nada frente a tan monstruoso ser.

Armitage, que había leído el estremecedor diario de Wilbur, sabía muy bien qué clase de materialización podía esperarse, pero no quiso atemorizar más a los vecinos de Dunwich con nuevas insinuaciones o pistas. Esperaba poder librar al mundo de aquel horror sin que nadie se enterase de la amenaza que se cernía sobre la humanidad entera. A medida que la oscuridad fue haciéndose más densa los vecinos de Dunwich comenzaron a dispersarse y emprendieron el regreso a casa, ansiosos por encerrarse en su interior pese a la evidencia de que no había cerrojo o cerradura que pudiese resistir los embates de un ser de tal descomunal fuerza que podía tronchar árboles y triturar casas a su antojo. Sacudieron la cabeza al enterarse del plan que tenían los investigadores de permanecer de guardia en las ruinas de la granja de Frye, próxima al barranco. Al despedirse de ellos, apenas albergaban esperanzas de volver a verlos con vida a la mañana siguiente.

Aquella noche se oyó un enorme fragor en las montañas y las chotacabras chirriaron con endiablado estrépito. De vez en cuando, el viento que subía del fondo del barranco de Cold Spring traía un hedor insoportable a la ya cargada atmósfera nocturna, un hedor como el que aquellos tres hombres ya habían percibido en una anterior ocasión al encontrarse frente a aquella moribunda criatura que durante quince años y medio pasó por un ser humano. Pero la tan esperada monstruosidad no se dejó ver en toda la noche. No cabía duda, lo que había en el fondo del barranco aguardaba el momento propicio, y Armitage dijo a sus compañeros que sería suicida intentar atacarlo en medio de la oscuridad nocturna.

Al amanecer cesaron los ruidos. El día se levantó gris, desapacible y con ocasionales ráfa*gas de lluvia, mientras oscuros nubarrones se acumulaban d el otro lado de la montaña en dirección noroeste. Los tres científicos de Arkham no sabían qué hacer. Comoquiera que la lluvia arreciase se guarecieron bajo una de las pocas construcciones de la granja de los Frye que aún quedaban en pie, en donde debatieron la conveniencia de seguir esperando o arriesgarse y bajar al fondo del barranco a la caza de la monstruosa y abominable presa. El aguacero arreciaba por momentos y en la lejanía se oía el fragor producido por los truenos, en tanto que el cielo resplandecía por los relámpagos que lo rasgaban, y muy cerca de donde se encontraban se vio caer un rayo, como si directamente se dirigiese al maldito barranco. El cielo se oscureció totalmente, y los tres científicos esperaban que la tormenta, aunque violenta, pasara rápidamente y luego esclareciera.

Aún seguía cubierto de oscuros nubarrones el cielo cuando, no haría siquiera una hora, hasta ellos llegó un auténtico babel de voces que se acercaba por el camino. Al poco, pudo divisarse un grupo despavorido integrado por algo más de una docena de hombres que venían corriendo, y no cesaban de gritar y hasta de sollozar histéricamente. Uno de los que marchaban a la cabeza prorrumpió a balbucir palabras sin sentido, sintiendo un pavoroso escalofrío los investigadores de Arkham cuando las palabras adquirieron coherencia.

—¡Oh, Dios mío, Dios mío! —se oyó decir a alguien con una vez entrecortada—. ¡Vuelve de nuevo, y esta vez en pleno día! ¡Ha salido, ha salido y se mueve en estos momentos! ¡Que el Señor nos proteja!

Tras oírse unos jadeos, la voz se sumió en el silencio, pero otro de los hombres retomó el hilo de lo que decía el primero.

—Hace casi una hora Zeb Whateley oyó sonar el teléfono. Quien llamaba era Mrs. Corey, la mujer de George, el que vive abajo en el cruce. Dijo que Luther, el mozo, había salido en busca de las vacas al ver el tremendo rayo que cayó, cuando observó que los árboles se doblaban en la boca del barranco —del lado opuesto de la vertiente— y percibió el mismo hedor que se respiraba en las inmediaciones de las grandes huellas el lunes por la mañana. Y según ella, Luther dijo haber oído una especie de crujido o chapoteo, un ruido mucho más fuerte que el producido por los árboles o arbustos al doblarse, y de repente los árboles que había a orillas del camino se inclinaron hacia un lado y se oyó un horrible ruido de pisadas y un chapoteo en el barro. Pero, aparte de los árboles y la maleza doblados, Luther no vio nada.

Luego, más allá de donde el arroyo Bishop pasa por debajo del camino pudo oír unos espantosos crujidos y chasquidos en el puente, y dijo que parecía como si fuese madera que estuviese resquebrajándose. Pero, aparte de los árboles y los matorrales doblados, no vio nada en absoluto. Y cuando los crujidos se perdieron a lo lejos —en el camino que lleva a la granja del brujo Whateley y a la cumbre de Sentinel Hill—, Luther tuvo el valor de acercarse al lugar donde se oyeron los ruidos primero y se puso a mirar al suelo. No se veía otra cosa que agua y barro, el cielo estaba encapotado y la lluvia que caía empezaba a borrar las huellas, pero cerca de la boca del barranco, donde los árboles se hallaban caídos por el suelo, aún había unas horribles huellas tan gigantescas como las que vio el lunes pasado.

Al llegar aquí, tomó la palabra el hombre que había hablado en primer lugar.

—Pero eso no es lo malo; eso fue sólo el principio. Zeb convocó a la gente y todos estaban escuchando cuando se cortó una llamada telefónica que hacían desde la casa de Seth Bishop. Sally, la mujer de Seth, no paraba de hablar. en tono muy acalorado, acababa de ver los árboles tronchados al borde del camino, y dijo que una especie de ruido acorchado, parecido al de las pisadas de un elefante, se dirigía hacia la casa. Luego, dijo que un olor espantoso se metió de repente por todos los rincones de la casa y que su hijo Chauncey no cesaba de gritar que el olor era idéntico al que había en las ruinas de la granja de Whateley el lunes por la mañana. Y, a todo esto, los perros no paraban de lanzar horribles aullidos y ladridos.

«De repente, Sally pegó un fenomenal grito y dijo que el cobertizo que había junto al camino se había derrumbado como si la tormenta se lo hubiese llevado por delante, sólo que apenas corría viento para pensar en algo así. Todos escuchábamos con atención y a través del hilo podía oírse el jadeo de multitud de gargantas pegadas al teléfono. De repente, Sally volvió a proferir un espantoso grito y dijo que la cerca que había delante de la casa acababa de derrumbarse, aunque no se veía la menor señal que indicara a qué podría deberse. Luego, todos los que estaban pegados al hilo oyeron chillar también a Chauncey y al viejo Seth Bishop, y Sally decía a gritos que algo enorme había caído encima de la casa, no un rayo ni nada por el estilo, sino algo descomunal que se abalanzaba contra la fachada y los embates eran constantes, aunque no se veía nada a través de las ventanas. Y luego... y luego...

El terror podía verse reflejado en todos los rostros, y Armitage, aun cuando no estaba menos aterrado, tuvo el aplomo suficiente para decirle a quien tenía la palabra que prosiguiera.

—Y luego... luego, Sally lanzó un grito estremecedor y dijo «¡Socorro! ¡La casa se viene abajo!»... y desde el otro lado del hilo pudimos oír un fenomenal estruendo y un espantoso griterío... igual que pasó con la granja de Elmer Frye, sólo que esta vez peor...

El hombre que hablaba hizo una pausa, y otro de los que venía en el grupo prosiguió el relato.

—Eso fue todo. No volvió a oírse ni un ruido ni un chillido más. Sólo el más absoluto silencio. Quienes lo escuchamos sacamos nuestros coches y furgonetas, y a continuación nos reunimos en casa de Corey todos los hombres sanos y robustos que pudimos encontrar, y hemos venido hasta aquí para que nos aconsejen qué hacer ahora. Es posible que todo sea un castigo del Señor por nuestras iniquidades, un castigo del que ningún mortal puede escapar.

Armitage comprendió que había llegado el momento de hacer algo y, con aire resuelto, se dirigió al vacilante grupo de despavoridos campesinos.

—No queda más remedio que seguirlo, señores —dijo tratando de dar a su voz el tono más tranquilizador posible—. Creo que hay una posibilidad de acabar de una vez por todas con lo que quiera que sea ese monstruo. Todos ustedes conocen de sobra la fama de brujos que tenían los Whateley, pues bien, este abominable ser tiene mucho de brujería, y para acabar con él hay que recurrir a los mismos procedimientos que utilizaban ellos. He visto el diario de Wilbur Whateley y examinado algunos de los extraños y antiguos libros que acostumbraba a leer, y creo conocer el conjuro que debe pronunciarse para que desaparezca para siempre. Naturalmente, no puede hablarse de una seguridad total, pero vale la pena intentarlo. Es invisible —como me imaginaba—, pero este pulverizador de largo alcance contiene unos polvos que deben hacerlo visible por unos instantes. Dentro de un rato vamos a verlo. Es realmente un ser pavoroso, pero aún hubiese sido mucho peor si Wilbur hubiese seguido con vida. Nunca llegará a saberse bien de qué se libró la humanidad con su muerte. Ahora sólo tenemos un monstruo contra el que luchar, pero sabemos que no puede multiplicarse. Con todo, es posible que cause aún mucho daño, así que no hemos de dudar a la hora de librar al pueblo de semejante monstruo.

«Hay que seguirlo, pues, y la forma de hacerlo es ir a la granja que acaba de ser destruida. Que alguien vaya delante, pues no conozco bien estos caminos, pero supongo que debe haber un atajo. ¿Están de acuerdo?

Los hombres se movieron inquietos sin saber qué hacer, y Earl Sawyer, apuntando con un dedo tiznado por entre la cortina de lluvia que amainaba por momentos, dijo con voz suave: «Creo que el camino más rápido para llegar a la granja de Seth Bishop es atravesar el prado que se ve ahí abajo y vadear el arroyo por donde es menos profundo, para subir luego por las rastrojeras de Carrier y los bosques que hay a continuación. Al final se llega al camino alto que pasa a orillas de la granja de Seth, que está del otro lado.»

Armitage, Rice y Morgan se pusieron a caminar en la dirección indicada, mientras la mayoría de los aldeanos marchaban lentamente tras ellos. El cielo empezaba a clarear y todo parecía indicar que la tormenta había pasado. Cuando Armitage tomaba involuntariamente una dirección equivocada, Joe Osborn se lo indicaba y se ponía delante para mostrar el camino. El valor y la confianza de los hombres del grupo crecían por momentos, aunque la luz crepuscular de la frondosa ladera casi cortada a pico que había al final del atajo —por entre cuyos fantásticos y añejos árboles hubieron de trepar cual si de una escalera se tratase— pusieron tales cualidades a prueba.

Al final, llegaron a un camino lleno de barro justo al tiempo que salía el sol. Se hallaban algo más allá de la finca de Seth Bishop, pero los árboles tronchados y las inequívocas y horribles huellas eran buena prueba de que ya había pasado por allí el monstruo. Apenas se detuvieron unos momentos a contemplar los restos que quedaban en tomo al gran hoyo. Era exactamente lo mismo que sucedió con los Frye, y nada vivo ni muerto podía verse entre las ruinas de lo que en otro tiempo fueran la granja y el establo de los Bishop. Nadie quiso permanecer allí mucho tiempo entre aquel hedor insoportable y aquella viscosidad bituminosa; todos volvieron instintivamente al sendero de espantosas huellas que se dirigían hacia la granja en ruinas de los Whateley y las laderas coronadas en forma de altar de Sentinel Hill.

Al pasar ante lo que fuera morada de Wilbur Whateley, todos los integrantes del grupo se estremecieron visiblemente y sus ánimos comenzaron a flaquear. No tenía nada de divertido seguir la pista de algo tan grande como una casa y no lograr verlo, si bien podía respirarse en el ambiente una maléfica presencia infernal. Frente al pie de Sentinel Hill las huellas dejaban el camino y podía apreciarse aún fresca la vegetación aplastada y tronchada a lo largo de la ancha franja que marcaba el camino seguido por el monstruo en su anterior subida y descenso de la montaña.

Armitage sacó un potente catalejo y se puso a escrutar las verdes laderas de Sentinel Hill. Seguidamente, se lo pasó a Morgan, que gozaba de una visión más aguda. Tras mirar unos instantes por el aparato Morgan lanzó un pavoroso grito, pasándoselo seguidamente a Earl Sawyer a la vez que le señalaba con el dedo un determinado punto de la ladera. Sawyer, tan desmañado como la mayoría de quienes no están acostumbrados a utilizar instrumentos ópticos, estuvo dándole vueltas unos segundos hasta que finalmente, y gracias a la ayuda de Armitage, logró centrar el objetivo. Al localizar el punto, su grito aún fue más estridente que el de Morgan.

—¡Dios Todopoderoso, la hierba y los matorrales se mueven! Está subiendo... lentamente... como si reptara... en estos momentos llega a la cima. ¡Que el cielo nos ampare!

El germen del pánico pareció cundir entre los expedicionarios. Una cosa era salir a la caza del monstruoso ser, y otra muy distinta encontrarlo. Era muy posible que los conjuros funcionaran, pero ¿y si fallaban? Empezaron a levantarse voces en las que se le formulaba a Armitage todo tipo de preguntas acerca del monstruo, pero ninguna respuesta parecía satisfacerles. Todos tenían la impresión de hallarse muy próximos a fases de la naturaleza y de la vida absolutamente extraordinarias y radicalmente ajenas a la existencia misma de la humanidad.

<p>X</p>

Al final, los tres investigadores venidos de Arkham —el Dr. Armitage, de canosa barba, el profesor Rice, rechoncho y de cabellos plateados, y el Dr. Morgan, delgado y de aspecto juvenil— acabaron subiendo solos la montaña. Tras instruir con suma paciencia a los aldeanos sobre cómo enfocar y utilizar el catalejo, lo dejaron con el atemorizado grupo que se quedó en el camino. A medida que subían aquellos tres hombres, los aldeanos fueron pasándoselo de mano en mano para poder verlos de cerca. La subida era ardua, y en más de una ocasión tuvieron que echar una mano a Armitage. Muy por encima del esforzado grupo expedicionario el gran sendero abierto en la montaña retumbaba como si su infernal hacedor volviera a pasar por él con premiosa alevosía. Así pues, era patente que los perseguidores cobraban terreno.

Curtis Whateley —de la rama no degenerada de los Whateley— era quien miraba por el catalejo cuando los investigadores de Arkham se desviaron del sendero. Curtis dijo al resto del grupo que, sin duda, los tres hombres trataban de llegar a un pico inferior desde el que se divisaba el sendero, en un lugar muy por encima de donde se estaba aplastando la vegetación en aquellos momentos. Y así fue en realidad, pues los expedicionarios alcanzaron la pequeña elevación al poco de que el invisible monstruo pasara por allí.

Luego, Wesley Corey, que a la sazón miraba por el objetivo, gritó con todas sus fuerzas que Armitage se había puesto a ajustar el pulverizador que llevaba Rice, y todo indicaba que algo iba a ocurrir de un momento a otro. El desasosiego empezó a cundir entre el grupo del camino, pues, según les habían dicho, el pulverizador debería hacer visible por unos instantes al desconocido horror. Dos o tres hombres cerraron los ojos, en tanto que Curtis Whateley arrebató el catalejo a Wesley y lo dirigió hacia el punto más distante posible. Pudo ver que Rice, desde el lugar de observación en que se encontraban los expedicionarios —por encima y justo detrás del monstruoso ser— tenía una excelente oportunidad para intentar diseminar los potentes polvos de prodigiosos efectos.

El resto de los que estaban en el camino sólo pudieron ver el fugaz resplandor de una nube grisácea —una nube del tamaño de un edificio relativamente alto— próxima a la cima de la montaña. Curtis, que era quien en aquellos momentos miraba por el catalejo, lo dejó caer de golpe sobre el barro que les cubría hasta los tobillos, al tiempo que lanzaba un grito aterrador. Se tambaleó, y habría caído al suelo de no ser por dos o tres compañeros que le ayudaron y le sostuvieron en pie. Un casi inaudible gemido era lo único que salía de sus labios.

—¡Oh, oh, Dios Todopoderoso!... eso... eso...

Luego se organizó un auténtico pandemónium, pues todos querían preguntar a la vez, y sólo Henry Wheeler se ocupó de recoger el catalejo caído en tierra y de limpiarle el barro. Curtis seguía diciendo incoherencias y ni siquiera conseguía dar respuestas aisladas.

—Es mayor que un establo... todo hecho de cuerdas retorcidas... Tiene una forma parecida a un huevo de gallina, pero enorme, con una docena de patas... como grandes toneles medio cerrados que se echaran a rodar.... No se ve que tenga nada sólido... es de una sustancia gelatinosa y está hecho de cuerdas sueltas y retorcidas, como si las hubieran pegado... Tiene infinidad de enormes ojos saltones..., diez o veinte bocas o trompas que le salen por todos los lados, grandes como tubos de chimenea, y no paran de moverse, abriéndose y cerrándose continuamente..., todas grises, con una especie de anillos azules o violetas... ¡Dios del cielo! ¡Y ese rostro semihumano encima...!

El recuerdo de esto último, fuera lo que fuese, resultó demasiado fuerte para el pobre Curtis, quien perdió el sentido antes de poder articular una sola palabra más. Fred Farr y Will Hutchins lo trasladaron a un lado del camino, dejándole tendido sobre la húmeda hierba. Henry Wheeler, temblando, cogió entre las manos el catalejo y lo enfocó hacia la montaña en un intento de ver qué pasaba. A través del objetivo podían divisarse tres pequeñas figuras que ascendían hacia la cumbre con la rapidez con que se lo permitía la abrupta pendiente. Eso era todo cuanto veía, ni más ni menos. Luego, todos percibieron un raro e intempestivo ruido que procedía del fondo del valle a sus espaldas, e incluso salía de la misma maleza de Sentinel Hill. Era el griterío que armaba una legión de chotacabras y en su estridente coro parecía latir una tensa y maligna expectación.

Earl Sawyer cogió seguidamente el catalejo y dijo que se veía a las tres figuras de pie en la cumbre más alta, prácticamente al mismo nivel del altar de piedra, pero todavía a considerable distancia de éste. Uno de los hombres, dijo Earl Sawyer, parecía alzar los brazos por encima de su cabeza a intervalos rítmicos, y al decir esto los demás creyeron oír un tenue sonido cuasi musical a lo lejos, como si una ruidosa salmodia acompañara a sus gestos. La extraña silueta en aquel lejano pico debía constituir todo un grotesco e impresionante espectáculo, pero ninguno de los presentes se sentía con humor para hacer consideraciones estéticas.

—Me imagino que ahora están entonando el conjuro —dijo Wheeler en voz baja al tiempo que arrebataba el catalejo de manos de Sawyer. Mientras, las chotacabras chirriaban con singular estridencia y a un ritmo curiosamente irregular, que no guardaba ningún parecido con las modulaciones del ritual.

De repente, la luz del sol disminuyó sin que, a primera vista, se debiera a la acción de ninguna nube. Era un fenómeno realmente singular, y así lo apreciaron todos. Parecía como si en el interior de las montañas estuviera gestándose un estrepitoso fragor, extrañamente acorde con otro fragor que vendría del firmamento. Un relámpago rasgó el aire y los asombrados hombres buscaron en vano los indicios de la tormenta. La salmodia que entonaban los investigadores de Arkham llegaba ahora nítidamente hasta ellos, y Wheeler vio a través del catalejo que levantaban los brazos al compás de las palabras del conjuro. Podía oírse, asimismo, el furioso ladrido de los perros en una granja lejana.

Los cambios en las tonalidades de la luz solar fueron a más y los hombres apiñados en el camino seguían mirando perplejos al horizonte. Unas tinieblas violáceas, originadas como consecuencia de un espectral oscurecimiento del azul celeste, se cernían sobre las retumbantes colinas. Seguidamente, volvió a rasgar el cielo un relámpago, algo más deslumbrante que el anterior, y todos creyeron ver como si una especie de nebulosidad se levantara en torno al altar de piedra allá en la lejana cumbre. Nadie, empero, miraba con el catalejo en aquellos instantes. Las chotacabras seguían emitiendo sus irregulares chirridos, en tanto los hombres de Dunwich se preparaban, en medio de una gran tensión, para enfrentarse con la imponderable amenaza que parecía rondar por la atmósfera.

De repente, y sin que nadie lo esperara, se dejaron oír unos sonidos vocales sordos, cascados y roncos que jamás olvidarían los integrantes del despavorido grupo que los oyó. Pero aquellos sonidos no podían proceder de ninguna garganta humana, pues los órganos vocales del hombre no son capaces de producir semejantes atrocidades acústicas. Más bien se diría que habían salido del mismo Averno, si no fuese harto evidente que su origen se encontraba en el altar de piedra de Sentinell Hill. Y hasta casi es erróneo llamar a semejantes atrocidades sonidos, por cuanto su timbre, horrible a la par que extremadamente bajo, se dirigía mucho más a lóbregos focos de la conciencia y al terror que al oído; pero uno debe calificarlos de tal, pues su forma recordaba, irrefutable aunque vagamente, a palabras semiarticuladas. Eran unos sonidos estruendosos —estruendosos cual los fragores de la montaña o los truenos por encima de los que resonaban— pero no procedían de ser visible alguno. Y como la imaginación es capaz de sugerir las más descabelladas suposiciones en cuanto a los seres invisibles se refiere, los hombres agrupados al pie de la montaña se apiñaron todavía más si cabe, y se echaron hacia atrás como si temiesen que fuera a alcanzarles un golpe fortuito.

—Ygnaiih... ygnaiih... thflthkh'ngha... YogSothoth... —sonaba el horripilante graznido procedente del espacio—. Y'bthnk... h'ehye... n'grkdl'lh...

En aquel momento, quienquiera que fuese el que hablase pareció titubear, como si estuviera librándose una pavorosa contienda espiritual en su interior. Henry Wheeler volvió a enfocar el catalejo, pero tan sólo divisó las tres figuras humanas grotescamente recortadas en la cima de Sentinel Hill, las cuales no paraban de agitar los brazos a un ritmo frenético y de hacer extraños gestos como si la ceremonia del conjuro estuviese próxima a su culminación. ¿De qué lóbregos avernos de terror propios del diabólico Aqueronte, de qué insondables abismos de conciencia extracósmica, de qué sombría y secularmente latente estirpe infrahumana procedían aquellos semiarticulados sonidos medio graznidos medio truenos? De repente, volvían a oírse con renovado ímpetu y coherencia al acercarse a su máximo, final y más desgarrador frenesí.

—Eh-ya-ya-ya-yahaah-e'yayayayaaaa... ngh'aaaaa... ngh'aaa h'yuh... ¡SOCORRO! ¡SOCORRO!... pp-pp-pp— ¡PADRE! ¡PADRE! ¡YOG-SOTHOTH!

Eso fue todo. Los lívidos aldeanos que aguardaban en el camino sin salir de su estupor ante las palabras indiscutiblemente inglesas que habían resonado, profusa y atronadoramente, en el enfurecido y vacío espacio que había junto a la asombrosa piedra altar, no volverían a oírlas. Al punto, hubieron de dar un violento respingo ante la terrorífica detonación que pareció desgarrar la montaña; un estruendo ensordecedor e imponente, cuyo origen —ya fuese el interior de la tierra o los cielos— ninguno de los presentes supo localizar. Un único rayo cayó desde el cenit violáceo sobre la piedra altar y una gigantesca ola de inconmensurable fuerza e indescriptible hedor bajó desde la montaña bañando la comarca entera. Árboles, maleza y hierbas fueron arrasados por la furiosa acometida, y los despavoridos aldeanos del grupo que se encontraba al pie de la montaña, debilitados por el letal hedor que casi llegaba a asfixiarles, estuvieron a punto de caer rodando por el suelo. En la lejanía se oía el furioso ladrido de los perros, en tanto que los prados y el follaje en general se marchitaban cobrando una extraña y enfermiza tonalidad grisáceo-amarillenta, y los campos y bosques quedaban sembrados de chotacabras muertas.

El hedor desapareció al poco tiempo, pero la vegetación no volvió a brotar con normalidad. Incluso hoy sigue percibiéndose una extraña y nauseabunda sensación ante las plantas que crecen en las inmediaciones de aquella montaña de infausto recuerdo. Curtis Whateley comenzaba a volver en sí cuando se vio a los tres hombres de Arkham descender lentamente por la vertiente montañosa bajo los rayos de un sol cada vez más resplandeciente e inmaculado. Su semblante era grave y calmado, y parecían consternados por unas reflexiones sobre lo que venían de presenciar de naturaleza mucho más angustiosa que las que habían reducido al grupo de aldeanos a un estado de postración y acobardamiento. En respuesta a la lluvia de preguntas que cayó sobre ellos, los tres investigadores se limitaron a sacudir la cabeza y a reafirmar un hecho de vital importancia.

—El monstruoso ser ha desaparecido para siempre —dijo Armitage—. Ha vuelto al seno de lo que era en un principio y ya no puede volver a existir. Era una monstruosidad en un mundo normal. Sólo en una mínima parte estaba compuesto de materia, en cualquiera de las acepciones de la palabra. Era igual que su padre, y una gran parte de su ser ha vuelto a fundirse con aquél en algún reino o dimensión desconocido allende nuestro universo material, en algún abismo desconocido del que sólo los más endiablados ritos de la malevolencia humana le permitirían salir tras invocarlo por unos momentos en las cumbres montañosas.

Seguidamente, se hizo un breve silencio, durante el cual los sentidos dispersos del infortunado Curtis Whateley volvieron a entretejerse poco a poco hasta formar una especie de continuidad, y llevándose las manos a la cabeza soltó un sordo gemido. La memoria le devolvió al momento en que le había abandonado, y volvió a invadirle la horrorosa visión que le había hecho desfallecer.

—¡Oh, oh, Dios mío, aquel rostro semihumano... aquel rostro semihumano!... aquel rostro de ojos rojos y albino pelo ensortijado, y sin mentón, igual que los Whateley... Era un pulpo, un ciempiés, una especie de araña, pero tenía una cara de forma semihumana encima de todo, y se parecía al brujo Whateley, sólo que medía yardas y yardas.

Y, exhausto, enmudeció, mientras el grupo entero de aldeanos se le quedaba mirando fijamente con una perplejidad aún no cristalizada en renovado terror. Sólo entonces el viejo Zebulón Whateley, a quien solían venirle a la cabeza antiguos recuerdos pero que no había abierto la boca hasta el momento, dijo en voz alta:

—Hace quince años —se puso a divagar—, oí decir al viejo Whateley que un día oiríamos al hijo de Lavinia pronunciar el nombre de su padre en la cumbre de Sentinel Hill...

Pero Joe Osborn le interrumpió para volver a preguntar a los hombres de Arkham:

—Pero, ¿qué era, después de todo, y cómo logró el joven brujo Whateley llamarle para que acudiera de los espacios?

Armitage escogió sus palabras cuidadosamente a la hora de contestar.

—Era... bueno, era sobre todo una fuerza que no pertenece a la zona que habitamos del espacio sideral, una fuerza que actúa, crece y obedece a otras leyes distintas de las que rigen nuestra Naturaleza. A ninguno de nosotros se nos ocurre invocar a tales seres del exterior, sólo lo intentan las gentes y cultos más abominables. Y algo de ello puede decirse de Wilbur Whateley, algo que basta para hacer de él un ser demoníaco y un monstruo precoz, y para hacer de su muerte una escena de diabólico patetismo. Lo primero que pienso hacer es quemar este maldito diario, y si quieren obrar como hombres prudentes les aconsejo que dinamiten cuanto antes la piedra altar que hay en esa cima y echen abajo todos los círculos de monolitos que se levantan en las restantes montañas. Cosas así son las que, a la postre, traen a seres como esos de los que tanto gustaban los Whateley, unos seres a los que iban a dar forma terrestre para que borraran de la faz de la tierra a la especie humana y arrastraran a nuestro planeta al fondo de algún lugar execrable para alguna finalidad de naturaleza igualmente execrable.

—Pero por cuanto se refiere al ser que acabamos de devolver a su lugar de origen, los Whateley lo criaron para que desempeñara un terrible papel en los monstruosos hechos que iban a acontecer. Creció deprisa y se hizo muy grande por las mismas razones por las que lo hizo Wilbur, pero le superó porque contaba con un componente mayor de exterioridad. Y es innecesario preguntar por qué Wilbur lo llamó para que viniera del espacio... No lo llamó. Era su hermano gemelo, pero se parecía más a su padre que él.

<p>El Que Susurra En La Oscuridad</p>
<p>I</p>

Tened muy presente que en último término no presencie ningún horror visual. Decir que una conmoción mental fue la causa de lo que deduje —aquella última gota que me hizo salir a escape de la solitaria granja de Akeley y lanzarme, en plena noche, por las desoladas montañas de Vermont en un vehículo requisado—, no es sino querer ignorar los hechos más palmarios de mi experiencia final. No obstante las cosas tan fascinantes que tuve ocasión de ver y oír y la imborrable huella que en mí dejaron, ni siquiera hoy puedo afirmar si estaba o no equivocado por lo que respecta a mi horrible deducción. Ya que, después de todo, la desaparición de Akeley no prueba nada. No se encontró nada anormal en su casa a pesar de las huellas de proyectiles que había dentro y fuera de ella. Daba la impresión de que hubiera salido a dar una vuelta por las montañas y, por algún motivo desconocido, no hubiese regresado. No había la menor indicación de que alguien hubiera pasado por allí, ni de que aquellos horribles cilindros y máquinas hubiesen estado almacenados en el estudio. El hecho de que Akeley profesara un temor reverencial hacia las verdes y abigarradas montañas y los innumerables cursos de agua entre los que habla nacido y se habla criado, tampoco quería decir nada en absoluto, pues se cuentan por millares las personas sujetas a tan morbosas aprensiones. La extravagancia, además, podía contribuir a explicar los extraños actos y recelos en que incurrió hacia el final.

Todo comenzó, por lo que a mí respecta, con las históricas, y hasta entonces jamás vistas, inundaciones de Vermont del 3 de noviembre de 1927. Por aquel entonces era yo, al igual que sigo siendo hoy, profesor de literatura en la Universidad de Miskatonic en Arkham, Massachusetts, y un entusiasta aficionado al estudio del folklore de Nueva Inglaterra. Poco después de la inundación, entre los numerosos reportajes sobre calamidades, desgracias y auxilios organizados que llenaban las páginas de los periódicos, aparecieron una serie de extrañas historias acerca de objetos que se encontraron flotando en algunos de los desbordados ríos. En ellas hallaron pie muchos de mis amigos para enfrascarse en curiosas polémicas, y acabaron recurriendo a mi confiando de que podría aclararles algo al respecto. Me sentí halagado al comprobar en qué medida se tomaban en serio mis estudios sobre el folklore, e hice lo que pude por reducir a su justo término aquellas infundadas y confusas historias que tan genuina mente parecían tener su origen en las antiguas supersticiones populares. Me divertía mucho encontrar personas cultas convencidas de que debía haber algo de misterioso y perverso en el fondo de aquellos rumores.

Las leyendas que atrajeron mi atención. procedían en su mayor parte de lectores de periódicos, aunque una de aquellas increíbles historias tenía una fuente oral y a un amigo mío se la reprodujo su madre en una carta que le envió desde Hardwick, Vermont. Lo que se describía en ellas era en esencia lo mismo, aunque parecía haber tres variantes: una estaba relacionada con el río Winoski cerca de Montpelier, otra tenía que ver con el río West en el condado de Windham, allende Newfane, y una tercera se centraba en el Passumpsic, condado de Caledonia, al norte de Lyndonville. Desde luego, muchos de los artículos hacían referencia a otros ejemplos, pero en última instancia todos ellos parecían reducirse a estos tres. En todos los casos los campesinos afirmaban haber visto uno o más objetos muy extraños y desconcertantes en las agitadas aguas que bajaban de las poco frecuentadas montañas, y había una acusada tendencia a relacionar aquellas visiones con un primitivo y semiolvidado ciclo de leyendas tradicionales que los ancianos revivían para el caso en cuestión.

Lo que la gente creía ver eran formas orgánicas muy distintas de cualesquiera otras vistas con anterioridad. Naturalmente, en aquel trágico periodo, los ríos arrastraban muchos cadáveres de seres humanos. Ahora bien, quienes describían aquellas extrañas formas estaban totalmente convencidos de que no se trataba de seres humanos, a pesar de algunas aparentes semejanzas en tamaño y aspecto general. Tampoco, decían los testigos, podían ser las de ningún animal conocido en Vermont. Eran objetos rosáceos de un metro y medio de largo, con cuerpos revestidas de un caparazón provisto de grandes aletas dorsales o alas membranosas y varios pares de patas articuladas, y con una especie de intrincada forma elipsoide, cubierta con infinidad de antenáculos, en el lugar en que normalmente se encontraría la cabeza. Resultaba realmente curioso hasta qué punto coincidían los relatos de las diferentes fuentes, aunque en parte se explicaba por el hecho de que las antiguas leyendas, difundidas en otro tiempo por toda la montañosa comarca, aportaban un cuadro morbosamente vivido que podía muy bien teñir la imaginaci6n de todos los testigos implicados. De lo que deduje que los testigos —todos ellos gentes sencillas e ingenuas de comarcas escasamente pobladas— habían vislumbrado los destrozados y abotagados cadáveres de seres humanos y animales domésticos en las turbulentas aguas, y el recuerdo latente de las antiguas leyendas les habla llevado a revestir de atributos fantásticos a aquellos cadáveres dignos de la mayor compasión.

Aquellas leyendas, aun cuando nebulosas, ambiguas y en gran medida olvidadas por las actuales generaciones, tenían unos rasgos muy singulares y sin duda reflejaban ‘la influencia de primitivos relatos tradicionales indios. Era algo que, aunque jamás había estado en Vermont, conocía bien gracias a la curiosísima monografía de En Davenport, en la que se recopila material de la tradición oral recogido con anterioridad a 1839 entre las personas más ancianas del estado. Este material, por otro lado, coincide casi puntualmente con historias que he escuchado personal mente de boca de los ancianos campesinos de la región montañosa de New Hampshire. Brevemente resumidas, hacían referencia a una raza oculta de monstruosos seres que habitaban en algún perdido lugar de las más remotas montañas, en los densos bosques de las más altas cumbres y en los sombríos valles bañados por cursos de agua de origen desconocido. Rara vez eran avistados estos seres, pero había testimonios de su presencia, aportados por quienes se habían adentrado más allá de lo normal en las vertientes de determinada montaña o aventurado en las profundidades de determinados barrancos que hasta los lobos rehuían.

En el limo depositado a orillas de los arroyos y en los terrenos yermos había unas extrañas huellas, que no podía decirse si eran de pies o de zarpas, y unos curiosos círculos de piedras, con la hierba arrancada a su alrededor, que no parecían haber sido colocados allí ni configurados por la acción de la naturaleza. Había también unas cuevas de dudosa profundidad en las laderas de las montañas, cuyas bocas de acceso estaban cerradas por grandes piedras dispuestas de forma nada casual y con más extrañas huellas de lo normal, las cuales se encaminaban tanto hacia el interior como hacia el exterior de la cueva... en el supuesto de que su dirección pudiera determinarse exactamente. Y lo peor de todo era lo que algunas personas arriesgadas habían visto, ocasionalmente a la luz del crepúsculo, en los más remotos valles y en los frondosos y empinados bosques por encima de los límites normales de ascensión.

Todo habría resultado menos alarmante si los relatos aislados de tales acontecimientos no hubiesen coincidido en tal grado. En efecto, casi todos los rumores que circulaban tenían algo en común, ya que sostenían que aquellas criaturas eran una especie de grandes cangrejos de color roji*zo, con muchos pares de patas y dos grandes alas como de murciélago en medio del lomo. Unas veces caminaban sobre todas sus patas y otras solamente sobre el par trasero, utilizando las restantes para transportar grandes objetos de naturaleza desconocida. En cierta ocasión fueron vistos en crecido número, al tiempo que un destacamento suyo vadeaba, de tres en línea en formación prácticamente militar, una corriente de agua poco profunda que discurría entre frondosos bosques. En otra ocasión, se vio una noche a uno de aquellos seres volando, tras arrojarse de la cima de una colina pelada y solitaria, y desaparecer en el cielo después que sus grandes alas batientes reflejaron por un instante su silueta contra la luna llena.

Aquellos seres no parecían tener, por lo general, la menor intención de atacar a los hombres, aunque a veces se les hizo responsables de la desaparición de algún que otro osado individuo sobretodo personas que levantaban casas demasiado cerca de ciertos valles o próximas a las cumbres de determinadas montañas. El asentamiento en muchos lugares se hizo poco recomendable, perdurando esta creencia aun mucho después de olvidarse la causa. Un escalofrío se apoderaba de la gente al dirigir la mirada hacia algunos barrancos próximos en las estribaciones de aquellos siniestros y verdes centinelas, aun cuando no recordaran cuántos colonos habían desaparecido y cuántas granjas habían ardido hasta reducirse a cenizas.

Pero, mientras según las más antiguas leyendas aquellas criaturas sólo atacaban a quienes violaban su intimidad, había relatos posteriores que dejaban constancia de su curiosidad con respecto a los hombres y de sus tentativas por establecer avanzadillas secretas en el mundo de los seres humanos. Circulaban historias de extrañas huellas de zarpas vistas en las proximidades de las ventanas de alguna solitaria granja al despuntar el dia, y de alguna que otra desaparición en comarcas alejadas de los núcleos que se hallaban, evidentemente bajo los efectos del hechizo. Historias, por lo demás, de susurrantes voces imitadoras del lenguaje humano que hacían sorprendentes ofrecimientos a los solitarios viajeros que se aventuraban por caminos y senderos abiertos en los frondosos bosques y de niños aterrorizados por cosas vistas u oídas en los mismos linderos del bosque. En la etapa final de las leyendas —la etapa inmediatamente anterior al declinar de la superstición y al abandono de los temidos lugares—, se encuentran sorprendentes referencias a ermitaños y solitarios colonos que en algún momento de su vida parecieron experimentar un repulsivo cambio de actitud mental, por lo que se les rehuía y rumoreaba de ellos que se habían vendido a aquellos extraños seres. En uno de los condados del noreste parece que hacia 1800 estuvo de moda acusar a todas aquellas personas que llevaban una vida retraída o excéntrica de ser aliados o representantes de las detestables criaturas.

Por lo que se refiere a la naturaleza de aquellos seres, las posibles explicaciones diferían sobremanera. Por lo general se les designaba con el nombre de «aquéllos» o «los antiguos», aunque otras denominaciones tuvieron un uso local y transitorio. Es muy posible que el grueso de los colonos puritanos viese en ellos, lisa y llanamente, a la parentela del diablo, hasta el punto de hacer de aquellos seres el fundamento de una especulación teológica inspirada en el terror. Quienes tenían sangre celta en sus venas —sobre todo el elemento escocés-irlandés de New Hampshire y sus descendientes asentados en Vermont gracias a los privilegios otorgados a los colonos en tiempos del gobernador Wentworth— los relacionaban vagamente con los genios malignos y con los «faunos» que habitaban en las tierras pantanosas y en las fortificaciones orográficas, y se protegían de ellos por medio de fórmulas mágicas transmitidas de generación en generación. Pero las teorías más fantásticas eran, con gran diferencia, las de los indios. Si bien las leyendas diferían según las tribus, habla una acusada tendencia a creer en ciertos rasgos característicos, estando unánimemente de acuerdo en que aquellas criaturas no pertenecían a este mundo.

Los mitos de los pennacook, que por otro lado eran los más coherentes y pintorescos, indicaban que los seres alados procedían de la celeste Osa Mayor y tenían minas en las montañas de la tierra de las que extraían una clase de piedra que no existía en ningún otro planeta. No vivían aquí, señalaban los mitos, sino que se limitaban a mantener avanzadillas y regresaban volando con grandes cargamentos de tierra a sus septentrionales estrellas. Sólo atacaban a los seres terrestres que se acercaban demasiado a ellos o les espiaban. Los animales les rehuían debido a un temor instintivo, y no por miedo a que intentaran cazarlos. No podían comer ni cosas ni animales terrestres, por lo que se veían forzados a traer sus víveres de las estrellas. Era peligroso acercarse a aquellos seres, y a veces los jóvenes cazadores que se aventuraban en sus montañas no regresaban. También era peligroso escuchar lo que susurraban al caer la noche sobre el bosque con voces semejantes a las de una abeja que tratara de imitar la voz humana. Conocían las lenguas de todas las tribus —pennacooks, hurones, cinco naciones...—, pero no parecían tener ni necesitar una lengua propia. Hablaban con la cabeza, la cual experimentaba cambios de color conforme a lo que quisieran expresar.

Todas las leyendas, ya tuviesen su origen entre los blancos o entre los indios, se desvanecieron en el curso del siglo XIX, a excepción de algún que otro atávico resurgir. El estado de Vermont se fue poblando de colonos, y una vez levantados los habituales caminos y viviendas según un plan fijado de antemano, sus habitantes fueron olvidando poco a poco los temores y prevenciones que les impulsaron a poner en marcha aquel plan, e incluso que hubieran existido tales temores y prevenciones. Lo único que sabia la mayoría de la gente era que ciertas comarcas montañosas tenían fama de insalubres, improductivas y, por lo general, que era poco aconsejable vivir en ellas, y que cuanto más lejos se estuviera de ellas mejor marcharían las cosas. Con el transcurso del tiempo, los trillados caminos que imponían la costumbre y los intereses económicos acabaron por arraigar tanto en los lugares en que se asentaron que no había por qué salir de ellos, y así, más por accidente que por designio, las montañas frecuentadas por aquellos seres permanecieron desiertas. Salvo durante alguna que otra rara calamidad local, sólo las parlanchinas abuelitas y los meditabundos nonagenarios hablaban ocasionalmente en voz baja de seres que habitaban en aquellas montañas; e incluso en aquellos entrecortados susurros reconocían que no había mucho que temer de ellos ahora que ya estaban acostumbrados a la presencia de casas y poblados y que los seres humanos no les importunaban para nada en el territorio elegido por ellos.

Hacía tiempo que sabia todo esto debido a mis lecturas y a ciertas tradiciones populares recogidas en New Hampshire por lo que cuando empezaron a correr los rumores sobre la época de la gran inundación, pude fácilmente deducir el trasfondo imaginativo sobre el que se habían levantado. Me esforcé en explicárselo a mis amigos, y, a su vez, no pude menos de divertirme cuando ciertos individuos de esos que les gusta llevar siempre la contraria siguieron insistiendo en la posibilidad de que hubiera algo de cierto en aquellos rumores. Tales personas trataban de poner de relieve que las primitivas leyendas tenían una persistencia y uniformidad significativas, y que la naturaleza de las montañas de Vermont, prácticamente aún por explorar; no hacía aconsejable mostrarse dogmático acerca de lo que pudiera habitar o no en ellas. Tampoco se acallaron cuando les aseguré que todos los mitos tenían unos conocidos rasgos característicos en común con los de la mayor parte del género humano, ya que venían prefigurados por las fases iniciales de la experiencia imaginativa que siempre producía idéntico tipo de ilusión.

Fue inútil demostrarles a mis contrarios que los mitos de Vermont apenas diferían en esencia de las leyendas universales sobre la personificación natural que llenaron el mundo antiguo de faunos, dríadas y sátiros, inspiraron los kallikanzarai de la Grecia moderna y confirieron a las tierras incivilizadas como el País de Gales e Irlanda, esas sombrías alusiones a extrañas, pequeñas y terribles razas ocultas de trogloditas y moradores de madrigueras. Resultó inútil, igualmente, señalar la aún más sorprendente similitud que guardaban con la creencia común entre los habitantes de las tribus montañosas del Nepal en el temible Mi-Go o «abominable hombre de las nieves» que está espeluznantemente al acecho entre las cimas de hielo y roca de las altas cumbres del Himalaya. Cuando saqué a colación este dato, mis contrarios lo volvieron contra mí, alegando que ello no hacía sino demostrar una cierta historicidad real de las antiguas leyendas; y que era un argumento más a favor de la efectiva existencia de alguna extraña y primitiva raza terrestre, que se vio obligada a ocultarse tras la aparición y predominio del género humano, y que era muy posible que hubiese logrado sobrevivir en número reducido hasta épocas relativamente recientes... o incluso hasta nuestros mismos días.

Cuanto más me incitaban a la risa tales teorías, más se aferraban a ellas mis empecinados amigos, llegando a añadir que incluso sin la ascendencia de la leyenda los rumores que corrían eran demasiado claros, coherentes, detallados y sensatamente prosaicos en su exposición, como para ser completamente ignoradas. Dos o tres fanáticos extremistas llegaron al punto de querer encontrar posibles significados en las antiguas leyendas indias, que atribuían un origen extraterrestre a los seres ocultos, al tiempo que citaban en apoyo de sus argumentos los increíbles libros de Charles Fort en los que se pretende demostrar que viajeros de otros mundos y del espacio exterior hacían frecuentes visitas a la tierra. La mayoría de mis adversarios, no obstante, eran simples románticos que no hacían sino transferir a la vida real las fantásticas tradiciones de «faunos» al acecho popularizadas por ese excelente autor de relatos de terror que es Arthur Machen.

<p>II</p>

Como suele ser normal en tales circunstancias, esta apasionante discusión acabó viendo la letra impresa en forma de cartas al Arkharn Advertiser, y algunas de ellas fueron reproducidas en los periódicos de las comarcas de Vermont de donde provenían las historias sobre la inundación. El Rutland Herald publicó media página de extractos de las cartas de ambos bandos contendientes, mientras que el Brattleboro Reformer reprodujo en extenso una de mis largas reseñas sobre historia y mitología, junto con unos comentarios aparecidos en la columna de pensamiento e ideas de El Diletante en apoyo y elogio de mis escépticas conclusiones. En la primavera de 1928 yo era ya una figura bastante conocida en Vermont, aun cuando jamás había puesto los pies en dicho estado. De aquellas fechas datan las extraordinarias cartas de Henry Akeley que tan profundamente me impresionaron y me llevaron, por primera y última vez, a aquella fascinante región atestada de precipicios verdes y susurrantes arroyos que corrían entre frondosos bosques.

Casi todo lo que sé de Henry Wentworth Akeley procede de la correspondencia que mantuve con sus vecinos y con su único hijo, que vivía en California, a raíz de mi breve estancia en su solitaria granja. Akeley era, según descubrí, el último representante en su suelo natal de una vieja familia de juristas, administradores y agricultores de buena posición muy conocida a nivel local. En su caso, empero, la familia había derivado mentalmente de las cuestiones prácticas a la pura erudición, pues fue un excelente estudiante de matemáticas, astronomía, biología, antropología y folklore en la Universidad de Vermont. Hasta entonces jamás había oído hablar de él y apenas se deslizaban detalles autobiográficos en sus comunicaciones, pero desde el primer momento me di perfecta cuenta de que era un hombre educado, inteligente y de una gran personalidad, aunque fuese un recluso sin el menor aire de hombre de mundo.

A pesar de la inverosimilitud de lo que decía, no pude evitar, en un primer momento, tomar los juicios de Akeley tan en serio como lo hacía con otros impugnadores de mis puntos de vista. Por una parte, estaba muy cercano al fenómeno real —visible y tangible— sobre el que tan grotescamente especulaba; por otra, estaba asombrosamente dispuesto a dar a sus conclusiones un carácter provisional, como haría un auténtico hombre de ciencia. No se dejaba llevar por sus inclinaciones personales, guiándose siempre por lo que consideraba datos contrastados. Desde luego, al principio creí que estaba equivocado, si bien le di cierto crédito por estimar inteligente su error, y en ningún momento se me ocurrió emular a unos amigos suyos que atribuían sus ideas a la locura y el miedo que profesaba a las solitarias y verdes cumbres. Pude advertir que era un hombre que hablaba con conocimiento de causa y comprobé que lo que decía debía proceder, casi con toda seguridad, de extrañas circunstancias que merecían consideración, aun cuando apenas tuvieran que ver con las fantásticas causas a las cuales él las atribuía. Posteriormente, me remitió ciertas pruebas pertinentes que venían a plantear la cuestión sobre bases algo distintas y sorprendentemente extrañas.

Lo mejor será que transcriba íntegra, en cuanto sea posible, la larga carta en que Akeley se me daba a conocer, y que constituye un importante hito en mi vida intelectual. Ya no la tengo en mi poder, pero mi memoria retiene casi palabra por palabra su asombroso mensaje. Una vez más afirmo mi creencia en la cordura del hombre que la escribió. Aquí está el texto... un texto que me llegó en los ilegibles y arcaizantes garrapatos de alguien que evidentemente no tuvo mucho contacto con el mundo durante su apacible vida de estudioso.

R.F.D.n.0 2.

Townshend, Windhem Co., Vermont.

5 de mayo de 1928.

Mr. Albert N. Wilmarth.

118 Saltonstall St.

Arkham, Mass.

Estimado señor:

He leído con gran interés en el Brattleboro Reformer’s del 23 de abril su carta sobre las historias que circulan últimamente acerca de extraños cuerpos que se han visto flotando en nuestros ríos durante las inundaciones del pasado otoño y sobre las curiosas tradiciones populares con las que tan perfectamente concuerdan. Es fácil comprender que un forastero adopte una postura como la suya, e incluso que El Diletante se muestre de acuerdo con usted. Tal es la actitud que suelen adoptar las personas educadas ya sean o no de Vermont, y fue mi actitud de joven (ahora tengo 57 años) antes de que mis estudios, tanto generales como del libro de Davanport, me indujeran a recorrer algunos rincones poco frecuentados de las montañas de la comarca.

Me vi impulsado a emprender tales estudios por las extrañas historias que oía de boca de ancianos granjeros sin la menor formación, aunque lo mejor hubiera sido dejar las cosas como estaban. Modestia aparte, diré que la antropología y las tradiciones populares no me son en absoluto desconocidas. Las estudié a fondo en la universidad, y estoy familiarizado con la mayoría de las autoridades en la materia: Tylor, Lubbock, Frazer, Quatrefa*ges, Murray, Osborn, Keith, Boule, G. Elliott Smith, etcétera. Para mí no es ninguna novedad que las leyendas sobre razas ocultas son tan antiguas como la vida misma. He visto las reproducciones de sus cartas, y de quienes participan de su opinión, en el Rutland Herald, y creo saber cuál es el estado actual de la polémica.

Lo que intento decirle es que mucho me temo que sus adversarios se hallen más cerca de la verdad que usted, aun cuando la razón parezca estar de su parte. Están incluso más cerca de la verdad de lo que ellos mismos creen... pues se basan únicamente en la teoría y, naturalmente, no pueden saber todo lo que yo sé. Si yo supiera tan poco como ellos, encontraría justificado creer como lo hacen. Estaría completamente de su parte, Mr. Wilmarth.

Como puede ver, estoy dando un gran rodeo hasta llegar al objeto de mi carta, probablemente porque temo llegar a él. En resumidas cuentas, tengo pruebas fidedignas de que unos seres monstruosos viven realmente en los bosques de las altas cumbres por las que no transita nadie. No he visto a ninguno de esos seres flotando en las aguas de los ríos, como se ha dicho, pero he visto seres semejantes en circunstancias que casi no me atrevo a repetir. He visto huellas, últimamente las he visto tan cerca de mi casa (vivo en la vieja casa de los Akeley, al sur de Townshend Village, en las estribaciones de Dark Mountain) que no me atrevo siquiera a decírselo. Y he alcanzado a oír voces en determinados lugares de los bosques que ni siquiera osaría describir sobre el papel.

En cierto lugar oí las voces con tal claridad que me llevé un fonógrafo, junto con un dictáfono y un cilindro de cera para grabar; ya veré la forma de arreglármelas para que pueda oír usted la grabación que conseguí. Se la hice escuchar a algunos de los ancianos que habitan por estos contornos, y una de las voces les impresionó tanto que parecían no salir de su estupor debido a su semejanza con cierta voz (esa susurrante voz que se oye en los bosques y que Davenpont menciona en su libro) de la que sus abuelas les habían hablado, al tiempo que trataban de imitarla. Sé lo que la mayoría de la gente piensa de un hombre que dice «oír voces»..., pero antes de extraer conclusiones le pediría que escuchara la grabación y que preguntase a los ancianos del lugar lo que piensan al respecto. Si usted halla una explicación racional, tanto mejor. Pero, sin duda, debe haber algo detrás de todo ello. Pues, como usted bien sabe, ex nihilo nihil fit.

Lo que me impulsa a escribirle no es el deseo de entablar una polémica, sino proporcionarle una información que creo que un hombre de sus inquietudes encontrará del mayor interés. Esto se lo digo en privado. En público estoy de su lado, pues ciertas cosas me han demostrado que no conviene que la gente sepa demasiado de este asunto. Mis estudios son absolutamente a título particular, y no pienso decir nada que atraiga la atención de la gente y les induzca a visitar los lugares que he explorado. Es cierto —terriblemente cierto— que en aquellos parajes hay criaturas no humanas que no cesan de observarnos, que cuentan con espías entre nosotros con vistas a recabar información. Gran parte de mi información proviene de un pobre desgraciado que, si estaba en su sano juicio (y a mi juicio lo estaba), era uno de esos espias. Aquel hombre acabó suicidándose, pero tengo fundadas razones para creer que hay otros.

Los seres proceden de otro planeta, y pueden vivir en el espacio interestelar y volar en él gracias a unas toscas y potentes alas resistentes al éter pero que resultan demasiado ingobernables para pensar en utilizarlas cuando están en la Tierra. Le hablaré de ello más adelante, si es que no me toma por loco. Vienen aquí para extraer metales de unas minas que hay en las entrañas de los montes, y creo que sé de dónde vienen. No nos harán ningún daño si les dejamos en paz, pero nadie puede predecir lo que ocurriría si les importunáramos. Desde luego, a un buen ejército no le costará nada arrasar su colonia minera. Eso es justo lo que ellos temen. Pero si llegara a suceder, otros vendrían del exterior..., en número incalculable. No les sería difícil conquistar la Tierra, pero hasta el momento no lo han intentado porque no tienen ninguna necesidad de hacerlo. Prefieren dejar las cosas como están y evitarse complicaciones.

Según tengo entendido, quieren desembarazarse de mí porque sé demasiadas cosas acerca de ellos. En los bosques de Round Hill, al este de aquí, he encontrado una gran piedra negra con jeroglíficos indescifrables y a medio borrar. Pues bien, una vez que me la llevé a casa todo cambió radicalmente. Si creen que sé demasiado me matarán o me llevarán consigo al planeta de donde proceden. De cuando en cuando les gusta llevarse hombres preparados para estar al corriente de cómo marchan las cosas en el mundo de los humanos.

Esto me lleva a mí segundo propósito al escribirle esta carta, es decir, a rogarle que en lugar de añadir más leña a la polémica, procure acallaría. Debe mantenerse a la gente alejada de estas montañas, y para lograrlo lo mejor es no despertar más su curiosidad. Bien saben los cielos que ya es bastante el peligro que se corre con promotores y agentes inmobiliarios dispuestos a inundar Vermont con tropeles de veraneantes que infesten las zonas despobladas y cubran las montañas de casitas del peor gusto. Me agradaría mucho seguir en contacto con usted, y si quiere trataré de enviarle por correo urgente la grabación fonográfica y la piedra negra (tan desgastada está que apenas podrá ver algo en las fotografías). Y digo «trataré», porque creo que estas criaturas se las arreglan para enterarse de cuanto aquí sucede. En una granja próxima al pueblo hay un tipo llamado Brown, de siniestra catadura y peor talante, que creo es un espía suyo. Poco a poco tratan de incomunicarme con el mundo porque sé demasiado acerca de ellos.

Se sirven de los más increíbles medios para enterarse de todo lo que hago. Es posible que ni siquiera esta carta llegue a sus manos. Creo que lo mejor sería que abandonara esta parte del país y me fuera a vivir en compañía de mi hijo a San Diego, en California, si las cosas se ponen peor, pero no es nada fácil abandonar el lugar en que uno ha nacido y donde ha vivido su familia durante seis generaciones. Y, además, difícilmente me atrevería a vender esta casa a nadie ahora que esas criaturas se han fijado en ella. Al parecer, tratan de recuperar la piedra negra y destruir la grabación fonográfica, pero no lo conseguirán mientras yo pueda evitarlo. De momento, mis perros policía los mantienen a raya, pues todavía son pocos y aún no se mueven bien por estos parajes. Como he dicho, sus alas no sirven de mucho cuando se trata de vuelos cortos sobre la tierra. Estoy a punto de descifrar la piedra —todo apunta a terribles revelaciones— y creo que con los conocimientos que usted posee del folklore tradicional podría ayudarme a encontrar los eslabones perdidos. Supongo que está perfectamente enterado de los espeluznantes mitos anteriores a la aparición del hombre sobre la tierra —los ciclos de Yog-Sothoth y Cthulhu— a los que se alude en el Necronomicón. En cierta ocasión tuve acceso a un ejemplar del libro, y según tengo entendido usted posee otro y lo guarda encerrado bajo siete llaves en la biblioteca de su universidad.

Para terminar, Mr. Wilmarth, creo que dados nuestros estudios podemos sernos muy útiles el uno al otro. No quiero que usted corra ningún peligro, y creo estar en la obligación de advertirle que la posesión de la piedra y de la grabación entraña ciertos riesgos, pero estoy seguro de que usted no dudará en arrostrarlos en aras de la ciencia. Si me autoriza a mandarle algo se lo acercaré en coche hasta Newfane o Brattleboro, pues confío más en las estafetas de correos de allí. Le diré que vivo solo, pues ya no puedo tener a nadie a mi servicio. No quieren quedarse debido a los seres que tratan de acercarse a casa por las noches y que hacen que los perros no cesen de ladrar. Me alegro de no haber ahondado en mis pesquisas mientras vivía mi mujer, pues se habría vuelto loca con todo esto.

Confiando no haberle importunado en exceso y que usted decida seguir en comunicación conmigo en lugar de arrojar la carta a la papelera por creerla el desvarío de un loco,

Queda atentamente suyo,

Henry W. Akeley.

P. D. Estoy sacando más copias de algunas fotografías hechas por mí y que creo pueden contribuir a demostrar varios de los extremos aquí mencionados. Los ancianos del lugar creen que se trata de algo tremendamente verídico. Se las enviaré inmediatamente si le parece bien.

H.W.A.

Seria difícil describir mis sentimientos tras la primera lectura de tan extraño testimonio. Lo normal habría sido que me hubiera reído más de tamañas incoherencias que de otras teorías mucho más plausibles que movieron a la hilaridad, pero había algo en el tono de aquélla carta que me indujo a considerarla con paradójica seriedad. No es que creyera ni por un instante en la oculta raza procedente de las estrellas de la que hablaba mi corresponsal; pero lo cierto es que, después de algunas serias dudas en un primer momento, llegué sorprendentemente a convencerme de su cordura y sinceridad, inclinándome a creer que su autor se había enfrentado con algún fenómeno real, aunque singular y anormal, que no acertaba a explicar si no era recurriendo a la imaginación. Estaba seguro de que la verdad distaba mucho de lo que me decía mi comunicante, pero por otro lado quizá mereciera la pena investigar qué es lo que había detrás de todo aquello. Aquel hombre parecía tremendamente excitado y alarmado por algo, pero resultaba difícil pensar que su actitud era injustificada. En ciertos aspectos, era tan puntual y lógico... Y, después de todo, su historia encajaba increíblemente bien con ciertos mitos antiguos... incluso con las más inverosímiles leyendas indias.

Que hubiese realmente alcanzado a oír voces nada tranquilizadoras en las montañas y que hubiese en verdad encontrado la piedra negra de la que hablaba, entraba dentro de lo posible a pesar de sus descabelladas elucubraciones..., elucubraciones que le debió sugerir el hombre del que se decía era un espía de aquellos serés extraterrestres y que, posteriormente, puso fin a su vida. Era fácil deducir que este hombre debía estar loco de atar, pero probablemente le quedara una yeta de perversa lógica aparente que hizo que el ingenuo de Akeley —ya de por si predispuesto a tales cosas por sus estudios sobre el folklore— creyera aquella historia. En cuanto a los últimos acontecimientos, en concreto a la imposibilidad de tener a nadie a su servicio, parecía que los modestos y sencillos vecinos de Akeley estaban tan convencidos como él de que su casa era asediada por algo siniestro durante la noche. Que los perros ladraban era algo que no podía ponerse en duda.

Y luego estaba la cuestión de la grabación fonográfica, que no pude sino creer que la había obtenido tal como dijo. Tenía que tratarse de algo, pero no sabría decir qué: o ruidos animales que engañosamente recordaban el lenguaje humano, o el habla de algún ser humano oculto y al acecho al caer la noche, postrado en un estado no muy por encima del de los animales inferiores. De la grabación mi pensamiento pasó a los jeroglíficos de la piedra negra y a especular acerca de cuál podría ser su posible significado. Y, por otro lado, estaban las fotografías que Akeley hablaba de enviarme y que tan convincentemente los ancianos del lugar encontraban espeluznantes.

Mientras releía aquella ilegible carta, pensé más que nunca que mis crédulos adversarios podían estar más en lo cierto de lo que yo había admitido en un primer momento. Después de todo, aquellas montañas por las que se rehuía el paso podían ser el reducto de seres extraños y quizá con deformidades hereditarias, aun cuando no hubiese ninguna raza de monstruos nacidos en estrellas tal como pretendía la tradición. En tal supuesto, no resultaría del todo descabellada la presencia de cuerpos extraños en los ríos desbordados. ¿Acaso era excesivamente descabellado suponer que tanto las antiguas leyendas como los recientes relatos descansaban sobre un fundamento real? Pero incluso albergando tales dudas me sentí avergonzado de que tan grotesca muestra de incoherencia como era la increíble carta de Henry Akeley hubiera podido suscitarías.

Al final, contesté la carta de Akeley, adoptando un tono de cordial interés y solicitando información más detallada. Su respuesta me llegó casi a vuelta de correo, y en ella incluía, tal como me había prometido, una serie de instantáneas de escenas y objetos ilustrativos de lo que tenía que contarme. Eché una mirada a las fotografías al tiempo de sacarlas del sobre y experimenté la extraña sensación de espanto que se siente ante la inmediatez de lo prohibido, pues, a pesar de lo borrosas que estaban la mayoría de ellas, poseían un endiablado poder de sugestión, intensificado además por el hecho de tratarse de auténticas fotografías: verdaderos eslabones ópticos de lo que reproducían, y el producto de un proceso de transmisión impersonal sin sombra alguna de prejuicios, falibilidad ni falsedad.

Cuanto más las miraba, más me convencía de que no me había equivocado al tomar en serio a Akeley y su historia. Desde luego, aquellas fotografías aportaban pruebas concluyentes de que en las montañas de Vermont había algo que, cuando menos, estaba fuera del alcance de nuestros conocimientos y creencias. Lo peor de todo eran las huellas de pisadas: una instantánea tomada en un lugar donde relucía el sol, en un sendero totalmente enfangado en medio de una desierta altiplanicie. Una sola mirada me bastó para cerciorarme de que allí no había trucaje alguno, pues los guijarros y briznas de hierba nítidamente perfilados que se apreciaban en el campo de visión eran la mejor garantía de la corrección de la escala y hacían imposible cualquier intento de doble exposición trucada. Por darle un nombre lo califiqué de «pisada», pero creo que sería más exacto decir «huella de zarpa». Aún hoy me resulta difícil intentar describirla, y lo único que puedo decir es que era algo horrible, de rasgos similares a los cangrejos, y que no sabría precisar qué dirección seguía. No era una huella muy profunda ni reciente, pero su tamaño era aproximadamente el del pie de un hombre de estatura normal. A partir de un rastro central, se proyectaban en direcciones opuestas varios pares de pinzas dentadas; algo de todo punto desconcertante, si es que, como parecía, aquello era exclusivamente un órgano de locomoción.

Otra de las fotografías —sin duda una instantánea tomada con muy poca luz— mostraba la boca de una cueva en un terreno muy frondoso, con una piedra esférica obstruyendo la abertura. En la superficie pelada que había justo delante podía distinguirse perfectamente una densa red de extrañas huellas, y al examinar la fotografía con una lupa comprobé con cierto desasosiego que eran similares a las de la otra instantánea. Una tercera fotografía mostraba un circulo de estilo druídico de piedras levantadas en las cumbres de una desolada montaña. En torno al críptico circulo la hierba estaba muy aplastada y arrancada, si bien no pude detectar ninguna pisada, m siquiera con ayuda de la lente. Se advertía fácilmente que se trataba de un lugar perdido en el auténtico mar de deshabitadas montañas que se divisaba en segundo plano y se perdían en un horizonte neblinoso.

Pero si la más espeluznante de todas las fotografías era aquella en que se veía la pisada, la más sugerente sin duda era la de la gran piedra negra encontrada en los bosques de Round Hill. Akeley la había fotografiado desde lo que debía ser su mesa de trabajo, pues podían verse hileras de libros y un busto de Milton en segundo término. A lo que parecía, la cámara había enfocado verticalmente la imagen con una superficie algo curvado e irregular de uno por dos pies, pero decir algo más preciso sobre aquella superficie, o sobre el aspecto general de la piedra entera, casi excede los límites del lenguaje. Ni siquiera podía imaginar los rarísimos principios geométricos en que se habían inspirado para su corte —pues no cabía duda de que se trataba de un corte artificial—, ya que jamás había visto nada tan extraño e inequívocamente ajeno a este mundo. Apenas pude distinguir alguno de los jeroglíficos esculpidos en la superficie, pero uno o dos de los que vi me dejaron atónito. Claro que muy bien podía tratarse de una falsificación, pues yo no era la única persona que había leído el monstruoso y abominable Necromonicón del árabe loco Abdul Alhazred. Con todo, me hizo estremecerme al reconocer ciertos ideogramas que mis estudios me habían enseñado a poner en relación con los misterios más espeluznantes e implacables de seres que habían tenido una semiexistencia descabellada antes de formarse la tierra y los otros planetas del sistema solar.

De las cinco fotografías restantes, tres eran de terrenos pantanosos y montañosos que parecían evidenciar huellas de ocultos y perniciosos moradores. En otra se veía una extraña huella en el suelo, muy cerca de la casa de Akeley, que, según decía éste, había fotografiado de mañana tras una noche en que los perros habían ladrado con mayor intensidad que de costumbre. Estaba muy borrosa, y difícilmente podían extraerse conclusiones de ella, pero tenía un detestable parecido con aquella otra huella de pie o zarpa fotografiada en la desierta altiplanicie. En la última fotografía se veía la casa de Akeley; una preciosa casa de blanca fachada con dos pisos y una buhardilla, construida haría algo más de un siglo, y con un césped bien cuidado y una vereda bordeada de piedras que conducía a una puerta de estilo georgiano labrada con exquisito gusto. En el césped había varios perros policía de gran tamaño, tendidos junto a un hombre de aspecto agradable con una barba gris recién cortada que debía ser el propio Akeley —fotógrafo de sí mismo a juzgar por la perilla conectada a un tubo que empuñaba en su mano derecha.

De las fotografías pasé a la extensa y apretujada carta, sumiéndome durante las tres horas siguientes en un abismo de inexpresable horror. Aquello que Akeley no había hecho sino esbozar someramente en su anterior carta, lo describía ahora con todo lujo de detalles, ofreciendo largas transcripciones de palabras oídas en los bosques durante la noche, largas descripciones de monstruosas formas rosáceas avistadas en medio de la frondosa espesura al caer la noche sobre las montañas, y una terrible narración cósmica derivada de la aplicación de una profunda y diversificada erudición a los interminables discursos de antaño del demente y fingido espía que acabó suicidándose. Me encontré ante nombres y voces que había oído en otros lugares relacionados con los más espantosos que cabe imaginar —Yuggoth, Gran Cthulhu, Tsathoggna, Yog-Sothoth, R’lyeh, Nyarlathotep, Azathoth, Hastur, Yian, Leng, el Lago de Hali, Bethmoora, la Señal Amarilla, L’mur-Kathulos, Bran y el Magnum Innominandum—, y me vi transportado a través de infinitos eones e inconcebibles dimensiones a mundos antiguos y exteriores que el demente autor del Necronomicón no había sino empezado a intuir. Allí se me hablaba de los pozos de vida primigenia, de los ríos que descendían de aquel manantial y, finalmente, del riachuelo que, procedente de uno de aquellos ríos, se había fundido inextricablemente con los destinos de nuestro planeta.

Mi cerebro era un torbellino que no cesaba de dar vueltas, y si antes había intentado encontrar una explicación a las cosas, ahora empezaba a creer en los más anormales y fantásticos prodigios. Las pruebas eran abrumadoras y aplastantes, y la fría y científica actitud de Akeley —una actitud que distaba siglos de lo demencial, fanático, histérico y hasta de lo gratuitamente especulativo—, tuvo un tremendo impacto sobre mis facultades críticas. Cuando acabé de leer aquella espantosa carta pude comprender los temores que Akeley había llegado a albergar, y me dispuse a hacer lo que estuviera en mis manos para mantener alejada a la gente de aquellas despobladas y encantadas montañas. Incluso hoy, cuando el transcurso del tiempo ha mitigado la impresión experimentada y me ha hecho replantearme mis acciones y horribles dudas, hay cosas de aquella carta de Akeley que no me atrevería a mencionar, ni siquiera expresándolas en palabras sobre el papel. Casi me alegro de que hayan desaparecido la carta, la grabación y las fotografías... y sólo deseo, por razones que no. tardaré en explicar, que no llegue a descubrirse el nuevo planeta allende Neptuno.

Tras la lectura de aquella carta, puse fin definitivamente a mis polémicas sobre los horrores de Vermont. Las argumentaciones de mis contrarios quedaron sin respuesta o postergadas tras algunas disculpas, y con el tiempo la controversia cayó en el olvido. Durante los últimos días de mayo y a todo lo largo de junio mantuve una correspondencia ininterrumpida con Akeley, si bien, debido a que de vez en cuando se extraviaba una carta, teníamos que volver sobre nuestros pasos y efectuar una ingente labor de reproducción. Lo que hacíamos, en términos generales, era comparar nuestras notas en los puntos oscuros de la mitología con el fin de llegar a establecer una precisa correlación de los horrores de Vermont con el corpus general de leyendas primitivas de todo el universo.

De entrada, acordamos prácticamente que aquellas morbosidades y el infernal Mi-Go de las cumbres de Himalaya pertenecían a la misma categoría de monstruosidades encarnadas. Hicimos también interesantísimas conjeturas de carácter zoológico que me habría gustado consultar a mi colega universitario, el profesor Dexter, de no mediar la tajante orden de Akeley de no hacer partícipe a nadie, fuera de nosotros, de lo que sucedía. Si desobedezco ahora esa orden, es porque creo que en el actual estado de cosas una advertencia acerca de aquellas remotas montañas de Vermont —y de aquellas cumbres del Himalaya que algunos intrépidos exploradores cada vez están más empeñados en escalar.— puede favorecer más a la seguridad pública que el guardar silencio. Algo concreto que estábamos a punto de desentrañar era el desciframiento de los jeroglíficos de aquella ignominiosa piedra negra: algo que muy bien podría hacernos entrar en posesión de secretos más arcanos y más asombrosos que cualesquiera otros hasta entonces conocidos por el hombre.

<p>III</p>

Hacia finales de junio llegó la grabación fonográfica, remitida desde Brattleboro, pues Akeley no confiaba en la seguridad que pudiera ofrecer el ramal que discurría al norte de dicha ciudad. Empezaba a tener cada vez más sospechas de que era espiado, sensación ésta que se agravó debido a la pérdida de algunas cartas, y hablaba continuamente acerca de las insidias de ciertas personas a las que consideraba instrumentos y agentes de los seres ocultos. De quien más sospechas albergaba era del desabrido granjero Walter Brown, que vivía solo en una ruinosa vivienda de la ladera que daba a los frondosos bosques y que era visto a menudo haraganeando por las esquinas de Brattleboro, Bellows Falls, Newfane y South Londonderry, del modo más inexplicable y sin razón aparente alguna. Akeley estaba convencido de que la voz de Brown era una de las que en cierta ocasión oyó en el curso de una horripilante conversación; además, en otro momento vio una huella de pisada o de zarpa en los aledaños de la casa de Brown, lo que juzgó un siniestro presagio. Curiosamente, cerca de ella había huellas de pisadas de Brown... pisadas enderezadas hacia la casa.

Así pues, la grabación fue echada al correo en Brattleboro, a donde la llevó Akeley tras conducir su Ford a lo largo de las solitarias carreteras secundarias de Vermont. En la nota que acompañaba a la grabación, confesaba que empezaba a tener miedo de aquellas carreteras, y que ni siquiera se atrevía a ir a Townshend a hacer compras si no era a plena luz del día. Era peligroso, repetía una y otra vez, saber demasiado, a menos que uno se encontrara a remota distancia de aquellas silenciosas y siniestras montañas. Pensaba trasladarse lo antes posible a California a vivir con su hijo, por muy duro que resultara abandonar el lugar donde se centraban todos sus recuerdos y sentimientos ancestrales.

Antes de poner la grabación en el aparato que pedí prestado al Rectorado de la Universidad, repasé cuidadosamente todas las explicaciones aparecidas en las diversas cartas de Akeley. La grabación, decía, fue obtenida hacia la una de la mañana del 1 de mayo de 1915, cerca de la boca cerrada de una gruta en la frondosa vertiente occidental de Dark Mountain, justo encima de los terrenos pantanosos de Lee. De siempre, el lugar había estado extrañamente plagado de curiosas voces, siendo éste el motivo de que hubiese llevado hasta allí el fonógrafo, el dictáfono y unos cilindros para grabar en espera de obtener resultados positivos. Anteriores experiencias le habían inducido a confiar en que la Víspera de Mayo —la horrible noche del Sabbat de las leyendas esotéricas europeas— sería con toda probabilidad una fecha mucho más fructífera que cualquier otra... y, efectivamente, no quedó decepcionado de su elección. Ahora bien, era de destacar que en adelante jamás volvió a oft voces en aquel lugar.

Al contrario que la mayoría de las voces oídas en el bosque, la sustancia de la grabación era casi ritual y contenía una voz innegablemente humana, si bien Akeley no lograba identificarla. Desde luego, no era la de Brown; más bien parecía corresponder a un hombre con mayor nivel de educación. La segunda voz, empero, constituía un auténtico enigma, pues se trataba de un maldito susurro que no guardaba la menor semejanza con el lenguaje humano, a pesar de expresarse con palabras que denotaban un excelente inglés y un acento académico.

El fonógrafo y el dictáfono no debieron funcionar por igual a lo largo de toda la grabación, y naturalmente ello representaba un gran inconveniente debido a la lejana y encubierta naturaleza del ritual, por lo que el registro de las voces era en realidad muy fragmentario. Akeley me había facilitado una transcripción de lo que él creía eran las palabras pronunciadas, y volví a repasaría mientras me disponía a escuchar el aparato. El texto tenía más de tenebroso y enigmático que de decididamente horrible, aunque el conocimiento de su origen y procedimiento de reproducción le infundía un halo de horror superior a cualquier palabra que pudiera pronunciarse. Trataré de reproducirlo aquí en su integridad en la medida que lo recuerde, aun cuando estoy convencido de que me lo sé de memoria, no sólo por la lectura de la transcripción, sino por haber escuchado la grabación infinidad de veces. ¡No es algo que uno pueda olvidar fácilmente!

(Sonidos irreconocibles.)

(Una voz humana, masculina, culta.)

...es el Señor de los Bosques, incluso para... y los presentes de los hombres de Leng... por lo que desde los abismos de la noche hasta las vorágines del espacio, y desde las vorágines del espacio hasta los abismos de la noche, siempre las alabanzas al Gran Cthulhu, a Tsathoggua y a Aquel que no puede ser Nombrado. Siempre Sus alabanzas, y abundancia para el Chivo Negro de los Bosques. ¡Iä! ¡Shub-Niggurath! ¡El Cabrón Negro de las Mil Crías!

(Una imitación susurrante del lenguaje humano.)

¡Iä! ¡Shub-Niggurath! ¡El Cabrón Negro de las Mil Crías!

(Voz humana.)

Y he aquí que el Señor de los Bosques, siendo... siete y nueve, descendió los peldaños del ónix... le (tri) buta a El en la Vorágine, Azathoth, Aquel de Quien Tú nos has enseñado marav (illas)... sobre las alas de la noche muy lejos del espacio, muy lejos del... a Aquel de quien Yuggoth es el benjamín, girando solo en el negro éter del círculo exterior...

(Voz susurrante.)

... ir entre los hombres y encontrar las formas de hacerlo, que Aquel que está en la Vorágine debe conocer. A Nyarlathotep, Poderoso Mensajero, debe dársele cuenta de todo. Y El tomará la apariencia de los hombres, con la máscara de cera y la indumentaria que oculta, y descenderá del mundo de los Siete Soles para burlar...

(Voz humana.)

(Nyarl) athotep, Gran Mensajero, portador de singular alegría a Yuggoth a través del vacío, Padre del Millón de Privilegiados, Cazador al Acecho entre...

(Interrupción del diálogo por llegarse al final de la grabación.)

Tales fueron las palabras que me preparé a escuchar cuando puse en marcha el fonógrafo. Confieso que un cierto temor y renuncia me embargaban cuando apreté la palanca y oi el rasgar de la punta de zafiro en los primeros surcos, pero experimenté una sensación de alivio al comprobar que las primeras débiles y fragmentarías palabras procedían de una voz humana: una voz suave y educada, con un ligero acento bostoniano, y que en cualquier caso no era de nadie que procediese de la región montañosa de Vermont. Mientras escuchaba aquellas exasperantes y tenues voces, el diálogo me pareció no diferir en nada de la transcripción que tan escrupulosamente había hecho Akeley. Y aquella suave voz bostoniana salmodiaba... «¡Iä! ¡Shub-Niggurath! ¡El Cabrón Negro de las Mil Crías!...

Y entonces oí la otra voz. Aún hoy siento un estremecimiento retrospectivo cuando pienso en la tremenda impresión que me causó, aun cuando ya estaba sobre aviso por lo que me había dicho Akeley. Aquellos a quienes posteriormente he descrito la grabación afirman no hallar en ella sino una burda patraña o la mejor prueba de un estado de locura, pero estoy convencido de que pensarían de forma diferente si hubieran oído la maldita grabación o leído el grueso de la correspondencia de Akeley (sobre todo, esa terrible y enciclopédica segunda carta). Después de todo, es una verdadera lástima que no me atreviera a desobedecer a Akeley y les dejara escuchar la grabación a otros... y no menos lástima es, asimismo, que todas sus cartas se perdieran. A mí, que tenía una impresión de primera mano de los sonidos reales y que era conocedor del trasfondo y de las circunstancias en que se efectuó la grabación, aquella voz me pareció algo monstruoso. Siguió inmediatamente a la voz humana en ritual respuesta, pero tuve la sensación de que era un morboso eco que se reproducía a través de insondables abismos en inimaginables infiernos exteriores. Hace ya más de dos años que escuché por última vez aquel espeluznante cilindro de cera, pero aún hoy, y estoy convencido de que en cualquier otro momento, puedo percibir en mis oídos aquel tenue y diabólico susurro, tal como alcancé a escucharlo por vez primera:

«¡Iä! ¡Shub-Niggurath! ¡El Cabrón Negro de las Mil Crías!»

Pero aunque aquella voz no abandona mis oídos, no he logrado aún analizarla lo suficientemente bien como para dar una descripción gráfica de ella. Era como el zumbido de algún repugnante y gigantesco insecto transformado tediosamente en el lenguaje articulado de una rara especie, y estoy plenamente convencido de que los órganos que lo producían no guardaban la menor semejanza con los órganos vocales del hombre, ni incluso con ninguno de los mamíferos conocidos. Tenía ciertas peculiaridades de timbre, duración y armonía que hacían de este fenómeno algo totalmente ajeno a lo propiamente humano y a la vida terrenal misma. Nada más captarlo mis oídos aquella primera vez casi quedé aturdido, por lo que el resto de la grabación la oí sumido en una especie de inconsciente letargo. Al llegar el párrafo más largo de la voz susurrante, se intensificó en extremo aquella sensación de implacable infinitud que tanto me chocó al oír el precedente y más breve párrafo. Al final, la grabación terminaba bruscamente, en el momento en que se oía con desacostumbrada claridad la voz humana de acento bostoniano... pero yo seguí sentado con la mirada absurdamente perdida hasta mucho después de detenerse automáticamente el aparato.

Huelga decir que escuché muchas más veces aquella increíble grabación, y que hice exhaustivos intentos para analizarla y comentarla tras comparar mis notas con las de Akeley. Sería inútil y alarmista repetir aquí todo lo que sacamos en conclusión, pero puedo adelantar que creíamos haber dado con una pista del origen de algunas de las más genuinas y repulsivas costumbres de las antiguas y crípticas religiones de la humanidad. Nos parecía, asimismo, evidente que había vínculos antiguos y complejos entre aquellos misteriosos seres extraterrestres y determinados representantes de la raza humana. Hasta dónde llegaban estos vínculos y hasta qué punto puede compararse su actual estado con el de épocas anteriores, no nos atrevíamos a conjeturar, pero en cualquier caso daban pie a un sinfín de escalofriantes especulaciones. Parecía haber una horrorosa e inmemorial relación en determinados períodos entre el hombre y el infinito desconocido. Todo indicaba que los espantosos seres que aparecieron sobre la tierra procedían del misterioso planeta Yuggoth, en los confines del sistema solar, pero no eran sino la vanguardia de una espantosa raza extraterrestre cuyo origen último debe radicar incluso mucho más allá del continuo espacio-tiempo einsteniano o mayor cosmos conocido.

Entretanto, seguíamos hablando de la piedra negra y de cuál seria la mejor forma de enviarla a Arkham, pues Akeley no estimaba aconsejable que fuera yo a visitarle al escenario mismo de sus alucinantes investigaciones. Por una u otra razón, temía que fuera transportada siguiendo una ruta ordinaria o convencional. Finalmente, decidió que lo mejor sería llevarla campo a través hasta Bellows Falís, y allí enviarla en el ferrocarril de Boston y Maine a través de Keene, Winchendon y Fitchburg, aunque ello significaba tener que conducir por caminos de montaña más solitarios y más rodeados de bosques que la carretera principal que conducía a Brattleboro. Dijo haber visto a un hombre merodeando por la oficina de correos de Brattleboro cuando envió la grabación fonográfica, cuyo aspecto y movimientos no eran nada tranquilizadores. Aquel hombre parecía tener un gran interés en hablar con los empleados de correos, y tomó el tren en que iba la grabación. Akeley confesó que no se había sentido del todo tranquilo hasta que no recibió noticias mías diciéndole que la grabación estaba a buen recaudo.

Por aquellos días —corría la segunda semana de julio— se extravió otra carta mía, según me enteré por una comunicación de Akeley que evidenciaba cierto desasosiego. A raíz de aquello, me dijo que no volviera a escribirle a Townshend y que enviase todas mis cartas a la Lista de Correos de Brattleboro, adonde hacía frecuentes visitas bien en su coche o en un autobús de la línea regular que se había hecho cargo últimamente del servicio de transporte de viajeros que venía prestando el lento ramal de ferrocarril. Me di perfecta cuenta de que su ansiedad iba en aumento, pues entraba en pormenorizado detalle al hablar sobre los ladridos cada vez mayores de los perros en las noches sin luna y las frescas huellas de zarpas que a veces encontraba al amanecer en el camino y en el barro que se formaba en la parte posterior del corral. En cierta ocasión me habló de todo un ejército de pisadas de perros, y para demostrarlo me enviaba una repulsiva e inquietante instantánea kodak. La foto fue tomada a raíz de una noche en que los perros se habían superado a sí mismos en sus aullidos y ladridos.

La mañana del miércoles, 18 de julio, recibí un telegrama de Bellows Falls, en el que Akeley me comunicaba el envío de la piedra negra en el tren núm. 5.508 de la compañía B. amp; M., que salía de Bellows Falís a las 12,15 y tenía anunciada su llegada a la estación del Norte de Boston a las 16,12. Calculé que llegaría a Arkham para las 12 de la mañana del día siguiente, por lo que permanecí allí toda la mañana del jueves hasta que llegara. Pero viendo que daban las 12 y no llegaba nada, llamé por teléfono a la oficina de correos donde me informaron que no se había recibido ningún envío a mi nombre. A renglón seguido, y en medio de una creciente alarma, puse una conferencia al factor de correos de la estación del Norte de Boston... y apenas me sorprendió enterarme de que no aparecía ningún envío a mi nombre. El tren núm. 5.508 había llegado con sólo 35 minutos de retraso el día anterior, pero en él no había ningún paquete para mí. Con todo, el factor me prometió realizar una investigación para ver si aparecía. El día concluyó con una carta que le envié a Akeley por la noche en la que le daba cuenta del estado de la situación.

A la tarde siguiente llegó, con encomiable prontitud, un informe de la oficina de Boston; el factor me telefoneó en cuanto se informó al respecto. Al parecer, el empleado de servicio en el tren núm. 5.508 recordaba un incidente que tal vez tuviera que ver con la pérdida de mi paquete: una discusión con un hombre de voz muy extraña, aspecto campesino, de contextura delgada y con el pelo de color arena, mientras el tren estaba estacionado en Keene, New Hampshire, poco después de la una de la tarde.

El hombre en cuestión, siguió diciendo el empleado, se hallaba muy excitado a propósito de una pesada caja que aguardaba, pero que no estaba en el tren ni figuraba en los libros de la compañía. Decía llamarse Stanley Adams, y tenía un tono de voz tan extrañamente pastoso y monótono que el empleado se quedó aturdido y adormecido mientras la escuchaba. El empleado no podía recordar el final de la conversación, aunque sí que se despertó al tiempo que el tren volvía a ponerse en marcha. El factor de Boston añadió que aquel empleado era un joven de una probidad y confianza a toda prueba, de buenos antecedentes y con mucho tiempo de servicio en la compañía.

Aquella misma tarde me fui a Boston a entrevistarme con el empleado en cuestión, tras obtener su nombre y dirección en la oficina. Era un tipo abierto y simpático, pero no tardé en comprender que nada nuevo podía añadir a lo ya dicho. Por raro que parezca, ni siquiera estaba seguro de poder identificar al extraño que le hizo la pregunta. Tras darme cuenta de que no tenía más que decir, regresé a Arkham y me pasé la noche entera escribiendo cartas a Akeley, a la compañía de transportes, a la comisaría de policía y al factor de la estación de Keene. A mi juicio, ese hombre de singular voz que tan extrañamente había afectado al empleado debía desempeñar un papel fundamental en todo aquel desagradable asunto, y esperaba que los empleados de la estación de Keene y los archivos de la oficina de telégrafos pudieran decirme algo acerca de su persona y de los motivos que le impulsaron a preguntar cuando y donde lo hizo.

Debo admitir, empero, que todas mis investigaciones resultaron infructuosas. Al hombre de la voz rara se le había visto efectivamente en las inmediaciones de la estación de Keene a primeras horas de la tarde del 18 de julio, y un viajero le asociaba vagamente con una pesada caja, pero era alguien completamente desconocido para él y no había vuelto a verle desde entonces. El desconocido no había pasado por la oficina de telégrafos ni recibido ningún mensaje, y a la oficina no había llegado ningún telegrama que pudiera relacionarse con la presencia de la piedra negra en el tren núm. 5.508. Naturalmente, Akeley colaboró conmigo en las investigaciones, y hasta se desplazó a Keene para interrogar al personal de servicio en la estación, pero su actitud era más fatalista que la mía. Para él, la pérdida de la caja era el síntoma inconfundible de algo portentoso y amenazador que nada bueno presagiaba, y no tenía la menor esperanza de recuperarla. Hablaba de los indudables poderes telepáticos e hipnóticos de los seres de las montañas y de sus intermediarios, y en una carta expresaba su convencimiento de que la piedra no se encontraba ya en nuestro planeta. Por mí parte, estaba enfurecido y con razón, pues me había hecho a la idea de que al menos se me presentaba una oportunidad para enterarme de cosas profundas y sorprendentes sobre los antiguos e indescifrables jeroglíficos. Aquello me habría dejado mal gusto por algún tiempo de no ser porque las cartas que seguía recibiendo de Akeley hicieron que el horrible problema de la montaña entrara en una nueva fase que acaparó inmediatamente toda mi atención.

<p>IV</p>

Los seres desconocidos, me escribía Akeley con una caligrafía cada vez más temblorosa, habían empezado a montar un cerco en torno a él con una determinación totalmente nueva. Los ladridos nocturnos de los perros cuando no había luna o apenas brillaba se habían vuelto espantosos, y ya se habrían producido intentos de atacarle en las solitarias carreteras por las que transitaba durante el día. El 2 de agosto, cuando se dirigía al pueblo en su coche, se encontró un tronco de árbol en medio del camino en un lugar en que la carretera discurría por entre una frondosa arboleda; los furiosos ladridos de los dos grandes perros que le acompañaban le indicaron muy a las claras que alguno de aquellos seres debía estar merodeando por allí. No quería ni pensar lo que hubiese sucedido de no ser por los perros..., así que en lo sucesivo no se atrevió a salir más sin dos ejemplares cuando menos de su fiel y poderosa jauría. Tuvo otros incidentes en la carretera los días 5 y 6 del mismo mes. En una ocasión un proyectil le pasó rozando el coche, y en otra los ladridos de los perros le advirtieron de peligros ocultos en el bosque.

El 15 de agosto recibí una desesperada carta que me intranquilizó mucho, hasta el punto de hacerme desear que Akeley dejase a un lado su pertinaz reticencia y acudiese a la justicia en busca de ayuda. En la noche del 12 al 13 se habían producido unos espantosos hechos: se oyeron varios disparos en el exterior de la granja, y tres de los doce grandes perros fueron encontrados muertos a la mañana siguiente. Por minadas se contaban las huellas de zarpas que había en el camino, y entre ellas podían verse las huellas humanas de Walter Brown. Akeley intentó telefonear a Brattleboro para que le enviasen más perros, pero la comunicación se cortó al poco de empezar a hablar. Posteriormente, se fue en coche a Brattleboro, en donde se enteró de que los instaladores de líneas telefónicas habían encontrado el cable principal cortado con suma limpieza en un lugar de las despobladas montañas al norte de Newfane. Pero Akeley se disponía a regresar a casa con cuatro nuevos y excelentes perros y varias cajas de munición para su rifle de repetición de gran calibre. La carta, escrita en la oficina de correos de Brattleboro, llegó a mis manos sin ningún retraso.

Mi actitud respecto a todo aquello había pasado en poco tiempo de un interés científico a otro personal y alarmista. Temía por Akeley en su remota y solitaria granja, e incluso albergaba temores por mi mismo a causa de todo lo que sabía en relación con el extraño caso de la montaña. Aquello trascendía toda lógica. ¿Acabaría también por absorberme y engullirme a mí? Al contestar a la carta de Akeley, le insté a que buscara ayuda, insinuándole que si no lo hacía él podría intentarlo yo. Le hablé de mi intención de ir a Vermont en persona a pesar de sus deseos en contra, y de ayudarle a explicar el caso a las autoridades competentes. Por toda contestación, empero, recibí un telegrama expedido en Bellows Falls y que decía así:

AGRADEZCO SU ATENCION PERO NO PUEDO HACER NADA. NO HAGA NADA PUES PODRIA PERJUDICARNOS A AMBOS. ESPERE EXPLICACION. HENRY AKELY.

Pero el asunto se complicaba cada vez más. Tras contestar al telegrama, recibí una temblorosa nota de Akeley con la sorprendente noticia de que no sólo no había enviado el telegrama, sino que no le había llegado mi carta a la que aquél daba contestación. Tras apresuradas indagaciones en Bellows Falís se comprobó que el telegrama fue cursado por un extraño individuo de cabello color terroso y voz curiosamente pastosa y susurrante, y eso fue prácticamente todo lo que Akeley pudo sacar en claro. El funcionario de telégrafos le enseñó el texto original garrapateado a lápiz por el remitente, pero la caligrafía resultaba completamente desconocida. Se apreciaba un error en la firma A-K-E-L-Y, sin la segunda E. Ciertas conjeturas eran, inevitables a partir de ahí, pero la crisis le había afectado de tal forma que no se paró a meditar al respecto.

Hablaba de la muerte de más perros, de la compra de otros nuevos, y del cruce de disparos que había acabado siendo una nota peculiar de las noches sin luna. Las huellas de Brown y de al menos uno o dos seres humanos más, que iban calzados, podían verse casi siempre entre las huellas de zarpas que había en el camino y en la parte trasera de la granja. La situación, reconocía Akeley, se había vuelto insoportable, y lo más probable es que muy pronto se marchara a vivir a California con su hijo, vendiera o no la vieja casa. Pero no resultaba nada fácil abandonar el único lugar que uno podía considerar realmente su hogar. Trataría de seguir allí algo más. Tal vez consiguiera ahuyentar a los intrusos.., sobre todo si abandonaba de una vez por todas cualquier intento de profundizar en sus secretos.

Contesté inmediatamente a Akeley, renovándole mis ofrecimientos de ayuda, y le hablé de nuevo de visitarle y ayudarle a convencer a las autoridades del extremo peligro que corría. En su respuesta parecía menos predispuesto contra el plan de lo que su anterior actitud habría hecho suponer, aunque dijo que le gustaría aplazar su salida unos días más... justo el tiempo suficiente para poner en orden sus cosas y hacerse a la idea de que tenía que abandonar el casi morbosamente querido suelo natal. La gente albergaba sospechas sobre sus estudios e investigaciones, y lo mejor sería salir sin ruido de la comarca, sin provocar alborotos ni que empezaran a circular rumores sobre su salud mental. Habla pasado mucho, afirmaba, pero querría marcharse de un modo digno a ser posible.

La carta llegó a mis manos el 28 de agosto, e inmediatamente le escribí y eché al correo una carta de contestación animándole en sus proyectos. A lo que se vio, mis palabras de ánimo surtieron efecto, pues Akeley parecía más tranquilo cuando contestó mi nota. No obstante, no se hacía muchas ilusiones pues creía que lo único que retenía a aquellas criaturas era que habla luna llena. Confiaba que no hubiese muchas noches nubladas, y de pasada hablaba de irse a vivir a una pensión a Brattleboro cuando la luna empezara a menguar. Volví a escribirle en tono animoso, pero el 5 de septiembre me llegó una carta que sin duda debió cruzarse con la mía en el correo... y esta vez sí que me fue imposible darle ninguna respuesta alentadora. En vista de su importancia creo que lo mejor será transcribirla íntegramente, todo lo mejor que mi memoria me permita recordar aquella temblorosa letra. Poco más o menos, decía así:

Lunes

Querido Wilmarth:

Una postdata harto desoladora a mi última carta. Anoche el cielo estaba plagado de nubes —aunque no llovió— y no se veía luz procedente de la luna. La situación empeoró tremendamente, y mucho me temo que se acerque el final, en contra de todo lo que esperábamos. Pasada la medianoche algo se posó en el tejado de la casa y los perros se precipitaron fuera a ver qué pasaba. Les oi ladrar y aullar, y seguidamente uno consiguió encaramarse al tejado saltando desde un cobertizo bajo. Se entabló una feroz lucha allí arriba, y oí un espantoso susurro que jamás olvidaré. Y luego llegó hasta mí un tufo irresistible. Casi al mismo tiempo unos proyectiles atravesaron la ventana y a punto estuvieron de alcanzarme. En mi opinión, una avanzadilla de las criaturas de la montaña se acercaron a la casa mientras los perros estaban entretenidos con lo que sucedía en el tejado. Ignoro qué pasaría allí, pero me temo que esos seres están aprendiendo a gobernar mejor sus alas espaciales. Apagué la luz y utilicé las ventanas a modo de troneras, y barrí toda la casa con fuego de rifle apuntando alto a fin de no herir a los perros, tras lo cual se puso fin a la contienda. Pero, a la mañana siguiente, descubrí grandes charcos de sangre en el patio, además de otros de una sustancia verde y viscosa que despedían el olor más nauseabundo que mi memoria recuerda. Me encaramé al tejado en donde encontré más restos de aquella sustancia viscosa. Cinco perros habían caído muertos... me temo que a uno lo maté yo por apuntar muy alto, pues tenía un tiro en el lomo. Ahora estoy cambiando los cristales que se rompieron a causa de los disparos, y dentro de unos momentos salgo para Brattleboro en busca de más perros. Los hombres de las perreras deben creer que estoy loco. Le pondré otra nota a la vuelta. Espero poder mudarme dentro de una o dos semanas, aunque casi me mata sólo pensar en ello.

Apresuradamente, Akeley.

Pero ésta no fue la única carta de Akeley que se cruzó con la mía. A la mañana siguiente —6 de septiembre— recibí otra. Esta vez eran unos mal trazados garrapatos que me desconcertaron por completo y que me dejaron sin saber qué decir o hacer. Una vez más, lo mejor será que reproduzca el texto de la carta lo más fielmente que la memoria me lo permita.

Martes

No se abrió ningún claro entre las nubes de modo que tampoco hubo luna, la cual, por otro lado, está en fase de cuarto menguante. Si no fuera porque sé que cortarían los cables una y otra vez que los arreglaran llevaría electricidad hasta la casa e instalaría un foco.

Creo que voy a volverme loco. Es posible que todo lo que le he escrito no sea más que un sueño o simple locura. Ya estaban mal las cosas antes, pero esta vez sobrepasan todo lo imaginable. Anoche hablaron conmigo... me hablaron en aquella horrible y susurrante yoz para decirme cosas que no me atrevo a repetir aquí. Les oí con toda nitidez a pesar de los ladridos de los perros., y en un momento determinado en que empezaba a no oírse les, se oyó una voz humana que vino en su ayuda. No se meta en esto, Wilmarth... es mucho peor de lo que sospechábamos. Ahora no quieren dejarme ir a California: quieren llevarme con ellos vivo, o lo que teórica y mentalmente equivale a vivo.., y que les acompañe no sólo a Yuggoth, sino mucho más allá... lejos de la galaxia, y posiblemente más allá del último círculo de anillo espacial. Les dije que no les seguiría a donde ellos quieren que vaya, ni me dejaría llevar del modo tan terrible que ellos proponen, pero temo que todo sea inútil. Mi casa está tan apartada que dentro de poco podrán presentarse lo mismo de día que de noche. Seis perros más han muerto, y cuando hoy me dirigía a Brattleboro sentía que me observaban desde los bosques que bordean el camino.

Fue un error por mi parte tratar de enviarle la grabación fonográfica y la piedra negra. Será mejor que destruya la grabación antes de que sea demasiado tarde. Le pondré unas líneas mañana, si es que sigo aquí todavía. Me gustaría poder llevarme a Brattleboro mis libros y otras pertenencias y alojarme en alguna pensión. Si pudiera echaría a correr ahora mismo y lo dejaría todo detrás, pero hay algo dentro de mí que me lo impide. Podría escaparme a Brattleboro, donde estaría a salvo, pero tengo la impresión de que allí me sentirla tan prisionero como en mi casa. Y, a mi juicio, no creo que pudiera ir mucho más lejos, ni aunque lo dejara todo y lo intentara. Es realmente horrible.., no se mezcle en todo esto.

Atentamente, Akeley.

Después de leer esta horrible carta no dormí en toda la noche. No sabía qué decir acerca del estado de salud mental de Akeley. El contenido de la carta era totalmente demencial, pero la forma de expresarlo —habida cuenta de todo lo acontecido hasta entonces— resultaba sombría y tremendamente convincente. Decidí no contestarla, pensando que sería mejor aguardar hasta que Akeley dispusiera de tiempo para responder a mi última carta. Como era de esperar, la respuesta llegó al día siguiente, aunque las noticias frescas que se recogían en ella eclipsaron prácticamente las cuestiones que se planteaban en la carta a la que en teoría respondía. A continuación reproduzco lo que recuerdo de su texto, garrapateado y lleno de tachaduras como si hubiese sido escrito en el curso de un frenético y apresurado impulso.

Miércoles

W...

Recibí su carta, pero es inútil seguir hablando sobre el tema. Estoy completamente resignado. Me sorprende que aún me queden fuerzas para rechazarlos. No podría escapar ni aun en el caso de que estuviera dispuesto a abandonarlo todo y salir corriendo. Me atraparían.

Ayer recibí una carta de ellos.., me la entregó un tipo de nombre R. F. D. en Brattleboro Estaba mecanografiada y llevaba matasellos de Bellows Falís. En ella se dice lo que quieren hacer conmigo... No me atrevo a repetirlo. ¡Tenga cuidado Wilmarth! Destruya la grabación. Quisiera decidirme y pedir ayuda —tal vez ello me haría recobrar mi fuerza de voluntad—, pero quienquiera que viniese en ayuda mía pensaría que estoy loco, a no ser que le presentara pruebas concluyentes. No puedo pedir ayuda a la gente si no tengo un buen motivo... No tengo ni he tenido el menor contacto con nadie en muchos años.

Pero aún no le he contado lo peor, Wilmarth. Prepárese para leer lo que sigue, pues se va a llevar un sobresalto mayúsculo. Pero no hago más que decirle la pura verdad. Prepárese, pues, como le digo: he visto y tocado a uno de los seres, o menos parte de uno de los seres. Fue algo horrible, ¡Dios mío! Estaba muerto, naturalmente. Esta mañana me lo encontré junto a la perrera: ¡uno de los perros lo tenía entre sus garras! Traté de esconderlo en la leñera para así poder mostrárselo y convencer a mis vecinos, pero en unas horas se evaporó. No quedó ni el menor rastro de él. Como usted bien sabe, sólo la primera mañana tras la inundación se vieron aque los seres flotando en los ríos. Y aquí viene lo peor. Traté de fotografiarlo para mostrárselo luego, pero cuando revelé la película en ella no se veía más que la leñera. ¿De qué podía estar hecho ese ser? Al menos, puedo decir que vi y palpé uno, y que todos ellos dejan huellas de pisadas. Sin duda estaba hecho de materia, pero ¿qué clase de materia? No sabría cómo describir su forma. Era un enorme cangrejo, con un montón de anillos piramidales carnosos o ligamentos de una sustancia espesa y viscosa, cubierto de tentáculos en el lugar donde el hombre tiene la cabeza. Aquella sustancia verde y pringosa era su sangre o jugo. Y a cada momento que pasa crece su número sobre la tierra.

Walter Brown ha desaparecido. No se le ha visto últimamente merodeando por ninguna de las esquinas que solía frecuentar en los pueblos de los alrededores. Uno de mis disparos debió alcanzarle, aunque aquellas criaturas se llevan siempre consigo sus muertos y heridos.

Esta tarde acudí a la ciudad y no tuve el menor contratiempo, pero temo que comiencen a retraerse porque ya me conocen muy bien. Escribo esta carta en la oficina de correos de Brattleboro. Tal vez sea una despedida. En tal caso, escriba a mi hijo, George Goodenough Akeley, 176 Pleasant St., San Diego, California, pero no venga aquí por lo que más quiera. Escríbale a mi hijo si no vuelve a saber de mí dentro de una semana... y esté atento a las noticias de los periódicos.

—Voy a jugarme las dos últimas cartas que me quedan... si es que aún tengo arrestos. La primera es tratar envenenar con gas a esos seres (tengo los productos químicos necesarios, y me he fabricado máscaras para mí y para los perros), y si veo que no da resultado iré a contárselo al sheriff. Es posible que me encierren en un manicomio, pero en cualquier caso será siempre preferible a lo que las otras criaturas harían conmigo. Tal vez pueda conseguir que presten atención a las huellas que hay en torno a la casa: son borrosas, pero puedo verlas todas las mañanas. Puede suceder también que la policía diga que trato de engañarles, pues la gente opina de mí que soy un personaje muy extraño.

Lo mejor sería que un policía pasara una noche aquí y lo viera todo con sus propios ojos... aunque lo más probable es que las criaturas se enteraran y no aparecieran. Me cortan los cables del teléfono cuando intento telefonear de noche; los empleados de la compañía tele fónica creen que es algo muy extraño, quizá puedan testimoniar en favor mío... si es que no llegan a creer que yo mismo corto los hilos. Hace ya más de una semana que están sin reparar.

Podría asimismo hacer que algún campesino de los aledaños atestiguara en mi nombre la realidad de los horrores, pero todo el mundo se ríe de lo que dicen esas gentes sencillas, y, por otro lado, hace ya tanto que no vienen por aquí que no saben nada de lo que está pasando. Ni uno solo de esos pobres granjeros se acercaría a menos de una milla de distancia de mi casa, ni por todo el oro del mundo. El cartero les oye hablar y luego viene a contármelo en tono jocoso... ¡Dios mio! Si me atreviera a decirle que no es sino la pura verdad. Creo que lo mejor sería llevarle a ver las huellas, pero siempre viene por la tarde y para entonces, por lo general, ya están borradas. ¿Y si tratara de conservar una poniendo encima una caja o una cazuela?... ¡Bah! Entonces creería casi con toda seguridad que se trataba de una patraña o una broma.

Ojalá no llevara una vida tan solitaria; pues la gente ya no pasa a yerme como solía. Nunca me vi atrevido a mostrar la piedra negra o las fotografías kodak ni dejar escuchar la grabación, pues, salvo los sencillos aldeanos, los demás habrían creído que no era más que una farsa y se habrían echado a reír. Pero aún puedo tratar de enseñarles las fotografías. En ellas pueden apreciarse bien las pisadas, aun cuando no aparezcan los seres que las produjeron. ¡Qué lástima que nadie viese aquel ser esta mañana, antes de que se desvaneciera en el aire!

Pero no sé por qué me preocupo. Después de todo lo que he pasado, tan bueno es un manicomio como cualquier otro lugar. Los médicos me ayudarán a olvidar los malos momentos que he pasado en esta casa; sólo eso podrá salvarme. Escriba a mi hijo George si no tiene pronto noticias mías. Destruya la grabación y no se meta para nada en esto.

Atentamente, Akeley

Esta carta me sumió en un terror abismal. No sabía qué responder, así que me limité a garrapatear unas incoherentes palabras de consejo y aliento, enviándoselas a mi corresponsal por correo certificado. Recuerdo que en aquella carta le instaba a Akeley a que se trasladara inmediatamente a Brattleboro y se pusiera bajo la protección de las autoridades, añadiéndole que yo me dirigiría allá con la grabación fonográfica y le ayudaría a convencer a los jueces de su cordura. Creo que le decía también que había llegado el momento de alertar a la gente de la presencia de tales seres. Conviene señalar que en aquellos momentos de extrema tensión creía prácticamente en todo lo que decía Akeley, aunque pensaba que si no pudo hacer una fotografía del monstruo muerto era más culpa suya que atribuible a algún fenómeno de la Naturaleza.

<p>V</p>

El sábado 8 de septiembre por la tarde, tras cruzarse al parecer con mis incoherentes líneas, recibí una extraña y tranquilizadora carta, mecanografiada con toda pulcritud en una máquina a todas luces nueva. Era una extraña carta en la que trataba de tranquilizarme y me hacía una invitación; en ella se operaba una prodigiosa transición en el curso del alucinante drama de las solitarias montañas. De nuevo echo mano de la memoria para reproduciría, y en esta ocasión, por motivos especiales, trataré de atenerme con la mayor fidelidad posible al estilo. Llevaba matasellos de Bellows Palis, y tanto el texto de la carta como la firma estaban a máquina, como suele ser corriente entre quienes aprenden mecanografía. El texto, sin embargo, mostraba una gran precisión para tratarse de un aprendiz, de lo que deduje que Akeley debió escribir a máquina en algún momento de su vida... quizá en sus años de estudiante. Si bien es cierto que la carta me tranquilizó bastante, bajo aquel alivio se ocultaba una sensación de desasosiego. Si Akeley estaba en su sano juicio cuando experimentaba terror, ¿lo estaba también ahora en la nueva situación? Y esas «mejores relaciones» a que se refería, ¿qué era exactamente? Aquello suponía un cambio radical en la actitud que hasta entonces había mantenido Akeley. Pero lo mejor será que reproduzca el texto, minuciosamente transcrito gracias a una memoria de la que, modestamente, me enorgullezco.

Townshend, Vermont.

Jueves, 6 de septiembre de 1928.

Mi querido Wilmarth:

Es para mí un gran placer poder tranquilizarle respecto a todas las tonterías de que le he estado escribiendo. Digo «tonterías», aunque lo que trato con ello es de referirme más a mi actitud asustadiza que a mis descripciones de ciertos fenómenos. Tales fenómenos son auténticos y, sin duda, muy importantes. Mi error ha radicado en la anómala actitud que he mantenido respecto a ellos.

Creo haberle dicho que mis extraños visitantes habían empezado a comunicarse conmigo, y a intentar establecer una comunicación. Anoche se materializó el diálogo. En respuesta a ciertas señales que me hicieron dejé entrar en casa a un mensajero de los del exterior... un ser humano, me apresuraré a decir. Me contó cosas que ni usted ni yo nos habríamos atrevido siquiera a imaginar, y me demostró bien a las claras que nuestros juicios y conjeturas sobre la razón de mantener el secreto acerca de la colonia que los Exteriores han establecido en nuestro planeta estaban totalmente descaminadas.

Al parecer, las malignas leyendas sobre lo que ofrecen a los hombres y esperan obtener de la tierra, son el resultado de una interpretación errónea y superficial del lenguaje alegórico. Un lenguaje, bien entendido, moldeado por tradiciones culturales y hábitos mentales muy distintos de los nuestros. Mis propias conjeturas, debo reconocerlo, eran tan erróneas como podrían serlo los barruntos de cualquier campesino analfabeto o de un indio salvaje. Lo que en un principio había juzgado morboso, vergonzoso e ignominioso es en realidad algo sorprendente, algo que ensancha los limites de la imaginación y resulta hasta glorioso. El juicio que me merecían antes no era sino una fase de la eterna tendencia humana a odiar, temer y rehuir lo radicalmente distinto.

Ahora lamento el daño que he infligido a esos extraños e increíbles seres en el curso de nuestras escaramuzas nocturnas. ¡Si no hubiera puesto reparos a hablar pacífica y razonablemente con ellos desde un primer momento! Pero no me guardan el menor rencor pues sus movimientos se rigen por un código muy diferente del nuestro. La desgracia suya ha sido que sus agentes humanos en Vermont eran tipos de baja calaña, como el difunto Walter Brown por ejemplo. Por culpa de Brown he albergado grandes prejuicios contra ellos. Pero lo cierto es que nunca han causado, conscientemente al menos, daño a los hombres, si bien algunos congéneres nuestros les han espiado y juzgado cruelmente. Hay todo un culto secreto practicado por hombres perversos (un hombre con su erudición mitológica me entenderá perfectamente cuando lo relaciono con Hastur y la Señal Amarilla) cuya finalidad es seguirles la pista e injuriarles en nombre de abominables poderes procedentes de otras galaxias. Las drásticas medidas de precaución que han adoptado los Exteriores van precisamente dirigidas contra tales agresores, y no contra la especie humana en general. A título incidental, me he enterado de que muchas de nuestras cartas perdidas fueron robadas no por los Exteriores sino por los emisarios del maligno culto de que le hablo.

Lo único que los Exteriores desean del hombre es paz, no sufrir molestias y unas relaciones a nivel intelectual cada vez mayores. Esto último les es absolutamente imprescindible en estos momentos en que nuestras invenciones y máquinas ensanchan los limites de nuestro conocimiento y acciones, y hacen que cada vez sea más difícil la existencia secreta de las necesarias avanzadillas de los Exteriores en este planeta. Lo que estos extraños seres buscan es tener un conocimiento más profundo del hombre y que los principales filósofos y científicos de la humanidad lleguen a conocerles mejor. Con semejante intercambio de conocimientos desaparecerían todas las amenazas y podría establecerse un modus vivendi que satisficiera a todos. La sola idea de pensar en la posibilidad de esclavizar o degradar a la especie humana resulta de todo punto ridícula.

Para iniciar estas nuevas relaciones, los Exteriores han decidido elegirme a mí por el ya más que considerable conocimiento que de ellos tengo como su primer intérprete en la tierra. Anoche me revelaron muchas cosas —hechos de la más sorprendente naturaleza, que abren insospechadas perspectivas—, y mucho más se me dará a conocer en lo sucesivo, tanto de palabra como por escrito. Por el momento no se me pedirá que haga ningún viaje al exterior, aunque probablemente desearé hacerlo con el tiempo; en tal supuesto, habré de emplear medios especiales y trascender todo lo que hasta aquí estamos acostumbrados a considerar como experiencia humana. En lo sucesivo no volverán a asediar más mi casa. Todo ha vuelto a la normalidad y los perros no tendrán en qué ocuparse. En lugar de terror se me ofrece un presente rico en conocimientos y con la perspectiva de una aventura intelectual que pocos mortales han podido disfrutar hasta ahora.

Los Exteriores son quizá los seres orgánicos más maravillosos que existen en o allende el espacio y el tiempo; integrantes de una raza cósmica de la que el resto de las formas con vida no son sino meras variantes degradadas. Son más vegetales que animales, si es que tales términos pueden aplicarse a la materia de que están formados, y tienen un aspecto un tanto fungiforme, aunque la presencia de una sustancia semejante a la clorofila y un sistema nutritivo muy peculiar les distingue de los auténticos hongos cormofíticos. En realidad, están formados de una materia totalmente ajena al sector del espacio en que habitamos, con electrones que cuentan con un número de vibraciones absolutamente distinto. De ahí que estos seres no puedan fotografiarse con los films y placas ordinarios del universo conocido, aun cuando puedan verlos nuestros ojos. No obstante, cualquier buen profesional de la química que tuviera los conocimientos requeridos podría hacer una emulsión fotográfica que reprodujera sus imágenes.

Los Exteriores tienen una extraordinaria capacidad para atravesar en plena forma corpórea el vacío interestelar, en el que no hay aire ni calor, en tanto que algunas variantes suyas no pueden hacerlo si no es gracias a una ayuda mecánica o a curiosos transplantes quirúrgicos. Sólo unas cuantas especies poseen las alas resistentes al éter características de la variedad de Vermont. Las que habitan en ciertas cumbres remotas de Europa llegaron por otros procedimientos. Su semejanza externa con la vida animal, y con la modalidad de estructura que consideramos material, es una cuestión de evolución paralela más que de estrecho parentesco. Su capacidad cerebral sobrepasa a la de cualquier otra forma de vida existente, aunque las especies aladas de nuestra montañosa región distan mucho de ser las de mayor desarrollo. La telepatía es su medio habitual de comunicación, aunque poseen unos órganos vocales rudimentarios que, tras una ligera operación (pues la cirugía ha alcanzado un tremendo desarrollo entre ellos), pueden facultarles para duplicar el habla de aquellos tipos de organismo que todavía hacen uso del habla.

Su principal morada inmediata es un planeta todavía por descubrir y casi sin luz situado en el confín mismo de nuestro sistema solar: más allá de Neptuno y el noveno a partir del sol. Es, como suponíamos, el objeto al que en ciertos antiguos y prohibidos escritos se denomina místicamente «Yuggoth», y pronto será el escenario de una extraña proyección de la mente sobre nuestro mundo con el fin de facilitar las relaciones intelectuales. No me sorprendería que los astrónomos se mostraran lo suficientemente sensibles a estas corrientes mentales y descubrieran Yuggoth cuando a los Exteriores les parezca oportuno. Pero Yuggoth, por supuesto, es sólo el principio. El grueso de los seres habita en abismos dotados de una extraña organización fuera del alcance de toda imaginación humana. El glóbulo espacio-tiempo que reconocemos como la totalidad de toda entidad cósmica no es sino un átomo de la verdadera infinidad en que están insertos, Y a mí se me va a mostrar todo lo que el cerebro humano puede abarcar de esa infinidad, algo que sólo se ha hecho con no más de cincuenta hombres desde los comienzos de la especie humana.

Es posible que al principio todo esto le parezca un desvarío, Wilmarth, pero con el tiempo se dará perfecta cuenta de la increíble oportunidad que se me presenta. Mi deseo es que usted comparta conmigo al máximo posible esta experiencia, y a tal fin tengo que contarle miles de cosas que no puedo reproducir sobre el papel. Hasta hoy le había aconsejado que no viniera a yerme. Pero ahora que todo va bien, sería para mí un gran placer que olvidara mi advertencia y aceptase ser mi huésped.

¿No podría usted darse una vuelta por aquí antes de iniciarse el curso en la Universidad? Sería realmente maravilloso si pudiera hacerlo. Traiga la grabación fonográfica y todas las cartas que le he escrito para utilizarlas como elemento de consulta: las necesitaremos para reconstruir toda esta impresionante historia. Le agradecería que trajese también las fotografías, pues con la excitación de estos días parece que he extraviado los negativos y mis fotografías. Pero no se imagina la cantidad de datos que voy a añadir a todo este tentador y sugestivo material ¡y mucho menos el sensacional plan que he ideado para complementar mis aportaciones!

No lo dude. Nadie me espía ahora, y tampoco encontrará usted nada anormal o que pueda perturbarle. Venga e iré a buscarle en mi coche a la estación de Brattleboro. Dispóngase a pasar aquí una larga temporada, y prepárese a oír hablar durante largas veladas de cosas que escapan a toda conjetura humana. Bien entendido que no debe decir nada a nadie, pues el asunto en cuestión no debe trascender al público.

El servicio de trenes a Brattleboro no es malo. En Boston puede enterarse del horario. Tome el B. & M. hasta Greenfield, y trasborde allí para el corto trayecto que le resta. Le aconsejo que coja el que sale a las 4,10 de la tarde de Boston. Dicho tren llega a Greenfield a las 7,35, de donde a las 9,19 sale otro que pasa por Brattleboro a las 10,01 de la noche. Todo ello entre semana. Comuníqueme la fecha e iré a la estación a esperarle con mi coche.

Perdone que le escriba a máquina, pero, como usted bien sabe, últimamente me falla el pulso y no me siento capaz de escribir largos párrafos. Ayer compré esta nueva

Corona en Brattleboro, y parece que funciona a la perfección.

En espera de sus noticias, y deseando verle muy pronto con la grabación fonográfica, todas mis cartas y las fotografías, queda atentamente suyo,

Henry W. Akeley.

A ALBERT N. WILMARTH

UNIVERSIDAD DE MISKATONIC

ARKHAM, MASS.

La complejidad de mis emociones tras leer, releer y reflexionar sobre tan extraña e inesperada carta sobre-pasa toda posible descripción. He dicho que de repente me sentí aliviado al tiempo que me invadía una sensación de desasosiego, pero esto sólo expresa burdamente las implicaciones de multitud de sentimientos, en gran medida subconscientes, que encerraban tanto desahogo como inquietud. Para empezar aquella carta estaba tan en las antípodas de toda la cadena de horrores que la precedieron... El cambio de actitud desde el terror más descarnado a aquella fría complacencia, e incluso exaltación, era algo tan imprevisto, meteórico y radical... Me resultaba difícil creer que en un solo día pudiese cambiar de tal manera la perspectiva psicológica de alguien que había escrito aquella exasperada nota del miércoles, al margen de cualquier descubrimiento esperanzador que hubiera experimentado con la llegada del nuevo día. En ciertos momentos, una sensación de irrealidades en conflicto me hacía preguntarme si todo aquel insólito drama de fantásticas fuerzas del que no era partícipe directo no seria una especie de sueño ilusorio producto en gran medida de mi propia imaginación. Luego mi atención se centró en la grabación fonográfica y mi aturdimiento fue aún mayor.

¡Distaba tanto aquella carta de todo lo que cabía esperar! Al analizar mis impresiones comprobé que había dos fases bien diferenciadas. En la primera, en el supuesto de que Akeley hubiera estado y estuviera aún en su sano juicio, el cambio operado en la situación había sido rapidísimo e increíble. En una segunda fase, el cambio experimentado en la actitud, modo de expresarse y lenguaje de Akeley distaba mucho de lo que puede conceptuarse como normal o previsible. Su personalidad entera parecía haber experimentado una sospechosa transformación, una mutación tan radical que difícilmente podían reconciliarse sus dos aspectos, en el supuesto de que ambos representaran idéntico estado de equilibrio mental. Las palabras, la ortografía... todo era sutilmente distinto. Y con mi sensibilidad académica hacia la prosa literaria, pude descubrir profundas divergencias en sus más normales reacciones y en el ritmo de sus respuestas Desde luego, el cataclismo emocional o revelación capaz de producir tan brusca transformación debió de ser tremendo, no cabe la menor duda. Pero también es cierto que la carta tenía todo el estilo de Akeley. La misma pasión por lo infinito, la misma curiosidad intelectual... Ni por un momento —o más de un momento— se me ocurrió la idea de que pudiera ser falsa o hubiera una malintencionada sustitución. ¿Acaso no era la invitación esa buena disposición suya a que comprobara en persona la veracidad de la carta prueba suficiente de su autenticidad?

El sábado por la noche no me acosté. Lo pasé en vela pensando en los misterios y prodigios ocultos tras aquella última carta. Mi mente, resentida por la rápida sucesión de monstruosas ideas a que había tenido que hacer frente en los últimos cuatro meses, no dejaba de dar vueltas a este nuevo y sorprendente material que llegaba a mis manos, pasando de la duda a la aceptación en un ciclo que no hacía sino repetir la mayoría de las fases por las que atravesé al enterarme por vez primera de tales prodigios. Hasta que mucho antes del amanecer, el interés y la curiosidad que me embargaban comenzaron a reemplazar el marasmo de perplejidad e inquietud en que me sumí en un primer momento. Loco o cuerdo, metamorfoseado o simplemente aliviado lo cierto es que Akeley había descubierto un impresionante cambio de enfoque en su azarosa investigación. Un cambio que reducía drásticamente el peligro —real o imaginario— en que se encontraba, a la vez que abría nuevas e insospechadas perspectivas al conocimiento de lo cósmico y sobrehumano. Mi fervor por lo desconocido se avivó en mi afán por igualar el suyo, y me sentí contagiado por salvar a aquel mórbido obstáculo que se interponía en mi camino. Liberarme de las enloquecedoras y extenuantes limitaciones que imponen el tiempo, el espacio y la ley natural... entrar en relación con el inmenso espacio exterior... acercarme a los espectrales y abismales secretos de lo infinito y lo esencial... ¡sin duda, valía la pena arriesgar la vida, el alma y hasta el propio juicio! Y, además, Akeley decía que ya no había peligro..., me invitaba a visitarle en lugar de aconsejarme que me mantuviera alejado como había hecho hasta entonces. Una comezón me invadía ante la sola idea de lo que Akeley iba a contarme... Sentía tal fascinación que casi me impedía todo movimiento el imaginarme sentado allí, en aquella solitaria y —en los últimos tiempos— asediada granja, ante un hombre que había hablado con auténticos emisarios del espacio exterior; sentado allí con aquella espeluznante grabación y el montón de cartas en que Akeley había tratado de resumir sus conclusiones previas.

De modo que no lo pensé más y el domingo por la mañana envié un telegrama a Akeley en el que le decía que le encontraría en Brattleboro el miércoles siguiente —el 12 de septiembre— si no tenía nada que objetar a aquella fecha. Sólo en una cosa no seguí sus indicaciones: en la elección del tren. Con franqueza, no me agradaba nada la idea de llegar bien entrada la noche a aquella encantada región de Vermont, así que, en lugar de ir en el tren que Akeley sugería, telefoneé a la estación e hice otra combinación Levantándome temprano y cogiendo el tren de las 8,07 con destino a Boston, podía tomar el de las 9,25 que llegaba a Greenfield a las 12,22. Este conectaba exactamente con un tren que llegaba a Brattleboro a la 1,08 de la tarde... hora a todas luces infinitamente mejor que las 10,01 de la noche para encontrar a Akeley y viajar con él por aquella comarca abigarrada de cumbres montañosas y encubridora de tantos secretos.

Le comuniqué mi combinación en el telegrama, y me alegró saber en la respuesta que me envió aquella misma noche que estaba de acuerdo con mis planes. Su telegrama decía así:

COMBINACIÓN SATISFACTORIA. LE ESPERARE TREN UNA OCHO MIERCOLES. NO OLVIDE GRABACIÓN CARTAS Y FOTOGRAFÍAS. TRANQUILICESE HASTA ESE DÍA.. ESPERE GRANDES REVELACIONES.

AKELEY

La llegada a mis manos de este mensaje, respuesta directa del que envié a Akeley y que por fuerza tenía que haber sido llevado a su casa desde la estación de Townshend, bien por un funcionario de telégrafos o a través del hilo telefónico reparado, borró cualquier duda subconsciente que pudiera albergar acerca de la autoría de tan sorprendente carta. Experimenté una gran sensación de alivio, desde luego infinitamente mayor de la que podía esperar por entonces, pues mis dudas no se habían desvanecido del todo sino que estaban profundamente soterradas. Pero aquella noche dormí a pierna suelta y hasta bien entrada la mañana, y durante los dos días siguientes me dediqué afanosamente a hacer los preparativos del viaje.

<p>VI</p>

El miércoles me puse en camino, tal como habíamos acordado, llevando por todo equipaje una maleta llena de objetos personales y material científico; es decir, la horrible grabación fonográfica, las fotografías y toda la correspondencia mantenida con Akeley. Siguiendo las instrucciones, no le dije a nadie adónde iba; me daba perfecta cuenta de que todo aquello requería la máxima discreción, aun por muy favorablemente que evolucionase. La sola idea de un auténtico contacto mental con entes extraños procedentes del mundo exterior no dejaba de resultar prodigiosa para una mente preparada, e incluso un tanto predispuesta, como la mía. ¿Cuál seria, pues, su efecto sobre la masa de profanos sin ningún conocimiento sobre la materia? No sé qué sentimiento predominaba en mí, si el temor o la expectación ante lo desconocido, cuando, tras cambiar de tren en Boston, me adentré en dirección oeste dejando atrás un territorio conocido. Waltham... Concord... Ayer... Fitchburg... Gardner... Athol...

El tren llegó a Greenfield con siete minutos de retraso, pero aún estaba esperando el expreso que enlazaba en dirección norte. A toda prisa transbordé, y mientras el tren discurría a plena luz del día por territorios de los que había leído mucho, pero jamás había visitado, experimenté una extraña sensación de desasosiego. Me adentraba en una Nueva Inglaterra más primitiva y retrasada que las mecanizadas y urbanizadas regiones meridionales y del litoral en que había pasado toda mi vida; una Nueva Inglaterra ancestral y todavía intacta, sin los extranjeros ni los humos de las fábricas, sin los anuncios ni las carreteras de hormigón que pueden verse allí donde ha llegado la modernidad. Podían apreciarse esporádicos restos de una vida aborigen no abandonada cuyas profundas raíces la convertían en auténtica prolongación del país: esa vida aborigen, transmitida de generación en generación que conserva extrañas y antiguas tradiciones y fertilizan el suelo para que puedan germinar creencias tenebrosas, maravillosas y rara vez mencionadas.

De vez en cuando veía a un lado la azul franja del río Connecticut resplandeciendo bajo la luz del sol, y a la salida de Northfield lo cruzamos. Al frente se vislumbraban unas verdes y enigmáticas montañas, y cuando pasó el revisor me enteré de que nos encontrábamos ya en Vermont. Me dijo éste que retrasara el reloj una hora, pues en aquella montañosa región septentrional no querían saber nada de cambios de hora para ahorrar luz solar. Al hacerlo, me pareció como si retrasara el calendario un siglo entero.

El tren se ceñía al curso de las aguas, y en la otra margen, ya en New Hampshire, pude ver la cercana ladera del escarpado Wantastiquet, sobre el que circulaban todo tipo de antiguas y extraordinarias leyendas. Luego aparecieron calles a mi izquierda y una isla verde en medio del río, a mi derecha. La gente se levantó y se encaminó hacia la puerta, y yo les seguí. El tren se detuvo, y de repente me encontré bajo la larga marquesina de la estación de Brattleboro.

Mirando la hilera de automóviles que esperaban, vacilé un momento tratando de averiguar cuál seria el Ford de Akeley, pero mi identidad fue descubierta antes de que pudiera tomar ninguna iniciativa. Quien se dirigía hacia mí con la mano tendida y me preguntaba con gran delicadeza si yo era Albert N. Wilmarth, de Arkham, no era, desde luego, Akeley. Aquel hombre no se parecía en nada al barbudo y entrecano Akeley de la fotografía. Era una persona mucho más joven y más de ciudad, vestida a la moda y sólo con un bigote negro recortado. Su refinada voz me produjo una sensación extraña y casi inquietante de vaga familiaridad, aunque no pude precisar a quién me recordaba.

Mientras le examinaba, le oí explicar que era un amigo de mi presunto anfitrión y que había venido de Townshend en su lugar. Akeley, decía, había sufrido un repentino ataque de la dolencia asmática de que sufría, y no se encontraba en condiciones de hacer el viaje. Pero no era nada grave, y no habría ningún cambio en los planes que me habían llevado hasta allí. No podía columbrar en qué medida el tal Mr. Noyes —nombre con el que se me presentó— estaba al corriente de las investigaciones y descubrimientos de Akeley, aunque dada su informal apariencia no me los imaginaba juntos. Pensando en la vida solitaria que Akeley llevaba, me sorprendió un tanto el que pudiera recurrir fácilmente a semejante amigo; pero mi perplejidad no me impidió entrar en el automóvil que mi acompañante me señalaba con un gesto. Aquel no era el viejo cochecito que esperaba encontrar por las descripciones que me hizo Akeley, sino un grande e inmaculado modelo de reciente aparición en el mercado, propiedad de Noyes al parecer y con matrícula de Massachusetts, con el curioso emblema del «sagrado bacalao» de aquel año. Mi guía, deduje, debe ser un veraneante de paso en la comarca de Townshend.

Noyes subió al coche y, sentándose a mi lado, lo puso en marcha al instante. Me alegré de que no se mostrara locuaz pues una extraña tensión atmosférica me hacía sentir reacio a mantener una conversación. La ciudad parecía tener un singular atractivo bajo la luz vespertina, mientras subíamos una cuesta y girábamos a la derecha para entrar en la calle principal. Brattleboro dormitaba como esas antiguas ciudades de Nueva Inglaterra que uno recuerda de su infancia, y algo había en la disposición de los tejados, chapiteles, chimeneas y fachadas de ladrillos que hacían vibrar en mí las cuerdas de hondas emociones ancestrales. Me pareció encontrarme en el umbral de una región medio encantada por la acumulación de etapas sin discontinuidad temporal, una región en la que podían acontecer y pervivir las cosas más antiguas y extraordinarias porque jamás habían sido avivados sus rescoldos.

Mi tensión y presentimientos fueron en aumento a medida que dejábamos atrás Brattleboro, pues había algo indefinido en aquel abigarrado paisaje montañoso con sus imponentes, amenazadoras y apiñadas vertientes verdes y graníticas que hacían pensar en lóbregos secretos e inmemoriables reliquias del pasado que muy bien podían ser hostiles al género humano. Durante algún tiempo nuestro trayecto discurrió paralelo a un anchuroso río de escaso caudal que descendía desde las remotas montañas del norte, y un estremecimiento recorrió mi cuerpo cuando mi acompañante me dijo que aquél era el río West. Fue en estas aguas precisamente donde, según recordaba haber leído en un artículo periodístico, se vio flotar a raíz de las inundaciones uno de aquellos morbosos seres de rasgos semejantes a cangrejos.

Poco a poco, el paisaje se fue haciendo más abrupto y desolado en torno nuestro. Arcaicos puentes cubiertos resistían temerosamente el paso de los años en las cavidades montañosas y la medio abandonada vía del ferrocarril que discurría a lo largo del río parecía. exhalar un aire de desolación difusamente visible. Podían verse, en todo su esplendor, inmensas extensiones del valle con grandes despeñaderos, y el granito virgen de Nueva Inglaterra tenía un aspecto gris y austero por entre la vegetación que trepaba hasta las cuestas montañosas. Había gargantas por 1as que brincaban aguas bravías, vertiendo en el río los inimaginables secretos de millares de cumbres sin hollar. De vez en cuando se bifurcaban estrechas y semiocultas carreteras que se abrían paso a través de macizas y frondosas masas de bosques, entre cuyos ancestrales árboles podrían muy bien estar al acecho ejércitos enteros de espíritus elementales. Al contemplar aquel insólito paisaje, me vino a la memoria el acoso a que se veía sometido Akeley por seres invisibles cuando viajaba por aquella misma carretera, y no me extrañó lo más mínimo que tales cosas pudieran acaecerle.

El pintoresco y precioso pueblo de Newfane, al que llegamos en menos de una hora, fue nuestro último contacto con el mundo que el hombre puede llamar decididamente suyo por derecho de conquista y posterior ocupación. Tras atravesarlo abandonamos toda relación con lo inmediato, tangible y temporal, y nos adentramos en un fantástico mundo de sosegada irrealidad por el que la angosta y serpenteante carretera subía, bajaba y se retorcía, con un casi consciente e intencional capricho, por entre las desoladas cumbres cubiertas de una verde pátina y los casi despoblados valles. Con la única excepción del ruido del coche y algún que otro leve murmullo en las escasas granjas por las que pasábamos muy de vez en cuando, el único sonido que llegaba a mis oídos era el incesante gorgoteo y discurrir de misteriosas aguas que brotaban de innumerables manantiales ocultos en los sombríos bosques.

La inmediatez de las achatadas y majestuosas montañas resultaba ahora un espectáculo verdaderamente impresionante. La pendiente y lo escarpado de aquellos picos era aún mucho mayor de lo que me había imaginado, y no parecían tener nada en común con el mundo prosaico y objetivo que conocemos. Los frondosos y no hollados bosques que cubrían aquellas inaccesibles laderas parecían ocultar misteriosos e increíbles secretos, y hasta llegué a creer que el perfil mismo de las montañas tenía un significado extraño que el paso del tiempo hubiera relegado al olvido, como si se tratara de imponentes jeroglíficos legados por una supuesta raza de titanes cuyas hazañas sólo se conservan en raros y profundos sueños. Aquella atmósfera de tensión y amenaza inminente se vio reforzada por todas las leyendas del pasado y todas las asombrosas revelaciones contenidas en las cartas y fotografías de Henry Akeley que mi memoria avivó. El objeto de mi visita y las tenebrosas anomalías que presuponía, se me hicieron de repente presentes causándome un estremecimiento que casi apagó mi ardor por ahondar en las profundidades de lo arcano.

Mi guía debió advertir mi inquietud, pues a medida que la carretera era más irregular y discurría por parajes más abruptos, haciendo nuestra marcha más lenta y más traqueteante, sus ocasionales observaciones de cumplido adquirieron una continuidad, hasta constituir un discurso fluido. Se puso a hablar de la singular belleza y hechizo de la comarca, al tiempo que demostraba no ser ajeno a los estudios sobre el folklore de mi anfitrión. Por las preguntas que con sumo tacto me hacía era evidente que conocía la finalidad científica de mi viaje y sabía que traía información de cierta importancia, pero no dio muestras de saber apreciar el extraordinario grado de profundidad a que habían llegado las investigaciones de Akeley.

Sus modales eran tan agradables, normales y educados, que sus observaciones deberían haberme tranquilizado y devuelto la confianza; pero, extrañamente, su efecto era justo el contrario: mi inquietud iba en aumento a medida que sorteábamos curvas y traqueteábamos por aquellas carreteras para adentramos en desolados parajes en que todo eran montañas y bosques. A veces daba la impresión de que mi acompañante intentaba tirarme de la lengua para ver qué sabía de los espeluznantes secretos que encerraba aquel lugar, y cuanto más hablaba mayor era aquella vaga, molesta y desconcertante familiaridad que encontraba en su voz. No se trataba de una familiaridad que pudiera calificarse de normal o agradable, a pesar del tono tan prudente y educado de su voz. De alguna manera, la relacionaba con pesadillas ya olvidadas, y tenía la impresión de que si la identificaba me volverla loco. De haber contado con un buen pretexto, creo que habría renunciado a seguir adelante. Pero tal como estaban las cosas no podía hacerlo..., y pensé que una conversación fría y científica con el propio Akeley nada más llegar me ayudaría mucho a calmar mis nervios.

Además, había un elemento extrañamente tranquilizador, de belleza propiamente cósmica, en aquel hipnótico paisaje por el que subíamos y bajábamos como en sueños. La noción del tiempo se había perdido en los laberintos que quedaban atrás, y en derredor sólo se divisaban las florecientes olas de lo feérico y el renacido encanto de siglos ya pasados: las venerables arboledas, los inmaculados pastos cercados de festivos capullos otoñales y, a grandes intervalos, las pequeñas granjas de color marrón cobijadas entre grandes árboles bajo precipicios verticales cubiertos de fragantes brezos y tupidas hierbas. Hasta la misma luz del sol tenía un supremo encanto, como si una atmósfera o exhalación especial cubriese la comarca entera. Jamás había visto nada parecido, excepto en los paisajes mágicos que en ocasiones constituyen el trasfondo de los primitivos italianos. Sodoma y Leonardo concibieron tales espacios, pero sólo a distancia y a través de las bóvedas de las arcadas renacentistas. Ahora, en cambio, nos hallábamos inmersos en carne y hueso en el centro del cuadro, y en medio de aquella negromancia me pareció ver algo que había heredado o conocía de forma innata y que siempre había buscado en vano.

De pronto, tras salir de una pronunciada curva en lo alto de una empinada pendiente, el coche se detuvo. A mi izquierda, en medio de un césped bien cuidado que se extendía hasta la carretera y lucía un cerco de piedras encaladas, se levantaba una blanca casa de dos pisos más buhardilla, de unas dimensiones y esbeltez nada comunes en la comarca, con una serie de cobertizos y heniles contiguos o unidos por arcadas, y un molino de viento en la parte posterior, a la derecha. La reconocí al instante gracias a la fotografía que recibí en su día, y no me extrañó nada ver el nombre de Henry Akeley en el buzón de hierro galvanizado que había a orillas de la carretera. En la parte trasera de la casa, y a una cierta distancia, se extendía una franja llana de terreno pantanoso y con escasa vegetación arbórea, detrás del cual se erguía una ladera, muy boscosa y con una pronunciada pendiente, que culminaba en una frondosa cresta en forma de diente. Posteriormente me enteré de que aquella era la cima de Dark Mountain, de la cual debíamos encontrarnos a medio camino.

Tras apearse del coche y coger mi maleta, Noyes me rogó que aguardase mientras iba a notificarle a Akeley mi llegada. El, añadió, tenía algo importante que hacer en otra parte y no podía detenerse más que un momento. Mientras Noyes avanzaba a paso ligero por el sendero que llevaba a la casa, bajé del coche pues quería estirar un momento las piernas antes de disponerme para la sedentaria y larga conversación que me esperaba. Mi nerviosismo y tensión habían vuelto a dispararse, ahora que me encontraba en el escenario de los espeluznantes acosos que tan repetidas veces describió Akeley en sus cartas, y honradamente confieso que temblé de pensar en las conversaciones que íbamos a mantener y que iban a ponerme en contacto con aquellos extraños y prohibidos mundos.

La proximidad de lo extraordinario es con frecuencia más terrorífica que estimulante y no me reconfortó lo más mínimo pensar que aquel pequeño trecho de polvoriento camino era el lugar donde se habían encontrado aquellas monstruosas huellas y aquella fétida sustancia verde tras varias noches sin luna en que el temor y la muerte impusieron su ley. Advertí de pasada que ningún perro de Akeley había subido a nuestro encuentro. ¿Los habría vendido en cuanto los Exteriores hicieron las paces con él? Por más que lo intentaba, no podía albergar la misma confianza en la sinceridad de aquella paz que intentaba transmitirme Akeley en su última y sorprendente carta. Después de todo, Akeley era un hombre de una extraordinaria sencillez y con escasa, por no decir nula, experiencia mundana. ¿No habría quizás alguna profunda y siniestra segunda intención bajo la superficie de aquella nueva alianza?

Llevado por mis pensamientos, mis ojos se dirigieron hacia la polvorienta superficie del camino en la que se habían recogido tan horribles testimonios. No habla llovido los últimos días, y huellas de toda suerte se amontonaban en los surcos del irregular camino a pesar de la naturaleza poco frecuentada de la comarca. Con una vaga curiosidad, empecé a reconstruir el perfil de las heterogéneas impresiones que experimentaba, tratando de contener al tiempo las macabras fantasías que el lugar y sus recuerdos sugerían. Había algo de amenazador y desapacible en aquella fúnebre quietud, en aquel apagado y tenue rumor de lejanos arroyos y en aquella infinidad de cimas verdes y precipicios de tupido arbolado que obstruían la visión del horizonte.

Y en ese momento una imagen penetró en mi conciencia haciendo que aquellas vagas amenazas y fantasías parecieran leves e insignificantes. Como he dicho, estaba examinando las heterogéneas huellas que había en el camino con una especie de indolente curiosidad, pero de repente aquella curiosidad se desvaneció sorprendente mente ante un repentino y paralizador acceso de terror activo. Pues aunque las huellas que se veían en el polvo eran en general confusas y estaban unas encima de otras, y no parecía que mereciera detener la atención en ellas, mis inquietos ojos habían captado ciertos detalles en las proximidades del lugar donde el sendero que conducía a la casa se juntaba con la carretera, y había reconocido, a sabiendas de que no podía equivocarme, el espantoso significado que encerraban aquellos detalles. De algo me valía a la postre haber pasado horas enteras examinando las fotografías kodak que Akeley me envió de las huellas en forma de zarpa de los Exteriores. Demasiado bien conocía las huellas de aquellas horribles pinzas, y aquella apariencia de ambigiiedad en la dirección que evocaba horrores que ninguna otra criatura sobre la tierra podría suscitar. No había siquiera la menor posibilidad de que hubiese incurrido en un desgraciado error. Delante de mí, en forma obetiva y seguramente dejadas no hacia muchas horas, había al menos tres huellas que destacaban ominosamente entre la sorprendente plétora de borrosas pisadas que iban venían de la granja de Akeley. ¡Eran las endemoniada huellas de los hongos vivientes de Yuggoth!

Me contuve a tiempo de evitar que saliera un grito de mi garganta. Después de todo, ¿que había allí que no esperase encontrar, en el supuesto de que hubiese creído realmente lo que Akeley decía en sus cartas? Ultimamente hablaba de hacer la paz con aquellos seres. ¿Qué de extraño había, pues, en que alguno fuera a visitarle? Pero el terror era más fuerte que cualquier intento por devolverme la confianza. ¿Cabe esperar de un hombre que permanezca impasible cuando ve por vez primera las huellas de unos seres animados procedentes de los abismos exteriores del espacio? En aquel preciso instante vi a Noyes que salía de la casa y se dirigía hacia mí con paso rápido. Me dije a mí mismo que debía controlarme, pues lo más probable era que tan cordial amigo no supiera nada de las asombrosas y trascendentales investigaciones de Akeley en el mundo de lo prohibido.

Akeley, Noyes se apresuró a comunicarme, se alegraba de mi llegada y quería yerme, aunque el ataque de asma que acababa de sufrir le imposibilitaría ser el anfitrión que hubiese deseado por espacio de uno o dos días. Aquellos ataques le afectaban mucho cuando le sobrevenían, y siempre iban acompañados de una fiebre que le dejaba postrado en cama y con una debilidad general. Apenas podía hacer nada mientras se encontraba en tal estado: sólo podía hablar en voz muy baja, y se encontraba muy torpe y débil para intentar moverse. Además, se le hinchaban los pies y los tobillos, hasta el punto de tener que vendárselos como si fuera un gotoso y grueso anciano. Aquel día se encontraba en bastante mal estado, por lo que me vería obligado a arreglármelas de momento como pudiera, si bien ardía en deseos de conversar conmigo. Le encontraría en su estudio, justo a la izquierda del vestíbulo; era la habitación con las cortinas echadas. Los ojos de Akeley eran muy sensibles y no podían soportar la luz del sol cuando estaba enfermo.

Al tiempo que Noyes se despedía de mí y se alejaba en su coche en dirección norte, comencé a andar con paso lento hacia la casa. La puerta estaba entreabierta para que yo pudiera pasar, pero antes de seguir adelante y entrar lancé una escrutadora mirada a mi alrededor, tratado de averiguar el por qué de la indescifrable y extraña sensación que experimentaba. Los cobertizos y heniles tenían un aspecto de lo más normal, y en uno amplio y desguarnecido pude ver el baqueteado Ford de Akeley. De repente, comprendí el secreto que se ocultaba tras aquella extraña sensación. Era el absoluto silencio que reinaba. Por lo general, en toda granja se oye cuando menos algún que otro ligero ruido producido por el ganado, pero en ésta no se percibía el menor signo de vida. ¿Dónde estaban las gallinas y los cerdos? Las vacas, de las que Akeley había dicho tener varias, podían encontrarse en los pastos, y los perros podían haber sido vendidos, pero la ausencia total de cloqueos y gruñidos resultaba ciertamente extraña.

Apenas me detuve en el sendero. Abrí resueltamente la puerta de la casa y la cerré detrás de mí. Confieso que me costó un gran esfuerzo mental hacerlo, y una vez dentro me invadió un instantáneo deseo de salir precipitadamente de allí. Y rio es que el lugar tuviese un aspecto siniestro a primera vista; muy al contrario, encontré sumamente atractivo y de buen gusto el encantador vestíbulo de finales del período colonial, y admiré el evidente buen gusto del hombre que lo había amueblado. Lo que me hacía desear alejarme de allí era algo muy enrarecido e indefinible. Quizá cierto extraño olor que creí percibir... aunque sé perfectamente hasta qué punto son normales los olores a humedad en las antiguas granjas, incluso en las mejores.

<p>VII</p>

Negándome a dejar que aquellas lóbregas sensaciones se apoderasen de mí, recordé las instrucciones de Noyes y abrí la blanca puerta de seis paneles con picaportes de bronce que había a mi izquierda. La habitación a la que daba estaba en penumbra tal como se me había indicado, y al entrar en ella advertí que el extraño olor era más intenso allí. Además, parecía como si flotara en el ambiente un leve y un tanto irreal ritmo o vibración. Por unos instantes, y debido a que las persianas estaban echadas, apenas pude ver nada, pero luego una tosecilla o murmullo amortiguado atrajo mi atención hacia un butac6n situado en el ángu1o más alejado y oscuro de la habitaci6n. En aquel lóbrego rincón pude ver la borrosa imagen blanquecina de la cara y manos de un hombre, y al instante me acerqué a saludar a aquella figura que trataba de hablarme. Aun cuando la luz era tenue, pude advertir que se trataba de mi anfitrión. Había examinado repetidas veces la fotografía, y no me cabía la menor duda acerca de la identidad de aquel robusto y curtido rostro de barba recortada y entrecana.

Pero al volver a mirar y reconocer a Akeley se apoderó de mi una sensación de tristeza y angustia, pues tenía todo el semblante de las personas muy enfermas. Sin duda, debía haber algo más que asma detrás de aquella rígida e inmóvil expresión, que reflejaba agotamiento, y de aquella impertérrita y vidriosa mirada. Me di perfecta cuenta de hasta qué punto le había afectado la tensión de sus tenebrosas experiencias. ¿Acaso no bastaban para destrozar la vida de cualquier ser humano, incluso de hombres más jóvenes que este intrépido explorador de mundos prohibidos? El extraño y repentino alivio, me temí, debió llegarle demasiado tarde como para librarle de aquella suerte de crisis total en que se hallaba sumido. Había algo digno de compasión en la forma fláccida e inerte de aquellas esqueléticas manos postradas sobre el regazo. Akeley llevaba encima un amplio batín, y se cubría la cabeza y la parte superior del cuello con una bufanda o caperuza de color amarillo vivo.

Y luego vi que trataba de hablar en el mismo tono susurrante y entrecortado con que me había recibido. Era un susurro difícil de captar al principio, pues el bigote entrecano hacía imposible ver los movimientos de sus labios, y al mismo tiempo había algo en el timbre de su voz que no me agradaba en absoluto; pero, concentrando la atención, pronto pude entender sorprendentemente bien lo que intentaba decirme. El acento distaba mucho de ser el de un hombre del campo, y su expresión era incluso más refinada de la que cabía esperar por la correspondencia mantenida.

«¿Mr. Wilmarth, supongo? Disculpe que no me levante Me encuentro muy mal, como sabrá por Mr. Noyes, pero ello no era óbice para que usted viniera. ¿Recuerda lo que le dije en la última carta? ¡Tengo tantísimas cosas que decirle mañana cuando me encuentre mejor! No puede imaginarse cuánto me alegro de verle en persona, después de todas las cartas que nos hemos cruzado. Supongo que habrá traído toda la correspondencia ¿no? ¿Y las fotografías kodak y grabaciones? Noyes dejó su maleta en el vestíbulo.., espero que la viera allí. Pues esta noche me temo que tendrá que arreglárselas por sí mismo. Su habitación está en el piso de arriba —es justo la que hay encima de ésta— y al final de la escalera verá el cuarto de baño con la puerta abierta. En el comedor —saliendo de este cuarto a la derecha— hay una comida esperándole cuando usted guste. Mañana haré mejor las veces de anfitrión, pero ahora no puedo hacer nada a causa de esta dolencia que sufro.

«Siéntase como si estuviera en su casa... Lo mejor será que saque las cartas, fotografías y grabaciones y las ponga encima de la mesa antes de subir el equipaje a su habitación. Aquí hablaremos de todo ello... en aquel estante del rincón puede ver un fonógrafo.

«No, gracias... no puede ayudarme. Estoy acostumbrado desde hace mucho a estos ataques. Baje a yerme un momento antes de que anochezca, y luego vaya a acostarse cuando guste. Yo me quedaré donde estoy... quizá pase aquí la noche, como suelo hacer con frecuencia. Por la mañana me sentiré con muchas más fuerzas para hablar de las cosas que debemos tratar. Espero que se dé perfecta cuenta de la naturaleza increíblemente fascinante de todo este asunto. Ante nosotros, como ha sucedido con muy pocos más hombres sobre la tierra, se abrirán inmensas simas de tiempo, espacio y conocimientos que sobrepasan cualquier límite de la ciencia y filosofía humanas.

«¿Sabía que Einstein está equivocado, y que ciertas fuerzas y objetos pueden moverse a una velocidad superior a la de la luz? Con la ayuda debida, espero retroceder y avanzar en el tiempo, y ver y sentir la tierra en el pasado remoto y en futuras épocas. No puede imaginarse el nivel científico que han alcanzado estos seres. No hay nada que no puedan hacer con la mente y el cuerpo de los organismos vivos. Espero visitar otros planetas, e incluso otras estrellas y galaxias. El primer viaje será a Yuggoth, el planeta más cercano en que habitan los seres. Es una extraña y oscura esfera en el límite mismo de nuestro sistema solar, aún desconocido para los astrónomos de la Tierra. Pero... creo que ya le he dicho algo anteriormente al respecto. En el momento oportuno, los seres nos enviarán corrientes mentales, gracias a las cuales podremos descubrir Yuggoth... si bien es posible también que uno de sus aliados humanos dé una pista a los científicos.

«En Yuggoth hay inmensas ciudades... interminables hileras de torres construidas en terrazas de piedra negra, como la muestra que traté de enviarle. Procedía de Yuggoth. La luz del sol no es más fuerte que la de una estrella, pero los seres no precisan luz. Poseen otros sentidos más sutiles, y en sus mansiones y templos no hay ventanas. La luz incluso les hiere, molesta y entorpece sus movimientos, pues no existe la menor traza de ella en el oscuro cosmos allende el tiempo y el espacio del que son originarios. Bastaría una visita a Yuggoth para volver loco a un hombre débil... pero yo voy a ir allá. Los ríos negros de alquitrán que discurren bajo esos misteriosos puentes ciclópeos —obra de una antigua raza extinguida y olvidada antes de que los seres llegaran a Yuggoth procedentes de los últimos vacíos—, debieran bastar para hacer un Dante o un Poe de cualquier hombre.., si conserva el juicio el tiempo suficiente para contar lo que ha visto.

«Pero recuerde: no hay nada de terrible en ese oscuro mundo de jardines fungiformes y ciudades sin ventanas... aunque así nos lo parezca a nosotros. Probablemente nuestro mundo les pareció igual de terrible a los seres cuando lo exploraron por vez primera en épocas remotas. Como sabe, ya estaban aquí mucho antes de que llegara a su fin el fabuloso período de Cthulhu, y recuerdan lo que le. sucedió al sumergido R’lyeh cuando surgió de entre las aguas. Han estado en el interior de la tierra —hay hendiduras de las que nada saben los seres humanos..., algunas de ellas bajo estas mismas montañas de Vermont— y en los grandes mundos de misteriosa vida que hay bajo nosotros: el azulado K’u-yan, el roji*zo Yoth y el negro y tenebroso N’kai. De N’kai vino el terrible Tsathoggua... ya sabe, la amorfa y repelente deidad que se menciona en los Pnakotic manuscripts, en el Necronomicón y en el ciclo mitológico de Commoriom conservado por Klarkash-Ton, sumo sacerdote de los atlantes.

«Pero ya tendremos tiempo de hablar de todo esto. Deben ser ya las cuatro o las cinco. Será mejor que saque las cosas de su equipaje, coma algo y regrese luego para que hablemos con más calma».

Muy lentamente di la vuelta y empecé a obedecer a mi anfitrión: cogí la maleta, saqué los objetos que precisaba y los puse encima de la mesa, y, finalmente, subí a la habitación que me habían asignado. Con el recuerdo presente de aquella huella reciente a orillas de la carretera, las palabras musitadas por Akeley dejaron en mí una extraña sensación, y las insinuaciones de familiaridad con aquel mundo de vida Lungiforme —el prohibido Yuggoth— me hizo estremecer más de lo que podía imaginar. Me preocupaba muchísimo la enfermedad de Akeley, pero debo confesar que su ronco susurro tenía algo de repugnante a la vez que de digno de compasión. ¡Si al menos no hubiera experimentado tan siniestro placer respecto a Yuggoth y sus tenebrosos secretos!

Mi habitación era muy confortable y estaba bien amueblada, sin el menor olor a humedad ni molestas vibraciones. Tras dejar la maleta, volví a bajar para saludar a Akeley y comer lo que me había preparado. El comedor estaba pasado el estudio, y siguiendo en la misma dirección pude ver un ala de la cocina. Sobre la mesa del comedor me estaba esperando un extenso surtido de sandwiches, dulces y quesos; un termo colocado junto a un platillo y una taza eran buena prueba de que no se había olvidado el café caliente. Tras un reconfortante refrigerio me serví una buena taza de café, pero desgraciadamente el café no se encontraba a la altura de la cocina que había degustado. Al primer sorbo percibí un sabor desagradablemente acre, así que no tomé más. Durante la comida no pude dejar de pensar en Akeley sentado en silencio en el butacón de la oscura habitación contigua. Una vez fui a rogarle que compartiera conmigo aquellos alimentos, pero en voz baja me dijo que aún no podía comer nada. Más tarde, antes de dormirse, tomaría algo de leche con malta: lo único que podía ingerir en todo el día.

Después de comer, me puse a limpiar la mesa y lavar los platos en la pila de la cocina.., al tiempo que vaciaba el café que no había sabido apreciar. Luego, volviendo al lóbrego estudio acerqué una silla al rincón donde se encontraba mi anfitrión y me dispuse a seguir una conversación sobre el tema que él quisiera proponer. Las cartas, fotografías y grabación seguían aún encima de la gran mesa, pero por el momento no las necesitábamos. Al cabo de un rato, había incluso olvidado el extraño olor y las curiosas sensaciones vibratorias.

Como ya dije antes, había cosas en algunas de las cartas de Akeley —sobre todo en la segunda y más voluminosa— que no me atrevía a mencionar, ni siquiera a expresar en palabras sobre el papel. Esta duda se aplica aún con más fuerza a lo que, en un tono susurrante, oí aquel atardecer en aquella oscura habitación entre las solitarias montañas encantadas. Ni siquiera me atrevo a insinuar hasta dónde le aban los horrores cósmicos que aquella ronca voz me ponía al descubierto. Akeley conocía cosas espeluznantes con anterioridad, pero lo que descubrió desde que firmó el pacto con los Seres Exteriores sobrepasaba con mucho lo que una mente en su sano juicio puede soportar. Incluso ahora me resisto en redondo a creer lo que me contó sobre la constitución del infinito elemental, la yuxtaposición de las dimensiones y la espantosa situación de nuestro cosmos conocido de espacio y tiempo en la interminable cadena de cosmos-átomos que configura el inmediato supercosmos de curvas, ángulos y organización electrónica material y semimaterial.

Jamás estuvo un hombre en sus cabales más peligrosamente cerca de los arcanos de la sustancia originaria... jamás un cerebro orgánico estuvo más cerca de la total desintegración en el caos que trasciende toda forma, fuerza y simetría. Me enteré de dónde vino originariamente Cthulhu, y del motivo por el que la mitad de las grandes estrellas temporales de la historia habían seguido resplandeciendo. Intuí —por las veladas alusiones que incluso hacían interrumpirse temerosamente a mi interlocutor— el secreto existente tras las Nubes Magallánicas y las nebulosas globulares, y la siniestra verdad que ocultaba la inmemorial alegoría del Tao. La naturaleza de los Doels me fue expuesta claramente, y se me informó de la esencia (aunque no del origen) de los Sabuesos de Tindalos. La leyenda de Yig, Padre de las Serpientes, dejó de ser para mí algo figurado, y experimenté una cierta aversión cuando se me puso al corriente del horripilante caos nuclear existente allende el espacio angular que el Necronomicón había benignamente encubierto bajo el nombre de Azathoth. Resultaba sorprendente desentrañar las más espeluznantes pesadillas de los secretos mitos en términos concretos, cuya desnuda y morbosa malevolencia sobrepasaba las más atrevidas insinuaciones de la mística antigua y medieval. Llegué a la inevitable conclusión de que los primeros que hicieron alusión a tan execrables historias debían estar en contacto con los Exteriores de Akeley, y hasta era posible que hubiesen visitado algún reino cósmico exterior, tal como Akeley se proponía hacer.

Se me habló de la Piedra Negra y de lo que significaba, y me alegré sinceramente de que no hubiera llegado a mis manos. ¡Mis elucubraciones acerca de aquellos jeroglíficos se confirmaron en su totalidad! No obstante, Akeley parecía haberse reconciliado con todo aquel diabólico sistema contra el que tan arduamente había combatido..., reconciliado a la vez que decidido a proseguir sus investigaciones en aquellas abismales simas. Me pregunté con qué seres habría hablado desde la última carta que me escribió, y si serían tan humanos como aquel primer emisario que mencionó. La tensión a que me veía sometido llegó a hacerse insoportable, y elaboré toda clase de absurdas teorías sobre aquel extraño y persistente olor y aquellas sensaciones vibratorias de la lóbrega estancia que no me abandonaban.

Empezaba a oscurecer, y al recordar lo que Akeley me dijo sobre aquellas primeras noches me estremecí sólo de pensar que no habría luna. Además, no me gustaba nada el emplazamiento de la granja al socaire de aquella imponente y frondosa ladera que conducía a la no hollada cima de Dark Mountain. Con permiso de Akeley, encendí una lamparilla de petróleo, bajé la mecha y la coloqué sobre una estantería algo alejada junto al espectral busto de Milton. Al cabo de un rato lo lamenté pues daba al terso e inmóvil rostro y manos inertes de mi anfitrión una horrible apariencia, como si de algo anormal y cadavérico se tratara. Daba la impresión de que no pudiera hacer movimiento alguno, aunque le vi cabecear rígidamente de vez en cuando.

Después de todo lo que me había contado, se me hacia difícil imaginar qué secretos más arcanos pensaría guardarme para el día siguiente, pero a la postre me enteré de que hablaríamos de su viaje a Yuggoth y a otros mundos más lejanos... y de mi posible participación en el mismo. Debió divertirle el respingo de sobresalto que di al oír hablar de mi participación en un viaje cósmico, pues su cabeza se agitó violentamente ante mi expresión de horror. A continuación, me habló en un tono extremadamente delicado de cómo los seres humanos pueden efectuar —cosa que él ya había hecho en varias ocasiones—, aunque parezca increíble, vuelos por el espacio interestelar. Por lo visto, el viaje no lo hacia todo el cuerpo humano: los Exteriores —gracias a sus prodigiosos adelantos en los campos de la cirugía, biología, química e ingeniería— habían encontrado la forma de que sólo viajara el cerebro humano, sin su estructura física concomitante.

Los seres se valían de un procedimiento inofensivo para extraer el cerebro y conservar con vida el resto del organismo durante su ausencia. La desnuda y compacta masa encefálica se sumergía en un líquido que se cambiaba de vez en cuando y se alojaba dentro de un cilindro al vacío, hecho de un metal extraído en las minas de Yuggoth, que estaba conectado a través de unos electrodos a una serie de sofisticados instrumentos capaces de duplicar las tres facultades vitales, a saber, vista, oído y habla. Para aquellos seres fungiformes y alados no era problema alguno transportar, sin el menor riesgo, cerebros envasados a través de los espacios siderales. En cada planeta al que se extienda su civilización encontrarán un sinfín de instrumentos adaptables que pueden conectarse a los cerebros así envasados. Así pues, basta con unas mínimas adaptaciones para que las inteligencias viajeras puedan disfrutar de una vida sensorial y articulada plena —aunque incorpórea y mecánica— en cada etapa de su viajar por y allende el continuo espacio-tiempo. Era algo tan sencillo como si uno llevara siempre consigo una grabación y la escuchara allí donde hubiera un fonógrafo en el que reproduciría. De sus buenos resultados no cabía la menor duda. Akeley no albergaba ningún temor. ¿Acaso no se había realizado con éxito en repetidas ocasiones?

Por vez primera, una de las inertes y marchitas manos se alzó y apuntó rígidamente a un estante alto que había en la pared más alejada de la estancia. Allí, perfectamente alineados, podían verse más de una docena de cilindros de un metal que no había visto hasta entonces: cilindros de aproximadamente un pie de altura y algo menos de diámetro, con tres curiosos enchufes dispuestos en forma de triángulos isósceles sobre la convexa superficie de cada uno de ellos. Uno de los cilindros tenía dos de los enchufes conectados a un par de máquinas de singular apariencia que se divisaban al fondo. No hizo falta que me explicaran su finalidad, pues al instante un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Luego vi que la mano apuntaba a un rincón más próximo en donde podían verse amontonados varios intrincados instrumentos provistos de cables y enchufes, algunos de los cuales guardaban un extraordinario parecido con los dos dispositivos que había detrás de los cilindros.

«Aquí hay cuatro clases de instrumentos, Wilmarth», susurró la voz. «Cuatro clases, a tres facultades cada una, hacen un total de doce piezas. En esos cilindros que se ven ahí se hallan representadas cuatro clases distintas de seres. Tres hombres, seis seres fungiformes que no pueden navegar corporalmente por el espacio, dos seres de Neptuno (¡Dios mío! ¡Si pudiera ver usted el cuerpo que tienen en su planeta...!), y, el resto, entes procedentes de las cavernas centrales de una estrella sin brillo y particularmente interesante situada allende los confines de la galaxia. En el puesto principal de observación, en el interior de Round Hill, no es difícil ver desperdigados más cilindros y máquinas: cilindros de cerebros extra-cósmicos con otros sentidos de los que conocemos —que hacen de aliados y exploradores del Exterior más remoto—, y máquinas especiales que les transmiten impresiones y les facultan la expresión del modo más conveniente para ellos y para su comprensión por parte de los diversos tipos de oyentes. Round Hill, al igual que casi todos los puestos de observación importantes que tienen los seres en los diferentes universos, es un lugar muy cosmopolita. Naturalmente, a mí sólo me han cedido, los tipos más corrientes para mis experimentos.

«Mire... coja las tres máquinas que le señalo y póngalas encima de la mesa. Aquella más alta con las dos lentes de cristal en la cara anterior.., luego la caja con los tubos en vacío y la caja de resonancia... y, por último, la que tiene el disco metálico encima. Ahora, coja el cilindro que lleva pegada la etiqueta ‘B-67’. Súbase a esa silla estilo Windsor para alcanzarlo. ¿Pesado? Vamos, ¡un esfuerzo! Compruebe el número: B-67. No toque el cilindro nuevo y resplandeciente conectado a los dos instrumentos de ensayo... el que lleva mi nombre. Coloque el B-67 sobre la mesa donde ha puesto las máquinas.., y con pruebe que los interruptores de las tres máquinas están girados todo lo que dan de sí a la izquierda.

«Ahora, conecte el cable de la máquina con las lentes al enchufe superior del cilindro... ¡Eso es! Conecte la máquina con los tubos al enchufe inferior izquierdo, y el aparato con el disco al otro enchufe. Ahora gire todo lo que pueda a la derecha los interruptores de las máquinas.., primero la de las lentes, luego la del disco, y, por último, la de los tubos. ¡Perfecto! Le adelanto que se trata de un ser humano... igual que cualquiera de nosotros. Mañana podrá oír alguno de los otros».

Aún hoy no sé por qué obedecí tan servilmente aquella susurrante voz, ni si se me pasó por la cabeza preguntarme si Akeley estaría loco o cuerdo. Después de todo lo que había pasado, nada podía extrañarme. Pero aquellos artilugios se asemejaban tanto a las extravagantes creaciones propias de inventores y científicos chiflados, que hicieron vibrar en mi una cuerda de duda que ni siquiera la anterior disertación había pulsado. Lo que aquel ser que tenía ante mi quería dar a entender traspasaba los limites de la credulidad humana, pero ¿acaso no eran las otras cosas aún más absurdas, y si resultaban menos descabelladas ello se debía únicamente a la imposibilidad de recurrir a toda prueba tangible y concreta?

Mientras mi cerebro no cesaba de dar vueltas en medio de aquel maremagnum, llegó a mis oídos un estridente chirrido procedente de las tres máquinas conectadas al cilindro, un chirrido que pronto remitió hasta acabar prácticamente en un silencio total. ¿Qué ocurriría? ¿Iba a escuchar una voz? Y, en tal caso, ¿qué pruebas había de que no se trataba de un dispositivo de radio ingeniosamente ideado a través del cual hablaba un oculto locutor que nos observaba de cerca? Incluso hoy no me atrevería a jurar lo que oi o, simplemente, qué es lo que realmente sucedió en mi presencia. Pero lo que es seguro es que algo acaeció allí.

Por decirlo en breves y sencillas palabras: la máquina con los tubos y la caja sonora se puso a hablar, de modo tal que no cabía la menor duda de que el locutor se encontraba efectivamente allí y nos observaba. Era una voz recia, metálica, inexpresiva y totalmente mecánica. Carecía de toda modulación o expresividad, pero traqueteaba y chirriaba con una precisión y deliberación implacables.

«Mr. Wilmarth», dijo la voz, «espero no asustarle. Soy un ser humano igual que usted, aunque mi cuerpo se encuentra ahora descansando y a buen recaudo, sometido a un eficaz tratamiento vitalizador, en Round Hill, a milla y media en dirección este de aquí. Estoy con usted: mi cerebro está en el interior de ese cilindro, y veo, oigo y hablo a través de esos vibradores electrónicos. Dentro de una semana voy a atravesar el vacío, al igual que ya he hecho en muchas otras ocasiones, y espero poder disfrutar de la compañía de Mr. Akeley. Me gustaría también que usted nos acompañara. Le conozco de vista y de oídas, y he seguido muy de cerca su correspondencia con nuestro común amigo Akeley. Soy uno de los hombres que se han aliado a los seres del exterior que se hallan de visita en nuestro planeta. Los conocí en el Himalaya, y desde entonces he procurado ayudarles. A cambio, ello me ha permitido vivir experiencias que pocos hombres han podido disfrutar.

«¿Se da usted cuenta de lo que significa cuando digo que he estado en treinta y siete diferentes cuerpos celestes —planetas, estrellas apagadas y otros objetos menos definibles— ocho de los cuales no pertenecen a nuestra galaxia y dos se hallan fuera del cosmos circular de espacio y tiempo? ¡Y no he sufrido el menor daño! Me han extraído el cerebro del cuerpo por medio de unas fisuras ejecutadas con tal destreza que sería tosco calificar de operación quirúrgica. Los seres que nos visitan disponen de métodos que hacen estas extracciones sencillas y casi podría decirse que algo habitual, y el cuerpo no envejece cuando el cerebro se desprende de él. El cerebro, debo añadir, es prácticamente inmortal conservando sus facultades mecánicas y bastándole con una limitada dosis alimenticia que se administra mediante cambios intermitentes del liquido protector.

«En suma, deseo de todo corazón que se decida y nos acompañe a Mr. Akeley y a mí. Los seres que nos visitan están muy interesados en conocer a hombres cultos como usted para hablarles de los grandes abismos que la mayoría de nosotros hemos imaginado en nuestra supina ignorancia. Puede que al principio le parezcan extraños, pero estoy seguro de que esa impresión se le pasará enseguida. Creo que también vendrá Mr. Noyes... el hombre que debió traerle hasta aquí en automóvil. Desde hace años es uno de los nuestros: supongo que habrá reconocido su voz, pues es una de las que se oyen en la grabación que le envió Mr. Akeley».

Ante mi violento sobresalto, el locutor tomó un respiro un momento antes de finalizar.

«Así pues, Mr. Wilmarth, a usted le toca decidir. Permítame únicamente añadirle que un hombre con su extraordinaria afición por los temas de lo desconocido y el folklore no debiera jamás perder la oportunidad que ahora se le brinda. No hay nada que temer. Todas las transiciones son sin dolor, y hay mucho de qué disfrutar en un estado de sensación totalmente mecanizado. Cuando se desconectan los electrodos, uno queda simplemente sumido en un estado de sopor y le invaden sueños de singular intensidad y fantasía.

«Y ahora, si le parece bien, podemos levantar la sesión hasta mañana. Buenas noches... Haga girar todos los interruptores hacia la izquierda, hasta dejarlos donde estaban; da lo mismo el orden en que lo haga, aunque puede dejar para el final la máquina de las lentes. Buenas noches, Mr. Akeley. ¡Trate bien a nuestro huésped! ¿ Listo para cerrar los interruptores?».

Eso fue todo. Obedecí mecánicamente y cerré los tres interruptores, aunque no salía de mi estupor ante lo que acababa de presenciar. La cabeza me seguía dando vueltas al tiempo que oía la susurrante voz de Akeley diciendo que dejara tal como estaba todo el instrumental que había encima de la mesa. No hizo ningún comentario al respecto, aunque poco hubiera importado porque tenía embotadas mis facultades mentales. Le oí decirme que podía llevarme la lámpara a mi habitación, de lo que deduje que deseaba quedarse solo a oscuras. Sin duda, quería descansar, pues su disertación a lo largo de la tarde habría bastado para agotar a hombres incluso mejor dotados físicamente. Aun sin salir de mi aturdimiento, di las buenas noches a mi anfitrión y subí a mi habitación con la lámpara, aunque llevaba conmigo una excelente linterna.

Me alegré de salir de aquel estudio con tan extraño olor e indefinidas sensaciones vibratorias, pero no logré evitar una estremecedora sensación de temor, amenaza y anomalía cósmica al pensar en el lugar en que me encontraba. Aquella desolada y despoblada comarca, aquella sombría y misteriosamente frondosa ladera montañosa que se erguía justo detrás de la casa, aquellas huellas del camino, aquel susurrador enfermizo e inmóvil en la penumbra, aquellos infernales cilindros y máquinas, y, por encima de todo, aquella invitación a participar en la increíble operación quirúrgica y en los aún más increíbles viajes..., todo ello, tan nuevo y en tan rápida sucesión, se vino de tal modo encima de mí que me arrebató mi voluntad y casi me dejó sin recursos físicos.

El descubrimiento de que mi guía Noyes era el celebrante humano de aquel monstruoso aquelarre recogido en la grabación fono gráfica me produjo una tremenda impresión; aunque ya a ía creído percibir una lóbrega y repulsiva familiaridad en su voz. Otra impresión digna de reseñar era la que me producía mi actitud hacia mi anfitrión siempre que me detenía a analizarla; por más que hasta entonces había experimentado una instintiva atracción hacia Akeley, como se desprendía de la correspondencia que habíamos cruzado, ahora descubría que me inspiraba una marcada aversión. Su enfermedad debería haber despertado un sentimiento de compasión en mí, pero, por el contrario, me producía una especie de escalofrío. Tenía un semblante tan rígido, inerte y cadavérico... ¡Y aquel incesante susurro resultaba tan insoportable e inhumano!

Aquel susurro me pareció completamente distinto de cualquier otro hasta entonces oído. A pesar de la curiosa inmovilidad de los labios del orador, cubiertos por un poblado bigote, tenía una indudable fuerza y poder de atracción, más digno aún de destacar si se tiene en cuenta que se trataba de un asmático. Logré entender perfectamente lo que decía desde el otro extremo de la habitación, y una o dos veces me pareció que los débiles pero penetrantes sonidos no significaban tanto debilidad como deliberada contención.., las razones de lo cual francamente ignoraba. Desde el primer momento percibí algo que no me gustaba nada en el timbre de su voz. Ahora, al pasar revista a todo lo que me había llevado hasta allí, creí poder identificar tal impresión con una especie de familiaridad inconsciente como la siniestra sensación que sentí al oír por vez primera la siniestra voz de Noyes. Pero no sabría decir cuándo o dónde me había tropezado con lo que me traía a la memoria.

Una cosa era cierta: no pasaría una sola noche más en aquel lugar. Mi fervor científico se había disipado por completo entre el miedo y una cierta sensación de repugnancia, y lo único que deseaba era salir cuanto antes de aquel antro de morbosidad y monstruosas revelaciones. Ya sabia lo suficiente. Sin duda, debía ser cierto todo aquello de extrañas conexiones cósmicas... pero era algo en lo que cualquier ser humano normal no tiene por qué meterse.

Me parecía estar rodeado de diabólicas influencias que trataban de sofocar mis sentidos. No cabía ni plantearse la posibilidad de intentar dormir, pensé; así que me limité a apagar la lámpara y, sin desvestirme, me dejé caer sobre la cama. Sin duda era una precaución absurda, pero estaba listo en caso de que se presentase una contingencia inesperada: en la mano derecha tenía el revólver que había traído conmigo, y en la izquierda la linterna de bolsillo. Ni el menor sonido venia de abajo, en donde me imaginaba a mi anfitrión sentado en medio de las tinieblas y con aquella rigidez cadavérica con que me recibió.

Hasta mí llegó el tic-tac de un reloj de pared, y la normalidad del sonido me produjo una especie de sosiego. Pero también me recordó otra peculiaridad que me sorprendió mientras viajaba por la comarca: la total ausencia de vida animal. No había animales domésticos en la granja, y ahora me percataba de que ni siquiera se oían los habituales ruidos nocturnos de la fauna silvestre. Salvo por el siniestro rumor de algún que otro lejano arroyo, aquella quietud resultaba anómala... propia de los espacios siderales... y me pregunté qué intangible infortunio astral se cernía sobre la comarca. Recordé que en las antiguas leyendas los perros y otros animales habían repelido siempre la presencia de los Exteriores, y pensé en qué podrían significar aquellas huellas que se veían en el camino.

<p>VIII</p>

No me pregunten cuánto duró mi inesperado adormecimiento, ni lo que de puro sueño hubo en lo que aconteció después. Si les dijera que me desperté a determinada hora y que pude oir y ver ciertas cosas insospechadas, ustedes se limitarían a decirme que no era cierto, que no me había despertado; que todo fue un sueño hasta el momento en que sa i corriendo de la casa, me dirigí dando tumbos al cobertizo donde había visto el antiguo Ford y emprendí una enloquecida carrera sin rumbo fijo en el veterano vehículo por aquella hechizada comarca montañosa, hasta llegar —tras horas de continuo traquetear y sortear curvas por siniestros laberintos cubiertos de bosques— a un pueblo que resultó ser Townshend.

Tampoco me extrañaría lo más mínimo que pusieran en duda el resto de mi relato, y dijeran que todas las fotografías, grabaciones, sonidos de máquinas y cilindros y otras pruebas por el estilo, no eran sino retazos de la superchería de que me hizo víctima el desaparecido Henry Akeley. Hasta incluso es posible que piensen que Akeley se puso de acuerdo con otros tipos tan estrafalarios como él para urdir la absurda y retorcida patraña siguiente; interceptar el paquete echado al correo en Keene, y hacer grabar a Noyes aquel horripilante cilindro de cera. Con todo, resulta raro que no se haya identificado aún a Noyes, y que no le conociera nadie en los pueblos cercanos a la granja de Akeley, aunque, al parecer, iba con frecuencia por la comarca. Me gustaría haber retenido en la memoria la matrícula de su coche... quizás haya sido mejor así después de todo. Pues, a pesar de lo que digan los demás y a pesar de todo lo que a veces trato de decirme yo, sé positivamente que abominables influencias del exterior deben encontrarse aún al acecho en aquellas enigmáticas montañas... y que cuentan con espías y emisarios entre los hombres. Mantenerme a la mayor distancia posible de tales influencias y emisarios es todo lo que pido de la vida en adelante.

Cuando el sheriff oyó mi increíble historia, envió un grupo de hombres armados a la granja... pero Akeley se había ido ya sin dejar el menor rastro. Su holgado batín, la bufanda amarilla y las vendas para los pies estaban tirados en el suelo del estudio, cerca del sillón de la esquina, y no pudo averiguarse si el resto de su ropa se había esfumado con él. Los perros y el ganado hablan desaparecido también, y en la fachada de la casa y en alguna de las paredes interiores podían apreciarse extraños agujeros causados por proyectiles. Pero, por lo demás, no se observaba nada anormal. Ni cilindros, ni máquinas, ni las pruebas que había traído yo en mi maleta, ni ningún extraño olor o sensación vibratoria, ni huellas en el camino, ni ninguno de los objetos que acerté a ver en el último momento.

Tras mi precipitada fuga, me quedé una semana en Brattleboro interrogando a todos cuantos conocían a Akeley. Los resultados de mi investigación me convencieron de que todo aquello no había sido una invención ni un sueño. Las extrañas compras de perros, munición y productos químicos que hizo Akeley, así como el corte del cable telefónico, eran hechos incontestables; y todos los que le conocían —incluso su hijo de California— admitían que sus ocasionales referencias a estudios esotéricos tenían cierta consistencia. En opinión de los ciudadanos de pro, Akeley estaba loco, y unánimemente sostenían que todas las pruebas no eran sino meras patrañas ingeniadas con malsana astucia e inspiradas quizá por algún estrafalario cómplice; pero las gentes sencillas del campo creían firmemente en lo que decía. Akeley había enseñado a algunos campesinos las fotografías y la piedra negra y les había puesto para que la escucharan aquella horrible grabación, y sin excepción alguna encontraban las huellas y la susurrante voz semejantes a las descritas en las leyendas ancestrales.

Decían, igualmente, que desde que encontró la piedra se habían advertido visiones y sonidos sospechosos en torno a la casa de Akeley, por eso todo el mundo evitaba pasar ahora por el lugar, salvo el cartero y alguna que otra persona no fácilmente impresionable. Tanto Dark Mountain como Round Hill eran tradicionalmente considerados lugares encantados, y no logré encontrar a nadie que los hubiera explorado a fondo. A lo largo de la historia de la comarca había testimonios de desapariciones misteriosas, como la del semivagabundo Walter Brown, a quien Akeley mencionaba en sus cartas. Incluso me tropecé con un granjero que creía haber visto a uno de aquellos extaños cuerpos descender por el desbordado West River cuando las riadas, pero su testimonio era demasiado contradictorio para tomarlo en consideración.

Cuando me marché de Brattleboro me prometí no volver más a Vermont, y estaba completamente seguro de que cumpliría mi palabra. Aquellas desoladas montañas eran sin duda el puesto de observación de una espantosa raza cósmica... y mis dudas perdieron consistencia al leer que se había localizado un noveno planeta más allá de Neptuno, tal como aquellos seres habían adelantado. Los astrónomos, con una implacable propiedad que estaban lejos de sospechar, lo denominaron «Plutón». Yo estoy convencido de que se trata nada menos que del nocturnal Yuggoth... y un escalofrío se apodera de mí cuando trato de imaginarme el verdadero motivo por el que sus monstruosos habitantes deseaban que se les conociera por tal nombre en aquellos momentos. En vano trato de convencerme de que estas diabólicas criaturas no están planeando poco a poco realizar actos contra la seguridad de la tierra y de sus habitantes humanos.

Pero aún tengo que contar el final de aquella espantosa noche en la granja de Akeley. Como he dicho, finalmente me quedé sumido en un sopor algo agitado, un sueño lleno de pesadillas en que vislumbraba monstruosos paisajes. No podría precisar qué es lo que me despertó, pero sí decir que me desperté llegado a este punto. Lo primero que oí vagamente fue el amortiguado crujir de la tarima del rellano junto a mi puerta, y alguien que manipulaba desmañadamente y con sigilo en el picaporte. Empero, el ruido cesó casi al instante, así que en realidad mis primeras impresiones fueron unas voces en el estudio situado debajo de mi cuarto. Los que hablaban eran varios, y me pareció que estaban enzarzados en una discusión.

Unos segundos después estaba despierto del todo, ya que la naturaleza de aquellas voces era tal que resultaba absurda toda idea de volver a conciliar el sueño. El tono de las voces era de lo más variopinto, y nadie que hubiera escuchado aquella endiablada grabación fonográfica podía albergar la menor duda acerca de al menos dos de ellas. Por muy horrible que fuese la idea, comprendí que me encontraba bajo el mismo techo que unos desconocidos seres procedentes de los espacios abismales, pues aquellas dos voces eran, sin ningún género de duda, los diabólicos susurros que utilizan los Seres Exteriores cuando se comunican con los hombres. Las dos voces eran completamente distintas —diferían en timbre, acento e intensidad— pero ambas se caracterizaban por el mismo tono estremecedor.

La tercera voz era, sin duda, la de una de aquellas máquinas parlantes conectadas a uno de los cerebros envasados en los cilindros. Tan convencido estaba de ello como de los susurros pues la voz recia, metálica y apagada que había oído la tarde anterior, con sus chirridos y traqueteo sin inflexiones ni matiz alguno, y aquella precisión y ponderación impersonales, resultaban de todo punto inolvidables. En un primer momento no me detuve a preguntarme si la inteligencia que había detrás de aquel chirrido era idéntica a la que me había hablado a mí; pero no tardé en reflexionar que cualquier cerebro podría emitir sonidos vocales parecidos a aquellos si se lo conectaba al mismo aparato emisor de palabras, con las únicas diferencias del idioma, ritmo, velocidad y forma de pronunciación. Completando aquel espectral coloquio podían oírse dos voces humanas: una el habla tosca de un desconocido que tenía todas las trazas de un campesino, y la otra tenía el suave acento bostoniano del que fuera mi guía Noyes.

Mientras trataba de captar las palabras que de modo tan frustrante interceptaba la gruesa tarima, oí un montón de chirridos, traqueteos y ruidos producidos por algo que se movía en el cuarto de abajo así que forzosamente saqué la conclusión de que estaba lleno de seres vivos, en número muy superior a los pocos cuya voz podía identificar. La naturaleza exacta de aquellos ruidos resulta extremadamente difícil de describir, pues apenas se cuenta con elementos de comparación fiables. Los objetos parecían moverse de cuando en cuando en la habitación como si de seres conscientes se tratase; el sonido de sus pisadas se asemejaba al de un chapaleo intermitente sobre algo duro, como si los pies avanzaran por superficies irregulares de asta de toro o caucho resistente. Era, para utilizar una comparación más gráfica pero menos precisa, como si personas calzadas con zuecos sueltos y astillados arrastraran y traquetearan los pies por la barnizada tarima. Preferí no especular sobre la naturaleza y aspecto físico de los autores de aquellos sonidos.

No tardé en comprender que cualquier intento por captar una conversación coherente se vería abocado al más irremediable fracaso. Palabras sueltas —entre las que distinguí el nombre de Akeley y el mío— llegaban de vez en cuando a mis oídos, sobre todo cuando hablaba la máquina emisora de palabras, pero su verdadero significado se me escapaba debido a la falta de un contexto donde encajarías. Aún hoy me niego a extraer conclusiones definitivas de aquellas palabras, aun cuando el terrible impacto que me causaron tuvo más de sugeridor que de revelador. De lo que estaba convencido era de que justo debajo de mí se hallaba reunido un terrible y monstruoso cónclave, pero no sabría decir el motivo de sus espeluznantes deliberaciones. Resultaba extraño que me invadiera semejante sensación preñada de imágenes incuestionablemente malignas y monstruosas, a pesar de las garantías que me había dado Akeley sobre la cordialidad de los Exteriores.

Tras una paciente escucha comencé a distinguir claramente las voces, si bien apenas podía entender lo que decían. Detrás de algunos de los que hablaban me pareció captar ciertos rasgos temperamentales. Una de las voces susurrantes, por ejemplo tenía un indiscutible tono autoritario; mientras que la voz metálica, a pesar de su artificiosa estridencia y regularidad, parecía hallarse en una situación subordinada e implorante. La voz de Noyes rezumaba un tono conciliador, en tanto que las otras me fue imposible interpretarlas. No oí el ya familiar susurro de Akeley, pero sabia perfectamente que su voz no podía en modo alguno traspasar la gruesa tarima del suelo de mi habitación.

Trataré de reproducir a continuación algunas de las inconexas palabras y sonidos que llegaron hasta mí, identificando, lo mejor que pueda, a quienes las pronunciaban. Las primeras frases mínimamente inteligibles que reconocí procedían de la máquina parlante.

(La máquina parlante)

«... lo traje conmigo.., devueltas las cartas y la grabación... el final de todo... recibido... ver y oír... mal dita sea... fuerza impersonal, después de todo... cilindro nuevo y reluciente... Dios Todopoderoso...»

(Primera voz susurrante)

«... el tiempo detuvimos.., pequeño y humano... Akeley... cerebro... decir...»

(Segunda voz susurrante)

«... Nyarlathotep... Wilmarth... grabaciones y cartas... burda patraña...»

(Noyes)

(una palabra o nombre impronunciable, posiblemente N’gah-Kthun) ... inofensivo... paz... par de semanas... teatral... ya se lo advertí...»

(Primera voz susurrante)

«... ningún motivo:., plan original.., efectos... Noyes puede vigilar... Round Hill... nuevo cilindro.., coche de Noyes...»

(Noyes)

... bien... todo suyo... aquí abajo... descansar... lugar...»

(Varias voces a la vez, imposibles de distinguir)

(Muchas pisadas, incluido el peculiar sonido del arrastre o traqueteo de los zuecos.)

(Extraño sonido batiente)

(El ruido de un automóvil arrancando y echando marcha atrás.)

(Silencio)

Esto es, en sustancia, lo que captaron mis oídos mientras permanecía tumbado sin moverme en aquella cama del piso superior de la granja encantada perdida entre aquellas endemoniadas montañas. Allí estaba, tumbado y sin desvestirme, con un revólver en la mano derecha y una linterna de bolsillo en la izquierda. Como ya he dicho, me desperté del todo; pero una extraña parálisis me impidió cualquier movimiento hasta mucho después de extinguirse el último eco de aquellos ruidos. Volví a oír el machacón y lejano tic-tac del antiguo reloj de Connecticut en algún lugar del piso de abajo, y, al cabo de un rato, el sonido intermitente de unos ronquidos. Akeley debió quedarse adormecido tras aquella increíble sesión... y yo entendí perfectamente su necesidad de descansar.

No sabía qué pensar o hacer en tales circunstancias. Después de todo, ¿qué había de nuevo en todo lo que acababa de oír que no pudiera esperar de lo que ya sabía? ¿Acaso no sabía que los nefandos Exteriores tenían ahora libre acceso a la granja? Sin duda, Akeley debió verse sorprendido por una inesperada visita de aquellos seres. Pero algo había en aquella fragmentaria conversación que me produjo un tremendo escalofrío, suscitando las más grotescas y espantosas dudas y haciéndome desear fervientemente que me despertase y comprobase que no había sido sino un sueño. A mi juicio, mi subsconciente debió captar algo que aún no habla reconocido a nivel consciente. Pero, ¿y Akeley? ¿Acaso no era ml amigo y habría tratado de evitar por todos los medios que se me infligiera el menor daño? Los apacibles ronquidos que subían de la planta inferior no hacían sino dejar en ridículo todos los temores que repentinamente se habían apoderado de mí.

¿No seria posible que estuvieran aprovechándose de Akeley y lo utilizaran de cebo para atraerme a las montañas con las cartas, las fotografías y la grabación fonográfica? ¿Buscaban aquellos seres nuestra destrucción porque habíamos llegado a saber demasiado? De nuevo me vino a la cabeza el insólito y abrupto cambio operado entre la penúltima y la última carta de Akeley. Algo, mi instinto me lo decía, no encajaba nada bien en todo aquello. Las cosas no eran lo que parecían. Aquel amargo café que rehusé tomar... ¿no habría sido un intento de drogarme por parte de alguna fuerza oculta y desconocida? Tenía que hablar con Akeley y sin perder un segundo, y hacer que recobrase el sentido de las cosas. Aquellos seres le tenían hipnotizado con sus promesas de revelaciones cósmicas, pero ya era hora de que atendiese a razones. Debíamos salir de allí antes de que fuese demasiado tarde. Si Akeley carecía de la fuerza de voluntad necesaria para recobrar la libertad, trataría de infundírsela yo. Y si no lograba persuadirle para salir de allí, al menos me iría yo. Supongo que me permitiría llevarme su Ford, y luego se lo dejaría en un garaje de Brattleboro. Lo había visto en el cobertizo —la puerta estaba sin cerrar y abierta ahora que el peligro parecía haber pasado— y me imaginé que estaría listo para utilizarlo. La momentánea aversión que me produjo Akeley en el transcurso y después de la conversación que mantuvimos por la tarde habla desaparecido por completo. Se hallaba en una situación muy parecida a la mía, y debíamos correr la misma suerte. Sabiendo lo mal que se encontraba, detestaba tener que despertarle en semejante trance, pero no me quedaba otro remedio. Tal como estaban las cosas, no podía permanecer en aquel jugar hasta que amaneciera.

Finalmente me sentí con fuerzas, y me desperecé enérgicamente para recobrar el dominio de mis músculos. Levantándome con una precaución más impulsiva que premeditada, agarré el sombrero y me lo puse encima, cogí la maleta y comencé a bajar las escaleras con ayuda de la linterna. En mi nerviosismo, seguí sin soltar el revólver que llevaba en la mano derecha, y con la izquierda cogí la maleta y la linterna. En realidad no sé por qué tomé tales precauciones, pues simplemente me dirigía a despertar a la única persona a excepción de mí mismo que se hallaba en aquella casa.

Mientras bajaba medio de puntillas los crujientes escalones que llevaban al vestíbulo de entrada, pude oír con mayor nitidez que alguien dormía por los ruidos que sallan de la habitación que había a mi izquierda: el cuarto de estar en el que no había entrado. A mi derecha se abría la densa oscuridad del estudio en que había oído las voces. Abrí la puerta sin cerrar del cuarto de estar y dirigí la luz de la linterna hacia el lugar donde se oían los ronquidos, dirigiéndola finalmente a la cara de quien se encontraba allí durmiendo. Pero al instante aparté la luz de aquel rincón e inicié una sigilosa retirada hacia el vestíbulo. Esta vez mi precaución tenía un fundamento racional a la vez que instintivo: quien dormía en el sofá no era ni mucho menos Akeley, sino el que fuera mi gula, Noyes.

No me hacía una idea clara de qué era lo que realmente pasaba allí, pero el sentido común me dijo que lo más prudente era averiguar cuanto fuese posible antes de despertar a nadie. De vuelta en el vestíbulo, eché silenciosamente el cerrojo de la puerta del cuarto de estar detrás de mí, con lo que se vieron muy reducidas las posibilidades de que Noyes se despertara. Con suma precaución entré seguidamente en el oscuro estudio, donde esperaba encontrar a Akeley, ya fuese dormido o despierto, en la butaca del rincón en que solía descansar. Según avanzaba, el haz de mi linterna se posó en la gran mesa, iluminando uno de los diabólicos cilindros conectado a las máquinas visual y auditiva, a cuyo lado había una máquina parlante, lista para ser conectada en cualquier momento. Me imaginé que debía tratarse del cerebro envasado al que había oído hablar durante la horripilante alocución que hube de aguantar. Incluso se me pasó por la cabeza el perverso impulso de conectarlo a la máquina parlante y ver qué decía.

Debió advertir mi presencia, pues aquellos dispositivos visuales y auditivos no podían dejar de detectar el haz de luz de la linterna ni el débil crujir del suelo bajo mis pies. Pero, finalmente, no me atreví a tocarlo. De pasada, vi que se trataba del nuevo y reluciente cilindro con el nombre de Akeley que había visto encima del estante y que mi anfitrión me rogó que no tocara. Cuando pienso en aquel momento, no hago sino lamentar mi cobardía por no atreverme a hacer hablar al aparato. ¡Dios sabe qué misterios y espantosas dudas y cuestiones sobre su identidad podría haber despejado! Aunque, después de todo, quizá hice bien en no tocarlo.

De la mesa dirigí la linterna al rincón donde creía que estaría Akeley, pero mi sorpresa fue mayúscula al comprobar que en el butacón no habla nadie, ni dormido ni despierto. Por el suelo, arrastrando del asiento, vi el viejo y familiar batín de Akeley, y junto a él la bufanda amarilla y los grandes vendajes para los pies que tanta extrañeza me causaron. Como dudara, haciendo cábalas sobre el paradero de Akeley y por qué se habría desembarazado de repente de sus prendas de enfermo observé que había desaparecido de la habitación el extraño olor y sensación vibratoria que había experimentado antes. ¿A qué se debería? Curiosamente, caí en la cuenta de que sólo lo había notado en la proximidad de Akeley. Aquellas sensaciones eran más intensas en el rincón donde él estaba sentado, e inexistentes fuera del estudio o de las inmediaciones de su entrada. Me detuve, dejando vagar al haz de la linterna por el estudio a oscuras y devanándome los sesos por tratar de encontrar una explicación ante el nuevo cariz que tomaba el caso.

Ojalá hubiera salido sigilosamente de aquel lugar antes de dejar que la luz de la linterna volviera a recaer sobre el sillón vacío. A lo que se ve, no obré con excesiva cautela al salir, pues solté una ahogada exclamación que debió sobresaltar, aunque no despertar del todo, al centinela que dormía al otro lado del vestíbulo. Aquel grito, y los ronquidos aún no interrumpidos de Noyes, fueron los últimos sonidos que oí en aquella tenebrosa granja al pie de la oscura y frondosa cima de la montaña encantada ¡todo un foco de horror trans-cósmico entre las desoladas montañas verdes y los maldicientes arroyos de aquella espectral campiña!

Lo raro es que con la precipitación no dejara caer la linterna, la maleta y el revólver, pero lo cierto es que no perdí nada. Conseguí salir de la habitación y de la casa sin hacer más ruidos, llegar, junto con mis pertenencias, hasta el viejo Ford que se encontraba en el cobertizo y poner en marcha aquel vejestorio, y emprendí una loca huida en busca de algún lugar seguro a través de la noche oscura y sin luna. Lo que siguió fue una escena de delirio digna de la pluma de un Poe o Rimbaud o del lápiz de un Doré, pero finalmente llegué a Townshend. Eso es todo. Si aún estoy en mi sano juicio, puedo considerarme más que afortunado. A veces recelo ante lo que nos depara el futuro, sobre todo ahora que tan sorprendentemente ha sido descubierto el nuevo planeta Plutón.

Como he dicho, después de recorrer toda la habitación dejé que la luz de la linterna se posara en el vacío butacón. Por vez primera, advertí la presencia sobre el asiento de varios objetos que apenas dejaban ver los pliegues sueltos del batín. Eran los objetos, tres en total, que los investigadores no encontraron en su posterior visita a la granja. Como dije al principio, no tenían nada de horroroso en apariencia. El problema radicaba en lo que dejaban intuir. Incluso ahora hay momentos en que me asaltan dudas... momentos en los que casi llego a aceptar el escepticismo de quienes atribuyen aquella irrepetible experiencia al sueño, a los nervios o a un simple espejismo.

Los tres objetos eran dispositivos endiabladamente sofisticados, e iban provistos de ingeniosas pinzas metálicas que se conectaban a articulaciones orgánicas de las que, francamente, prefiero no hacer conjetura alguna. Espero, lo espero con toda ¡ni alma, que se tratara simplemente de las obras en cera de un escultor magistral, no obstante lo que mis más recónditos temores me inducen a pensar. ¡Dios mío! ¡Aquel susurrador en la oscuridad con su enfermizo olor y sus vibraciones! Brujo, emisario, portavoz del averno, ser ajeno a este mundo... aquel espantoso y amortiguado susurro... y todo el tiempo en aquel cilindro nuevo y reluciente del estante... pobre diablo... «Prodigiosa destreza quirúrgica, biológica, química, mecánica...

Pues lo que había encima del butacón, perfectos en apariencia hasta el menor y más inimaginable detalle, eran el rostro y las manos de Henry Wentworth Akeley.

<p>En Las Montañas De La Locura</p>
<p>1</p>

Me veo obligado a hablar, pues los hombres de ciencia han rehusado seguir mi consejo sin saber por qué. Expondré, contra mis deseos, las razones por las que me opongo a ese proyecto de invadir las tierras antárticas en busca de fósiles y de horadar y fundir las antiguas capas de hielo. Y me resisto sobre todo a hablar porque sé que mis advertencias serán inútiles.

Es inevitable, dada su naturaleza, que alguien dude de la verdad de estos hechos; pero si suprimiese lo que puede parecer extravagante e increíble no quedaría nada. Las fotografías que poseo, tanto comunes como aéreas, declararán a mi favor, pues son muy nítidas y reveladoras. Se negará sin embargo su autenticidad a causa de la posibilidad de un truco. Los dibujos a tinta, naturalmente, serán considerados simples imposturas, a pesar de la rareza de una técnica que tiene que sorprender y asombrar a los expertos.

Deberé al fin remitirme al juicio de los pocos hombres de ciencia que tienen, por una parte, bastante independencia de criterio como para juzgar mi relato a la luz de sus propios méritos o en relación con ciertos primitivos y sorprendentes ciclos míticos, y, por otra, suficiente influencia como para disuadir, al mundo de los exploradores, de todo programa temerario, y por demás ambicioso, en la región de esas montañas alucinantes. Por desgracia, yo y mis compañeros somos hombres relativamente poco conocidos, pertenecientes a una universidad de menor importancia, y tenemos muy escasas posibilidades de que se nos preste atención en asuntos raros y discutibles.

Además, ninguno de nosotros es, en sentido estricto, especialista en lo más importante de estas cosas. En mi calidad de geólogo, mi objeto al organizar la expedición de la Universidad de Miskatonic fue sólo el de procurarme algunas muestras de rocas y suelos profundos de varias partes del territorio antártico, ayudado por la notable excavadora del profesor Frank H. Pabodie, de nuestro departamento de ingeniería. No tenía yo la ambición de convertirme en un pionero en otro campo que éste, pero esperaba que la utilización de un nuevo dispositivo mecánico en lugares ya explorados anteriormente sacase a la luz materiales no obtenidos hasta ahora con los métodos comunes.

La excavadora de Pabodie, conocida ya por el público a través de nuestros informes, única por su liviandad y fácil manejo, y que combinaba el principió de las excavadoras artesianas con el de las perforadoras circulares de rocas, podía penetrar fácilmente en estratos de la más variada dureza. Pistón y bielas de acero, motor de gasolina, torre de madera desmontable, parafernalia dinamitera, encordado, palas removedoras y una tubería seccional con barrenos de diez centímetros de ancho y capaces de llegar a trescientos metros de profundidad; tres trineos de siete perros bastaban para arrastrar esa carga y los demás accesorios. Esto era posible gracias a la hábil aleación de aluminio con que estaban fabricadas la mayoría de las piezas. Cinco grandes aeroplanos Dornier, especialmente diseñados para volar a las grandes alturas del techo antártico, y provistos de ciertos dispositivos para encender el combustible y mantener su temperatura, inventados por Pabodie, podían transportas nuestra expedición desde una base en la gran barrera de hielo a varios puntos del continente; luego, nos serviríamos de los trineos.

Era nuestro propósito recorrer una región tan grande como lo permitiese una estación antártica —o más si fuese absolutamente necesario—, operando sobre todo en las cadenas de montañas y la meseta al sur del mar de Ross; regiones ya exploradas diversamente por Shackleton, Amundsen, Scott y Byrd. Cambiando frecuentemente de campamento gracias a nuestros aeroplanos e instalándonos en lugares separados por distancias bastante grandes como para que tuviesen significación geológica, esperábamos extraer una cantidad realmente excepcional de material, especialmente de los estratos precámbricos de los que se conocen tan pocas muestras antárticas. Deseábamos también obtener la mayor variedad posible de rocas fosilíferas superiores, ya que la historia de la vida primitiva en esos reinos de hielo y muerte es de una gran importancia para nuestro conocimiento del pasado de la Tierra. Se sabe que el continente antártico fue en un tiempo templado y hasta tropical, con una abundante vida vegetal y animal de la que los líquenes, la fauna marina, los arácnidos y los pingüinos de la zona norte son los únicos supervivientes. Era nuestra esperanza ampliar esa información en variedad, precisión y detalle. Cuando la simple trepanación revelara signos de fósiles, aumentaríamos el diámetro de la abertura mediante el uso de la dinamita con el fin de obtener ejemplares de condición y tamaño apropiados.

Nuestras perforaciones, de variada profundidad de acuerdo con lo que prometiesen los estratos superiores, estarían limitadas a las superficies terrestres descubiertas o semidescubiertas, o sea, inevitablemente, faldas y cerros, a causa de la capa de hielo, de uno o dos kilómetros de espesor, que cubre las partes más bajas. No podíamos perder tiempo en excavar el hielo, aunque Pabodie había ideado introducir electrodos de cobre en las perforaciones y fundir así áreas limitadas con la corriente generada por una dínamo. Este mismo plan que un grupo como el nuestro sólo podía llevar a cabo experimentalmente ha sido proyectado por la anunciada expedición Starkweather-Moore, a pesar de las advertencias que he lanzado desde nuestro retorno a la Antártida.

El público ha sabido de la expedición Miskatonic gracias a nuestros informes radiofónicos al Arkham Advertiser y a la Associated Press, y a los artículos posteriores escritos por Pabodie y por mí. Nuestro grupo estaba formado por cuatro hombres de la universidad: Pabodie, Lake, del departamento de biología, Atwood, del departamento de física —y también meteorólogo—, y yo, geólogo y comandante nominal. Nos acompañaban dieciséis asistentes; siete estudiantes graduados de Miskatonic y nueve hábiles mecánicos. De estos dieciséis, doce eran calificados pilotos aéreos, y todos, excepto dos, radiotelegrafistas competentes. Ocho de ellos conocían el arte de navegar con brújula y sextante, lo mismo que Pabodie, Atwood y yo. Además, naturalmente, nuestros dos barcos —balleneros de cascos de madera reforzados para navegar entre el hielo y provistos de motores auxiliares— llevaban su tripulación completa.

La Fundación Nathaniel Derby Pickman, con la ayuda de algunas contribuciones especiales, costeaba la expedición; de modo que pudimos prepararnos minuciosamente sin recurrir a la publicidad. Perros, trineos, máquinas, elementos de campaña, y los cinco aeroplanos desmontados fueron reunidos en Boston; allí cargamos nuestras naves. Para nuestros propósitos específicos estábamos muy bien equipados, y en lo que concernía a provisiones, transportes y campamentos aprovechamos la experiencia de nuestros más recientes y brillantes predecesores. Fue el número y la fama de estos mismos predecesores lo que hizo que nuestra propia expedición —a pesar de su amplitud— pasara casi inadvertida a los ojos del mundo.

Como anunciaron los periódicos, partimos de Boston el 2 de septiembre de 1930, y luego de atravesar el canal de Panamá nos detuvimos en Samoa y luego en Hobart, donde completamos nuestras provisiones. Ningún miembro de la expedición había visitado nunca las regiones polares, de modo que teníamos que confiar enteramente en los capitanes de nuestros barcos: J. B. Douglas, que mandaba el bergantín Arkham, y George Thorfinnssen, comandante de la goleta Miskatonic, ambos balleneros veteranos en las aguas del sur.

A medida que nos alejábamos del mundo habitado, el sol se ponía más y más hacia el norte y permanecía en el cielo más y más horas. A los 62° de latitud sur vislumbramos los primeros témpanos —lisos en su parte superior y de lados verticales—, y poco antes de llegar al círculo polar antártico, que cruzamos el 20 de octubre festejando el acontecimiento con apropiadas ceremonias, nos encontramos en dificultades con unos campos de hielo. La temperatura, cada vez más baja, me molestaba bastante tras nuestra larga travesía por los trópicos, pero me preparé resignadamente a soportar otras peores. Los curiosos efectos atmosféricos me encantaban de veras; en una ocasión un espejismo particularmente vívido —el primero que yo veía en mi vida— transformó unos témpanos distantes en las almenas de unos inimaginables castillos cósmicos.

Abriéndonos paso a través de los hielos, que no eran afortunadamente muy extensos ni de gran espesor, reencontramos el mar libre a los 67° de latitud sur y 175° de longitud este. En la mañana del 26 de octubre apareció al sur una tierra fulgurante, y antes del mediodía nos sentimos todos excitados a la vista de una inmensa y nevada cadena montañosa que cubría el horizonte. Nos encontrábamos al fin ante un puesto de avanzada de aquel gran continente casi desconocido. Estos picos eran parte, evidentemente, de la cadena del Almirantazgo, descubierta por Ross; teníamos ahora que doblar el cabo Adare y navegar hacia el sur por la costa este de la Tierra de Victoria hasta arribar a nuestra proyectada base en el estrecho de McMurdo, al pie del volcán Erebus, a 77°9' de latitud sur.

Esta última etapa de nuestro viaje sacudió vivamente nuestra imaginación. Altos picos misteriosos y estériles se alzaban sin fin hacia el oeste mientras el bajo sol septentrional de mediodía y el más bajo aún de medianoche lanzaban sus nublados rayos roji*zos sobre la nieve blanca, los hielos azules y las rocas de granito negro. Por entre las cimas desoladas soplaban las furiosas ráfa*gas intermitentes del terrible viento antártico; sus cadencias sugerían a veces vagamente el sonido de una flauta salvaje, con extensas modulaciones, y por algún motivo subconsciente me parecieron intranquilizadoras y hasta oscuramente horribles. Había algo en la escena que me recordaba los extraños paisajes asiáticos de Nicholas Roerich, y las todavía más perturbadoras descripciones de la legendaria meseta de Leng que se encuentran en el temido Necronomicon del árabe loco Abdul Alhazred. Lamento de veras haber hojeado ese libro monstruoso en la biblioteca de la universidad.

El 7 de noviembre, ya perdida temporalmente de vista la cadena montañosa, pasamos junto a la isla Franklin, y al día siguiente aparecieron ante nosotros, en la isla Ross, los conos del monte Terror y el monte Erebus, y más allá la larga línea de las montañas Parry. Al este se extendía la baja y blanca barrera de hielo que se elevaba verticalmente hasta casi cien metros de altura y señalaba los límites de la navegación hacia el sur. En las primeras horas de la tarde entramos en el estrecho de McMurdo y echamos anclas al pie del humeante monte Erebus. El escoriado pico, de una altura de cuatro mil metros, se alzaba contra el cielo del este como el sagrado Fujiyama en una estampa japonesa; más lejos se veía la mole fantasmal y blanca del volcán apagado conocido como monte Terror, de tres mil doscientos metros de altura.

El humo surgía del Erebus intermitentemente, y uno de nuestros estudiantes — un joven brillante llamado Danforth— señaló lo que parecía un río de lava y nos dijo que esta montaña, descubierta en 1840, había sido sin duda motivo de inspiración de Poe cuando éste escribió siete años más tarde:

... las lavas que ruedan sin descanso con sus corrientes sulfurosas por las pendientes del Yaanek en los extremos climas del polo, que ruedan gimiendo por el monte Yaanek en los reinos del polo boreal...

Danforth era un gran lector de libros fantásticos y nos había hablado mucho de Poe. Yo mismo me sentí interesado a causa de la escena antártica de la única novela corta del poeta: Las aventuras de Arthur Gordon Pym. En la costa estéril, y en la alta barrera de hielo del fondo, miríadas de grotescos pingüinos chillaban y agitaban sus aletas, y en la superficie del agua numerosas focas nadaban o dormitaban en grandes bloques de hielo flotante.

El 9 de noviembre, poco después de medianoche, desembarcamos con dificultades en la isla de Ross. Dos líneas de cables unían nuestros botes con los barcos para utilizar la descarga. Nuestras impresiones al pisar por primera vez el suelo antártico fueron muy fuertes y complejas, aunque este lugar ya había sido visitado por las expediciones de Scott y Shackleton. En la costa helada, al pie del monte Erebus, instalamos un campamento provisional; los cuarteles centrales seguirían a bordo del Arkham.

Llevamos a tierra nuestras excavadoras, los perros, los trineos, las tiendas, las provisiones, los tanques de gasolina, los equipos experimentales para fundir el hielo, las cámaras fotográficas comunes y aéreas, las piezas de los aeroplanos y otros accesorios que incluían tres transmisores de radio portátiles. El transmisor del barco enviaría comunicados a la estación del Arkham Advertiser instalada en Kingsport Head, Massachusetts. Esperábamos completar nuestra tarea en un solo verano antártico, pero si eso fuese imposible invernaríamos en el Arkham, y enviaríamos el Miskatonic al norte en busca de provisiones para otro verano.

No necesito repetir lo que ya ha publicado la prensa a propósito de nuestros primeros trabajos: la ascensión al monte Erebus; las exitosas perforaciones en la isla de Ross y la singular velocidad desarrollada por la excavadora de Pabodie aun a través de las rocas más duras; el ensayo preliminar del dispositivo para fundir el hielo; la peligrosa ascensión a la gran barrera con trineos y provisiones; y el agrupamiento de los cinco aeroplanos en la cima de la barrera. La salud de los veinte hombres y los cincuenta y cinco perros de Alaska era verdaderamente notable, aunque es cierto que hasta ese entonces no habíamos encontrado temperaturas muy bajas ni grandes tormentas. El termómetro se mantenía casi constantemente entre los diez y los veinte grados bajo cero, y los crudos inviernos de Nueva Inglaterra nos habían acostumbrado ya a rigores parecidos. El campamento instalado en la barrera tenía carácter de semipermanente, y allí almacenamos los depósitos de gasolina, las provisiones, la dinamita y otros artículos.

Sólo se necesitarían cuatro aeroplanos para transportar el material de las exploraciones; el quinto quedaría en el campamento con un piloto y dos marinos para que nos auxiliase si se perdían los otros. Más tarde, cuando ya no necesitásemos de los aparatos como medio de transporte, utilizaríamos uno o dos para que hiciesen de correo entre el depósito de la barrera y una base permanente que pensábamos instalar en la gran meseta del sur, situada a unos mil kilómetros, más allá del glaciar de Beardmore. A pesar de los casi unánimes informes sobre los vientos y tempestades que asolaban la región, decidimos prescindir de bases intermedias, arriesgándonos en beneficio de la eficiencia y la economía.

Los periódicos ya han narrado cómo el 21 de noviembre nuestra escuadrilla voló durante cuatro horas sobre las extensiones heladas, con aquellos inmensos picos que se elevaban al oeste, y los abismales silencios que devolvían el ruido de los motores. El viento no nos molestó mucho, y los inconvenientes de aquella niebla opaca con que nos encontramos fueron subsanados con ayuda de las brújulas. Entre los 83° y 84° de latitud nos encontramos ante unas elevaciones; se trataba del glaciar de Beardmore, el valle de hielo más grande del mundo. El mar helado daba lugar ahora a una ceñuda cadena montañosa. Estábamos entrando al fin en el extremo sur: un mundo blanco, muerto desde hacía millones de años. Al este vislumbramos la mole del monte Nansen, de una altura de casi cuatro mil quinientos metros.

La exitosa instalación de la base del sur en el glaciar, a los 86°7' de latitud, y a los 174°23' de longitud este, y la rapidez y efectividad con que se efectuaron perforaciones y voladuras en diversos puntos alcanzados por trineos y aviones, son de todos conocidas. Lo mismo diré de la difícil y feliz ascensión al monte Nansen de Pabodie y dos de los estudiantes —Gedney y Carroll— entre el 13 y el 15 de diciembre. Estábamos a unos dos mil quinientos metros sobre el nivel del mar, y como las perforaciones experimentales revelaron en algunos sitios (a sólo cuatro metros de profundidad) la presencia de tierra firme, recurrimos frecuentemente a los dispositivos de fundición y hundimos barrenos y efectuamos voladuras donde los exploradores anteriores no habían pensado pudiera haber minerales. Los granitos y gredas precámbricos así obtenidos confirmaron nuestra idea de que la meseta era de la misma naturaleza que la gran masa continental del oeste, pero en cierto modo distinta de las partes que se extienden hacia el este, bajo Sudamérica. Pensamos entonces que estas últimas formaban un continente independiente y pequeño, separado del mayor por ciertas regiones heladas de los mares de Ross y Weddell; pero Byrd negó más tarde esta hipótesis.

En ciertas gredas, dinamitadas y trabajadas con el escoplo luego de que los barrenos revelaron su naturaleza, encontramos algunas huellas y fragmentos fósiles del más alto interés: helechos, algas, trilobites, crinoineos, y moluscos tales como língulas y gasterópodos. Todos ellos parecían tener gran importancia para la historia primitiva de esas regiones. Descubrimos igualmente una huella muy curiosa, estriada y triangular, de unos treinta centímetros de ancho en su parte mayor, que Lake reconstruyó uniendo tres fragmentos de esquisto obtenidos mediante una voladura profunda. Estos fragmentos provenían de un punto situado al oeste, cerca de la cadena de la Reina Alejandra. Lake, como biólogo, pareció encontrar estos fragmentos particularmente intrigantes y provocativos, aunque para mis ojos de geólogo no presentaban sino ese efecto de rizo bastante común en las rocas sedimentarias. Como los esquistos no son más que formaciones metamórficas en las que un estrato sedimentario ha sido sometido a presión, y como basta esta última para que cualquier huella pueda ser curiosamente deformada, yo no veía motivos para sorprenderse ante esa figura con estrías.

El 6 de enero de 1931, Lake, Pabodie, Daniels, seis estudiantes, cuatro mecánicos y yo volábamos sobre el polo sur en dos de los aeroplanos cuando nos vimos obligados a descender a causa de un huracán repentino que, afortunadamente, no se convirtió en una tormenta típica.

Éste era, como dijeron los periódicos, uno de los varios vuelos de observación con que tratábamos de descubrir nuevos accidentes topográficos en áreas no alcanzadas por expediciones anteriores. Nuestros primeros vuelos fueron en este sentido decepcionantes, aunque nos suministraron magníficos ejemplos de los fantásticos y engañosos espejismos de esas regiones, de los cuales nuestro viaje por mar ya nos había anticipado algo. Montañas lejanas flotaban en el cielo como ciudades encantadas, y muy a menudo todo aquel mundo blanco se convertía en una tierra dorada, plateada y roja, como nacida de un sueño de Dunsany y plena de aventurera expectación ante la magia del sol bajo de medianoche. En los días nublados nuestros vuelos eran bastante dificultosos ya que la tierra nevada y el cielo se transformaban en un único abismo opalescente sin horizonte visible.

Al fin resolvimos trasladarnos en nuestros cuatro aeroplanos y establecer una nueva base a unos ochocientos kilómetros al este, en un punto situado en la que considerábamos por error la división continental más pequeña. Las muestras geológicas que obtuviésemos servirían para establecer comparaciones. Nuestro estado de salud seguía siendo excelente —el zumo de limón bastaba para contrarrestar los efectos de una dieta basada en alimentos envasados o salados—, y la no muy baja temperatura nos permitía prescindir de nuestros abrigos más gruesos. Estábamos entonces en verano, y si nos dábamos prisa podríamos terminar nuestras investigaciones antes del mes de abril y evitar así una fastidiosa invernada durante la larga noche antártica. Ya habíamos soportado algunas tormentas del este, pero no habíamos sufrido mayores daños gracias al ingenio de Atwood, que había hecho construir unos cobertizos rudimentarios para los aviones y había reforzado las principales instalaciones del campamento con muros de nieve. Nuestro éxito y buena suerte habían sido hasta entonces verdaderamente increíbles.

El mundo exterior conocía, por supuesto, nuestro programa, y supo asimismo de la curiosa y tozuda insistencia de Lake en hacer una incursión por el oeste —o más bien por el noroeste— antes de instalarnos definitivamente en la nueva base. Parecía que había meditado mucho —con una preocupación realmente singular— sobre la huella triangular del esquisto, y le parecía haber descubierto una cierta contradicción entre su naturaleza y el período geológico del terreno. Su curiosidad se había acrecentado sobremanera, y sentía los más vivos deseos de practicar nuevas perforaciones en la formación montañosa que corría hacia el oeste. Tenía la curiosa convicción de que esa huella pertenecía a un animal voluminoso, desconocido y del todo inclasificable; de una evolución notablemente avanzada a pesar de que la roca a que pertenecía databa del período cámbrico, si no del precámbrico, lo que excluía la probable existencia no sólo ya de organismos del más alto desarrollo, sino también de toda vida excepto en formas unicelulares o trilobíticas. Estos fragmentos y la huella debían de tener entre quinientos millones y mil millones de años.

<p>2</p>

Supongo que el público debió de manifestar un interés muy vivo ante nuestro anuncio de que Lake partía hacia el noroeste internándose en regiones donde nunca había penetrado ningún ser humano, ni siquiera con la imaginación, y a pesar de que no mencionamos sus extravagantes esperanzas de revolucionar la biología y la geología. Sus primeras perforaciones, realizadas entre el 11 y el 18 de enero en compañía de Pabodie y otros cinco hombres —y durante las cuales se perdieron dos perros al cruzar una de las grietas abiertas en el hielo por la presión—, habían dado como resultado la obtención de numerosos esquistos arqueanos. Hasta yo me interesé por la evidente profusión de marcas de fósiles en aquel estrato increíblemente antiguo. Estas marcas, sin embargo, que eran de formas de vida muy primitivas, no encerraban ninguna extrema paradoja, salvo la novedad de la abundancia de fósiles en rocas precámbricas. Por lo tanto siguió pareciéndome inoportuno interrumpir nuestro programa para un intermedio que requeriría la utilización de cuatro aeroplanos, muchos hombres, y casi todos los aparatos de la expedición. Sin embargo, no veté el plan; pero decidí no acompañar la expedición, a pesar de los ruegos de Lake, que quería contar con mis conocimientos de geología. Me quedaría en la base con Pabodie y cinco hombres preparando nuestro viaje hacia el este. Uno de los aparatos ya había comenzado a trasladar una gran cantidad de gasolina desde el estrecho de McMurdo; pero este trabajo podía interrumpirse por ahora. Conservé un trineo y nueve perros, pues no era prudente quedarse sin medios de transporte en aquel mundo muerto y desamparado.

La expedición de Lake hacia lo desconocido, como todos recordarán, envió sus comunicados desde los transmisores de onda corta de los aviones; estos mensajes fueron recogidos simultáneamente por el aparato de nuestra base y por el Arkham, anclado en el estrecho de McMurdo. De allí fueron enviados al mundo por la banda de cincuenta metros. El viaje se inició el 22 de enero a las cuatro de la mañana; dos horas más tarde recibimos el primer comunicado: Lake estaba efectuando algunas perforaciones y fundiendo el hielo en pequeña escala en un punto situado a unos trescientos kilómetros de nuestra base. Seis horas después llegó un segundo y excitado mensaje en que se nos informaba que luego de dinamitar una abertura no muy profunda se habían descubierto varios esquistos con marcas aproximadamente similares a la que tanto nos había intrigado.

Tres horas más tarde un breve boletín anunciaba la reanudación del vuelo en el seno de una furiosa tormenta. Envié inmediatamente un mensaje a Lake indicándole que no se arriesgase más, pero éste me contestó que las nuevas muestras autorizaban cualquier riesgo. Comprendí que su excitación era tanta que rehusaría obedecerme, y que yo nada podría hacer para impedir que junto con Lake fracasase toda la expedición. Me aterrorizaba la idea de que Lake y sus compañeros estaban internándose más y más en aquella blanca inmensidad de tempestades e insondables misterios de una extensión de dos mil kilómetros y que llegaba hasta las costas casi desconocidas de la Reina Mary y de Knox.

Una hora y media más y llegó aquel nuevo mensaje de Lake que alteró totalmente mi ánimo y me hizo lamentar no haberlos acompañado.

«10.05. En pleno vuelo. Luego de una tormenta de nieve hemos vislumbrado las montañas más altas de todas las que hemos encontrado hasta ahora. Pueden igualar a las del Himalaya, si se tiene en cuenta la altura de la meseta. Latitud probable: 76°15'; longitud este: 113°10'. Se extienden del este al oeste, hasta donde alcanza la vista. Hemos creído ver dos conos volcánicos humeantes. Picos oscuros y sin nieve. El viento que sopla entre ellos impide la navegación».

Después de esto mis compañeros y yo no abandonamos el receptor. La idea de esta titánica cadena montañosa, situada a mil kilómetros de nosotros, inflamaba nuestros deseos de aventura. Nos regocijamos de que nuestra expedición, ya que no nosotros mismos, hubiese sido su descubridora. Media hora más tarde Lake nos llamó:

«El aparato de Moulton ha hecho un aterrizaje forzoso; pero no hay heridos y creemos que es posible reparar los daños. Hemos trasladado lo más importante a los otros tres aviones para el momento del regreso o por si fuese necesario seguir adelante. Por ahora no hace falta utilizar los aviones como transporte. Las montañas sobrepasan todo lo imaginable. Iré a explorar con el aeroplano de Carroll. Le hemos quitado la carga.

Esto es absolutamente fantástico. Los picos más altos deben de superar los diez mil metros de altura. El Everest no puede comparárseles. Atwood tratará de establecer la altura exacta con el teodolito mientras Carroll y yo realizamos nuestro vuelo. Quizá me haya equivocado a propósito de los conos, pues el terreno parece estratificado. Posiblemente sean esquistos precámbricos junto con otras formaciones. Los contornos, recortados contra el cielo, tienen un aspecto muy curioso: secciones regulares de cubos que llegan hasta los más altos picos. Un espectáculo maravilloso bajo la luz rojo-dorada del sol bajo. Como una tierra misteriosa de ensueño o el umbral de un mundo prohibido de maravillas vírgenes. Desearíamos que usted estuviese aquí para ayudarnos a investigar».

Aunque era técnicamente hora de dormir, ninguno de nosotros pensó un momento en irse a la cama. Lo mismo debía de ocurrir en el estrecho de McMurdo, pues la base de aprovisionamiento y el Arkham recibían también los comunicados. En efecto, el capitán Douglas nos envió a todos un mensaje de congratulaciones por el importante descubrimiento, y Sherman, el operador de la base, nos dijo también unas palabras. Lamentábamos por supuesto los daños que había sufrido el aeroplano, pero teníamos la esperanza de que pudieran repararse con facilidad. A las 11 de la noche nos llegó otro mensaje de Lake:

«Estamos volando con Carroll entre los contrafuertes más altos. No hemos intentado acercarnos a los picos a causa del tiempo; lo haremos más tarde. La ascensión es difícil, pero vale la pena. Las montañas se aprietan unas contra otras; imposible ver del otro lado. Las cimas más altas exceden a las del Himalaya, y son muy curiosas. Pertenecen seguramente al sistema precámbrico. No tienen nada de volcánicas. No hay nieve más allá de los seis mil rnetros de altura.

»En las faldas de los picos más altos hay formaciones muy raras. Grandes bloques cuadrados de lados verticales y alineaciones regulares cortadas a pico como los viejos castillos asiáticos en las montañas abruptas pintadas por Roerich. Impresionan sobremanera vistas desde cierta distancia. Nos hemos acercado a algunas y Carroll cree que están formadas por fragmentos independientes, pero esto es sin duda efecto de la erosión. Las aristas parecen desgastadas y redondeadas como si hubiesen estado expuestas a las tormentas y a los cambios de clima durante millones de años.

Algunas partes, especialmente las superiores, son de rocas más claras que los estratos visibles de las pendientes; origen cristalino, es indudable. Desde cerca se advierten unas cuevas con entradas de forma curiosamente regular: cuadradas o semicirculares. Tienen que venir e investigar con nosotros. Creo haber visto un macizo cuadrado en lo alto de una de las montañas. La altura parece variar entre los nueve mil y los diez mil metros. Hemos llegado a una altura de seis mil quinientos metros; hace un frío infernal. El viento pasa y silba por los desfiladeros y las entradas de las cavernas, pero volamos bastante lejos y no hay peligro».

Lake continuó sus comentarios durante una media hora y expresó su intención de subir a pie a alguno de los picos. Le respondí que me uniría a él tan pronto como pudiese enviarme un aparato, y que Pabodie y yo estudiaríamos el mejor modo de concentrar la gasolina en vista del nuevo carácter que había tomado la expedición. Era evidente que las operaciones de Lake, lo mismo que las actividades de sus aeroplanos, requerirían una gran cantidad de combustible, y era muy probable, después de todo, que el vuelo hacia el este no pudiera efectuarse durante un tiempo. Llamé al capitán Douglas y le pedí que con la ayuda de los perros que habían quedado con nosotros llevara todo el combustible posible a la barrera de hielo. Queríamos establecer una ruta directa entre Lake y el estrecho de McMurdo.

Lake me llamó más tarde para comunicarme su decisión de establecer el campamento en el lugar en que el aeroplano de Moulton se había visto obligado a descender y donde se estaban efectuando las reparaciones. La capa de hielo era muy delgada, y dejaba ver la tierra en algunos lugares. Antes de hacer algunas incursiones en trineo, o de intentar una ascensión, iban a hacer allí mismo varias perforaciones. Nos habló de la inefable majestad del paisaje y de sus extrañas sensaciones al encontrarse al pie de aquellos vastos y silenciosos pináculos que se alzaban al cielo como una muralla en el borde mismo del mundo. Las observaciones de Atwood con el teodolito habían permitido establecer la altura de los cinco picos más elevados: entre los nueve mil y los diez mil doscientos metros de altura. Lake estaba indudablemente perturbado por la naturaleza del suelo, pues éste revelaba la existencia ocasional de prodigiosas tormentas, de una violencia superior a todas las que habíamos encontrado. Su campamento se alzaba a unos ocho kilómetros de los primeros contrafuertes. Me pareció advertir algo así como una alarma subconsciente en el mensaje —lanzado a través de un vacío de mil kilómetros— en el que nos pedía que nos apresuráramos y terminásemos cuanto antes nuestros trabajos en aquella nueva región. Iba a descansar ahora, luego de aquella jornada de apresurada y dura labor.

A la mañana siguiente hablé por radio con Lake y el capitán Douglas. Decidimos que uno de los aeroplanos de Lake vendría a nuestra base y recogería a Pabodie, a otros cinco hombres y a mí, junto con toda la gasolina que pudiese cargar. En cuanto al resto del combustible, todo dependía de que hiciésemos o no el viaje al este, así que podía esperar. Lake tenía bastante por ahora para satisfacer a las necesidades del campamento. Habría que suministrar gasolina a la base del sur. Si posponíamos nuestra incursión por el este, no la usaríamos hasta el próximo verano, y, mientras tanto, Lake enviaría un avión para que buscase una ruta directa entre esas nuevas montañas y el estrecho de McMurdo.

Pabodie y yo nos preparamos a abandonar nuestro campamento durante un tiempo más o menos largo. Si invernábamos en la Antártida podríamos volar directamente de la base de Lake al Arkham sin volver aquí. Algunas de nuestras tiendas cónicas ya habían sido reforzadas por bloques de nieve endurecida, y decidimos completar el trabajo convirtiendo el campamento en una verdadera aldea. Lake se había llevado un número considerable de tiendas, así que nuestra llegada no aparejaría mayores incomodidades. Comuniqué a Lake que Pabodie y yo estaríamos preparados para viajar hacia el norte al día siguiente.

Nuestros preparativos, sin embargo, no comenzaron hasta después de las cuatro de la tarde, pues poco antes de esa hora Lake nos envió unos mensajes extraordinarios y excitados. El día había comenzado mal, pues no habían podido descubrir, en un vuelo de reconocimiento, los estratos primitivos que formaban la mayor parte de las cimas. Casi todas las rocas eran aparentemente jurásicas y cománchicas, y esquistos pérmicos y triásicos. De cuando en cuando algunas manchas brillantes y negras sugerían la presencia de carbón. Lake estaba descorazonado, pues tenía la intención de desenterrar ejemplares de más de quinientos millones de años de antigüedad. Era evidente que si quería examinar los estratos en que había descubierto aquellas curiosas huellas, tendría que hacer un largo viaje en trineo hasta las faldas mismas de las montañas.

Resolvió, sin embargo, hacer algunas perforaciones como parte del programa general. Instaló, pues, la excavadora y puso a cinco hombres en el trabajo mientras el resto aseguraba las tiendas y reparaba el dañado avión. Se eligió para extraer las primeras muestras una roca blanda —a unos centenares de metros del campamento— y la excavadora hizo excelentes progresos sin necesidad de recurrir con mucha frecuencia a la dinamita. Tres horas más tarde, luego de la primera explosión verdaderamente fuerte, se oyeron los gritos del equipo de perforaciones, y el joven Gedney, que dirigía los trabajos, corrió al campamento con las sorprendentes noticias.

Habían descubierto una caverna. Después de las primeras perforaciones, la greda había dado lugar a una vena de terreno calcáreo cománchico en el que abundaban los fósiles diminutos: cefalópodos, corales y equinoideos, con algunos indicios de esponjas silíceas y huesos de animales vertebrados marinos — probablemente teleósteos, escualos y ganoideos—. Esto tenía ya su importancia, pues eran los primeros fósiles vertebrados que había descubierto la expedición; pero cuando poco después la cabeza del trépano atravesó de parte a parte un estrato y encontró el vacío, una intensa y redoblada ola de excitación invadió a los excavadores. Una carga de dinamita había bastado para descubrir el subterráneo secreto; y ahora, a través de una abertura de un metro y medio de largo por un metro de ancho, los miembros de la expedición pudieron contemplar una cavidad abierta hacía más de cincuenta millones de años por las aguas de un mundo tropical desaparecido.

La caverna no llegaba a los dos metros y medio de profundidad, pero se extendía indefinidamente en todas direcciones, y una fresca corriente de aire sugería que era parte de un extenso sistema subterráneo. El techo y el suelo estaban abundantemente adornados con estalactitas y estalagmitas, algunas de las cuales se unían y formaban columnas. Pero lo más importante era la abundancia de conchas y huesos que en algunos lugares casi cerraban el paso. El depósito contenía más representantes de los períodos cretáceo y eoceno (procedentes de las junglas desconocidas de helechos arbóreos y hongos mesozoicos, bosques de cicadáceas, palmeras y angiospermas terciarias) que los que el más hábil de los paleontólogos pudiera reunir o clasificar en un año. Moluscos, armaduras de crustáceos, pescados, anfibios, reptiles, pájaros y mamíferos primitivos..., grandes y pequeños, conocidos y desconocidos. No era raro que Gedney corriera al campamento, dando gritos, y no era raro tampoco que todos dejaran inmediatamente el trabajo y se precipitaran a través de aquel aire helado hacia el lugar donde la torre perforadora señalaba una nueva vía de acceso a los secretos del interior de la tierra y las desvanecidas edades.

Cuando Lake satisfizo su primer impulso de curiosidad, garabateó un mensaje en su libreta de notas y envió al joven Moulton al campamento para que lo despachara por radio. Así me enteré por primera vez del descubrimiento. Lake había identificado algunas conchas primitivas, huesos de ganoideos y placodermos, restos de laberintodontes y tecodontes, trozos de cráneos de mesosaurios, vértebras de dinosaurios, dientes y huesos de alas de pterodáctilos, fragmentos de arqueoptérix, dientes de escualos miocénicos, cráneos de aves primitivas, y otros huesos de mamíferos arcaicos como paleoterios, xifodontes, eohippi, oreodontes y titanotheres. No había huellas de mastodontes, elefantes, camellos, ciervos o animales bovinos; por lo tanto, Lake concluyó que los últimos depósitos se habían producido durante el período oligoceno, y que la caverna había permanecido seca e inaccesible por lo menos durante treinta millones de años.

Por otra parte, la preeminencia de formas de vida muy primitivas era realmente sorprendente. No había duda de que los terrenos (como lo probaba la presencia de ciertos fósiles típicos como los ventriculites) eran cománchicos, y no más antiguos. Sin embargo, la caverna contenía un número sorprendente de organismos considerados hasta entonces como pertenecientes a un período muy anterior. Hasta había peces, corales y moluscos rudimentarios de períodos tan remotos como el silúrico o el ordovícico. Era inevitable concluir que en esta parte del mundo había habido desde hacía trescientos millones de años hasta treinta millones de años atrás, una notable y única relación de continuidad orgánica. No era posible saber hasta qué punto se había mantenido esta continuidad una vez cerrada la caverna. De cualquier modo el advenimiento de los terribles hielos del pleistoceno —unos quinientos mil años atrás, y simplemente ayer comparado con la edad de esta caverna— tenía que haber puesto fin a cualquier forma primitiva que hubiese sobrevivido a su período común.

Lake no se contentó con enviar ese primer mensaje. Antes de que Moulton hubiese vuelto ya había escrito y enviado otro. Después de esto, Moulton se instaló en uno de los aeroplanos para transmitir al Arkham y a mí las numerosas posdatas que Lake enviaba con una sucesión de mensajeros. Los lectores de periódicos recordarán la excitación creada por los informes de aquella tarde, informes que tuvieron como consecuencia, luego de todos estos años, la organización de la expedición Starkweather-Moore, a la que con tanta ansiedad quiero disuadir de sus propósitos. Será mejor que copie literalmente los mensajes, tal como los envió Lake y los transcribió taquigráficamente McTighe, el operador de nuestra base:

«Fowler ha hecho un descubrimiento de la mayor importancia en los fragmentos de greda y terreno calcáreo arrancados por la explosión. Unas huellas triangulares y estriadas, idénticas a las de los esquistos arqueanos, prueban que ese organismo sobrevivió durante seiscientos millones de años sin más que unos pocos cambios morfológicos. Estas huellas cománchicas muestran ciertas señales de decadencia que no había en las anteriores. Señálese la importancia del descubrimiento en la prensa. Quizá signifique para la biología lo mismo que la teoría de Einstein significó para la matemática y la física. Puede relacionarse con mis trabajos previos y amplía las conclusiones posibles.

»Indica por lo menos que han existido en la Tierra ciclos completos de vida orgánica anteriores a la aparición de las células arcaeozoicas. Estos organismos se desarrollaron y especializaron en un pasado no inferior a mil millones de años, cuando el planeta era joven e inhabitable para cualquier forma de vida de estructura protoplasmática normal. Queda por saber cuándo, dónde y cómo se realizó este desarrollo».

Más tarde: «Examinando fragmentos de esqueletos de ciertos saurios y mamíferos primitivos, marinos y terrestres, he advertido unas curiosas lesiones locales que no pueden atribuirse a ningún carnívoro conocido. Son de dos clases: perforaciones penetrantes e incisiones que parecen talladas. En uno o dos casos, huesos cortados limpiamente. Pocos ejemplares afectados. He enviado a buscar al campamento unas linternas eléctricas. Extenderemos el área de expedición rompiendo las estalactitas».

Un poco más tarde: «Hemos encontrado un curioso fragmento de esteatita de unos quince centímetros de diámetro y unos cuatro de espesor, totalmente diferente de todas las formaciones locales. Verdoso, de edad indeterminada. Curiosamente liso y regular. Tiene la forma de una estrella de cinco puntas con los extremos rotos. En el centro y los ángulos interiores hay unas hendiduras. Difícil establecer su origen. Posiblemente efecto de la erosión. Carroll, con ayuda de una lupa, cree haber advertido otros signos de importancia geológica. Grupos de puntos minúsculos regularmente dispuestos. Los perros, cada vez más inquietos a medida que el trabajo avanza, parecen odiar esta piedra. Quizá tenga algún olor peculiar. Volveremos a informar cuando Mills regrese con luces y comencemos a trabajar en el subterráneo».

«22.15. Importante descubrimiento. Orrendorf y Watkins encontraron bajo tierra a las 21.45 un fósil monstruoso en forma de tonel, de naturaleza totalmente desconocida. Se trata quizá de un vegetal o de un ejemplar gigantesco de protozoario marino desconocido. El tejido ha sido indudablemente preservado por sales minerales. Duro como cuero, pero de una flexibilidad sorprendente en ciertos lugares. Señales de partes rotas en las extremidades y los costados. Un metro ochenta de altura; diámetro central: un metro; diámetro en los dos extremos: unos treinta centímetros. Como un tonel, con cinco notables salientes en lugar de duelas. Unas cisuras laterales, que podrían corresponder a unos tallos delgados, en la parte más ancha de esas salientes. En las hendiduras que separan las salientes hay unas excrecencias extrañas: crestas o alas que se abren y extienden como abanicos. Todas muy dañadas excepto una que alcanza extendida una longitud de dos metros. Me recuerda aciertos monstruos de las leyendas primitivas, particularmente a los Antiguos del Necronomicon.

»Estas alas, membranosas, están sostenidas por algo así como un armazón tubular. En los extremos del armazón parece haber unos orificios diminutos. Los extremos del cuerpo se han recogido sobre sí mismos y no permiten ver el interior ni adivinar si había alguna pieza anatómica. Haremos una disección cuando volvamos al campamento. No podemos decidir si es vegetal o animal; pero se trata indudablemente de un ser increíblemente primitivo. Hemos puesto a todos a la tarea de sacar estalactitas y buscar otros ejemplares. Encontramos otros huesos dañados, pero esto puede esperar. Tenemos dificultades con los perros. No pueden soportar la presencia de este curioso ser. Si no los mantuviésemos a raya, lo harían pedazos».

«23.30. Atención, Dyer, Pabodie, Douglas. Asunto de la más alta —debo decir trascendental— importancia. Que el Arkham transmita en seguida la noticia a la estación de Kingsport Head. El organismo en forma de tonel es el mismo que dejó las huellas en las rocas. Mills, Boudreau y Fowler encontraron un grupo de trece de estos seres a unos doce metros de la entrada del subterráneo. Estaban mezclados con fragmentos de esteatita curiosamente redondos, más pequeños que el anterior. Son también de forma de estrella, pero pocas de las puntas están rotas.

»De estos ejemplares, ocho se han conservado muy bien. No falta ningún apéndice. Los hemos traído a la superficie, manteniendo alejados a los perros. No toleran la cercanía de estos fósiles. Atiendan bien a nuestra descripción y repitan para mayor exactitud. Los periódicos no deben cometer errores.

»Longitud total: dos metros y medio. Torso provisto de cinco aletas salientes de un metro ochenta de diámetro. Tejido exterior gris oscuro, flexible y de gran resistencia. Alas de dos metros de largo del mismo color; se repliegan entre las salientes. Armazón tubular, con orificios en los extremos, de un color menos oscuro. Las alas extendidas son de bordes dentados. En el centro del tonel, en cada una de las partes similares a duelas, hay cinco sistemas de brazos o tentáculos flexibles, de color gris. Se aprietan contra el torso, pero extendidos alcanzan un metro de longitud. Como los brazos de los crinoideos primitivos. El tallo principal, de unos ocho centímetros de diámetro, se divide a los diez centímetros en tres secundarios de los que nacen a su vez, a los veinte centímetros, cinco pequeños tentáculos delgados, o sea un total de veinticinco tentáculos.

»En lo alto de la masa torácica hay un cuello bulboso, gris, provisto de una especie de agallas. La aparente cabeza es una estrella de cinco puntas cubierta por un vello duro de unos ocho centímetros de largo y de todos los colores del prisma.

»Esta cabeza es gruesa, de unos sesenta centímetros de una punta a otra; de cada una de las puntas nacen unos tubos amarillos y flexibles. Hay una abertura en el centro mismo de la estrella; probablemente un órgano respiratorio. Los tubos terminan en una protuberancia esférica y membranosa. La membrana se repliega con la simple presión del dedo y permite ver un globo de iris roji*zo; un ojo, evidentemente.

»De los ángulos interiores de la cabeza surgen cinco tubos roji*zos más largos que terminan en unos sacos del mismo color. Si se presiona sobre estos sacos aparece una abertura en forma de campana de cinco centímetros de diámetro con unas protuberancias blancas en forma de dientes. Cuando encontramos el ejemplar, los tubos, el vello y las puntas de la estrella se encontraban replegados contra el cuello y el torso. La flexibilidad es sorprendente a pesar de la naturaleza coriácea del tejido.

»En el extremo inferior del torso —contraparte grosera de la cabeza y sus apéndices—, un pseudocuello bulboso, de color gris claro, sin agallas, sostiene una protuberancia verdosa de cinco puntas.

»Brazos duros, de más de un metro de largo y con un diámetro de dieciocho centímetros en la base y tres en la punta. En ésta hay un triángulo membranoso de veinte centímetros de largo y quince de ancho. Se trata de la pala, aleta o pie que ha dejado sus huellas en las rocas de una época que se extiende desde mil millones a cincuenta o sesenta millones de años atrás.

»De los ángulos interiores de esta estrella nacen unos tubos roji*zos de sesenta centímetros de largo, de ocho de ancho en la base, y de dos en la punta. Orificios en los extremos. Todas las partes muy duras y correosas, pero extremadamente flexibles. Los brazos provistos de palas han servido indudablemente como medio de locomoción, marina o de otra clase. Cuando se los mueve dan la impresión de una gran fuerza muscular. Estas protuberancias estaban replegadas sobre el cuello, lo mismo que las de la cabeza.

»No es posible discernir si este organismo pertenecía al reino vegetal o al animal, aunque nos inclinamos por la segunda hipótesis. Representa probablemente un radiado de increíble desarrollo que no ha perdido sus rasgos primitivos. A pesar de ciertas características contradictorias es indudablemente similar a un equinodermo.

»Las alas nos desconciertan bastante a causa del posible hábitat marino; pero quizá sirvieron para navegar. La simetría es curiosamente similar a la de un vegetal, pues su eje atraviesa horizontalmente el torso y no verticalmente como en los animales. Fecha de aparición sobre la tierra, fabulosamente antigua, ya que precede hasta a los más simples protozoarios arqueanos hasta ahora conocidos.

»Los ejemplares intactos tienen una increíble similitud con ciertas criaturas de los mitos primitivos, de modo que es posible creer que en una época extremadamente remota existieron fuera de la Antártida. Dyer y Pabodie han leído el Necronomicon; han visto las pesadillas pintadas por Clark Ashton Smith, basadas en el texto, y comprenderán que hablo de esos Antiguos que, se dice, crearon toda la vida terrestre por broma o por error. Los entendidos han pensado siempre que esta concepción había nacido de divagaciones enfermizas sugeridas por la existencia de ciertos protozoarios tropicales muy antiguos. Recuerdan igualmente a las criaturas prehistóricas de que suele hablar Wilmarth: seres de Cthulhu, etc.

»Se ha abierto un inmenso campo a nuestro estudio. Los depósitos pertenecen probablemente al período cretáceo o al eoceno primitivo, a juzgar por los otros fósiles. Los trece ejemplares yacían bajo una masa de estalagmitas. Ha costado mucho desprenderlos, pero la dureza de los tejidos ha evitado daños irreparables. El estado de preservación es milagroso, debido posiblemente a la acción de la piedra caliza. No hemos encontrado más, pero luego reanudaremos la búsqueda. Por ahora tenemos que ocuparnos en cómo traer los ejemplares al campamento sin ayuda de los perros, que ladran furiosamente, y a quienes es imposible dominar cuando están cerca de las criaturas.

»Tenemos que manejar los trineos con nueve hombres; tres tienen que ocuparse en cuidar los perros. Vamos a establecer un puente aéreo con el estrecho de McMurdo y comenzaremos a trasladar el material. Desearía que tuviésemos aquí un verdadero laboratorio. Dyer puede avergonzarse por haber tratado de evitar esta expedición. Primero las montañas más grandes del mundo; luego esto. Si no se trata de nuestro mayor descubrimiento, no sé qué es. Como hombres de ciencia tenemos la gloria asegurada. Felicitaciones, Pabodie, por el aparato que reveló la cueva. Que el Arkham repita ahora la descripción».

Las sensaciones que Pabodie y yo experimentamos al recibir este informe son verdaderamente indescriptibles. El entusiasmo de nuestros hombres no era menor. McTighe, que había descifrado rápidamente algunos trozos a medida que llegaban, transcribió para nosotros la totalidad del mensaje tan pronto como el operador de Lake cortó la comunicación. Todos comprendimos en seguida la extraordinaria importancia del descubrimiento. Cuando el Arkham terminó de repetir la descripción, envié mis felicitaciones a Lake. Lo mismo hicieron luego Sherman, desde la estación del estrecho de McMurdo, y el capitán Douglas, desde el Arkham. Más tarde, como jefe de la expedición, escribí algunas notas para que el Arkham las transmitiese al mundo. Como era natural, nadie pensaba en dormir. Mi único deseo era el de trasladarme al campamento de Lake con toda la rapidez posible. Me sentí realmente decepcionado cuando Lake me hizo saber que una tormenta que venía de las montañas hacía imposible toda navegación aérea.

Pero una hora y media más tarde ya había olvidado mi decepción. Los nuevos mensajes de Lake informaban que los ejemplares habían sido trasladados al campamento con todo éxito. Había sido una tarea dura, pues aquellos seres eran sorprendentemente pesados. Ahora algunos de los hombres estaban construyendo un corral a una distancia conveniente del campamento para que los perros no molestasen. Los ejemplares, salvo uno que Lake trataría de disecar, quedarían afuera, sobre la nieve.

El trabajo resultó inesperadamente duro. A pesar del calor que reinaba en la tienda gracias a la estufa de petróleo, los tejidos de engañosa flexibilidad del ejemplar elegido por Lake entre los ocho que se habían conservado intactos, no perdieron nada de su naturaleza correosa. Lake no sabía cómo practicar las incisiones necesarias sin dañar las maravillas internas que esperaba encontrar. Disponía, es cierto, de otros siete ejemplares en buenas condiciones, pero no podía dañar a uno tras otro. En consecuencia hizo trasladar a la tienda un ejemplar que, aunque conservaba parcialmente aquellos órganos en forma de estrella de los extremos, tenía en muy mal estado uno de los surcos del torso.

Los resultados del examen (rápidamente comunicados por radio) fueron de veras sorprendentes y asombrosos. Sin instrumentos capaces de cortar aquel anómalo tejido era imposible efectuar una investigación minuciosa, pero lo poco que se obtuvo nos dejó estupefactos y con cierto temor. Era necesario revisar toda la ciencia biológica; la criatura no estaba relacionada con ningún sistema orgánico conocido. No había depósitos minerales, y, a pesar de una edad de quizá cuarenta millones de años, los órganos internos estaban absolutamente intactos. Aquella naturaleza correosa y casi indestructible parecía ser inherente a la organización de la criatura y provenía sin duda de algún ciclo paleógeno de evolución invertebrada que estaba más allá de toda posible imaginación. En un principio, Lake no encontró sino una materia seca, pero a medida que el aire de la tienda se iba recalentando comenzó a aparecer un líquido verdoso de olor punzante y ofensivo. No era sangre, pero sí un fluido espeso que parecía cumplir las mismas funciones. Para ese entonces los perros ya estaban en el corral, pero a pesar de la distancia sintieron aquel olor acre y difuso y se pusieron a ladrar furiosamente.

Lejos de ayudarnos a ubicar aquella extraordinaria criatura, esta disección no hizo más que aumentar el misterio. Todas las suposiciones acerca de los órganos exteriores habían sido correctas, de modo que parecía indudable que se trataba de un animal. Pero el examen interno había revelado tantas características vegetales que Lake ya no sabía qué decir. Había un aparato digestivo y circulatorio, y los desechos se eliminaban por los tubos roji*zos de la estrella de la base. Se diría, curiosamente, que el aparato respiratorio exhalaba oxígeno y no anhídrido carbónico, y había unas cámaras destinadas en apariencia a almacenar el aire que entraba en el organismo por otros dos sistemas totalmente desarrollados: agallas y poros. Se trataba indudablemente de un anfibio, y parecía estar adaptado para pasar largos períodos de invernada sin necesidad de aire. Había otras anomalías para las que no se encontró solución inmediata. Un lenguaje articulado no parecía posible, pero podía creerse en la existencia de toda una gama de sonidos musicales.

El sistema nervioso era de tal complejidad que Lake quedó estupefacto. Aunque excesivamente primitiva en algunos aspectos, la criatura tenía todo un sistema de centros y prolongaciones ganglionares que llegaban al límite del desarrollo especializado. El cerebro, de cinco lóbulos, era de gran perfección, y había indicios de un sistema sensorial, del que formaba parte el vello de la cabeza, totalmente extraño al de los organismos terrestres. Había allí probablemente más de cinco sentidos, de modo que para conocer los hábitos de aquella criatura no era posible recurrir a ninguna analogía. Debía de haber gozado, pensó Lake, de una extraordinaria sensibilidad y de funciones altamente diferenciadas. Podía relacionársela, en este sentido, con las abejas y hormigas de hoy. Se reproducía, como las criptógamas, especialmente las pteridofitas, pues llevaba depósitos de esporas en las extremidades de las alas, y se desarrollaba evidentemente de un talo o protalo.

Pero por ahora no se le podía dar un nombre. Se parecía a un protozoario, aunque era indudablemente algo más complejo. Tenía ciertos elementos vegetales, pero en sus tres cuartas partes era de estructura animal. La simetría y algunos otros atributos indicaban claramente un origen marino: y sin embargo parecía capaz de adaptarse a cualquier ambiente. Las alas, sobre todo, hablaban de hábitos aéreos. Era imposible concebir cómo había logrado evolucionar de tal modo en un mundo recién nacido. No era raro que Lake recordase la leyenda de los grandes Antiguos que habían venido de los astros, y el relato acerca de unas criaturas cósmicas que vivían en las colinas de Vermont contado por un colega de la Universidad de Miskatonic.

Naturalmente, Lake consideró la posibilidad de que las huellas precámbricas perteneciesen a una especie menos evolucionada, pero, luego de reflexionar acerca de las características de los distintos fósiles, rechazó rápidamente esta teoría demasiado cómoda. En los ejemplares más recientes se advertían signos de decadencia antes que de evolución. El tamaño de los pies había disminuido, y el conjunto de la morfología parecía más grosero y simple. Además, los nervios y órganos recientemente examinados parecían haber retrogradado desde formas más complejas. Las partes atrofiadas eran numerosas. De todos modos poco podía averiguarse, así que Lake recurrió a la mitología en busca de un nombre provisional, y llamó jocosamente a sus hallazgos «los Antiguos„.

Hacia las dos y media de la mañana, habiendo decidido tomarse un pequeño descanso, Lake cubrió los restos del organismo con un lienzo, salió de la tienda, y estudió los otros ejemplares con renovado interés. El continuo sol antártico había comenzado a ablandar los tejidos, y las puntas de las estrellas y los tentáculos de dos o tres de aquellas criaturas parecían querer desenrollarse; pero Lake no creyó que hubiese un peligro inmediato de descomposición en aquellas temperaturas bajo cero. Agrupó sin embargo a las criaturas y tendió sobre ellas la lona de una tienda para evitar la acción directa de los rayos solares. Esto ayudaría además a impedir que los perros sintiesen aquel posible olor. La inquietud hostil de estos animales se estaba convirtiendo de veras en un problema, a pesar de la distancia y los muros de nieve levantados por los hombres. Lake tuvo que sujetar los extremos de la lona con unos grandes bloques de nieve. Las gigantescas montañas parecían estar a punto de librar una terrible tempestad. Los primeros temores acerca de los repentinos vientos antárticos revivieron otra vez, y bajo la supervisión de Atwood se aseguraron las tiendas, el nuevo corral para perros, y los toscos refugios de los aeroplanos. Estos últimos, construidos con bloques de nieve, no tenían todavía la altura necesaria, y Lake ordenó a todos sus hombres que trabajasen en ellos.

Poco después de las cuatro Lake se despidió invitándonos a descansar, tal como iban a hacer él y sus compañeros cuando terminaran con las paredes. Habló un rato amablemente con Pabodie, alabando otra vez la maravillosa excavadora que había permitido realizar el descubrimiento, y Atwood envió también sus saludos y elogios. Yo le transmití mis calurosas felicitaciones, reconociendo que había estado acertado con respecto a ese viaje hacia el oeste, y acordamos que volveríamos a comunicarnos a las diez de la mañana. Antes de retirarme envié un último mensaje al Arkham pidiéndoles que escuchasen las noticias del exterior. Nuestro informe debía de haber levantado una ola de incredulidad, y ésta se mantendría sin duda hasta que aportásemos pruebas más sustanciales.

<p>3</p>

Ninguno de nosotros, creo, durmió muy continua o profundamente aquella noche. Nos lo impidió tanto la excitación provocada por el descubrimiento de Lake como la creciente furia del viento. Tan terrible era el huracán en nuestro sector que nos preguntamos con inquietud qué fuerza tendría en el campamento de Lake, situado al pie de las montañas. A las diez de la mañana McTighe trató de hablar con Lake, según habíamos acordado, pero las condiciones eléctricas de la atmósfera impidieron aparentemente la comunicación. Logramos sin embargo establecer contacto con el Arkham, y Douglas me dijo que él también había tratado vanamente de comunicarse con Lake. Nada sabía de la tormenta; en el estrecho de McMurdo había una relativa calma.

Escuchamos ansiosamente toda la mañana y multiplicamos nuestras llamadas; todo fue inútil. Alrededor del mediodía una borrasca venida del oeste nos hizo temer por la suerte de nuestro campamento, pero se desvaneció en seguida. A las dos de la tarde reapareció un momento, y a las tres, vuelta ya la calma, redoblamos nuestros esfuerzos para comunicarnos con Lake. Como éste disponía de cuatro aeroplanos, dotados de excelentes transmisores de onda corta, no podíamos imaginar que un simple accidente hubiese impedido el funcionamiento de todos los equipos. Sin embargo, aquel silencio de piedra continuaba allí e imaginábamos, alarmados de veras, la fuerza que habria tenido el huracán al pie de las montañas.

A las seis de la tarde nuestros temores habían crecido todavía más, y luego de hablar unos instantes por radio con Douglas y Thorfinnssen resolví iniciar una investigación. El quinto aeroplano, que habíamos dejado en el estrecho de McMurdo con Sherman y dos marineros, estaba listo para partir y todo indicaba que ésta era la emergencia para la que había sido reservado. Me comuniqué con Sherman y le ordené que viniera en seguida a la base del sur con los dos marineros. Las condiciones del tiempo eran aparentemente favorables. Discutimos luego quiénes formarían la patrulla, y decidimos que iríamos todos, junto con el trineo y los perros que habían quedado en la base. Nuestro avión, construido para transportar pesados aparatos, podía llevar fácilmente esa carga. De cuando en cuando tratábamos de ponernos en contacto con Lake, pero sin resultado.

Sherman, con los marineros Larsen y Gunnarsson, levantó vuelo a las siete y media y llegó a nuestra base, luego de un viaje feliz, a medianoche. En seguida nos pusimos a discutir nuestro proyecto. Era bastante arriesgado volar sobre la Antártida en un solo avión y sin bases, pero nadie retrocedió ante lo que parecía ser una inevitable necesidad. A las dos de la mañana, después de comenzar a cargar el aeroplano, nos retiramos a descansar, y cuatro horas más tarde estábamos en pie otra vez para terminar nuestro trabajo.

A las 7.15 de la mañana levantamos vuelo hacia el oeste con McTighe como piloto y diez hombres, siete perros, un trineo, combustible, provisiones, y otros accesorios, incluso el aparato de radio. El aire estaba en calma y no muy frío, y pensamos que no tendríamos dificultades en llegar al sitio designado por Lake como base de su campamento. Pero temíamos lo que podríamos encontrar, o no encontrar, al fin de nuestro viaje. Nuestras repetidas llamadas no obtenían respuesta.

Todos los incidentes de aquel vuelo de cuatro horas y media están profundamente grabados en mi memoria a causa de la posición crucial que ocupa en mi vida. Ese viaje señala la pérdida de la paz y el equilibrio con que una mente normal considera la naturaleza y sus leyes. Todos nosotros —pero principalmente el estudiante Danforth y yo— íbamos a enfrentarnos a un mundo inmenso de acechantes horrores que nada podría ya borrar de nuestras mentes; y que nunca osaríamos compartir con la humanidad. Los periódicos han reproducido los mensajes que enviamos desde el aeroplano y que narraban nuestra lucha con dos traicioneras tormentas, el momento en que vislumbramos la superficie quebrada donde Lake había llevado a cabo una de sus investigaciones tres días antes, y el espectáculo de esos raros cilindros de nieve ya advertidos por Amundsen y Byrd y que ruedan con el viento a través de las interminables llanuras heladas. Pero llegó un momento en que nuestras sensaciones no pudieron ya ser transmitidas con palabras que la prensa pudiera entender, y otro en que tuvimos que aplicarnos una estricta censura.

El marinero Larsen fue el primero en avistar la quebrada línea de conos y pináculos que se alzaba ante nosotros. Sus gritos nos llevaron a todos a las ventanillas. A pesar de la velocidad del aparato los contornos de las montañas crecían muy lentamente; comprendimos que estaban muy lejos, y que eran visibles sólo a causa de su extraordinario tamaño. Poco a poco, sin embargo, fueron levantándose ceñudamente en el cielo occidental y pudimos distinguir varias cimas desnudas y negruzcas. Recortadas contra unas nubes iridiscentes de polvo de hielo, y a la luz roji*za del polo, tenían un aspecto singularmente fantástico. Toda la escena parecía sugerir una secreta revelación en potencia. Se diría que esos picos de pesadilla eran los pilones de una puerta que daba a mundos de ensueño y a unos complejos abismos de un tiempo y un espacio remotos que trascendían todas las dimensiones. No pude dejar de sentir que eran seres malignos, montañas alucinantes cuyas faldas extremas descendían a una hondonada infinita. El fondo nublado y semiluminoso sugería vagamente un etéreo más allá, más espacial que terrestre; un testimonio de la desolación, la total lejanía y la muerte inmemorial de este mundo abismático y virgen.

Fue el joven Danforth quien nos hizo notar las curiosas regularidades que coronaban las montañas más altas. Como Lake había mencionado en sus mensajes, estas regularidades parecían ser unos bloques cúbicos, y justificaban de veras que se los comparara con las visiones de unos templos primitivos en ruinas o las nubladas cimas asiáticas tan sutil y curiosamente pintadas por Roerich. Había de veras algo muy similar a las obras de Roerich en estas tierras misteriosas. Yo lo había sentido por primera vez cuando vislumbramos la Tierra de Victoria, y ahora resucitaba en mí aquella misma impresión. Sentí también que había allí algo inquietantemente parecido a los mitos arqueanos; de un modo perturbador este reino de muerte recordaba la temible meseta de Leng tal como se la describe en algunos escritos primitivos. Los mitologistas han situado Leng en el Asia Central; pero la memoria racial del hombre —o de sus predecesores— es larga, y es muy posible que ciertos relatos se hayan originado en otras regiones y templos donde reinaba el horror, anteriores a Asia y todas las tierras conocidas. Algunos místicos osados han sugerido que los Manuscritos Pnakóticos tienen un origen prepleistoceno, y han insinuado que los devotos de Tsathoggua eran tan extraños a la humanidad como Tsathoggua mismo. Leng, cualesquiera que fuesen el tiempo y el espacio en que había existido, no era una región en la que me hubiese gustado habitar. Del mismo modo nada me complacía la proximidad de un mundo en que se habían desarrollado las monstruosidades que Lake nos había descrito. Lamentaba yo en esos momentos haber leído el horrible Necronomicon o haber hablado tanto con el folclorista Wilmarth, desagradablemente erudito, en la universidad.

Todo esto no hizo sino agravar la sensación de malestar que me inspiraban aquellos curiosos espejismos que estallaban sobre nosotros, en el cenit cada vez más opalescente, mientras avanzábamos hacia las montañas y comenzábamos a distinguir sus ondulaciones. Yo había visto docenas de espejismos polares en las últimas semanas, algunos de ellos tan increíbles y fantásticamente vívidos como el actual; pero éste parecía dotado de un amenazador simbolismo, oscuro y nuevo, y me estremecí ante la presencia de un fabuloso laberinto de paredes, torres y minaretes que surgían de los vapores de hielo por encima de nuestras cabezas.

Teníamos la impresión de encontrarnos ante una ciudad ciclópea de arquitectura desconocida para el hombre, con construcciones de un negro de ébano: monstruosas perversiones de las leyes geométricas. Había allí conos truncados, acanalados, en terrazas. Sobre ellos se elevaban unas agujas cilíndricas, en forma de bulbo, o coronadas por unos discos delgados. Algunas construcciones chatas sugerían pilas de losas rectangulares, discos y estrellas de cinco puntas. En otros casos se unían las formas del cono y la pirámide, ya solos o sobre cilindros, o cubos, u otras pirámides y conos truncados. Algunas veces unas finas agujas formaban curiosos grupos de cinco. Todas estas estructuras parecían estar unidas entre sí con puentes tubulares que se alzaban a enormes alturas. Las proporciones gigantescas daban al conjunto un aspecto terrorífico opresivo. Los espejismos no eran muy diferentes de los observados por el ballenero Scoresby en 1820, pero en este tiempo y lugar, con aquellos picos desconocidos y oscuros que se alzaban ante nosotros, con el recuerdo aún reciente del descubrimiento de aquellas criaturas, y el temor del desastre que podía haber alcanzado a la mayor parte de nuestra expedición, todos creíamos ver en él un matiz de malignidad latente y de prodigio infinitamente malvado.

Me alegré cuando el espejismo comenzó a desvanecerse, aunque en el proceso las torres y conos de pesadilla asumían momentáneamente formas distorsionadas todavía más espantosas. Cuando toda la escena se disolvió en un torbellino opalescente, comenzamos a mirar otra vez hacia la tierra y vimos que el fin de nuestro viaje estaba próximo. Las montañas desconocidas se alzaban ante nosotros como un amenazador baluarte de gigantes, y no era necesario recurrir a los gemelos de campaña para distinguir las curiosas regularidades de las cimas. Volábamos ahora sobre los contrafuertes más bajos y pudimos ver sobre la nieve un par de manchas oscuras que supusimos eran el campamento y las perforaciones de Lake. Los contrafuertes más altos se alzaban a una distancia de ocho a diez kilómetros, y formaban una línea claramente separada de la de los picos. Al fin, Ropes —el estudiante que había relevado a McTighe en el manejo del avión— comenzó a dirigir la máquina hacia la mancha situada a la izquierda y que por su tamaño debía de ser el campamento. Mientras tanto, McTighe enviaba al mundo nuestro último mensaje no censurado.

Todos, por supuesto, han leído los breves e insatisfactorios comunicados que enviamos desde entonces. Pocas horas después de nuestro aterrizaje describimos brevemente la tragedia: la expedición de Lake había sido destruida por la terrible tormenta del día anterior. Once habían muerto: el joven Gedney había desaparecido. La gente nos perdonó que no diésemos detalles, atribuyendo el hecho a nuestro estado de ánimo, y nos creyó cuando explicamos que la acción del viento había dejado los cadáveres en un estado tal que era imposible sacarlos de allí. Sin embargo, me enorgullezco de que, a pesar de nuestro horror y nuestro dolor, apenas hallamos faltado a la verdad. Lo peor era lo que no nos atrevimos a decir; lo que diré ahora, sólo para apartar a otros de unos innominables horrores.

Es cierto que el viento había hecho grandes estragos. No sé si Lake y sus compañeros habrían podido sobrevivir, aun sin aquella otra cosa. La tormenta, con su furia de enloquecidas partículas de hielo, había sido muy superior a todas las que habíamos encontrado hasta entonces. Uno de los refugios para los aviones había desaparecido casi, y la torre de perforaciones estaba totalmente destrozada. El metal de los aeroplanos y de las máquinas excavadoras parecía pulido por el hielo, y dos de las tiendas habían sido abatidas a pesar de los muros protectores. Las maderas habían perdido su pintura, y no había quedado ninguna huella en la nieve. Es cierto también que los restos de las criaturas arqueanas estaban en una condición tal que era inútil recogerlos. Nos contentamos con reunir algunos de los fragmentos de esteatita de cinco puntas que habían originado aquellas comparaciones, y algunos huesos fósiles; los más característicos pertenecían a los ejemplares tan curiosamente mutilados.

No había sobrevivido ni un solo perro, y el corral de nieve, construido con tanta prisa, ya no existía. Obra del viento, sin duda; pero el mayor destrozo, del lado más cercano a las tiendas, lo había causado la furia de los animales. Los tres trineos habían desaparecido, y culpamos a la tormenta. La perforadora y el aparato para fundir el hielo estaban demasiado dañados. No era posible un arreglo, de modo que los utilizamos para obstruir la perturbadora entrada al pasado abierta por Lake. Abandonamos del mismo modo dos de los aviones, pues no contábamos ahora más que con cuatro pilotos: Sherman, Danforth, McTighe y Ropes; Danforth, además, estaba tan nervioso que no se podía contar con él. Recogimos en cambio todos los libros y aparatos científicos que pudimos hallar. Las tiendas y pieles faltaban o ya no servían.

A eso de las cuatro de la tarde, luego de haber buscado inútilmente a Gedney con uno de los aviones, enviamos al Arkham un comunicado sobre la catástrofe. Creo que hicimos bien en mantener la calma y no decir demasiado. No hablamos de otra agitación que de la de nuestros perros. Su inquietud a propósito de los ejemplares fósiles ya era de todos conocida. No mencionamos, empero, la intranquilidad similar que sintieron al oler los fragmentos de esteatita y algunos otros objetos desparramados por la región: instrumentos científicos y maquinarias, tanto del campamento como del equipo de perforaciones, que habían sido arrastrados o destrozados por vientos dotados de una curiosidad singular.

De los catorce ejemplares biológicos, hablamos en términos muy vagos. Dijimos que poco quedaba de ellos; lo suficiente sin embargo para comprobar la exactitud de las descripciones de Lake. Nos costó mucho evitar que la emoción nos traicionara, pero no mencionamos números ni dijimos exactamente cómo habíamos encontrado aquellos ejemplares. Convinimos en que no transmitiríamos nada que pudiese sugerir que Lake y sus compañeros se hubieran vuelto locos. Encontrar seis monstruos cuidadosamente sepultados en la nieve (en unas tumbas de casi tres metros de profundidad, con túmulos en forma de estrella, y puntos exactamente iguales a los de la esteatita verdosa sacada de terrenos mesozoicos o terciarios) nos pareció verdaderamente que sería atribuido a la locura. Los otros ocho ejemplares en buen estado mencionados por Lake parecían haber desaparecido sin dejar la menor huella.

Nos preocupaba sobremanera la paz espiritual del público y nada dijimos tampoco, por lo tanto, del terrible viaje que Danforth y yo hicimos a las montañas, al día siguiente. Sólo un aeroplano muy liviano podría cruzar la cadena de montañas, así que, por suerte, nos vimos obligados a limitar la tripulación a nosotros dos. Cuando volvimos, a la una de la mañana, Danforth estaba al borde de una crisis nerviosa; pero supo guardar silencio. No tuve que pedirle que no mostrase los dibujos, ni las cosas que traíamos en los bolsillos, ni que no dijese a nuestros compañeros sino aquello que habíamos decidido comunicar al mundo, ni que ocultásemos las películas cinematográficas para revelarlas más tarde en privado. Por consiguiente, esta parte de mi relato será algo nuevo para Pabodie, McTighe, Ropes, Sherman y los otros, lo mismo que para el mundo en general. En verdad, Danforth es más discreto que yo, pues vio, o creyó ver, algo de lo que no habló ni siquiera conmigo.

Como todos saben, nuestro comunicado incluye la narración de nuestro trabajoso ascenso, una confirmación de las ideas de Lake, que opinaba que aquellos grandes picos eran de naturaleza arqueana y otros estratos primitivos que no habían sufrido mayores alteraciones desde el período cománchico, un comentario convencional acerca de la regularidad de las formaciones rocosas, la comprobación de que en las entradas de las cavernas había unas vetas calcáreas, la creencia de que ciertos desfiladeros permitirían a gente avezada cruzar la cordillera, y la indicación de que del otro lado se ocultaba una inmensa meseta tan antigua como los picos mismos. Esa meseta, unida a las montañas por unos contrafuertes no muy abruptos, se extendía a unos seis mil metros de altura; y unas grotescas formaciones rocosas atravesaban la fina capa de hielo.

Todas estas informaciones eran exactas, y dejaron satisfechos a los hombres del campamento. Atribuimos nuestra ausencia de dieciséis horas —muchas más que las requeridas por el vuelo, el aterrizaje, el reconocimiento del terreno y la recolección de algunas piedras— a unas supuestas condiciones atmosféricas desfavorables. Por suerte nuestro relato pareció lógico y veraz, y nadie sintió la tentación de emular nuestro vuelo. Si alguien lo hubiese intentado, yo habría recurrido a todos los medios para impedirlo... y no sé qué habría hecho Danforth. Durante nuestra ausencia, Pabodie, Sherman, Ropes, McTighe y Williamson habían trabajado duramente arreglando los dos mejores aviones de Lake, y a pesar del inextricable estado de los mecanismos, los aparatos estaban listos para levantar vuelo.

Decidimos cargar los aeroplanos a la mañana siguiente y partir en seguida hacia la vieja base. Éste era el mejor modo, aunque indirecto, de llegar al estrecho de McMurdo, pues atravesar regiones ignoradas podía traer nuevos peligros. No podíamos seguir explorando a causa de la trágica pérdida de vidas y la ruina de parte de la maquinaria. Las dudas y horrores que nos envolvían —aunque no conocidos por todos— me inspiraban un único deseo: escapar de este mundo austral de locura y desolación con toda la rapidez posible.

Como ya sabe el público, nuestro retorno al mundo civilizado se realizó sin dificultades. Todos los aviones llegaron a la vieja base en la tarde del día siguiente —27 de enero— luego de un vuelo sin escalas, y al otro día nos trasladamos al estrecho de McMurdo deteniéndonos sólo una vez a causa de una avería en el timón ocasionada por el viento. Cinco días más tarde el Arkham y el Miskatonic, con toda la tripulación y el equipo a bordo, salían del cada vez más grueso campo de hielo y navegaban por el mar de Ross. Las montañas de la Tierra de Victoria se alzaban al oeste contra un oscuro cielo antártico. De allí venía un viento cuyo silbido musical me helaba la sangre.

Dos semanas más tarde dejábamos atrás las últimas tierras polares y agradecíamos haber salido de aquel reino maldito donde la vida y la muerte, el espacio y el tiempo habían pactado extrañamente en épocas en que la corteza terrestre aún no estaba del todo fría.

Desde nuestro retorno hemos tratado de desanimar a todos los que quieren explorar la Antártida. Ninguno de nosotros ha revelado los horrores de los que fuimos testigos. Aun el joven Danforth, a pesar de su terrible depresión nerviosa, no ha querido hacer ninguna confidencia a los médicos. Como ya he dicho, hay algo que cree haber visto y que no quiere decir a nadie, ni aun a mí, aunque me parece que si se atreviese a hacerlo se sentiría mejor. Eso ayudaría quizá a explicar muchas cosas, aunque es posible que no se trate sino de alguna emoción terrible. Pienso eso al menos cuando Danforth, en algunos raros instantes, comienza a divagar y se interrumpe de pronto como recuperando el dominio de sí mismo.

Es difícil impedir que otros hombres traten de visitar el Sur, y algunos de nuestros esfuerzos sólo sirven probablemente para aumentar los deseos de hacer averiguaciones. Deberíamos haber recordado que la curiosidad humana es infinita y que los resultados que anunciamos al mundo bastarían para lanzar a otros a la misma búsqueda de lo desconocido. Los informes de Lake acerca de esos monstruos biológicos han excitado a los naturalistas y paleontólogos, a pesar de que hemos tenido el sentido común de no mostrar los trozos de los ejemplares enterrados, ni nuestras fotografías de los mismos. Nos hemos guardado también de exhibir los huesos con cicatrices y las esteatitas verdes. Danforth y yo hemos ocultado también cuidadosamente las fotografías y dibujos que obtuvimos en la meseta, y esas cosas que estudiamos con terror y escondimos en los bolsillos.

Pero ahora se está organizando la expedición Starkweather-Moore, que dispone ya de un equipo más completo que el nuestro. Si nadie logra disuadirlos, llegarán al centro de la Antártida para sacar de debajo del hielo algo que, creemos, terminaría con el mundo. De modo que debo dejar de lado toda reticencia y hablar de aquel mundo innominable que se oculta detrás de las montañas alucinantes.

<p>4</p>

Vuelvo con gran repugnancia a evocar el campamento de Lake para hablar francamente de lo que encontramos allí. Siento la constante tentación de suprimir detalles y dejar que las insinuaciones ocupen el lugar de los hechos y las inevitables deducciones. Espero haber dicho bastante como para referirme brevemente a lo que falta; lo que falta, es decir, el horror del campamento. Ya he hablado del terreno arrasado por el huracán, los refugios destruidos, la estropeada maquinaria, la inquietud de nuestros perros, la falta de trineos, la muerte de los hombres y los animales, la ausencia de Gedney y la insana sepultura de los seis ejemplares biológicos, conservados curiosamente a pesar de los daños sufridos, durante cuarenta millones de años. No recuerdo si dije que al examinar los cadáveres notamos la falta de uno de los perros. No pensamos mucho en eso hasta más tarde; en realidad, sólo yo y Danforth prestamos al hecho cierta atención.

Entre lo que he ocultado, lo esencial se refiere a los cuerpos, y a ciertas circunstancias que podrían dar, o no, una increíble y odiosa explicación racional a aquel caos aparente. Traté en aquel entonces de que mis hombres no prestasen mucha atención a esas circunstancias; pues era mucho más simple, mucho más normal, atribuir todo aquello al ataque de locura de un hombre de Lake. A juzgar por el aspecto de las cosas, el demoníaco viento de las montañas hubiese bastado para enloquecer a cualquier hombre en ese centro del misterio y la desolación terrestres.

La principal anormalidad era el estado en que se encontraban los cuerpos, tanto de los hombres como de los animales. Parecían haber tomado parte en un combate feroz, y estaban despedazados y mutilados de un modo inexplicable y terrible. En todos los casos era como si la muerte hubiese sobrevenido por laceración o estrangulación. En cuanto a los perros, se veía que habían sido ellos los que habían tomado la iniciativa, pues el estado de su mal construido corral demostraba que había sido roto desde dentro. Lo habían levantado a cierta distancia del campamento para apagar la furia provocada por aquellos monstruosos organismos arqueanos. Pero todas las precauciones parecían haber sido vanas. Cuando quedaron solos ante aquel monstruoso huracán, protegidos por muros de nieve de insuficiente altura, los perros debieron de haber escapado, sea para huir del viento o del olor emitido por aquellos ejemplares de pesadilla.

De cualquier manera, lo que había ocurrido era algo odioso y repugnante. Quizá debiera dejar de lado todos mis escrúpulos y decidirme a declarar lo peor. De un modo categórico, basado en observaciones de primera mano y en las deducciones más lógicas, tanto de Danforth como mías: el desaparecido Gedney no era de ningún modo responsable de los horrores que encontramos allí.

Ya he dicho que los cadáveres estaban horriblemente mutilados. Debo añadir ahora que algunos habían sido cortados y despedazados del modo más curioso. Hombres y perros habían sufrido la misma suerte. Parecía como si un carnicero hubiese quitado a los cuerpos más gruesos y sanos importantes masas de carne.

Alrededor de estos cuerpos había sal desparramada —obtenida de los saqueados cofres de provisiones de los aeroplanos—, lo que suscitaba las hipótesis más terribles. Todo esto había ocurrido en uno de los refugios, de donde habían retirado el avión. Los vientos habían borrado luego las huellas capaces de alimentar alguna teoría aceptable. Las ropas desparramadas y rotas, arrancadas de cualquier modo de los cuerpos de los hombres, no proporcionaban ningún indicio. En uno de los rincones del destruido refugio nos pareció discernir unas huellas que no eran humanas, sino similares a aquellas marcas fósiles de las que Lake había hablado tanto. Pero en la proximidad de aquellas enormes y alucinantes montañas había que cuidarse de los errores de la imaginación.

Como ya he señalado, faltaban Gedney y uno de los perros. Cuando examinábamos aquel horrible refugio, teníamos que encontrar todavía a dos de los compañeros de Lake y a dos de los perros; pero la tienda-laboratorio, en la que entramos luego de investigar las tumbas monstruosas, iba a revelarnos algo. No se encontraba en el estado en que la había dejado Lake, pues los trozos de aquel monstruo primitivo habían sido quitados de la mesa. En verdad, ya nos había parecido que una de las seis enterradas criaturas —aquella que emitía un olor particularmente desagradable— debía representar los fragmentos de la entidad que Lake había tratado de analizar. Sobre la mesa del laboratorio, y a su alrededor, había otras cosas, y no nos costó mucho comprender que eran el resultado de la disección, realizada con todo cuidado, pero por alguien curiosamente inexperto, de los cuerpos de un hombre y un perro. No mencionaré, por razones obvias, la identidad de la víctima. El instrumental quirúrgico de Lake había desaparecido, pero era evidente que había sido cuidadosamente limpiado. La estufa de petróleo faltaba también, aunque en el lugar de su emplazamiento se veía una gran cantidad de fósforos. Enterramos aquellos restos humanos junto con otros diez hombres, y los del animal con los otros treinta y cinco perros. En cuanto a los despojos que había en la mesa del laboratorio y el montón de libros con ilustraciones que, torpemente hojeados, encontramos no muy lejos de allí, estábamos demasiado sorprendidos como para pensar en eso.

De todo lo que había en el campamento, esto era lo más horrible, pero lo demás no era menos misterioso. La desaparición de Gedney, un perro, los ocho ejemplares biológicos intactos, los tres trineos, ciertos aparatos y libros científicos, materiales de escritura, linternas eléctricas y baterías, provisiones y combustible, aparatos caloríferos, tiendas, trajes de pieles y otras cosas semejantes, escapaba a toda posible hipótesis. Lo mismo ocurría con ciertas manchas de tinta en algunos trozos de papel, y las pruebas de que los comandos de los aviones y los aparatos mecánicos del campamento habían sido torpemente manipulados. Los perros parecían rehuir toda esta estropeada maquinaria. El desorden de la despensa, la desaparición de ciertos artículos, y el montón de latas de conservas abiertas del modo más inverosímil, y por los lugares más inverosímiles, presentaban un problema similar. La profusión de fósforos desparramados, intactos, rotos o consumidos, era también un enigma menor, lo mismo que las dos o tres tiendas y los trajes de pieles que presentaban curiosas desgarraduras, debidas quizá a haber intentado adaptarlos a usos inimaginables. El trato que habían recibido los cuerpos humanos y caninos, y la disparatada sepultura que habían recibido los dañados ejemplares arqueanos, estaban en armonía con este desorden propio de la locura. Considerando que podía presentarse una eventualidad como ésta, fotografiamos cuidadosamente todas las pruebas principales, y me propongo usar esas fotografías para disuadir a los miembros de la expedición Starkweather-Moore.

Luego del descubrimiento de los cadáveres en el refugio, lo primero que hicimos fue fotografiar y abrir las seis tumbas monstruosas con túmulos en forma de estrella. Advertimos en seguida el parecido de estos túmulos, adornados por dibujos de puntos, con las curiosas esteatitas verdes descritas por el pobre Lake. Cuando encontramos algunas de estas piedras en un montón de restos minerales, la semejanza se nos hizo aún más evidente. La forma de las tumbas y las piedras recordaba además la cabeza estrellada de los seres arqueanos, y concluimos que ese parecido tenía que haber influido sobremanera en las mentes excitadas de Lake y sus compañeros.

La locura —contando a Gedney como el único posible autor sobreviviente— fue la explicación que adoptamos todos de un modo espontáneo, por lo menos en voz alta; aunque no seré tan ingenuo como para negar que alguno de nosotros pudo haber imaginado alguna hipótesis que el sentido común le impidió formular. Aquella misma tarde, Sherman, Pabodie y McTighe volaron sobre la región, escrutando el horizonte con gemelos de campaña en busca de Gedney y los objetos que faltaban; pero todo fue inútil. La patrulla informó que la gigantesca barrera se extendía interminablemente, a la derecha y a la izquierda, sin ningún cambio apreciable. En algunos de los picos, sin embargo, ciertos cubos y formaciones eran aún más desnudos, y el parecido con las pinturas de Roerich tenía así un carácter doblemente fantástico. La distribución de las crípticas entradas de las cavernas en las cimas desprovistas de nieve parecía llegar, de un modo irregular, hasta donde alcanzaba la vista.

A pesar de los horrores que acabábamos de descubrir, quedaban aún en nosotros bastante entusiasmo y celo científico como para preguntarnos qué habría detrás de aquellas misteriosas montañas. Tal como lo dijimos en nuestros discretos comunicados, nos acostamos a medianoche, pero no sin antes elaborar un cuidadoso plan con el propósito de cruzar al día siguiente, a gran altura, la cadena de montañas. Llevaríamos con nosotros una cámara aérea y un equipo de geólogo. Se decidió que Danforth y yo intentásemos realizar la travesía en un aparato aligerado de peso. Nos levantamos con ese propósito a las siete de la mañana, pero unos vientos muy fuertes —mencionados en el comunicado al exterior— retrasaron nuestra salida hasta cerca de las nueve.

Ya he hablado del relato que hicimos a los hombres del campamento —y que transmitimos al mundo— al volver dieciséis horas más tarde. Tengo ahora el terrible deber de ampliar esa historia, llenando los misericordiosos blancos con lo que vimos realmente en aquel mundo de más allá de las montañas, y que llevó al fin al joven Danforth a una crisis nerviosa. Desearía poder añadir una palabra a propósito de lo que Danforth vio o creyó haber visto —aunque se trató probablemente de una ilusión—, y que quizá fue la gota de agua que hizo rebasar la copa. Todo lo que puedo hacer es repetir los confusos murmullos con que trataba de explicarme el porqué de sus temores mientras regresábamos entre aquellas montañas torturadas por el viento. Ésta será mi última palabra. Si las pruebas de que hemos sobrevivido a unos primitivos horrores no bastan para apartar a otros de la Antártida —o al menos para que no penetren demasiado bajo la superficie de ese refugio de secretos prohibidos e inhumana desolación—, la responsabilidad de unos males innominables, y quizá también inconmensurables, no será mía.

Danforth y yo, luego de estudiar las notas redactadas por Pabodie en su vuelo de la víspera, habíamos calculado que el paso más bajo y próximo se encontraba un poco a nuestra derecha, a unos siete mil metros de altura sobre el nivel del mar. Hacia este punto nos dirigimos entonces. Como el campamento estaba situado a más de cuatro mil quinientos metros de altura, la diferencia de nivel no era muy grande. Sin embargo, sentimos al subir el aire rarificado y el frío intenso, pues a causa de la mala visibilidad habíamos tenido que dejar las ventanillas abiertas. Nos habíamos puesto, naturalmente, nuestros abrigos más gruesos.

A medida que nos acercábamos a los picos oscuros y siniestros que se alzaban sobre una línea de glaciares y hendiduras cubiertas de nieve, advertíamos más y más las formaciones curiosamente regulares de las pendientes, y recordábamos de nuevo las raras pinturas asiáticas de Nicholas Roerich. Los viejos estratos rocosos batidos por el viento correspondían con exactitud a las descripciones de Lake y probaban que esos pináculos se erigían del mismo modo desde épocas sorprendentemente lejanas; quizá desde hacía cincuenta millones de años. Era imposible saber qué altura habían tenido en otro tiempo; pero todo en esta extraña región señalaba la influencia de oscuras condiciones atmosféricas poco favorables a los cambios, y aptas para retardar el acostumbrado proceso climático de desintegración de las rocas.

Pero lo que más nos fascinaba y perturbaba era aquella acumulación de cubos, murallas y cavernas. Mientras Danforth hacía de piloto yo observaba el espectáculo con mis gemelos de campaña y tomaba algunas fotografías. De cuando en cuando sustituía a mi compañero en el gobierno de la máquina —aunque mis conocimientos de navegación aérea son sólo los de un aficionado— para que Danforth pudiese contemplar la cordillera. Era fácil advertir que esas formaciones se componían principalmente de cuarcita arqueana, de color claro, totalmente distinta de las rocas de la superficie. Su regularidad llegaba a un extremo no sospechado por Lake.

Como éste había dicho, las aristas habían sido desgastadas y redondeadas por la erosión durante millones de siglos; sólo su extraordinaria dureza había impedido que desapareciesen. Muchas partes, especialmente las más cercanas a las faldas, parecían ser de la misma sustancia que las rocas de los alrededores. El conjunto no se diferenciaba mucho de las ruinas de Machu Picchu en los Andes, o los cimientos de las murallas de Kish exhumadas por la expedición del Museo de Oxford de 1929. Tanto Danforth como yo tuvimos la impresión que Lake había atribuido a la fantasía de Carroll. Sentí que mis conocimientos de geología eran totalmente inútiles para explicar la existencia de esas formaciones. Las rocas ígneas presentan a menudo curiosas irregularidades —como la famosa Calzada de los Gigantes de Irlanda—, pero esta estupenda cordillera, a pesar de que Lake había creído ver conos humeantes, era evidentemente de origen no volcánico.

Las cavernas presentaban otro enigma a causa de la regularidad de las aberturas. Eran, como había dicho el comunicado de Lake, cuadradas o semicirculares, como si una mano mágica hubiese regulado la simetría de los orificios. Su número y distribución sugerían que toda aquella zona estaba atravesada por túneles originados en estratos calcáreos desaparecidos. Desde el avión no alcanzábamos a ver el interior de las cavernas, pero nos pareció que estaban libres de estalactitas y estalagmitas. Fuera, las piedras que rodeaban las bocas eran invariablemente lisas y regulares y Danforth opinó que las huellas de la erosión parecían formar unos raros dibujos. Todavía bajo la impresión de los horrores del campamento, sugirió que esas huellas se parecían a los grupos de puntos que cubrían los trozos de esteatita verde tan odiosamente reproducidos sobre las tumbas de los monstruos.

Volábamos ya sobre los contrafuertes más elevados en el paso que habíamos elegido. De cuando en cuando observábamos el hielo y la nieve, preguntándonos si hubiésemos podido hacer el viaje con perros y trineos. Bastante sorprendidos, alcanzamos a ver que el terreno estaba libre de hendiduras y otros obstáculos, y no habría podido detener a expediciones bien equipadas como las de Scott, Shackleton o Amundsen. Casi todos los glaciares parecían terminar en unos pasos.

Apenas podría describir aquí nuestra tenaz expectación mientras nos preparábamos para rodear la última cima y contemplar un mundo virgen. Sin embargo, no teníamos por qué creer que aquellas regiones serían totalmente distintas de las que habíamos visto. La atmósfera de misterio maléfico que envolvía las montañas y el cielo opalescente visible entre las cimas era algo demasiado sutil para reproducirlo con palabras y frases. En verdad, se trataba sobre todo de un vago simbolismo psicológico y de asociaciones estéticas: poemas y cuadros exóticos y mitos arcaicos encerrados en libros prohibidos. El mismo canto del viento parecía estar animado por una malignidad consciente, y durante un instante me pareció distinguir toda una gama de sonidos musicales mientras las ráfa*gas se hundían en las bocas de las cavernas. Había algo de repulsivo en esas notas, tan inclasificable como las otras oscuras impresiones.

Nos encontrábamos ya a una altura de más de siete mil metros y habíamos dejado muy atrás la región de las nieves. Sólo veíamos unos muros rocosos y oscuros a los que cubos y cavernas prestaban un carácter sobrenatural y fantástico, similar al de un sueño. Observando la línea de los picos, me pareció ver el mencionado por Lake, con estribaciones en la punta. Se perdía a medias en una curiosa niebla, lo que explica acaso que Lake hubiese creído que había allí actividad volcánica. Ante nosotros se extendía el paso barrido por el viento, entre ceñudos pilones de bordes dentados. Más allá se abría un cielo pálido donde giraban unos vapores iluminados por el bajo sol polar; el cielo de ese misterioso y lejano dominio que ningún ojo humano había divisado hasta ahora.

Unos pocos metros más de altura y aparecería ante nosotros ese reino. Danforth y yo, que sólo podíamos comunicarnos a gritos a causa del silbido del viento y el rugido de los motores, intercambiamos una elocuente mirada. Instantes después aquella tierra antigua y extraña nos abría sus secretos incomparables.

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Creo que ambos dimos un grito en el que se mezclaban la admiración, el terror, la angustia y la incredulidad. Si logramos conservar el uso de nuestras facultades, se debió sin duda a que atribuimos en seguida el espectáculo a alguna causa natural. Pensamos probablemente en las rocas grotescas del Jardín de los Dioses en Colorado, o en las peñas batidas por el viento y fantásticamente simétricas del desierto de Arizona. Hasta imaginamos quizá que se trataba de un espejismo similar al que habíamos visto al acercarnos por primera vez a aquellas montañas alucinantes. Tuvimos que haber elaborado esas normales hipótesis al contemplar aquella meseta ilimitada, marcada por los vientos, y aquel laberinto infinito de rítmicas masas de piedra, geométricamente regulares y de enorme tamaño, que alzaban sus cimas aplastadas sobre un glaciar de no más de ciento cincuenta metros de profundidad.

El efecto que causó entre nosotros aquella escena monstruosa es indescriptible. Era indudable que había allí una clara violación de toda ley natural. Allí, en una meseta increíblemente antigua, a una altura de seis mil metros, en un clima que había hecho de esta región algo inhabitable durante los últimos quinientos mil años, se extendía, hasta donde llegaba la vista, una acumulación de construcciones que sólo la desesperación podía atribuir a otra causa que a un ser consciente. Habíamos rechazado, desde un comienzo, la idea de que las murallas y cubos de la cordillera no tuviesen un origen natural, y ni siquiera habíamos considerado el asunto. ¿Cómo podía ser de otro modo cuando en la época en que esta región se había convertido en un reino helado el hombre apenas se diferenciaba de los monos superiores?

Pero ahora algo irrefutable nos sacudía la razón, pues estas masas ciclópeas de bloques cuadrados, curvos y angulares tenían ciertas características que impedían todo engaño consolador. Se trataba, muy claramente, de la ciudad que se nos había aparecido en aquel espejismo, pero dotada ahora de una realidad objetiva e ineluctable. Aquel maravilloso portento tenía, pues, al fin y al cabo, una base material. Una capa horizontal de polvo de hielo suspendida en el aire había servido para que estas construcciones de piedra proyectaran su imagen por encima de las montañas, en virtud de unas simples leyes de reflexión óptica. Naturalmente, la aparición, retorcida y exagerada, había mostrado algunas cosas que no había en la fuente real; pero ahora, sin embargo, las construcciones nos parecían más amenazadoras y odiosas que aquella imagen distante.

Sólo la increíble o inhumana proporción de esas vastas torres y murallas había evitado que desapareciesen destruidas por las ráfa*gas que habían barrido la meseta durante cientos de miles —o quizá millones— de años. «Corona Mundi... Techo del Mundo...». Las frases más extravagantes nos venían a la boca mientras contemplábamos el vertiginoso espectáculo. Volvieron a mi mente aquellos horribles mitos primitivos que no podía olvidar desde que había llegado a este mundo antártico: la demoníaca meseta de Leng, el Mi-Go o abominable hombre de las nieves del Himalaya, los Manuscritos Pnakóticos con sus prehumanas implicaciones, el culto de Cthulhu, el Necronomicon, y las leyendas hiperbóreas acerca del informe Tsathoggua, y la aún más horrible estrella asociada con esa semientidad.

La ciudad se extendía hasta donde alcanzaba la vista, a la derecha y a la izquierda, y a lo largo de los bajos contrafuertes que la separaban de las montañas, sin cambiar de tamaño. Sólo advertimos una interrupción un poco a la derecha del paso por el que habíamos venido. Nos encontrábamos, por azar, ante una parte de algo de incalculable extensión. Los primeros contrafuertes estaban salpicados por unas grotescas estructuras de piedra, y unían la terrible ciudad a los ya conocidos cubos y muros que eran evidentemente los puestos de avanzada de las montañas.

El anónimo laberinto de piedra estaba formado en su mayor parte por murallas de tres a cuarenta metros de altura y un metro y medio a tres de espesor. Los grandes bloques de piedra tenían hasta dos metros y medio de largo. Sin embargo, en algunos lugares los muros habían sido labrados directamente sobre una formación precámbrica, y los edificios, de un tamaño muy desigual, se ordenaban como formando inmensos panales o como estructuras independientes y más pequeñas. La forma general tendía a ser cónica, piramidal o truncada, aunque había también muchos cilindros y cubos perfectos, racimos de cubos, y otras formas rectangulares. Algunos edificios en forma de estrella sugerían vagamente las fortificaciones modernas. Los constructores habían usado con habilidad y abundancia el principio del arco, y en otro tiempo las cúpulas habían sido quizá numerosas.

El conjunto había sido considerablemente alterado por vientos y lluvias, y en la capa de hielo de la que surgían las torres se acumulaban bloques de piedra y restos inmemoriales. Donde el hielo era transparente podíamos ver las partes más bajas de las gigantescas estructuras, y notamos que varios puentes unían las torres a distintas alturas del suelo. En los muros exteriores se advertían las huellas de otros puentes desaparecidos. Un examen más atento reveló innumerables ventanas; en algunas se habían petrificado las persianas de madera; otras bostezaban siniestramente. Muchas de las ruinas, como era natural, carecían de techo, y los bordes superiores habían sido redondeados por la erosión. Pero algunas construcciones, cónicas, piramidales o protegidas por otros edificios de mayor altura, se conservaban intactas. Con los gemelos de campaña pudimos observar unas decoraciones escultóricas dispuestas en bandas horizontales; decoraciones que incluían aquellos curiosos dibujos de puntos cuya presencia en las piedras de esteatita verde adquiría ahora un mayor significado.

En algunos lugares la capa de hielo había cedido por alguna razón geológica, y las construcciones se habían derrumbado. En otros la piedra había sido arrasada hasta el nivel de la capa de hielo. Una larga zona, que se extendía desde el interior de la meseta hasta un acantilado de los contrafuertes, a un kilómetro y medio del paso por el que habíamos venido, estaba totalmente libre de construcciones. Tenía que ser, pensamos, el curso de un río que en la época terciaria —hacía millones de años— había atravesado la ciudad para desaparecer en algún prodigioso abismo subterráneo de la cadena montañosa. Indudablemente, ésta era una región de cavernas, hondonadas y subterráneos secretos inaccesibles para el hombre.

Cuando recuerdo nuestro estupor al encontrarnos ante aquel monstruoso sobreviviente de unas épocas que habíamos creído prehumanas, me maravilla pensar que hayamos conservado el uso de la razón. No podíamos ignorar que algo —la cronología, la ciencia, o nuestra propia mente— estaba sufriendo allí una horrible distorsión; sin embargo, logramos mantener el equilibrio necesario como para guiar el aeroplano, observar minuciosamente diversas cosas, y tomar toda una serie de fotografías. En lo que a mí se refiere, fui ayudado por mi vocación científica, pues a pesar de la inquietud y el temor que me dominaban, sentía la imperiosa curiosidad de indagar estos antiguos secretos, averiguar qué seres habían habitado allí, y qué papel habían desempeñado en el mundo.

Pues ésta no era una ciudad común. Tenía que haber sido el nudo central de un increíble y arcaico capítulo de la historia de la Tierra, cuyas ramificaciones, recordadas vagamente, y sólo en los mitos más oscuros y misteriosos, habían desaparecido de un modo total en el caos de las convulsiones geológicas anteriores a la aparición del hombre. Comparada con esta megalópolis paleógena, Atlantis y Lemuria, Commorion y Uzuldaroum, y Olathoé en el país de Lomar, parecían ciudades de hoy, ni siquiera de ayer. La ciudad sólo podía relacionarse con horrores como Valusia, R'lyeh, Ib en la tierra de Mnar, y la ciudad anónima de la Arabia Desierta. Mientras volábamos sobre esa acumulación de torres titánicas mi imaginación rompía todos los límites y asociaba fantásticamente este mundo perdido con las pesadillas inspiradas por los sucesos del campamento.

El depósito de combustible de nuestro avión, para evitar un peso excesivo, no había sido llenado del todo. Teníamos por lo tanto que ser algo prudentes en nuestras exploraciones. Volamos sin embargo bastante tiempo, luego de descender hasta una capa de aire donde apenas se sentían los efectos del viento. La cordillera no parecía tener límites, y lo mismo ocurría con la ciudad de piedra que bordeaba los contrafuertes. Volamos casi cien kilómetros a la derecha y a la izquierda y no notamos ningún cambio en aquel vasto y pétreo laberinto, extendido como un cadáver sobre los hielos eternos. Había sin embargo algunos accidentes de gran interés, como las esculturas que adornaban el cañón ocupado por el antiguo río. Las paredes de la entrada habían sido esculpidas hasta simular dos gigantescos pilones, y los motivos, parecidos a toneles, despertaron en nosotros recuerdos funestos.

Vimos también unos espacios abiertos en forma de estrella, evidentemente plazas públicas, y notamos varias ondulaciones en el terreno. Las colinas habían sido ahuecadas y convertidas en algo así como edificios; pero había por lo menos dos excepciones. Una de ellas había sido atacada de tal modo por la erosión que era imposible saber qué se había alzado en su cima; la otra tenía aún un fantástico monumento cónico esculpido directamente en la roca y algo similar a la tan conocida Tumba de la Serpiente en el antiguo valle de Petra.

Comenzamos a volar hacia el interior de la meseta y comprobamos que la ciudad era mucho menos ancha que larga. Luego de unos cuarenta kilómetros los grotescos edificios empezaron a espaciarse, y diez kilómetros después llegamos a una llanura virtualmente desierta. Más allá de la ciudad el curso del río era una línea ancha en una tierra algo abrupta que parecía elevarse ligeramente hasta desaparecer en una bruma de vapores.

Hasta entonces no habíamos aterrizado, pero no podíamos concebir la idea de abandonar la meseta sin haber intentado entrar en una de aquellas monstruosas estructuras. Por lo tanto decidimos buscar algún sitio despejado no lejos del paso para bajar allí con el avión y hacer una expedición a pie. Aunque estas pendientes estaban cubiertas en parte con restos de ruinas, pronto encontramos varios lugares apropiados. Elegimos el más cercano al paso y a eso de las 12.30 aterrizamos en un campo de nieve duro y libre de obstáculos de donde podríamos, más tarde, remontar vuelo con facilidad.

No nos pareció necesario proteger el avión con muros de nieve, pues volveríamos pronto y a esta altura apenas había vientos. Cuidamos solamente de que los esquís de aterrizaje estuviesen bien hundidos en el hielo, y que las partes vitales de la máquina quedaran bien protegidas contra el frío. Nos despojamos de nuestros abrigos más pesados, y llevamos con nosotros un pequeño equipo que consistía en una brújula, una cámara fotográfica, algunas provisiones, libretas de notas y papel, un martillo y un cincel de geólogo, algunos sacos para recoger muestras, rollos de cuerda, y unas poderosas linternas de mano. Habíamos traído este equipo en el avión contando con la posibilidad de poder efectuar un aterrizaje, tomar fotografías del suelo, hacer algunos croquis topográficos y obtener algunas muestras de rocas. Por suerte nos sobraba el papel y nos proponíamos romperlo en trozos y dejarlo caer detrás de nosotros para marcar nuestra ruta en algún laberinto en que pudiéramos penetrar. Si no encontrábamos una caverna sin corrientes de aire, tendríamos que recurrir al método de hacer señales en las rocas.

Descendimos con precaución por la pendiente de nieve endurecida hasta el laberinto de piedra que se alzaba en el oeste. Teníamos entonces el mismo presentimiento de inminentes maravillas que habíamos sentido al acercarnos al insondable paso montañoso unas cuatro horas antes. En verdad, ya nos habíamos acostumbrado a la presencia de ese increíble secreto oculto tras la barrera de picos; pero la perspectiva de entrar en unos edificios construidos por seres conscientes quizá millones de años atrás —mucho antes de que existiese la raza humana— nos inspiraba, con sus implicaciones de anormalidad cósmica, un angustioso terror. Aunque el aire rarificado de estas alturas no hacía muy fáciles los movimientos, no tuvimos dificultades en realizar nuestro propósito. Sólo unos pasos nos bastaron para llegar a unas ruinas informes al nivel del suelo. Unos cincuenta metros más allá se alzaba un edificio amurallado en forma de estrella de unos tres metros de alto. Hacia ella nos dirigimos, y, cuando tuvimos sus bloques ciclópeos al alcance de la mano, sentimos que habíamos establecido un contacto sin precedentes y casi blasfemo con épocas normalmente cerradas y vedadas a los hombres.

Esta construcción, de unos noventa metros de longitud máxima, había sido construida con piedras jurásicas de distinto tamaño, de dos a tres metros cuadrados de superficie. Unas ventanas con arco, de un metro de ancho y uno y medio de altura, se alineaban simétricamente a lo largo de las puntas de la estrella, en los ángulos interiores, y a un metro de la capa de hielo. Al mirar a través de esas aberturas observamos que las paredes eran de un metro y medio de espesor y que el interior de las mismas estaba adornado con esculturas dispuestas en bandas horizontales. Aunque tenían que haber existido originalmente partes más bajas, la capa de hielo y nieve impedía comprobarlo.

Entramos en una de las ventanas y tratamos vanamente de descifrar los casi horrendos dibujos de los muros; pero no intentamos horadar el hielo del piso. Habíamos advertido desde lo alto que en muchos edificios había menos hielo que en éste; si lográbamos entrar en alguno de los que aún conservaban el techo, encontraríamos quizá interiores libres de obstáculos. Antes de dejar el recinto lo fotografiamos cuidadosamente y estudiamos con estupor los bloques titánicos desprovistos de cemento. Deseamos que Pabodie hubiese venido con nosotros, pues sus conocimientos de ingeniería podían habernos ayudado a saber cómo habían sido movidos aquellos bloques en una época increíblemente lejana.

El trayecto de un kilómetro que recorrimos hasta llegar a la ciudad, mientras los vientos rugían vanamente entre los picos, nunca se me borrará de la memoria. Aquellos efectos ópticos sólo eran concebibles en una pesadilla. Entre nosotros y el torbellino de vapores del oeste se alzaba aquel monstruoso conglomerado de oscuras torres de piedra que volvía a impresionarnos como algo nunca visto cada vez que cambiaba la perspectiva. Era un espejismo de piedra sólida, y si no fuese por las fotografías dudaría aún de su existencia. El tipo general de las construcciones era idéntico al de aquel primer edificio; pero las formas extravagantes que adquiría en su manifestación urbana superaban cualquier posible descripción.

Esas fotografías no ilustran, por otra parte, sino una fase o dos de la infinita variedad, la masa, y lo insólito de las construcciones. Había formas geométricas para las que Euclides apenas hubiese encontrado nombre: conos truncados a muy diversas alturas y con todas las irregularidades imaginables, terrazas provocativamente desproporcionadas, agujas con raras protuberancias bulbosas, columnas rotas en curiosos grupos, estrellas grotescas de cinco brazos. A medida que nos acercábamos podíamos ver bajo el hielo transparente algunos de los puentes tubulares que unían entre sí, a diversas alturas, los edificios irregularmente distribuidos. No parecía haber calles; el único espacio abierto se encontraba a la izquierda, a un kilómetro de distancia, en el lugar donde el río había atravesado la ciudad en su camino hacia las montañas.

Nuestros gemelos de campaña mostraban que las bandas horizontales de esculturas y puntos, casi borradas, eran muy abundantes, y casi podíamos imaginar el aspecto que la ciudad había tenido en otra época. El conjunto había sido una compleja acumulación de callejuelas y avenidas retorcidas, algunas de ellas casi túneles a causa de lo numeroso de los puentes. Ahora, extendida ante nosotros, se alzaba como un sueño fantástico recortado contra una niebla oriental en cuyo extremo norte el sol bajo y roji*zo se esforzaba por lanzar algunos rayos. Y cuando, por un momento, el astro encontraba algunas nubes más densas, la escena se poblaba de sombras y adquiría un aspecto no sé por qué amenazador. Hasta el sonido del viento en las montañas parecía tener un carácter de voluntaria malignidad.

Un poco antes de llegar a la ciudad, la pendiente se hizo más abrupta, y un amontonamiento de bloques de piedra nos hizo pensar que allí se había alzado en otro tiempo una terraza. Bajo la capa de hielo, discurrimos, tenía que haber unos escalones o algo equivalente.

Cuando llegamos al fin a la ciudad misma, arrastrándonos sobre los restos de unos muros, y estremeciéndonos ante la proximidad de aquellos edificios quizá tambaleantes, nuestras sensaciones fueron tales que aún hoy me maravilla que hayamos podido conservar la serenidad. Danforth estaba francamente nervioso, y comenzó a formular unas hipótesis fuera de lugar a propósito de los sucesos del campamento. Yo mismo no podía dejar de sentir que la supervivencia de esta antiquísima pesadilla imponía ciertas conclusiones. Pero Danforth era excesivamente imaginativo, y en una calle cubierta de escombros creyó ver unas huellas sospechosas. De cuando en cuando se detenía para escuchar, según él, un sonido semejante al del viento en las montañas, pero, lo que era perturbador, también diferente. La incesante presencia de aquella estrella de cinco puntas, tanto en la planta de los edificios como en los pocos arabescos que aún había en los muros, tenía algo de siniestro que no podíamos olvidar, y nos dejaba entrever, aunque en nuestro subconsciente, la naturaleza de los constructores de esta ciudad maléfica.

Sin embargo, nuestras mentes curiosas no estaban paralizadas, y recogimos mecánicamente unas muestras de diferentes rocas. Hubiésemos deseado una colección más completa para verificar la edad del lugar. Nada en las paredes parecía posterior a las épocas jurásica y cománchica, y no encontramos en todo el lugar una sola piedra que no fuese anterior a la edad pliocena. La muerte reinaba en aquel sitio desde hacía por lo menos quinientos mil años, o quizá más.

Mientras avanzábamos por este laberinto de piedras sombrías, nos detuvimos en todas las aberturas a nuestro alcance para estudiar los interiores y ver si era posible entrar. Algunas estaban muy arriba, y otras conducían a unos restos cubiertos de hielo. Una de ellas, particularmente espaciosa, se abría sobre un abismo en apariencia sin fondo y sin ningún medio de descenso visible. A veces se nos presentaba la ocasión de estudiar la madera de las persianas y quedábamos impresionados ante su fabulosa antigüedad. Procedía sin duda de coníferas y gimnospermas mesozoicas —especialmente cicadáceas cretáceas— y palmeras y angiospermas del período terciario. Nada pudimos descubrir que fuese posterior a la época pliocénica. Las maderas habían sido ajustadas a las piedras, lo que explica que hubiesen sobrevivido a las piezas metálicas roídas por el óxido, y de las que aún se veían curiosas señales.

Luego de un tiempo cruzamos ante una fila de ventanas —en uno de los brazos de una estrella colosal— que daban a una vasta habitación, pero el piso era demasiado bajo como para descender sin la ayuda de una cuerda. Disponíamos de ella, pero mientras no fuese necesario no queríamos realizar un descenso de más de seis metros, ya que el aire rarificado nos fatigaba bastante. Esta habitación enorme había sido sin duda una sala de reuniones, y nuestras linternas eléctricas revelaron la presencia de unas sorprendentes esculturas, dispuestas en los muros en bandas horizontales y separadas por otras bandas de arabescos. Tomamos cuidadosa nota del lugar, decidiendo que si no encontrábamos otro más accesible entraríamos aquí.

Al fin descubrimos la entrada que buscábamos: un arco de dos metros de anchura y tres de alto, extremo de un puente que se alzaba a un metro y medio de la capa de hielo. El pasaje daba a un piso superior que todavía existía. El edificio accesible estaba formado por una serie de terrazas rectangulares situadas a nuestra izquierda y que miraban al oeste. Del otro lado de la avenida, en el extremo opuesto del puente, se veía un decrépito cilindro sin ventanas y con un curioso abultamiento a unos tres metros por encima del arco. El interior era muy sombrío, y la abertura parecía dar a un pozo de profundidad incalculable.

Un montón de escombros facilitaba el acceso al edificio situado a nuestra izquierda, pero dudamos un instante antes de aceptar esta ocasión tan deseada. Pues aunque nos hubiésemos atrevido a penetrar en este arcaico laberinto, era necesario tener más audacia aún para deslizarnos en el interior de una de las casas. La naturaleza terrorífica de este mundo era cada vez más evidente. Al fin, sin embargo, nos hicimos de coraje y entramos por la abertura. Nos encontramos en una habitación de suelo ajedrezado que parecía la antesala de otra larga habitación de muros esculpidos.

Observamos que en la habitación se abrían numerosos pasajes, y comprendiendo que la distribución de los cuartos podía ser de una complejidad excesiva, decidimos recurrir a los trozos de papel. Hasta ese instante nos habían bastado las brújulas, junto con frecuentes ojeadas a las cimas que asomaban entre las torres; pero desde ahora tendríamos que recurrir a algo más. Cortamos por lo tanto nuestra provisión de papel en trozos de tamaño conveniente, los colocamos en un saco que llevaría Danforth, y nos dispusimos a usarlos con toda la economía posible. Este método evitaría sin duda que nos extraviásemos, pues en el interior de la casa no parecía haber corrientes de aire. Si no fuese así, o se nos terminara la provisión de papel, recurriríamos al método de marcar las rocas.

Era imposible adivinar cuánto andaríamos. Las conexiones que unían tan frecuentemente los distintos edificios hacían suponer que pasaríamos de uno a otro por puentes situados bajo la capa de hielo. Ésta, en apariencia, apenas había penetrado en las macizas construcciones. A través del hielo transparente habíamos visto que casi no había ventanas abiertas, como si la ciudad hubiese sido abandonada voluntariamente en ese estado cuando la capa de hielo comenzó a cristalizar las partes más bajas. ¿Se había previsto la llegada del hielo, y la población se había retirado en busca de un refugio más apropiado? Era imposible saber por ahora cómo se había formado esa capa helada. Quizá tenía como origen la presión acumulada de la nieve; o las aguas, fuera de cauce, del río vecino; o el descenso de algún glaciar de la cordillera. Todo era posible en este lugar.

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Sería realmente excesivo dar un relato detallado y completo de nuestras andanzas por el interior de aquella abandonada y cavernosa colmena; aquel cubil monstruoso de secretos primitivos cuyos ecos se alzaban ahora por primera vez después de innumerables años de silencio, ante las pisadas de unos seres humanos. Esto es especialmente cierto a causa de que la horrible revelación surgió del mero estudio de los muros esculpidos. Las fotografías serán por eso muy útiles para probar la verdad de mis afirmaciones. Lamentablemente, no disponíamos de mucha película virgen. Cuando se nos terminó, nos contentamos con dibujar en nuestras libretas algunos de los bajorrelieves más notables.

El edificio en que habíamos entrado era de gran tamaño y complejidad, y nos dio una singular idea de la arquitectura de aquel anónimo pasado. Las paredes interiores eran menos macizas que las exteriores, pero en los pisos más bajos se habían conservado muy bien. Era aquél un verdadero laberinto, con diferencias curiosamente irregulares entre un piso y otro, y sin aquellos pedazos de papel, sin duda nos habríamos extraviado. Decidimos explorar ante todo las partes superiores más dañadas; una ascensión de treinta metros nos llevó a la cima del edificio. Allí una hilera de cuartos sin techo y cubiertos de nieve se abría bajo el cielo polar. Llegamos a esa cima por medio de rampas o planos inclinados que hacían en todas partes las veces de escaleras. Los cuartos tenían las formas y proporciones más variadas: estrellas de cinco puntas, triángulos y cubos perfectos. Todos medían, generalmente, nueve metros por nueve de superficie, y unos seis metros de altura. Había sin embargo habitaciones mayores. Después de examinar cuidadosamente las partes más elevadas, descendimos, piso por piso, a los cuartos inferiores y nos encontramos en una verdadera confusión de salones y pasillos unidos entre sí, que cubría sin duda un área superior a la del edificio mismo. Las proporciones ciclópeas de todo aquello se hicieron muy pronto curiosamente opresivas. Había algo de profundamente inhumano en los contornos, la decoración y las sutilezas arquitectónicas de esta construcción de monstruosa antigüedad. El estudio de las esculturas nos reveló muy pronto que el laberinto tenía varios millones de años de existencia.

Aún hoy me es imposible explicar qué principios mecánicos presidían el equilibrio y la disposición de aquellas ,vastas masas de roca; aunque los constructores habían recurrido frecuentemente a los principios del arco. Los cuartos que visitamos estaban totalmente desprovistos de muebles, circunstancia que parecía probar que la ciudad había sido abandonada voluntariamente. El motivo principal de decoración eran aquellas esculturas esculpidas en casi todos los muros. Estaban dispuestas, generalmente, en bandas horizontales de casi un metro de ancho, que alternaban con otras bandas de tamaño similar y de arabes cos geométricos. A menudo, sin embargo, en las bandas de arabescos se habían incluido unas cartelas lisas con unos curiosos grupos de puntos.

La técnica, como comprobamos en seguida, era de una rara perfección, y revelaba una civilización desarrollada hasta el más alto grado, aunque totalmente ajena a la tradición artística de la raza humana. En delicadeza de ejecución ninguna escultura de las que yo había visto hasta entonces podía equiparársele. Los menores detalles de la vida vegetal o animal habían sido reproducidos con una fidelidad prodigiosa, a pesar de la vastedad de la escala, y los dibujos convencionales eran maravillas de compleja delicadeza. En los arabescos se advertía un uso profundo de principios matemáticos, y consistían en curvas y ángulos oscuramente simétricos basados en el número cinco. Las esculturas, ejecutadas según una muy curiosa perspectiva, eran de un vigor tal que nos conmovieron profundamente a pesar del abismo de años que las separaba de nuestra época. La técnica se basaba en una singular disposición de la sección transversal con la silueta de dos dimensiones, y revelaba una psicología analítica desconocida para todos los pueblos de la antigüedad. Es inútil comparar este arte con cualquiera de los representados en nuestros museos. Los que vean las fotografías le encontrarán una cierta similitud con el de algunos futuristas.

Los arabescos consistían en unos surcos grabados cuya profundidad, en las piedras no desgastadas por la erosión, era de unos tres a cinco centímetros. Las cartelas adornadas de grupos de puntos —evidentemente inscripciones en un alfabeto desconocido— formaban unas depresiones de unos cuatro centímetros, y los puntos de dos. El fondo de las esculturas era un bajorrelieve, a unos cinco centímetros de la superficie original de la pared. En algunos casos podían notarse ciertas huellas de color, aunque en la mayor parte el tiempo había borrado todo pigmento. Cuanto más se estudiaba la técnica de esas esculturas, tanto mas se las admiraba. Por encima de las convenciones, muy estrictas, era posible distinguir la habilidad y el minucioso poder de observación del creador, y en verdad las convenciones mismas servían para acentuar la esencia real de cada uno de los objetos representados. Sentimos, también, que fuera de esas reconocibles excelencias había otras que superaban los límites de nuestra percepción. Ciertos signos, aquí y allí, insinuaban unos símbolos y significaciones que para otras mentes y otros sentidos debían tener un profundo y expresivo valor.

El tema de esas esculturas era sin duda la vida en la época en que habían sido creadas, y se referían en gran parte a acontecimientos históricos. Esta última y peculiar circunstancia nos daba la posibilidad de informarnos acerca de aquella raza antiquísima, y por ese motivo nos dedicamos principalmente a fotografiar y a dibujar. En algunas de las habitaciones había varios mapas y cartas astronómicas, y otros dibujos científicos a gran escala; todos corroboraban terriblemente la verdad de lo que habíamos creído ver en las estatuas y frisos. Hoy sólo puedo esperar que mis relatos no despierten una curiosidad más grande que toda precaución. Sería realmente trágico que alguien osara visitar ese reino de muerte y horror impulsado por esta misma advertencia.

En los muros esculpidos se abrían grandes ventanas y puertas macizas de tres metros y medio de altura; unas y otras conservaban a veces sus paneles y persianas de madera petrificada —esculpida y pulida minuciosamente—. Todas las partes metálicas habían desaparecido, pero las puertas se mantenían en algunos casos en su lugar y tuvimos que hacerlas a un lado. En las ventanas era posible advertir de cuando en cuando la presencia de un curioso material transparente. Había también algunos nichos de gran tamaño, generalmente vacíos, pero que a veces guardaban unos objetos de esteatita. Los otros orificios formaban parte sin duda de sistemas de iluminación y ventilación acerca de los cuales las esculturas nos habían dado una vaga idea. Los cielos rasos eran comúnmente lisos, pero en algunos había habido unas losas de esteatita verde ahora en el suelo. Los suelos estaban también adornados con esas losas, aunque predominaba la piedra desnuda.

Como he dicho, faltaban todos los muebles: pero las esculturas se referían a unos extraños aparatos que habían llenado una vez estas salas donde resonaban ahora los ecos de las tumbas. Por encima del nivel de la capa de hielo los picos estaban generalmente cubiertos de detritos y restos de toda especie; pero más abajo apenas había obstáculos. Los cuartos y pasillos inferiores tenían sólo una capa de polvo, y a veces daban la impresión de haber sido barridos no hacía mucho. Como es natural, donde había habido algún derrumbe los cuartos inferiores estaban tan cubiertos de escombros como los superiores. Un patio central —como en otros edificios que habíamos vislumbrado desde el aire— evitaba que en las habitaciones interiores reinasen las sombras. En las salas altas, por lo tanto, apenas teníamos que usar nuestras linternas, salvo para estudiar los detalles de las esculturas. Pero bajo la capa de hielo escaseaba la luz, y en los pisos inferiores había una oscuridad absoluta.

Para dar aunque sea una idea rudimentaria de nuestros pensamientos y sensaciones al penetrar en este laberinto, vacío y silencioso desde hacía millones de años, tendría que describir un increíble caos de impresiones y recuerdos fugaces. La antigüedad aterradora y la mortal desolación del lugar hubiesen abrumado a cualquier persona sensitiva; pero es necesario añadir los inexplicables horrores del campamento, y las revelaciones que nos proporcionaron demasiado pronto las terribles esculturas murales. En el mismo instante en que llegábamos a una sección perfectamente conservada, comprendimos la horrorosa verdad, una verdad que Danforth y yo habíamos sospechado, es cierto, independientemente, pero que no nos habíamos atrevido a insinuar en voz alta. No pudimos tener ya ninguna duda misericordiosa acerca de la naturaleza de los seres que habían construido y habitado esta ciudad hacía millones de años, cuando los antecesores del hombre eran aún mamíferos primitivos, y los enormes dinosaurios se paseaban por las estepas tropicales de Asia y Europa.

Habíamos insistido en pensar hasta entonces, y para nosotros mismos, que la constante presencia del motivo de las cinco puntas tenía un único significado: la exaltación cultural o religiosa de un objeto natural arqueano de forma similar. Así el motivo principal del arte decorativo en la Creta micénica había sido la figura de un toro, el de Egipto la de un escarabajo, el de Roma las de un lobo y un águila, y el de las tribus salvajes las de algún animal totémico. Pero ahora nos veíamos obligados a enfrentarnos con una idea que el lector de estas páginas ya ha sospechado probablemente. Apenas me atrevo a transcribirla en negro sobre blanco, pero quizá no tenga que hacerlo.

Las criaturas que habían habitado y construido esta terrible ciudad en la edad de los dinosaurios no eran ciertamente dinosaurios, sino algo peor. Los dinosaurios eran una raza joven, desprovista de inteligencia; pero los constructores de la ciudad eran sabios y viejos, y habían dejado ciertas huellas en rocas que databan de mil millones de años atrás. En esa época la única vida terrestre era unas agrupaciones celulares, y no existía en realidad una verdadera vida. Estas criaturas tenían que ser los hacedores y los amos de esa vida, y en ellos se habían originado sin duda aquellos mitos a los que se refieren obras como los Manuscritos Pnakóticos y el Necronomicon. Eran éstos los «Grandes Antiguos», que habían descendido de las estrellas cuando la Tierra era joven; seres cuya sustancia se había formado a través de una misteriosa evolución, y cuyos poderes no parecían tener límites. Y pensar que la víspera Danforth y yo habíamos contemplado unos fragmentos de esa sustancia, y que el pobre Lake y sus compañeros habían visto sus cuerpos intactos.

Me es naturalmente imposible narrar en su orden las etapas que recorrimos antes de llegar a nuestro conocimiento actual de ese monstruoso capítulo de la vida prehumana. Luego del aturdimiento de la primera revelación, tuvimos que descansar un rato, y ya eran las tres de la tarde cuando iniciamos nuestra investigación sistemática. Las esculturas del edificio pertenecían a una edad relativamente tardía —quizá de hacía dos millones de años— a juzgar por los datos biológicos, geológicos y astronómicos que proporcionaban, y eran de un estilo que podría llamarse decadente por comparación con las obras que encontramos en edificios más viejos luego de cruzar unos puentes sumergidos. Uno de esos edificios, labrado en la misma roca, tenía una antigüedad de por lo menos cincuenta millones de años —o sea del eoceno inferior o el cretáceo superior— y contenía unos bajorrelieves de calidad excepcional.

Si no fuese por las fotografías, que pronto serán conocidas por todo el mundo, me resistiría a hablar de mis descubrimientos, ya que corro el peligro de que me encierren en un manicomio. Por supuesto, las partes más antiguas de la historia que alcanzamos a descifrar —y que representaban la vida preterrestre de los seres de cabeza de estrella en otros planetas, otras galaxias y otros universos— pueden ser interpretadas con facilidad como cuentos mitológicos de estos mismos seres: pero tales fragmentos incluían a veces mapas y diagramas tan increíblemente similares a los últimos descubrimientos de la matemática y la astrofísica que yo apenas sabía qué pensar. Dejaré que otros decidan cuando aparezcan las fotografías.

Como es natural, cada uno de los grupos de esculturas con que nos encontrábamos relataba sólo una fracción de la historia, y ésta sólo pudo ser reconstruida más tarde. Algunas de aquellas salas describían episodios indepen1 dientes, mientras que en otros casos una crónica ininterrumpida se sucedía de habitación en habitación y de corredor en corredor. Los mejores mapas y diagramas se encontraban en una habitación abismal, situada muy por debajo del viejo nivel del suelo: una caverna de unos sesenta metros cuadrados y de unos veinte metros de altura que tenía que haber servido como centro educativo. En las distintas habitaciones y edificios había repeticiones exasperantes, y algunos capítulos de la historia eran sin duda los favoritos de los artistas y los ocupantes de la casa. A veces, sin embargo, varias versiones del mismo tema servían para llenar lagunas y aclarar puntos oscuros.

Me maravilla aún que hayamos podido descubrir tantas cosas en tan poco tiempo. Por supuesto, todavía ahora no tenemos más que una idea muy general, y nuestras informaciones más precisas fueron obtenidas gracias al estudio posterior de las fotografías y los croquis. La actual depresión nerviosa de Danforth pudo tener como causa este estudio —los recuerdos de aquellas escenas y de la impresión que causaron en nosotros— y aquel supuesto horror que no ha querido revelar. Pero este estudio era indispensable; no podríamos hacer la menor advertencia sin dar toda la información posible, y esa advertencia es sin duda de una imperiosa necesidad. Ciertas influencias todavía presentes en esa Antártida, donde el tiempo y las leyes de la naturaleza parecen sufrir una extraña deformación, nos han convencido de que debemos desanimar a todos los posibles exploradores.

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Todo lo que sabemos Danforth y yo aparecerá próximamente en el boletín oficial de la Universidad de Miskatonic. Así que me contentaré con esbozar aquí nada más que lo principal. Mito o realidad, las esculturas narran la llegada a la Tierra todavía sin vida de esos seres de cabeza de estrella y de otros que de cuando en cuando se deciden a explorar el universo. Aparentemente son capaces de atravesar el espacio interestelar con la ayuda de sus grandes alas membranosas, y se confirma así la historia que me narró hace años un colega universitario. Durante un tiempo vivieron en las profundidades del mar, construyendo ciudades fantásticas y librando feroces batallas con enemigos anónimos mediante el empleo de complicados aparatos que usaban principios desconocidos de energía. Evidentemente, sus conocimientos mecánicos y científicos sobrepasaban a los del hombre actual, aunque recurrían a sus aplicaciones más elaboradas sólo cuando se veían obligados a ello. Algunas de las esculturas sugerían que en algún lejano planeta habían pasado por una era mecánica, abandonada más tarde por ser emocionalmente insatisfactoria. Gracias a la resistencia de sus órganos y la simplicidad de sus necesidades naturales podían llevar una vida del más alto nivel sin el auxilio de la manufactura especializada.

En el mar, primero para alimentarse y luego con otros propósitos, crearon las formas originales de la vida terrestre a partir de sustancias que conocían desde hacía mucho tiempo. Luego de haber aniquilado a varios enemigos cósmicos se dedicaron a los experimentos más complicados. Habían hecho lo mismo en otros planetas, no contentándose solamente con elaborar alimentos, sino también ciertas masas protoplásmicas capaces de transformar sus tejidos en toda clase de órganos bajo influencias hipnóticas. Estas masas eran así perfectos esclavos, encargados de las labores más pesadas. (Se trataba sin duda de las criaturas viscosas que Abdul Alhazred llama Ksoggoths» en su terrible. Necronomicon, aunque aquel árabe loco no insinuó jamás que hubiesen existido en la Tierra, excepto en los sueños de quienes masticaban cierta hierba alcaloidea.) Cuando los Antiguos de cabeza de estrella lograron sintetizar sus principales alimentos y difundieron por el mundo un buen número de soggoths, dejaron que otros grupos celulares evolucionaran libremente, eliminando a aquellos que podían traer dificultades.

Con la ayuda de los soggoths, capaces de levantar pesos prodigiosos, las pequeñas ciudades submarinas se transformaron pronto en vastos e imponentes laberintos de piedra, no muy distintos de los que más tarde fueron construidos en la superficie. Los Antiguos habían llevado durante largo tiempo, en otros planetas, una vida terrestre, y sabían cómo construir en tierra firme. Mientras estudiábamos la arquitectura de esas ciudades paleógenas, incluso la de aquella cuyos corredores habíamos visitado, nos impresionó una curiosa coincidencia que hasta entonces no habíamos tratado de explicar. Las cimas de las casas, que en la ciudad antártica habían desaparecido hacía ya mucho tiempo, aparecían en los bajorrelieves con finas agujas, delicados ápices piramidales y cónicos, y terminaciones cilíndricas coronadas por discos horizontales. Esto es exactamente lo que había mostrado aquel espejismo nacido de una ciudad donde esos adornos existían desde hacía miles de años.

De la vida de los Antiguos, tanto en el mar como en la tierra, podrían escribirse volúmenes. Aquellos que vivían en el agua habían conservado el uso de los ojos (situados en las puntas de los cinco tentáculos de la cabeza), y habían cultivado las artes de la escultura y la escritura casi como los terrestres. La escritura se practicaba con un estilete en superficies blandas e impermeables. Los que vivían en los abismos, aunque dotados de un curioso órgano fosforescente para darse luz, completaban su visión con unos sentidos muy especiales situados bajo el vello prismático de la cabeza. Con estos sentidos podían prescindir de la luz. En las formas de la escultura y la escritura había variantes que implicaban diversos procesos químicos probablemente para dar a los objetos una luz fosforescente que los bajorrelieves no aclaraban del todo. Estas criaturas se movían en el agua en parte nadando —con la ayuda de los brazos laterales— y en parte arrastrándose sobre los tentáculos inferiores. Ocasionalmente recurrían al uso auxiliar de dos o más pares de aquellas alas plegables. En tierra usaban los tentáculos, pero de cuando en cuando volaban a grandes alturas y cubrían largas distancias ayudados por las alas. Las terminaciones de los brazos eran infinitamente delicadas, flexibles, fuertes y precisas, y cumplían hábilmente cualquier operación artística o manual.

La solidez de sus cuerpos era casi increíble. Ni siquiera las enormes presiones submarinas alcanzaban a causarles daño. Muy pocos parecían morir, excepto por causa violenta, y no había cementerios. El hecho de que enterraran los cadáveres — inhumados verticalmente— bajo túmulos de cinco puntas despertó en Danforth y en mí una horrorosa asociación de ideas. Se multiplicaban por medio de esporas como vegetales pteridolitos, pero, debido a su prodigiosa resistencia y longevidad, no preconizaban el desarrollo de otros protalos excepto cuando había nuevas tierras que colonizar. Los jóvenes maduraban rápidamente y recibían una educación cuya naturaleza era difícil concebir. La vida intelectual y estética estaba muy desarrollada, y daba como resultado la tenaz persistencia de unas costumbres e instituciones que describiré con mayor abundancia en mi próxima monografía. Ellas variaban de acuerdo con el lugar de residencia —tierra o mar—, pero eran esencialmente idénticas.

Aunque capaces, como los vegetales, de alimentarse de sustancias inorgánicas, eran preferentemente carnívoros. En el mar comían animales marinos crudos, pero en tierra cocinaban sus alimentos. Cazaban animales salvajes y criaban ganado, y mataban a unos y otros con unas armas cuyas curiosas huellas, en ciertos huesos fósiles, ya habían sido advertidas por nuestra expedición. Resistían maravillosamente todas las temperaturas, y podían vivir en el agua helada. Sin embargo, cuando llegaron los grandes fríos del pleistoceno —hace un millón de años — los que habitaban en tierra firme tuvieron que recurrir a medidas especiales — incluso métodos de calefacción—, hasta que al fin la temperatura los obligó a refugiarse en el mar. En la época de sus luchas prehistóricas en el espacio, decía la leyenda, eran capaces de absorber ciertas sustancias químicas, libres de las necesidades y condiciones naturales; pero en el tiempo de los grandes fríos habían olvidado cómo hacerlo. De cualquier modo, no hubiesen podido prolongar ese estado artificial indefinidamente sin sufrir daño.

Como no se acoplaban, y eran de estructura semivegetal, carecían de toda vida familiar basada en leyes biológicas; pero organizaban vastos habitáculos en los que se agrupaban —según dedujimos de las ocupaciones y diversiones que mostraban las esculturas— de acuerdo con su afinidad mental. Al amueblar las habitaciones instalaban todo en el centro, y reservaban los muros para la decoración. La luz, en tierra firme, era obtenida por medio de un dispositivo de naturaleza probablemente electroquímica. Tanto en tierra como en el mar usaban curiosas mesas, sillas y cilindros donde descansaban de pie, con los tentáculos plegados, y unos estantes donde alineaban las planchas punteadas que eran sus libros.

El sistema de gobierno era evidentemente complejo, y de estructura quizá socialista, aunque las esculturas que vimos no permiten afirmarlo con seguridad. Había un comercio abundante, tanto local como entre los diferentes centros poblados, y unas piedrecitas de esteatita verde, de forma de estrella e inscritas, servían de dinero. Aunque la cultura era principalmente urbana, existían también una ganadería y una agricultura florecientes. Había además, aunque en una escala menor, industria minera y manufacturera. Los viajes eran muy comunes, pero no se realizaban migraciones salvo con motivo de vastos movimientos de colonización. No usaban ningún medio de transporte, pues tanto en el agua como en la tierra y el aire parecían capaces de desarrollar por sus propios medios una gran velocidad. Sin embargo, las cargas eran transportadas por bestias: soggoths bajo el agua, y una gran variedad de vertebrados primitivos en los últimos años pasados en tierra firme.

Estos vertebrados, lo mismo que una infinidad de otras formas de vida — animal, vegetal, marina, terrestre y aérea—, eran producto de una evolución no dirigida que actuaba sobre las células creadas por los Grandes Antiguos. Se había permitido que se desarrollaran libremente por no haberse rebelado nunca contra sus amos. Los organismos de difícil dominación, como es natural, fueron exterminados mecánicamente. Nos llamó la atención ver que en las últimas y más decadentes esculturas aparecían unos mamíferos usados a veces como alimento y otras como divertidos bufones, y cuyos rasgos simiescos y humanos eran indudables. En la construcción de las ciudades terrestres los grandes bloques de piedra de los edificios habían sido alzados generalmente por pterodáctilos de una especie desconocida para nuestros paleontólogos.

El modo como los Antiguos sobrevivieron a diversos cambios geológicos y a las convulsiones de la corteza terrestre era casi un milagro. Aunque ninguna de sus primeras ciudades había llegado a la edad arqueana, ni la civilización ni la transmisión de los registros se habían interrumpido. En un principio, recién llegados al planeta, se habían instalado en el océano Antártico, poco tiempo después de que la materia de que está formada la Luna hubiese sido arrancada al Pacífico Sur. En esa época, según un bajorrelieve, todo el globo terrestre estaba bajo el agua, y las ciudades de piedra se extendían más y más alrededor de la Antártida. En otro mapa se veía una gran extensión de terreno alrededor del Polo Sur, donde algunos de los seres se habían instalado en forma experimental, aunque los centros principales habían sido transferidos al fondo del mar más próximo. Mapas posteriores, que mostraban la tierra como hendida y flotante, con ciertas partes que iban hacia el norte, apoyaban de un modo asombroso las teorías sobre la migración de los continentes sostenida entre nosotros por Taylor, Wegener y Joly.

Con la aparición de un nuevo continente en el Pacífico sobrevinieron tremendos acontecimientos. Algunas de las ciudades marinas fueron destruidas, pero eso no fue lo peor. Otra raza (formada por criaturas similares a pulpos y que pertenecía quizá a la progenie de Cthulhu) descendió de la infinitud cósmica y desencadenó una guerra que por un tiempo hizo que todos los Antiguos tuvieran que esconderse en el fondo del mar: golpe terrible si se tiene en cuenta que las colonias terrestres eran cada vez más numerosas. Más tarde se llegó a un acuerdo y la progenie Cthulhu se refugió en las tierras nuevas mientras que los Antiguos se reservaban el océano y las tierras de más edad. Fueron fundadas nuevas ciudades en tierra firme; la mayoría en la Antártida, pues esta región era sagrada en virtud de que en ella habían puesto pie por primera vez en el planeta. Desde entonces la Antártida fue el centro de la civilización de los Antiguos, y todas las ciudades construidas allí por la progenie de Cthulhu desaparecieron. Luego, de pronto, las tierras del Pacífico volvieron a hundirse, y con ellas la terrible ciudad de piedra de R'lyeh y todos los pulpos cósmicos, de modo que los Antiguos fueron otra vez amos únicos del planeta a pesar del vago temor que los oprimía continuamente y del que no se atrevían a hablar. Siglos más tarde sus ciudades cubrían la mayor parte del globo, y éste es el motivo por el que recomendaré en mi próxima monografía que algunos arqueólogos efectúen excavaciones con el aparato de Pabodie en ciertas regiones muy separadas entre sí.

Las migraciones se realizaron entonces, y casi constantemente, desde el mar a la tierra. Ante todo habían aparecido nuevos continentes e islas. Por otra parte los soggoths se mostraban cada vez más rebeldes. Con el paso del tiempo, como confesaban tristemente las esculturas, el arte de crear nueva vida a partir de la materia inorgánica se había perdido, de modo que los Antiguos tenían que depender de las formas ya existentes. Los grandes reptiles terrestres eran extremadamente dóciles, pero los soggoths, que se reproducían por fisión y adquirían un grado peligroso y accidental de inteligencia, representaron durante un tiempo un problema enorme.

Habían sido siempre gobernados por medio de la sugestión hipnótica, y habían modelado su sustancia plástica en diversos miembros y órganos provisionales; pero ahora ejercían esta facultad de un modo a veces independiente, aunque imitando las formas sugeridas antes. Parecían haber adquirido un cerebro cuyos poderes volitivos eran un eco de la mente de los Antiguos, pero capaz de desobedecerles de cuando en cuando. Las imágenes esculpidas de estos soggoths nos llenaron a Danforth y a mí de repugnancia y terror. Eran comúnmente entidades informes, constituidas por una jalea viscosa similar a una aglutinación de burbujas; cuando tenían una forma esférica alcanzaban un diámetro de casi cinco metros. Sin embargo, cambiaban continuamente de forma y volumen, formando órganos visuales, auditivos y de lenguaje imitados de los de sus amos ya espontáneamente o por sugestión.

Hacia mediados de la edad pérmica —cincuenta millones de años atrás— se hicieron particularmente intratables y hubo que librar contra ellos una verdadera guerra. Las imágenes de esta guerra —en la que los soggoths decapitaban a sus víctimas y las dejaban cubiertas de una baba viscosa— horrorizan todavía a pesar del abismo del tiempo. Los Antiguos habían empleado contra los rebeldes unas curiosas armas moleculares y atómicas, y habían alcanzado al fin una victoria completa. Luego, según las esculturas, habían domado a los soggoths así como los vaqueros domaron a los caballos salvajes en el oeste norteamericano. Pero durante la rebelión los soggoths habían desarrollado la capacidad de vivir fuera del agua, capacidad que no se les había inculcado, pues en tierra firme su utilidad era menor que las dificultades que presentaba su manejo.

Durante la edad jurásica los Antiguos habían sufrido una nueva invasión desde el espacio. Esta vez los monstruos eran unos crustáceos fungoides, los mismos sin duda que figuraban en ciertas leyendas de las colinas de Vermont y que las tribus del Himalaya llaman Mi-Go o abominable hombre de las nieves. Para luchar contra estos seres los Antiguos intentaron, por primera vez desde su llegada a la Tierra, volver otra vez al espacio interplanetario; pero, a pesar de todos los preparativos tradicionales, no pudieron dejar la atmósfera terrestre. Cualquiera que fuese el secreto de los viajes interestelares, éste se había perdido. Al fin los Mi-Go echaron a los Antiguos de las tierras del norte, aunque no pudieron molestar a los que vivían en el mar. Poco a poco comenzó la lenta retirada de aquella antigua raza a su hábitat antártico original.

Era curioso advertir, en la representación mural de las batallas, que la progenie de Cthulhu y los Mi-Go era de una sustancia orgánica muy distinta de la que hoy conocemos, aún más que la de los Antiguos. Tenían la facultad de efectuar ciertas transformaciones y reintegraciones imposibles para sus adversarios, y parecían proceder de los más remotos abismos del espacio cósmico. Los Antiguos, a pesar de la curiosa resistencia de sus organismos, eran estrictamente materiales, y debían de haberse originado en el contínuum espacio-tiempo; el lugar de donde venían los otros era, en cambio, inimaginable. Todo esto, por supuesto, si las anomalías atribuidas a los invasores no son meramente mitológicas. No es imposible que los Antiguos hayan ideado unas amenazas cósmicas para justificar sus ocasionales fracasos, ya que el amor por la historia y el orgullo parecían ser las características más notables de su carácter. Es significativo que sus anales no nombrasen muchas razas evolucionadas y poderosas de las que persisten oscuras leyendas.

Las metamorfosis del mundo a lo largo de las edades geológicas aparecían con una animación sorprendente en muchos mapas y escenas esculpidas. En algunos casos había que revisar nuestras ciencias, pero en otros se confirmaban las más atrevidas de las deducciones. Como ya he dicho, las hipótesis de Taylor, Wegener y Joly, según las cuales todos los continentes son fragmentos de una masa terrestre de origen antártico que la fuerza centrífuga rompió e hizo deslizar sobre una superficie técnicamente viscosa —hipótesis sugeridas por la existencia de perfiles complementarios, como los de África y América del Sur, y el modo como se alzan las grandes cadenas montañosas—, recibieron un sorprendente apoyo de esta fuente increíble.

Algunos mapas mostraban el mundo carbonífero de hace un millón de años con hendiduras y grietas significativas que separarían más tarde al África de las tierras, entonces unidas, de Europa (la Valusia de las leyendas), Asia, América y el continente antártico. Otros —y principalmente uno relacionado con la fundación de la ciudad, hacía cincuenta millones de años— mostraban los continentes actuales bien diferenciados entre sí. Y en los últimos ejemplares descubiertos —que datan quizá de la edad pliocena— el mundo de hoy aparecía con bastante. claridad a pesar de la unión de Alaska con Siberia, de Europa con Norteamérica (por Groenlandia) y de América de Sur y la Antártida (por la Tierra de Graham). En el mapa carbonífero todo el globo —tanto las masas de tierra firme como el fondo de los océanos— estaba cubierto de señales que indicaban la posición de las vastas ciudades de piedra, pero en los últimos mapas el retroceso hacia la Antártida era gradual y evidente. En el que correspondía al último período del plioceno no había ciudades en tierra firme, excepto en el continente antártico y el extremo austral de Sudamérica, ni ninguna ciudad oceánica más allá del paralelo cincuenta de latitud sur. El estudio de las tierras del norte y el interés por ellas habían desaparecido casi del todo y sólo vimos en los mapas un esbozo de las líneas costeras hecho probablemente durante algún vuelo de exploración realizado con la ayuda de aquellos abanicos membranosos.

Tema común en los bajorrelieves era la destrucción de las ciudades a consecuencia de diversos cataclismos: el surgimiento de las montañas, el desplazamiento centrífugo de los continentes, las convulsiones sísmicas. A medida que pasaban los años, las reconstrucciones eran más raras. La enorme megalópolis que yacía a nuestro alrededor, edificada a comienzos del período cretáceo, parecía haber sido el último gran centro de los Antiguos. La región parecía ser un lugar santo donde se habían instalado los primeros seres de esa raza. En la ciudad nueva —muchos de cuyos edificios reconoceríamos en las esculturas, pero que se extendía a lo largo de la cadena de montañas por casi doscientos kilómetros— habían sido conservadas algunas piedras pertenecientes a la primera ciudad, construida en los abismos submarinos, y que había surgido a la luz luego de un largo período en que se habían alterado los estratos.

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Danforth y yo estudiamos con especial interés y mucha angustia todo lo que se refería a la ciudad. Los documentos abundaban y descubrimos por suerte, al nivel del suelo, una casa más nueva cuyos muros, algo dañados por un derrumbe vecino, describían un período muy posterior al del mapa plioceno. Éste fue el último lugar que examinamos minuciosamente, pues lo que descubrimos allí nos dio un nuevo e inmediato objetivo.

Nos encontrábamos, sin duda, en uno de los lugares más extraños, terribles y antiguos del mundo. No tardamos en comprender que esta tierra desierta tenía que ser la fabulosa meseta de Leng, que ni aun el autor del Necronomicon se había atrevido a describir. La enorme cadena montañosa era increíblemente larga, pues —incluidas sus estribaciones— se extendía desde la tierra de Luitpold, en la costa del mar de Weddell, hasta el otro extremo del continente. Las partes realmente elevadas formaban un arco que nacía a los 80° de latitud y 60° de longitud este, y llegaba a los 70° de latitud y 115° de longitud este. El lado cóncavo enfrentaba nuestro campamento y alcanzaba la costa cubierta de hielo cuyas colinas fueron avistadas por Wilkes y Mawson.

Pero la naturaleza había erigido unos monstruos mayores, y no muy lejos de allí. He dicho que esos picos son más altos que los del Himalaya, pero las esculturas me permiten afirmar que no son los más altos del mundo. Ese frío honor le corresponde sin duda a algo que la mayor parte de las esculturas apenas osan nombrar; otras hablan de eso con una repugnancia y un horror evidentes. Existía, parece, en esas antiguas tierras —las primeras que surgieron a la superficie luego de la aparición de la Luna y la llegada de los Antiguos— una parte que era comúnmente evitada a causa de su reputación. Las ciudades edificadas allí se derrumbaron misteriosamente antes de tiempo. Luego, cuando las convulsiones terrestres de la era cománchica asolaron la región, una prodigiosa línea de picos se alzó de pronto en medio del terrible caos, y el mundo se encontró en posesión de las más majestuosas y terribles de sus montañas.

Si la escala de las esculturas era correcta, estas cimas aborrecibles debían de alcanzar una altura de doce mil metros. Se extienden, parece, desde los 77° de latitud y los 70° de longitud este hasta los 70° de latitud y los 100° de longitud este, a unos cuatrocientos kilómetros de la ciudad muerta, de modo que si no hubiera sido por aquella niebla habríamos podido ver sus terribles picos. Su extremo norte tenía que ser visible desde la costa de la Tierra de la Reina Mary.

Algunos de los Antiguos, en los días de la decadencia, habían dirigido extrañas plegarias a esas montañas, pero ninguno se acercó a ellas ni se atrevió a insinuar qué podía haber más allá. No habían sido vistas por ningún ser humano, y mientras yo estudiaba las emociones expresadas por las esculturas, rogué que nadie las viese nunca. Hay unas colinas en la línea de la costa, detrás de la cordillera —en las tierras de la Reina Mary y el Kaiser Guillermo—, y agradezco al cielo que nadie haya sido capaz de ascender a ellas. No soy ya tan escéptico en lo que concierne a las antiguas leyendas y temores, y no me río de las concepciones del escultor. Según él los rayos se inmovilizan en esos picos siniestros, y un resplandor inexplicable nace de una de esas cimas durante toda la noche polar. Hay pues, quizá, una muy real y monstruosa amenaza en lo que dicen los Manuscritos Pnakóticos de Kadath en el Desierto Helado.

Pero las tierras que nos rodeaban eran apenas menos extrañas, aunque si quizá menos malditas. Poco después de la fundación de la ciudad se alzaron en la cadena montañosa los templos más importantes, y unas torres grotescas y fantásticas se elevaron hacia el cielo en sitios donde ahora veíamos una simple acumulación de cubos. Con el correr de los años, aparecieron las cuevas, anexas siempre a los templos. En épocas más tardías las aguas arrastraron todas las vetas calcáreas, de modo que los picos, los contrafuertes y la misma llanura se transformaron en una verdadera red de galerías y cavernas unidas entre sí. Muchas de las esculturas describían las expediciones al interior de la tierra, y el descubrimiento final de un vasto mar tenebroso en las entrañas del globo.

Esta cavidad había sido formada sin duda por el río procedente de las montañas occidentales, horribles y anónimas, y que había bordeado la cordillera de los Antiguos antes de desembocar en el océano, entre las tierras de Budd y Totten en la costa de Wilkes. Poco a poco había ido devorando la base calcárea de los picos hasta que al fin las corrientes llegaron a las aguas subterráneas y se unieron a ellas para formar un abismo más hondo. Pronto todo el río se volcó en esa caverna, y su cauce quedó definitivamente seco. Los Antiguos, comprendiendo lo que había ocurrido, y ejerciendo nuevamente sus habilidades artísticas, habían esculpido como pilones las piedras de la abertura por donde la corriente descendía hacia la oscuridad eterna.

Este río, cruzado en otro tiempo por puentes de piedra, era indudablemente aquel cuyo cauce seco habíamos visto desde el aire. Su posición en los distintos bajorrelieves nos permitió orientarnos, observar las transformaciones de la ciudad en las diversas etapas de su larga historia, y dibujar un mapa apresurado, pero minucioso, de las particularidades más salientes —plazas, edificios importantes— para que nos sirviesen de guía en exploraciones futuras. Pronto pudimos reconstruir, imaginativamente, la prodigiosa ciudad tal como había sido un millón de años, diez millones de años o cincuenta millones de años atrás, pues las esculturas reproducían con toda exactitud el aspecto de los edificios, las plazas, los barrios, las montañas y la lujuriosa vegetación de la era Terciaria. La ciudad debió de tener una maravillosa y mística belleza, y cuando la imagino olvido casi la opresión que sentí ante aquel laberinto de edad inhumana, inmenso, sin vida, extraño y bañado en una luz crepuscular y glacial. Sin embargo, de acuerdo con algunos de los bajorrelieves, sus mismos habitantes habían conocido un terror misterioso; en numerosas escenas se los veía retroceder ante algún objeto —nunca representado— que había sido encontrado en el agua y que procedía de las horribles montañas del oeste.

Sólo en la casa de más reciente construcción, con sus esculturas decadentes, descubrimos algunas referencias a la catástrofe que había llevado al abandono de la ciudad. Debía de haber esculturas de la misma edad en otras partes, a pesar de la falta de energías y aspiraciones, natural en un período de tensión e incertidumbre, y poco después tuvimos la certeza de que así era. Pero ésta fue la primera y única de las esculturas que encontramos directamente. Pensábamos seguir buscando; pero, como he dicho, ciertos hechos nos obligaron a alterar nuestros planes. Sin embargo, debía de haber un límite, pues una vez desvanecida toda esperanza de poder seguir allí, tenían que haber cesado también las decoraciones. La calamidad había sido, por supuesto, la llegada de esos grandes fríos que invadieron la Tierra, y que nunca abandonaron desde entonces las regiones polares; esos grandes fríos que, en la otra extremidad del globo, pusieron fin a las fabulosas tierras de Lomar e Hiperbórea.

Sería difícil fijar la fecha exacta en que los fríos llegaron a la Antártida. Calculamos que los períodos glaciales se iniciaron hace unos quinientos mil años, pero en los polos ese fenómeno tuvo que ocurrir antes. Toda estimación cuantitativa es sólo una hipótesis, pero es muy probable que las últimas esculturas tengan menos de un millón de años, y que el abandono de la ciudad se completase antes de la iniciación convencional del pleistoceno: hace quinientos mil años.

Las esculturas revelaban que la vegetación había disminuido gradualmente, y que al mismo tiempo se habían despoblado los campos. En las casas aparecieron aparatos de calefacción, y los viajeros invernales se envolvieron en trajes protectores. Toda una serie de cartelas (en estas últimas esculturas el arreglo de las bandas aparecía frecuentemente interrumpido) describía la constante migración hacia los refugios más cálidos: ya sea las ciudades submarinas, junto a las costas lejanas, o el laberinto subterráneo, bajo las cavernas calcáreas de las colinas.

Ese abismo vecino parecía ser el lugar que había recibido mayor número de colonos. Esto era debido, sin ninguna duda, al carácter tradicionalmente sagrado de la región; pero allí era posible, además, seguir usando los templos de las montañas, y conservar la ciudad de la meseta como residencia de verano y enlace con diversas minas. Los medios de comunicación entre la vieja y la nueva colonia fueron mejorados con la construcción de rampas y numerosos túneles directos. Sobre nuestro plano de la ciudad dibujamos cuidadosamente el trazado de estos túneles; dos de las bocas estaban a una distancia razonable, en la parte de la ciudad que bordeaba la montaña: una a quinientos metros del lecho del río, y la otra a un kilómetro en dirección opuesta.

El abismo, parecía, contaba con playas secas, pero los Antiguos construyeron la nueva ciudad bajo el agua, sin duda a causa de la uniformidad de la temperatura. La profundidad de aquel mar subterráneo parecía ser muy grande, de modo que el calor interno de la Tierra podía asegurar su habitabilidad por un período indefinido. Los Antiguos no tuvieron dificultades en adaptarse otra vez a la vida submarina, ya que no habían permitido que sus agallas se atrofiasen. Muchas esculturas mostraban cómo habían visitado a sus compañeros de raza submarinos y cómo se bañaban a menudo en las aguas profundas. La oscuridad del interior de la Tierra no podía molestar, por otra parte, a una raza largamente acostumbrada a las noches polares.

A pesar de su estilo decadente, estos bajorrelieves últimos —cuando se referían a la construcción de la nueva ciudad en los fondos del mar subterráneo— eran de una cualidad verdaderamente épica. Los Antiguos habían extraído rocas insolubles del corazón de las montañas, y habían recurrido a los trabajadores más expertos de la vecina ciudad submarina. Estos trabajadores trajeron consigo todo lo necesario: tejido de soggoth de donde nacerían obreros y bestias de carga, y materias protoplásmicas destinadas a convertirse en organismos fosforescentes para la iluminación.

Al fin, una poderosa ciudad se elevó en el fondo del mar, negro como la laguna Estigia, con un estilo arquitectónico muy similar al de la ciudad de la superficie, y con pocos signos de decadencia a causa de los precisos elementos matemáticos empleados en la construcción. Los nuevos soggoths crecieron hasta alcanzar un tamaño enorme y una inteligencia singular, y ejecutaban las órdenes con una rapidez maravillosa. Parecían comunicarse con los Antiguos imitando sus voces —una especie de sonido musical que abarcaba una gama muy amplia, de acuerdo con la disección efectuada por Lake— y se acostumbraron a obedecer a órdenes orales antes que a sugestiones hipnóticas como en los primeros tiempos. Se los dominaba, sin embargo, de un modo admirable. Los organismos fosforescentes suplían por su parte con eficacia la falta de las auroras boreales del mundo exterior.

El arte y la decoración continuaron, aunque, por supuesto, con ciertos signos de decadencia. Los Antiguos no lo ignoraban, y en ciertos casos anticiparon la política de Constantino el Grande al trasladar desde la vieja ciudad piezas escultóricas especialmente finas, tal como había hecho el emperador de Bizancio al llevar a la nueva capital, en una época de similar declinación, muestras de arte de Grecia y Asia que su propio pueblo era incapaz de concebir. Que el traslado de las piezas esculpidas no fuera más común se debió sin duda a que la ciudad terrestre no fue en un principio totalmente abandonada. Cuando se completó ese abandono —lo que ocurrió antes que el pleistoceno polar estuviese muy adelantado—, los Antiguos ya se habían acostumbrado a las nuevas formas decadentes o habían dejado de reconocer el mérito superior de las esculturas más antiguas. De cualquier modo, en las viejas y silenciosas ruinas que nos rodeaban no parecían faltar los bajorrelieves, aunque sí las estatuas y todos los objetos movibles.

Las cartelas y esculturas decadentes que relataban esta historia fueron, como he dicho, las últimas que pudimos encontrar en nuestra limitada exploración. Se veía en ellas a los Antiguos que iban y venían entre la ciudad terrestre y la ciudad de la caverna marina, y visitaban a veces a sus hermanos de la costa antártica. Por esta época tuvo que haberse presentido el destino de la ciudad, pues las esculturas representaban escenas en las que aparecían los males provocados por el frío. La navegación era cada vez más escasa, y las terribles nieves del invierno ya no se fundían del todo, ni siquiera en pleno verano. Los rebaños de saurios casi habían desaparecido, y los mamíferos soportaban mal los rigores del clima. Para poder proseguir con los trabajos de superficie había sido necesario adaptar algunos soggoths —curiosamente resistentes al frío— a la vida terrestre, cosa que hasta ese entonces los Antiguos se habían negado a hacer. En el gran río ya no había vida, y el mar de la superficie había perdido a casi todos sus habitantes, excepto focas y ballenas. Todos los pájaros habían escapado. Quedaban sólo los grandes y grotescos pingüinos.

¿Qué había ocurrido luego?, sólo puede ser motivo de conjeturas. ¿Cuánto tiempo había sobrevivido la ciudad edificada en la caverna? ¿Estaría todavía allí, como un cadáver, en la eterna negrura? ¿Se habrían helado al fin las aguas subterráneas? ¿Qué destino habrían sufrido las ciudades del océano exterior? ¿Habrían los Antiguos emigrado hacia el norte, alejándose de la capa de hielo? La geología no había descubierto indicios de su presencia. ¿Continuaba siendo el terrible Mi-Go una amenaza en la tierra del norte? ¿Podía uno saber si los oscuros e insondables abismos de las aguas profundas ocultaban algo? Estas criaturas parecían capaces de resistir cualquier presión, y los hombres de mar recogen de cuando en cuando extraños objetos. ¿La teoría de la ballena-asesina explica realmente las salvajes y misteriosas cicatrices advertidas en algunas focas una generación atrás por Borchgrevingk y sus compañeros de expedición?

Los ejemplares encontrados por el pobre Lake no caen dentro de estas conjeturas, pues el examen geológico de los terrenos prueba que han vivido en una fecha muy temprana. Tenían, parecía, no menos de treinta millones de años, y juzgamos que en aquel entonces la ciudad edificada en la caverna, y la caverna misma, no existía aún. Tenían que pertenecer a una época anterior, en la que florecía dondequiera una lujuriosa vegetación terciaria, y una ciudad floreciente se alzaba alrededor de ellos, y un ancho río se dirigía hacia el norte a lo largo de las poderosas montañas en busca de un lejano océano tropical.

Y sin embargo, no podíamos dejar de pensar en esos ejemplares, especialmente esos ocho que habían desaparecido del campamento de Lake. Había algo anormal en todo aquello: los extraños sucesos que habíamos tratado de atribuir a la locura de alguno de los hombres; aquellas terribles tumbas; la cantidad y naturaleza del m:,terial desaparecido; Gedney; la increíble resistencia de los tejidos de los monstruos, y la potencia vital que revelaban las esculturas... Danforth y yo habíamos visto bastante en aquellas últimas horas, y estábamos preparados para aceptar y guardar en silencio muchos secretos asombrosos e increíbles.

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He dicho que el examen de aquellas esculturas decadentes nos obligó a alterar nuestros planes. Se trataba, por supuesto, de las vías de acceso al sombrío mundo interior, de cuya existencia nada habíamos sabido hasta entonces, y que ahora ansiábamos descubrir y atravesar. De la escala de los bajorrelieves dedujimos que una rampa descendente de algo más de un kilómetro de longitud nos llevaría a los oscuros acantilados del gran abismo; de allí unos senderos laterales conducían a la costa rocosa del oculto océano nocturno.

Contemplar realmente ese abismo fabuloso era una tentación imposible de resistir. Pero teníamos que iniciar inmediatamente la empresa, si queríamos incluirla en nuestro presente viaje.

Habíamos hecho tantos estudios y croquis bajo el nivel de la capa de hielo que las linternas eléctricas habían funcionado por lo menos cinco horas, y a pesar de las pilas secas especiales no contábamos con más de cuatro horas de luz. Pero si usábamos una sola lámpara a la vez —excepto en los lugares muy interesantes o especialmente dificultosos— podíamos contar con un apreciable margen de seguridad. No podríamos entrar sin luz en esas catacumbas ciclópeas, de modo que si queríamos realizar el viaje tendríamos que dejar de descifrar murales. Por supuesto, era nuestro propósito volver a visitar el lugar en los días, y hasta quizá las semanas, siguientes —pues la curiosidad había borrado hacía tiempo nuestra primera sensación de terror—, pero ahora teníamos que apresurarnos.

Nuestras reservas de trozos de papel no eran muy grandes, y nos resistimos a sacrificar las libretas de notas y el papel de dibujo para aumentarlas, pero al fin decidimos romper un cuaderno. Si ocurría lo peor, podíamos hacer unas marcas en la roca, y si llegábamos a perdernos, siempre —si contábamos con bastante tiempo— nos quedaría la posibilidad de volver a la luz del día por alguno de los innumerables canales. Así que al fin partimos, decididos, hacia la boca del túnel más próximo.

De acuerdo con los bajorrelieves, esa boca se encontraba a unos quinientos metros; para llegar a ella había que atravesar varios edificios todavía en buen estado, y al nivel de la capa de hielo, que seguramente no ofrecerían dificultades. La abertura estaba situada en el piso bajo de una vasta estructura de forma de estrella —probablemente un edificio público o algún lugar de ceremonias— que debía de encontrarse al pie de los primeros contrafuertes.

Como no recordábamos haber visto una construcción semejante, concluimos que sus partes superiores habrían sufrido grandes daños, o que habría quedado oculta por la capa de hielo. En este último caso la boca estaba probablemente obstruida, de modo que tendríamos que ir hasta la otra, en el norte, situada a algo más de un kilómetro. El cauce seco del río impedía que nos dirigiésemos hacia los túneles del sur, y si, en verdad, ninguno de esos dos túneles resultaba accesible, era difícil que nuestras pilas nos permitiesen llegar hasta un tercero; el más cercano estaba situado a un kilómetro y medio del segundo.

Mientras avanzábamos penosamente por el laberinto de piedra, con la ayuda de los mapas y la brújula (atravesando habitaciones y corredores arruinados o intactos, subiendo y bajando numerosas rampas, evitando puertas obstruidas y montones de escombros, ganando tiempo en los lugares libres de obstáculos, equivocándonos y rehaciendo el camino —y recogiendo en estos casos los trozos de papel que habíamos dejado atrás—, y encontrándonos de cuando en cuando con alguna abertura por la que se filtraba la luz del día), nos sentimos tentados a menudo por los muros esculpidos que encontrábamos en el camino. Muchos debían ser de una importancia histórica considerable, y sólo el propósito de repetir nuestra visita nos permitió seguir adelante. Nos contentábamos con de tenernos un momento y muy de cuando en cuando, y encender nuestra segunda linterna. Si hubiésemos tenido más películas habríamos fotografiado algún bajorrelieve, pero era imposible perder tiempo en copiar.

Vuelvo a acercarme a un punto de mi relato donde la tentación de guardar silencio, o por lo menos de contentarme con una insinuación, es muy grande. Es necesario sin embargo relatar claramente todo lo que ocurrió si quiero descorazonar a futuros exploradores. No nos encontrábamos muy lejos de la supuesta abertura del túnel —luego de cruzar un puente que partía de un segundo piso y llegaba a lo que parecía ser el extremo de una pared angular, y de descender por un ruinoso corredor donde abundaban unas esculturas decadentes y en apariencia de carácter religioso— , cuando poco después de las ocho y media el fino olfato de Danforth nos reveló algo anormal. Si hubiésemos tenido un perro con nosotros supongo que habríamos sido advertidos antes. En un principio no pudimos decir qué ocurría, pero bastaron unos pocos segundos para que despertaran en nosotros unos recuerdos demasiado definidos. No callaré más. Se trataba de un olor, un olor vago, sutil e inconfundible relacionado con aquel otro olor nauseabundo que habíamos respirado al abrir la tumba del monstruo disecado por Lake.

Por supuesto, en ese entonces no admitimos tan claramente la revelación como ahora. Había varias explicaciones posibles, y nos detuvimos un momento para conferenciar en voz baja. Luego de haber llegado hasta allí no íbamos a retroceder movidos por una vaga aprensión. De cualquier modo, lo que sospechábamos era algo increíble. Esas cosas no ocurrían en un mundo normal. Sin embargo, un oscuro instinto nos llevó a velar la luz de la linterna —ya no tentados por las siniestras esculturas que nos miraban amenazadoras desde las opresivas paredes— y a tratar de no hacer ruido mientras avanzábamos nuevamente por el piso cada vez más cubierto de escombros.

Danforth tenía no sólo un olfato sino también una vista mejor que la mía. Fue él quien advirtió el curioso aspecto de los escombros luego de haber atravesado algunas puertas semiobstruidas que conducían a cuartos y corredores situados al nivel del suelo. No tenían el aspecto que les correspondería luego de miles de años, y cuando aumentamos la intensidad de las luces, vimos en el piso unas huellas recientes. La naturaleza irregular del suelo impedía ver marcas definidas, pero los lugares más lisos sugerían que algunos objetos pesados habían sido arrastrados sobre el polvo. En una ocasión creímos discernir unas huellas paralelas, como las de un trineo. Nos detuvimos otra vez.

Durante esta pausa percibimos —ahora simultáneamente— otro olor ante nosotros. Paradójicamente, era más terrible y menos terrible que el anterior; menos terrible en sí; pero infinitamente más espantoso en este lugar, dadas las circunstancias. A no ser que pensáramos en Gedney. Se trataba, indudablemente, del olor familiar de la gasolina.

Después de esto me siento incapaz de explicar nuestra actitud. Sabíamos ahora que una parte de los horrores del campamento había invadido estas inmemoriales tumbas nocturnas, y que, por lo tanto, no podíamos dudar de la existencia de condiciones innominables —presentes o por lo menos recientes— que estaban allí, esperándonos. Y sin embargo, nos dejamos arrastrar por no sé qué fuerza irresistible: ardiente curiosidad, ansiedad, autohipnotismo, o vagas ideas de responsabilidad con respecto a Gedney. Danforth recordó unas huellas que había creído ver en las ruinas superiores, y aquel débil sonido musical que provenía aparentemente de las cavernas y que tenía una singular significación de acuerdo con los estudios de Lake. Yo evoqué, por mi parte, el estado en que habíamos encontrado el campamento, el saqueo de las provisiones, la desaparición de varios objetos, y cómo la locura de un solo superviviente podía haber concebido lo inconcebible: franquear las monstruosas montañas y descender a aquellas profundidades desconocidas.

Pero no sacamos ninguna conclusión definida. Retomamos automáticamente la marcha lanzando de cuando en cuando ante nosotros un haz luminoso. En el polvo seguían viéndose aquellas huellas, y el olor de la gasolina era cada vez más fuerte. Las ruinas se acumulaban más y más, y pronto comprobamos que era imposible seguir avanzando. No solamente no llegaríamos al túnel, sino que no podríamos ni siquiera acercarnos al edificio en que se abría la boca.

Paseamos la luz de las linternas por los muros grotescamente esculpidos del corredor, y vimos varias entradas más o menos obstruidas. De una de ellas surgía muy distintamente el olor de la gasolina, borrando cualquier otro olor. Al examinarlas más de cerca, comprobamos que había sido despejada recientemente. Cualquiera que fuese el horror que nos esperaba era indudable que esa abertura conducía a él. Nadie se asombrará de que nos quedáramos un largo rato sin movernos.

Y sin embargo, cuando nos aventuramos en aquella bóveda oscura, nuestra primera impresión fue la de haber alcanzado un anticlímax. En aquella cripta cúbica de seis metros de lado no había en apariencia nada notable, de modo que buscamos instintivamente, aunque en vano, alguna otra puerta. Sin embargo, un instante después los agudos ojos de Danforth vieron que los escombros estaban como aplastados en un cierto lugar, y hacia allí dirigimos la luz de las linternas. Lo que vimos era algo simple y enigmático. Los escombros habían sido nivelados groseramente, y sobre ellos había diversos objetos pequeños. En uno de los lados de esta zona nivelada había una apreciable cantidad de gasolina derramada cuyo olor persistía aún. En otras palabras, no podía tratarse sino de una especie de campamento establecido por seres que, como nosotros, habían sido detenidos por aquella obstrucción inexplicable mientras se encaminaban al abismo.

Seré más claro. Los objetos provenían del campamento de Lake, y eran latas abiertas de un modo tan curioso como las que habíamos encontrado en el otro campamento, fósforos consumidos, tres libros ilustrados cubiertos de manchas, una botella de tinta vacía, una estilográfica rota, trozos de pieles y lona, una pila eléctrica gastada, y un montón de papeles arrugados. Este desorden era bastante terrible, pero cuando examinamos los trozos de papel sentimos que había allí algo peor. Ya habíamos visto en el campamento de Lake algunos papeles con signos inexplicables, pero reencontrarlos en las bóvedas prehumanas de una ciudad de pesadilla era demasiado.

Gedney, loco, podía haber dibujado esos signos imitando los que había visto en las piedras de esteatita verde y en los túmulos de cinco puntas. Podía, del mismo modo, haber trazado unos croquis apresurados, más o menos inexactos, que representasen una parte de la ciudad e indicasen el camino a seguir desde un lugar situado fuera de nuestra ruta —que nosotros identificamos como una gran torre cilíndrica en los bajorrelieves, y que nos había parecido en nuestro vuelo de exploración un vasto abismo circular— hasta la estructura de cinco puntas en que nos encontrábamos en ese momento.

Podía, repito, haber trazado esos croquis. Le hubiese bastado, como a nosotros, copiar ciertos detalles de las últimas esculturas del laberinto. Pero lo que no podía haber hecho era ejecutar esos dibujos con aquella técnica tan curiosa y segura, quizá superior —a pesar del apresuramiento y el descuido— a aquélla de las esculturas decadentes de donde habían sido copiados: la técnica característica e inconfundible de los Antiguos en los días más prósperos de la ciudad muerta.

Habrá alguien que diga que Danforth y yo estábamos completamente locos. ¿Cómo no huimos inmediatamente?

No podíamos tener ya, es cierto, la menor duda acerca de lo ocurrido. Aquellos que han leído hasta aquí no necesitarán más aclaraciones. Quizá estábamos realmente locos. ¿No he dicho que aquellos picos horribles eran en verdad alucinantes? Pero creo que los hombres que se internan en el África para fotografiar y estudiar las costumbres de los animales salvajes sienten algo similar, aunque en una forma menos extrema. Aunque estábamos casi paralizados por el terror, había en nosotros una llama de celo y curiosidad que al fin triunfó sobre todo.

Naturalmente, no pensábamos enfrentarnos a aquellos —o aquello— que habían estado allí, pero suponíamos que debían de encontrarse lejos. Habrían descubierto ya otra entrada, y habrían penetrado en ese abismo que no habían visto hasta ahora y donde esperaban unos oscuros fragmentos del pasado. Y si esa entrada estaba también obstruida, se habrían dirigido hacia el norte en busca de otra. No necesitaban, recordamos, de la luz.

Cuando evoco aquellos momentos, apenas puedo saber cuáles eran exactamente nuestras emociones, y qué esperábamos encontrar. Aunque no deseáramos hallarnos cara a cara con lo que tanto temíamos, no puedo negar que tuviéramos un deseo inconsciente de espiar ciertas cosas. Nuestro celo no llegaba quizá al deseo de ver el abismo; por otra parte, se nos había presentado un objetivo más inmediato en aquella torre circular que se veía en los dibujos. Sus dimensiones impresionantes, perceptibles aun en esos apresurados diagramas, nos hacían pensar que los pisos que se hallaban bajo la capa de hielo debían de tener una peculiar importancia. Quizá encerraban maravillas arquitectónicas desconocidas aún para nosotros. Era ciertamente de una edad increíble de acuerdo con las esculturas en que aparecía, y había sido uno de los primeros edificios de la ciudad. Sus bajorrelieves, si se conservaban aún, debían de ser altamente significativos. Además nos permitiría sin duda llegar rápidamente al mundo exterior, una ruta más corta que aquella que estábamos buscando, y la misma quizá por la que esos otros seres habían descendido.

Estudiamos, pues, los terribles dibujos —que confirmaban los nuestros— y nos dirigimos hacia la torre por el camino que nuestros innominables predecesores debían de haber recorrido dos veces. La otra entrada al abismo se abría un poco más allá. No hablaré de nuestro viaje —durante el que seguimos dejando a nuestras espaldas una pista de papel—, pues fue idéntico al que nos llevó al callejón sin salida, aunque los corredores se mantenían más cerca de la superficie. De cuando en cuando encontrábamos algunas huellas perturbadoras en el polvo de los escombros, y una vez que dejamos de percibir el olor de la gasolina volvió a reinar aquel más odioso y persistente olor. A veces lanzábamos un rayo de luz a las paredes, en donde seguían figurando las omnipresentes esculturas.

Alrededor de las nueve y media, mientras atravesábamos un largo corredor abovedado, cuyo piso estaba cubierto de una capa de hielo cada vez más espesa y cuyo techo descendía gradualmente, vimos ante nosotros una claridad que nos permitió apagar la linterna. Llegábamos aparentemente a la torre circular y no debíamos de estar muy lejos del mundo exterior. El corredor terminaba en un arco sorprendentemente bajo para este mundo megalítico, pero antes de llegar pudimos ver a través de él. Más allá se extendía un espacio circular de unos sesenta metros de diámetro, cubierto de escombros y rodeado por numerosos arcos obstruidos similares al nuestro. Los muros estaban cubiertos por una banda en espiral de bajorrelieves de proporciones heroicas, y exhibía —a pesar de los destrozos causados por la erosión en aquel lugar al aire libre— un esplendor muy superior a todo lo que habíamos encontrado antes. Una espesa capa de hielo cubría el piso, e imaginamos que éste se encontraba realmente a una considerable profundidad.

Pero lo más sobresaliente era una titánica rampa de piedra que, eludiendo los arcos, se alzaba en espiral apoyándose en la pared circular de la torre, algo similar a los contrafuertes exteriores de algunos edificios de la antigua Babilonia. Sólo la rapidez de nuestro vuelo y la perspectiva que había confundido la rampa con la pared interior de la torre, nos habían impedido notar esta espiral desde el aire. Pabodie hubiese podido decirnos qué principios de ingeniería habían guiado su construcción, pero nosotros no pudimos hacer otra cosa que admirarla y maravillarnos. De cuando en cuando se alzaban aquí y allá unos pilares de piedra, aunque a nosotros nos parecían inadecuados para la función que debían cumplir. La rampa parecía llegar, intacta, hasta la cima de la torre —circunstancia realmente notable, por su exposición al aire libre— y había servido para proteger las curiosas y perturbadoras esculturas cósmicas de los muros.

Mientras salíamos a la débil luz que bañaba el piso de este monstruoso cilindro —de unos cincuenta millones de años, y sin duda la construcción más antigua que habíamos contemplado hasta entonces—, vimos que los muros se alzaban hasta una altura de veinte metros. Esto representaba una capa glacial exterior de unos ocho metros, ya que el pozo que habíamos visto desde el avión se abría en la cima de un montón de escombros de unos doce metros de altura y protegido, por lo menos en sus tres cuartas partes, por una serie de ruinas más altas. Según las esculturas, la torre original se había alzado en el centro de una inmensa plaza circular y había tenido unos ciento cincuenta o ciento ochenta metros de altura. En la cima había habido unas agujas provistas de discos horizontales, y en el borde superior unas espirales afiladas. La mayor parte de las piedras habían caído hacia afuera, suceso afortunado, ya que de otro modo habrían destruido la rampa, y el interior estaría obstruido por los escombros. La rampa había sufrido ya bastantes daños y los restos se habían acumulado de tal modo en el piso interior que los arcos habían tenido que ser despejados recientemente. Nos llevó sólo un momento concluir que ésta era de veras la ruta por la cual aquellos otros habían descendido, y que éste era también el camino lógico que debíamos seguir en nuestro ascenso a pesar de los papeles que habíamos dejado detrás. La boca de la torre no estaba muy lejos del pie de las montañas, y no más de nuestro aeroplano que el edificio en que habíamos estado hasta hacía poco, de modo que cualquier exploración subglacial que efectuásemos debía desarrollarse en esta región. Pues, cosa curiosa, a pesar de todo lo que habíamos visto y adivinado, estábamos pensando aún en otros posibles viajes. En ese momento, mientras avanzábamos con precaución sobre los escombros que cubrían el piso, vimos algo que nos hizo olvidar todo el resto: en la curva más baja de la rampa, que hasta entonces había estado oculta a nuestros ojos, se encontraban los tres trineos de Lake, muy estropeados por su viaje sobre los escombros y otros lugares poco adecuados. Llevaban una carga muy bien dispuesta que comprendía objetos memorablemente familiares: la estufa de petróleo, latas de combustible, cajas de instrumentos, provisiones, tres sacos evidentemente llenos de libros, y un cuarto cuyo contenido no pudimos adivinar... Todo procedía del campamento de Lake.

Luego de lo que habíamos encontrado en la cripta cúbica, casi estábamos preparados para este hallazgo. La verdadera conmoción se produjo cuando nos adelantamos y abrimos el saco cuyo contenido no habíamos podido descifrar. Parecía que no sólo Lake se había interesado en coleccionar ejemplares típicos. Había dos allí, ambos endurecidos por el frío, perfectamente preservados, el cuello recubierto con tela adhesiva para disimular algunas heridas, y cuidadosamente envueltos para evitar que se estropeasen. Eran los cadáveres del joven Gedney y del perro desaparecido.

<p>10</p>

Muchos nos juzgarán, quizá, tan insensibles como locos por haber pensado en el corredor del norte y el abismo casi inmediatamente. Pero podría asegurar que esos pensamientos volvieron a nosotros sólo por una circunstancia específica y repentina que despertó toda una nueva serie de especulaciones. Habíamos vuelto a cubrir al pobre Gedney y estábamos allí, sin movernos, en una especie de muda estolidez, cuando tuvimos conciencia, por vez primera, de aquellos sonidos. Eran los primeros que oíamos desde nuestro cruce de las montañas, donde el viento silbaba entre las cimas. Aunque muy familiares, su presencia en este mundo remoto y muerto fue para nosotros más grotesca e inesperada que la de cualquier otro sonido imaginable, pues parecía perturbar todas nuestras nociones de un orden cósmico.

Si se hubiese tratado de aquel curioso silbido musical que según Lake había que esperar de aquellas criaturas —y que creíamos oír en nuestra imaginación desde que habíamos dejado los horrores del campamento— nos habría parecido que armonizaba diabólicamente con aquel decorado fabuloso. Una voz de otros tiempos hubiese estado en su lugar en aquel cementerio de otros tiempos. Este sonido, en cambio, alteró profundamente todas nuestras ideas, nuestra tácita aceptación de aquella región antártica como total e irrevocablemente desprovista de signos de vida normal. Lo que oímos no fue la llamada de un monstruo de la prehistoria, devuelto a la vida, luego de miles de años, por los rayos del sol. Era un grito irónicamente normal, que habíamos oído ya muchas veces, y que nos estremecía oír aquí, donde no debía existir. Brevemente, se trataba del grito ronco de un pingüino.

El apagado sonido venía de regiones subterráneas situadas casi enfrente del corredor por donde habíamos llegado. La presencia de un ave acuática en ese mundo cuya superficie estaba uniformemente desprovista de vida sólo podía llevar a una conclusión; en consecuencia nuestro primer pensamiento fue el de verificar si aquel sonido era real. Se repetía, en verdad, continuamente, y a veces parecía venir de más de una garganta. Franqueamos una entrada, considerablemente limpia de escombros, y volvimos a dejar detrás de nosotros unos trozos de papel, sacados esta vez con una rara repugnancia de uno de los sacos de los trineos.

Cuando la capa de hielo dio lugar a un montón de escombros, vimos claramente unas curiosas marcas, y Danforth advirtió una cuya descripción es totalmente superflua. El curso indicado por las voces de los pingüinos era precisamente el que el mapa y la brújula señalaban como más cercano al túnel del norte, y nos alegró descubrir que la ruta estaba libre de obstáculos y se encontraba al nivel del suelo. El túnel, según el mapa, partía de la base de una gran estructura piramidal que desde el aire, creíamos recordar, nos había parecido muy bien conservada. A lo largo del camino la linterna iluminaba la acostumbrada sucesión de bajorrelieves, pero no nos detuvimos a examinarlos.

De pronto una forma blanca se alzó ante nosotros, y encendimos la segunda linterna. Es curioso, pero esta nueva búsqueda nos había hecho olvidar nuestros primeros terrores. Los que habían dejado los trineos en la torre circular podían volver en cualquier momento de su visita al abismo, y sin embargo su existencia no nos preocupaba. Este ser blanco y tambaleante tenía casi dos metros de alto, pero comprendimos en seguida que no era ninguna de las criaturas. Éstas eran más oscuras y grandes, y, según los bajorrelieves, se movían de un modo rápido y seguro, a pesar de su curioso equipo de tentáculos. Durante un instante fuimos presas de un terror primitivo, casi peor que el que habíamos experimentado ante la existencia de los otros. En seguida, cuando la forma blanquecina se unió a dos seres de su especie, que lo llamaban roncamente desde un arco cercano, recobramos la calma. Pues se trataba sólo de un pingüino, aunque de una especie desconocida, mayor que los pingüinos llamados reales.

Cuando nos encaminamos hacia la bóveda e iluminamos con nuestras linternas el indiferente grupo de los tres animales, comprobamos que eran todos albinos y de una especie desconocida y gigantesca. Su tamaño nos recordó algunos de los pingüinos arcaicos representados en las esculturas, y pensamos en seguida que eran descendientes de la misma especie, y que sin duda provenían de una región interior más cálida donde habían perdido toda pigmentación y el uso de los ojos. Parecía indudable que su hábitat presente era el abismo, objeto de nuestra búsqueda, y la evidencia de que aquel refugio era aún habitable provocó en nosotros las más perturbadoras y curiosas fantasías.

Nos preguntamos, también, qué habría ocurrido para que aquellos tres pájaros se hubiesen decidido a abandonar su residencia habitual. El estado y el silencio de la ciudad probaban suficientemente que no servía de residencia veraniega; por otra parte, y dada la indiferencia que nos manifestaban, parecía raro que se hubiesen asustado con las criaturas. ¿Era posible que los monstruos los hubiesen atacado con el fin de aumentar sus provisiones de carne? No creíamos que el olor que había enfurecido a los perros causara una antipatía semejante en estos pingüinos, ya que sus antecesores habían vivido en muy buenos términos con las criaturas. Lamentando —en nombre de nuestro celo científico— no poder fotografiarlos, nos encaminamos otra vez hacia las profundidades guiados de cuando en cuando por las huellas de los pingüinos.

No mucho después, la pendiente de un corredor, largo, bajo, sin puertas, y particularmente cubierto de bajorrelieves, nos hizo pensar que nos acercábamos al fin a la boca del túnel. Nos habíamos cruzado con dos pingüinos más, y oíamos otros allá abajo. De pronto, el corredor se abrió en un prodigioso espacio que nos cortó involuntariamente el aliento. Era un hemisferio perfecto e invertido de unos treinta metros de diámetro y quince de altura; a lo largo de la pared se sucedían los arcos bajos, excepto en un sitio donde una abertura de cinco metros de alto bostezaba cavernosamente quebrando la simetría de la bóveda. Era la entrada al gran abismo.

En este vasto hemisferio —cuyo techo cóncavo esculpido por un artista decadente, quería imitar la bóveda celestial— erraban tambaleándose algunos pingüinos. El túnel oscuro, de boca curiosamente cincelada, descendía hacia las tinieblas. De esa abertura críptica surgían unas corrientes de aire sensiblemente cálido y un vapor casi imperceptible. Nos preguntamos qué seres vivos podrían vivir en el abismo y las innumerables cavernas de las montañas. Nos preguntamos, también, si el humo citado por Lake, lo mismo que la niebla que habíamos creído ver alrededor de uno de los picos, no sería en realidad este vapor emanado de las profundidades de la tierra a través de algún tortuoso canal.

Ya en el interior del túnel, vimos que medía —por lo menos al comienzo— cinco metros de ancho por cinco de alto, y que paredes, bóveda y piso habían sido construidos con las mismas piedras. Las paredes estaban profusamente decoradas con dibujos convencionales, y tanto la construcción como los bajorrelieves se mantenían perfectamente conservados. El piso estaba libre de escombros, salvo en algunos sitios donde se veían unas huellas de pingüinos que se dirigían hacia el exterior y otras que iban hacia adentro. A medida que avanzábamos, aumentaba la temperatura, y pronto tuvimos que desabotonarnos los gruesos abrigos. Nos preguntamos si encontraríamos alguna manifestación ígnea en el interior, y si aquel mar sería de aguas calientes. Al cabo de un tiempo la construcción dio lugar a la roca viva, aunque el túnel conservaba las mismas proporciones y presentaba el mismo aspecto de artificial regularidad. A veces la pendiente se hacía tan empinada que se habían abierto algunos canales en el piso. De vez en cuando veíamos las bocas de pequeñas galerías no registradas en nuestros mapas, pero ninguna de ellas haría difícil el problema del retorno, y cualquiera podía servir de refugio en caso de que nos encontráramos con aquellas criaturas. El innominable olor de estos seres se percibía ahora claramente. Era sin duda una locura suicida aventurarse en aquel túnel en esas condiciones, pero la atracción de lo desconocido es mayor de lo que se cree, y no otra cosa que esa atracción era lo que nos había llevado a aquellas regiones polares. Vimos varios pingüinos que se cruzaron con nosotros, y nos preguntamos a qué distancia nos encontraríamos aún de nuestra meta. Según las esculturas el camino que llevaba al abismo era de unos dos kilómetros, pero nuestras indagaciones anteriores nos habían enseñado ya que no podíamos fiarnos mucho de la exactitud de nuestra escala.

Al cabo de unos quinientos metros, el olor se hizo muy fuerte, y comenzamos a tomar cuidadosa nota de las galerías laterales. No había ningún vapor visible como en la boca del túnel, pero esto era debido sin duda a que aquí el aire era más cálido. La temperatura no dejaba de subir, y no nos sorprendimos al encontrarnos con un descuidado montón de pieles y lonas —procedentes del campamento de Lake— destrozadas de un modo singular. No nos detuvimos. Poco más allá notamos que las galerías laterales eran más grandes y numerosas, y concluimos que debíamos de haber llegado a la región de los contrafuertes atravesada por cavernas. Al olor demasiado bien conocido se mezclaba otro apenas desagradable cuyo origen no pudimos imaginar, aunque pensamos que se trataba de organismos en descomposición y quizá hongos subterráneos. De pronto el tamaño del túnel aumentó sorprendentemente (los bajorrelieves no nos habían preparado para esto), convirtiéndose en una caverna de apariencia natural, de veinticinco metros de largo y quince de ancho, con numerosos pasajes que se perdían en las tinieblas.

Aunque la gruta parecía obra de la naturaleza, una inspección con las dos linternas demostró que había nacido de la destrucción artificial de varias paredes entre cavernas vecinas. Las paredes eran rugosas, y en el alto techo abovedado abundaban las estalactitas, pero el piso estaba libre de detritos y hasta de polvo. Lo mismo ocurría con todos los pisos de las galerías vecinas; aquella por la que habíamos venido era la única excepción. No pudimos adivinar cuál era la causa. El hedor que se había añadido al de las criaturas era aquí más intenso, tanto que casi superaba al otro. Había algo en aquel lugar, con su piso limpio y casi brillante, que nos parecía más raro y horrible que todo lo que habíamos encontrado hasta entonces.

Las proporciones regulares de la galería que se abría ante nosotros, así como los excrementos de pingüino que había en la entrada, nos hicieron comprender inmediatamente qué camino debíamos seguir. A pesar de eso resolvimos que si se presentaba, alguna nueva dificultad recurriríamos otra vez a la pista de papel, ya que no podíamos contar con huellas en el polvo. Una vez que nos introdujimos en la galería, lanzamos un haz de luz sobre las paredes del túnel, y nos detuvimos estupefactos ante el cambio radical que mostraban los bajorrelieves. Ya nos habíamos dado cuenta, es cierto, de la decadencia de esa escultura en la época en que se habían abierto los túneles, y habíamos notado la técnica inferior con que se habían ejecutado los arabescos. Pero ahora, en esta sección situada más abajo de la caverna, había una diferencia que trascendía toda posible explicación, una diferencia de naturaleza tanto como de calidad, y que implicaba una degradación profunda y calamitosa que nada de lo que habíamos observado hasta entonces había dejado entrever.

Estas nuevas obras eran toscas, groseras y faltas de toda delicadeza de detalle. Habían sido esculpidas con una profundidad exagerada en bandas que seguían el trazado de las cartelas de las secciones primitivas, pero la altura de los relieves no llegaba al nivel de la superficie general. Danforth opinó que se trataba de un segundo trabajo, una especie de palimpsesto donde los dibujos se superponían a otros anteriores, probablemente borrados. Tratados de un modo meramente decorativo y convencional, consistían en series de ángulos y espirales que seguían la tradición matemática —basada en el número cinco— de aquellos seres, pero que semejaban en verdad más una parodia que una continuidad de esa tradición. No podíamos apartar de nuestras mentes la idea de que algún sutil pero profundamente extraño elemento había sido añadido al sentido estético primitivo, elemento — supuso Danforth— que era responsable de la laboriosa sustitución. Era algo similar al arte de los Antiguos, pero perturbadoramente distinto, y yo recordé las obras híbridas de las esculturas de Palmira ejecutadas según el estilo romano. Una batería depositada en el suelo frente a uno de los relieves más característicos parecía revelar que algún otro había estado no hacía mucho observando las obras.

Como no podíamos pasar mucho tiempo en este examen, volvimos a ponernos en camino. De cuando en cuando lanzábamos un haz de luz a las paredes para ver si se había desarrollado algún nuevo cambio en las decoraciones. No advertimos nada, aunque las esculturas estaban en algunos lugares irregularmente distribuidas a causa de las bocas de los túneles, muy numerosas. Vimos y oímos pocos pingüinos, pero creímos percibir un coro lejano en algún lugar de las profundidades. El nuevo e inexplicable olor era ahora abominablemente fuerte, y apenas advertíamos el otro.

Unas bocanadas de vapor se alzaban ante nosotros revelando unos contrastes, cada vez más notables, de temperatura, y la relativa cercanía de los acantilados sin sol del gran abismo. Luego, casi inesperadamente, vimos en el piso algunos obstáculos que no eran ciertamente pingüinos, y encendimos nuestra segunda linterna después de asegurarnos de que los objetos no se movían.

<p>11</p>

Otra vez he llegado a un punto difícil de tratar. Por ese entonces, yo ya debía estar endurecido, pero hay ciertas experiencias que dejan heridas demasiado hondas como para permitir una cura, y nos sensibilizan de tal modo que el solo recuerdo resucita todo el horror original. Vimos, como he dicho, ciertos obstáculos ante nosotros, y añadiré ahora que fuimos asaltados, casi simultáneamente, por una notable intensificación de aquel olor dominante, claramente mezclado con el más conocido. La luz de las linternas borró toda duda acerca de la naturaleza de estos obstáculos, y sólo nos acercamos cuando vimos que eran tan poco peligrosos como los desenterrados en el campamento de Lake.

Estaban, en verdad, tan incompletos como la mayoría de aquéllos, pero el espeso charco de líquido verdoso probaba que la mutilación era mucho más reciente. Había sólo cuatro, aunque de acuerdo con los informes de Lake el grupo estaba compuesto de ocho individuos. Encontrarlos en este estado fue de veras una sorpresa, y nos preguntamos qué clase de lucha se habría desarrollado allí en la oscuridad.

Los pingüinos, reunidos en gran número, se defendían con furiosos picotazos, y oíamos ahora con claridad los roncos gritos de una colonia, no muy lejos. ¿Serían estos cadáveres sus víctimas? Cuando nos acercamos un poco más, abandonamos esta hipótesis, pues los picos de esos pájaros no hubiesen podido causar en tejidos tan resistentes aquellos daños terribles. Además, los grandes pingüinos nos habían parecido singularmente pacíficos.

¿Habría habido una lucha entre las criaturas, y los responsables de estas muertes eran los cuatro que faltaban? En ese caso, ¿dónde estaban ahora? ¿No muy lejos de allí y dispuestos a constituir una seria amenaza? Mientras continuábamos acercándonos, lenta y temerosamente, lanzábamos unas miradas ansiosas a las galerías laterales. Era indudable, de cualquier modo, que había sido aquella lucha lo que había alejado a los pingüinos de sus lugares de costumbre. Tenía que haberse desarrollado, por lo tanto, no muy lejos de la colonia, en el abismo, ya que no había señales de que los pájaros residiesen en las galerías. Quizá había habido una cruel persecución, y los más débiles habían huido inútilmente, tratando de llegar a los trineos ocultos. Era posible imaginarse una batalla demoníaca entre monstruosas entidades que surgían del abismo precedidas por una multitud de pingüinos aterrorizados.

He dicho que nos acercamos con temor a aquellos cadáveres. Ojalá no nos hubiésemos acercado nunca y hubiésemos huido rápidamente de aquel túnel de paredes grotescas. Sí, ojalá hubiésemos huido antes de ver lo que vimos, y antes de que en nuestras mentes se grabara con fuego algo que ya nunca podremos olvidar.

Nuestras linternas iluminaron los cadáveres y advertimos que las mutilaciones eran todas parecidas. Los cuerpos, comprimidos, retorcidos y destrozados como estaban, habían sido decapitados. La cabeza de cinco puntas no había sido cortada, sino arrancada o succionada. El olor del líquido verde, oscuro y nauseabundo que bañaba los cadáveres se perdía un poco ante aquel más nuevo y curioso olor que no habíamos dejado de sentir a lo largo del túnel, y que aquí era más intenso que en ninguna otra parte. Tan pronto como llegamos junto a los cuerpos vimos cuál era la causa, y en ese mismo instante, Danforth, recordando ciertas vívidas esculturas de la historia de los Antiguos en la edad pérmica, hacía ciento cincuenta millones de años, lanzó un grito de terror que repercutió largamente bajo las arcaicas bóvedas siniestras.

Poco faltó para que yo lo imitase, pues también había visto las esculturas, y había admirado, estremeciéndome, la habilidad con que el artista había sugerido aquella baba odiosa que recubría los cuerpos de algunos Antiguos... aquellos que los terribles soggoths habían decapitado y succionado durante la guerra de represión. Esas esculturas de pesadilla no debían haber existido; los soggoths y sus obras no son algo que puedan contemplar los ojos de los hombres. El autor del Necronomicon había tratado de afirmar, nerviosamente, que los soggoths no habían hollado nunca este planeta, y que sólo habían existido en los sueños de los aficionados a ciertas drogas... Protoplasmas informes capaces de imitar cualquier organismo... aglutinaciones viscosas de células similares a burbujas... esferoides infinitamente plásticas de cinco metros de diámetro... esclavos de las sugestiones de sus señores, y constructores de prodigiosas ciudades ... más y más rebeldes, más y más inteligentes, más y más anfibios y más y más imitativos... ¡Gran Dios!... ¿Qué locura había llevado a los Antiguos a utilizar y a representar en sus esculturas a seres semejantes?

Y ahora, mientras Danforth y yo mirábamos la baba espesa, negruzca e iridiscente que recubría esos cuerpos sin cabeza, que formaba, en una parte lisa del muro, un grupo de puntos, y que emitía aquel olor repugnante que sólo una fantasía enfermiza hubiese podido concebir, sentimos hasta sus últimos límites un terror cósmico. No era temor a las cuatro criaturas que faltaban, pues podíamos creer muy bien que no nos molestarían de nuevo. ¡Pobres diablos! Al fin y al cabo no eran malvados. Eran hombres de otras épocas y otro universo. La naturaleza les había hecho una broma diabólica y éste era su trágico retorno.

No habían sido ni siquiera crueles, pues ¿qué habían hecho, en verdad? Habían despertado al aire frío de una edad desconocida... habían sido atacados por unos cuadrúpedos cubiertos de pieles que aullaban sin cesar seguidos por unos seres simiescos y blancos... ¡Pobre Lake, pobre Gedney... y pobres Antiguos! Hombres de ciencia hasta el último instante, ¿qué habían hecho que no hubiésemos hecho nosotros? Dios, ¡qué inteligencia y qué constancia! ¡Cómo habían sabido afrontar lo increíble, del mismo modo en que sus antepasados habían sabido afrontar cosas apenas menos increíbles! Vegetales, animales, monstruos o progenie estelar... cualquiera que fuese su naturaleza, ¡eran hombres!

Habían cruzado aquellas cimas por cuyas pendientes habían vagado en otro tiempo entre helechos arbóreos. Habían descubierto la ciudad muerta, aplastada por el peso de una maldición, y habían leído como nosotros la historia de sus últimos años en los bajorrelieves. Habían tratado de reunirse con sus compañeros en aquellas profundidades fabulosas y oscuras... ¿y qué habían encontrado? Tales fueron los pensamientos que tuvimos entonces mientras nuestros ojos iban, una y otra vez, de los cadáveres decapitados y pegajosos a las horribles esculturas y los diabólicos grupos de puntos trazados con una baba reciente... Y miramos y comprendimos qué había sobrevivido y triunfado en las aguas de aquella ciudad ciclópea donde ahora comenzaban a alzarse las volutas de una niebla pálida y funesta como respondiendo al histérico grito de Danforth.

La conmoción que habíamos sufrido nos transformó en estatuas mudas e inmóviles y sólo más tarde supimos que en esos instantes habíamos pensado lo mismo. Nos quedamos así durante quince o veinte minutos interminables. La pálida niebla avanzaba hacia nosotros como empujada por una masa voluminosa... De pronto se oyó un sonido que nos hizo olvidar nuestros proyectos anteriores, y, rompiendo aquel sortilegio maléfico, nos hizo correr locamente a lo largo de los megalíticos túneles, llegar a la torre circular y subir rápida y automáticamente por la rampa hasta encontrar al fin el aire y la luz del día.

Aquel nuevo sonido no era otro que el atribuido por Lake a las criaturas que había disecado. Se trataba, me dijo Danforth más tarde, del mismo que había oído, aunque más apagado, al nivel de la capa de hielo. Tenía ciertamente una curiosa semejanza con los silbidos del viento en las cavernas. Parecerá pueril, pero añadiré algo más, aunque sólo sea para demostrar de qué modo los pensamientos de Danforth se confundían con los míos. Naturalmente, nuestra interpretación tenía como base lecturas comunes, pero Danforth había sugerido una vez que Poe había debido recurrir a unas fuentes muy poco conocidas cuando estaba escribiendo Las aventuras de Arthur Gordon Pym. Se recordará que en esa fantástica narración hay una palabra de significado desconocido, pero prodigiosa y terrible, y que gritan las aves gigantes, blancas como espectros, de aquellas malignas regiones antárticas: ¡Tekeli-li! ¡Tekeli-li!. Esto, debo admitirlo, es lo que creímos oír en aquel grito que venía desde esa niebla blanca.

Habíamos huido rápidamente aun antes de oír las cuatro notas, pues sabíamos muy bien que la rapidez de los Antiguos permitiría que cualquiera de ellos nos alcanzase en seguida, si así lo deseaba. No obstante, teníamos la vaga esperanza de que si llegaba a capturarnos no intentara hacernos daño, aunque sólo fuese por curiosidad científica. Al fin y al cabo, nada tenía que temer de nosotros. Juzgando que era inútil esconderse, lanzamos un haz de luz a nuestras espaldas, y vimos que la niebla se desvanecía. ¿Veríamos al fin un ejemplar completo y vivo de aquellas criaturas? Otra vez volvió a oírse aquel insidioso sonido musical: ¡Tekeli-li! ¡Tekelili!».

Luego, advirtiendo que ganábamos terreno, se nos ocurrió que nuestro seguidor estaba herido. Sin embargo, no podíamos arriesgarnos, ya que se acercaba, evidentemente, en respuesta al grito de Danforth, y no huyendo de otro ser. En cuanto al lugar donde se escondían aquellos monstruos de pesadilla, aquellas fétidas e inconcebibles montañas de protoplasma cuya raza había conquistado los abismos y había enviado algunos pioneros a esculpir las paredes y ocupar las cavernas de las montañas, no podíamos ni siquiera sospecharlo. Sentimos una verdadera angustia ante la idea de abandonar a este Antiguo, con toda probabilidad el único superviviente, a un destino horrible.

Por suerte no nos detuvimos. Las volutas de niebla habían vuelto a espesarse, y se adelantaban ahora con una velocidad cada vez mayor. Mientras tanto, los pingüinos corrían y chillaban mostrando un pánico de veras sorprendente, si teníamos en cuenta que apenas se habían fijado en nosotros. Una vez más nos llegó aquel siniestro: ¡Tekeli-li! ¡Tekeli-li!». Nos habíamos equivocado. La criatura no estaba herida, sino que había hecho una pausa al encontrarse con los cadáveres y aquella inscripción en la pared. Nunca sabríamos qué decía el mensaje, pero aquellas tumbas en el campamento de Lake mostraban la importancia que concedían estos seres a sus muertos. Pronto vimos la caverna a la que se abrían varios corredores, y nos alegramos de dejar a nuestras espaldas aquellas esculturas mórbidas.

La caverna nos hizo pensar que aquella criatura podía perdernos la pista en este confuso centro de corredores. Había allí varios pingüinos, presas visibles de un terror pánico. Si apagábamos todo lo posible la luz de la linterna, y si la proyectábamos directamente ante nosotros (ayudados por el aterrorizado chillido de los pájaros que taparía el ruido de nuestras pisadas) quizá pudiésemos desorientar al monstruo. Bajo los torbellinos de esta niebla, el suelo cubierto de escombros del túnel en que íbamos a entrar difería muy poco del de otras galerías sobrenaturalmente limpias. En realidad, temíamos extraviarnos en aquel laberinto de corredores.

El hecho de que hayamos sobrevivido basta para probar que la criatura se equivocó de camino, y que nosotros acertamos. La sola presencia de los pingüinos no hubiese sido suficiente, pero la niebla protegió con eficacia nuestra huida. Quiso la fortuna que aquella nube de vapores, que amenazaba a cada instante con desvanecerse, fuese bastante densa en el momento indicado. En realidad, se disipó durante un segundo cuando dejábamos el túnel y entrábamos en la bóveda, de modo que en el momento en que lanzábamos hacia atrás una temerosa mirada antes de apagar la linterna y mezclarnos con los pingüinos, alcanzamos a ver con claridad. Si el destino que levantó para nosotros aquella pantalla de niebla fue benévolo, el que nos permitió vislumbrar el monstruo fue todo lo contrario, pues esta visión nos llenó de un horror que no ha dejado de acosarnos desde entonces.

El motivo que nos hizo mirar hacia atrás fue sólo, probablemente, ese inmemorial instinto con que el perseguido trata de apreciar la naturaleza y la cercanía de su perseguidor. O quizá se trató de una tentativa automática de encontrar respuesta a un problema. En medio de nuestra huida, con todas nuestras facultades dedicadas a proteger nuestra seguridad, no habíamos estado en condiciones de observar y analizar detalles, y sin embargo nuestro cerebro siguió preguntándose acerca del significado del mensaje percibido por nuestro olfato. En seguida comprendimos de qué se trataba: nuestro alejamiento de la baba fétida, y el coincidente acercamiento de nuestro perseguidor, no habían alterado los olores como lo indicaba la lógica. Junto a los cadáveres decapitados aquella nueva y hasta entonces inexplicable fetidez había sido de veras dominante; pero ahora tendría que haber cedido su lugar al olor asociado con los Antiguos. Y, sin embargo, no era así. El nuevo olor era más puro y más insoportable.

Miramos, pues, hacia atrás, en apariencia simultáneamente, aunque es probable que el movimiento de uno fuera imitado en seguida por el otro. Nuestras dos linternas apuntaron a la bruma, más tenue en ese instante, quizá en un incoherente esfuerzo por cegar a la criatura antes de apagar las luces y sumergirnos en el laberinto, entre los pingüinos. ¡Decisión funesta! Ni Orfeo ni la mujer de Lot pagaron tan caro esa mirada hacia atrás.

Trataré de describir con claridad lo que vimos, aunque en aquel momento no quisimos creer en nuestros ojos. Las palabras son inútiles para sugerir el horror de aquel espantoso espectáculo. Paralizó dé tal modo nuestras mentes, que aún me asombra que hayamos podido atenuar la luz de las linternas y entrar en el túnel que nos llevaría a la ciudad. Sólo el instinto pudo habernos salvado, pues razón nos quedaba poca.

Danforth había perdido totalmente el dominio de sí mismo, y cuando pienso en el resto de nuestra huida, lo primero que recuerdo es su voz que entonaba una fórmula histérica. Los ecos de esas palabras, salmodiadas con una voz muy aguda, resonaron entre los chillidos de las aves, bajo las bóvedas, y los entonces —gracias a Dios— vacíos corredores que quedaban atrás. Danforth no comenzó en seguida su canto, pues si no no estaríamos vivos. Me estremezco al pensar qué habría sido de nosotros si su reacción nerviosa se hubiera presentado antes.

—South Station Under... Washington Under...Park Street Under... Kendall... Central... Havard...

—El pobre diablo enumeraba las estaciones familiares del túnel Boston-Cambridge, en nuestro suelo natal, a miles de kilómetros de distancia. Y sin embargo, la salmodia no me parecía irrelevante ni fuera de lugar. No me inspiraba sino un profundo horror, pues yo sabía muy bien qué monstruosa analogía la había sugerido. Habíamos esperado, al mirar hacia atrás, ver una terrible y móvil entidad (si lo permitía la bruma) de la que nos habíamos formado una idea bastante clara. Lo que vimos —pues las nieblas se habían aclarado demasiado— fue algo muy distinto e inconmensurablemente más detestable y odioso. Era la realización objetiva de lo que el novelista fantástico llama «las cosas que no deben ser», y si es posible compararlo a algo tendría que hablar de un enorme tren subterráneo, lanzado a toda velocidad, tal como se le ve desde el andén de una estación, en la extremidad de un túnel infinito constelado de luces coloreadas, y que llena exactamente la prodigiosa cavidad así como un pistón llena un cilindro.

Pero no estábamos en el andén de un tren subterráneo. Estábamos en las mismas vías, mientras la horrorosa y plástica columna, negra, fétida e iridiscente, venía hacia nosotros cada vez a mayor velocidad, levantando a su paso torbellinos de aquella bruma pálida. Era algo terrible, indescriptible, más enorme que cualquier tren subterráneo; un conglomerado de burbujas protoplásmicas, débilmente luminosas, y con miríadas de ojos provisionales que aparecían y desaparecían como pústulas de luz verde. Venía hacia nosotros aplastando pingüinos y deslizándose sobre aquel piso brillante que sus semejantes habían limpiado tan diabólicamente de obstáculos. De nuevo volvió a oírse el grito sobrenatural: ¡Tekeli-li! Tekeli-li!. Y al fin recordamos que los soggoths, habiendo recibido de los Antiguos vista, pensamientos y órganos plásticos, y sin otro lenguaje que aquel representado por los grupos de puntos, no tenían tampoco otra voz que las de sus amos desaparecidos.

<p>12</p>

Danforth y yo recordamos, no muy claramente, haber llegado a la vasta torre circular y haber rehecho nuestro camino a través de las habitaciones y corredores ciclópeos de la ciudad muerta. Pero todo esto no es hoy para mí sino fragmentos de un sueño donde nada se decidió libremente ni hubo ningún esfuerzo físico. Fue como si flotásemos en un mundo o dimensión nebulosos sin tiempo, causas ni orientación. La luz gris del día que bañaba el espacio circular de la torre nos calmó bastante, pero no nos acercamos a los trineos, ni miramos otra vez al pobre Gedney y el perro. Tienen una extraña y titánica tumba y espero que nada irá a turbar su reposo hasta la desaparición del planeta.

Mientras subíamos penosamente por la rampa prodigiosa, sentimos por primera vez una fatiga y un ahogo muy grandes a causa del aire enrarecido, pero no nos detuvimos hasta llegar al universo normal. Había algo de apropiado en nuestra despedida de aquellas épocas sepultadas. En el curso de nuestra ascensión por aquel cilindro de treinta metros de alto, pudimos ver a un lado una serie ininterrumpida de esculturas heroicas: el adiós de los Antiguos, grabado hacía cincuenta millones de años.

Llegamos al fin a la cima, y nos encontramos con un montón de piedras. Al oeste se veían unas murallas todavía más altas, y al este los picos de la cordillera se alzaban más allá de unos edificios tambaleantes. Al sur, el sol de medianoche bañaba con una luz roja los contornos irregulares de las ruinas, y el abandono de la ciudad parecía aún más compacto en presencia del paisaje polar. Sobre los edificios, el cielo era una masa opalescente de tenues vapores. El frío intenso nos helaba los huesos. Dejamos cansadamente en el suelo los sacos en que guardábamos el equipo, y que no habíamos soltado en el curso de nuestra desesperada huida, y luego de abotonarnos otra vez los abrigos descendimos por los montículos de piedras hacia el lugar donde nos esperaba el avión. De lo que habíamos visto en los arcaicos y secretos abismos de la tierra, no dijimos una sola palabra.

Un cuarto de hora nos bastó para llegar a la pendiente abrupta de los contrafuertes —quizá la antigua terraza por los que habíamos entrado en la ciudad —, y vimos entre las ruinas la silueta oscura del aeroplano. A medio camino, nos detuvimos para tomar aliento y, volviendo la cabeza, contemplamos por última vez el fantástico laberinto que se extendía más abajo. Notamos entonces que el cielo, más allá de la ciudad, no estaba ya velado por la bruma: los inquietos vapores se habían movido hacia el cenit y parecían a punto de dibujar unas formas curiosas, como si no se atreviesen a definir los contornos.

En el horizonte occidental se veía en ese instante una línea violeta. Allí unas cimas afiladas se alzaban, como en un sueño, contra el color rosado del cielo. Hacia ese horizonte, bañado en una luz temblorosa, subía la antigua meseta. El cauce seco del río trazaba en ella una cinta sinuosa y oscura. Durante un momento nos quedamos inmóviles y admirados ante aquella belleza cósmica, pero en seguida un vago horror comenzó a invadirnos el alma. Pues esa lejana línea violeta no podía ser sino la cordillera prohibida: punto culminante de la Tierra y centro de todo mal; puerto de horrores innominables y enigmas arqueanos; objeto venerado por aquellos que temían descubrir sus secretos; no hollada por ninguna criatura terrestre, pero visitada por siniestros relámpagos y que lanzaba en la noche polar unos rayos extraños... Se trataba sin duda de la temida Kadath del Desierto Helado que las leyendas primitivas apenas se atreven a mencionar...

Si los mapas y escenas esculpidos en los muros de la ciudad eran exactos, esas crípticas montañas violetas no podían estar a menos de cuatrocientos kilómetros, y sin embargo se destacaban claramente en aquella remota y nevada orilla, como el borde serrado de un monstruoso planeta que se alzase hacia inacostumbrados cielos. La altura de aquellos picos tenía que ser enorme, y alcanzaban sin duda unas capas atmosféricas donde sólo había unos tenues espectros gaseosos. Observándolos, pensé nerviosamente en ciertos bajorrelieves que insinuaban la naturaleza de lo que el río, ahora seco, había traído a la ciudad. Me pregunté cuánto habría de razón y cuánto de locura en aquellos temores de los Antiguos. Recordé que el extremo norte de las montañas no debía de estar muy lejos de la Tierra de la Reina Mary, donde en ese momento la expedición de sir Douglas Mawson estaba trabajando a no más de mil quinientos kilómetros de distancia. Confié en que el azar no diese a sir Douglas una idea de lo que podían ocultar aquellas costas protectoras.

Pero antes de cruzar las ruinas en forma de estrella, y llegar al aeroplano, nuestros temores se dirigieron hacia la cadena de picos, menos elevada, que debíamos franquear otra vez. Las pendientes negras, cubiertas de ruinas, se alzaban odiosamente contra el este, y cuando pensamos en las entidades amorfas que habían llegado a los picos más altos, no pudimos evitar el pánico ante la perspectiva de volar otra vez junto a aquellas cavernas donde se oía toda una gama de sonidos musicales. Para empeorar las cosas, vimos algunos signos de niebla alrededor de varias cimas, esa niebla que el pobre Lake había confundido con una actividad volcánica, y nos estremecimos al pensar en aquella similar de la que habíamos escapado, y en la abismática cuna de horrores.

El aeroplano estaba intacto, y nos pusimos nuestros más pesados abrigos. Danforth encendió el motor, y levantamos vuelo sin dificultades. Abajo volvió a extenderse la ciudad ciclópea, como había ocurrido al llegar, y comenzamos a elevarnos y a probar el viento. Muy por encima de nosotros debía de haber grandes perturbaciones, pues las nubes de polvo del cenit se movían sin cesar, pero a los siete mil metros de altura, la indicada para atravesar el paso, la navegación no ofrecía peligros. Mientras nos acercábamos a las cimas, el sonido musical del viento se oyó claramente, y vi cómo las manos de Danforth se estremecían sobre los instrumentos de gobierno. Aunque yo no era más que un piloto aficionado, pensé en esos instantes que sería más capaz que él de dirigir el avión, y cuando le hice señas de que cambiásemos de asiento, obedeció sin protestar. Traté de conservar la sangre fría y clavé los ojos en el cielo roji*zo que asomaba del otro lado del paso, resolviendo no prestar atención a las bocanadas de vapor que surgían de las cimas y deseando haberme taponado con cera los oídos, como Ulises, para alejar de mi conciencia aquellos sonidos musicales.

Pero Danforth, extremadamente nervioso, no podía estarse quieto. Yo sentía cómo se volvía, una y otra vez, mirando la ciudad que dejábamos atrás, o las montañas atravesadas de cavernas que se alzaban ante nosotros, o las cimas cúbicas, o el océano de contrafuertes nevados a nuestros pies, o el cielo de nubes grotescas sobre nuestras cabezas. Justo en el momento en que nos introducíamos en el paso, lanzó aquel grito enloquecido que casi nos lleva a la muerte. Durante un segundo perdí el gobierno de la máquina. Me recobré en seguida, pero temo que Danforth no vuelva a ser nunca el de antes.

He dicho que Danforth no quiso decirme qué último horror le hizo gritar de ese modo. Intercambiamos a gritos algunas frases antes de descender lentamente hacia el campamento, pero se refirieron casi todas al silencio que habíamos jurado guardar en el momento de dejar la ciudad de pesadilla. Había cosas, pensamos, que no era conveniente difundir, y yo no habría hablado de ellas si no fuese por la necesidad de detener a la expedición Starkweather-Moore, y a otras. Es absolutamente imprescindible, para la paz y seguridad de los hombres, que nadie sondee los abismos sombríos de ciertas regiones del globo terrestre. De otro modo, unos monstruos dormidos volverán a la vida, y unos seres de pesadilla surgirán de sus negras moradas para intentar unas nuevas y más amplias conquistas.

Danforth sólo dijo que aquel horror último era un espejismo. No estaba relacionado, declaró, con los cubos y cavernas de estas montañas alucinantes, musicales y envueltas en vapores. Se trataba de la breve visión, entre aquellas retorcidas nubes del cenit, de algo que había detrás de las montañas violetas, y que los Antiguos habían temido tanto. Muy probablemente fue una simple alucinación, nacida de las pruebas por las que acabábamos de pasar y el hecho de haber visto en el cielo, el día antes, la ciudad situada más allá de las montañas; pero para Danforth fue tan real que aún hoy sufre sus efectos.

De cuando en cuando Danforth murmura algunas frases incoherentes acerca de «el abismo negro», «la orilla del mundo», «los pioto-soggoths», «los sólidos cerrados de cinco dimensiones», «el cilindro sin nombre», «el, antiguo Pharos», «Yog-Sothoth», «la jalea protoplásmica original», «el color que cayó del cielo», «las alas», «los ojos en las tinieblas», «la escalera de la Luna», «el original, el eterno, el inmortal», y otras curiosas concepciones. Sin embargo, cuando se siente dueño de sí mismo atribuye todo esto a sus macabras lecturas. Danforth es, en verdad, uno de los pocos que se han atrevido a leer por entero la gastada copia del Necronomicon que se guarda bajo llave en nuestra biblioteca.

En el momento en que franqueábamos el paso, el cielo estaba ciertamente cubierto de vapores, y, aunque yo no miré el cenit, no me cuesta imaginar que los torbellinos de polvo de hielo hayan tomado formas extrañas. La imaginación, sabiendo que las escenas distantes pueden ser reflejadas, refractadas y magnificadas por las capas de nubes, pone fácilmente el resto. Naturalmente, Danforth no insinuó ninguno de esos horrores específicos hasta que su memoria pudo recurrir a sus lecturas. No pudo haber visto tanto con una sola y breve mirada.

En aquel momento no hizo más que repetir esos sonidos cuyo origen es demasiado obvio: «¡Tekeli-li! ¡Tekeli-li!».

<p>La Sombra Sobre Insmouth</p>
<p>I</p>

Durante el invierno de 1927-28, los agentes del Gobierno Federal realizaron una extraña y secreta investigación sobre ciertas instalaciones del antiguo puerto marítimo de Innsmouth, en Massachusetts. El público se enteró de ello en febrero, porque fue entonces cuando se llevaron a cabo redadas y numerosos arrestos, seguidos del incendio y la voladura sistemáticos —efectuados con las precauciones convenientes— de una gran cantidad de casas ruinosas, carcomidas, supuestamente deshabitadas, que se alzaban a lo largo del abandonado barrio del muelle. Las personas poco curiosas no prestarían atención a este suceso, y lo consideraron sin duda como un episodio más de la larga lucha contra el licor.

En cambio, a los más perspicaces les sorprendió el extraordinario número de detenciones, el desacostumbrado despliegue de fuerza pública que se empleó para llevarlas a cabo, y el silencio que impusieron las autoridades en torno a los detenidos. No hubo juicio, ni se llegó a saber tampoco de qué se les acusaba; ni siquiera fue visto posteriormente ninguno de los detenidos en las cárceles ordinarias del país. Se hicieron declaraciones imprecisas acerca de enfermedades y campos de concentración, y más tarde se habló de evasiones en varias prisiones navales y militares, pero nada positivo se reveló. La misma ciudad de Innsmouth se había quedado casi despoblada. Sólo ahora empiezan a manifestarse en ella algunas señales de lento renacer.

Las quejas formuladas por numerosas organizaciones liberales fueron acalladas tras largas deliberaciones secretas; los representantes de dichas sociedades efectuaron algunos viajes a ciertos campos y prisiones, y como consecuencia, tales organizaciones perdieron repentinamente todo interés por la cuestión. Más difíciles de disuadir fueron los periodistas; pero finalmente, acabaron por colaborar con el Gobierno. Sélo un periódico —un diario sensacionalista y de escaso prestigio por esta razón— hizo referencia a cierto submarino capaz de grandes inmersiones que torpedeó los abismos de la mar, justo detrás del Arrecife del Diablo. Esta información, recogida casualmente en una taberna marinera, parecía un tanto fantástica ya que el arrecife, negro y plano, queda por lo menos a milla y media del puerto de Innsmouth.

Los campesinos de los alrededores y las gentes de los pueblos vecinos lo comentaron mucho, pero se mostraron extremadamente reservados con la gente de fuera. Llevaban casi un siglo hablando entre ellos de la moribunda y medio desierta ciudad de Innsmouth y lo que acababa de suceder no había sido más tremendo ni espantoso que lo que se comentaba en voz baja desde mucho años antes. Habían sucedido cosas que les enseñaron a ser reservados, de modo que era inútil intentar sonsacarles. Además, sabían poca cosa en realidad, porqué la presencia de unos saladares extensos y despoblados dificultaba mucho la llegada a Innsmouth por tierra firme, y los habitantes de los pueblos vecinos se mantenían alejados.

Pero yo voy a transgredir la ley de silencio impuesta en torno a esta cuestión. Estoy convencido de que los resultados obtenidos son tan concluyentes que, aparte un sobresalto de repugnancia, mis revelaciones sobre lo que hallaron los horrorizados agentes que irrumpieron en Innsmouth no pueden causar ningún daño. Por otra parte, el asunto podría tener más de una explicación. Tampoco sé exactamente hasta qué punto me han contado toda la verdad, pero tengo muchas razones para no desear indagar más a fondo, ya que el caso, y el recuerdo de lo que pasó, me obliga a tomar severas medidas.

Fui yo quien, a primera hora de la mañana del 16 de julio de 1927, huyó frenéticamente de Innsmouth, y quien suplicó horrorizado al Gobierno que abriese una investigación y actuase en consecuencia, petición que dio origen a todo el episodio relatado. Yo estaba firmemente resuelto a permanecer callado mientras el asunto estuviera reciente en la memoria de todos, pero ahora que ya ha pasado el tiempo y el público ha perdido interés y curiosidad, tengo un extraordinario deseo de contar, en voz muy baja, las horas escasas y terribles que pasé en aquel puerto de tan siniestra reputación, sobre el que se cierne una sombra blasfema y mortal. El mero hecho de contarlo me ayudará a recobrar la confianza en mis facultades, a convencerme de que no fui simplemente la primera víctima de una pesadilla colectiva. Me servirá además para decidirme a mirar de frente cierto paso terrible que aún tengo que dar.

Nunca había oído hablar de Innsmouth hasta la víspera del día en que lo vi por primera y —hasta ahora— última vez. Celebraba mi mayoría de edad dando la vuelta a Nueva Inglaterra —turismo, antigüedades, interés genealógico— y había planeado ir directamente desde el antiguo pueblo de Newburyport a Arkham, de donde provenía la familia de mi padre. No tenía coche y viajaba en tren, en trolebús o en coches de línea, buscando siempre el itinerario más barato. En Newburyport me dijeron que para ir a Arkham debía tomar el tren. Y fue en el despacho de billetes de la estación donde, al vacilar ante el elevado precio del billete, oí hablar por vez primera de Innsmouth. El empleado, hombre corpulento de rostro sagaz y un acento que no era de la región, consideró con simpatía mis esfuerzos por ahorrar y me sugirió una solución que hasta entonces nadie me había propuesto.

—Creo que podría coger el autobús viejo —dijo después de cierta vacilación— aunque por aquí nadie suele cogerlo. Pasa por Innsmouth... Puede que haya oído usted hablar del pueblo ese... A la gente no le gusta. El conductor es de allí, un tal Joe Sargent, y nunca coge viajeros de aquí ni de Arkham. No me explico de qué vive esa empresa. El precio del billete debe ser bastante barato, pero nunca lleva más de dos o tres personas... y todas de Innsmouth. Sale de la Plaza, delante de la Droguería Hammond, a las diez de la mañana y a las siete de la tarde, a no ser que hayan cambiado de horario últimamente. Parece una cafetera rusa... Jamás me he metido dentro de ese trasto.

Esta fue la primera noticia del siniestro pueblo de Innsmouth. Cualquier referencia a un pueblo que no viniera en los mapas ordinarios o no estuviera registrado en las guías actuales de viajes me habría interesado, pero además, la extraña manera que tuvo e! empleado de mencionarlo acabó de suscitar en mi ánimo una verdadera curiosidad. Pensé que un pueblo capaz de inspirar tal aversión entre los vecinos debía de ser curioso y digno de atención turística. Puesto que estaba antes de llegar a Arkham, me detendría en él... Así que pedí al empleado que me informase un poco más. Cautamente, y con aire de saber más de lo que decía, exclamó:

—¿Innsmouth? Sí, es un pueblo bastante raro. Está en la desembocadura de Manuxet. Era casi una ciudad, un puerto relativamente importante, antes de la guerra de 1812, pero se ha arruinado durante los últimos cien años o por ahí. Ya no pasa ni el ferrocarril... Hace años que se dejó abandonada la línea que lo unía con Rowley.

»Debe haber más casas vacías que habitantes, y no hay comercio ni industria, excepto la pesca y las nasas. La gente prefiere venir aquí o a Arkham o a Ipswich para hacer sus negocios. Años atrás había algunas fábricas, pero ahora no queda más que una refinería de oro que además se pasa largas temporadas sin funcionar.

»Sin embargo, esa refinería fue un buen negocio en sus tiempos, y el viejo Marsh, el dueño, debe de ser más rico que Creso. Es un viejo maniático y extravagante que no sale de su casa para nada. Dicen que ha contraído una enfermedad de la piel o que le ha salido alguna deformidad, y no se deja ver. Es nieto del capitán Obed Marsh, que fue el fundador del negocio. Parece que su madre era extranjera, dicen que procedía de los Mares del Sur; así que se armó la gorda cuando se casó con una muchacha de Ipswich, hace cincuenta años. A la gente de por aquí no le gustan los de Innsmouth, y si alguno lleva sangre de Innsmouth procura siempre ocultarlo. Pero a mi modo de ver, los hijos y los nietos de Marsh tienen un aspecto normal. Me los señalaron una vez que pasaron por aquí... Y ahora que lo pienso, parece que los hijos mayores no vienen últimamente. Al viejo no lo he llegado a ver nunca.

»¿Que por qué las cosas andan tan mal en Innsmouth? Bueno, muchacho, no debe preocuparse usted de lo que se oye por ahí, Les cuesta empezar, pero en cuanto dicen dos palabras seguidas, ya no paran. Se han pasado los últimos cien años chismorreando sobre lo que pasa en Innsmouth, y me figuro que están más asustados que otra cosa. Algunas historias que se cuentan son de risa. Por ejemplo, dicen que el viejo capitán Marsh negociaba con el diablo y sacaba trasgos del infierno para traérselos a vivir a Innsmouth, y también que celebraban una especie de culto satánico y sacrificios espantosos, cerca de los muelles, y que lo descubrieron allá por el año 1845 más o menos... Pero yo soy de Panton, Vermont, y no me trago esas historias.

»Tenía usted que oír lo que cuentan los viejos del arrecife de la costa... El Arrecife del Diablo lo llaman. En muchas ocasiones sobresale por encima de las olas, y cuando no, aparece a flor de agua, pero ni siquiera se puede decir que sea una isla. Según cuentan, se ve a veces una legión entera de demonios en ese arrecife, desparramados por allí o saliendo y entrando de unas cuevas que hay en la parte alta de la roca. Es una peña abrupta y desigual, a bastante más de una milla de la costa. Ultimamente los marineros solían desviarse bastante para evitarla.

»Los marineros que no procedían de Innsmouth, se entiende. Una de las cosas que tenían contra el capitán Marsh era que, al parecer, atracaba allí algunas veces por la noche, cuando la marca lo permitía, Puede que atracara, porque la roca es interesante, y hasta es posible que fuese en busca de algún tesoro pirata; pero lo que decían es que negociaba con los demonios de allí. Para mí, la pura realidad es que fue el capitán quien verdaderamente le dio fama de siniestro al arrecife.

»Eso fue antes de la epidemia de 1846, en que murió más de la mitad de la población de Innsmouth. No se llegó a explicar completamente qué fue lo que pasó, pero seguro que se trataba de alguna enfermedad exótica, traída de China o de alguna parte, por mar. Debió de ser terrible; hubo desórdenes por culpa de eso, y pasaron cosas horribles que no creo que hayan llegado a trascender fuera del pueblo. El caso es que con eso se arruinó para siempre. No volvió a repetirse la hecatombe, pero ahora apenas vivirán allí trescientas o cuatrocientas personas.

»Pero lo único que hay en el fondo de la actitud de la gente es un simple prejuicio racial... y no lo censuro. Siento aversión por la gente de Innsmouth y no me gustaría ir a ese pueblo por nada del mundo. Me figuro que usted tendrá idea —aunque ya veo por su acento que es occidental— de la cantidad de barcos nuestros, de Nueva Inglaterra, que acostumbran a tocar los puertos extraños de Africa, de Asia, de los Mares del Sur y de cualquier parte, y la de gente rara que a veces se traen para acá. Habrá oído hablar seguramente del hombre de Salem que regresó después casado con una china, y puede que sepa también que todavía queda un puñado de isleños procedentes de Fidji, por ahí por Cape Cod.

»Bueno, algo de eso debe haber detrás de la gente de Innsmouth. El lugar siempre estuvo separado del resto de la comarca por marismas y riachuelos, y no podemos estar seguros de lo que pasaba en realidad, pero está bastante claro que el viejo capitán Marsh debió traerse a casa a unos tipos extraños, cuando tenía sus tres barcos en actividad, allá por los años veinte o treinta. Ciertamente, la gente de Innsmouth posee unos rasgos extraños; hoy en día... no sé cómo explicarlo, pero es una cosa que te pone la carne de gallina. Lo notará usted un poco en Sargent, si coge el autobús. Algunos tienen la cabeza estrecha y rara, con la nariz chata y aplastada; y tienen también unos ojos fijos que parece que nunca parpadean, y una piel que no es como la piel normal que tenemos los demás; es áspera y costrosa, y a los lados del cuello la tienen arrugada o como replegada. Se quedan calvos muy jóvenes, también. Los más viejos son los que peor aspecto tienen... Bueno, en realidad creo que no he visto nunca a un tipo de ésos verdaderamente viejo. ¡Me figuro que se morirán de mirarse en el espejo! Los animales les tienen aversión... Solían tener muchos problemas con los caballos, antes de aparecer el automóvil.

»Nadie de por aquí, ni de Arkham ni de Ipswich, quieren tratos con ellos. Por lo demás, se comportan con sequedad cuando vienen al pueblo o cuando alguien intenta pescar en sus caladeros. Lo raro es el tamaño del pescado que sacan siempre en las aguas del puerto, si no hay nada más por allí cerca... ¡Pero intente pescar usted en este sitio y verá lo que tardan en echarlo! Antes solían venir en tren... Después, cuando la compañía abandonó el ramal, se daban una caminata para tomarlo en Rowley... Ahora viajan en autobús.

»Sí, hay un hotel en Innsmouth; se llama Gilman House, pero me parece que no es gran cosa. Yo le aconsejaría que no se quedara. Es mejor que pase la noche aquí y mañana por la mañana coge el autobús de las diez; luego puede salir de allí a las ocho de la tarde, en el que va a Arkham. Hubo un inspector de Hacienda que paró en el Gilman hará unos dos años, y sacó de allí un sinfín de impresiones desagradables. Parece que tienen una multitud de gentes extrañas en ese hotel, porque el buen hombre no paró de oír en las otras habitaciones unas voces que le producían escalofríos. Decía que hablaban en un idioma extranjero, pero lo peor era una voz extraña que hablaba de cuando en cuando. Le sonaba tan poco humana —como un chapoteo, decía él— que no se atrevió ni a desnudarse para meterse en la cama. Total: que pasó la noche en vela y apagó la luz a las primeras luces de la madrugada. Las conversaciones duraron casi toda la noche.

»Lo que más le chocó al hombre ese —Casey se llamaba—, era la forma con que le miraba la gente de Innsmouth; parecían talmente como policías vigilándole. La refinería Marsh le pareció bastante rara... Se trata de una vieja fábrica situada a orillas del Manuxet, en su desembocadura. Lo que contó estaba de acuerdo con ]o que yo sabía ya. Libros mal llevados, ninguna cuenta clara, y el negocio no se veía por ninguna parte. Además, ha habido siempre cierto misterio sobre la forma como los Marsh obtienen el oro que refinan. Nunca se ha visto que hicieran muchas compras de oro, pero hasta hace unos años enviaban por barco cantidades enormes de lingotes.

»Se solía hablar de ciertas joyas extrañas que los marineros v los trabajadores de la refinería vendían en secreto, o que llevaban a veces las mujeres de la familia Marsh. Se decía que el capitán Obed conseguía el personal de su empresa en los puertos tropicales; parece que sus barcos zarpaban llenos de abalorios y baratijas, como si fueran a establecer tratos con los nativos. Otros pensaban —y lo piensan todavía— que había encontrado un antiguo escondrijo de piratas en el Arrecife del Diablo. Pero lo extraño es que el viejo capitán murió hace sesenta años, y desde la Guerra Civil no ha salido de Innsmouth ni un solo barco de gran calado. Y a pesar de todo los Marsh siguen comprando baratijas para salvajes, sobre todo cuentas de vidrio y chucherías, según me han contado. A lo mejor es que a los de Innsmouth les gusta adornarse con eso... Bien sabe Dios que han estado a punto de caer al mismo nivel que los caníbales de los Mares del Sur y los salvajes de Guinea.

»La plaga del cuarenta y seis debió de llevarse lo mejor del pueblo. En todo caso los únicos que vienen de allí son gentes sospechosas; y los Marsh y los demás ricachos son tan sospechosos como ellos. Como le digo, no serán más de cuatrocientos en todo el pueblo, a pesar de lo grande que es. Son lo que en el Sur llaman 'blancos desarrapados', o sea, tipos huraños y disimulados, llenos de secretos y misterios. Cogen mucho pescado y marisco, y lo exportan en camiones. Es anormal la cantidad de toneladas de pescado que sacan de ese trozo de costa.

»Nadie ha podido averiguar lo que hacen en ese pueblo. Las escuelas oficiales del Estado y las oficinas del censo de población se han estrellado una y otra vez con ellos. Puede apostar a que las visitas de inspección no son bien recibidas en Innsmouth. Yo personalmente he oído de más de un encargado de negocios del Gobierno que ha desaparecido allí. Se ha hablado mucho también de uno que se volvió loco y ahora está en el sanatorio. Sin duda le dieron un susto tremendo a ese pobre hombre.

»Por eso no pasaría yo la noche allí, en su lugar. Nunca he estado en el pueblo ese ni me apetece ir, pero me figuro que visitarlo de día no supone riesgo alguno... A pesar de todo, la gente de por aquí le aconsejaría que no lo hiciera. Si está usted haciendo turismo y buscando cosas antiguas, Innsmouth es un lugar que le interesará.»

Después de lo que me contó el buen hombre aquel, me pasé casi toda la tarde en la Biblioteca Pública de Newburyport, buscando datos sobre Innsmouth. Luego pregunté a las gentes de las tiendas, del restaurante, incluso en el parque de bomberos, pero pude comprobar que era más difícil de lo que había predicho el empleado de la estación sacarles algo en limpio. Por lo demás, no disponía de tiempo para vencer su instintivo recelo. Me pareció que desconfiaban por alguna razón, como si fuera sospechoso todo aquel que se interesara demasiado por Innsmouth. En la Y.M.C.A. (Young Men’s Christian Association, es decir, Asociación Cristiana de Jóvenes.) donde me había hospedado, el sacerdote trató de disuadirme pintándome ese pueblo como un lugar malsano y decadente. En la biblioteca, muchos adoptaron esa misma actitud. Era evidente que a los ojos de las personas de formación Innsmouth era meramente un caso exagerado de degeneración cívica.

Los manuales de historia del Condado de Essex que me sirvieron en la biblioteca decían bien poco: que el pueblo se fundó en 1643, que era célebre por sus astilleros, antes de la Revolución, y que llegó a gozar de gran prosperidad naval a principios del siglo XIX; más tarde, se convirtió en centro industrial de segundo orden, gracias al aprovechamiento de las aguas del Manuxet como fuente de energía. Se referían muy veladamente a la epidemia y a los desórdenes de 1846, como si constituyesen un descrédito para todo el condado.

También se decía poca cosa de su proceso de decadencia, aunque el capítulo final era bien elocuente. Después de la Guerra Civil, toda la vida industrial de la localidad quedó reducida a la Marsh Refining Company, y el mercado de lingotes de oro constituía tan sólo un pequeño residuo de lo que había sido su comercio, aparte la eterna pesca. Pero la pesca se pagaba cada día menos, a medida que bajaba el precio de la mercancía debido a la competencia de las grandes empresas, aunque nunca hubo escasez de pescado alrededor del puerto de Innsmouth. Los extranjeros se asentaban raramente por allí. Se decía que lo había intentado cierto número de polacos y portugueses, pero que fueron expulsados de una manera singularmente enérgica.

Lo más interesante de todo era una breve nota referente a ciertas joyas vagamente asociadas a la localidad de Innsmouth. Evidentemente, el caso había impresionado a toda la región, ya que el libro hacía referencia a determinadas piezas que se hallaban en el Museo de la Universidad del Miskatonic, de Arkham, y en el salón de exhibiciones de la Sociedad de Estudios Históricos de Newburyport. Las descripciones fragmentarias de tales joyas eran escuetas y frías, pero me causaron una impresión difícil de definir. Todo aquello me resultaba tan singular y excitante, que no se me iba de la cabeza, y a pesar de la hora avanzada, decidí acercarme a ver la pieza que se conservaba en la localidad. Por lo visto era un objeto grande, de extrañas proporciones, muy parecido a una tiara.

El bibliotecario me dio una nota de presentación para el conservador de la sociedad. El conservador resultó ser una tal Anna Tilton, soltera, que vivía allí cerca, Tras una breve explicación, la anciana se mostró muy amable y me sirvió de guía. El museo de la sociedad era notable en verdad, pero mi estado de ánimo era tal, que no tuve ojos más que para el raro objeto que relumbraba en la vitrina del rincón, bajo el foco de luz eléctrica.

No fue mi sensibilidad estética lo que me hizo abrir literalmente la boca ante el sobrenatural esplendor de aquella portentosa fantasía que descansaba sobre un cojín de terciopelo rojo. Incluso ahora sería incapaz de describirlo con precisión, aunque no cabía duda de que era una tiara, como decía la inscripción que había leído. Su parte delantera era muy elevada, y su contorno ancho y curiosamente irregular, como si hubiera sido diseñada para una cabeza caprichosamente elíptica. Parecía de oro, aunque poseía una misteriosa brillantez que hacía pensar en una aleación con otro metal de igual belleza y difícilmente identificable. Su estado de conservación era casi perfecto. Me podría haber pasado horas enteras estudiando los sorprendentes y enigmáticos adornos —unos, simplemente geométricos, otros, sencillos motivos marinos—, cincelados o moldeados con maravillosa habilidad.

Cuanto más la miraba, más fascinado me sentía, y en esta fascinación encontraba algo inquietante e inexplicable. Al principio pensé que era una extraña calidad artística lo que me desasosegaba. Todos los objetos de arte que había visto anteriormente pertenecían a algún estilo o a alguna tradición nacional o racial conocida, o a alguna de esas tendencias modernas que rompen con toda tradición. Pero aquella tiara no estaba en ninguno de los dos casos. Denotaba claramente una técnica muy definida, de gran madurez y perfección, aunque totalmente distinta de cualquier otra, oriental u occidental, antigua o moderna. Jamás había visto algo parecido. Era como si aquella preciosa obra de artesanía perteneciese a otro planeta.

Pero no tardé en darme cuenta de que mi turbación se debía a otra causa, quizá igualmente poderosa, esto es, a sus extraños motivos ornamentales que sugerían desconocidas fórmulas matemáticas y secretos remotos hundidos en inimaginables abismos del tiempo y del espacio. La naturaleza representada en los relieves, invariablemente acuática, resultaba casi siniestra. Había unos monstruos fabulosos, extravagantes y malignos, unos seres mitad peces y mitad batracios que me obsesionaban hasta el extremo de despertar en mí una especie de pseudo-recuerdos. Era como si yo mismo tuviera de ellos una vaga memoria, remota y terrible, que emanase de las células secretas donde duermen nuestras imágenes ancestrales más espantosas. Me daba la impresión de que cada rasgo de aquellos horrendos peces-ranas desbordaba la última quintaesencia de una maldad inhumana y desconocida.

En curioso contraste con el aspecto de la tiara, estaba su breve y sórdida historia. Según me contó miss Tilton, en 1873 cierto individuo de Innsmouth, borracho, la había empeñado por una suma ridícula poco antes de morir en una riña, en una tienda de State Street. La Sociedad de Estudios Históricos la adquirió directamente del prestamista, y desde el primer momento la colocó en uno de los lugares más destacados de su salón, con una etiqueta en la que se indicaba que probablemente provenía de la India oriental o de Indochina, aunque ambas suposiciones eran francamente problemáticas.

Miss Tilton, comparando todas las hipótesis posibles sobre el origen de la tiara y su presencia en Nueva Inglaterra, se sentía inclinada a creer que había formado parte de algún tesoro pirata descubierto por el viejo capitán Obed Marsh. A favor de esta suposición estaba el hecho de que los Marsh, al enterarse del paradero de la joya, habían intentado adquirirla ofreciendo una suma elevadísima que todavía mantenían pese a la firme determinación de la sociedad de no vender.

Mientras la amable señora me acompañaba hasta la puerta, me aclaró que su hipótesis sobre el origen pirata de la fortuna de los Marsh estaba muy extendida entre los intelectuales de la región. Ella nunca había estado en Innsmouth, pero sentía aversión hacia sus habitantes, según dijo, a causa de su degeneración moral y cultural. Incluso me aseguró que los rumores existentes acerca de cierto culto satanista practicado en Innsmouth encontraba apoyo en el hecho de que hubieran ganado allí numerosos adeptos determinados ritos secretos que habían terminado por absorber a todas las iglesias ortodoxas.

Esos ritos eran practicados por la llamada «Orden Esotérica de Dagon», y se trataba sin duda de alguna religión pagana y degenerada de origen oriental que había sido importada, al parecer, en una época en que la pesca había escaseado. Era lógico, en cierto modo, que las gentes sencillas la hubiesen aceptado, ya que de pronto, a partir de su instauración, la pesca había vuelto a ser próspera y abundante. La «Orden» no tardó en alcanzar una gran preponderancia en el pueblo, sustituyendo por completo a la francmasonería e instalándose incluso en la antigua logia masónica de New Church Green.

Todo esto, según la piadosa miss Tilton, constituía un argumento decisivo para rehuir la diabólica y mísera ciudad de Innsmouth. A mí en cambio me despertó un enorme interés por visitarla. A la curiosidad arquitectónica e histórica que sentía se sumaba ahora un entusiasmo antropológico, de tal modo que, en mi reducida habitación de la Y.M.C.A. sólo pude conciliar el sueño cuando ya empezaba a clarear.

<p>II</p>

A la mañana siguiente, poco antes de la diez, cogí la maleta y me situé ante la Droguería Hammond, en la Plaza del Mercado, a esperar el autobús de Innsmouth. Cuando ya faltaba poco para llegar, observé que los paseantes se alejaban de la parada. El empleado de la estación no había exagerado la repugnancia que sentían en la localidad por los habitantes de Innsmouth. Al poco tiempo apareció, retemblando por State Street, un coche de línea bastante viejo, pintado de verde sucio. Dio la vuelta y frenó al lado de donde yo estaba. En seguida me di cuenta de que era el que yo esperaba. Encima del parabrisas se adivinaba el casi ilegible cartel: Arkham-Innsmouth-Newb...port.

Sólo venían tres pasajeros, tres hombres más bien jóvenes, morenos, mal vestidos y de semblante hosco. Cuando el vehículo se detuvo, bajaron los tres y, con paso torpe y desmañado, echaron a andar en silencio por State Street, casi de manera furtiva. El conductor bajó también del coche y le vi desaparecer en el interior de la droguería. «Este debe ser el tal Joe Sargent que mencionó el empleado de la estación», pensé, y antes de reparar en ningún detalle, sentí que me embargaba como una oleada de instintiva aversión, tan incontenible como inexplicable. De pronto, me pareció muy natural que la gente de la localidad no deseara subir a semejante autobús ni visitar la población donde vivía aquella chusma.

Cuando volvió a salir de la droguería, me fijé más en él y traté de descubrir el motivo por el que me había causado tan mala impresión. Era un hombre flaco, de hombros caídos y uno setenta de estatura o tal vez menos. Llevaba un traje azul raído y una deshilachada gorra de golf. Debía tener unos treinta y cinco años, aunque las dos arrugas que le surcaban el cuello a ambos lados le hacían parecer más viejo, si no se fijaba uno en su rostro inexpresivo y apagado. Tenía la cabeza estrecha y unos ojos saltones de color azul claro que no pestañeaban; su barbilla y su frente eran deprimidas, y tenía unas orejas más bien rudimentarias y atrofiadas. Sus labios eran grandes y abultados; sus mejillas, cubiertas de poros abiertos y de costras, daban la sensación de carecer casi totalmente de barba, aparte algunos pelos amarillos tan irregularmente repartidos por la cara, que junto con las rugosidades de la piel, más que otra cosa parecían calvas producidas por alguna enfermedad. Sus manos enormes, surcadas de venas, eran de un increíble gris azulado; tenía los dedos sorprendentemente cortos y desproporcionados, como encogidos hacia adentro de sus tremendas palmas. Al dirigirse hacia el autobús, noté su forma de bamboleante de andar. Sus pies eran igualmente desmesurados, y cuanto más se los miraba, más difícil me parecía que pudiera encontrar zapatos a su medida.

La mugre que llevaba encima lo hacía más repugnante aún, Sin duda trabajaba o haraganeaba por los muelles pesqueros, a juzgar por el olor que traía consigo. Era imposible averiguar qué mezcla de sangres habría en sus venas. Sus rasgos no parecían asiáticos, polinesios ni negroides, pero evidentemente eran extranjeros. Sin embargo, más que una característica racial, aquellos rasgos me parecían una degeneración biológica.

Me quedé cortado de pronto, al darme cuenta de que no había ningún otro pasajero en el autobús. No me gustó la idea de viajar solo con semejante conductor. Pero se acercaba la hora de salida, y tuve que decidirme. Subí al coche, le tendí un dólar y dije escuetamente: «Innsmouth». Me miró con sorpresa durante un segundo, mientras me devolvía cuarenta centavos, pero no dijo nada. Me senté detrás de él, junto a una ventanilla, para poder contemplar la costa durante el viaje.

Por fin arrancó el cacharro de una sacudida y pronto dejó atrás los viejos edificios de State Street, retemblando estrepitosamente y soltando un humo espeso por el tubo de escape. Me dio la impresión de que la gente que pasaba por la acera evitaba mirar al autobús... o al menos, disimulaba. Luego doblamos a la izquierda por High Street y el camino se hizo más suave. Cruzamos por delante de unos edificios majestuosos que databan de los primeros tiempos de la República y luego dejamos atrás varias casas de campo de estilo colonial, más antiguas aún. Después de atravesar Lower Green y Parker River, salimos finalmente a una zona costera larga y monótona.

Era un día de calor y de sol. El paisaje de arena, de juncales, de maleza desmedrada, se hacía cada vez más desolado a medida que avanzábamos. A nuestro lado se extendía el agua azul y la raya arenosa de Plum Island. Después de desviarnos de la carretera general que seguía a Rowley e Ipswich, tomamos un camino que siguió bordeando el litoral. No se veían casas, y según estaba el firme de la carretera, el tráfico por aquel paraje debía de ser muy escaso. Los negros postes del teléfono sostenían tan sólo dos cables.

De cuando en cuando, cruzábamos unos decrépitos puentes de madera tendidos sobre pequeñas rías que, cuando la marca estaba alta, contribuían a aislar aún más la región.

De cuando en cuando se veían tocones ennegrecidos y cimientos de vallas desmoronadas que emergían de la arena. Recordé que en uno de los libros de historia que había manejado se decía que, anteriormente, aquella había sido una comarca fértil y muy poblada. El cambio sobrevino al parecer a raíz de la epidemia que había asolado la ciudad de Innsmouth en 1846, pero la gente lo había achacado a ciertos poderes malignos y ocultos. De hecho, el mal radicaba en la absurda tala de toda la arboleda cercana a la playa, que había privado al suelo de su mejor protección contra la arena que ahora lo invadía todo.

Finalmente, perdimos de vista Plum Island y apareció la inmensa extensión del Atlántico a nuestra izquierda. El estrecho camino comenzó a subir por una cuesta pronunciada.

Experimenté una sensación extraña al ver la cima solitaria que se elevaba ante nosotros, donde el camino, herido de surcos, se encontraba con el cielo. Era como si el autobús fuera a continuar su ascensión abandonando la tierra para fundirse con el misterio ignorado de un más allá invisible. El olor a mar nos llegaba cargado de aromas presagiosos. La espalda encorvada y rígida del conductor y su cráneo grotesco se me antojaban cada vez más repugnantes. Por detrás tenía la cabeza casi tan despoblada de pelo como su cara. Apenas le crecían unas pocas hebras amarillentas en su piel rugosa y grisácea.

Coronamos la cuesta. Desde arriba se podía contemplar toda la extensión del valle donde el Manuxet desembocaba en el mar, justo al norte de una larga muralla de acantilados que culmina en Kingston Head y tuerce después hacia Cape Ann. En la bruma lejana del horizonte se alcanzaba a distinguir el perfil confuso del promontorio donde se alzaba aquel caserón antiguo del que tantas leyendas se habían contado. Pero de momento, toda mi atención se centró en el panorama inmediato que se abría ante mí: habíamos llegado frente al tenebroso pueblo de Innsmouth.

Era un núcleo urbano muy extenso, de casas apretadas, pero carente de signos de vida. Apenas si salía un hilo de humo de toda la maraña de chimeneas. Tres elevados campanarios descollaban rígidos y leprosos contra el azul de la mar. A uno de ellos se le había desmoronado el capitel. Los otros dos mostraban los negros agujeros donde antaño estuvieran las esferas de sus relojes. La inmensa marca de techumbres inclinadas y buhardillas puntiagudas formaban un paisaje desolador. A medida que avanzábamos carretera abajo, descubrí que muchos de los tejados estaban totalmente hundidos. Había algunas casas grandes de estilo georgiano, con tejados de cuatro aguas, cúpulas y galerías acristaladas. La mayoría de ellas estaban lejos de la mar, y una o dos vi que todavía se conservaban en buen estado. En el espacio que había entre unas y otras, se veía la línea herrumbrosa del ferrocarril abandonado, invadida de yerba, bordeada por los postes del telégrafo sin cables ya, y las huellas borrosas de los viejos caminos de carro que iban a Rowley y a Ipswich.

El abandono y la ruina se hacían más evidentes en el barrio marinero, junto a los muelles. Sin embargo, en su mismo centro se alzaba la blanca torre de un edificio de ladrillo muy bien conservado, que parecía como una pequeña fábrica. El puerto, invadido por los bancos de arena, estaba protegido por un antiguo espigón de piedra, sobre el que se distinguían las menudas figuras de algunos pescadores sentados. En la punta del espigón se veían los cimientos circulares de un faro derruido. En el puerto se había formado una lengua de arena sobre la cual había unas chozas miserables, algunos botes amarrados y unas cuantas nasas diseminadas. El único sitio en que parecía haber profundidad era donde el río, una vez pasado el edificio de la torre blanca, daba la vuelta hacia el sur y vertía sus aguas en el océano, al otro lado del espigón.

Los muelles de embarque estaban podridos de un extremo a otro. Los más ruinosos eran los de la parte sur. Y allá lejos, mar adentro, pese a la marca alta, pude distinguir una raya larga y negra que apenas afloraba del agua y que al instante ejerció sobre mí una atracción singular y maligna. Era, sin duda alguna, el Arrecife del Diablo. Por un momento, mientras lo contemplaba, tuve la sorprendente sensación de que me estaban haciendo señas desde allá, lo que me produjo un inmenso malestar.

No encontramos a nadie por el camino. Empezamos a cruzar por delante de una serie de granjas desiertas y desoladas. Después vinieron unas pocas casas habitadas, cuyas ventanas estaban tapadas con harapos. En los estercoleros se amontonaban las conchas y el pescado estropeado. Algunos individuos trabajaban con aire ausente en sus jardines yermos y sacaban almejas en la orilla, siempre en medio de un penetrante olor a pescado. Unos grupos de niños sucios y de cara simiesca jugaban en los portales invadidos por la yerba. Había algo en aquella gente que resultaba más inquietante aún que los lúgubres edificios. Casi todos tenían los mismos rasgos faciales y los mismos gestos, cosa que producía una repugnancia instintiva e irremediable. Por un instante me pareció que aquellos rasgos me recordaban algún cuadro visto anteriormente, en circunstancias excepcionalmente horribles. Pero este pseudorecuerdo fue muy fugaz.

Al llegar el autobús a la zona llana donde se alzaba el pueblo comencé a oír el murmullo monótono de una cascada en medio de un silencio impresionante. Las casas, desconchadas y torcidas, se fueron arrimando unas a otras, alineándose a ambos lados de la carretera, y ésta se convirtió en calle. En algunos sitios se veía el pavimento adoquinado y restos de las aceras de baldosa que en otro tiempo habían existido. Todas las casas estaban aparentemente desiertas. De cuando en cuando, entre las paredes maestras, se abría el vacío de algún edificio derrumbado. En todas partes reinaba un olor nauseabundo e insoportable de pescado.

No tardaron en comenzar los cruces y las bocacalles. Las calles que salían a la izquierda en dirección de la costa estaban desempedradas, llenas de suciedad y de inmundicias. Aún no había visto a nadie en el pueblo, pero al fin se veían algunos signos de vida: cortinas en algunas ventanas, un cascado automóvil detenido junto al bordillo... El pavimento y las aceras se iban perfilando cada vez más y, aunque casi todas las casas eran bastante viejas —edificios de madera y ladrillo de principios del siglo XIX— se veía que todavía